37 – 3 Cualidades de un Fariseo

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

37 – 3 Cualidades de un Fariseo

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

Deconstruye tu cultura, no tu fe

Coalición por el Evangelio

Deconstruye tu cultura, no tu fe

HUNTER BEAUMONT

Nota del editor: Este artículo fue adaptado del capítulo escrito por Hunter Beaumont en Before You Lose Your Faith (Antes de que pierdas la fe) (The Gospel Coalition, 2021).

Muchos de mis amigos y miembros de iglesia que emprenden un viaje de deconstrucción no están tratando de perder su fe. No quieren terminar en un lugar sin Jesús. Solo quieren darle sentido a la fe en la que crecieron y dejar ir las cosas que están viciadas o son represivas. Ellos en realidad quieren una fe más fuerte, no ninguna fe; más de Jesús, no menos.

Si esto te describe, piensa en lo siguiente: lo que estás buscando en realidad no es una deconstrucción. Lo que estás buscando es una desculturización.

La desculturización es el proceso utilizado por los misioneros para diferenciar el evangelio de la cultura. Habiendo pasado de una cultura a otra, los misioneros pueden ver que el evangelio es como una semilla protegida por una cáscara externa (cultura). Su trabajo es asegurar que la semilla del evangelio sea libre de entrar a nuevas culturas sin estar cautiva dentro de su antigua cáscara. Esto se remonta al momento en el que el evangelio entró en la cultura gentil en el libro de los Hechos. Desde ese entonces, la iglesia primitiva tuvo que diferenciar el evangelio del judaísmo.

De la misma manera, es posible que debas diferenciar el evangelio de la subcultura evangélica. ¡He pasado por este proceso! No crecí en el evangelio, pero me convertí dentro de una escuela secundaria evangélica. Me enamoré del evangelio que me enseñó mi escuela, pero también pude ver que este mundo evangélico tenía mucha cultura que no era parte del evangelio. Aprender a desculturizar el evangelio del evangelicalismo no solo ha salvado mi fe. Me ha ayudado a amar más el evangelio en sí mismo.

Si deseas emprender un viaje de desculturización en lugar de un viaje de deconstrucción, te muestro el camino por donde debes comenzar.

1. Aprende a ver la cultura

Como un pez en el agua que no sabe que está mojado, a menudo no reconocemos nuestra cultura, el vocabulario y las historias que explican nuestro mundo. Las culturas fomentan hábitos que constituyen lo que se considera como una buena vida y los mecanismos de defensa que desvían las preguntas de los que están afuera. Las culturas elevan a las celebridades que ejemplifican sus ideales. Tras lograr todo esto, ellas son sigilosas: pretenden no existir. Se presentan a sí mismas como “la manera como son las cosas”. Pero la cultura siempre está presente y siempre juega un papel en nuestra experiencia de fe.

Aprender a desculturizar el evangelio del evangelicalismo no solo ha salvado mi fe. Me ha ayudado a amar más el evangelio en sí 

Es por esto que el primer paso es aprender a ver la cultura y su poder. Mis amigos que crecieron dentro de una subcultura evangélica no empezaron a dudar del cristianismo hasta que abandonaron esa subcultura. ¿Coincidencia? Probablemente no. La subcultura había sustentado su fe.

Pero esto también significa que la cultura contribuyó a sus nuevas preguntas. Lo que muchos llaman duda es en realidad un cambio cultural que desplaza las viejas estructuras de credibilidad. Lo que muchos llaman “deconstruir mi fe” es en realidad un cambio de ubicación cultural que me hace repensar viejas suposiciones. Cuando aprendes a ver el poder de la cultura, ves lo que realmente está sucediendo: aprendiste el cristianismo en una cultura. Ahora te has mudado a una nueva cultura. Entonces, el primer paso es reconocer las cosas por lo que son: una tensión causada por un cambio de cultura y no necesariamente por el cristianismo en sí.

2. Lucha con los problemas correctos 

La duda puede ser desorientadora. La desculturización no puede salvarte de esta lucha, pero puede enfocarla en los lugares correctos. Al diferenciar la semilla del evangelio de la cáscara cultural, la desculturización dice: “Lucha con los problemas de la semilla”.

