EL AGENTE MORAL CRISTIANO EN LOS ESTADOS DEL PECADO Y DE LA REDENCIƓN

Alimentemos El Alma

LIBRO: ƉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ɖtica cristiana: Un enfoque bĆ­blico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ɖtica cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guĆ­a de estudio de FLET enĀ http://www.logos.com/es/flet.

CapĆ­tulo 3

EL AGENTE MORAL CRISTIANO EN LOS ESTADOS DEL PECADO Y DE LA REDENCIƓN

I. En el estado del pecado

Según el testimonio de la Biblia (confirmado en la experiencia humana), el desarrollo del hombre, hecho a la imagen divina, no ha sido gradual ni normal. Una catÔstrofe trastornó su desarrollo moral. Esta catÔstrofe en la historia de la moralidad humana se conoce como «la caída», la primera entrada del pecado en la historia humana. A fin de que nuestra ética quede estrechamente relacionada con la vida del hombre, nos conviene entender la naturaleza del pecado.

A. La naturaleza del pecado

Pecado es una palabra que rÔpidamente estÔ perdiendo su sentido teológico en el vocabulario del hombre moderno. Por supuesto, nadie puede negar la realidad del pecado, ya que seguimos construyendo cÔrceles, cerramos nuestras casas y ponemos llave a nuestros coches, y hay policías en todos los comercios. Aunque no es posible negar su realidad, hay una renuencia para emplear el término «pecado». El hombre moderno que todavía retiene el término, lo usa con acepciones nuevas y le quita su significado original.

En nuestro estudio del pecado debemos notar dos conceptos modernos muy comunes en cuanto a la naturaleza del pecado —el concepto naturalista-humanista y el concepto panteĆ­sta-especulativo—, y contrastarlos con el concepto cristiano.

1. Concepto naturalista-humanista

La base de este concepto es, por supuesto, el punto de vista naturalista de la realidad. Tanto el hombre como el mundo se interpretan en términos de fuerzas naturales. La única explicación del ser humano para los que aceptan el punto de vista naturalista es que el hombre mismo y, por ende, toda su conducta y actuación es producto de fuerzas naturales. La vida humana es por consecuencia un proceso de ajuste al ambiente que es esencialmente físico y biológico. Los factores espirituales de la vida son en esencia mecÔnicos o biológicos. Desde este punto de vista, el pecado no es mÔs que un mal ajuste del ambiente; y el bien, según este concepto, es meramente lo mÔs útil y lo mejor ajustado. En términos mÔs humanistas, el pecado no es mÔs que una desadaptación al ambiente social. Algunas veces este concepto se expresa en términos mecÔnicos. El ser humano es considerado como una mÔquina, finamente ajustado, pero que a veces pierde su afinación. El tiempo interno, como un motor, hace que todas las partes se acoplen bien y el engranaje funcione sin estorbos, pero a veces se pierde el ritmo y hay discordancia. La ética entonces tiene que «poner a tiempo» de nuevo esta fina mÔquina que es el ser humano. La analogía funciona tal vez como ilustración en algunos casos, pero representa un concepto del ser humano que no sirve de base para la ética cristiana. Todo tipo de ética materialista se puede incluir en el concepto naturalista-humanista.

2. Concepto panteĆ­sta-especulativo

El concepto panteísta-especulativo es el concepto predilecto del pecado de los que aceptan un tipo idealista de la filosofía. Según ellos, el pecado es la falta de ver las cosas en su totalidad, en su integridad. El pecador es el que ve las cosas parcialmente y fuera de su verdadera relación. El estado del pecado es igual a tener un punto de vista incompleto de la realidad. El pecado desaparecerÔ tan pronto como tengamos un punto de vista mÔs comprensivo, algo que se logra con el cultivo intelectual.

