ĀæDeberĆ­an las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?

TabernƔculo Metropolitano de Londres

ĀæDeberĆ­an las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?

Dr. Peter Masters

Es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias

DespuƩs de tantas semanas, puede parecer que es algo tarde para que se comente sobre esto, pero es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias.

Las actuales restricciones afectan profundamente nuestra adoración, nuestra comunión, nuestras escuelas dominicales y nuestro evangelismo en la comunidad. A nadie le gustan o las quiere. Recientemente, un periódico evangĆ©lico britĆ”nico hizo las siguientes preguntas: ā€œĀæDeberĆ­amos tener un debate respecto a esto? ĀæEstamos haciendo lo correcto? ĀæDeberĆ­an las iglesias, gobernadas por Cristo, someterse tan fĆ”cilmente al Estado – el reino de este mundo?ā€. El artĆ­culo no respondió a la pregunta, pero podrĆ­a haberlo hecho fĆ”cilmente, si tan solo el escritor hubiera hecho referencia a las confesiones de Westminster o la Bautista como una guĆ­a en la posición escritural. La respuesta estĆ” ahĆ­, en palabras con una simpleza desarmante pero cuidadosamente elaboradas.

El error del escritor fue simplificar demasiado el asunto de dos reinos opuestos: el de Dios y el del mundo. Ciertamente, parecƭa pensar, la iglesia no deberƭa cambiar sus actividades por orden del mundo. El mundo no puede ser puesto por sobre el seƱorƭo de Cristo sobre su Iglesia.

Los lectores pueden estar al tanto de que hay una muy bien conocida iglesia en California que ha razonado en los mismos términos y ha reabierto los cultos de adoración sin mascarillas o distanciamiento social durante la cuarentena. Su pastor ha articulado el mismo argumento: ¿Acaso no hay dos gobiernos: el mundo y la iglesia?; y ¿no deberíamos nosotros afirmar la obediencia al gobierno de Cristo, y rehusarnos a permitir que nuestros cultos de adoración habituales sean interrumpidos?

En primer lugar, por favor permítanme leer una o dos frases de la Confesión Bautista de fe de 1689:

ā€œDios, el supremo SeƱor y Rey del mundo entero, ha instituido autoridades civiles para sujetarse a Ć©l y gobernar al pueblo para la gloria de Dios y el bien pĆŗblico… Habiendo sido instituidas por Dios las autoridades civiles con los fines ya mencionados, se les debe rendir sujeción en el SeƱor en todas las cosas lĆ­citas que manden, no sólo por causa de la ira sino tambiĆ©n de la conciencia; y debemos ofrecer sĆŗplicas y oraciones a favor de los reyes y de todos los que estĆ”n en autoridadā€.

Los dos textos clave que prueban estas palabras en la confesión son Romanos 13:1-7 y 1 Pedro 2:13-18, y hay otros tambiĆ©n. Dios ha implementado el gobierno y el orden civil para que todos lo obedezcan, incluyendo su pueblo. Ɖl ha puesto en los corazones de la raza humana, incluso en su estado caĆ­do, el desear gobierno y orden, y da poder a las autoridades civiles. En asuntos relacionados con el cuerpo, la ley y el orden, la defensa y bien pĆŗblico, incluyendo la salud pĆŗblica, Dios gobierna a su pueblo redimido junto con todo el resto del mundo por medio del gobierno civil. Es un agente del gobierno de Dios. Por lo tanto, es una seria simplificación el decir: ā€œsolo existe la iglesia y el mundoā€. Esto ignora los dos grandes textos. 

Hace muchos aƱos, conocĆ­ a un hombre de negocios rico quien, a pesar de ser un cristiano, estaba bastante orgulloso del hecho de que pagaba menos impuestos. Me dijo que declaró inapropiadamente sus acciones para que sus contadores bajaran sus impuestos, y reconocĆ­a que esto era ilegal. Naturalmente, le desafiĆ©, pero estaba preparado con una defensa. ā€œMe siento libre de hacerloā€, dijo, ā€œporque los impuestos son la ley del CĆ©sarā€. Se habĆ­a convencido a sĆ­ mismo que los cristianos no estĆ”n bajo el Estado, sino bajo Cristo. Este era un caso extremo, pero el punto estĆ” claro: para asuntos de orden pĆŗblico, bien pĆŗblico y salud pĆŗblica, ā€œtoda personaā€, dice Pablo en Romanos 13, estĆ” bajo el CĆ©sar.

Sí, por supuesto, en la Biblia estÔ la imagen de dos reinos y nosotros creemos y defendemos esto. Cristo reina sobre su iglesia directamente en asuntos de creencias doctrinales, el contenido de la adoración, conducta moral, disciplina e ideología. Pero eso no es la imagen completa, pues también se nos enseña en las Escrituras que Dios gobierna los asuntos civiles a través de autoridades civiles, y los cristianos estÔn sujetos a ellas.

Varias revistas recientemente han reimpreso la conocida Ā«Pregunta 109Ā» del puritano Richard Baxter (en Christian Ecclesiastics, 1665), la cual representa la postura tradicional cristiana. ā€œĀæPodemos omitir las asambleas eclesiĆ”sticas en el dĆ­a del SeƱor si los magistrados las prohĆ­ben?ā€. En general, las respuestas son: Ā«Si el magistrado, para lograr un bien mayor, prohĆ­be las asambleas de la iglesia en tiempos de peste, asalto de enemigos, o incendios, o una necesidad similar, es un deber obedecerleā€. Por otro lado, Ā«Si los prĆ­ncipes prohĆ­ben profanamente las asambleas sagradas y el culto pĆŗblico… como una renuncia a Cristo y a nuestra religión, no es correcto obedecerlos formalmenteā€.

La suspensión de las reuniones públicas por parte del gobernante debe ser imparcial, aplicarse por igual a toda la sociedad, no solo a las iglesias, y debe ser sólo por un período de tiempo, o intuiremos que se restringe la fe y se persigue a la iglesia. Entonces tenemos que adoptar una actitud firme. Esta ha sido siempre la posición de la mayoría de los protestantes.

En Inglaterra actualmente hemos vuelto a reunirnos en las iglesias (desde el 5 de julio), pero estamos limitados porque no podemos cantar, usamos mÔscaras faciales y debemos mantener el distanciamiento social, pero esas reglas se aplican en toda la sociedad. De hecho, volvimos a reunirnos mucho antes de que se permitieran reuniones a algunos otros. Creo que el último fin de semana de agosto fue la primera vez que se permitió a una multitud asistir a un partido de fútbol, y eran sólo 2 500 personas. Esto, a pesar de que el gobierno obtiene un ingreso considerable por esa actividad, y se podría pensar que se esforzarían por apoyar el deporte nacional mÔs que las iglesias.

Otros grupos también han tenido un trato aún mÔs duro que las iglesias. El gobierno recientemente anunció que si la reanudación de la educación lleva a un «alza» en Covid-19, los pubs y bares tendrían que cerrar de nuevo para reequilibrar la lucha contra el virus. No hubo mención (en esta etapa) de que las iglesias también tendrían que cerrar. No parece haber una acción injusta hacia las iglesias y la proclamación del Evangelio.