Cuando dejé mi escuela secundaria cristiana, comencé a luchar con el juicio de Dios. Allí me habían enseñado sobre la santidad de Dios y la pecaminosidad de las personas, por lo que para mí era una experiencia sorprendente entablar amistad con no cristianos amables. No me parecieron malas personas, pero de repente la doctrina del juicio sí me pareció mal.

Reflexionando sobre esto, vi que estaba luchando en parte con algo bíblico y en parte con algo meramente cultural. El Nuevo Testamento enseña que el Señor juzgará a vivos y muertos por medio de un Hombre a quien Él ha designado (Hch 17:31Ro 2:5-16). Jesús usó imágenes como “infierno de fuego”, “el llanto y el crujir de dientes” y “las tinieblas de afuera” para describir lo que era estar fuera de su reino (Mt 5:228:1222:13). No había forma de evitar este telón de fondo del evangelio.

Sin embargo, algo de mi repulsión se debió a la forma en que se había enseñado sobre el juicio dentro de la subcultura evangélica. Los sermones ejercían mucha presión y se enfocaban más en escapar del infierno que en conocer a Dios. El pecado era representado en formas grotescas y caricaturizadas. El aliento del predicador olía a desprecio.

Por varios años traté de volver a aprender lo que la Biblia dice (semilla) mientras desconectaba las voces de los predicadores en mi cabeza (cáscara). También busqué maestros que explicaran el juicio de una manera que no dejara la Biblia a un lado, pero que tampoco sonara como aquellos evangelistas. Gradualmente, esto me llevó a algunos descubrimientos sorprendentes. Vi cómo el juicio hablaba de mi profundo anhelo de vivir en un mundo de justicia donde Dios corrige todas las cosas. Pude ver esto por primera vez porque volví a aprender esta doctrina fuera de mi subcultura evangélica de una manera que abordaba mis preguntas y preocupaciones dentro de ella.

3. Encuentra una iglesia que involucra tanto el evangelio como la cultura 

La desculturización nos muestra que es posible diferenciar el evangelio de la cultura, pero no significa que el evangelio se pueda experimentar sin cultura alguna. El objetivo de liberar el evangelio de una cultura es que pueda echar raíces en otra. Esto significa que tu tarea no es encontrar una utopía, un cristianismo libre de cultura. Más bien, es aprender y vivir tu fe en tu cultura actual.

¿Cómo se hace eso en la práctica? Las iglesias encarnan el evangelio en una cultura particular. Una vez que hayas aprendido a ver la cultura, no podrás dejar de notar que cada iglesia tiene la suya. Las mejores iglesias son conscientes de ella. Dejan que el evangelio dé forma a la cultura dentro de la iglesia. Enseñan el evangelio de una manera que se conecta con la cultura fuera de la iglesia. Ellos discipulan a sus miembros para que vivan en esa cultura circundante de una manera que se distingan por asemejarse a Cristo.

Busca una de estas iglesias e involúcrate. Una iglesia que ama el evangelio y la cultura circundante se complace en dar la bienvenida a personas que luchan con preguntas difíciles sobre el cristianismo. Lo notarás en sus posturas, lo escucharás en los sermones y lo sentirás de los líderes.

4. Espera ver el evangelio de una manera nueva

Una iglesia que ama el evangelio y la cultura circundante se complace en dar la bienvenida a personas que luchan con preguntas difíciles sobre el cristianismo 

Cuando el evangelio se libera de su cáscara cultural y se lleva a una nueva cultura, a menudo brilla de una manera fresca y hermosa.

Uno de mis ejemplos favoritos es un renombrado sermón de Matt Chandler. Este pastor en Texas describe un vergonzoso evento de ministerio juvenil de la década de 1990 sobre la abstinencia sexual. El predicador hace pasar una rosa por toda la audiencia hasta que vuelve destrozada, una analogía de lo que les sucederá a los que tienen relaciones con varias personas. “¿Quién querría esta rosa ahora?”, dice el predicador con desdén. Chandler concluyó: “¡Jesús quiere esa rosa! ¡Ese es el punto del evangelio!”.

¿Por qué esta es una imagen tan poderosa? Porque muchos en la audiencia de Chandler crecieron en el movimiento evangélico de pureza. No solo se les enseñó una ética sexual bíblica; se les enseñó en un entorno que se basaba en el miedo, la presión, la vergüenza y la fuerza de voluntad. Dentro de este mundo, la ética del sexo cristiano sonaba como una gravosa mala noticia. Peor aún, muchos de los que pecaron sexualmente comenzaron a sentirse sin esperanza, ya que la cultura de pureza tendía a oscurecer la gracia de Dios.