El ser humano es considerado como portador de ciertos aspectos de la divinidad. Habiendo emanado del ser divino y siendo una manifestación de él no hay limites para su desarrollo. Todo ser humano tiene dentro de sí las posibilidades de grandeza, y al quitar lo que estorba su desarrollo la humanidad llegarÔ a nuevas alturas. Esto se realiza con el desarrollo de sus capacidades intelectuales y artísticas, y sobre todo de la imaginación. Por decirlo en una forma metafórica: la semilla de la divinidad en el ser humano se desarrollarÔ en una transformación gradual de la naturaleza humana en algo muy divino. El pecado en este sistema de pensamiento es bÔsicamente social. Es lo que hay en el ambiente lo que estorba este deseado desarrollo del ser humano. No cabe duda que para el mundo actual que no toma en serio el hecho de que el ser humano es un ser creado, este concepto es muy atractivo.

3. Concepto cristiano y bĆ­blico

Ninguno de los dos conceptos mencionados arriba basta para expresar la verdadera naturaleza del pecado. Podemos notar que los que tienen estos conceptos ven algo correcto en el pecado y algo muy noble en su pensamiento, pero el concepto que tienen no concibe el pecado desde la misma perspectiva que la Biblia. Su concepto del pecado no es adecuado y no proporciona los elementos necesarios para una Ʃtica cristiana autƩntica.

El concepto cristiano y bíblico es muy diferente. Para los propósitos de este estudio no encontramos una expresión mÔs correcta y mÔs completa que la respuesta a la pregunta catorce del Catecismo menor de Westminster: «El pecado es la falta de conformidad con la Ley de Dios y la trasgresión de ella» (cf. 1 Juan 3:4).

Esto involucra las siguientes caracterĆ­sticas:

a. El pecado tiene «esencia» espiritual, es decir, pertenece, esencialmente, no a la esfera física, ni a la especulativa y filosófica (la mera racionalidad) sino a la esfera moral. Aun «las pasiones de la carne» no son principalmente carnales, sino son una disposición o actitud del espíritu, que involucra todo el ser humano.

b. El pecado es asunto de la voluntad; es una voluntad contra otra. Esto no quiere decir que los sentimientos y el intelecto no estƩn involucrados. El pecado ha infectado todo el ser humano, pero la esencia del pecado es de ir voluntariamente contra la voluntad de Dios.

c. El pecado es pecaminoso (en distinción de lo meramente malo) porque es una violación de la voluntad de Dios. Todo pecado es contra Dios; es oposición a Ɖl. No se puede entender lo que es el pecado y evitar una consideración de Dios. El pecado no es solamente trasgresión de la Ley; es trasgresión de la Ley de Dios. Cada ofensa contra el prójimo, o contra la sociedad, es primeramente una ofensa a Dios.

d. El pecado implica una antĆ­tesis radical, una antĆ­tesis que no se puede resolver en una sĆ­ntesis sino que muestra un gran conflicto moral. El mal no es simplemente Ā«el bien todavĆ­a por realizarseĀ». El pecado nunca puede desarrollarse en el bien, aunque Dios puede trascender los motivos y la naturaleza del pecado y usarlo para sus propios propósitos. El pecado sigue siendo pecado y es oposición a Dios y sus propósitos, y siempre queda relacionado antitĆ©ticamente con el bien. El hecho de que los planes de Dios prevalecen, hasta invalidar el pecado y sus efectos en ciertos casos, no nulifica lo pecaminoso del pecado. (Ejemplos de ello se ven en la historia de JosĆ© en GĆ©nesis 37, 39–46).

AdemÔs de estas cuatro características, que debemos acentuar hoy día en contra de los muchos conceptos erróneos actuales, la Biblia nos enseña que el pecado es universal; que es condición tanto como acción; y que ha corrompido toda la naturaleza humana (la depravación total). Esto es decir que el pecado afecta a todo ser humano y todo el ser del ser humano.

