EL PECADO NOS ENGAÑA

Lumbrera

EL PECADO NOS ENGAÑA

Christopher Shaw

«¿Quién puede discernir sus propios errores?Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias, que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro y estaré libre de gran rebelión».
— Salmo 19.12–13

La pregunta que el salmista hace aquí es lo que se describe como una pregunta retórica. Este tipo de preguntas no requieren de respuesta porque ya está implícita en la misma pregunta. En este caso, la respuesta es: ¡nadie! No existe una sola persona que pueda discernir sus propios errores.

A pesar de esto, la mayoría de nosotros nos mostramos bastante confiados a la hora de defender nuestra falta de culpa. El salmista, a diferencia de nosotros, entendía un principio fundamental para la vida espiritual, y es que ningún ser humano posee claridad acerca del estado de su propia vida. Esta misma verdad fue reiterada por Jeremías, cuando afirmó que el corazón del hombre es más engañoso que todas las cosas, y sin remedio (17.9). Por más que nos propongamos mirar y examinar con cuidado nuestra vida, no podremos discernir nuestros propios errores, porque la esencia misma del pecado reside en el engaño. Lo que está oculto no puede ser tratado y posee toda la capacidad de descarrilarnos en nuestro andar. Por esta razón el salmista exclamó: «Líbrame de los que me son ocultos».

No es coincidencia, tampoco, que haya reparado en la soberbia cuando pensaba en pecados ocultos. De todos los pecados, el más difícil de detectar es el del orgullo. Como ha observado un sabio comentarista, «¡nadie está tan cerca de caer como aquel que esta confiado de estar bien parado!» Todos poseemos gran capacidad de ver el pecado del orgullo en nuestro prójimo, pero carecemos notablemente de discernimiento a la hora de examinar nuestra propia vida con respecto a este tema.

El salmista sabía que la soberbia no confesada se convierte en un amo implacable que domina la vida de la persona y lo lleva hacia la perdición. Esa persona ya no tendrá control sobre su vida, sino que su amo, la soberbia, se convertirá en la fuerza que dicta la manera de proceder en cada situación. Nadie le podrá señalar nada. Nadie lo podrá corregir. Nadie se le podrá acercar, porque la soberbia no se lo permitirá, no sea que descubra su propia maldad y se arrepienta.

Un líder soberbio es una persona que traerá mucho sufrimiento y dolor a la congregación que ministra. Por esta razón, es bueno que recordemos que nuestra propia opinión de la pureza espiritual muchas veces tiene poco que ver con nuestra verdadera situación. El líder sabio sabrá que hay realidades en su vida que no puede ver, que tienen toda la capacidad de neutralizarlo. No se confiará de la propia evaluación de su corazón. Buscará que el Señor lo examine, para traer a la luz aquello que está oculto y lograr así la verdadera integridad. Tampoco tendrá miedo de abrirse a que otros lo examinen, pues la misma capacidad que él posee de ver el pecado en otros es la que otros poseen hacia su persona.

Para pensar:

San Agustín escribió: «Cuando el hombre descubre su pecado, Dios lo cubre. Cuando el hombre tapa su pecado, Dios lo destapa. Cuando el hombre confiesa su pecado, Dios lo perdona».

Tomado de: https://lumbrera.me/2016/05/25/el-pecado-nos-engana-christophershaw/

Cómo ser cristiano en tiempos impíos

Soldados de Jesucristo Blog

Cómo ser cristiano en tiempos impíos

Gavin Peacock 

“Mas respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres. ” (Hhc. 5: 29)

No es fácil saber cómo vivir cuando los días son malos. Sin duda, la mayor parte del tiempo los cristianos debemos afrontar nuestra situación tal como se presenta. En esto, Dios nos enseña mucho: no somos soberanos, ni tenemos el control, y debemos aprender la piedad bajo un yugo.

Sin embargo, hay un momento en que, como dice Hechos 5, debemos obedecer a Dios antes que a los hombres. Ninguna autoridad, aparte de la de Dios, es absoluta. Los hombres son pecadores y los gobiernos pueden ser corruptos y gobernar con maldad en diferentes grados.

