«¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar?» (Sal. 42:5).

El Salmo 42 es un salmo de un hombre piadoso que está atravesando pantanos y oscuridad. Y, aunque no encontramos la palabra depre- sión en la Escritura, podemos deducir fácilmente que el salmista estaba atravesando por ella.
Tal vez tú te identificas con este salmo. Crees en el Señor, sa- bes que Él es suficiente para tu salvación, pero has pasado o estás pasando por un momento oscuro en tu vida. Tal vez sea por inse- guridad del futuro o tal vez sea por una crisis financiera. Una de las razones por las cuales este salmo es tan conocido, es porque el salmista es muy honesto en cuanto a su vulnerabilidad. Si le pre- guntas al salmista qué le sucede, él te lo dirá en este salmo. ¿Cuáles son los síntomas del salmista? Sequía (vv. 1-2), falta de apetito (vv. 3), confusión (vv. 5, 6, 11), nostalgia (v. 4), abandono (vv. 3, 9, 10) y opresión (vv. 3, 9-10).
Al analizar lo que le sucede al salmista, es seguro deducir que lo que está experimentando es una fuerte y dura depresión espiri- tual—no come, está confundido, se siente abandonado, oprimido, nostálgico. En palabras propias del salmista, se siente como un ciervo que brama por agua en la sequía (v. 1).
Aquí vemos a un hombre piadoso cuyo estado de ánimo es de- presivo, pero no lo vemos derrotado, sino luchando consigo mismo para poder apreciar la mano de Dios en su vida y para poder ver esperanza en medio de sus circunstancias. Si tú te encuentras en este día en una etapa oscura de la vida, estás en buena compañía, y el hecho de que estás leyendo este devocional me indica que estás luchando por ver esperanza en medio de tu oscuridad.
El Dr. Martyn Lloyd-Jones solía decir que la mayoría de nuestras depresiones son causadas debido a que pasamos mucho tiempo escuchándonos a nosotros mismos, en vez de hablarnos a noso- tros mismos. ¿Te habías puesto a pensar en eso? Escucharse a uno mismo es dejar pasivamente que nuestra mente vaya a la deriva y comience a caer cada vez más profundo en el hoyo. Hablarse a uno mismo requiere diligencia activa; requiere hablarle a nuestra alma con las verdades que sabemos sobre Dios. En otras palabras, requiere predicarse a uno mismo. Eso es precisamente lo que el salmista hace en los versículos 5 y 11: «¿Por qué voy a inquietarme?

¿Por qué me voy a angustiar?». Él se habla a sí mismo, se confronta y cuestiona. «¿Por qué me voy a angustiar?». ¡Conoces a Dios! ¡Es- pera en Él! ¡Él es tu roca, Él es tu salvación! ¿Por qué te angustias?
Así que, este salmo está en la Biblia porque Dios lo diseñó así, y si escuchamos con cuidado y vemos cómo lucha este salmista, y si meditamos en esta instrucción día y noche, si meditamos en nuestras emociones por un lado y en lo que sabemos del otro, nuestro carácter será más piadoso, y seremos como un árbol que da fruto y su hoja no cae cuando es abofeteado por los vientos del desánimo y la opresión.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

Sé que soy salvo (2)

Viernes 12 Agosto

Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Efesios 2:8-9

Sé que soy salvo (2)

¿Cómo puedo estar seguro de tener la verdadera fe? Simplemente poniendo mi confianza en Dios, y en Jesús, el Salvador que Dios nos ha dado. Esto es lo que muestra la Biblia. No se trata de esperar cierto grado de fe, sino de saber que la persona en quien he creído es digna de confianza. Que me aferre a Cristo con la energía de una persona que se está ahogando, o que solo toque el borde de su manto (Lucas 8:43-44), estaré seguro, porque estoy unido al Señor por la fe. Lo sé porque confío en su obra cumplida en la cruz. Esto es lo que significa creer en él.

Si mi confianza está basada en mis obras, en mis prácticas religiosas, en mis sentimientos de piedad o en mi educación, estaré perdido para siempre. Solo la fe en Cristo, por más débil que sea, salva eternamente. La fe en uno mismo, por más fuerte que sea, no sirve para nada.

“Sí, yo creo en Cristo”, afirmó una joven. Pero cuando se le preguntó si era salva, respondió que no podía decirlo por temor a parecer pretensiosa. Sin embargo, decir que uno es salvo, que pertenece al Salvador, no es pretensión. Es la prueba de que confiamos en lo que Dios declaró. Podemos saber y decir que somos salvos porque la Biblia afirma que todo el que se arrepiente y cree es salvo. Jesucristo dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-9).

