La vara de almendro

Sábado 4 Marzo

La palabra del Señor vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije: Veo una vara de almendro. Y me dijo el Señor: Bien has visto; porque yo apresuro mi palabra para ponerla por obra.

Jeremías 1:11-12

La vara de almendro

El nombre hebreo del almendro es «el árbol que vela» (Shaqed). De forma concreta y sorprendente, Dios imprimió en la memoria de su joven profeta Jeremías la seguridad de que él vela sobre su palabra para ejecutarla.

Jesús lo confirma: “Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18).

Pero en la Biblia la vara de almendro también tiene un significado particular: para poner fin a una controversia sobre la legitimidad del sacerdote Aarón, Moisés pidió que cada uno de los doce jefes de tribu llevase una vara al tabernáculo sagrado. Dios designaría claramente al hombre que había escogido. “El día siguiente vino Moisés al tabernáculo del testimonio; y he aquí que la vara de Aarón de la casa de Leví había reverdecido, y echado flores, y arrojado renuevos, y producido almendras” (Números 17:8). Dios no solo mostró quién estaba a cargo del servicio religioso, sino que dio a ese milagro un significado concreto, es decir, anunció la resurrección. ¡Una vara seca y podada recobró vida en una noche, reverdeció, produjo brotes, flores y almendras maduras!

¡Sí! El almendro es a la vez figura del que vela para que su palabra y el anuncio de la resurrección se cumplan. ¡Qué consuelo cuando pensamos en nuestros seres queridos que partieron de este mundo habiendo puesto su confianza en Jesús! ¡Sabemos que el Señor cumplirá su promesa de resucitarlos en el día postrero! (Juan 6:3911:24).

2 Samuel 23 – Hechos 12 – Salmo 29:7-11 – Proverbios 10:29-30

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¿Hay algo que Dios no pueda hacer?

En una noche clara, mira las estrellas en el cielo. Génesis 1 registra que Dios las creó. ¡Imagina el poder de una sola estrella! Pero no se trata sólo de un poder sin procesar. Hay inteligencia y diseño en nuestro universo hasta en la más pequeña cadena de ADN, incluso en la más pequeña partícula subatómica. El poder y la sabiduría de Dios están más allá de nuestra comprensión. Por eso el Señor le dijo a Abraham en Génesis 18:14, «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» Por eso el SEÑOR le dijo a Moisés cuando Moisés preguntó cómo Dios podía proveer carne a varios millones de israelitas en el desierto, «¿Es el brazo del Señor demasiado corto?» (Números 11:23). Por eso Jonatán le dijo a su paje de armas que el SEÑOR no necesitaba muchos soldados para obtener una victoria (1 Samuel 14:6).

Jeremías 32:17 afirma: «¡Ah, Señor DIOS! he aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti». Incluso en el reino espiritual, aquellos que parecen estar más lejos de la salvación no son imposibles de alcanzar para Él (Marcos 10:25-27). Y por muy grande que sea Su poder, Su amor y Su misericordia son igual de grandes… hasta el punto de que estuvo dispuesto a enviar a su propio Hijo a morir en la cruz del Calvario para pagar la pena de una humanidad pecadora. Hizo esto para que Él, en completa justicia, pudiera perdonar a aquellos que se alejaran de la autosuficiencia y el pecado para confiar en Cristo y en Su obra completa. Juan 3:16, un versículo familiar, afirma el gran amor de Dios: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna». Este amor no era sólo para la gente «buena» (no hay ninguna), sino para nosotros… un pueblo caído, pecador, poco amado y rebelde (Romanos 3:10-23) y, aun así, eligió llenarnos de Su amor (Romanos 5:6-10) cuando no lo merecíamos.

Lo único que Dios no puede hacer es actuar en contra de Su propio carácter y naturaleza. Por ejemplo, Tito 1:2 afirma que Él no puede mentir. Ya que Él es santo (Isaías 6:3; 1 Pedro 1:16), no puede pecar. Debido a que Él es justo, no puede simplemente pasar por alto el pecado. Debido a que Cristo pagó la pena por el pecado, ahora es capaz de perdonar a aquellos que se vuelven a Cristo (Isaías 53:1-12; Romanos 3:26).

