Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.Isaías 45:22
Lo mejor que me ha sucedido
Testimonio
“Nací en el año 1961. Desde niña tuve problemas nerviosos; debido a esto tenía complejos y pensamientos extraños. No era feliz, no me sentía amada, tenía miedo a mi padre. Así crecí y llegué a estudiar pintura.
Tuve dos fracasos matrimoniales y varias relaciones fallidas; dos veces estuve hospitalizada; una vez atenté contra mi vida. Fui militante de la Unión de Jóvenes, pero a los 27 años me decepcioné de todo.
Desde pequeña, cuando me veía en problemas, siempre clamaba a Dios. Pero también daba tumbos entre el espiritismo y la santería. Cada día me sentía más desequilibrada, hasta que recibí a Jesús como mi Salvador y Señor, el 3 de diciembre de 1994. Dos semanas después mi compañero también lo aceptó. Comenzamos a servir al Señor y legalizamos nuestra unión. Nos bautizamos en febrero de 1995.
Dos años después mi madre también se convirtió al Señor, fue bautizada y se congregó durante varios años. Luego sufrió un infarto cerebral. Dios permitió que mi esposo y yo la cuidáramos con amor durante dos años, con el apoyo de nuestros hermanos en Cristo y algunos vecinos, hasta que partió con Él.
Hoy sigo sirviendo al Señor visitando a ancianos y a hermanos enfermos. Además, en nuestra casa se reúne un grupo pequeño para escuchar la Palabra de Dios. Quiero testificar que Dios me sanó del problema nervioso, me libró del miedo a los espíritus, a la oscuridad, a las brujerías y a la muerte.
Oro a Dios por todas las naciones, por nuestros gobernantes, por mis familiares, vecinos y amigos, para que puedan experimentar el amor y la sanidad de Dios”.Vilma
Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)
David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008
Cuando Jesús fue tentado por Satanás en el desierto, reprendió al demonio con estas palabras: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mat. 4:4). Históricamente, la iglesia se ha hecho eco de la enseñanza de Jesús al afirmar que la Biblia es la vox Dei, la «voz de Dios» o el verbuni Dei, la «Palabra de Dios». Llamar a la Biblia la Palabra de Dios no significa sugerir que fue escrita por la propia mano divina de Dios o que nos cayó del cielo en un paracaídas. La Biblia misma dirige nuestra atención hacia muchos de sus escritores humanos. Si estudiamos la Escritura diligentemente, notaremos que cada uno de sus escritores humanos tiene su estilo literario propio, su vocabulario, su énfasis especial, su perspectiva, y otras características. Si la producción de la Biblia implicó el esfuerzo humano, ¿cómo es posible considerarla la Palabra de Dios?
A la Biblia se la llama la Palabra de Dios porque ella misma declara, y la iglesia lo cree, que los escritores humanos no escribieron simplemente sus propias opiniones, sino que sus palabras fueron inspiradas por Dios.
El apóstol Pablo escribe:»Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim. 3: 16). La palabra inspiración es una traducción de la palabra griega que significa «exhalado por Dios». Dios exhaló la Biblia. De la misma manera que exhalamos el aire a través de nuestras bocas cuando hablamos, así la Escritura es Dios hablando.
Aunque la Escritura llegó a nuestras manos de las plumas de los autores humanos, la fuente originaria de la Escritura es Dios. Por eso es que los profetas podían anteponer a sus palabras este prefacio: «Así dijo el Señor». Por eso es que Jesús pudo decir: «Tu palabra es verdad» (Jn. 17:17), y «la Escritura no puede ser quebrantada» (Jn. 10:35).
La palabra inspiración también dirige nuestra atención al proceso utilizado por el Espíritu Santo para supervisar la producción de la Escritura. El Espíritu Santo guió a los autores humanos para que sus palabras no fueran otra cosa que la palabra de Dios. No sabemos cómo supervisó Dios los escritos originales de la Biblia. Pero la inspiración no implica que Dios dictó sus mensajes a quienes escribieron la Biblia. El Espíritu Santo comunicó las propias palabras de Dios por medio de los escritores humanos.