Puede ser que los hermanos a los que se hace referencia en California hayan sufrido algĆŗn tipo de desigualdad o injusticia muy grandes en la forma de cuarentena, y por lo tanto tienen derecho a protestar (primero por acción legal). Pero no serĆ­a un argumento vĆ”lido decir, como parecen decir, que estas restricciones son la ley de CĆ©sar y no tienen autoridad sobre la iglesia. La declaración de esta iglesia dice abiertamente, Ā«Cristo, no CĆ©sar, es la cabeza de la iglesiaā€, lo cual deja de lado la postura histórica al respecto, sonando mĆ”s como una idea anabaptista.

Como cristianos estamos sujetos a límites de velocidad, restricciones de construcción, e incluso cuarentenas de emergencia como el resto de la sociedad. Damos gracias a Dios que hay formas alternativas de proclamar la Palabra y ministrar a personas en el corto plazo.

Si las restricciones del coronavirus se vuelven poco razonables, o demasiado largas, o desiguales, ese sería el momento de protestar. Tal como estÔn las cosas, las iglesias no deberían comportarse como una comunidad mimada. No estamos sufriendo un estado de guerra, como en la Segunda Guerra Mundial, cuando todos los hombres menores de 41 años estaban fuera de casa hasta cinco años. No tenemos que ir en secreto a las catacumbas, como los creyentes de antaño, para adorar a Dios. Lo que estamos llamados a hacer, en común con todos los demÔs, es sostenible, y algo con lo que podemos trabajar, y alabamos y damos gracias a Dios.

Romanos 13:1 dice: Ā«SomĆ©tase toda persona a las autoridades superioresĀ». Se ha sugerido que este es un deber de los individuos, y no necesariamente de las iglesias, pero esta es una distinción imposible. Ā«Toda personaĀ», se aplica a todos, salvos y no salvos. Pablo dice del estado: Ā«Porque no hay autoridad sino de parte de Diosā€. Recordamos que en la Ć©poca en que Pablo escribió, los gobernantes eran idólatras, dĆ©spotas y tiranos como Nerón. Sin embargo, Ć©l dice: Ā«De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resisteā€. Esto es muy serio, hemos de pensar dos, e incluso muchas veces, antes de ir contra el estado. Pablo va mĆ”s allĆ”, diciendo: Ā» y los que resisten, acarrean condenación para sĆ­ mismosā€. El griego dice juicio, disciplina o castigo (del SeƱor).

Un poco mĆ”s adelante leemos (en el versĆ­culo 5), Ā«Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo [por temor al castigo civil], sino tambiĆ©n por causa de la concienciaĀ». Nuestras conciencias deben estar afinadas de tal forma que nos demos cuenta de que estamos desobedeciendo a Dios si desobedecemos al Estado.

Hay excepciones en las Escrituras. Si las autoridades pĆŗblicas tratan de detener completamente la proclamación de la Palabra, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Si intentan cambiar nuestras doctrinas y nos dicen que debemos abogar por el matrimonio entre personas del mismo sexo, o enseƱar la evolución a los niƱos, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Y si interfieren con los estĆ”ndares morales o las doctrinas de la Palabra o la proclamación del Evangelio, obedecemos a Dios en lugar de los hombres. En los capĆ­tulos 4 y 5 de Hechos, los apóstoles toman una postura muy clara respecto a tales asuntos.

En 1 Pedro 2:13 leemos: Ā«Por causa del SeƱor someteos a toda institución humanaĀ». Y luego Pedro dice (v 15): Ā«Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagĆ”is callar la ignorancia de los hombres insensatosā€. La gente de fuera de la iglesia estĆ” dispuesta a ā€œsaltarnos encimaā€ si la iglesia no mantiene las restricciones. Ā«Miren a esa gente egoĆ­staĀ», dirĆ”n, Ā«no les importa cuĆ”nta gente estĆ© infectada, o cuĆ”ntos puedan morirā€. El SeƱor dice, no debemos dar esa oportunidad a los que no son creyentes. Nosotros obedecemos. ā€œHonrad a todos […] . Temed a Dios. Honrad al reyā€.

CuĆ”n sucintamente Calvino explica las cosas en su comentario sobre 1 Timoteo 2:1-2:

«ÉlĀ [Pablo]Ā menciona expresamenteĀ [la oración por]Ā los reyes y otros magistrados, porque cristianos podrĆ­an llegar a odiarlos mĆ”s que todos los demĆ”s. Todos los magistrados que existĆ­an en aquel tiempo eran enemigos jurados de Cristo; y por eso tal vez pensaban que no debĆ­an orar por los que dedicaban todo su poder y todas sus riquezas a luchar contra el reino de Cristo, cuya extensión estĆ” por encima de todas las cosas deseables. El apóstol se encuentra con esta dificultad, y encarece expresamente a los cristianos que oren tambiĆ©n por ellos. Y, en efecto, la depravación de los hombres no es una razón por la que no debemos amar la ordenanza de Dios. Por consiguiente, viendo que Dios nombró magistrados y prĆ­ncipes para la preservación de la humanidad, por mucho que no cumplan tal designio divino, no debemos por ello dejar de amar lo que pertenece a Dios, y mĆ”s bien debemos desear que siga vigente. Por eso los creyentes, en cualquier paĆ­s que vivan, no sólo deben obedecer las leyes y el gobierno de los magistrados, sino tambiĆ©n en sus oraciones suplicar a Dios por su salvaciónĀ».

PETER MASTERS

Peter Masters ha sido pastor de la iglesia Metropolitan Tabernacle en Londres desde 1970. Esta iglesia fue fundada a finales del siglo XIX por C.H. Spurgeon. En 1865, Spurgeon también fundó la revista The Sword and the Trowel, que sigue publicÔndose editada por el Dr. Masters. El programa de televisión del Metropolitan Tabernacle se emite dos veces por semana y tiene seguidores en todo el Reino Unido y Europa.

Masters ha escrito mÔs de veinticinco libros, que han sido traducidos a al menos veintitrés idiomas. Anima a iglesias y pastores evangélicos a separarse de iglesias que se hayan desviad2o de las doctrinas bÔsicas históricas del cristianismo.

En cuanto al movimiento carismÔtico, mantiene una postura cesacionista, y considera la teoría de la evolución de Darwin como propaganda humanista.

https://www.metropolitantabernacle.org/Espanol/Informacion-de-la-Iglesia/Doctrina

Los AƱos de RebeldĆ­a

Gracia Verdad y Vida

Los AƱos de Rebeldƭa

Ruben Sarrion

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Ruben Sarrion

Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.


gracia verdad y vidahttp://www.rubensarrion.com

EL AGENTE MORAL CRISTIANO

Alimentemos El Alma

LIBRO: ƉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ɖtica cristiana: Un enfoque bĆ­blico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ɖtica cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guĆ­a de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

CapĆ­tulo 2

EL AGENTE MORAL CRISTIANO

En el capítulo introductorio hemos tratado de la naturaleza de la ciencia ética cristiana y de los fundamentos teológicos sobre los cuales esta ciencia descansa. Estudiamos los postulados en que se fundamenta la ética, aunque algunos dirían que no necesitan una exposición especial en un curso de ética, ya que confiamos en los resultados de la dogmÔtica. Hicimos un repaso de ellos, sin embargo, para aclarar nuestros fundamentos. Algunos de los postulados, no obstante, requieren una explicación especial por su estrecha relación con la ética y la vida moral. El propósito de este capítulo es hacerlo.