Verdaderamente nuestro Dios es un Dios maravilloso… inmutable, eterno, ilimitado en poder, en majestad, en conocimiento, en sabiduría, en amor, en misericordia y en santidad. Sin embargo, somos muy parecidos a los israelitas que, incluso después de ver a Dios desplegar Su poder y Su amor reiteradamente, dudaron tanto de Su amor como de Su poder al enfrentarse cara a cara en cada nueva prueba de sus vidas (por ejemplo, Números 13-14). Que Dios nos ayude a honrarlo al depender y confiar en Él en la próxima «crisis» que enfrentemos, ya que Él es «nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Salmo 46:1).

¿Usted qué opina?

Viernes 3 Marzo

(Jesús preguntó a sus discípulos:) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Mateo 16:15-16

Sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo.

Juan 4:42

¿Usted qué opina?

Cuando estuvo exiliado en la isla de Santa Elena, Napoleón recibió desde Francia una Biblia decorada con las armas imperiales. Como no tenía nada que hacer, se puso a leerla y se interesó especialmente en la persona y la obra de Jesucristo. Parece que la comparación de la vida santa de Jesucristo con su propia carrera lo impresionó profundamente.

Un día, mientras paseaba, preguntó a su asistente militar, quien caminaba a su lado:

–Montholon, ¿qué piensa de Cristo?

–Sir, disculpe, no tengo ninguna opinión con respecto a él.

El emperador continuó su camino y respondió él mismo su pregunta:

–Alejandro, César, Carlomagno y yo fundamos imperios, pero ¿sobre qué basamos nuestro poder? Sobre la guerra, la fuerza. En cambio, Jesucristo fundó su imperio sobre el amor.

Solo Dios sabe si el ilustre prisionero aceptó a Jesús como su Salvador y obtuvo el perdón de sus pecados. El relato de sus últimos días no revela nada al respecto.

¿Decimos como el marqués de Montholon: no tengo ninguna opinión con respecto a Cristo? ¿O pensamos que el perdón que nos ofrece es menos necesario para nosotros que para el emperador destronado? Pero la Biblia dice: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Solo creyendo personalmente en el Hijo de Dios, quien fue crucificado y luego resucitó, podemos ser salvos. ¡Aún hoy él nos ofrece su gracia! Por la fe, ¡recibamos del Salvador la vida eterna!

2 Samuel 22:31-51 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

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Tu iglesia local es más que un evento

Tu iglesia local es más que un evento
NATHAN DÍAZ

“Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: ‘Hoy’; no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado”, Hebreos 3:13.

Para muchos de nosotros, la iglesia es una especie de evento. Cada domingo pensamos algo parecido a esto: “¿Qué nos prepararon en la iglesia para hoy? Los músicos practicaron para el tiempo de alabanza, y el predicador viene a traer un sermón. Voy a evaluar si lo que hicieron me gustó y suple mis necesidades personales”.

Así, muchos creyentes ven congregarse con la iglesia como ir al cine. Entro al lugar con ciertas expectativas, y salgo evaluando si lo que recibí realmente cumplió con ellas. La ofrenda es como el pago del boleto para entrar. No hay devoluciones y estoy dispuesto a correr el riesgo de que no me guste lo que me ofrecen ese día, pero entiendo que eso es parte de lo que se espera de mí.

Lamentablemente, el tiempo de pandemia y cuarentena fomenta más esta percepción de la iglesia. Los domingos consumimos desde nuestros hogares lo que alguien preparó para nosotros. Se me hace aún más fácil ver el servicio de otra iglesia si me aburro de la mía, o si no me gusta lo que me ofrecen. Después de todo, ¡nadie sabrá cuál servicio estoy viendo!

Pertenecer a la iglesia implica que tengo que conocer a otros y ser conocido por ellos, para poder exhortar y ser exhortado

Pero Hebreos 3:13 nos confronta con uno de los principales propósitos de lo que significa ser iglesia: “Exhórtense los unos a los otros cada día”. Eso significa que escuchar y entonar unas alabanzas y recibir un sermón es solo una pequeña parte de lo que significa la iglesia. Pertenecer a la iglesia implica que tengo que conocer a otros y ser conocido por ellos, para poder exhortar y ser exhortado. Es fácil mantener nuestra vida privada, especialmente cuando está llena de luchas y debilidades. ¡Pero eso es lo que el texto dice que es tan peligroso!

Si nadie conoce mis luchas y mis tentaciones, el autor de Hebreos asume que seré “endurecido por el engaño del pecado”. Será fácil pensar que, mientras otros vean en mí las conductas correctas, lo que hay en mi corazón no tiene que ser expuesto.  

