Alimentemos El Alma
LIBRO: ĆTICA CRISTIANA
Gerald Nyenhuis & James P. Eckman
Contiene las obras Ćtica cristiana: Un enfoque bĆblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ćtica cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guĆa de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.
CapĆtulo 2
EL AGENTE MORAL CRISTIANO
En el capĆtulo introductorio hemos tratado de la naturaleza de la ciencia Ć©tica cristiana y de los fundamentos teológicos sobre los cuales esta ciencia descansa. Estudiamos los postulados en que se fundamenta la Ć©tica, aunque algunos dirĆan que no necesitan una exposición especial en un curso de Ć©tica, ya que confiamos en los resultados de la dogmĆ”tica. Hicimos un repaso de ellos, sin embargo, para aclarar nuestros fundamentos. Algunos de los postulados, no obstante, requieren una explicación especial por su estrecha relación con la Ć©tica y la vida moral. El propósito de este capĆtulo es hacerlo.
AquĆ nos ocuparemos en considerar al agente (o actor) de la vida moral cristiana. Este agente es el cristiano que se esfuerza para vivir cristianamente. Para entender al cristiano en su papel de agente moral nos conviene que lo estudiemos primero como hombre creado por Dios; luego como hombre caĆdo en el estado de pecado, y finalmente como hombre redimido por Cristo y regenerado por el EspĆritu de Dios. En este capĆtulo consideraremos al hombre tal como estĆ” constituido por virtud de su creación, y tambiĆ©n trataremos del ser humano en el estado de pecado y de redención.
I. La naturaleza del ser humano
El hombre, constituido como tal desde el principio por Dios, es espĆritu finito con substrato fĆsico, hecho a la imagen de Dios y, por esto, poseedor de una naturaleza racional-moral en la cual y a travĆ©s de ella debe desarrollarse para glorificar a Dios, servir a sus semejantes y realizarse a sĆ mismo.
1. El hombre es espĆritu, pero espĆritu finito (es decir, creado). Esto lo hace semejante a Dios, pero tambiĆ©n notablemente lo distingue del ser divino, quien es EspĆritu infinito.
2. Aunque el hombre es esencialmente espĆritu, tiene cuerpo (o habita un cuerpo). La relación entre cuerpo y alma es un problema desconcertante. La relación es muy Ćntima en cuanto a nuestra vida terrenal. La deterioración del cuerpo nos conduce hacia el fin de la existencia mundana. Al estudiar al hombre como ser Ć©tico es menester que consideremos, tanto el cuerpo como el alma. El punto de vista bĆblico, teĆsta y cristiano del ser humano excluye la idea de que el hombre sea puramente fĆsico o puramente espiritual. Siempre el concepto incluye la indisoluble unión entre cuerpo y espĆritu. Es cierto que el cuerpo se incluye en la personalidad del hombre; por esto su vida terrenal tiene mucho que ver con la teorĆa Ć©tica del hombre y sus deberes.
No obstante, el hombre es espĆritu. Y lo es esencial y eternamente. En la vida terrenal, tan Ćntimamente estĆ”n relacionados el cuerpo y el espĆritu que el cuerpo puede llamarse el instrumento del alma; pero no viceversa. El hombre tiene cuerpo y habita un cuerpo; pero es espĆritu. Ello lo eleva por encima de lo animal, le da un destino espiritual y eterno.
3. Su naturaleza es racional-moral. Esto ya estĆ” implĆcito en que el hombre, siendo espĆritu, estĆ” hecho a la imagen divina. AdemĆ”s, es una extensión y un efecto de su espiritualidad. La racionalidad y la moralidad se implican recĆprocamente. Un ser verdaderamente racional es moral; y un ser verdaderamente moral es racional. No obstante cada tĆ©rmino designa un aspecto distinto de la naturaleza humana. Por ser racional el hombre ve significado y coherencia en las cosas; siendo ser moral estĆ” consciente de que su existencia tiene propósito o finalidad. Para tratar justamente con los dos aspectos: racional y moral (indebidamente se suprime el uno o el otro en ciertos sistemas de moralidad), preferimos mencionar los dos aspectos juntos e indicar su unidad por el uso del guión, es decir, la naturaleza Ā«racional-moralĀ».
Las implicaciones Ć©ticas de la doctrina bĆblica de la naturaleza del hombre son importantes y significantes. Las implicaciones tocan a tres puntos: (1) El fin verdadero del hombre; (2) la libertad humana; y (3) la conciencia humana.