B. La influencia del pecado

Podemos ver la influencia del pecado sobre el hombre como agente moral desde tres perspectivas que son las mismas que hemos examinado como las implicaciones morales de la naturaleza esencial del hombre: 1. la de su verdadero fin o ideal, 2. la de su libertad, y 3. la de su conciencia.

1. La influencia del pecado en cuanto al fin, o ideal, verdadero del hombre

El hombre en el estado de pecado no ha perdido la idea de un fin o ideal. La tiene y lo motiva. Mientras que no degenere en bruto puede concebir una meta para su vida. Pero cualquier concepto que tenga de su fin, siendo pecador, serÔ un concepto torcido y tergiversado. Odia a Dios y, por tanto, el ideal de su vida no es ya el de hacer la voluntad de Dios. A veces hace lo que pueda parecer ser moralmente bueno, pero no lo hace para agradar a Dios. Todo su esfuerzo es para beneficio propio, o, si es mÔs altruista, para mejorar ciertas condiciones sociales en beneficio de la «humanidad». El ideal teocéntrico de la vida, que le orientaba en su estado original, es decir, antes del pecado, estÔ totalmente ausente.

2. La influencia del pecado sobre la libertad humana

Anteriormente hemos visto que con referencia a la voluntad podemos hablar de tres tipos de libertad: el psicológico, el teológico, y el moral. Este último es el mÔs importante para nuestro estudio, pues estÔ relacionado con la capacidad humana de alcanzar su verdadero fin. El primer tipo de libertad sí estÔ afectado por la caída del hombre en el pecado, pero solamente en sentido indirecto. Sigue con la experiencia de «autodeterminación» dentro de los límites que le impone su ambiente. El hombre sigue sintiéndose libre ya que sus actos son resultado de fuerzas puramente naturales. Sigue actuando como ser racional-moral. El segundo tipo de libertad tampoco estÔ modificado por el pecado. El hombre es libre pues no estÔ obligado a actuar por voluntad ajena contra la suya propia, ni aun por la voluntad de Dios. Pero la libertad en el tercer sentido sí estÔ perdida. Y este es el sentido en que los teólogos suelen hablar de la libertad de la voluntad. Debido a su caída en el pecado el hombre ya no tiene facultad de escoger y vivir según su verdadero propósito, su summun bonum, la voluntad de Dios. El estado de posse non peccare se ha cambiado en el de non posse non peccare. El hombre en el estado de pecado siempre es esclavo del pecado. Vive en la servidumbre. Es cierto que en un sentido puede hacer algo de lo relativamente bueno, lo que nuestros teólogos antepasados llamaban «bienes cívicos», pero esto es el resultado de la bondad común (se refiere a la actitud bondadosa de Dios hacia el hombre cual hombre, sin que resulte necesariamente en su salvación). Esta actitud de Dios restringe el pecado y limita sus efectos, es lo que algunos llaman la «gracia común». El hombre no puede hacer lo bueno en el sentido mÔs profundo, en el sentido verdadero: lo que es bueno ante Dios. Lo que escoge el hombre en el estado de pecado siempre estÔ de acuerdo con los principios y el poder del pecado, e invariablemente conduce a una vida de enajenamiento y enemistad contra Dios.

3. La influencia del pecado en cuanto a la conciencia humana

La caída en el pecado no borra el carÔcter moral del hombre. Este sigue siendo un ser moral. El hombre no perdió la conciencia. Todo lo que hemos dicho sobre la conciencia se puede aplicar también a la conciencia del ser humano en el estado de pecado. Sin embargo, tenemos que afirmar que seguramente la conciencia había sido afectada por el pecado, y esto en dos sentidos:

a. El conocimiento de la norma con que la conciencia juzga y regula la conducta humana estÔ pervertido y, por tanto, en su ejercicio la conciencia estÔ equivocada. El sentido de lo recto y lo equivocado estÔ tergiversado. Aunque varía de individuo a individuo, fundamentalmente la perversión es total en todos porque la voluntad de Dios ya no es su norma. La perversión total quiere decir que la totalidad del hombre estÔ pervertida, no hay aspecto alguno en él que no esté afectado, pero no podemos decir que el grado de su perversión sea el mÔximo posible. Todos los hombres pecan constantemente y no pueden dejar de pecar, pero ninguno peca todo lo que le sea posible pecar.