Necesitas la iglesia local para perseverar

¿Qué es lo que hay en nuestro corazón? Una batalla contra la incredulidad. Nuestra tendencia es a no creerle realmente a Dios. Nos inclinamos a dudar que Él es realmente bueno y más sabio que nosotros y, por lo tanto, a pensar que no es digno de que confiemos en Él y en su soberanía para obedecerlo, especialmente cuando es difícil. Así que la batalla contra la incredulidad es la batalla más importante de la vida cristiana.

La batalla contra la incredulidad es la batalla más importante de la vida cristiana

El libro de Hebreos nos muestra que la evidencia de una fe que salva es la perseverancia (2:1; 3:1, 14; 6:11-12; 10:23, 35; 12:1). Y aunque Dios es el que hace la obra de llevarnos hasta el final en su voluntad (13:20-21), una de las principales herramientas que Él usa es la iglesia. Por eso dice en Hebreos 10:23-25:

“Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquél que prometió. Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca”.   

En otras palabras, sin la obra de Dios a través de Su iglesia en tu vida, no vas a perseverar en una fe que batalla contra la incredulidad. Entonces, ¿qué es la iglesia? No es un evento. No es un edificio. No es un video. La iglesia es una familia que está allí para ti, para buscar que la obra de Dios —hacerte llegar hasta el final de tu carrera en la fe— sea una realidad en ti. No menosprecies este regalo no opcional para los hijos de Dios.

​Nathan Díaz es pastor de enseñanza en la Iglesia Evangélica Cuajimalpa en la ciudad de México y productor del programa de radio “Clasificación A”, que se transmite en diversas emisoras a lo largo del mundo hispano. Estudió Biblia y teología en el Instituto Bíblico Moody de Chicago. Él y su esposa Cristin tienen tres hijos, Ian, Cael y Evan.

Estar cerca de Jesús

Jueves 2 Marzo

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Juan 6:68

María… sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.

Lucas 10:39

Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.

1 Corintios 1:9

La comunión (1)

Estar cerca de Jesús

En 1972, cuando se publicó en Francia una nueva novela de Gilbert Cesbron (1913-1979), se le pidió responder el famoso cuestionario psicológico: el «cuestionario de Proust».

A la pregunta: «¿Cuál sería su mayor desgracia?», respondió: «Dejar de vivir en la proximidad de Jesús de Nazaret». Algunos años más tarde, tras la publicación de otra de sus novelas, se le pidió responder nuevamente el cuestionario. A la misma pregunta, su respuesta fue: «Dejar de vivir en la compañía de Cristo de Nazaret». ¡Qué constancia! El novelista nunca había escondido su fe, y todos sus libros estaban impregnados de ella.

«Vivir en la proximidad de Jesús», o «vivir en la compañía de Cristo», significa tener comunión con el Señor. Una vida así supone que primero hayamos creído en Jesucristo y que por medio de él hayamos recibido el perdón de Dios. Pero la comunión es más que eso, es conocer al Señor como aquel con quien tengo una relación viva, a quien permito intervenir en mi vida. La Biblia emplea varias imágenes para evocar la comunión:

– caminar con un amigo y hablar con él,

– pasar algún tiempo en su casa,

– intercambiar pensamientos y sentimientos,

– compartir una comida con él.

Los próximos jueves hablaremos de estas imágenes, pero desde ahora podemos expresar esta petición: Señor, concédeme el deseo de vivir a tu lado, ¡te necesito!

2 Samuel 22:1-30 – Hechos 10:25-48 – Salmo 28:6-9 – Proverbios 10:26

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¿Han cesado los dones Espirituales?

Macleod Donald

¿Han cesado los dones Espirituales?

