Alimentemos El Alma
LIBRO: ĆTICA CRISTIANA
Gerald Nyenhuis & James P. Eckman
Contiene las obras Ćtica cristiana: Un enfoque bĆblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ćtica cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guĆa de estudio de FLET enĀ http://www.logos.com/es/flet.
CapĆtulo 3
EL AGENTE MORAL CRISTIANO EN LOS ESTADOS DEL PECADO Y DE LA REDENCIĆN
I. En el estado del pecado
SegĆŗn el testimonio de la Biblia (confirmado en la experiencia humana), el desarrollo del hombre, hecho a la imagen divina, no ha sido gradual ni normal. Una catĆ”strofe trastornó su desarrollo moral. Esta catĆ”strofe en la historia de la moralidad humana se conoce como Ā«la caĆdaĀ», la primera entrada del pecado en la historia humana. A fin de que nuestra Ć©tica quede estrechamente relacionada con la vida del hombre, nos conviene entender la naturaleza del pecado.
A. La naturaleza del pecado
Pecado es una palabra que rĆ”pidamente estĆ” perdiendo su sentido teológico en el vocabulario del hombre moderno. Por supuesto, nadie puede negar la realidad del pecado, ya que seguimos construyendo cĆ”rceles, cerramos nuestras casas y ponemos llave a nuestros coches, y hay policĆas en todos los comercios. Aunque no es posible negar su realidad, hay una renuencia para emplear el tĆ©rmino Ā«pecadoĀ». El hombre moderno que todavĆa retiene el tĆ©rmino, lo usa con acepciones nuevas y le quita su significado original.
En nuestro estudio del pecado debemos notar dos conceptos modernos muy comunes en cuanto a la naturaleza del pecado āel concepto naturalista-humanista y el concepto panteĆsta-especulativoā, y contrastarlos con el concepto cristiano.
1. Concepto naturalista-humanista
La base de este concepto es, por supuesto, el punto de vista naturalista de la realidad. Tanto el hombre como el mundo se interpretan en tĆ©rminos de fuerzas naturales. La Ćŗnica explicación del ser humano para los que aceptan el punto de vista naturalista es que el hombre mismo y, por ende, toda su conducta y actuación es producto de fuerzas naturales. La vida humana es por consecuencia un proceso de ajuste al ambiente que es esencialmente fĆsico y biológico. Los factores espirituales de la vida son en esencia mecĆ”nicos o biológicos. Desde este punto de vista, el pecado no es mĆ”s que un mal ajuste del ambiente; y el bien, segĆŗn este concepto, es meramente lo mĆ”s Ćŗtil y lo mejor ajustado. En tĆ©rminos mĆ”s humanistas, el pecado no es mĆ”s que una desadaptación al ambiente social. Algunas veces este concepto se expresa en tĆ©rminos mecĆ”nicos. El ser humano es considerado como una mĆ”quina, finamente ajustado, pero que a veces pierde su afinación. El tiempo interno, como un motor, hace que todas las partes se acoplen bien y el engranaje funcione sin estorbos, pero a veces se pierde el ritmo y hay discordancia. La Ć©tica entonces tiene que Ā«poner a tiempoĀ» de nuevo esta fina mĆ”quina que es el ser humano. La analogĆa funciona tal vez como ilustración en algunos casos, pero representa un concepto del ser humano que no sirve de base para la Ć©tica cristiana. Todo tipo de Ć©tica materialista se puede incluir en el concepto naturalista-humanista.
2. Concepto panteĆsta-especulativo
El concepto panteĆsta-especulativo es el concepto predilecto del pecado de los que aceptan un tipo idealista de la filosofĆa. SegĆŗn ellos, el pecado es la falta de ver las cosas en su totalidad, en su integridad. El pecador es el que ve las cosas parcialmente y fuera de su verdadera relación. El estado del pecado es igual a tener un punto de vista incompleto de la realidad. El pecado desaparecerĆ” tan pronto como tengamos un punto de vista mĆ”s comprensivo, algo que se logra con el cultivo intelectual.