Si obedecer significa pecar, entonces no debemos obedecer. Esto incluye someterse al abuso. Como el CBMW (Concejo para la Masculinidad y Femineidad Bíblicas, por sus siglas en inglés) ha declarado, “El abuso no es sólo un pecado sino también un crimen. Es destructivo y malo. El abuso es un sello del diablo y está en oposición directa a los propósitos de Dios”. Esto significa que si lo que el Estado ordena nos pide que pequemos activamente o es un abuso abierto de los seres humanos y de los derechos humanos básicos legales, aunque sea en nombre de la justicia o del amor, puede ser correcto resistirse. Aceptarlo podría significar que estamos afirmando pasivamente su inmoralidad.

Sin embargo, para ayudarnos a decidir cuándo es correcto resistir al gobierno y cómo debemos hacerlo, necesitamos saber varias cosas.

Conocer la relación entre la Iglesia y el Estado

Jesús es el Señor de ambos. Él designa al gobierno y ordena a las autoridades para la ley y el orden. Pero este no tiene derecho a coaccionar la conciencia ni a restringir o prohibir lo que la Biblia dice que es bueno y necesario. Por lo tanto, hay una separación, pero con cierta superposición. Un día toda rodilla se doblará ante Jesús (Fil. 2: 10-11), pero hasta entonces habrá algún conflicto entre la Iglesia y el Estado.

Los cristianos están llamados a ser sal y luz (MT. 5:13-16). La sal se distingue por su salinidad, que no debe perderse. Pero también tiene un efecto conservante sobre todo lo que toca. Del mismo modo, la luz es distinta a las tinieblas, pero la luz penetra en las tinieblas.

Esto capta la distinción y separación que tiene la iglesia con respecto al estado y la cultura. Esa separación tiene que ver con la autoridad (con alguna coincidencia como la anterior). Pero también, la separación tiene que ver con la santidad. Sin embargo, esta separación no debe conducir a la desvinculación. De hecho, debe haber un compromiso con la sociedad y con las estructuras de autoridad de Dios dentro de ella para ser una influencia para el bien.

Esto significa que los cristianos deben condenar abiertamente el mal. La sal “muerde”, como dijo Martín Lutero. Dios ordenó el Estado y la familia como instituciones sociales para frenar el mal y promover el bien. Deben ser preservadas, pero para actuar con rectitud, y donde eso falte, los cristianos deben abordarlo, como una especie de desinfectante moral.

Sin embargo, el mandato de la Iglesia es predicar el evangelio y hacer discípulos de todas las naciones. Este mandato no es principalmente la transformación social. Por lo tanto, los cristianos deben asegurarse siempre de ser testigos fieles del Evangelio en ámbitos ajenos a la iglesia local.

Conocer el aspecto sutil de la tiranía

No debemos confundirnos al darnos cuenta de la guerra espiritual en la que nos encontramos (Ef. 6:10-20). Debemos estar atentos al hecho de que los que no están a favor de Cristo están en contra de Él (Mt. 12:30) y el mundo odiará a los cristianos porque primero odiaron a Jesús (Jn, 15:18). Seremos perseguidos por causa de Su nombre (Mt. 5: 10) y por ello sufriremos, a veces bajo gobiernos malvados.

A veces el estado es obviamente malvado y opresivo como hemos visto en países dentro de África y en Corea del Norte por ejemplo. Sabemos que las personas caídas son pecadoras y algunas están maquinando y planificando grandes maldades al interior de los gobiernos. También tenemos que reconocer cómo es la tiranía sutil. (Ver la propaganda sutil de la segunda bestia en Apocalipsis 13).

A menudo se hace en nombre del amor, pero es un vehículo para destruir la familia nuclear y la iglesia (como la agenda radical LGBTQ/feminista/BLM [1]). A nivel de fundamentos, está pisoteando la gloria de Dios y destruyendo la idea de lo que significa ser humano.