II. El fin verdadero del hombre
Este fin se encuentra en glorificar a Dios. El que era el Ćŗltimo elemento en las implicaciones Ć©ticas de la verdad en cuanto a Dios es necesariamente el primero aquĆ. El fin mĆ”s alto y mĆ”s comprensivo de la existencia del hombre es el de cumplir con su propósito: el glorificar a Dios. El servir al prójimo aparte de este fin serĆa mero humanismo y servicio social humanitario. Pero subordinado a la gloria de Dios el servicio humanitario es una manera en que el propósito de Dios para nosotros se va realizando. La Ā«autorrea-lizaciónĀ» separada del fin de glorificar a Dios conscientemente no es mĆ”s que puro individualismo.
Nietzsche, por ejemplo, se glorĆa en su Ā«autorrealizaciónĀ» pero tiene solamente desdĆ©n para Dios. Una vez que el hombre glorifique a Dios, esforzĆ”ndose con toda su capacidad para hacer su santa voluntad, verdaderamente alcanzarĆ” su plenitud como hombre. Entonces se cumplirĆ”n todas las capacidades y potencialidades de su naturaleza. No cabe duda de que en la Ć©tica cristiana hay algo de lo que podemos llamar Ā«autorrealizaciónĀ», pero es muy diferente del concepto no cristiano. Nos desviarĆamos demasiado si tratĆ”ramos este punto aquĆ; sin embargo, volveremos al punto mĆ”s tarde.
III. La libertad de la voluntad
El problema que tocamos aquĆ es el mĆ”s frustrante en toda filosofĆa y teologĆa. Aunque nos resulte insoluble, ello no quiere decir que una consideración del problema sea infructuosa. Existen temas importantes en cuanto a la verdad y al error que estĆ”n relacionados con la consideración de esta cuestión.
La confusión y la ambigüedad pueden evitarse si hacemos claras ciertas distinciones. Un gran nĆŗmero de preguntas estĆ”n implicadas en esta pregunta: ĀæEs libre el hombre? Contestamos no sin preguntar antes: ĀæLibre con referencia a quĆ©? Esta Ćŗltima pregunta nos conduce a dividir la cuestión en tres partes, o sea, en tres maneras de hacer la pregunta: Si el hombre tiene lo que se llama el Ā«libre albedrĆoĀ»,
1. ĀæEs libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?
2. ĀæEs libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a la omnipotencia y providente voluntad de Dios?
3. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) con respecto a la realización de su verdadero fin?
1. ĀæEs libre la voluntad del hombre en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?
La pregunta no es si el hombre puede hacer lo que le dĆ© la gana sin tomar en cuenta las limitaciones de las fuerzas naturales; todos saben que esto es imposible. MĆ”s bien, lo que se indaga es: si la voluntad del hombre estĆ” esencialmente determinada por las fuerzas naturales. Este es el punto de vista de cada forma del naturalismo. Este Ā«necesitarianismoĀ» (una especie de determinismo o fatalismo disfrazado) del naturalismo moderno lo repudiamos por ser erróneo. El hombre es libre, y por ser hecho a la imagen de Dios no puede ser, ni llegarĆ” a ser, un autómata, un mero instrumento de las fuerzas naturales. No es una causa de tipo fĆsico-quĆmico lo que determina su voluntad, sino que su voluntad estĆ” determinada por lo espiritual, es decir, por consideraciones racionales y morales.
Como criatura de Dios, creado a su imagen, el hombre es portador de los atributos de Dios que llamamos los atributos Ā«comunicablesĀ». Uno de estos atributos es la Ā«soberanĆaĀ». El hombre por supuesto no es soberano en el sentido absoluto, pero Dios sĆ le confirió un cierto tipo de Ā«soberanĆa limitadaĀ» al poner ciertos aspectos de la creación bajo su jurisdicción y hacerle responsable en cuanto a estos.