El ser humano es considerado como portador de ciertos aspectos de la divinidad. Habiendo emanado del ser divino y siendo una manifestación de Ć©l no hay limites para su desarrollo. Todo ser humano tiene dentro de sĆ las posibilidades de grandeza, y al quitar lo que estorba su desarrollo la humanidad llegarĆ” a nuevas alturas. Esto se realiza con el desarrollo de sus capacidades intelectuales y artĆsticas, y sobre todo de la imaginación. Por decirlo en una forma metafórica: la semilla de la divinidad en el ser humano se desarrollarĆ” en una transformación gradual de la naturaleza humana en algo muy divino. El pecado en este sistema de pensamiento es bĆ”sicamente social. Es lo que hay en el ambiente lo que estorba este deseado desarrollo del ser humano. No cabe duda que para el mundo actual que no toma en serio el hecho de que el ser humano es un ser creado, este concepto es muy atractivo.
3. Concepto cristiano y bĆblico
Ninguno de los dos conceptos mencionados arriba basta para expresar la verdadera naturaleza del pecado. Podemos notar que los que tienen estos conceptos ven algo correcto en el pecado y algo muy noble en su pensamiento, pero el concepto que tienen no concibe el pecado desde la misma perspectiva que la Biblia. Su concepto del pecado no es adecuado y no proporciona los elementos necesarios para una Ʃtica cristiana autƩntica.
El concepto cristiano y bĆblico es muy diferente. Para los propósitos de este estudio no encontramos una expresión mĆ”s correcta y mĆ”s completa que la respuesta a la pregunta catorce del Catecismo menor de Westminster: Ā«El pecado es la falta de conformidad con la Ley de Dios y la trasgresión de ellaĀ» (cf. 1 Juan 3:4).
Esto involucra las siguientes caracterĆsticas:
a. El pecado tiene Ā«esenciaĀ» espiritual, es decir, pertenece, esencialmente, no a la esfera fĆsica, ni a la especulativa y filosófica (la mera racionalidad) sino a la esfera moral. Aun Ā«las pasiones de la carneĀ» no son principalmente carnales, sino son una disposición o actitud del espĆritu, que involucra todo el ser humano.
b. El pecado es asunto de la voluntad; es una voluntad contra otra. Esto no quiere decir que los sentimientos y el intelecto no estƩn involucrados. El pecado ha infectado todo el ser humano, pero la esencia del pecado es de ir voluntariamente contra la voluntad de Dios.
c. El pecado es pecaminoso (en distinción de lo meramente malo) porque es una violación de la voluntad de Dios. Todo pecado es contra Dios; es oposición a Ćl. No se puede entender lo que es el pecado y evitar una consideración de Dios. El pecado no es solamente trasgresión de la Ley; es trasgresión de la Ley de Dios. Cada ofensa contra el prójimo, o contra la sociedad, es primeramente una ofensa a Dios.
d. El pecado implica una antĆtesis radical, una antĆtesis que no se puede resolver en una sĆntesis sino que muestra un gran conflicto moral. El mal no es simplemente Ā«el bien todavĆa por realizarseĀ». El pecado nunca puede desarrollarse en el bien, aunque Dios puede trascender los motivos y la naturaleza del pecado y usarlo para sus propios propósitos. El pecado sigue siendo pecado y es oposición a Dios y sus propósitos, y siempre queda relacionado antitĆ©ticamente con el bien. El hecho de que los planes de Dios prevalecen, hasta invalidar el pecado y sus efectos en ciertos casos, no nulifica lo pecaminoso del pecado. (Ejemplos de ello se ven en la historia de JosĆ© en GĆ©nesis 37, 39ā46).
AdemĆ”s de estas cuatro caracterĆsticas, que debemos acentuar hoy dĆa en contra de los muchos conceptos erróneos actuales, la Biblia nos enseƱa que el pecado es universal; que es condición tanto como acción; y que ha corrompido toda la naturaleza humana (la depravación total). Esto es decir que el pecado afecta a todo ser humano y todo el ser del ser humano.
B. La influencia del pecado
Podemos ver la influencia del pecado sobre el hombre como agente moral desde tres perspectivas que son las mismas que hemos examinado como las implicaciones morales de la naturaleza esencial del hombre: 1. la de su verdadero fin o ideal, 2. la de su libertad, y 3. la de su conciencia.
1. La influencia del pecado en cuanto al fin, o ideal, verdadero del hombre
El hombre en el estado de pecado no ha perdido la idea de un fin o ideal. La tiene y lo motiva. Mientras que no degenere en bruto puede concebir una meta para su vida. Pero cualquier concepto que tenga de su fin, siendo pecador, serÔ un concepto torcido y tergiversado. Odia a Dios y, por tanto, el ideal de su vida no es ya el de hacer la voluntad de Dios. A veces hace lo que pueda parecer ser moralmente bueno, pero no lo hace para agradar a Dios. Todo su esfuerzo es para beneficio propio, o, si es mÔs altruista, para mejorar ciertas condiciones sociales en beneficio de la «humanidad». El ideal teocéntrico de la vida, que le orientaba en su estado original, es decir, antes del pecado, estÔ totalmente ausente.