Aquí nos ocuparemos en considerar al agente (o actor) de la vida moral cristiana. Este agente es el cristiano que se esfuerza para vivir cristianamente. Para entender al cristiano en su papel de agente moral nos conviene que lo estudiemos primero como hombre creado por Dios; luego como hombre caído en el estado de pecado, y finalmente como hombre redimido por Cristo y regenerado por el Espíritu de Dios. En este capítulo consideraremos al hombre tal como estÔ constituido por virtud de su creación, y también trataremos del ser humano en el estado de pecado y de redención.

I. La naturaleza del ser humano

El hombre, constituido como tal desde el principio por Dios, es espƭritu finito con substrato fƭsico, hecho a la imagen de Dios y, por esto, poseedor de una naturaleza racional-moral en la cual y a travƩs de ella debe desarrollarse para glorificar a Dios, servir a sus semejantes y realizarse a sƭ mismo.

1. El hombre es espƭritu, pero espƭritu finito (es decir, creado). Esto lo hace semejante a Dios, pero tambiƩn notablemente lo distingue del ser divino, quien es Espƭritu infinito.

2. Aunque el hombre es esencialmente espíritu, tiene cuerpo (o habita un cuerpo). La relación entre cuerpo y alma es un problema desconcertante. La relación es muy íntima en cuanto a nuestra vida terrenal. La deterioración del cuerpo nos conduce hacia el fin de la existencia mundana. Al estudiar al hombre como ser ético es menester que consideremos, tanto el cuerpo como el alma. El punto de vista bíblico, teísta y cristiano del ser humano excluye la idea de que el hombre sea puramente físico o puramente espiritual. Siempre el concepto incluye la indisoluble unión entre cuerpo y espíritu. Es cierto que el cuerpo se incluye en la personalidad del hombre; por esto su vida terrenal tiene mucho que ver con la teoría ética del hombre y sus deberes.

No obstante, el hombre es espƭritu. Y lo es esencial y eternamente. En la vida terrenal, tan ƭntimamente estƔn relacionados el cuerpo y el espƭritu que el cuerpo puede llamarse el instrumento del alma; pero no viceversa. El hombre tiene cuerpo y habita un cuerpo; pero es espƭritu. Ello lo eleva por encima de lo animal, le da un destino espiritual y eterno.

3. Su naturaleza es racional-moral. Esto ya estÔ implícito en que el hombre, siendo espíritu, estÔ hecho a la imagen divina. AdemÔs, es una extensión y un efecto de su espiritualidad. La racionalidad y la moralidad se implican recíprocamente. Un ser verdaderamente racional es moral; y un ser verdaderamente moral es racional. No obstante cada término designa un aspecto distinto de la naturaleza humana. Por ser racional el hombre ve significado y coherencia en las cosas; siendo ser moral estÔ consciente de que su existencia tiene propósito o finalidad. Para tratar justamente con los dos aspectos: racional y moral (indebidamente se suprime el uno o el otro en ciertos sistemas de moralidad), preferimos mencionar los dos aspectos juntos e indicar su unidad por el uso del guión, es decir, la naturaleza «racional-moral».

Las implicaciones Ʃticas de la doctrina bƭblica de la naturaleza del hombre son importantes y significantes. Las implicaciones tocan a tres puntos: (1) El fin verdadero del hombre; (2) la libertad humana; y (3) la conciencia humana.

II. El fin verdadero del hombre

Este fin se encuentra en glorificar a Dios. El que era el último elemento en las implicaciones éticas de la verdad en cuanto a Dios es necesariamente el primero aquí. El fin mÔs alto y mÔs comprensivo de la existencia del hombre es el de cumplir con su propósito: el glorificar a Dios. El servir al prójimo aparte de este fin sería mero humanismo y servicio social humanitario. Pero subordinado a la gloria de Dios el servicio humanitario es una manera en que el propósito de Dios para nosotros se va realizando. La «autorrea-lización» separada del fin de glorificar a Dios conscientemente no es mÔs que puro individualismo.

Nietzsche, por ejemplo, se gloría en su «autorrealización» pero tiene solamente desdén para Dios. Una vez que el hombre glorifique a Dios, esforzÔndose con toda su capacidad para hacer su santa voluntad, verdaderamente alcanzarÔ su plenitud como hombre. Entonces se cumplirÔn todas las capacidades y potencialidades de su naturaleza. No cabe duda de que en la ética cristiana hay algo de lo que podemos llamar «autorrealización», pero es muy diferente del concepto no cristiano. Nos desviaríamos demasiado si tratÔramos este punto aquí; sin embargo, volveremos al punto mÔs tarde.

III. La libertad de la voluntad

El problema que tocamos aquí es el mÔs frustrante en toda filosofía y teología. Aunque nos resulte insoluble, ello no quiere decir que una consideración del problema sea infructuosa. Existen temas importantes en cuanto a la verdad y al error que estÔn relacionados con la consideración de esta cuestión.

La confusión y la ambigüedad pueden evitarse si hacemos claras ciertas distinciones. Un gran número de preguntas estÔn implicadas en esta pregunta: ¿Es libre el hombre? Contestamos no sin preguntar antes: ¿Libre con referencia a qué? Esta última pregunta nos conduce a dividir la cuestión en tres partes, o sea, en tres maneras de hacer la pregunta: Si el hombre tiene lo que se llama el «libre albedrío»,

1. ĀæEs libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?

2. ĀæEs libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a la omnipotencia y providente voluntad de Dios?

3. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) con respecto a la realización de su verdadero fin?

1. ĀæEs libre la voluntad del hombre en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?

La pregunta no es si el hombre puede hacer lo que le dé la gana sin tomar en cuenta las limitaciones de las fuerzas naturales; todos saben que esto es imposible. MÔs bien, lo que se indaga es: si la voluntad del hombre estÔ esencialmente determinada por las fuerzas naturales. Este es el punto de vista de cada forma del naturalismo. Este «necesitarianismo» (una especie de determinismo o fatalismo disfrazado) del naturalismo moderno lo repudiamos por ser erróneo. El hombre es libre, y por ser hecho a la imagen de Dios no puede ser, ni llegarÔ a ser, un autómata, un mero instrumento de las fuerzas naturales. No es una causa de tipo físico-químico lo que determina su voluntad, sino que su voluntad estÔ determinada por lo espiritual, es decir, por consideraciones racionales y morales.

Como criatura de Dios, creado a su imagen, el hombre es portador de los atributos de Dios que llamamos los atributos «comunicables». Uno de estos atributos es la «soberanía». El hombre por supuesto no es soberano en el sentido absoluto, pero Dios sí le confirió un cierto tipo de «soberanía limitada» al poner ciertos aspectos de la creación bajo su jurisdicción y hacerle responsable en cuanto a estos.