Hasta aquí no hemos dicho nada acerca de la más controversial de las afirmaciones pentecostales, a saber, que la prueba del bautismo en el Espíritu es la posesión de ciertos dones espirituales, especialmente el don de lenguas. El protestantismo, tradicionalmente ha mantenido la opinión que los dones milagrosos han cesado con la era apostólica. Sin embargo, Edward Irving, (1792–1834) afirmó que los dones eran para todas las edades de la iglesia y bajo su influencia, un grupo de cristianos en Londres formaron la Iglesia Católica Apostólica completa, con apóstoles, profetas, sanidades y el hablar en lenguas. El movimiento de Irving se petrificó. Pero en el siglo XX, del seno del movimiento wesleyano derivado del movimiento de santidad, se levantaron las iglesias pentecostales, manteniendo, según uno de sus voceros representativos, que «en la Biblia el hablar en lenguas es la única evidencia del bautismo en el Espíritu». Desde la segunda guerra mundial, los adherentes de esta opinión se han multiplicado dentro de las principales denominaciones, dando lugar al neo-pentecostalismo. Las iglesias reformadas no han estado exceptuadas y muchas de las iglesias independientes de Inglaterra y Gales se han dividido trágicamente sobre este tema.
Cualquier respuesta bíblica a este movimiento debe insistir en dos puntos fundamentales: primero, que algunos de los dones han cesado; y segundo, que la Iglesia de hoy permanece como una institución completamente carismática. Este capítulo tiene que ver sólo con el primer punto, pero debemos tener en mente que, a largo plazo, la preocupación por la naturaleza carismática positiva de la iglesia es más importante que la negación de las modernas pretensiones carismáticas.

El apostolado

La posición pentecostal requiere la perpetuación de la exacta situación que prevalecía en la iglesia apostólica. En particular requiere que tengamos todos los dones, todas las experiencias y todos los oficios de los que gozaba la iglesia primitiva. Sin embargo, la desesperanza de esta demanda llega a ser evidente cuando reflexionamos en el oficio del apostolado. Que sus dones tenían el claro propósito de ser temporales queda demostrado por el hecho de que, un requisito esencial para su apostolado era que hayan visto al Cristo resucitado. Por eso, Pedro establece en Hechos 1:21–22 que la persona escogida para reemplazar a Judas debe ser «testigo con nosotros de su resurrección». Pablo relacionó claramente su apostolado con este hecho, «y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí» (1 Coro. 15:8, 9). Cuando los gálatas negaron el apostolado de Pablo, el asunto estaba relacionado con este hecho, que Pablo no era un verdadero apóstol porque nunca había visto a Cristo y había recibido su evangelio solo de segunda mano. Pablo protesta vigorosamente que él no ha recibido su evangelio de parte de los hombres, sino por revelación de Jesucristo (Gál. 1:12). Su llamado a ser apóstol estaba íntimamente ligado al hecho de haber visto al Hijo de Dios (Gál. 1:16).
El argumento de la irrepetible naturaleza de los requisitos del apostolado se refuerza con el hecho que los apóstoles nunca designaron sucesores, ni establecieron los requisitos que debían tener dichos sucesores. Ellos estuvieron contentos con dejar a los evangelistas la fundación de nuevas iglesias, y el cuidado de las ya existentes a los pastores y maestros. El más cercano sucesor de un apóstol que tenemos es Timoteo, pero se habla de él como un evangelista cuya autoridad no va más allá de implementar, en las iglesias, las ordenanzas que Pablo estableció.
La naturaleza temporal del apostolado está implícita en su misma naturaleza. Era fundacional, la iglesia se edifica «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas» (Ef. 2:20). La misma idea ocurre en Apoc. 21:14, donde se nos dice que los muros de Jerusalén tenían doce fundamentos inscritos con los nombres de los doce apóstoles. Claro que es verdad que la edificación del templo espiritual continúa en nuestra era cristiana (1 Pedro 2:5) cuando cada piedra es escogida y preparada. Pero el echar las bases o fundamentos, tuvo lugar una vez para siempre en la encarnación. Cristo es la piedra angular. Los apóstoles son los fundamentos. Lo de una vez para siempre se ve claramente en el Nuevo Testamento mismo. Así como Cristo se ofreció una vez para siempre, de la misma manera lo es la fe, una vez por todas entregada a los santos (Judas 3). Consecuentemente, la actitud correcta frente a la tradición apostólica no es la de desarrollarla y añadir a ella sino la de «retenerla» (2 Tes. 2:15). Es una herencia sagrada que debe ser conservada (1 Tim. 6:20)
La unicidad del período durante la puesta autoritativa de los fundamentos es inherente al Nuevo Testamento, por ello, Oscar Cullmann está en lo correcto al afirmar que «el escándalo del cristianismo es creer que estos pocos años, que para la historia secular no tienen ni mayor ni menor significación que otros períodos, son el centro y la norma de la totalidad del tiempo».
Profecía
Con igual confianza podemos sostener que el don de profecía ha cesado. En el Nuevo Testamento, la profecía no era meramente un don expositivo que capacitaba a un hombre para desentrañar el significado de una vasta revelación, como lo era en el Antiguo Testamento. Los profetas eran órganos de revelación, hombres a quienes Dios les daba a conocer su voluntad y a quienes Él les autorizó actuar como sus voceros. En la iglesia de Corinto, por ejemplo, los profetas eran hombres que tuvieron revelación y «entendieron todos los misterios». Algunas veces, la revelación era una predicción, otras veces era una directiva, y en otras ocasiones (como en el Apocalipsis de Juan), era un complejo y sostenido descubrimiento de la mente de Dios que abarcaba una amplia variedad de temas doctrinales, exhortativos y escatológicos.
Por lo tanto, tenemos el derecho de esperar de los profetas, «misterios y revelaciones». Cuando aplicamos este criterio a las profecías modernas, queda demostrado, muy dolorosamente, que el don de profecía ha cesado. Las razones no están lejos de ser halladas.
En primer lugar, así como el apostolado, la profecía era fundacional. El fundamento al que se refiere Ef. 2:20, es el de los apóstoles y profetas. Durante el tiempo de echar los fundamentos, así como sus predecesores del Antiguo Testamento, los profetas estaban produciendo material que más tarde sería incorporado en la Biblia. Además, estos profetas estaban resolviendo la urgente necesidad de instrucción y guía para las responsabilidades diarias, hasta que la iglesia tuviese suficiente Escritura. Pero estas responsabilidades no podían prolongarse más allá de la misma época de echar los fundamentos.
En segundo lugar, incluso dentro del mismo Nuevo Testamento, hay evidencia de que el restablecimiento del oficio profético (después de un largo silencio desde Malaquías a Juan el Bautista) fue solamente transicional. Mientras figura en forma prominente en la vida de la iglesia que se nos da en 1 Corintios 12 al 14, se encuentra casi ausente en las últimas epístolas de Pablo, es decir en las pastorales (Timoteo y Tito). Está ausente también en otros libros tardíos del Nuevo Testamento tales como en 1 Juan. Esto sugiere, con fuerza, que el ministerio de los profetas estaba ya suprimiéndose, incluso antes que el canon se cerrara.
En tercer lugar, siendo el ministerio profético revelacional, estaba íntimamente relacionado al desarrollo del canon. Mientras el canon estaba incompleto, la iglesia tenía que poseer otros medios de acceso a la mente de Dios, principalmente mediante la profecía. Ahora que el canon está completo, todo lo necesario para la salvación, o está claramente expresado en la Biblia, o puede deducirse de ella por buena y necesaria consecuencia, tal como nos lo recuerda la Confesión de Fe de Westminster. Afirmar que la profecía es aún necesaria, es afirmar que la Biblia es incompleta e imperfecta y que por lo tanto, necesita suplementarse. Ya sea que esta suplementación se ofrezca por los profetas pentecostales o por los decretos papales, el principio es el mismo: la conciencia de la Iglesia está siendo atada mediante algo adicional a la Biblia.