b. La sensibilidad de la conciencia para discernir el mal se ha debilitado. Aunque el grado de debilidad varƭa de individuo a individuo, la habilidad de la conciencia estƔ enormemente reducida. No hay persona humana que pueda confiar en el funcionamiento de su conciencia como guƭa incuestionable. Sin embargo, con todas estas consideraciones, afirmamos que la conciencia se encuentra en cada ser humano, y sigue operando, aun con serias limitaciones, tambiƩn en el estado de pecado.

II. En el estado de redención

El principio y el fin del sistema bíblico de la verdad es Dios; pero el centro del sistema cristiano es la redención en y por Cristo. El aspecto soteriológico de la verdad cristiana tiene por ello gran significación para la ética cristiana. Precisamente por esto, tenemos la doctrina de la redención como un supuesto bÔsico para la vida moral cristiana. La soteriología tiene dos fases: la objetiva y la subjetiva. Son dos fases de una sola redención, de una sola salvación realizada por Dios tanto fuera como dentro del ser humano. La primera fase habla de la redención realizada objetivamente por Cristo, en su vida y en su muerte; la segunda trata de la redención aplicada por el Espíritu Santo al corazón del creyente. La parte objetiva se realiza en la historia humana, fuera del ser humano, y la parte subjetiva se realiza dentro del corazón humano. La doctrina bÔsica tanto de la fase objetiva como de la subjetiva es la regeneración.

A. La fase objetiva de la soteriología en cuanto a la ética, o las implicaciones éticas de la redención

Se la puede resumir de la siguiente manera:

1. El pecado humano es perdonable porque es esencialmente la violación de la voluntad de Dios. Tratamos aquí la posibilidad del perdón hasta donde esta posibilidad sea determinada por la naturaleza moral del pecado. El pecado no es elemento constituyente de la realidad en sí. Es decir, no pertenece a la constitución de las cosas. Es mÔs bien una falta; es la falta de conformidad con la voluntad de Dios. Si el pecado fuera necesario, o esencial, para la existencia finita (o creada) del hombre, la redención no sería posible. O sea, el pecado no es parte de la esencia del hombre, creado a la imagen de Dios. (En el caso de que fuera, por supuesto, tampoco habría sido posible la caída, porque el pecado habría comenzado con la existencia del hombre finito). Desde este punto de vista, la única «salvación» posible al hombre hubiera sido su propia destrucción como ser finito, y así dejaría de ser hombre. Es precisamente esto lo que se enseña en algunas de las soteriologías contemporÔneas. Dicen que el pecado es inherente a la constitución finita de las cosas. La salvación humana se logra al dejar la existencia finita para sumergirse en el océano del Gran Todo. (Nirvana es precisamente esto). ”CuÔn diferente es del verdadero cielo!

2. El pecado humano, siendo violación de la santa voluntad de Dios, no es perdonable sin que haya una satisfacción moral. El pecado, ya descrito arriba, hace que la reconciliación entre Dios y el hombre se efectúe solamente al quitar la ofensa que forma una barrera moral y destruye la comunión entre el hombre y su Dios. Se ha violado la santa voluntad de Dios y, sin que haya una satisfacción no habrÔ reconciliación. Dios no descarta su santa y perfecta voluntad.

Se puede objetar: Pero si un padre humano puede hacer esto, Āæno puede hacer Dios lo mismo que hace un padre humano?