Es de suma importancia y de gran valor defender esta libertad. El criminal no puede disculparse y justificar su comportamiento como el resultado inevitable de la herencia y/o las fuerzas ambientales. El hombre es responsable por sus hechos. Esta responsabilidad se basa en reconocer la existencia de una libertad que el naturalista niega. Esta libertad suele llamarse Ā«libertad formalĀ». Podemos tambiĆ©n decir que es libertad en el sentido psicológico. Aun en el estado de pecado, el hombre sigue siendo libre en este sentido: la acción de su voluntad no es simplemente de un resultado de fuerzas fĆ­sico-quĆ­micas, es mĆ”s y diferente. Esta libertad estĆ” explicada en una parte de los CĆ”nones de Dort (III y IV, art. 15), donde leemos: Ā«Pero el hombre por la caĆ­da no dejó de ser criatura, dotada de conocimiento y voluntad; no lo priva de la naturaleza humana el pecado que ha penetrado en la totalidad de la especie humana, sino que le trajo depravación y la muerte espiritual: asĆ­ tambiĆ©n la gracia de la regeneración no trata a los hombres como bloques o piedras sin sentido ni les quita su voluntad y propiedades, no los maltrata…»

2. ¿Es libre la voluntad humana en relación con la voluntad omnipotente y determinante de Dios?

Negamos que la voluntad del hombre sea determinada por fuerzas fĆ­sico-quĆ­micas pero sĆ­ afirmamos que existe una voluntad divina que lo abarca todo, de acuerdo con la cual suceden todos los acontecimientos. Todo lo que acontezca sucederĆ” tal como lo determina Dios. El decreto divino establece eterna y seguramente cada evento.

¿Esto, no roba al hombre su libertad? Depende de lo que se quiera decir con el concepto de «libertad». El hombre nunca es libre para hacer lo que quiera. Sus movimientos estÔn siempre restringidos. Pero si la palabra «libertad» quiere decir que uno puede actuar por sus propios motivos, sin que nadie lo obligue a conducirse de cierta manera en la que nunca lo habría hecho por sí mismo, entonces el hombre es libre en este segundo sentido de la palabra. Las limitaciones de esta soberanía restringida del hombre no quitan de él la soberanía que Dios le otorgó al crearlo a su imagen.

¿Cómo podemos relacionar todo esto con una plena aceptación de la predestinación divina tan claramente enseñada en las Escrituras? QuizÔ la siguiente explicación nos ayudarÔ. El decreto divino establece con certeza cada acontecimiento, segura y eternamente. Pero la certeza de los actos humanos, determinados por el decreto divino, no hace que sea asunto obligatorio. El decreto de Dios determina cada evento a su manera. Hay dos tipos de acontecimientos: los que estÔn en la esfera natural y los que estÔn en la esfera moral. Y cada uno de los dos tipos de sucesos acontece seguramente, pero cada tipo según sus reglas. La certeza de un dato en la esfera moral difiere de la certeza de un hecho en la esfera natural.

Los eventos naturales acontecen seguramente tal como los eventos naturales lo hacen, es decir, como parte de una cadena causal; cada acontecimiento en relación con sus causas. El evento en la esfera natural estÔ determinado por Dios desde la eternidad y acontece en el tiempo de acuerdo con la ley de causa y efecto. Los actos morales (es decir, los actos de los hombres) acontecen con una certeza que es a su propio modo. El decreto divino asegura que todos los eventos morales sucedan, pero acontecen no en relación causal físico-química sino como acontecimientos morales. La voluntad humana estÔ determinada por la selección moral. Esto quiere decir que aunque el acontecimiento de todos los actos del hombre estÔ asegurado por el decreto divino, no quiere decir, y no implica, que Dios fuerce a uno a hacer cierto acto. El decreto no constriñe la voluntad humana. La voluntad del hombre no estÔ forzada desde afuera. Dios es la causa última de cada evento pero las causas secundarias (agentes morales) no estÔn esclavizadas por estos. (Véase la Confesión de fe de Westminster, Cap. V. pÔrrafo II)

Esta consideración, aunque no resuelva el problema, puede eliminar ciertos asuntos implícitos. AdemÔs, debemos notar que aunque el problema del llamado «libre albedrío» aparezca como problema teóricamente insoluble, en la prÔctica la dificultad no es grande. Las Escrituras, como también la misma experiencia humana, no tienen dificultad en afirmar ambas cosas: la libertad humana y la predestinación divina. (Véase Gn 50:20; Lc 22:22 y Heb 12:23.)

3. ¿Es libre la voluntad humana con respecto a la realización de su verdadero fin?

Al primer tipo de libertad de la voluntad de la cual hablamos, podemos llamarlo psicológico; y al segundo tipo, teológico. Ahora trataremos de la libertad moral de la voluntad. ¿Es libre el hombre en el sentido de ser capaz de realizar su verdadero fin moral? ¿Puede hacer el bien? ¿EstÔ constituido para poder alcanzar el verdadero propósito de su existencia?

El hombre como lo hizo Dios (es decir, antes de su caída en el pecado) poseía esta libertad. Usando una frase de San Agustín, decimos que su estado era el de posse non peccare. Esto, por supuesto, no quiere decir que el hombre retenga actualmente este poder salvo que haya una incursión de gracia divina en su vida. El hombre no puede hacer nada sin Dios, y nunca ha podido, ni aun cuando estaba en el estado de perfección. Es y siempre fue completamente dependiente de su creador (aun antes de la caída). Pero como criatura de Dios, sostenido por su omnipotente poder, el hombre, por virtud de la creación, tenía la capacidad de lograr el fin verdadero de su existencia: el hacer lo bueno y el vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. El pecado no destruyó la libertad psicológica y teológica, pero sí destruyó el segundo tipo, o sea, la libertad moral. El significado de esto lo examinaremos después, al considerar el estado del pecado. Pero antes de hacerlo es menester que estudiemos la conciencia.

IV. El agente moral cristiano: la conciencia

A. La conciencia en las Escrituras

En el Antiguo Testamento no existe una palabra especial para la conciencia. Pero son varios los pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a la manifestación de la conciencia. La palabra LEEBH (corazón) es la palabra que normalmente suele expresar la idea. En GĆ©nesis 3:7, 10, la vergüenza y el temor son evidencias de una conciencia ofendida. Otros pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a lo que llamarĆ­amos la conciencia son: GĆ©nesis 4:13–14; LevĆ­tico 26:36; JosuĆ© 14:7; Deuteronomio 28:67 (vĆ©ase tambiĆ©n v. 65); 1 Samuel 24:5–6; 25:31; 2 Samuel 24:10; 1 Reyes 2:44; Job 27:6; y Proverbios 28:1. Las palabras de Job 27:6 (Ā«no me reprocharĆ” mi corazón en todos mis dĆ­asĀ»), y en EclesiastĆ©s 10:20 (la palabra se traduce como Ā«pensamientoĀ» segĆŗn la Septuaginta, pero tambiĆ©n se puede emplear la palabra Ā«corazónĀ» para traducir el hebreo) expresan la idea de la conciencia.