(mañana continuará)

Jeremías 16 – Lucas 20:1-26 – Salmo 93 – Proverbios 21:9-10

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John Bunyan y el Llamado pastoral

Por Matt Haste

En la esquina suroeste del prado de St. Peter del poblado inglés de Bedford, cerca de la calle hay una estatua de bronce de un hombre. Los ojos del hombre están mirando hacia el cielo y hay una Biblia en sus manos; él tiene una expresión de desesperación en su rostro, pero parece preparado para hablar una palabra de verdad en cualquier momento con el fin de suplicar a los transeúntes. Aparentemente, esa es exactamente la manera en que John Bunyan quería ser recordado.

Su representación del pastor ideal en su famosa alegoría titulada El Progreso del Peregrino, suplicaba la inspiración de la estatua. Con su espalda hacia el mundo y su mirada hacia el cielo, el hombre estaba entre los pocos autorizados a guiar a otros en su camino hacia la ciudad celestial. Bunyan era un puritano típico en su veneración del pastorado. Y con esa visión del ministerio pastoral podríamos pensar, ¿cómo es que los puritanos disciernen quien fue llamado por Dios a su gran obra?

EL CONCEPTO PURITANO DEL LLAMADO
El concepto puritano del llamado fue construido bajo las convicciones de la Reforma acerca de la vocación. Como lo expresa William Perkins, el llamado de alguien es una mayordomía «ordenada e impuesta por Dios para el bien común». Según la mente puritana, Dios designó a cada persona para una vocación particular con el fin de cumplir sus propios propósitos soberanos. Si Dios llamaba a un hombre al pastorado, los puritanos creían que su vida reflejaría ciertas características que confirmaban su llamado.

Un estudio de los escritos puritanos sobre el tema revela que los puritanos no destacaban un aspecto del llamado por encima del resto, sino que buscaban unir las características que demostraban la mano de preparación sabia de Dios. Cuando un hombre cumplía con los requisitos necesarios: convicción para dirigir y enseñar, capacidad para el trabajo, carácter como Cristo y confirmación del pueblo de Dios, entonces y solo entonces podía considerarse llamado al ministerio.

EL LLAMADO DE BUNYAN AL MINISTERIO
El camino recorrido por John Bunyan hacia el pastorado es una ilustración útil de la manera en que estos principios obraron en la vida de un hombre. Luego de varios años de su conversión, algunos miembros de su iglesia local que lo observaban comenzaron a reconocer su potencial. Tal y como él escribió en su autobiografía espiritual titulada Grace Abounding to the Chief of Sinners [Gracia abundante para el mayor de los pecadores], ellos «pudieron percibir que Dios me había hecho digno de comprender algo de su voluntad en su santa y bendita palabra, y que me había otorgado la capacidad de declararla en alguna medida, de expresar a otros lo que veía para su edificación».

Por tanto, le pidieron a Bunyan que expusiera una «palabra de exhortación» en una próxima reunión, lo cual a su vez fue bien recibido. Como Bunyan reportó más adelante, «descubrí mi don entre ellos» ya que la congregación fue «tanto afectada como confortada». Luego se le pidió que predicara varias veces más y él comenzó a orar y ayunar por sabiduría. Cuando la iglesia lo designó para un papel de predicación más frecuente, él confesó: «evidentemente encontré en mi mente un secreto que dirigía hacia ello». Su corazón se enfocó especialmente en 1 Corintios 16:15, donde en la versión autorizada que Bunyan leía hablaba de que los apóstoles «se dedicaron al ministerio de los santos». Al sentir que este mismo deseo aumentaba en su propio corazón y seguir viendo el fruto de su trabajo Bunyan concluyó, «por tanto, estas cosas fueron otra confirmación para mí, de que Dios me había llamado y acompañado en esta labor».

Bunyan fue reconocido primeramente por su carácter y luego probado para evaluar su capacidad. Mientras la iglesia confirmaba sus dones, él comenzó a desarrollar la convicción de que debía servir al Señor de esta manera. La suma de esos elementos llevó a Bunyan a concluir con el hecho de que en realidad había sido llamado al ministerio. Bunyan permaneció confiado en su llamado aún cuando enfrentó persecución y pasó doce años en la cárcel de Bedford, donde se encuentra su estatua hasta el día de hoy. Él se convirtió más adelante en uno de los predicadores más apreciados y autores más influyentes de la era puritana, pero solo luego de que estuvo seguro de que cumplía con todos los requisitos necesarios.

LLAMADO Y CALIFICADO
La perspectiva puritana sobre el llamado no está por encima de la crítica, pero las siguientes recomendaciones destacan la sabiduría que sus escritos ofrecen a los pastores de hoy en día. Cada punto provee un contraste útil con el enfoque de muchos evangélicos modernos.