Todo esto cuestiona el orden de la creación en las Escrituras: lo que significa ser portadores de una imagen, hombre y mujer, la institución del matrimonio entre un hombre y una mujer y el sexo sólo dentro de ese pacto, el fruto de los bebés, el fundamento social de las familias, la autoridad de los padres y el gobierno patriarcal en el hogar, y la santidad de la vida. La iglesia debe ser un bastión de la verdad en estas cuestiones del orden de la creación.

Conocer nuestros derechos

Debemos conocer nuestros derechos para dejarlos de lado por el bien mayor, como Pablo (1 Cor. 9) y Jesús (Fil. 2). Pero también debemos conocer nuestros derechos legales para poder invocarlos para un bien mayor: como Pablo haciendo valer su ciudadanía romana que obligó a una disculpa del gobierno por un castigo injusto (Hch. 16: 37- 38) y en otra ocasión donde con la misma acción evitó un castigo injusto del gobierno (Hch. 22: 25- 28).

Además, debemos conocer nuestro derecho a apelar al gobierno e incluso que podamos hablar la verdad al poder. Daniel y Juan el Bautista muestran el camino en cuanto a hablar la verdad en el ámbito público. También debemos apelar respetuosamente y, sin embargo, con fuerza, escribiendo a los gobernantes y pidiéndoles una demostración de su justificación en la acción que están llevando a cabo. La “doctrina de los magistrados menores”[2] ofrece cierta estructura y orientación sobre cómo puede funcionar este tipo de resistencia.

Conocer los tiempos (1 Crón. 12:32)

Hace años, había mucha menos información disponible; la gente tenía que aceptar lo que le decían y confiar en las autoridades y los expertos. Ahora, tenemos el internet, a través del cual tenemos acceso a información, tanto verdadera como falsa. Las teorías abundan e Internet las alimenta. El atractivo de las diversas teorías y de los expertos autoproclamados en las redes sociales es que hay algo de verdad en ellas que puede parecer que da sentido a las cosas. Esto atrae a las mentes curiosas que quieren tener un control de todo (no es que toda la curiosidad sea algo malo, pero las cosas secretas pertenecen al Señor, véase Deut. 29:29). Esto ha aumentado en cierta medida el malestar y la desconfianza en el gobierno.

Conocernos a nosotros mismos

Somos una generación bastante impaciente, no se nos da bien esperar y aguantar. La restricción no está tan presente en nuestro vocabulario occidental. Hemos conocido la gran libertad y la gratificación rápida, y por eso, como Veruca Salt [3] de “Charlie y la Fábrica de Chocolate”, cantamos ¡Lo quiero ya!

También estamos en contra de la autoridad de manera significativa. En el hogar, la iglesia y la sociedad. Vivimos en una época de autodefinición en la que rige el subjetivismo y la mentalidad de las necesidades “sentidas”. Una sociedad en la que los que deberían asumir el liderazgo no lo hacen y los que deberían estar bajo la autoridad, no lo hacen. Además, debemos reconocer nuestras particulares propensiones pecaminosas a estas cosas. Los individuos deben preguntarse: ¿son el orgullo de la impaciencia, la ira y la ansiedad, actitudes y emociones con las que lucho particularmente?

Saber que necesitamos tanto la sabiduría como la prudencia

De hecho, viven juntas (Pro. 8:12). La sabiduría se esfuerza por alcanzar los fines más elevados. Conoce el meollo del asunto y su objetivo. La prudencia dirige los medios más eficaces para llegar a ese fin. La prudencia nos impide juzgar y actuar precipitadamente (como Jesús en Juan 2:24-25). La prudencia evita el peligro prematuro (como Jesús, que se esconde de los fariseos cuando conoce sus planes en Mateo 12:15). La prudencia también evita que nos ofendamos innecesariamente (como Jesús al dar lo que se debe al César en Marcos 12:17), o como las instrucciones de Pedro de honrar a todas las personas y respetar a los que tienen cargos sobre nosotros (1 Pd. 2:17)). Las acciones de Daniel en el libro del Antiguo Testamento son un modelo para nosotros de cómo relacionarnos sabia y prudentemente con un gobernante tirano.