2. La influencia del pecado sobre la libertad humana
Anteriormente hemos visto que con referencia a la voluntad podemos hablar de tres tipos de libertad: el psicológico, el teológico, y el moral. Este Ćŗltimo es el mĆ”s importante para nuestro estudio, pues estĆ” relacionado con la capacidad humana de alcanzar su verdadero fin. El primer tipo de libertad sĆ estĆ” afectado por la caĆda del hombre en el pecado, pero solamente en sentido indirecto. Sigue con la experiencia de Ā«autodeterminaciónĀ» dentro de los lĆmites que le impone su ambiente. El hombre sigue sintiĆ©ndose libre ya que sus actos son resultado de fuerzas puramente naturales. Sigue actuando como ser racional-moral. El segundo tipo de libertad tampoco estĆ” modificado por el pecado. El hombre es libre pues no estĆ” obligado a actuar por voluntad ajena contra la suya propia, ni aun por la voluntad de Dios. Pero la libertad en el tercer sentido sĆ estĆ” perdida. Y este es el sentido en que los teólogos suelen hablar de la libertad de la voluntad. Debido a su caĆda en el pecado el hombre ya no tiene facultad de escoger y vivir segĆŗn su verdadero propósito, su summun bonum, la voluntad de Dios. El estado de posse non peccare se ha cambiado en el de non posse non peccare. El hombre en el estado de pecado siempre es esclavo del pecado. Vive en la servidumbre. Es cierto que en un sentido puede hacer algo de lo relativamente bueno, lo que nuestros teólogos antepasados llamaban Ā«bienes cĆvicosĀ», pero esto es el resultado de la bondad comĆŗn (se refiere a la actitud bondadosa de Dios hacia el hombre cual hombre, sin que resulte necesariamente en su salvación). Esta actitud de Dios restringe el pecado y limita sus efectos, es lo que algunos llaman la Ā«gracia comĆŗnĀ». El hombre no puede hacer lo bueno en el sentido mĆ”s profundo, en el sentido verdadero: lo que es bueno ante Dios. Lo que escoge el hombre en el estado de pecado siempre estĆ” de acuerdo con los principios y el poder del pecado, e invariablemente conduce a una vida de enajenamiento y enemistad contra Dios.
3. La influencia del pecado en cuanto a la conciencia humana
La caĆda en el pecado no borra el carĆ”cter moral del hombre. Este sigue siendo un ser moral. El hombre no perdió la conciencia. Todo lo que hemos dicho sobre la conciencia se puede aplicar tambiĆ©n a la conciencia del ser humano en el estado de pecado. Sin embargo, tenemos que afirmar que seguramente la conciencia habĆa sido afectada por el pecado, y esto en dos sentidos:
a. El conocimiento de la norma con que la conciencia juzga y regula la conducta humana estĆ” pervertido y, por tanto, en su ejercicio la conciencia estĆ” equivocada. El sentido de lo recto y lo equivocado estĆ” tergiversado. Aunque varĆa de individuo a individuo, fundamentalmente la perversión es total en todos porque la voluntad de Dios ya no es su norma. La perversión total quiere decir que la totalidad del hombre estĆ” pervertida, no hay aspecto alguno en Ć©l que no estĆ© afectado, pero no podemos decir que el grado de su perversión sea el mĆ”ximo posible. Todos los hombres pecan constantemente y no pueden dejar de pecar, pero ninguno peca todo lo que le sea posible pecar.
b. La sensibilidad de la conciencia para discernir el mal se ha debilitado. Aunque el grado de debilidad varĆa de individuo a individuo, la habilidad de la conciencia estĆ” enormemente reducida. No hay persona humana que pueda confiar en el funcionamiento de su conciencia como guĆa incuestionable. Sin embargo, con todas estas consideraciones, afirmamos que la conciencia se encuentra en cada ser humano, y sigue operando, aun con serias limitaciones, tambiĆ©n en el estado de pecado.