Primero, los puritanos vieron el llamado al ministerio en el contexto del desarrollo de una doctrina de la vocación. En lugar de volver al pensamiento medieval que dividía lo sagrado de lo secular, los puritanos reconocieron que todas las personas son llamadas por Dios y dotadas para vocaciones específicas.

Segundo, los puritanos enfatizaron lo externo en lugar de la confirmación interna. Ellos motivaron al hombre a considerar los dones que Dios le había otorgado, las oportunidades que estaban ante él y especialmente la manera en que otros le respondían. Esto atribuyó la responsabilidad primaria a la sabiduría colectiva de la iglesia y sus líderes en lugar de la evaluación subjetiva del individuo.

Finalmente, el enfoque puritano era multifacético en lugar de místico o minimalista y en lugar de simplificar más el proceso o destacar un aspecto del llamado por encima del resto, los puritanos motivaron a los jóvenes a ver el asunto a partir de diferentes ángulos. Las cuatro características señaladas en este artículo: convicción, capacidad, carácter y confirmación, permanecieron relativamente iguales en lo que se refiere a ayudar a alguien a determinar si Dios lo había capacitado para el ministerio vocacional. Y esta inclinación es paralela a una práctica que es enseñada por otra serie de palabras claves que pueden ser familiares para algunos lectores.

En el siglo veinte los gemólogos identificaron «cuatro Cs» que ayudaban a clasificar la calidad de un diamante: el corte, los quilates, el color y la claridad. Cada característica sirve de indicador para la calificación general de la piedra, pero ninguna medida es suficiente en sí misma para determinar el valor del diamante. Un joyero sabio examina el diamante a partir de todos los ángulos, fijando sus ojos experimentados en las potenciales imperfecciones o deficiencias. Una gran marca en una categoría podría distorsionar la evaluación de un novato porque un experto sabe como calificar la piedra a través de las cuatro categorías.

El paralelo de los cuatro temas discutidos aquí es instructivo. Y así como los diamantes son evaluados a través de una serie específica de categorías establecidas, debemos también entrenar a los jóvenes para que se evalúen a sí mismos. Rechazando un enfoque simplista, deben observar sus vidas a partir de todos los ángulos y buscar ayuda de otros para descubrir si Dios verdaderamente los ha capacitado para la obra del ministerio. Bunyan y los puritanos entendieron el alto llamado del pastorado y estuvieron dispuestos a proteger el oficio. Ellos ofrecieron un ejemplo sabio para ayudar a los hombres jóvenes a determinar si habían sido llamados por Dios a servir como pastor hoy en día.

Matt Haste es profesor asociado de espiritualidad bíblica y director de estudios doctorales profesionales en el Seminario Teológico Bautista del Sur

El peligro de la falsa modestia

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Por Robert VanDoodewaardrobert

La falsa modestia es un pecado difícil de reconocer porque se presenta revestido de piedad. Puede introducirse en nuestras oraciones y en nuestra manera de hablar. Puede ser la razón por la que evadimos los cumplidos en lugar de simplemente dar las gracias. Puede ser la razón por la que nos sentimos tentados a hablar demasiado de nuestros sacrificios o fracasos. Tal vez la falsa modestia sea incluso un motivo para nuestro humor autocrítico. El reto es que algunos de estos patrones también podrían estar arraigados en nuestra forma de ser, la cultura o las costumbres. Sin embargo, debemos considerar si nuestros hábitos están arraigados en la humildad genuina. El peligro de la falsa modestia es que es profundamente engañosa y, en última instancia, no da gloria a Dios.

La Biblia advierte que las personas religiosas pueden construir una fachada de falsa humildad. El Señor Jesús habló de los hipócritas que ayunaban y ponían una cara triste para parecer piadosos (Mt 6:16). Expuso el orgullo de los fariseos, que pensaban que el ayuno y el diezmo eran logros dignos del favor de Dios (Lc 18:12). Estas prácticas revelaban que no estaban interesados en honrar a Dios, sino en honrarse a sí mismos. Es este tipo de falsa modestia farisaica la que conduce a varias trampas.

Primero, la falsa modestia es engañosa. Requiere emociones enmascaradas, pensamientos engañosos y una realidad tergiversada. Lleva a vivir una mentira al pretender ser más pobre, más triste, menos dotado o más sacrificado de lo que se es. Estos hábitos pueden tener cierta apariencia de religión, pero no pueden ayudar contra los apetitos de la carne (Col 2:23). Existe el peligro de que este engaño conduzca al egoísmo. Los que practican estos hábitos pueden convertirse en avaros, quizás no en lo económico, pero sí en otros aspectos de la vida. Su amor por el prójimo se atrofiará; fracasarán en compartir sus talentos. «Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).