Es de suma importancia y de gran valor defender esta libertad. El criminal no puede disculparse y justificar su comportamiento como el resultado inevitable de la herencia y/o las fuerzas ambientales. El hombre es responsable por sus hechos. Esta responsabilidad se basa en reconocer la existencia de una libertad que el naturalista niega. Esta libertad suele llamarse Ā«libertad formalĀ». Podemos tambiĆ©n decir que es libertad en el sentido psicológico. Aun en el estado de pecado, el hombre sigue siendo libre en este sentido: la acción de su voluntad no es simplemente de un resultado de fuerzas fĆsico-quĆmicas, es mĆ”s y diferente. Esta libertad estĆ” explicada en una parte de los CĆ”nones de Dort (III y IV, art. 15), donde leemos: Ā«Pero el hombre por la caĆda no dejó de ser criatura, dotada de conocimiento y voluntad; no lo priva de la naturaleza humana el pecado que ha penetrado en la totalidad de la especie humana, sino que le trajo depravación y la muerte espiritual: asĆ tambiĆ©n la gracia de la regeneración no trata a los hombres como bloques o piedras sin sentido ni les quita su voluntad y propiedades, no los maltrataā¦Ā»
2. ¿Es libre la voluntad humana en relación con la voluntad omnipotente y determinante de Dios?
Negamos que la voluntad del hombre sea determinada por fuerzas fĆsico-quĆmicas pero sĆ afirmamos que existe una voluntad divina que lo abarca todo, de acuerdo con la cual suceden todos los acontecimientos. Todo lo que acontezca sucederĆ” tal como lo determina Dios. El decreto divino establece eterna y seguramente cada evento.
ĀæEsto, no roba al hombre su libertad? Depende de lo que se quiera decir con el concepto de Ā«libertadĀ». El hombre nunca es libre para hacer lo que quiera. Sus movimientos estĆ”n siempre restringidos. Pero si la palabra Ā«libertadĀ» quiere decir que uno puede actuar por sus propios motivos, sin que nadie lo obligue a conducirse de cierta manera en la que nunca lo habrĆa hecho por sĆ mismo, entonces el hombre es libre en este segundo sentido de la palabra. Las limitaciones de esta soberanĆa restringida del hombre no quitan de Ć©l la soberanĆa que Dios le otorgó al crearlo a su imagen.
¿Cómo podemos relacionar todo esto con una plena aceptación de la predestinación divina tan claramente enseñada en las Escrituras? QuizÔ la siguiente explicación nos ayudarÔ. El decreto divino establece con certeza cada acontecimiento, segura y eternamente. Pero la certeza de los actos humanos, determinados por el decreto divino, no hace que sea asunto obligatorio. El decreto de Dios determina cada evento a su manera. Hay dos tipos de acontecimientos: los que estÔn en la esfera natural y los que estÔn en la esfera moral. Y cada uno de los dos tipos de sucesos acontece seguramente, pero cada tipo según sus reglas. La certeza de un dato en la esfera moral difiere de la certeza de un hecho en la esfera natural.
Los eventos naturales acontecen seguramente tal como los eventos naturales lo hacen, es decir, como parte de una cadena causal; cada acontecimiento en relación con sus causas. El evento en la esfera natural estĆ” determinado por Dios desde la eternidad y acontece en el tiempo de acuerdo con la ley de causa y efecto. Los actos morales (es decir, los actos de los hombres) acontecen con una certeza que es a su propio modo. El decreto divino asegura que todos los eventos morales sucedan, pero acontecen no en relación causal fĆsico-quĆmica sino como acontecimientos morales. La voluntad humana estĆ” determinada por la selección moral. Esto quiere decir que aunque el acontecimiento de todos los actos del hombre estĆ” asegurado por el decreto divino, no quiere decir, y no implica, que Dios fuerce a uno a hacer cierto acto. El decreto no constriƱe la voluntad humana. La voluntad del hombre no estĆ” forzada desde afuera. Dios es la causa Ćŗltima de cada evento pero las causas secundarias (agentes morales) no estĆ”n esclavizadas por estos. (VĆ©ase la Confesión de fe de Westminster, Cap. V. pĆ”rrafo II)
Esta consideración, aunque no resuelva el problema, puede eliminar ciertos asuntos implĆcitos. AdemĆ”s, debemos notar que aunque el problema del llamado Ā«libre albedrĆoĀ» aparezca como problema teóricamente insoluble, en la prĆ”ctica la dificultad no es grande. Las Escrituras, como tambiĆ©n la misma experiencia humana, no tienen dificultad en afirmar ambas cosas: la libertad humana y la predestinación divina. (VĆ©ase Gn 50:20; Lc 22:22 y Heb 12:23.)
3. ¿Es libre la voluntad humana con respecto a la realización de su verdadero fin?