II. En el estado de redención
El principio y el fin del sistema bĆblico de la verdad es Dios; pero el centro del sistema cristiano es la redención en y por Cristo. El aspecto soteriológico de la verdad cristiana tiene por ello gran significación para la Ć©tica cristiana. Precisamente por esto, tenemos la doctrina de la redención como un supuesto bĆ”sico para la vida moral cristiana. La soteriologĆa tiene dos fases: la objetiva y la subjetiva. Son dos fases de una sola redención, de una sola salvación realizada por Dios tanto fuera como dentro del ser humano. La primera fase habla de la redención realizada objetivamente por Cristo, en su vida y en su muerte; la segunda trata de la redención aplicada por el EspĆritu Santo al corazón del creyente. La parte objetiva se realiza en la historia humana, fuera del ser humano, y la parte subjetiva se realiza dentro del corazón humano. La doctrina bĆ”sica tanto de la fase objetiva como de la subjetiva es la regeneración.
A. La fase objetiva de la soteriologĆa en cuanto a la Ć©tica, o las implicaciones Ć©ticas de la redención
Se la puede resumir de la siguiente manera:
1. El pecado humano es perdonable porque es esencialmente la violación de la voluntad de Dios. Tratamos aquĆ la posibilidad del perdón hasta donde esta posibilidad sea determinada por la naturaleza moral del pecado. El pecado no es elemento constituyente de la realidad en sĆ. Es decir, no pertenece a la constitución de las cosas. Es mĆ”s bien una falta; es la falta de conformidad con la voluntad de Dios. Si el pecado fuera necesario, o esencial, para la existencia finita (o creada) del hombre, la redención no serĆa posible. O sea, el pecado no es parte de la esencia del hombre, creado a la imagen de Dios. (En el caso de que fuera, por supuesto, tampoco habrĆa sido posible la caĆda, porque el pecado habrĆa comenzado con la existencia del hombre finito). Desde este punto de vista, la Ćŗnica Ā«salvaciónĀ» posible al hombre hubiera sido su propia destrucción como ser finito, y asĆ dejarĆa de ser hombre. Es precisamente esto lo que se enseƱa en algunas de las soteriologĆas contemporĆ”neas. Dicen que el pecado es inherente a la constitución finita de las cosas. La salvación humana se logra al dejar la existencia finita para sumergirse en el ocĆ©ano del Gran Todo. (Nirvana es precisamente esto). Ā”CuĆ”n diferente es del verdadero cielo!
2. El pecado humano, siendo violación de la santa voluntad de Dios, no es perdonable sin que haya una satisfacción moral. El pecado, ya descrito arriba, hace que la reconciliación entre Dios y el hombre se efectúe solamente al quitar la ofensa que forma una barrera moral y destruye la comunión entre el hombre y su Dios. Se ha violado la santa voluntad de Dios y, sin que haya una satisfacción no habrÔ reconciliación. Dios no descarta su santa y perfecta voluntad.
Se puede objetar: Pero si un padre humano puede hacer esto, Āæno puede hacer Dios lo mismo que hace un padre humano?
Respondemos: En cuanto la rotura de las relaciones entre un padre y su hijo sea personal entre los dos, una reconciliación entre ellos es posible. Pero Dios estĆ” en relación cósmica con la humanidad. El pecado tiene implicaciones cósmicas respecto a toda la humanidad. Mientras que no se haga satisfacción por la ofensa de la humanidad contra su Dios, el pecado no serĆ” perdonable. El perdonar sin satisfacción serĆa una anulación de la santa y perfecta voluntad de Dios y, por ende, de la naturaleza misma de Dios.
3. El sacrificio infinito de Jesucristo, el momento crucial en la redención objetiva, ha dado completa satisfacción por el pecado del hombre; y por este sacrificio la barrera entre el hombre y Dios estÔ, en un principio, quitada. El calvario, la revelación del misterio de la redención, es la redención cósmica de Dios, según su propia voluntad. De esta manera se ha dado satisfacción a la justicia, y el amor abrió paso hacia una nueva humanidad en Cristo.
B. La fase subjetiva de la soteriologĆa en cuanto a la Ć©tica, o las implicaciones Ć©ticas de la redención
Se requiere nada menos que un cambio radical (radix raĆz) en el alma humana para que esta conozca y sirva verdaderamente a Dios. Se necesita la redención, y no meramente el desarrollo de algunas capacidades inherentes al hombre (el ideal de los paganos griegos). Esto se logra, segĆŗn la clara enseƱanza de la Escritura, por la operación del EspĆritu Santo. En la redención subjetiva el hombre es transformado en kainee ktisis, una criatura nueva (2 Co 5:17). Es la obra de Dios en el creyente. Se quiere decir con esto que lo mĆ”s profundo de su naturaleza estĆ” transformado, sus sentimientos estĆ”n radicalmente cambiados, su capacidad de conocer a Dios es renovada, y su vida tiene una nueva dirección: hacia Dios. Esta obra del EspĆritu, la regeneración, es la implantación de la nueva vida en el creyente. El lado externo, experimentado y manifestado de esta obra es la conversión.