La falsa modestia es también peligrosamente orgullosa. El apóstol Pablo advierte que los que se deleitan en la falsa humildad se han «hinchado sin causa» con sus mentes carnales (Col 2:18). No nos equivoquemos; la falsa modestia está centrada en sí misma y no en Dios. Olvida que caminamos delante del rostro de Dios y que Él conoce todos los pensamientos e intenciones de nuestros corazones. Aunque este orgullo puede estar bien escondido de los demás, sigue siendo una «abominación» ante el Señor (Pr 16:5). Dios no se deja engañar por las apariencias externas.

Lo peor de todo es que la falsa modestia le roba a Dios Su gloria. Dios nos ha dado a cada uno de nosotros varios dones, talentos, circunstancias y posesiones. Un cristiano fuerte debería ser capaz de disfrutar incluso de las bendiciones de la prosperidad como un regalo de Su mano. Colosenses 2:20-23 nos da una pista de que los hábitos de falsa modestia pueden conducir a una especie de gnosticismo, la antigua herejía que enseñaba que la creación es intrínsecamente mala. Si nos involucramos en la falsa modestia, en algún lugar de la raíz de ella hay un problema con nuestra teología. Deberíamos alabar a Dios por las posesiones, los cuerpos y las habilidades que nos ha dado (Sal 139:14). Como el publicano, debemos presentarnos ante el Señor como humildes pecadores. Pero eso no excluye que también nos presentemos ante Él con profunda gratitud por todos Sus dones.

Por último, la falsa modestia es un pecado complicado de discernir. Es un área particularmente peligrosa para tratar de identificar en otros cristianos. Puedes leer un artículo como este y pensar, «Conozco a una persona así; podría conducir fácilmente un Cadillac y en cambio conduce un Corolla». O «Conozco a un hombre que ora y habla de esta manera». Ten mucho cuidado con tratar de leer el corazón de los demás. Es posible que no conozcas sus razones, motivos o historias. Es genuinamente modesto evitar la jactancia o la exageración (Mt 6:2). Lo que puede parecerte una falsa modestia puede decir más sobre tu propio corazón que sobre el de ellos. La clave para combatir este pecado es caminar delante del rostro de Dios y saber que Él conoce tu corazón. Si ves este pecado en ti mismo, confiésalo ante Él y mira al Señor Jesucristo, quien se humilló hasta la muerte en la cruz (Flp 2:8). La verdadera humildad comienza en la cruz de Cristo y en la confesión de nuestra fe en Él. «Humillaos en la presencia del Señor y Él os exaltará» (Stg 4:10).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Sé que soy salvo (1)

Jueves 11 Agosto

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8:38-39

Sé que soy salvo (1)

“He leído varios relatos de personas que se han convertido a la fe cristiana, y cada vez el que cree experimenta un gran gozo. Pero yo no siento nada”.

Esta reflexión, acompañada de tristeza, puede ser compartida por uno que otro cristiano sincero. Es creyente, pero se pregunta si realmente pertenece a Dios, si no debería experimentar algo particular. Un día tiene la certeza de pertenecer al Señor, de ser salvo, y al día siguiente todas sus esperanzas desaparecen.

Ilustremos este caso. Ese creyente es como un barco azotado por la tempestad, sin un punto de anclaje. Por supuesto, tiene un ancla, pero la deja en la bodega del barco en lugar de tirarla por la borda para que se aferre al fondo del mar. Así sucede con la fe del creyente. Ella puede ser real, pero se centra en él mismo, por así decirlo. Solo se apoya sobre lo que siente, no tiene certezas y, al contrario, experimenta una serie de dudas. Para tener la certeza de ser salvo, nuestra fe debe apoyarse sobre lo que es externo a nosotros mismos; debemos poner nuestra confianza en Jesús y en lo que él hizo.

Jesús fue a la cruz y allí “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Él mismo sufrió el castigo de Dios contra el pecado, y ahora Dios declara que todo el que cree en Cristo es justo; sus pecados son perdonados. Esto no depende de lo que el creyente siente, sino de lo que Dios dijo y prometió.

(mañana continuará)

Jeremías 15 – Lucas 19:28-48 – Salmo 92:10-15 – Proverbios 21:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. Así usamos esta palabra en el día a día, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sí mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

En este texto, y en otros más, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice “justificados”, o “habiendo sido justificados”, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Él declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bíblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

¿A quién justifica Dios? De entrada, pensaríamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Él sabrá quién es bueno y quién no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios debería justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sí mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

“Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’”, Romanos 3:10-12.

Según el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino también con actitudes y disposiciones internas como el egoísmo, el orgullo, y el odio. Si es así, ¿a quién puede justificar Dios? Si no siguiéramos leyendo el pasaje, podríamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie será justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice así:

“Pero al que no trabaja, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia”.