Al primer tipo de libertad de la voluntad de la cual hablamos, podemos llamarlo psicológico; y al segundo tipo, teológico. Ahora trataremos de la libertad moral de la voluntad. ¿Es libre el hombre en el sentido de ser capaz de realizar su verdadero fin moral? ¿Puede hacer el bien? ¿EstÔ constituido para poder alcanzar el verdadero propósito de su existencia?
El hombre como lo hizo Dios (es decir, antes de su caĆda en el pecado) poseĆa esta libertad. Usando una frase de San AgustĆn, decimos que su estado era el de posse non peccare. Esto, por supuesto, no quiere decir que el hombre retenga actualmente este poder salvo que haya una incursión de gracia divina en su vida. El hombre no puede hacer nada sin Dios, y nunca ha podido, ni aun cuando estaba en el estado de perfección. Es y siempre fue completamente dependiente de su creador (aun antes de la caĆda). Pero como criatura de Dios, sostenido por su omnipotente poder, el hombre, por virtud de la creación, tenĆa la capacidad de lograr el fin verdadero de su existencia: el hacer lo bueno y el vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. El pecado no destruyó la libertad psicológica y teológica, pero sĆ destruyó el segundo tipo, o sea, la libertad moral. El significado de esto lo examinaremos despuĆ©s, al considerar el estado del pecado. Pero antes de hacerlo es menester que estudiemos la conciencia.
IV. El agente moral cristiano: la conciencia
A. La conciencia en las Escrituras
En el Antiguo Testamento no existe una palabra especial para la conciencia. Pero son varios los pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a la manifestación de la conciencia. La palabra LEEBH (corazón) es la palabra que normalmente suele expresar la idea. En GĆ©nesis 3:7, 10, la vergüenza y el temor son evidencias de una conciencia ofendida. Otros pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a lo que llamarĆamos la conciencia son: GĆ©nesis 4:13ā14; LevĆtico 26:36; JosuĆ© 14:7; Deuteronomio 28:67 (vĆ©ase tambiĆ©n v. 65); 1 Samuel 24:5ā6; 25:31; 2 Samuel 24:10; 1 Reyes 2:44; Job 27:6; y Proverbios 28:1. Las palabras de Job 27:6 (Ā«no me reprocharĆ” mi corazón en todos mis dĆasĀ»), y en EclesiastĆ©s 10:20 (la palabra se traduce como Ā«pensamientoĀ» segĆŗn la Septuaginta, pero tambiĆ©n se puede emplear la palabra Ā«corazónĀ» para traducir el hebreo) expresan la idea de la conciencia.
En el Nuevo Testamento la palabra Ā«corazónĀ» tambiĆ©n tiene el significado de conciencia. La encontramos cuatro veces en 1 Juan 3:19ā21 (vĆ©ase tambiĆ©n Romanos 2:15). Notables ilustraciones de la operación de la conciencia son las que vemos en el caso de Pablo (Hch 26:9), de Judas, (Mt 27:3), y de Pedro (Mt 26:75). Sin embargo, la palabra que el Nuevo Testamento emplea precisamente para significar la conciencia es suneideesis. Esta palabra se encuentra no menos de treinta veces en el Nuevo Testamento. He aquĆ algunos de los textos en que la palabra ocurre mĆ”s de una vez: Juan 8:9; Hechos 23:1; 24:16; Romanos 2:15; 9:1; 13:5; 1 Corintios 8:7, 10, 12; 10:25, 27, 28, 29; 2 Corintios 1:12; 4:2; 5:11; 1 Timoteo 1:5ā19; 3:9; 4:2; 2 Timoteo 1:3; Tito 1:15; Hebreos 9:9, 14; 10:2, 22; 13:18; 1 Pedro 2:19; 2:16, 25.
B. La naturaleza de la conciencia
1. Definición: ¿Qué cosa es la conciencia?
La conciencia es la capacidad moral del hombre de enterarse o darse cuenta; es la facultad de juzgar sus hechos, futuros o pasados, aprobando los que considere correctos y condenando los que considere equivocados. El ser humano se da cuenta de que se da cuenta y estƔ enterado de que estƔ enterado. TambiƩn podemos decir que la conciencia es la capacidad de estar consciente de que se estƔ consciente.
El hombre es entonces un ser «autoconsciente». Se da cuenta de sà mismo. Puede ser, a la vez, el sujeto y el objeto de su pensamiento. Puede pensar en sà mismo y contemplar sus pensamientos. Cada juicio que hace conscientemente en cuanto a su conducta tiene su aspecto moral y estÔ moralmente condicionado. Nos evaluamos por nuestros actos a la luz de ciertas normas morales. Esta capacidad del hombre de darse cuenta y de funcionar como juez de sus propios hechos es la conciencia humana.