Los cristianos afirman la infalibilidad y la inerrabilidad de la Biblia porque en última instancia Dios es el autor de la Biblia. Y como es imposible que Dios inspire falsedades, su palabra debe ser completamente cierta y confiable. Cualquier producto literario preparado normalmente por los humanos es factible de contener errores. Pero la Biblia no es un proyecto humano normal. Si la Biblia ha sido inspirada y supervisada por Dios, entonces no puede equivocarse.
Esto no significa que las traducciones de la Biblia con las que contamos hoy en día no contengan errores, sino que los manuscritos originales eran absolutamente correctos. Tampoco significa que todas las afirmaciones contenidas en la Biblia sean verdaderas.
El escritor del libro de Eclesiastés, por ejemplo, declara que «en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Eclesiastés 9: 10). El escritor estaba escribiendo desde una perspectiva de desesperación humana, y sabemos que su afirmación no es verdadera a la luz de otras partes de la Escritura. Pero hasta cuando nos revela los falsos razonamientos de un hombre desesperado, la Biblia nos dice la verdad.
Resumen
INSIRACION: DIOS = Autor Supremo > Los seres humanos > La Biblia
l. La inspiración es el proceso por el cual Dios ha exhalado su palabra.
Dios es la fuente originaria de la Biblia.
Dios es el supervisor final de la Biblia.
Solamente los manuscritos originales de la Biblia no contenían ningún error.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Sí, la Biblia enseña que todos nacemos pecadores con una naturaleza pecaminosa y egoísta. A menos que nazcamos de nuevo por el Espíritu de Dios, nunca veremos el reino de Dios (Juan 3:3).
La humanidad es totalmente depravada; es decir, todos tenemos una naturaleza pecaminosa que afecta cada parte de nosotros (Isaías 53:6; Romanos 7:14). La pregunta es, ¿de dónde viene esa naturaleza pecaminosa? ¿Nacimos pecadores, o simplemente elegimos convertirnos en pecadores en algún momento después de nacer?
Nacemos con una naturaleza pecaminosa, y la heredamos de Adán. «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres» (Romanos 5:12). Cada uno de nosotros fue afectado por el pecado de Adán; no hay excepciones. «La transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres» (versículo 18). Todos somos pecadores, y todos compartimos la misma condenación, porque todos somos hijos de Adán.La Escritura indica que incluso los niños tienen una naturaleza pecaminosa, lo cual argumenta el hecho de que nacemos pecadores. «La necedad está ligada en el corazón del muchacho» (Proverbios 22:15). David dice: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). «Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron» (Salmo 58:3).
Antes de ser salvos, «éramos por naturaleza hijos de ira» (Efesios 2:3). Observa que merecíamos la ira de Dios no sólo por nuestras acciones, sino por nuestra naturaleza. Esa naturaleza es la que heredamos de Adán.
Nacemos pecadores, y por esa razón somos incapaces de hacer el bien para agradar a Dios en nuestro estado natural, o la carne: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:8). Estábamos muertos en nuestros pecados antes de que Cristo nos resucitara a la vida espiritual (Efesios 2:1). Carecemos de cualquier bien espiritual inherente.
Nadie tiene que enseñar a un niño a mentir, más bien hay que esforzarse por inculcar a los niños el valor de decir la verdad. Los niños pequeños son naturalmente egoístas, con su comprensión innata, aunque defectuosa, de que todo es «mío». El comportamiento pecaminoso es natural para los pequeños porque nacen pecadores.
Debido a que nacemos pecadores, debemos experimentar un segundo nacimiento espiritual. Nacemos una vez en la familia de Adán y somos pecadores por naturaleza. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en la familia de Dios y recibimos la naturaleza de Cristo. Alabamos al Señor porque «todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).
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La primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje británico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, Agustín de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enérgicamente al entendimiento de Agustín sobre la caída, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenía que la caída afectó solo a Adán y que no había imputación de culpa o del «pecado original» a la progenie de Adán. Pelagio insistía en que las personas nacidas después de la caída de Adán y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Él argumentaba que la gracia «facilita» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de Agustín de que la caída fue tan severa que dejó a los descendientes de Adán en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sínodo en Cártago.