En el Nuevo Testamento la palabra Ā«corazónĀ» tambiĆ©n tiene el significado de conciencia. La encontramos cuatro veces en 1 Juan 3:19–21 (vĆ©ase tambiĆ©n Romanos 2:15). Notables ilustraciones de la operación de la conciencia son las que vemos en el caso de Pablo (Hch 26:9), de Judas, (Mt 27:3), y de Pedro (Mt 26:75). Sin embargo, la palabra que el Nuevo Testamento emplea precisamente para significar la conciencia es suneideesis. Esta palabra se encuentra no menos de treinta veces en el Nuevo Testamento. He aquĆ­ algunos de los textos en que la palabra ocurre mĆ”s de una vez: Juan 8:9; Hechos 23:1; 24:16; Romanos 2:15; 9:1; 13:5; 1 Corintios 8:7, 10, 12; 10:25, 27, 28, 29; 2 Corintios 1:12; 4:2; 5:11; 1 Timoteo 1:5–19; 3:9; 4:2; 2 Timoteo 1:3; Tito 1:15; Hebreos 9:9, 14; 10:2, 22; 13:18; 1 Pedro 2:19; 2:16, 25.

B. La naturaleza de la conciencia

1. Definición: ¿Qué cosa es la conciencia?

La conciencia es la capacidad moral del hombre de enterarse o darse cuenta; es la facultad de juzgar sus hechos, futuros o pasados, aprobando los que considere correctos y condenando los que considere equivocados. El ser humano se da cuenta de que se da cuenta y estƔ enterado de que estƔ enterado. TambiƩn podemos decir que la conciencia es la capacidad de estar consciente de que se estƔ consciente.

El hombre es entonces un ser «autoconsciente». Se da cuenta de sí mismo. Puede ser, a la vez, el sujeto y el objeto de su pensamiento. Puede pensar en sí mismo y contemplar sus pensamientos. Cada juicio que hace conscientemente en cuanto a su conducta tiene su aspecto moral y estÔ moralmente condicionado. Nos evaluamos por nuestros actos a la luz de ciertas normas morales. Esta capacidad del hombre de darse cuenta y de funcionar como juez de sus propios hechos es la conciencia humana.

De esto concluimos que la conciencia no es una mera facultad sĆ­quica del hombre. Pero tampoco es correcto llamarla Ā«la voz de DiosĀ» en el corazón humano, excepto en un sentido puramente figurado. En el sentido poĆ©tico hay, por supuesto, mucha verdad en el dicho de Byron: Ā«La conciencia humana es el orĆ”culo de DiosĀ». Goethe describe la conciencia en tĆ©rminos imaginativos: «…todo lo que dice Dios dentro de nuestro pechoĀ». Podemos llamar conciencia a todo esto y tambiĆ©n llamarla Ā«una chispa del fuego celestialĀ», pero la conciencia no es la voz divina excepto metafóricamente, o sea, en el sentido de que Dios deja su testimonio a travĆ©s del autoconocimiento moral de cada hombre.

2. La conciencia: su referencia personal

Por ser capacidad del hombre el darse cuenta en el mismo acto de juzgar sus propios hechos, la conciencia esencialmente se refiere a la persona misma, o sea, siempre tiene una referencia personal. Los pronunciamientos de la conciencia siempre son los de la persona acerca de sí mismo. Cada vez que habla la conciencia no aprueba o condena cierto acto en lo abstracto, sino se refiere a la concreta actuación de la persona. En verdad, no es tanto el acto lo que se condena o aprueba, sino la misma persona que hace el acto se aprueba o se condena a sí misma. La referencia personal de la conciencia es enteramente específica: la conciencia nunca aprueba ni condena el acto de otra persona sino el de su persona. La conciencia no acusa ni excusa por algo que haya hecho otra persona sino solamente por lo que hizo la persona misma. Por supuesto, se puede juzgar moralmente un acto de otra persona, y una persona puede hasta decir: «mi conciencia condena el comportamiento de este», pero esto quiere decir solamente que el que habla no lo haría. La conciencia habla, entonces, en referencia a la anticipación de un posible comportamiento. Al respecto debemos notar que el juicio de la conciencia es inmediato. No lo hace después de una larga deliberación. La conciencia habla inmediatamente, al despertarse, sea en cuanto a un acto contemplado o ya cometido.

3. La conciencia es positiva y negativa

La conciencia aprueba o condena. El aspecto negativo de la conciencia es el mÔs notable en nuestra experiencia. Tanto en la literatura profana como en la sagrada encontramos, en mayor número, ejemplos en que la conciencia condena. De hecho, solemos hablar de la conciencia solamente como aquello que nos «pica» cuando hacemos o contemplamos algo malo. Las historias y episodios de Pedro y Judas en el Nuevo Testamento ofrecen algunos de esos ejemplos; también Hamlet y MacBeth en el teatro de Shakespeare, son algunos ejemplos. Todos son ejemplos de la operación negativa de la conciencia. Pero la conciencia no solamente condena; también aprueba. Condena la conducta equivocada pero aprueba la conducta que considera correcta.

Algunos teólogos no aceptan el aspecto positivo de la conciencia, pero la verdad es que no cabe duda sobre el mismo. En Romanos 2:14, 15 (uno de los pasajes mÔs importantes en cuanto a la conciencia) lo podemos notar claramente: «Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusÔndoles o defendiéndoles sus razonamientos». Como ya se ha dicho, la palabra conciencia en el griego es suneideesis. La frase «acusando o defendiendo» en el griego es kateegorountoon ee kai apologoumenoon (la versión de 1909 de la Biblia «Reina Valera» mÔs atinadamente dice: «acusando o excusando»). En esta descripción de la conciencia del hombre natural se dice que su conciencia o lo condena o lo aprueba. (Véase también Ro 9:1 y 2 Co 1:12.)

AdemÔs, debemos notar otras expresiones novotestamentarias, tales como «una buena conciencia», «una limpia conciencia», «una conciencia sin ofensas», etc. Tales expresiones se encuentran en Hechos 23:1; 24:16; 1 Timoteo 1:5, 19; 2 Timoteo 1:3; Hebreos 13:18; y 1 Pedro 3:16, 21. La conciencia «buena», «limpia», «sin ofensas» es una conciencia que aprueba. Hacemos referencia de esta función de la conciencia cuando hablamos de paz en el corazón o de la tranquilidad del alma. Agustín de Hipona, expresó el mismo pensamiento de manera mÔs elevada: «Una buena conciencia es el palacio de Cristo; el templo del Espíritu Santo; el paraíso de gozo; y el sÔbado (día de reposo) perdurable de los santos». Cuando la conciencia reprueba, el resultado es el sentimiento de culpa, acusación, e inquietud. Cuando la conciencia aprueba, el resultado es paz, tranquilidad, y satisfacción.