De esto concluimos que la conciencia no es una mera facultad sĆquica del hombre. Pero tampoco es correcto llamarla Ā«la voz de DiosĀ» en el corazón humano, excepto en un sentido puramente figurado. En el sentido poĆ©tico hay, por supuesto, mucha verdad en el dicho de Byron: Ā«La conciencia humana es el orĆ”culo de DiosĀ». Goethe describe la conciencia en tĆ©rminos imaginativos: Ā«ā¦todo lo que dice Dios dentro de nuestro pechoĀ». Podemos llamar conciencia a todo esto y tambiĆ©n llamarla Ā«una chispa del fuego celestialĀ», pero la conciencia no es la voz divina excepto metafóricamente, o sea, en el sentido de que Dios deja su testimonio a travĆ©s del autoconocimiento moral de cada hombre.
2. La conciencia: su referencia personal
Por ser capacidad del hombre el darse cuenta en el mismo acto de juzgar sus propios hechos, la conciencia esencialmente se refiere a la persona misma, o sea, siempre tiene una referencia personal. Los pronunciamientos de la conciencia siempre son los de la persona acerca de sĆ mismo. Cada vez que habla la conciencia no aprueba o condena cierto acto en lo abstracto, sino se refiere a la concreta actuación de la persona. En verdad, no es tanto el acto lo que se condena o aprueba, sino la misma persona que hace el acto se aprueba o se condena a sĆ misma. La referencia personal de la conciencia es enteramente especĆfica: la conciencia nunca aprueba ni condena el acto de otra persona sino el de su persona. La conciencia no acusa ni excusa por algo que haya hecho otra persona sino solamente por lo que hizo la persona misma. Por supuesto, se puede juzgar moralmente un acto de otra persona, y una persona puede hasta decir: Ā«mi conciencia condena el comportamiento de esteĀ», pero esto quiere decir solamente que el que habla no lo harĆa. La conciencia habla, entonces, en referencia a la anticipación de un posible comportamiento. Al respecto debemos notar que el juicio de la conciencia es inmediato. No lo hace despuĆ©s de una larga deliberación. La conciencia habla inmediatamente, al despertarse, sea en cuanto a un acto contemplado o ya cometido.
3. La conciencia es positiva y negativa
La conciencia aprueba o condena. El aspecto negativo de la conciencia es el mÔs notable en nuestra experiencia. Tanto en la literatura profana como en la sagrada encontramos, en mayor número, ejemplos en que la conciencia condena. De hecho, solemos hablar de la conciencia solamente como aquello que nos «pica» cuando hacemos o contemplamos algo malo. Las historias y episodios de Pedro y Judas en el Nuevo Testamento ofrecen algunos de esos ejemplos; también Hamlet y MacBeth en el teatro de Shakespeare, son algunos ejemplos. Todos son ejemplos de la operación negativa de la conciencia. Pero la conciencia no solamente condena; también aprueba. Condena la conducta equivocada pero aprueba la conducta que considera correcta.
Algunos teólogos no aceptan el aspecto positivo de la conciencia, pero la verdad es que no cabe duda sobre el mismo. En Romanos 2:14, 15 (uno de los pasajes mÔs importantes en cuanto a la conciencia) lo podemos notar claramente: «Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sà mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusÔndoles o defendiéndoles sus razonamientos». Como ya se ha dicho, la palabra conciencia en el griego es suneideesis. La frase «acusando o defendiendo» en el griego es kateegorountoon ee kai apologoumenoon (la versión de 1909 de la Biblia «Reina Valera» mÔs atinadamente dice: «acusando o excusando»). En esta descripción de la conciencia del hombre natural se dice que su conciencia o lo condena o lo aprueba. (Véase también Ro 9:1 y 2 Co 1:12.)