¿Cómo Chandler sabía todo esto? Había salido de su subcultura. Él presentó la historia contando que una madre soltera tenía una relación fuera del matrimonio. Chandler se había hecho amigo de ella y la invitó al evento esa noche, sin saber que incluiría un sermón sobre el tema sexual. Tan pronto comenzara la predicación, Chandler sabía que su amiga se sentiría avergonzada y la alejaría más de Dios. Muchos que escucharon el sermón de Chandler habían experimentado lo mismo. Pero cuando Chandler grita: “¡Jesús quiere la rosa!”, puso la cultura de pureza en la bandeja de “ignorar” y el evangelio se libera para brillar en toda su belleza.

Sé que los mismos beneficios de la desculturización están disponibles para ti. No deconstruyas tu fe. En su lugar, atraviesa el proceso de la desculturización.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Hunter Beaumont es el pastor principal de la iglesia Fellowship Denver Church y sirve en la junta de directores de Denver Institute for Faith and Work y de Acts 29 U. S. West.

¿Cómo serán nuestros cuerpos glorificados?

The Master’s Seminary

¿Cómo serán nuestros cuerpos glorificados?

Michael Riccardi

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas – Filipenses 3:20-21

Si tratamos de resumirlo en una sola palabra, la perspectiva del ciudadano celestial es la glorificación. La glorificación es esa etapa final en el proceso de redención en la cual Cristo resucita los cuerpos de todo creyente de entre los muertos, reúne esos cuerpos con sus almas e instantáneamente cambia los cuerpos de aquellos creyentes que se encuentren vivos en cuerpos libres de pecado, perfectos, tal como el suyo cuando resucito de entre los muertos.

“El cuerpo de la humillación”

Diferentes traducciones toman estas palabras de distintas formas, por ejemplo: “el cuerpo de nuestro estado de humillación” (LBLA) o “nuestro cuerpo miserable” (NVI). Cuando comparemos estas traducciones debemos entender que Pablo no tiene la intención de degradar el cuerpo de ninguna manera, como si el cuerpo físico fuese malo en sí mismo. Tal idea no es bíblica, pues proviene de enseñanzas paganas y de filosofías erróneas (recuerde que Adán y Eva fueron creados a la perfección, a imagen y semejanza de Dios, como una entidad compuesta de un cuerpo y un alma).

Por lo tanto “el cuerpo de la humillación” no tiene nada que ver con una maldad inherente del cuerpo físico. Más bien, se refiere a nuestros cuerpos que actualmente están marcadas por la humillación causada por el pecado, caracterizados por debilidad, decadencia física, indignidad, enfermedad, sufrimiento y humillación mental. El cuerpo, aunque no intrínsecamente pecaminoso en sí mismo, a menudo es el instrumento de nuestros actos pecaminosos y el vehículo a través del cual buscamos satisfacer nuestros deseos pecaminosos.

Cuando entendemos que estamos llamados a estar apartados y nuestros cuerpos consagrados como el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19) y al mismo tiempo vemos como presentamos nuestros cuerpos como instrumentos de iniquidad (Romanos 6:13), nos damos cuenta que en realidad estamos lidiando con un “cuerpo de la humillación.” Ciertamente en este cuerpo gemimos (2 Corintios 5:2; cp. Romanos 8:23) y nos unimos al apóstol Pablo en decir: “¿quién me librará de este cuerpo de mal?” (Romanos 7:24).

¿Cómo serán nuestros cuerpos glorificados?

En 1 Corintios 15, Pablo defiende la resurrección corporal, pues ciertas personas en Corinto lo negaban. Hacia el final del capítulo, nos da una idea de la naturaleza de nuestros cuerpos glorificados después de la resurrección al contrastarlos con nuestros cuerpos mortales.

Imperecedero

Primeramente serán imperecederos. 1 Corintios 15:42 nos dice: “Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.”