Respondemos: En cuanto la rotura de las relaciones entre un padre y su hijo sea personal entre los dos, una reconciliación entre ellos es posible. Pero Dios estÔ en relación cósmica con la humanidad. El pecado tiene implicaciones cósmicas respecto a toda la humanidad. Mientras que no se haga satisfacción por la ofensa de la humanidad contra su Dios, el pecado no serÔ perdonable. El perdonar sin satisfacción sería una anulación de la santa y perfecta voluntad de Dios y, por ende, de la naturaleza misma de Dios.

3. El sacrificio infinito de Jesucristo, el momento crucial en la redención objetiva, ha dado completa satisfacción por el pecado del hombre; y por este sacrificio la barrera entre el hombre y Dios estÔ, en un principio, quitada. El calvario, la revelación del misterio de la redención, es la redención cósmica de Dios, según su propia voluntad. De esta manera se ha dado satisfacción a la justicia, y el amor abrió paso hacia una nueva humanidad en Cristo.

B. La fase subjetiva de la soteriología en cuanto a la ética, o las implicaciones éticas de la redención

Se requiere nada menos que un cambio radical (radix raíz) en el alma humana para que esta conozca y sirva verdaderamente a Dios. Se necesita la redención, y no meramente el desarrollo de algunas capacidades inherentes al hombre (el ideal de los paganos griegos). Esto se logra, según la clara enseñanza de la Escritura, por la operación del Espíritu Santo. En la redención subjetiva el hombre es transformado en kainee ktisis, una criatura nueva (2 Co 5:17). Es la obra de Dios en el creyente. Se quiere decir con esto que lo mÔs profundo de su naturaleza estÔ transformado, sus sentimientos estÔn radicalmente cambiados, su capacidad de conocer a Dios es renovada, y su vida tiene una nueva dirección: hacia Dios. Esta obra del Espíritu, la regeneración, es la implantación de la nueva vida en el creyente. El lado externo, experimentado y manifestado de esta obra es la conversión.

El bendito resultado es la personalidad regenerada que es el agente moral cristiano, es decir, el sujeto (el agens, actor) de la vida moral que estudiamos en la ética cristiana. Anteriormente hemos visto a tal agente bajo dos aspectos diferentes; ahora lo vemos desde un tercer y definitivo punto de vista. Hemos visto las implicaciones éticas de la doctrina de la creación del hombre; hemos considerado las implicaciones éticas de la doctrina de la caída y el pecado; pero ahora nos dirigimos a investigar las implicaciones éticas de la redención del hombre.

1. La redención y la libertad de la voluntad

Cuando la vida nueva estĆ© implantada en el hombre, el creyente quedarĆ” restaurado a su verdadera libertad: la libertad espiritual. Nuevamente puede escoger el bien. Su servidumbre al pecado queda anulada. Los impulsos mĆ”s profundos de su corazón regenerado le empujan hacia el bien. Para el redimido, el hacer la voluntad de Dios es comida y bebida, y disfruta ya la libertad de los hijos de Dios. El significado de esta libertad se enseƱa en muchas partes de la Biblia, como por ejemplo en Juan 8:32–34; en Romanos 8:2 (vĆ©ase tambiĆ©n Ro 6:16–23), y en Santiago 1:25; 2:12.

2. La regeneración y el verdadero fin del hombre, su ideal

El hombre regenerado tiene una nueva perspectiva hacia toda la vida. Ha redescubierto el verdadero fin de toda su existencia. Su ideal otra vez es el verdadero, el original, el teocĆ©ntrico, el ideal de glorificar a Dios. El que odiaba a Dios, ahora lo ama, y esto implica la recuperación del ideal verdadero de la vida. Cumple ahora, en sus intenciones, con el propósito de su creación: el glorificar a Dios. El Catecismo menor de Westminster empieza con esta idea: el propósito del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de Ɖl para siempre.

3. La regeneración y la conciencia

Hemos notado anteriormente, al considerar la conciencia, que el hombre a pesar de su pecado no había perdido su conciencia. Pero su concepto de la norma, de acuerdo con la cual una conciencia rinde juicio, estÔ torcido. AdemÔs, es muy poco sensible al pecado. Y por haberla maltratado por tanto tiempo podemos decir (figurativamente) que estÔ cubierta con una gruesa capa de callos. Pero ahora, en el proceso de la santificación, que comienza con la regeneración, la conciencia del creyente estÔ sujeta a una doble influencia.