AdemĆ”s, debemos notar otras expresiones novotestamentarias, tales como Ā«una buena concienciaĀ», Ā«una limpia concienciaĀ», Ā«una conciencia sin ofensasĀ», etc. Tales expresiones se encuentran en Hechos 23:1; 24:16; 1 Timoteo 1:5, 19; 2 Timoteo 1:3; Hebreos 13:18; y 1 Pedro 3:16, 21. La conciencia Ā«buenaĀ», Ā«limpiaĀ», Ā«sin ofensasĀ» es una conciencia que aprueba. Hacemos referencia de esta función de la conciencia cuando hablamos de paz en el corazón o de la tranquilidad del alma. AgustĆn de Hipona, expresó el mismo pensamiento de manera mĆ”s elevada: Ā«Una buena conciencia es el palacio de Cristo; el templo del EspĆritu Santo; el paraĆso de gozo; y el sĆ”bado (dĆa de reposo) perdurable de los santosĀ». Cuando la conciencia reprueba, el resultado es el sentimiento de culpa, acusación, e inquietud. Cuando la conciencia aprueba, el resultado es paz, tranquilidad, y satisfacción.
Se nos pregunta si el hombre tenĆa conciencia antes de la caĆda. La respuesta, por supuesto, tiene que ser afirmativa. El tener conciencia tiene que ver con su naturaleza como creado por Dios. Pero la conciencia no tenĆa entonces ocasión para rendir juicio negativo porque el hombre no habĆa pecado. La conciencia no podĆa acusar al hombre hasta despuĆ©s de que este pecara. Pero no cabe duda de que la conciencia en su aspecto positivo, que aprueba las actividades, de acuerdo con la santa voluntad de Dios, operaba en el Huerto de EdĆ©n. Los que dicen que la conciencia no existĆa en este paraĆso podrĆan tener razón si se limitaran a referirse al aspecto negativo de la conciencia. No hubo oportunidad para una manifestación negativa de la conciencia hasta que apareció el pecado. Pero, como ya hemos notado, si al hablar de la conciencia nos limitĆ”ramos a su aspecto negativo, tendrĆamos un concepto incompleto de la conciencia que, mĆ”s importante todavĆa, no serĆa el concepto que se nos presenta en la Biblia. Aunque el hombre en el estado de rectitud no hubiera aprendido por la experiencia la diferencia entre la conciencia aprobadora y la acusadora, seguramente experimentarĆa la aprobación de su conciencia sobre lo que hacĆa de acuerdo con lo que sabĆa que era la voluntad de Dios.
4. La conciencia anticipante y subsiguiente
Otra consideración de suma importancia para entender la operación de la conciencia es la de distinguir entre la conciencia en su fase anticipante y su fase subsiguiente. El juicio de la conciencia se relaciona tanto con el futuro como con el pasado. La conciencia no solamente habla después de actuar sino también antes de la acción. Cuando la conciencia nos remuerde, tiene que ver con un acto ya cometido; pero cuando uno dice: «Mi conciencia no me dejarÔ hacer esto», notamos que la conciencia estÔ juzgando antes de que el acto propuesto se cumpla. La referencia al tiempo se expresa con los términos «anticipante» y «subsiguiente».
La conciencia anticipante, mirando adelante, siempre se relaciona con un curso de acción planeado o, a veces, deseado. De acuerdo con la acción sea positiva o negativa, aprueba o condena el acto contemplado. La operación anticipante de la conciencia va acompañada de la experiencia de ser animado o alentado para hacer el hecho contemplado si se considera recto o decidir si se debe hacer. Por el contrario, va acompañado de una exhortación de no hacerlo si el hecho contemplado se juzga reprensible. La conciencia en su fase o aspecto anticipante se manifiesta como sentido de obligación de seguir el camino hacia el deber y de evitar el mal camino. La conciencia se manifiesta mÔs comúnmente en su fase subsiguiente. Mira a un hecho pasado y lo juzga como acto cumplido. La conciencia subsiguiente se asemeja a la anticipante en que puede, por supuesto, juzgar positiva o negativamente, e indicar tanto su aprobación como su condenación.
5. La universalidad de la conciencia
La conciencia es universal en la humanidad. No es una cosa distintivamente cristiana. No es el resultado de la redención, aunque desde luego, la redención tiene mucho que ver con la función de la conciencia. La verdad es que la conciencia cristiana se distingue de otros tipos de conciencia solamente en que se guĆa por otras normas y distintas reglas. La gracia de Dios purifica la conciencia del creyente (Heb 9:14). Pero la conciencia en sĆ se encuentra en todo ser humano. La humanidad la tiene por virtud de su creación como ser moral. La tenĆa antes de la caĆda, pero solamente en su forma positiva. La tiene desde la caĆda en ambas expresiones, la negativa y la positiva.