Hablar en lenguas

El hablar en lenguas tiene un lugar especial en el pentecostalismo, no sólo como el común de los dones sino como la señal inicial del bautismo en el Espíritu, el medio de manifestar profunda devoción, y muy a menudo, como el supremo objetivo del anhelo cristiano. A pesar de todos los argumentos avanzados por los carismáticos, no vemos razón alguna para abandonar el punto de vista tradicional de que el don de las lenguas ha cesado con los apóstoles.
Por ejemplo, parece indiscutible que como cuestión de hecho este don ha desaparecido. Esto no significa que durante los siglos I y XIX no hayan habido pretensiones reclamando que este don aún existe. Pero estas pretensiones fueron esporádicas, localizadas y discutibles. Michael Harper cita a Justino Mártir en apoyo a la perpetuidad de los dones. Cullmann, con la misma confianza cita también a Justino Mártir en contra. Más significativo aún, durante el largo período entre el Nuevo Testamento y Edwrad Irving, el don de lenguas nunca fue reclamado ni siquiera por los líderes más prominentes de la Iglesia. Esto es cierto de Padres de la Iglesia tales como Atanasio y San Agustín, Bernardo y Crisóstomo, es verdad también de los Reformadores como Martín Lutero, Zwinglio, Calvino y Knox, lo es también de prominentes predicadores modernos como Whitfield, Chalmers, Spurgeon y Lloyd-Jones.
El hecho de que este don no haya sido concedido a estos grandes hombres de Dios es, con toda seguridad, la respuesta total a la pretensión de Wesley (y con frecuencia repetida por los pentecostales), que la razón por la cual estos y otros dones declinaron era porque «los cristianos se volvieron paganos y sólo tenían una forma muerta de cristianismo». Es absurdo despreciar como muertos, o como a caracoles inertes del cristianismo a Chalmers o a Spurgeon, o a las iglesias que ellos representaron.
Otro hecho que pesa fuertemente contra el punto de vista pentecostal es que, en la actualidad, es extremadamente difícil estar seguro en qué consiste exactamente el don de lenguas. Sería realmente temerario aquel hombre que emprenda la tarea de probar mediante exégesis del Nuevo Testamento que, lo que se entiende hoy por don de lenguas corresponde al don que prevalecía en el tiempo de los apóstoles.
Por lo menos existen dos niveles de incertidumbre. En primer lugar, está muy lejos de ser claro que el fenómeno descrito en Hechos 2 sea el mismo del de 1 Corintios 14. El uno se describe como «hablar en otras lenguas», y el otro como «hablar en lenguas». En el libro de Hechos, los que hablaron en otras lenguas fueron fácilmente entendidos por la multitud, pero en Corinto sólo podían ser entendidos por aquellos que tenían el don especial de interpretación. En Corinto, los que hablaban lenguas eran una señal del juicio de Dios sobre los no creyentes, de lo cual no hay rastro alguno en el libro de Hechos. En vista de estas dificultades, no podemos asumir livianamente que los dos fenómenos fueron iguales.
En segundo lugar, hay incertidumbre en cuanto a la naturaleza misma de las lenguas, y no solamente hay discrepancias en cuanto a lo que ocurrió con las lenguas en el Nuevo Testamento, sino que también hay desacuerdo en cuanto a lo que ocurre en las reuniones pentecostales de hoy día. Según algunos carismáticos, las lenguas son lenguas extranjeras que pueden reconocerse como tales, y que en principio, pueden traducirse. Según otros, las lenguas son una forma de discurso extático, en el cual el cristiano expresa conceptos y emociones que transcienden el lenguaje, es lo que Donald Gee llama «una expresión casi espontánea, de algo que de otra manera sería indecible». Dichas expresiones no sólo serían imposibles de traducir, sino también imposibles de interpretar. Según otros hablar en lenguas es «una manifestación del Espíritu de Dios empleando los órganos del habla humana». De acuerdo con esta opinión, aunque las expresiones tienen un patrón de lenguaje, las cuerdas vocales son controladas no por el intelecto humano (¿el cual permanece inmóvil?, 1 Cor. 14:14, NEB) sino por el Espíritu Santo.
Por el momento, no es importante definir esta cuestión de identificación. Sólo necesitamos notar que no hay acuerdo entre los eruditos del Nuevo Testamento, o entre los mismos pentecostales, en cuanto a lo que era o es el hablar lenguas. Si el don de lenguas debía ser la señal inicial del bautismo en el Espíritu esta situación es extraña. ¿Cómo puedo yo saber que he hablado en lenguas, cuando no sé lo que era el hablar en lenguas?
Importancia decreciente