Mantener estas seis verdades ante nosotros no hará que todas las dificultades se desvanezcan en el aire. Pero recordar la sabiduría bíblica nos ayudará a mantenernos en el camino estrecho en tiempos impíos, cuando sintamos palpablemente que las fuerzas de las tinieblas tratan de apartarnos de Dios. No nos dejemos arrastrar; conozcamos la verdad, y aferrémonos a Cristo, y soportémoslo todo para ganarlo todo.

Gavin es uno de los pastores de la iglesia Calvary Grace Church, en Calgary y es el Director de Alcance Internacional del Concejo de Masculinidad y Femineidad Bíblicas.

[1] BLM: Black Lives Matters

[2] La doctrina de los magistrados menores declara que cuando la autoridad civil superior o superior hace una ley o decreto injusto/immoral, la autoridad civil menor o de menor rango tiene tanto el derecho como el deber de negarse a obedecer a esa autoridad superior. Si es necesario, la autoridad inferior puede incluso resistir activamente a la autoridad superior.

[3] Veruca Salt es uno de los personajes del film “Charly y la fábrica de chocolates. Una niña caprichosa y engreída.

Gavin Peacock

Gavin Peacock

Gavin es pastor de la Iglesia Calvary Grace de Calgary y director de alcance internacional del Consejo sobre la masculinidad y la feminidad bíblicas.

1 – RESOLUCIONES

Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

1 – RESOLUCIONES

Stephen Davey

Texto: Daniel 1:1-21
En nuestra nueva serie de estudios, veremos el ejemplo de un hombre que hizo algunas resoluciones cuando todavía era joven. Él enfrentará la enorme presión de la sociedad para amoldarse, y sus resoluciones lo pondrán directamente en medio un conflicto que pondrá su vida en riesgo.

Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

VISITE NUESTRA PÁGINA: https://www.sabiduriaespanol.org

Lo bueno, lo malo y lo feo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Lo bueno, lo malo y lo feo

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el sexto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El Edicto de Milán del año 313 d. C. legalizó el cristianismo. La tolerancia de esta nueva fe en Roma no fue un proceso gradual. Ocurrió de repente, justo después de algunas de las persecuciones más brutales contra los cristianos. Pronto, las autoridades romanas estaban besando las manos heridas de los creyentes cristianos a los que ellos habían torturado. El paganismo rápidamente se desvaneció como la religión oficial del Imperio romano, solo para ser reemplazado por la Iglesia cristiana. El cristianismo, que una vez fue despreciado y perseguido, emergió triunfante de las catacumbas; con lo cual comenzaron realmente sus problemas.

Constantino

El emperador Diocleciano, quien inició las persecuciones más violentas y sistemáticas de cristianos, gobernó como parte de una tetrarquía en la cual compartía el poder con otros tres emperadores: Galerio en Europa central, Maximiano en Italia y África, y Constancio Cloro en Galia y Britania. Constancio Cloro rehusó atacar a los cristianos en su jurisdicción, pero los demás llegaron al fanatismo en su resolución de erradicar la nueva religión con una crueldad nunca antes vista: destruyeron iglesias y biblias, encarcelaron al clero y condenaron a muerte a todos los que se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses romanos.