Nuestros cuerpos resucitados no estarán sujetos a la corrupción y la decadencia que nuestros cuerpos actuales están sujetos. No envejecerán, ni se terminarán ni sufrirá enfermedades o dolencias. La Biblia nos enseña que el estado eterno de nuestros cuerpos jamas mostrará señales de envejecimiento pero, como Waynn Grudem lo dice, “va a tener características juveniles pero completa madurez masculina o femenina para siempre” (Teología Sistemática, 832).

Glorioso

En segundo lugar será un cuerpo glorioso, según nos dice 1 Corintios 15:43: “Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder.” Es difícil entender todas las implicaciones de lo que significa que un cuerpo sea glorioso. Yo me imagino que serán cuerpos atractivos y completamente libres de vergüenza.

¿Por qué? Porque 1 Corintios 12:23 habla de los miembros de nuestro cuerpo que nos parecen “menos dignos”, o, como lo dice 1 Cor 15:43, “deshonra” (ambos utilizan la misma palabra en el original). Por lo tanto, ya que nuestros cuerpos resucitados no serán caracterizados por alguna tipo de deshonra, cualquiera que sea el significado de “deshonra” no estará presente en nuestros cuerpos después de la resurrección, pues cada miembro será glorioso.

Fuerte y Poderoso

En tercer lugar, será un cuerpo fuerte y poderoso. En 1 Corintios 15:43 leemos: “se siembra en debilidad, resucitará en poder.” Nosotros estamos conscientes de las limitaciones físicas de nuestro cuerpo, ¿no es así? Sabemos lo que es ser débil. Pero no será así en nuestros cuerpos glorificados.

Ahora bien, no está diciendo que todos vamos a ser versiones cristianas de algún superhéroe, como los Increíbles, o Hulk o Ironman. Lo que está diciendo es que nuestros cuerpos glorificados tendrán toda la fuerza y ​​el poder que Dios le otorgó a los seres humanos cuando los hizo perfectos y sin pecado. Wayne Grudem comenta: “Tendremos, por lo tanto, la fuerza necesaria para hacer todo lo que deseemos hacer en conformidad con la voluntad de Dios” (Teología Sistemática, 832).

Espiritual

Finalmente nuestros cuerpos glorificados estarán completamente sujetos a y en perfecta armonía con el Espíritu Santo: “Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual” (1 Corintios 15:44).

Ahora, la palabra “espiritual” en este versículo no quiere decir algo que no es físico, pues sabemos que nuestros cuerpos glorificados serán cuerpos físicos, tal como lo dice Filipenses 3:21 cuando menciona que serán transformados en conformidad con el cuerpo de la gloria suya (de Cristo). Y sabemos también que Jesús tenía un cuerpo físico después de la resurrección. Él no pretendió haber sido resucitado, espíritus sin cuerpo no tienen estómagos o sistemas digestivos para comer pescado (Lucas 24:39-43), son sólo cuerpos físicos que pueden hacer esto. Jesús cuando resucitó de entre los muertos resucitó en su propio cuerpo, y lo mismo será con nosotros (1 Corintios 15:20-23).

El punto de Pablo al decir que nuestro cuerpo va a ser espiritual es que será un cuerpo físico sometido plenamente a, y en perfecta armonía con el Espíritu Santo. ¡Imagine! Tendremos un corazón sin distracciones y sin tentaciones de deseos engañosos y pecaminosos. Tendremos ambiciones santas y aspiraciones verdaderamente piadosas. Tendremos la habilidad de llevar acabo todas estas cosas sin distracciones o fatiga alguna, y podremos disfrutar las bondades de la creación física tal como Dios en un principio diseñó el mundo para que lo disfrutáramos!

Querido lector, si esa perspectiva de cómo serán nuestros cuerpos glorificados no le conduce a adorar y si no le hace desear aún más el regreso de nuestro gran Salvador, entonces no entiende lo que Pablo quiso enseñar en 1 Corintios 15. Indiscutiblemente, si su alma ha sido hecha viva por vida divina, guiada por el Espíritu Santo a odiar el pecado y anhelar el día en que esté completamente apartado de todo pecado y tentación, entonces el saber más acerca de nuestro glorioso futuro debería impulsar su corazón a adorar y crecer en piedad y santidad.

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Mike Riccardi, graduado de The Master’s Seminary con una Maestría en Divinidades (M.Div.) y otra en Teología (Th.M.), es el pastor de evangelismo local de la iglesia Grace Community Church. Él y su familia viven en Los Ángeles, California.