Se nos pregunta si el hombre tenía conciencia antes de la caída. La respuesta, por supuesto, tiene que ser afirmativa. El tener conciencia tiene que ver con su naturaleza como creado por Dios. Pero la conciencia no tenía entonces ocasión para rendir juicio negativo porque el hombre no había pecado. La conciencia no podía acusar al hombre hasta después de que este pecara. Pero no cabe duda de que la conciencia en su aspecto positivo, que aprueba las actividades, de acuerdo con la santa voluntad de Dios, operaba en el Huerto de Edén. Los que dicen que la conciencia no existía en este paraíso podrían tener razón si se limitaran a referirse al aspecto negativo de la conciencia. No hubo oportunidad para una manifestación negativa de la conciencia hasta que apareció el pecado. Pero, como ya hemos notado, si al hablar de la conciencia nos limitÔramos a su aspecto negativo, tendríamos un concepto incompleto de la conciencia que, mÔs importante todavía, no sería el concepto que se nos presenta en la Biblia. Aunque el hombre en el estado de rectitud no hubiera aprendido por la experiencia la diferencia entre la conciencia aprobadora y la acusadora, seguramente experimentaría la aprobación de su conciencia sobre lo que hacía de acuerdo con lo que sabía que era la voluntad de Dios.

4. La conciencia anticipante y subsiguiente

Otra consideración de suma importancia para entender la operación de la conciencia es la de distinguir entre la conciencia en su fase anticipante y su fase subsiguiente. El juicio de la conciencia se relaciona tanto con el futuro como con el pasado. La conciencia no solamente habla después de actuar sino también antes de la acción. Cuando la conciencia nos remuerde, tiene que ver con un acto ya cometido; pero cuando uno dice: «Mi conciencia no me dejarÔ hacer esto», notamos que la conciencia estÔ juzgando antes de que el acto propuesto se cumpla. La referencia al tiempo se expresa con los términos «anticipante» y «subsiguiente».

La conciencia anticipante, mirando adelante, siempre se relaciona con un curso de acción planeado o, a veces, deseado. De acuerdo con la acción sea positiva o negativa, aprueba o condena el acto contemplado. La operación anticipante de la conciencia va acompañada de la experiencia de ser animado o alentado para hacer el hecho contemplado si se considera recto o decidir si se debe hacer. Por el contrario, va acompañado de una exhortación de no hacerlo si el hecho contemplado se juzga reprensible. La conciencia en su fase o aspecto anticipante se manifiesta como sentido de obligación de seguir el camino hacia el deber y de evitar el mal camino. La conciencia se manifiesta mÔs comúnmente en su fase subsiguiente. Mira a un hecho pasado y lo juzga como acto cumplido. La conciencia subsiguiente se asemeja a la anticipante en que puede, por supuesto, juzgar positiva o negativamente, e indicar tanto su aprobación como su condenación.

5. La universalidad de la conciencia

La conciencia es universal en la humanidad. No es una cosa distintivamente cristiana. No es el resultado de la redención, aunque desde luego, la redención tiene mucho que ver con la función de la conciencia. La verdad es que la conciencia cristiana se distingue de otros tipos de conciencia solamente en que se guía por otras normas y distintas reglas. La gracia de Dios purifica la conciencia del creyente (Heb 9:14). Pero la conciencia en sí se encuentra en todo ser humano. La humanidad la tiene por virtud de su creación como ser moral. La tenía antes de la caída, pero solamente en su forma positiva. La tiene desde la caída en ambas expresiones, la negativa y la positiva.

Existen grandes diferencias en la forma de funcionar entre las distintas conciencias humanas, como también en el juicio que pronuncian. La conciencia puede existir a un nivel muy bajo, como existía en algunas naciones en ciertas épocas de su historia. Tanto como la conciencia puede ser tierna y responsiva puede ser dura y callosa. Pero todas esas referencias pertenecen a la función de la conciencia y no a su existencia. La conciencia como tal se encuentra en toda la humanidad y la ha tenido a través de toda la historia. Mientras que el hombre sea un ser humano, mientras que tenga algún sentido moral, por degradado que sea, el hombre tendrÔ conciencia. Que todo pagano tiene conciencia es la clara enseñanza de Romanos 2:14, 15. También encontramos evidencias de la conciencia en la literatura de todas las naciones. Un filósofo de la época moderna que ha puesto mucho énfasis en la realidad y la universalidad de la conciencia es Emmanuel Kant, y no fue creyente. Kant creía en un imperativo categórico y acentuaba el carÔcter enaltecedor de la conciencia. La lucha constante para encontrar el camino correcto y de vivir en paz consigo mismo, es prueba de la universalidad de la conciencia en la raza humana.

6. La norma de la conciencia

Es de suma importancia distinguir entre la conciencia en sĆ­ y la regla o norma de acuerdo con la cual esta condena o aprueba. Al rendir un juicio, la conciencia lo hace con base en una regla moral o en una norma que la conciencia reconozca como propia. La sentencia de culpable o inocente se hace a la luz de una norma que es inseparable de la conciencia moral humana. Sin embargo, aunque sean inseparables, debemos distinguir entre el juicio o sentencia que la conciencia rinde y la conciencia misma.

De la misma manera tenemos que distinguir entre la norma con que la conciencia opera y la sentencia (o juicio) que la conciencia pronuncia a la luz de esa norma. Esto se hace claro en las palabras griegas nous y suneideesis, que Pablo menciona por separado en Tito 1:15. La palabra nous se refiere al entendimiento o intuición de lo correcto y lo equivocado; pero la palabra suneideesis parece ser la voz que condena o aprueba, en aquella intuición.

La distinción entre la norma y el juicio de la conciencia posiblemente estÔ implicada en la etimología de la palabra «conciencia» suneideesis. La palabra latina «con-ciencia» es una traducción literal de «sun-eideesis». Estas palabras indican un conocimiento con o junto con algo o con alguien. ¿Con quién o con qué es tal conocimiento de la conciencia un «co-conocimiento»? Algunos han dicho: con Dios. Pero esto, aunque suene espiritual y piadoso, no se puede afirmar, ya que la conciencia suele equivocarse, aun en el caso de los mÔs sinceros cristianos. A lo mejor es un testimonio o un conocimiento juntamente con uno mismo, es decir, con este entendimiento dentro de uno mismo, con el conocimiento que uno tenga de la ley, de lo correcto y lo equivocado. Y esto implica que la norma, la regla de la conciencia, se reconoce como objetiva y autoritativa.

Ahora bien, la conciencia que juzga no crea sus propias normas, no las inventa, sino simplemente reconoce su existencia y su autoridad. En verdad, el juicio que la conciencia pronuncia con frecuencia va contra los propios deseos y anhelos de uno. Nuestras conciencias nos molestan porque hacen juicios negativos cuando deseamos lo contrario. Los fuertes sentimientos de culpa que (legĆ­timamente) tenemos son el resultado de que la conciencia, operando con una norma, va contra nuestros deseos y nuestras inclinaciones.

Entonces ĀæcuĆ”l es esta norma? ĀæCuĆ”l es aquella norma de facto que con tanta diversidad se encuentra en la conciencia de todo ser humano? Su existencia la hemos aprendido de Romanos 2:14–15. Para entender este pasaje es menester que leamos el pĆ”rrafo entero, los versĆ­culos 10–16. El argumento de esos versĆ­culos se puede resumir de la manera siguiente: los paganos no tienen ley. Es decir, la Ley en el sentido de la revelada voluntad de Dios, en una revelación especial, no habĆ­a sido promulgada entre ellos. Pero por naturaleza hacen las cosas que la Ley demanda. Los paganos son entonces ley para sĆ­ mismos. AsĆ­ va el argumento hasta el versĆ­culo 14. Pero la pregunta surge: ĀæCómo serĆ” esto posible? La respuesta se encuentra en el versĆ­culo 15. Ellos (los paganos) mismos muestran por su obra que la Ley estĆ” escrita en sus corazones. Grabada en el corazón de la gente pagana estĆ” una impresión de las obras que la Ley exige. Y al hacer el bien o el mal, su conciencia da co-testimonio sun marturousees. ĀæCon quĆ©?, pues con la ley escrita en sus corazones.