Existen grandes diferencias en la forma de funcionar entre las distintas conciencias humanas, como tambiĆ©n en el juicio que pronuncian. La conciencia puede existir a un nivel muy bajo, como existĆa en algunas naciones en ciertas Ć©pocas de su historia. Tanto como la conciencia puede ser tierna y responsiva puede ser dura y callosa. Pero todas esas referencias pertenecen a la función de la conciencia y no a su existencia. La conciencia como tal se encuentra en toda la humanidad y la ha tenido a travĆ©s de toda la historia. Mientras que el hombre sea un ser humano, mientras que tenga algĆŗn sentido moral, por degradado que sea, el hombre tendrĆ” conciencia. Que todo pagano tiene conciencia es la clara enseƱanza de Romanos 2:14, 15. TambiĆ©n encontramos evidencias de la conciencia en la literatura de todas las naciones. Un filósofo de la Ć©poca moderna que ha puesto mucho Ć©nfasis en la realidad y la universalidad de la conciencia es Emmanuel Kant, y no fue creyente. Kant creĆa en un imperativo categórico y acentuaba el carĆ”cter enaltecedor de la conciencia. La lucha constante para encontrar el camino correcto y de vivir en paz consigo mismo, es prueba de la universalidad de la conciencia en la raza humana.
6. La norma de la conciencia
Es de suma importancia distinguir entre la conciencia en sĆ y la regla o norma de acuerdo con la cual esta condena o aprueba. Al rendir un juicio, la conciencia lo hace con base en una regla moral o en una norma que la conciencia reconozca como propia. La sentencia de culpable o inocente se hace a la luz de una norma que es inseparable de la conciencia moral humana. Sin embargo, aunque sean inseparables, debemos distinguir entre el juicio o sentencia que la conciencia rinde y la conciencia misma.
De la misma manera tenemos que distinguir entre la norma con que la conciencia opera y la sentencia (o juicio) que la conciencia pronuncia a la luz de esa norma. Esto se hace claro en las palabras griegas nous y suneideesis, que Pablo menciona por separado en Tito 1:15. La palabra nous se refiere al entendimiento o intuición de lo correcto y lo equivocado; pero la palabra suneideesis parece ser la voz que condena o aprueba, en aquella intuición.
La distinción entre la norma y el juicio de la conciencia posiblemente estĆ” implicada en la etimologĆa de la palabra Ā«concienciaĀ» suneideesis. La palabra latina Ā«con-cienciaĀ» es una traducción literal de Ā«sun-eideesisĀ». Estas palabras indican un conocimiento con o junto con algo o con alguien. ĀæCon quiĆ©n o con quĆ© es tal conocimiento de la conciencia un Ā«co-conocimientoĀ»? Algunos han dicho: con Dios. Pero esto, aunque suene espiritual y piadoso, no se puede afirmar, ya que la conciencia suele equivocarse, aun en el caso de los mĆ”s sinceros cristianos. A lo mejor es un testimonio o un conocimiento juntamente con uno mismo, es decir, con este entendimiento dentro de uno mismo, con el conocimiento que uno tenga de la ley, de lo correcto y lo equivocado. Y esto implica que la norma, la regla de la conciencia, se reconoce como objetiva y autoritativa.
Ahora bien, la conciencia que juzga no crea sus propias normas, no las inventa, sino simplemente reconoce su existencia y su autoridad. En verdad, el juicio que la conciencia pronuncia con frecuencia va contra los propios deseos y anhelos de uno. Nuestras conciencias nos molestan porque hacen juicios negativos cuando deseamos lo contrario. Los fuertes sentimientos de culpa que (legĆtimamente) tenemos son el resultado de que la conciencia, operando con una norma, va contra nuestros deseos y nuestras inclinaciones.
Entonces ĀæcuĆ”l es esta norma? ĀæCuĆ”l es aquella norma de facto que con tanta diversidad se encuentra en la conciencia de todo ser humano? Su existencia la hemos aprendido de Romanos 2:14ā15. Para entender este pasaje es menester que leamos el pĆ”rrafo entero, los versĆculos 10ā16. El argumento de esos versĆculos se puede resumir de la manera siguiente: los paganos no tienen ley. Es decir, la Ley en el sentido de la revelada voluntad de Dios, en una revelación especial, no habĆa sido promulgada entre ellos. Pero por naturaleza hacen las cosas que la Ley demanda. Los paganos son entonces ley para sĆ mismos. AsĆ va el argumento hasta el versĆculo 14. Pero la pregunta surge: ĀæCómo serĆ” esto posible? La respuesta se encuentra en el versĆculo 15. Ellos (los paganos) mismos muestran por su obra que la Ley estĆ” escrita en sus corazones. Grabada en el corazón de la gente pagana estĆ” una impresión de las obras que la Ley exige. Y al hacer el bien o el mal, su conciencia da co-testimonio sun marturousees. ĀæCon quĆ©?, pues con la ley escrita en sus corazones.