Una era crucial

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Una era crucial

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Fue un siglo extraordinario. Lo que inició como la «Era de los mártires» bajo Diocleciano, culminó con el surgimiento del cristianismo como religión del Imperio. El futuro de la Iglesia pasó rápidamente del ámbito de lo marginado y perseguido a lo victorioso, de no tener estatus legal a ser la hegemonía religiosa. Y así comienzan catorce siglos de dominio de la fe cristiana en el mundo occidental

El triunfo del cristianismo

Como creía que el Imperio estaba en decadencia, Diocleciano se dispuso reformar el Estado. La historia ha demostrado que, a menudo, los dictadores vienen disfrazados de libertadores, apelando a las necesidades de las masas; y este fue el caso aquí. Diocleciano creó una monarquía absoluta engrandeciendo al senado y declarándose a sí mismo como monarca semidivino. Sus talentos organizacionales resultaron ser beneficiosos a medida que el Imperio era asegurado y se extendía geográficamente. Sin embargo, en el año 303 desató una brutal persecución contra los cristianos por no ofrecer sacrificios a los dioses. Los persiguió quemando iglesias y destruyendo libros cristianos. Esto alcanzó al clero en el 305, lo que trajo encarcelamiento, tortura y muerte.

Constantino intentó unir a la Iglesia y al Estado; la Iglesia fue concebida como una institución de utilidad pública. Se hicieron reparaciones por la destrucción de la propiedad cristiana durante las persecuciones; al clero le fueron dadas concesiones tributarias y autoridad judicial para decidir en litigios privados. El culto al emperador cesó, los dioses desaparecieron de las monedas y a los funcionarios públicos les fue prohibido presidir ritos paganos. Constantino destruyó templos paganos, recompensó a las ciudades que suprimieron la adoración pagana y prohibió los juegos de gladiadores. Se adoptó un calendario cristiano con el domingo como día santo.

La explicación del cristianismo
En la nueva era del dominio de la Iglesia por medio del apoyo del Estado, surgieron obispos poderosos. Muchos de los avances organizacionales de Diocleciano, como la división del Imperio en doce diócesis, fueron incorporados a la Iglesia, añadiendo complejidad y eficiencia a su estructura de gobierno. En este siglo surgieron obispos poderosos tales como Ambrosio de Milán (340-97), quien fue conocido por sus habilidades retóricas que tuvieron gran influencia en Agustín, en la música de la Iglesia y en el ideal monástico. Ambrosio también condenó la persecución de paganos cometida por Teodosio I en Tesalónica (390) y lo excomulgó. Jerónimo fue un gran erudito bíblico y monje (fundó un monasterio en Belén). Es mayormente conocido por su traducción de la Biblia desde las lenguas originales, bajo la dirección de Dámaso, obispo de Roma; la Vulgata Latina, la Biblia de la Edad Media. Juan Crisóstomo (345-407), que fue una vez patriarca de Constantinopla, fue un predicador elocuente y un reformador moral; ha sido llamado el expositor cristiano más grande de su época. Eusebio (c. 263-340), obispo de Cesarea, aunque manchado por su posición moderadamente arriana, fue un erudito y clérigo. Su Historia eclesiástica, la fuente principal de nuestro conocimiento de la Iglesia en los primeros siglos, le ha hecho merecedor del título de «Historiador de la Iglesia». Cirilo de Jerusalén (c. 315-86) fue un destacado pastor, escritor y catequista.

Uno de los mayores beneficios del nuevo protagonismo de la Iglesia en el Imperio fue que los asuntos teológicos podían ser discutidos con una base más extensa que en siglos anteriores. De hecho, los emperadores jugaron un rol para resolver asuntos que amenazaban la tranquilidad del Imperio. Los obispos a lo largo del Imperio podían reunirse a discutir y formular respuestas a preguntas complejas. Los académicos hablan de la «era ecuménica», un período de varias reuniones mundiales de obispos para desenredar problemas y redactar credos. Como resultado, los clérigos ayudaron a definir la fe ortodoxa. Ellos no inventaron la fe, sino que pudieron explicarla de manera que fuera recibida por todas las iglesias.