Esto nos muestra lo que es la norma verdadera, la regla de facto, de la conciencia humana. Por profunda que fuera la caĆ­da humana en el pecado, todo hombre tiene todavĆ­a, en su interior, un sentido de lo bueno y lo malo. Cuando habla, la conciencia da juicio (ya sea de condena o de aprobación) a la luz de —con base en— este sentido del bien y del mal, que el libro de Romanos llama la Ā«ley interiorĀ». Todo hombre, regenerado o no, tiene un criterio moral, tiene alguna piedra de toque, de acuerdo con la cual su conciencia aprueba o condena sus actos. La norma de facto de la conciencia es, en cada caso, lo dado en cuanto al conocimiento de la ley moral para cada individuo, por torcido que sea tal conocimiento.

La norma de facto en la mayoría de los casos no solamente estÔ mucho mÔs por debajo de la norma ideal sino que por lo general estÔ en su contra. La norma ideal es la norma de la voluntad de Dios para la vida humana. En tiempos antiguos las gentes quemaban a sus niños, dÔndolos a la muerte en los brazos de Moloch, mientras su conciencia lo aprobaba. (Hoy día nuestras conciencias quizÔs no aprobarían esto, aunque fÔcilmente la conciencia moderna aprueba el sacrificio de niños, seres humanos, antes de nacer, en la muy difundida prÔctica del aborto.) Aun entre los cristianos existe una gran diversidad y, a veces, se halla una contradicción entre sus conceptos respecto a cuÔl sea la conducta correcta en un cierto caso.

Esto sugiere que la conciencia es falible. La conciencia no siempre tiene razón. Puede aprobar una acción en un cierto caso que es equivocada y reprensible, juzgada desde el punto de vista de lo ideal, es decir, de la voluntad revelada de Dios. Existe una norma ideal para la conducta moral a la cual todo hombre debe conformarse. La norma ideal es la voluntad de Dios para la vida humana; es la ley divina para la conducta humana. Esto indica que el hombre nunca serĆ” inocente, limpio, ni moralmente justo por el simple hecho de que obedezca a su conciencia —aunque en verdad nunca hace esto—, ya que siempre su conciencia le condena, le da sentimientos de culpabilidad, de equivocación. Aun juzgados por nuestra conciencia, nunca somos aprobados. Sabemos que adrede siempre desobedecemos nuestra propia conciencia. El que hace lo mejor que sabe hacer, y no le molesta su conciencia, puede estar seguro de que estĆ” violando las demandas fundamentales y morales de la Ley de Dios para su vida.

¿Quiere decir esto que no es menester que el hombre siempre obedezca su conciencia? No, no quiere decir esto. El hombre no puede desobedecer a su conciencia con impunidad. La regla general de que el hombre siempre debe obedecer a su conciencia es en la ética una regla sana. Al violarse la conciencia no se acerca al ideal moral.

Lo que necesitamos es instrucción, educación o entrenamiento para la conciencia. Nuestras normas y reglas morales interiores deben ser labradas, formadas y amoldadas por la norma ideal, que es la santa voluntad de Dios. Aunque uno peque en un caso dado, al obedecer a su conciencia, el pecado no estÔ en obedecer a su conciencia, sino en el no hacer la voluntad de Dios por no llevar en ella la norma correcta. Su fracaso moral se debe a la idea falsa, equivocada, pervertida y torcida que tiene de lo recto y lo incorrecto, y por su incapacidad aun de cumplir con las exigencias de su conciencia. Lo que necesita el hombre natural es la luz de la revelación divina para su vida y una conciencia regenerada para apropiarse de esta luz; como también que su conciencia sea una conciencia que ame a Dios y se afane para crecer en el entendimiento de su santa voluntad revelada para la vida humana.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ɖtica cristiana (pp. 45–64). Miami, FL: Editorial Unilit.

EL LIBRO PUEDES CONSEGUIRLO EN: https://es.logos.com/product/32728/coleccion-instituto-biblico

3 – EL CIELO GOBIERNA

Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

3 – EL CIELO GOBIERNA

Stephen Davey

Texto: Daniel 4:1-37

A travĆ©s de una de las historias mĆ”s extraƱas que encontramos en la Biblia, podemos ver un ejemplo tangible de una realidad que solemos olvidar. Sin importar quien lleva la banda presidencial… El Cielo Gobierna. SabidurĆ­a para el Corazón es el ministerio internacional de enseƱanza bĆ­blica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al espaƱol por Daniel Kukin.

Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra pƔgina https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

La batalla por la Sola Gracia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La batalla por la Sola Gracia

Por R.C. Sproul

Nota del editor:Ā Este es el segundo capĆ­tulo en la serie especial de artĆ­culos deĀ Tabletalk Magazine:Ā La historia de la Iglesia | Siglo VI

a primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje britĆ”nico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, AgustĆ­n de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enĆ©rgicamente al entendimiento de AgustĆ­n sobre la caĆ­da, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenĆ­a que la caĆ­da afectó solo a AdĆ”n y que no habĆ­a imputación de culpa o del Ā«pecado originalĀ» a la progenie de AdĆ”n. Pelagio insistĆ­a en que las personas nacidas despuĆ©s de la caĆ­da de AdĆ”n y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Ɖl argumentaba que la gracia Ā«facilitaĀ» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de AgustĆ­n de que la caĆ­da fue tan severa que dejó a los descendientes de AdĆ”n en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sĆ­nodo en CĆ”rtago.