Al problema de identificación debemos añadir que, en el mismo Nuevo Testamento, podemos ver una importancia decreciente del hablar en lenguas. En el mismo libro de Hechos que nos lleva hasta el primer encarcelamiento de Pablo en Roma, el don de lenguas es aún prominente. Este don está todavía en evidencia cuando Pablo escribe su primera carta a los Corintios. Pero en las cartas pastorales ya no se menciona este don aún cuando Pablo está preocupado en establecer los requisitos para el oficio (el cual no incluye el don de hablar en lenguas), y en dar instrucciones detalladas en cuanto a la conducción en el Servicio de Adoración y el comportamiento de los cristianos en las reuniones públicas. Además, el don de lenguas no se menciona, incluso en ocasiones de desorden, en las epístolas del Señor a las siete iglesias de Asia (Apocalipsis 2 y 3). Tampoco se menciona el don de lenguas en las epístolas de Juan a pesar de que estas epístolas muestran un considerable interés en el ministerio del Espíritu.
Estos hechos demuestran con fuerza que, el transicionalismo que hemos aplicado al don de la profecía, se aplica igualmente al don de lenguas. Ya en el tiempo que el canon estaba completo, el don de lenguas había, virtualmente, desaparecido.
Este no es un argumento que los pentecostales aceptan fácilmente. Ellos afirman que eso es equivalente a meter tijeras a la Biblia y desechar grandes trozos de ella. Parte de la respuesta a ello es que las porciones cortadas no son tan grandes, porque las referencias al don de lenguas son notablemente pocas. Además, afirmar que el don de lenguas ya no existe en la Iglesia no significa que las referencias bíblicas a dicho don no tengan nada que enseñarnos hoy. Por ejemplo, el comer comida ofrecida a los ídolos ya no es un tema vivo (hasta donde sabemos). Pero los principios que Pablo establece en el transcurso de la discusión acerca de ello, son aún relevantes para la vida y práctica cristianas. Del mismo modo, a pesar que el don de lenguas ha cesado, la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 14 tiene aún mucho que decir acerca de la naturaleza de la adoración y del uso de los dones que aún continúan en la Iglesia.
Más importante aún, en la práctica, cada cristiano acepta que algunas partes de la Biblia han sido abolidas. Ya no ofrecemos los sacrificios que se prescriben en Levítico, ya no limpiamos leprosos según el ritual del Antiguo Testamento. Ni siquiera los teonomistas apedrearían a los adúlteros y a los que quebrantan el día de reposo, ni administran la circuncisión ni celebran la pascua.
Pero, ¿no deja aquello al Nuevo Testamento aún intacto, de tal modo que para cada cosa que reclamamos precedente en el Nuevo Testamento siga siendo la norma? Desde el momento que aceptamos que ya no podemos seguir teniendo apóstoles, hemos quebrantado este principio. Hemos reconocido que la Iglesia del Nuevo Testamento tenía algo que nosotros no vamos a tener. En realidad, el rango de principios y prácticas abolidas es mucho más amplio de lo que a simple vista esperaríamos. Hoy en día, los misioneros ya no están regidos por la directiva de Lucas 10:4 «No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino». Tampoco están bajo las órdenes de confinar su evangelización a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 10:6). Del mismo modo, ya no estamos obligados a los arreglos eclesiásticos de Hechos capítulos 2 al 5, por lo cual los apóstoles se encargaban de todo lo que era enseñanza y toda la administración, y los cristianos practicaban una propiedad común de los bienes. Incluso cuando miramos el atestiguamiento del Bautismo en el Espíritu Santo, sólo encontramos lo que es una vergüenza para el pentecostalismo, porque la señal en Hechos 2:2–3 no era hablar en lenguas solamente, sino «un viento recio y lenguas repartidas como de fuego». Si el don de lenguas es normativo y perpetuo ¿por qué no lo son las otras señales?
La verdad es que simplemente no podemos congelar la revelación en Hechos 2:4 o en 1 Corintios 14:26, como tampoco podemos congelarla en Lucas 10:4 o Levítico 17. La revelación es progresiva y acumulativa, y aunque Dios nunca niega la verdad de lo que Él ha revelado anteriormente, Él decreta que algunas estructuras e instituciones sean abolidas. La segunda epístola de Pablo a Timoteo no sólo tiene el mismo derecho de ser nuestra norma como lo es la primera epístola a los Corintios, pero dondequiera que difieran, la primera epístola a Timoteo, tiene mayor derecho de ser nuestra norma porque se encuentra más lejos en la línea de la revelación acumulativa.
La razón para la gradual desaparición del don de lenguas es exactamente el mismo que la que se aplica al de profecía. El don de lenguas era un don revelatorio. Como los mismos teólogos pentecostales lo admiten, el hablar en lenguas más la interpretación equivale a profecía, «En el Espíritu él habló misterios». Como tal, satisfizo las necesidades de la Iglesia mientras el canon estaba en formación, pero ello daría lugar al ministerio expositivo del maestro cuando la revelación estaba completa.