Esto nos muestra lo que es la norma verdadera, la regla de facto, de la conciencia humana. Por profunda que fuera la caĆda humana en el pecado, todo hombre tiene todavĆa, en su interior, un sentido de lo bueno y lo malo. Cuando habla, la conciencia da juicio (ya sea de condena o de aprobación) a la luz de ācon base enā este sentido del bien y del mal, que el libro de Romanos llama la Ā«ley interiorĀ». Todo hombre, regenerado o no, tiene un criterio moral, tiene alguna piedra de toque, de acuerdo con la cual su conciencia aprueba o condena sus actos. La norma de facto de la conciencia es, en cada caso, lo dado en cuanto al conocimiento de la ley moral para cada individuo, por torcido que sea tal conocimiento.
La norma de facto en la mayorĆa de los casos no solamente estĆ” mucho mĆ”s por debajo de la norma ideal sino que por lo general estĆ” en su contra. La norma ideal es la norma de la voluntad de Dios para la vida humana. En tiempos antiguos las gentes quemaban a sus niƱos, dĆ”ndolos a la muerte en los brazos de Moloch, mientras su conciencia lo aprobaba. (Hoy dĆa nuestras conciencias quizĆ”s no aprobarĆan esto, aunque fĆ”cilmente la conciencia moderna aprueba el sacrificio de niƱos, seres humanos, antes de nacer, en la muy difundida prĆ”ctica del aborto.) Aun entre los cristianos existe una gran diversidad y, a veces, se halla una contradicción entre sus conceptos respecto a cuĆ”l sea la conducta correcta en un cierto caso.
Esto sugiere que la conciencia es falible. La conciencia no siempre tiene razón. Puede aprobar una acción en un cierto caso que es equivocada y reprensible, juzgada desde el punto de vista de lo ideal, es decir, de la voluntad revelada de Dios. Existe una norma ideal para la conducta moral a la cual todo hombre debe conformarse. La norma ideal es la voluntad de Dios para la vida humana; es la ley divina para la conducta humana. Esto indica que el hombre nunca serĆ” inocente, limpio, ni moralmente justo por el simple hecho de que obedezca a su conciencia āaunque en verdad nunca hace estoā, ya que siempre su conciencia le condena, le da sentimientos de culpabilidad, de equivocación. Aun juzgados por nuestra conciencia, nunca somos aprobados. Sabemos que adrede siempre desobedecemos nuestra propia conciencia. El que hace lo mejor que sabe hacer, y no le molesta su conciencia, puede estar seguro de que estĆ” violando las demandas fundamentales y morales de la Ley de Dios para su vida.
¿Quiere decir esto que no es menester que el hombre siempre obedezca su conciencia? No, no quiere decir esto. El hombre no puede desobedecer a su conciencia con impunidad. La regla general de que el hombre siempre debe obedecer a su conciencia es en la ética una regla sana. Al violarse la conciencia no se acerca al ideal moral.
Lo que necesitamos es instrucción, educación o entrenamiento para la conciencia. Nuestras normas y reglas morales interiores deben ser labradas, formadas y amoldadas por la norma ideal, que es la santa voluntad de Dios. Aunque uno peque en un caso dado, al obedecer a su conciencia, el pecado no estÔ en obedecer a su conciencia, sino en el no hacer la voluntad de Dios por no llevar en ella la norma correcta. Su fracaso moral se debe a la idea falsa, equivocada, pervertida y torcida que tiene de lo recto y lo incorrecto, y por su incapacidad aun de cumplir con las exigencias de su conciencia. Lo que necesita el hombre natural es la luz de la revelación divina para su vida y una conciencia regenerada para apropiarse de esta luz; como también que su conciencia sea una conciencia que ame a Dios y se afane para crecer en el entendimiento de su santa voluntad revelada para la vida humana.
Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ćtica cristiana (pp. 45ā64). Miami, FL: Editorial Unilit.
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