El bendito resultado es la personalidad regenerada que es el agente moral cristiano, es decir, el sujeto (el agens, actor) de la vida moral que estudiamos en la Ć©tica cristiana. Anteriormente hemos visto a tal agente bajo dos aspectos diferentes; ahora lo vemos desde un tercer y definitivo punto de vista. Hemos visto las implicaciones Ć©ticas de la doctrina de la creación del hombre; hemos considerado las implicaciones Ć©ticas de la doctrina de la caĆda y el pecado; pero ahora nos dirigimos a investigar las implicaciones Ć©ticas de la redención del hombre.
1. La redención y la libertad de la voluntad
Cuando la vida nueva estĆ© implantada en el hombre, el creyente quedarĆ” restaurado a su verdadera libertad: la libertad espiritual. Nuevamente puede escoger el bien. Su servidumbre al pecado queda anulada. Los impulsos mĆ”s profundos de su corazón regenerado le empujan hacia el bien. Para el redimido, el hacer la voluntad de Dios es comida y bebida, y disfruta ya la libertad de los hijos de Dios. El significado de esta libertad se enseƱa en muchas partes de la Biblia, como por ejemplo en Juan 8:32ā34; en Romanos 8:2 (vĆ©ase tambiĆ©n Ro 6:16ā23), y en Santiago 1:25; 2:12.
2. La regeneración y el verdadero fin del hombre, su ideal
El hombre regenerado tiene una nueva perspectiva hacia toda la vida. Ha redescubierto el verdadero fin de toda su existencia. Su ideal otra vez es el verdadero, el original, el teocĆ©ntrico, el ideal de glorificar a Dios. El que odiaba a Dios, ahora lo ama, y esto implica la recuperación del ideal verdadero de la vida. Cumple ahora, en sus intenciones, con el propósito de su creación: el glorificar a Dios. El Catecismo menor de Westminster empieza con esta idea: el propósito del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de Ćl para siempre.
3. La regeneración y la conciencia
Hemos notado anteriormente, al considerar la conciencia, que el hombre a pesar de su pecado no habĆa perdido su conciencia. Pero su concepto de la norma, de acuerdo con la cual una conciencia rinde juicio, estĆ” torcido. AdemĆ”s, es muy poco sensible al pecado. Y por haberla maltratado por tanto tiempo podemos decir (figurativamente) que estĆ” cubierta con una gruesa capa de callos. Pero ahora, en el proceso de la santificación, que comienza con la regeneración, la conciencia del creyente estĆ” sujeta a una doble influencia.
Primero, su conciencia de la verdadera norma, de lo correcto y lo equivocado estĆ” restaurado. Ello, en cuanto a su conciencia, es un proceso gradual. Es decir, el creyente progresivamente se apropia, hace suyas, a travĆ©s de la aplicación de la Palabra a su conciencia, las nuevas normas e ideales para su nueva vida. La base objetiva de la norma es la voluntad de Dios revelada en la Biblia. Por supuesto, se da por sentado que se eduque la conciencia regenerada, y esta es una de las principales tareas de todo cristiano. Hay que adiestrarla y disciplinarla constantemente, aplicĆ”ndole la norma objetiva de la voluntad revelada de Dios. El progreso en la santificación es crecer en saber y hacer la voluntad de Dios. De acuerdo con su progreso, el hacer la voluntad de Dios se constituye en una Ā«segunda naturalezaĀ» para el creyente. De esta manera la conciencia cristiana gradualmente asimila la norma objetiva moral. La norma de la conciencia progresivamente la ocupa y la guĆa para alcanzar el alto nivel del ideal objetivamente revelado.
Segundo, la influencia de la regeneración en la conciencia es tal que la hace progresivamente mÔs sensible a fin de que responda en su debida manera. Empieza a juzgar sus pensamientos, actitudes y actos con un nuevo criterio. Se hace mÔs consciente de su pecado y, a la vez de la grandeza de la redención, y goza subjetivamente la realización objetiva de ella.
Ā Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ćtica cristiana (pp. 65ā77). Miami, FL: Editorial Unilit.
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