Aunque el pelagianismo fue rechazado por la Iglesia, pronto surgieron esfuerzos para suavizar las doctrinas de AgustĆ­n. En el siglo V el mĆ”ximo exponente de tal suavización fue un abad de un monasterio en la Galia, llamado Juan Casiano. Casiano y sus compaƱeros monjes estuvieron completamente de acuerdo con la condenación de Pelagio por parte del sĆ­nodo en el 418, pero a la vez objetaron la fuerte postura de la predestinación expuesta por AgustĆ­n. Casiano creyó que AgustĆ­n habĆ­a ido demasiado lejos en su reacción contra la herejĆ­a de Pelagio y que habĆ­a abandonado las enseƱanzas de algunos de los padres de la Iglesia, especialmente de Tertuliano, Ambrosio y Jerónimo. Casiano dijo que la enseƱanza de AgustĆ­n sobre la predestinación Ā«debilita la fuerza de la predicación, de la reprensión y de la energĆ­a moral… sumerge a los hombres en la desesperación e introduce una cierta necesidad fatĆ­dicaĀ». Esta reacción contra el fatalismo implĆ­cito de la predestinación llevó a Casiano a articular una posición que desde entonces ha llegado a conocerse popularmente como el Ā«semipelagianismoĀ». El semipelagianismo, como indica su nombre, sugiere un punto intermedio entre Pelagio y AgustĆ­n. Aunque la gracia facilita una vida de rectitud, Pelagio pensaba que esta no era necesaria. Casiano argumenta que la gracia no solo facilita una vida de rectitud, sino que es una necesidad esencial para que uno logre alcanzar la rectitud. Sin embargo, la gracia que Dios pone a disposición de las personas puede y es a menudo rechazada por ellas. La caĆ­da del hombre es real y seria, pero no tan seria como AgustĆ­n suponĆ­a, porque cierto nivel de habilidad moral permanece en la criatura caĆ­da al punto de que la persona caĆ­da tiene el poder moral de cooperar con la gracia de Dios o de rechazarla. AgustĆ­n argumentó que esa misma cooperación con la gracia era el efecto de la capacitación de Dios al pecador para dicha cooperación. De nuevo, AgustĆ­n insistió en que a todos los que estaban contados entre los elegidos se les dio el don de la gracia regeneradora que les infundió la fe. Para Casiano, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación y ayuda a la voluntad humana a hacer el bien, en Ćŗltima instancia es el hombre, no Dios, quien debe querer lo bueno. Dios no le da al creyente el poder del querer porque ese poder para querer ya estĆ” presente a pesar de la condición caĆ­da del creyente. AdemĆ”s, Casiano enseñó que Dios desea salvar a todas las personas y que la obra de la expiación de Cristo es eficaz para todo el mundo.

Casiano entendió que la predestinación era un concepto bíblico, pero priorizó la presciencia divina sobre la elección de Dios. Eso significa que enseñaba que aunque la predestinación es un acto de Dios, la decisión de Dios de predestinar estÔ basada en Su previo conocimiento de cómo las criaturas humanas responderÔn a la oferta de la gracia. Para Casiano, no hay un número definido de personas que son elegidas o rechazadas desde la eternidad, ya que Dios desea que todos los hombres sean salvos, y sin embargo no todos los hombres son salvos. El hombre mantiene su responsabilidad moral y con esa responsabilidad el poder de elegir cooperar o no con la gracia. Al final, lo que Casiano estaba negando en la enseñanza de Agustín era la idea de la gracia irresistible. Para Agustín, la gracia de la regeneración es siempre eficaz y no serÔ rechazada por el elegido. Es una obra monergista de Dios que logra lo que Dios quiere que logre. La gracia divina cambia el corazón humano, resucitando al pecador de la muerte espiritual a la vida espiritual. En este acto divino, Dios lleva al pecador a creer en Cristo y a elegirlo. El estado previo de incapacidad moral es vencido por el poder de la gracia regeneradora. La palabra clave en la posición de Agustín es que la gracia regeneradora es monergista. Es la obra exclusiva de Dios.

Pelagio rechaza la doctrina de la gracia monergista y la reemplaza con una perspectiva sinergista, que involucra una obra de cooperación entre Dios y el hombre.

La posición de Casiano fue condenada en el Concilio de Orange en el 529, que mÔs adelante estableció la posición de Agustín como una expresión de la ortodoxia cristiana y bíblica. Sin embargo, con la conclusión del Concilio de Orange en el siglo VI (529), las doctrinas del semipelagianismo no desaparecieron sino que estuvieron en pleno funcionamiento a lo largo de la Edad Media y fueron concretadas en el Concilio de Trento en el siglo XVI. Estas doctrinas siguen siendo la postura mayoritaria de la Iglesia católica romana, aun en el siglo XXI.

La opinión mayoritaria en cuanto a la predestinación, incluso en el mundo evangélico, es que la predestinación no estÔ basada en el decreto eterno de Dios de traer a la gente a la fe, sino que estÔ basada en Su conocimiento previo de cuÔles personas ejercerÔn su voluntad para venir a la fe. En el centro de la controversia de los siglos V y VI, el siglo XVI y aún hoy, permanece la pregunta respecto al grado de corrupción que sobrevino sobre los seres humanos caídos en el pecado original; y la controversia continúa. La diferencia entre la controversia pelagiana y la problemÔtica del semipelagianismo es que el pelagianismo fue visto por la Iglesia en ese entonces y ahora como un enfoque subcristiano, y de hecho anticristiano, de la humanidad caída. La controversia semipelagiana, aunque seria, no se considera una disputa entre creyentes e incrédulos, sino un debate intramuros entre creyentes.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y tambiĆ©n se puede escuchar en lĆ­nea. Escribió mĆ”s de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, MoisĆ©s y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

El mensaje de la creación

Soldados de Jesucristo

Agosto 24/2021

Solid Joys en EspaƱol

El mensaje de la creación

John Piper

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SatanĆ”s y sus Ć”ngeles

Martes 24 Agosto

El diablo… ha sido homicida desde el principio… es mentiroso, y padre de mentira.Juan 8:44

El diablo que los engaƱaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre.Apocalipsis 20:10

SatanƔs y sus Ɣngeles

SatanĆ”s forma parte de los Ć”ngeles, esos seres espirituales creados por Dios. Tiene una inteligencia extraordinaria. La Biblia nos enseƱa que quiso ser como Dios, y que ese orgullo originó su caĆ­da (Ezequiel 28:11-19). Ahora reina, como el jefe de los demonios, sobre los Ć”ngeles que influenció para que siguiesen su rebelión. Ā”El infierno estĆ” preparado para ellos!

Desde la creación de AdĆ”n, SatanĆ”s trató de alejar al hombre de Dios, y lo incitó a rebelarse. Para ello no dudó en contradecir al creador. Dios habĆ­a advertido a AdĆ”n en cuanto al Ć”rbol de la ciencia del bien y del mal: ā€œEl dĆ­a que de Ć©l comieres, ciertamente morirĆ”sā€. Pero SatanĆ”s le dijo: ā€œNo morirĆ©is; sino que… serĆ©is como Diosā€ (GĆ©nesis 2:17; 3:4-5). Era hacer creer al hombre que Dios no querĆ­a su felicidad, y empujarlo al orgullo y a la incredulidad. Ā”Era mentir y calumniar gravemente al Dios de amor!

SatanÔs siempre trata de cegar al hombre y alejarlo del Dios que lo ama. Si el hombre se esfuerza tanto en contradecir la Palabra de Dios, es porque SatanÔs, el mentiroso, lo empuja a seguir la inclinación de su voluntad.

Seamos claros: SatanÔs quiere arrastrar a los hombres con él a la perdición. Dios no preparó el infierno para el hombre. Pero SatanÔs, el mentiroso, trata de convencer a los hombres de que este no existe, para así llevarlos mÔs fÔcilmente a ese lugar. ”Pero Dios es el único verdadero!

Ā”Cuidado! Escuchemos la Palabra del Dios verdadero. Ɖl no puede mentir. Ӄl salva a todo el que cree en JesĆŗs!

2 Crónicas 9 ā€“ 1 Corintios 2 ā€“ Salmo 99:1-5 ā€“ Proverbios 22:1-2Ā© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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