Una vez que la paz llegó a las iglesias, el emperador se interesó profundamente en el bienestar del cristianismo; los asuntos religiosos se convirtieron en preocupaciones para el Estado. El tema que dominó el siglo, la deidad de Jesucristo, se encuentra en el corazón de la fe cristiana. Los clérigos se habían empeñado por un tiempo en explicar la relación del Padre con el Hijo. ¿Cómo podría la Iglesia proclamar de manera creíble que Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, declarar que «Dios, el Señor uno es» (Dt 6:4)? Al extender la deidad al Salvador, el monoteísmo parecía estar bajo amenaza.

Cuando en el siglo IV cierto presbítero buscó explicar la relación del Padre con el Hijo, negando su igualdad absoluta, el escenario quedó preparado para una resolución. Arrio de Alejandría (c. 250-336) se enfrentó a su obispo. Fue condenado en un concilio local en el año 321, pero su visión dividió a los obispos y amenazó la armonía del mundo de Constantino. En consecuencia, Constantino convocó al primer concilio ecuménico, o mundial, de obispos de la Iglesia en Nicea (una residencia de verano cerca de la, aún por terminar, nueva capital Constantinopla). El emperador favoreció la posición de Atanasio (c. 296-373), reciente sucesor de Alejandro. Esto ayudó a determinar las conclusiones del concilio. Arrio negó la igualdad del Padre con el Hijo para evitar el modalismo (la posición que él pensaba que Atanasio sostenía); Atanasio negó la desigualdad entre el Padre y el Hijo (posición que él acusaba a Arrio de defender). Más de trescientos obispos se reunieron y condenaron las enseñanzas de Arrio. Atanasio y Constantino, entre otros, sintieron que la frase «de una sustancia con el Padre» expresaba la coigualdad del Padre y del Hijo.

En parte, las continuas tensiones fueron el resultado de diferencias lingüísticas. El occidente latino hacía una distinción entre los términos «persona» y «sustancia». Se podía hablar, tal como lo hizo Tertuliano el siglo anterior, de dos personas y una sustancia. El oriente griego veía ambos términos como sinónimos y acusaba al occidente de apoyar el modalismo. El apoyo aumentó para la visión adopcionista de Arrio (una visión que afirmaba la deidad del Salvador a costa de Su eternidad).

La obra monumental de los tres obispos de Capadocia (Basilio de Cesarea [c. 330-97]; Gregorio de Nacianzo [c. 329-89]; y Gregorio de Nisa [c. 330-95]), al desenredar la confusión lingüística, abrió el camino a un segundo concilio ecuménico. Convocado por Teodosio I en Constantinopla (381), este concilio afirmó y amplió el Credo Niceno. Se distinguieron los términos «sustancia» y «personas». El primero, se refiere a los atributos de Dios que son igualmente compartidos por el Padre y por el Hijo; el segundo, se refiere a funciones que destacan las distinciones no en tipo sino en función. Las distinciones dentro de la Deidad se relacionan con la redención de la creación.

Un corolario a la discusión de la relación entre el Padre y el Hijo fue la comprensión del Espíritu Santo. La pregunta que dominaba la insistencia de Atanasio en que Jesús es Dios era: «¿Cómo podría un ser inferior a la divinidad absoluta proveernos de la redención divina, la vida de Dios para el alma?». La pregunta concerniente al Espíritu Santo era: «¿Cómo podría un ser inferior a Dios traernos la santidad de Dios?». En Constantinopla, la Iglesia pudo articular la doctrina de la tri-unidad de Dios. Hablar de la Trinidad apropiadamente es hablar de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios Espíritu Santo, el gran tres en uno. La doctrina de la Santísima Trinidad continuó sin ser cuestionada en las iglesias cristianas por más de un milenio. Este fue el mayor logro de la Iglesia del siglo IV. Los obispos no inventaron la doctrina de la igualdad del Padre y del Hijo, sino que nos dieron una explicación importante de lo que la Iglesia siempre confesó. Dios es uno y Jesucristo es Dios.

El concilio también abordó un tema que se resolvería en el siglo V en el Concilio de Calcedonia (451). En Nicea y en Constantinopla, la Iglesia luchó por explicar la relación preencarnada del Hijo con el Padre. Un tema relacionado con eso fue el siguiente: ¿Cuál es la relación entre la deidad y la humanidad de Cristo cuando Cristo se encarnó? La lucha por explicar estas cosas comenzó aquí, pero la explicación final llegaría más tarde.