Antes de la batalla contra su último enemigo, Constantino, hijo de Constancio Cloro, tuvo un sueño. Él vio una cruz con las palabras: «Con esta señal, vencerás». Constantino reemplazó el águila romana por cruces, que eran llevadas como estandartes y estaban pintadas en los escudos de sus soldados. El 27 de octubre del año 312, en la Batalla del puente Milvio, justo a las afueras de Roma, Constantino conquistó bajo la señal de la cruz y el nuevo emperador le dio el crédito al Dios cristiano. En enero del nuevo año, proclamó el Edicto de Milán, que establecía que los súbditos de Roma podían seguir la religión que escogieran. El decreto también reconoció oficialmente al cristianismo y dispuso que las iglesias y los cristianos que habían perdido sus propiedades durante las persecuciones fueran indemnizados con fondos procedentes del tesoro imperial. Aunque el decreto garantizó la libertad religiosa también para los paganos, Constantino favoreció a la Iglesia, que pronto reemplazó a la antigua religión en influencia y poder. Adicionalmente, el emperador ejerció liderazgo en la Iglesia: nombró obispos, convocó el Concilio de Nicea, y, en efecto, se instauró a sí mismo como cabeza de la Iglesia. Pero, ¿era Constantino cristiano? Parece que no hasta que se halló en su lecho de muerte, cuando finalmente fue bautizado. En esa ocasión, dijo: «Ahora dejemos de lado toda duplicidad». Constantino fue uno de los emperadores romanos más talentosos y fue tan despiadado como los otros emperadores, llegando a condenar a su propio hijo a la muerte. Él continuó honrando a los dioses romanos, aun mientras llegó a apreciar el poder mayor de Jesucristo. Su madre Helena fue una creyente devota, aunque no está claro si llegó a la fe antes o después de que su hijo ascendiera al trono. Sin embargo, Constantino mismo siempre estuvo confundido teológicamente. A pesar de que convocó el Concilio de Nicea, fue influenciado por los arrianos. De hecho, fue bautizado por un obispo arriano. Luego de su muerte, el Senado romano le rindió homenajes de la misma forma que a los otros emperadores exitosos: votando para deificarlo. Sin embargo, gracias a Constantino la Iglesia emergió de la clandestinidad, influyendo positivamente en la cultura, floreciendo intelectualmente y estableciendo lo que se convertiría en los cimientos de la cristiandad, pero todo esto tuvo su precio.

Cristianismo constantino

Con la legalización de la Iglesia, el cristianismo, bajo Constantino, comenzó a ejercer su influencia moral positiva sobre una Roma que estaba en decadencia. Aunque las feministas de hoy día afirman que el cristianismo es opresivo, con muchas de ellas glorificando un pasado pagano imaginario en el que se adoraban diosas, la verdad es que las mujeres eran terriblemente oprimidas y abusadas bajo el paganismo; fue el cristianismo el que las liberó. Constantino, influenciado por la Iglesia, aprobó leyes que permitían a las mujeres administrar propiedades y las protegían de violaciones. A las madres les fueron dados derechos sobre sus hijos que antiguamente solo tenían los padres. Se protegió el matrimonio mediante nuevas leyes que restringían el divorcio y castigaban el adulterio. El infanticidio, la clásica práctica de «abandonar» bebés no deseados, fue prohibido como uno de los peores delitos. Se detuvo el sangriento espectáculo deportivo de observar cómo los gladiadores se mataban entre sí. Se adoptaron disposiciones para cuidar de las viudas y los huérfanos, los enfermos y los pobres.

Pero no solo la Iglesia comenzó a influenciar a la cultura; la cultura comenzó a influenciar a la Iglesia. Bajo Diocleciano, no había creyentes nominales. Nadie se unía a la Iglesia sin ser movido por la más profunda de las convicciones, ya que confesar a Cristo era un delito capital. No obstante, una vez el cristianismo se volvió políticamente correcto y popular en la cultura —de hecho, una forma de ser más estimado por el emperador— unirse a la Iglesia dejó de ser lo mismo. La gente abrazó el cristianismo sin necesariamente entender sus enseñanzas ni tener verdadera fe en Cristo, trayendo con ellos sus cosmovisiones paganas a la Iglesia.