Según la Biblia, Dios sí justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas “impías”, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. ¡Esto es una muy buena noticia! Pero, ¿cómo puede ser? ¿No está Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impíos (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada más, sería injusto. ¿Qué es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es Jesús. Pablo amplía esta idea en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Es gracias a Jesús que Dios justifica al impío, y esto es así porque Jesús obedece y muere en el lugar del pecador. Jesús era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue Jesús. Jesús no había pecado (“al que no conoció pecado”); no obstante, Dios le trató como pecador (“lo hizo pecado”). Lo hizo pecado “por nosotros”, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que “fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impíos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que Jesús hizo.

¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-823-255:12-211 Co. 1:30Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

“También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (“obras de la ley”), sino por lo que Jesús hizo. La fe confía en Jesús y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:284:23-25Ef. 2:8-10).

¿Qué papel tiene la fe exactamente en la justificación? ¿Podría ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Él y aferrándose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacía del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que éste se da puramente por la bondad del dador. Lo único que hace la mano es recibir. Y la mano está precisamente vacía, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquí es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

“Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe”.

¿Será que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿Será que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no está lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago está discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Stg. 2:14). ¿Cuál era el problema al que se enfrentó Santiago? Había personas que decían que tenían fe en Jesús pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también está dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrá obras que lo comprobarán. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que está sola. Pablo mismo también lo afirma en Gálatas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (ver Gá. 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Ro. 5:1-58:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de Teología Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. También es anciano en la Església Evangèlica de Vilassar de Mar. Él y su esposa, Núria, tienen cinco hijos.

La humildad en las redes sociales

Serie: El orgullo y la humildad

Por Tim Challies

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Cada moneda tiene una cara detrás un sello, cada dado un seis detrás de un uno, cada estampilla un adhesivo detrás. Y del mismo modo, cada tecnología tiene una virtud detrás de un vicio, un beneficio y un inconveniente, algo beneficioso detrás de algo muy perjudicial. La televisión que suministra noticias importantes también promueve el entretenimiento vil; el motor que proporciona propulsión también produce contaminación; la energía nuclear que ilumina una ciudad también corre el riesgo de destruirla. Así es la vida y la tecnología en un mundo manchado por el pecado.

Y precisamente en ese sentido, las redes sociales pueden utilizarse para bien y para mal. Pueden mostrar lo mejor y lo peor de los seres humanos, lo más amable y lo más condescendiente, lo más humilde y lo más orgulloso. La mayor parte de la culpa no es de la tecnología en sí, sino de los que la utilizan, porque las redes sociales no hacen más que mostrar quiénes somos realmente y repetir lo que realmente creemos. Son nuestros corazones y nuestras mentes volcados al exterior en pequeños textos, elaborados vídeos y fotografías cuidadosamente filtradas.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no simplificar demasiado, ya que las redes sociales han sido diseñadas deliberadamente para aprovechar nuestras debilidades más que nuestras fortalezas, para premiar el orgullo más que la humildad. Fomentan la lectura rápida más que la lectura profunda, la impulsividad más que la reflexión, la indignación más que la sabiduría. Salomón pregunta: «¿Ves a un hombre precipitado en sus palabras? Más esperanza hay para el necio que para él» (Pr 29:20). Pero Facebook pregunta a cada usuario en cada momento: «¿Qué estás pensando?». Salomón advierte que «En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente» (10:19), pero Twitter sugiere en todo momento y en todas las ocasiones: «Tuitea tu respuesta». Salomón dice que «El sabio heredará honra» (3:35), pero en la mayoría de las plataformas de redes sociales son los fanfarrones y combativos, los descorteses y lascivos los que son vistos y escuchados, los que son honrados y seguidos. El que gobierna su espíritu puede ser mejor que el que toma una ciudad, pero el vicio se convierte tan fácilmente en virtud en las plataformas que premian la indignación más que el autocontrol, la dureza más que la amabilidad, la arrogancia más que la mansedumbre.

Twitter y Facebook, Instagram y TikTok, un sinfín de tecnologías menores y aún por inventar: cada una de ellas proporciona un mecanismo ideal para la creación de plataformas y el engrandecimiento personal, para promocionarse a sí mismo mientras se desprecia a los demás, para mostrar todo tipo de altanería y toda clase de tonterías. Pero aunque veamos tan fácilmente los inconvenientes de estas nuevas tecnologías, también tienen muchos beneficios. Ninguna está tan lejos de la redención que no pueda ser utilizada de manera que bendiga a los demás y glorifique a Dios. Detrás de todos los vicios hay muchas virtudes genuinas, ya que a través de las redes sociales podemos decir palabras que sequen los ojos llorosos, podemos compartir citas que levanten las manos caídas, podemos subir vídeos que fortalezcan las rodillas debilitadas. Podemos comprometernos amablemente con los perdidos y los que sufren, podemos desafiar suavemente a los extraviados y a los descarriados, podemos apuntalar cuidadosamente a los inseguros y a los inexpertos. Podemos estar presentes y activos en estos foros donde se enseña a la gente, donde se discuten las ideas, donde se debaten las grandes preocupaciones de nuestra época. Podemos estar donde se reúnen las personas de este mundo para que podamos decir la verdad de Dios con nuestras bocas mientras mostramos el amor de Dios en nuestras vidas.