Primero, su conciencia de la verdadera norma, de lo correcto y lo equivocado estÔ restaurado. Ello, en cuanto a su conciencia, es un proceso gradual. Es decir, el creyente progresivamente se apropia, hace suyas, a través de la aplicación de la Palabra a su conciencia, las nuevas normas e ideales para su nueva vida. La base objetiva de la norma es la voluntad de Dios revelada en la Biblia. Por supuesto, se da por sentado que se eduque la conciencia regenerada, y esta es una de las principales tareas de todo cristiano. Hay que adiestrarla y disciplinarla constantemente, aplicÔndole la norma objetiva de la voluntad revelada de Dios. El progreso en la santificación es crecer en saber y hacer la voluntad de Dios. De acuerdo con su progreso, el hacer la voluntad de Dios se constituye en una «segunda naturaleza» para el creyente. De esta manera la conciencia cristiana gradualmente asimila la norma objetiva moral. La norma de la conciencia progresivamente la ocupa y la guía para alcanzar el alto nivel del ideal objetivamente revelado.

Segundo, la influencia de la regeneración en la conciencia es tal que la hace progresivamente mÔs sensible a fin de que responda en su debida manera. Empieza a juzgar sus pensamientos, actitudes y actos con un nuevo criterio. Se hace mÔs consciente de su pecado y, a la vez de la grandeza de la redención, y goza subjetivamente la realización objetiva de ella.

Ā Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ɖtica cristiana (pp. 65–77). Miami, FL: Editorial Unilit.

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Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

4 – LA ÚLTIMA COMIDA DE BABILONIA

Stephen Davey

Texto: Daniel 5 Un gran banquete, una mano flotante, un mensaje secreto, y la caĆ­da del imperio mĆ”s poderoso de la Tierra… Encontraremos todo eso y mĆ”s en este interesante capĆ­tulo de la Biblia. SabidurĆ­a para el Corazón es el ministerio internacional de enseƱanza bĆ­blica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al espaƱol por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra pƔgina

https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

De regreso a la barbarie

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie:Ā La historia de la Iglesia | Siglo VI

De regreso a la barbarie

Por Gene Edward Veith

La Era de las Tinieblas

Nosotros, los cristianos occidentales, hemos estado enviando misioneros a diferentes culturas alrededor del mundo para difundir el evangelio. A menudo olvidamos que, a menos que tengamos un trasfondo judío, nuestras propias culturas fueron originalmente evangelizadas por misioneros. Y esto es especialmente cierto para aquellos que tenemos ancestros ingleses, celtas, germanos, franceses, escandinavos o de cualquiera de las otras tribus europeas que los romanos solían denominar «bÔrbaros». Aquellas sociedades tribales antiguas eran muy parecidas a las de África o a las de los nativos de los Estados Unidos.

Estas sociedades tribales —ya sean europeas, africanas o americanas— solĆ­an ser gobernadas por Ā«jefesĀ» locales (a los cuales los europeos llamaban Ā«reyesĀ») junto con un consejo de guerreros. SolĆ­an tener religiones que contemplaban el culto a la naturaleza, lazos familiares complejos y una serie de costumbres primitivas. Si por ejemplo tienes sangre irlandesa, tus antepasados vivieron hace mucho tiempo en chozas hechas con piel de animales, se pusieron pinturas de guerra y coleccionaron crĆ”neos humanos. Si tienes sangre alemana, tus antepasados pudieron haberse ganado la vida saqueando a sus vecinos y probablemente practicaron el sacrificio humano.