Bajo Constantino y sus sucesores, la Iglesia cristiana como institución llenó rápidamente el vacío de los templos paganos. Durante el antiguo régimen, los sacerdotes estaban libres de impuestos, privilegio que se extendió al clero cristiano, por lo cual muchos romanos entraron al ministerio por motivos distintos a los religiosos. El Estado daba sus riquezas a los templos paganos, así que ahora los fondos estatales fluían en la Iglesia, con todas las tentaciones, la complacencia y el materialismo que las grandes riquezas pueden traer. Los sacerdotes cristianos reemplazaron a los sacerdotes paganos como consejeros y pronosticadores oficiales y le daban su aprobación a la corte imperial con oraciones y ceremonias, tal como lo hacían los sacerdotes paganos con sus sacrificios. La Iglesia también se politizó, con el emperador imponiendo su voluntad en asuntos del gobierno eclesiástico. La alianza entre la Iglesia y el Estado llegó a ser tal que los herejes no solo podían ser excomulgados, sino que también castigados por el poder civil. A medida que la distinción entre la Iglesia y el mundo se desvanecía, la Iglesia se volvió mundana.

No fue que, necesariamente y en todos los casos, la Iglesia siguió ciegamente al emperador en todos los casos, o que sucumbió totalmente a la cultura. A pesar de que Constantino convocó el Concilio de Nicea en un esfuerzo por unificar a la Iglesia luego de las múltiples herejías que salieron a la superficie después de la legalización del cristianismo, y a pesar de que, en un principio, ayudó a hacer respetar las enseñanzas de la Iglesia con respecto a la Trinidad, al poco tiempo él mismo se vio influenciado por los arrianos, quienes negaban la completa deidad de Cristo. Fue Constantino quien exilió a Atanasio, el teólogo que, se dice, enfrentó a todo el mundo para declarar la divinidad de Cristo.

Cuando Roma finalmente cayó, la Iglesia fue la única institución que se mantuvo en pie. Cuando los bárbaros, muchos de los cuales eran cristianos arrianos, terminaron con sus saqueos y el polvo de los años oscuros se asentó, surgió la nueva civilización de la Edad Media. Hubo corrupción cuando el Estado gobernó la Iglesia, pero esta incluso empeoró cuando la Iglesia gobernó al Estado. La Iglesia medieval adoptó la ornamentación, las jerarquías y el autoritarismo de la Roma imperial. Por la autoridad de un documento falso llamado la «Donación de Constantino» —que pretendía ser una concesión en que el emperador le entregaba al papa el dominio temporal— el papado medieval reclamó autoridad terrenal además de la espiritual. Esto creó una tiranía total y absoluta, al punto de que los reformadores abogaron por la autoridad de los gobernantes «seculares» por encima de y contra la jerarquía eclesiástica.

La paradoja

Ciertamente fue bueno que el cristianismo fuera legalizado, que los creyentes ya no tuvieran que temer por sus vidas, que la Iglesia pudiera jugar su rol moldeando la civilización. El problema con el Edicto de Milán y sus implicaciones fue que las esferas del gobierno terrenal y la nutrición espiritual se confundieron entre sí. La Iglesia llegó a ser como el gobierno en su ejercicio del poder y el gobierno llegó a ser como a la Iglesia al atribuirse un estatus divino. Esto impidió que tanto la Iglesia como el Estado funcionaran de la forma para la cual Dios los diseñó.

La Biblia, en Romanos 13 y otros pasajes, enseña claramente que los emperadores y otras autoridades terrenales en verdad son aprobados y usados por Dios para mantener orden en un mundo pecaminoso. El Estado y la cultura están sujetos a la ley moral de Dios, que restringe la maldad y promueve la justicia incluso en los incrédulos. Los logros de la civilización son buenos, y deben considerarse como bendiciones de Dios.

Sin embargo, la Iglesia es un reino que no es de este mundo. No actúa mediante poder coercitivo, sino por la Palabra de Dios. El Espíritu Santo llama a las personas a la fe, las libra del reino de la ley y las trae a la gracia y al perdón del evangelio. Esta fe no puede ser coaccionada. La Iglesia está enfocada en la eternidad por encima de todo, y su misión es traer salvación. No debe preocuparse por su propia gloria, sino que vive bajo la cruz de su Señor crucificado y resucitado.

Los cristianos deben estar en el mundo, pero no deben ser del mundo; viviendo positivamente la fe en sus diversas vocaciones en el plano «secular» e influenciándolo para bien, mientras recuerdan que, en última instancia, su ciudadanía está en los cielos.