Sin embargo, si queremos ser humildes a través de las redes sociales, tendremos que ser humildes antes de aparecer en ellas. Tendremos que ser conscientes de sus ideologías arraigadas, conscientes de las muchas maneras en que premian lo que Dios desprecia, conscientes de sus muchas tentaciones de promover la necedad por encima de la sabiduría. Tendremos que acercarnos a ellas con cautela, con oración y siempre con humildad.

No hay ninguna época en la historia de la humanidad en la que haya sido fácil mostrar humildad y ninguna época en la que haya sido difícil mostrar orgullo. El reto de las redes sociales es nuevo solo por la rapidez con la que podemos mostrar esa locura y solo por el alcance del daño que podemos hacer con ella. Las redes sociales no han creado el orgullo, sino que solo han creado nuevas vías para expresarlo. Sin embargo, el Dios que se opone a los soberbios y da gracia a los humildes, ciertamente se deleita en concedernos la humildad que nos falta para que podamos ser luz cuando estamos rodeados de oscuridad, redimir lo que se ha roto, y aprovechar cada oportunidad para profesar las grandes verdades de nuestro gran Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Tim Challies (@Challies) es bloguero fundador de Challies.com y cofundador de Cruciform Press. Es autor de varios libros, entre ellos: Haz más y mejor, una guía práctica para la productividad y la próxima historia: fe, amigos, familia y el mundo digital.

¿Necesita un milagro?

Miércoles 10 Agosto
( Jesús dijo:) Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Mateo 11:28
No queréis venir a mí para que tengáis vida.
Juan 5:40
¿Necesita un milagro?
Leer Juan 5:1-15
“Toma tu lecho, y anda”, ordenó Jesús a un hombre paralítico desde hacía 38 años, que esperaba la sanación al borde del estanque de Betesda. ¡Qué ironía!, dirá el que no conoce a Dios. Pero esto es desconocer su poder y su amor. El paralítico creyó a Dios, y por la fe obedeció y fue sanado.

Cosa extraña, había una multitud de enfermos alrededor del estanque, pero solo uno fue sanado. El poder de Jesús es plenamente suficiente para todos, pero para beneficiarse de él es necesario creer.

Como este hombre paralítico, el ser humano sin relación con Dios no puede hacer nada. Pero Jesús abre el camino y se acerca. Abrió ese camino hacia cada uno de nosotros cuando murió en la cruz. Levantémonos y sigámosle. Así no formaremos parte de aquellos a quienes Jesús dice: “No queréis venir a mí para que tengáis vida”.

A pesar de ser testigos de una sanación tan maravillosa, los judíos no se alegraron en absoluto. Al contrario, atacaron al hombre sanado: “Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho”. Quizás alguien le diga a usted también: “No te es permitido comprender por ti mismo la Biblia, ni acercarte directamente a Dios…”. El paralítico hubiera tenido muchas razones para no responder a la invitación de Jesús: sus muchos intentos fallidos, la opinión de los que lo rodeaban, su enfermedad incurable… Pero su fe desbarató todos los razonamientos. Contó con el que estaba ahí, presente, y recibió de él la fuerza para sobrepasar todos los obstáculos.

Jeremías 14 – Lucas 19:1-27 – Salmo 92:5-9 – Proverbios 21:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El/Ella Por Favor

Por Jesse Johnson

Imagina que eres un entrenador de fútbol juvenil, y una chica a la que has entrenado durante cinco temporadas te lleva aparte en el entrenamiento y te pregunta: «Entrenador: Estoy pasando por algunos cambios en mi vida, y uno de ellos es que he decidido que quiero que me conozcan como un chico. ¿Podría dirigirse a mí por él, en lugar de ella»?

¿Qué dirías tú?

Esta situación es cada vez más frecuente. El año pasado escribí sobre un profesor de la zona que fue despedido por su centro por pedir al consejo escolar que no le obligara a utilizar los «pronombres preferidos» para los alumnos. Dijo: «Quiero demasiado a mis alumnos como para mentirles». Eso le costó el puesto.

¿Qué haría usted?