Apolinar (c. 310-90), obispo de Laodicea, afirmó que Cristo fue siempre completamente Dios, pero estuvo dispuesto a denigrar Su humanidad para preservar la unicidad de Cristo. Él argumentaba que Cristo no poseía una mente o un alma humana; sino que en su ausencia, moraba la deidad. Cristo era verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Su visión acerca de Cristo fue condenada, pues se entendió que podía ser tan destructiva como la de Arrio.

Intemporalidad y cambio
¿Qué podemos aprender del siglo IV como ciudadanos del siglo XXI? Para los santos que soportaron las aterradoras purgas de Diocleciano, es importante estar consciente de que Dios es soberano tanto en los momentos más oscuros como en los momentos más agradables. Él está obrando Su gran e inalterable plan incluso cuando no podemos ver qué cosas buenas podrían salir de una tragedia. ¿Quién hubiera imaginado que la ira de Diocleciano era el último respiro del paganismo y que la Iglesia estaba siendo preparada para una era completamente nueva? Es bueno saber que las apariencias pueden no ser la realidad.

Sin embargo, hay un factor constante en el siglo IV que provee continuidad para todos los cristianos. El común denominador es la pasión de la Iglesia por definir y defender las doctrinas de los apóstoles. Cuando las persecuciones terminaron y la Iglesia se encontró en un ambiente favorable, se propuso inmediatamente a explicar las maravillas de su proclamación: la deidad absoluta de Jesucristo, la belleza del Salvador encarnado. ¿Por qué? En el corazón de la fe cristiana están las buenas nuevas de redención del pecado por medio de Uno que tomaría el lugar del pecador, cargando su culpa y satisfaciendo la deuda de la justa y eterna ira de Dios. Solo Dios podía hacer esto; el gran Juez de la humanidad fue juzgado por nosotros. Sin embargo, solamente un ser humano debía estar en lugar de los humanos; y a la vez tenía que ser perfecto. ¿Quién podía hacer eso? Aquel que es Dios y, al mismo tiempo, un hombre perfecto, el Señor Jesucristo.

Lo que debe estar en el centro o ser la preocupación de la Iglesia es siempre Cristo y Sus misericordias. Somos deudores de hombres y mujeres, clérigos y laicos, de este maravilloso siglo por modelar eso para nosotros. Nuestra oración es que Él se convierta en la preocupación central de la Iglesia en el siglo XXI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

Jesús pagó por nuestra perseverancia

Soldados de Jesucristo

Agosto 06/2021

Solid Joys en Español

Jesús pagó por nuestra perseverancia

John Piper

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¡Necesito un Salvador!

Viernes 6 Agosto

Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.1 Pedro 3:18

¡Necesito un Salvador!

Si caigo al agua sin saber nadar, no necesito buenos consejos, ni lecciones de natación, sino a alguien que me salve sacándome del agua.

Si tengo muchas facturas que no puedo pagar, necesito a alguien que me libre de las manos de los acreedores y de los alguaciles, aceptando pagar en mi lugar.

Por naturaleza soy pecador, culpable a los ojos de Dios. Lo que necesito no es una lección de moral, sino un Salvador que pague en mi lugar mis pecados y sufra el castigo ante la justicia divina.

Así como una moneda tiene dos caras inseparables, Dios es inseparablemente amor y luz. Como es amor, nos busca para hacer de nosotros sus hijos. Como es luz, no puede soportar en su presencia a ningún pecador cargado con sus faltas. Su justicia exige que nos condene, pues todo acto malo, al igual que toda palabra mala, debe ser castigado. Dios es justo castigando a los pecadores, sin embargo, en su gran amor quiere que los culpables lleguen a ser justos a sus ojos santos. ¿Cómo?

Las exigencias de la justicia de Dios y la abundancia de su amor se expresaron en la cruz. El mal tenía que ser castigado; y lo fue cuando el Hijo de Dios se entregó y murió en la cruz en nuestro lugar. Él es nuestro rescate; él sufrió el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados: ¡esta es su justicia, y al mismo tiempo su amor hacia nosotros!

Los que creen son “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24).

1 Crónicas 19 – Lucas 16 – Salmo 91:1-6 – Proverbios 20:27-28

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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