Una de las grandes paradojas de la historia cristiana es que la Iglesia es más pura en tiempos de hostilidad cultural. Es cuando las cosas son fáciles y los tiempos son buenos que la Iglesia con mucha frecuencia se descarría. Cuando el cristianismo parece ser idéntico a la cultura e incluso cuando la Iglesia parece estar disfrutando su mayor éxito terrenal, entonces es más débil. 

En cambio, cuando la Iglesia enfrenta dificultades, persecución y sufrimiento —piensa en los cristianos de la Reforma durante la Inquisición, la Iglesia clandestina bajo el nazismo y el comunismo, y las iglesias secretas que en la actualidad se reúnen en casas en los países islámicos— entonces está más cerca de su Señor crucificado, entonces hay menos hipócritas y creyentes nominales en su membresía, y es entonces cuando la fe de los cristianos arde con más intensidad. 

Hoy en día, a pesar de que continúa habiendo iglesias que se conforman a la cultura, la era del cristianismo constantino casi ha llegado a su fin. Estamos entrando a una nueva era de hostilidad cultural al cristianismo verdadero y, paradójicamente, esa es una buena noticia para la Iglesia. Uno pensaría que sería un obstáculo para el crecimiento de la Iglesia si unirse a ella significara la pena de muerte. Sin embargo, el tiempo de persecución fue el mayor período de crecimiento eclesiástico en toda la historia.

Sin duda alguna, esta nueva hostilidad cultural va a ser mucho menos intensa que la que soportaron los antiguos cristianos romanos, al menos en el corto plazo. Sin embargo, parece que un nuevo paganismo se está gestando, un nuevo panteón politeísta de todas las religiones mundiales ante el cual se esperará que todos doblen las rodillas. No obstante, tal vez este panorama vaya acompañado de una Iglesia purificada y energizada una vez más, que infunda en sus creyentes la fe de las catacumbas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Ten piedad de mí, oh Dios

Soldados de Jesucristo

Agosto 03/2021

Solid Joys en Español

 Ten piedad de mí, oh Dios

John Piper

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Apolo 15

Martes 10 Agosto

Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces… Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán.Hebreos 1:10-12

Apolo 15

Cuando el astronauta J. Irwin contaba su aterrizaje en la luna, en la misión Apolo 15 (1971), solía añadir: “El hecho de que Jesucristo haya caminado en la tierra es más importante que el hecho de que un hombre haya caminado sobre la luna”. El evento que muchos saludaron en aquella época como el apogeo de la tecnología tenía, pues, menos valor a los ojos de uno de sus actores principales que la venida del Hijo de Dios a la tierra. En efecto, es preciso reflexionar tanto en los orígenes como en las consecuencias de estos dos acontecimientos: ¡en eso se oponen totalmente!

Por un lado, el hombre tiene una gran sed natural de conocer el mundo que le rodea, una ambición insaciable que lo lleva a elevarse por encima de todo.

Por otro lado, Jesucristo, el Hijo de Dios, se humilló hasta el punto de tener un pesebre como cuna, acontecimiento que pasó desapercibido para los hombres, salvo para algunos pastores. Tomó un cuerpo semejante al nuestro para servir a los intereses de Dios, en una obediencia perfecta, cuya máxima expresión fue la muerte en la cruz (Filipenses 2:6-8).

¿Cuáles fueron los resultados de esos dos acontecimientos? Que el hombre haya caminado sobre la luna no cambió gran cosa para usted ni para mí. Pero que Cristo haya venido a la tierra, que haya muerto en una cruz y resucitado al tercer día, esto cambió el destino eterno de una multitud de gente, de todos los que creen en él. Y pronto, mediante el despliegue de un poder sin igual, el Señor llevará al cielo a todos los que lo aceptaron como su Salvador.

1 Crónicas 23 – Lucas 19:1-27 – Salmo 92:5-9 – Proverbios 21:5-6© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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