He aquí algunos principios que querría comunicar a esa persona:

1). «Te amo y me preocupo por ti«. El movimiento transgénero enseña a la gente -y en particular a los niños- que cualquiera que no afirme su género preferido está actuando por odio hacia ellos. Es importante poner entre paréntesis tu respuesta a la persona refutando eso de frente. Cualquier respuesta tiene que estar enmarcada en amor (Levítico 19:18 ; Mateo 19:19 ; Marcos 12:31 ; Romanos 13:9 ).

2). «Te amo como Dios te hizo». El corazón del movimiento transgénero es un intento de separar el género del sexo. Este no es un tema sobre el que la Biblia guarde silencio. La Biblia utiliza la expresión «varón y hembra» más de cincuenta veces, a menudo para dejar claro que Dios hace a las personas varón y hembra. Por ejemplo: «El día que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y los llamó Adán[a] el día en que fueron creados.» (Génesis 5:1-2 ). O: «Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y hembra» (Marcos 10:6 ). De hecho, muchas de esas cincuenta referencias a «varón y hembra» pasan a relacionar las distinciones de los sexos con la capacidad biológica de procrear (incluido Marcos 10:7 ).

La cuestión es que Dios nos hace hombres y mujeres. La biología no es un «Elige tu Propia Aventura».

Por lo tanto, para que yo pueda afirmar mi amor hacia ti, tengo que afirmar mi amor hacia ti de la manera en que Dios te hizo.

3). “Y también amo a Dios, quien no comete errores.” Parte de ser cristiano es amar a Dios, y parte de amar a Dios es afirmar sus perfecciones. Dios no comete errores (Deuteronomio 32:4 ) He escuchado a personas «transgénero» decir que porque tienen pensamientos transgénero, Dios debe haber permitido esos pensamientos, por lo tanto Dios aprueba que cambien de género. La verdad es mucho más simple: Dios permite el pecado en el mundo para poder vencerlo al morir por los pecadores, derrotarlo al levantarse de la tumba y perdonarlo a través de nuestra fe en el evangelio. El pecado está definitivamente en el mundo. Pero la existencia de pensamientos sobre el robo no significa que Dios apruebe el robo, y la existencia de pensamientos sobre el género no implica que Dios apruebe el transgenerismo.

A veces las personas quieren ser de otro sexo, o sienten que son de otro sexo, pero parte de amar a Dios es reconocer la realidad de que él nos hizo hombre y mujer, y no se equivocó. A veces tenemos dudas y pensamientos pecaminosos. Pero la existencia de pensamientos pecaminosos no significa que Dios haya hecho esos pensamientos, o que los apruebe. Más bien, la existencia del pecado nos remite al evangelio (Romanos 7:11-14 ).

Si el corazón del transgenerismo es la idea de que el género de una persona es distinto de su sexo, entonces mi amor por Dios me impide dirigirme a una persona con pronombres que expresan la opinión de que Dios se equivocó.

4). “Te amo lo suficiente como para decirte que el Dios que no comete errores te hizo, y te ama.” Parece que el movimiento transgénero está creciendo, aprovechándose de los adolescentes a los que no les gusta su cuerpo y desprecian cómo les hizo Dios. Los defensores de los transexuales hablan a menudo de lo común que es la autolesión en el movimiento transexual, y no es de extrañar. Es un movimiento que enseña a las personas que para amarse a sí mismas tienen que odiarse. Es una situación sin salida. Es como estar atrapado en un mal sueño.

Afortunadamente, la gente se despierta. Mi oración es que mi interlocutor despierte. Ninguna cantidad de pronombres preferidos cambiará realmente su sexo. A veces, la gente va a la guerra contra su cuerpo, pero lo más común es que la persona se despierte un día y abandone la lucha. Vivir como un chico no hará feliz a una chica, y vivir como una chica no hará feliz a un chico.

Mi mayor esperanza es que la persona se despierte, que aprenda a abrazarse a sí misma tal y como Dios la hizo.

Pero mi mayor temor es que en ese momento, cuando se despierten, sólo vean a su alrededor a adultos que bien lo sabían, pero que le siguieron el juego a esa ideología que alimentaba el odio a sí mismo y el ateísmo. Quiero que la persona a la que me dirijo se dé cuenta de que fueron los cristianos de su vida los que le amaron lo suficiente como para decirle que hay una verdad que no se puede definir ni alterar. Hay un hacedor de la verdad fuera de nosotros. La verdad es que fuimos hechos por Dios, y que Dios te ama, y quiere una relación contigo a través de Cristo.

Jesse Johnson es pastor de Immanuel Bible Church en Springfield, Virginia. Durante sus estudios en The Master’s Seminary, Jesse sirvió como pastor de evangelismo en Grace Community Church y coordinó la edición del libro de estudio Fundamentos de la Fe.