Un esquema no bíblico

El espacio sólo nos permite una breve mención de otro argumento, todo el esquema en el que el pentecostalismo coloca el don de lenguas es anti-bíblico. La pretensión no sólo es que el hablar en lenguas persiste en la Iglesia, sino que es la indispensable señal inicial de un bautismo especial en el Espíritu después de la conversión, el cual eleva a los que lo experimentan a una «super-vida» o más profunda devoción, poder grandioso y el encuentro de un nuevo gozo. Esta perspectiva es totalmente falsa. Como ya hemos visto anteriormente, algunas de las grandes figuras de la Iglesia post-apostólica nunca hablaron en lenguas y tendrían que ser desechados como cristianos de segunda categoría, si es que la doctrina pentecostal fuera verdadera. Además, hay una considerable ambigüedad en su doctrina. ¿Es el bautismo/hablar en lenguas algo que se logra por nuestra propia santidad? ¿O es aquel la causa de nuestra santidad? Lógicamente, esperamos que sea lo segundo, que el bautismo en el Espíritu es la precondición de la «super-vida». En efecto, el orden es comúnmente revertido por los pentecostales. Los «siete pasos fáciles» de Torrey incluyen la renuncia a todo pecado conocido y hace que la santidad sea la condición del bautismo en el Espíritu. El planteamiento de Wesley, en el sentido que la Iglesia no tiene dones espirituales porque está espiritualmente muerta, pertenece a la misma perspectiva pentecostal. Si la propia Iglesia pudiese revivir entonces el Espíritu retornaría.