Pero entonces llegaron los misioneros trayendo las buenas nuevas de Cristo. Frecuentemente, la primera oleada de misioneros a las tribus sería martirizada, pero los misioneros continuaron llegando hasta que finalmente el cristianismo se afianzó cambiando no solo a los creyentes, de manera individual, sino a la cultura completa.

De hecho, muchas de estas tribus vinieron adonde estaban los cristianos. Cuando Roma sucumbió a manos de los bÔrbaros en el 476 d. C., se dio inicio al periodo conocido como la «Era de las Tinieblas», llamado así debido a la desintegración de la civilización clÔsica, el colapso del orden social a gran escala y el dominio de las tribus bÔrbaras. Sin embargo, la Era de las Tinieblas llegó a su fin cuando esas tribus bÔrbaras aceptaron el cristianismo. Esto dio inicio a una nueva civilización, conocida como la Edad Media.

Los eruditos ahora saben que la Era de las Tinieblas no fue tan oscura como se habĆ­a pensado inicialmente, pues hubo mucho aprendizaje y vitalidad cultural entre las diversas tribus europeas. Pero la luz en la Era de las Tinieblas se hizo visible bajo la influencia del cristianismo, el cual frenó la cultura de violencia de las tribus, estableció un estado de derecho e introdujo la educación. 

El final de la Era de las Tinieblas y el comienzo de la Edad Media es considerado generalmente como el reinado de Carlomagno (742-814), quien reconstituyó un Sacro Imperio Romano y convirtió a la Ćŗltima de las mayores resistencias germĆ”nicas: los sajones. Esto lo hizo derrotĆ”ndolos en batalla y obligĆ”ndolos a bautizarse, lo cual es una tĆ©cnica de iglecrecimiento que, como otras, puede tener sus desventajas teológicas, pero que parece haber sido utilizada con los sajones. Esa tribu de tercos resistentes al evangelio nos darĆ­a mĆ”s tarde a MartĆ­n Lutero y a la Reforma. 

Gracias a Beda el Venerable y a su Ecclesiastical History of the English People [Historia eclesiĆ”stica del pueblo inglĆ©s], tenemos el relato detallado de cómo fue llevado el evangelio a Inglaterra. Tal parece que allĆ” en Roma (que continuó existiendo incluso despuĆ©s de que el Ćŗltimo emperador fuera depuesto), un joven cristiano llamado Gregorio observaba el mercado de esclavos. Ɖl notó que habĆ­an esclavos de pelo rubio y ojos azules, rasgos que Ć©l, como italiano, no habĆ­a visto antes. Al preguntar quiĆ©nes eran, le dijeron: Ā«son anglosĀ». Gregorio respondió que el nombre le parecĆ­a acertado ya que parecĆ­an Ć”ngeles. El juego de palabras funciona tanto en latĆ­n como en inglĆ©s, es decir, anglosajón; pues estos esclavos habĆ­an sido tomados de la tierra de los anglos, es decir, de Inglaterra.

MĆ”s tarde, este Gregorio llegarĆ­a a ser papa, Gregorio Magno, lo que lo dejó en una posición desde la cual podrĆ­a hacer lo que habĆ­a estado en su corazón desde aquel dĆ­a que estuvo en el mercado de esclavos: enviar misioneros para llevar el evangelio de Cristo a la tierra de los anglos. 

De modo que, en el aƱo 596 d. C., envió un grupo de misioneros a cargo de un hombre llamado AgustĆ­n —el cual no debe confundirse con el gran teólogo del norte de Ɓfrica, AgustĆ­n de Hipona— que se dio a conocer desde su campo misionero como AgustĆ­n de Canterbury. Ɖl no fue martirizado; mĆ”s bien, su mensaje fue recibido con alegrĆ­a.