La humildad y la unidad de la iglesia

Serie: El orgullo y la humildad

Por Melton L. Duncan

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

A principios de este año, mi ciudad natal comenzó a construir un parque municipal de sesenta acres. Este se encuentra en un entorno urbano, pero está enclavado a ambos lados de un pequeño valle fluvial que serpentea por el interior de Carolina del Sur y que es famoso por terminar en una cascada en Greenville. El parque unirá geográficamente los vestigios de un barrio histórico pobre casi olvidado con el nuevo y dinámico centro de la ciudad. Es un símbolo vivo de lo antiguo y lo nuevo. El alcalde ha bautizado el nuevo esfuerzo como Unity Park (parque de la unidad), y en su centro habrá un puente de cuarenta y nueve metros que conectará a personas de todas las partes de la ciudad.

Cuanto más maduro en mi convicción cristiana, más comprendo que la unidad entre los cristianos no puede darse por sentada, especialmente en la iglesia. No sucede por sí sola; el Espíritu Santo debe soplar primero a través de un cristiano, que en respuesta persigue a otras personas con una motivación semejante a la de Cristo y practica la humildad piadosa de forma constante para que la unidad florezca en la iglesia. En algunos casos, como se está haciendo en el nuevo parque de Greenville, la unidad debe construirse desde cero y prácticamente tender un puente entre personas que pueden no darse cuenta de que deben estar conectadas.

El apóstol Pablo nos dice que «viváis de una manera digna de la vocación» (Ef 4:1) y que estemos listos para «preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). Utiliza el famoso lenguaje del cuerpo humano para ilustrar el principio: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (vv. 4-6). Siete veces en dos versículos, nos llama a ser uno. Pablo nos dice que debemos tener unidad, nos dice que debemos querer la unidad, y luego, de manera notable y algo paradójica, nos dice que ya tenemos esa unidad en Cristo. En otras palabras, debemos vivir nuestras vidas actuales teniendo en cuenta la obra terminada de Jesús en nuestro favor al hacernos uno.

En los días de Pablo, había un desacuerdo muy fuerte entre los cristianos judíos y gentiles en la iglesia. Algunos judíos étnicos creían y practicaban la validez permanente de la antigua ley ceremonial, por lo que insistían no solo en la circuncisión, sino en la observancia de las leyes alimentarias del Antiguo Testamento dadas a través de Moisés. Eran de Cristo, pero su libro era todavía la Torá. Para este pueblo, la inclusión de los gentiles en las promesas de Dios era un obstáculo y una fuente de división. Pablo apela a la Trinidad como base para su unidad terrenal. En Efesios 4 se describen las tres personas de la Trinidad: Dios Espíritu Santo (v. 4); Dios Hijo, Jesucristo (v. 5); y Dios Padre (v. 6). Su unidad es un modelo para nosotros de cómo, aunque seamos muchos, debemos ser uno. Pablo también nos recuerda la gran verdad cristiana de que el evangelio es algo completamente fuera de nosotros. No aportamos absolutamente nada a él; solo nos beneficiamos de él, y es el fundamento de nuestra capacidad para amarnos unos a otros. Como dice el viejo himno, la iglesia es el lugar donde, en esta vida y por causa de Cristo, el pueblo de Dios encuentra «la mística y dulce comunión con aquellos cuyo descanso está ganado».

En mi denominación, la Iglesia Presbiteriana en América, nuestro manual The Book of Church [El libro de orden en la iglesia] hace una pregunta en forma de voto a los llamados a servir y trabajar por la unidad de la iglesia: «¿Prometes esforzarte por la pureza, la paz, la unidad y la edificación de la iglesia?» Para los que responden afirmativamente, se ofrece una descripción de ejemplos prácticos de buena unidad de la iglesia:

Espiritualmente fructífero, digno, prudente, ejemplo para el rebaño, visitando al pueblo en sus casas, especialmente a los enfermos, instruyendo a los ignorantes, consolando a los dolientes, alimentando y custodiando a los hijos de la iglesia, orando con y por el pueblo, buscando el fruto de la Palabra predicada, atendiendo a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y a cualquiera que esté en apuros, cuidando a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los presos y a otros.

La participación de un cristiano en su iglesia local es la relación organizacional terrenal más importante que jamás tendrá. Si un creyente ama la teología, la historia o la liturgia de la iglesia, debe hacer un esfuerzo especial para buscar la unidad dentro del cuerpo. Es su familia en este mundo, y será su familia en el mundo venidero.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Melton L. Duncan
Melton L. Duncan es anciano gobernante en la Second Presbyterian Church de Greenville, Carolina del Sur, y secretario permanente del Calvary Presbytery de la Iglesia Presbiteriana en América.