Dos puntos más debemos presentar.

Es muy difícil defender que el hablar en lenguas del modo que hoy prevalece, sea una señal especial de espiritualidad cristiana cuando, según muchos observadores, el mismo fenómeno puede encontrarse entre las religiones no cristianas tales como la religión musulmana. El mismo problema está inherente en la incidencia del hablar en lenguas entre los católico-romanos. No vamos a tomarnos la molestia de negar que muchos católico romanos son devotos, aunque son cristianos mal guiados, pero es difícil creer que cualquiera que goce de una gran medida de la plenitud del Espíritu pueda tener tan poco entendimiento de la Biblia, y tan poco entendimiento de la experiencia de la salvación, como para adorar imágenes, rendir homenaje a la virgen, y distanciarse a sí mismo (mediante un anatema) de la doctrina de Lutero acerca de la justificación.
Finalmente, no hay en el Nuevo Testamento la más mínima sugerencia de que el hablar en lenguas sea una señal de espiritualidad especial. La iglesia en Corinto no se quedaba atrás en ningún don (1 Cor. 1:7). Sin embargo estaba rodeada por una multitud de problemas que iban desde la desunión hasta la herejía y la inmoralidad. Ciertamente no era una iglesia con «super-vida». Además, en 1 Corintios 13, Pablo deja claramente establecido que es posible hablar en lenguas humanas y angelicales y sin embargo no tener amor. El mismo Cristo habló en el mismo sentido en Mateo 7:22. Los hombres pueden estar en la capacidad de reclamar que han profetizado, que han echado fuera demonios y han realizado milagros (todos en el nombre de Cristo), y sin embargo, ser totalmente extraños a la comunión con el Salvador. Y cuando Pablo pregunta «¿Todos hablan lenguas?», claramente espera la respuesta «¡No!» Pablo no da la menor idea que ello es una omisión grande que ellos debieran remediar instantáneamente.

Macleod, D. (2005). El bautismo con El Espíritu Santo: Una perspectiva bíblica y Reformada (A. R. Alvarado, Trad.; 1a ed., pp. 50-62). CLIR; Sola Scriptura.

Ni yo te condeno

Miércoles 1 Marzo
Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Juan 8:11-12

Ni yo te condeno

Leer Juan 8:1-11

Jesús estaba en el templo de Jerusalén y enseñaba a la multitud. Los escribas y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en medio y dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”.

Jesús no respondió nada, sino que se agachó y empezó a escribir en el suelo. Esta posición de humildad caracterizó su vida entre los hombres. Los acusadores insistieron. Entonces Jesús se levantó y dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Luego se agachó nuevamente y continuó escribiendo. ¡Los acusadores fueron confrontados con sus propias conciencias! Habían interrogado a Jesús, y ahora ellos mismos eran interpelados. Querían la ley para esta mujer, y esta misma ley valía también para ellos. Entonces se retiraron uno a uno… reducidos al silencio. ¡Ellos, que señalaban con el dedo el pecado de la mujer, debieron reconocer su verdadero estado moral!

Jesús quedó solo con la mujer. El pasaje precisa que ella permanecía ahí en medio. Fue la única que no huyó y escuchó lo que Jesús dijo aún: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. En Jesús estaba “la verdad”, que manifiesta el pecado del hombre, y “la gracia” que lo quita delante de Dios y libera al culpable. Esta mujer pudo ser liberada de su pecado porque escuchó y creyó lo que Jesús le dijo. Cada uno de nosotros puede recibir esta palabra de Jesús y experimentar la fuerza y todo el bien que ella hace, si la acepta plenamente.

2 Samuel 21 – Hechos 10:1-24 – Salmo 28:1-5 – Proverbios 10:24-25

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