Beda relata cómo AgustĆ­n le predicó al rey de Northumbria, el cual consultó con su concilio si debĆ­an aceptar o no esta nueva religión. El principal sacerdote pagano le confesó que sus dioses nunca le habĆ­an hecho ningĆŗn bien, y uno de los hombres del rey le dijo que la vida le parecĆ­a como un gorrión que vuela a travĆ©s de la sala de banquetes, entrando por una puerta y saliendo por la otra. El ave sale de la oscuridad, a un lugar de luz —donde arde el fuego y la gente celebra— pero ese breve momento de placer es fugaz, mientras el ave vuela de regreso a la oscuridad. Ā«AsĆ­ que la vida de los hombres aparece por un breve espacioĀ», concluyó, Ā«pero de lo que ocurrió antes o de lo que sucederĆ” despuĆ©s somos ignorantes. Por lo tanto, si esta nueva doctrina contiene algo mĆ”s de certeza, entonces merece ser seguidaĀ».

El gorrión volando a través de la sala de banquetes, desde y hacia la oscuridad, capta muy bien la cosmovisión de nuestros tiempos, quince siglos mÔs tarde. C. S. Lewis dijo que si definimos la Era de las Tinieblas como el período en el cual el aprendizaje clÔsico había sido olvidado, entonces estamos en una nueva era de las tinieblas. Y a juzgar por nuestro arte, nuestra educación, nuestras costumbres y nuestra moralidad, pareciera que ciertamente vamos de regreso a la barbarie.

No obstante, asĆ­ como en la primera Era de las Tinieblas, dependerĆ” de los cristianos mantener vivos el aprendizaje y la civilización y traer luz a aquellos que estĆ”n en oscuridad. 

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

El Cordero y el León

Soldados de Jesucristo

Agosto 31/2021

Solid Joys en EspaƱol

El Cordero y el León

John Piper

John Piper

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SĆ© a dónde irĆ©

Martes 31 Agosto

(Jesucristo) Os dio vida juntamente con Ʃl, perdonƔndoos todos los pecados.Colosenses 2:13

Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.2 Timoteo 1:12

Sé a dónde iré

Testimonio

ā€œNacĆ­ en Madagascar. Iba con mi familia a la iglesia todos los domingos. Cuando era adolescente me hacĆ­a preguntas: ĀæPor quĆ© nacĆ­? ĀæA dónde irĆ© despuĆ©s de la muerte? Pero no tenĆ­a respuesta. Cuando crecĆ­ empecĆ© a beber, a fumar y a salir con chicas. Para mĆ­, el mal se resumĆ­a en cometer un asesinato. Por ello pensaba que no tenĆ­a nada que reprocharme, aunque a veces mi conciencia no estaba muy tranquila, por ejemplo, cuando mentĆ­a.

A los 16 aƱos lleguĆ© a Francia. Iba regularmente a la iglesia, pero mi vida era cada vez mĆ”s desordenada. Cierto verano, unos jóvenes cristianos vinieron a pasar un mes en el hogar donde yo vivĆ­a. Eran unidos, alegres, y parecĆ­a que tenĆ­an algo de lo cual yo carecĆ­a. Me hablaban del pecado y de JesĆŗs, quien habĆ­a muerto por la humanidad, y querĆ­a salvarme. No comprendĆ­a todo, pero poco a poco tomĆ© conciencia de que estabaā€sucioā€œe indigno ante ese Dios en quien creĆ­a, pero al que nunca habĆ­a prestado atención. Le pedĆ­ perdón por todo el mal que habĆ­a hecho: mentiras, inmoralidad, murmuraciones, robos… tambiĆ©n pedĆ­ a JesĆŗs que tomase la dirección de mi vida. Ā”Y me respondió!

Treinta aƱos despuĆ©s puedo dar testimonio de que JesĆŗs me ayudó a no ceder a mis malas tendencias. TambiĆ©n respondió a mis preguntas existenciales. Mi vida encontró un sentido, y si tengo que pasar por la muerte, sĆ© a dónde irĆ©: a la presencia de JesĆŗsā€.A.M.

2 Crónicas 16 – 1 Corintios 8 – Salmo 102:16-22 – Proverbios 22:14

Ā© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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