Las contribuciones de Boecio a la civilización occidental en general y a la teología en particular son amplias y significativas. Ciertamente, él adaptó un número de obras del griego al latín, que probablemente incluían los Elementos de Euclides. Estas obras allanaron el camino para el llamado cuadrivio, o grupo de cuatro disciplinas académicas (música, aritmética, geometría y astronomía). El cuadrivio se combinó con el trivio (gramática, retórica y dialéctica), para formar las siete artes liberales (aunque debemos recordar que cada una de las disciplinas cubría en aquel entonces mucho más terreno que aquel con el que las asociaríamos típicamente hoy en día). Gracias a la influencia de Alcuino de York (c. 740-804) y al círculo intelectual que rodeaba a Carlomagno, las siete artes liberales se convirtieron en el fundamento de la educación superior occidental; por lo que, el trabajo de Boecio fue, a largo plazo, instrumental para moldear profundamente todo el concepto de la educación universitaria.
En adición a esta contribución pedagógica más general, Boecio también tradujo al latín numerosas obras de lógica del filósofo griego Aristóteles. Debido a la carencia general de conocimiento del idioma griego en la Europa occidental medieval, la obra de Boecio en esta área fue sumamente influyente, tanto en términos de proveer una de las únicas maneras para tener acceso al pensamiento de Aristóteles hasta el siglo XII, como también en los límites que impuso sobre tal acceso, trayendo como resultado que Aristóteles fuera primordialmente conocido como un logista y no como un metafísico. Asimismo, Boecio inadvertidamente contribuyó a preparar el camino para la gran crisis que ocurrió dentro del pensamiento cristiano en los siglos XII y XIII cuando de repente se descubrió que Aristóteles, el logista autoritativo, alegadamente se aferró a numerosas posiciones metafísicas (tales como la eternidad del mundo) que no fueron fáciles de acomodar dentro de un marco cristiano. Fue este problema el que dio origen a la gran obra de Tomás de Aquino.
Teológicamente, las grandes contribuciones de Boecio se encuentran en sus Cinco opúsculos teológicos (Opuscula sacra) y su mágnum opus, La consolación de la filosofía. El primer grupo de cinco pequeños tratados, la Opuscula sacra, cubre temas relacionados con las doctrinas de la Trinidad, la naturaleza de la fe católica y la encarnación. Los más importantes de estos son indudablemente los números 1-3, que tratan de la Trinidad. Dado que la obra de Boecio sobre la Trinidad sería un libro de texto estándar en la Edad Media, y que escribir un comentario sobre ella se convertiría en parte básica de la educación teológica, la importancia de su trabajo en esta área no puede ser sobrestimada.
Su contribución a este tema puede considerarse en dos aspectos. Primero, él opera dentro de un marco básico agustiniano, que asume la unidad sustancial de Dios desde el principio y luego trabaja desde esta base para explicar la triunidad en términos de relación. Como tal, su obra se sitúa dentro de una tradición occidental establecida que luego ayuda a reforzar. Segundo, él demuestra cómo el análisis lógico del lenguaje puede ser usado para explorar y explicar la doctrina cristiana, un punto que tuvo grandes implicaciones para el desarrollo del entrenamiento teológico en el Occidente. Lo que Boecio hace en sus tratados es ofrecer una defensa de la doctrina de la Trinidad donde asume la verdad de la posición nicena, y luego aplica la lógica a fin de demostrar cómo la teología trinitaria requiere de un análisis cuidadoso de cómo es usado el lenguaje y cómo las categorías lógicas aristotélicas pueden ayudar con esta tarea. Solo de esta manera, argumenta Boecio, podemos entender cómo el lenguaje de unidad y la multiplicidad puede ser aplicado a la Divinidad.
La obra magna de Boecio, La consolación de la filosofía, fue tanto el libro más popular después de la Biblia misma en la Europa Occidental en la Edad Media (se rumora que Alfredo el Grande hizo una traducción de este), como también uno de los más perturbadores. Escrito mientras Boecio esperaba su ejecución, hace la más básica de las preguntas: ¿por qué Dios permite que lo malo le suceda a la gente buena? Mientras languidecía en su celda, la Dama Filosofía aparece y le explica por qué un Dios omnisciente puede permitir el sufrimiento del inocente: aunque Dios sabe y ve todas las cosas en todo tiempo, pasado, presente y futuro, en un momento o acto puntual de Su ser, la posibilidad del mal es algo que Él debe permitir si los seres humanos han de tener alguna libertad significativa. El mal y el sufrimiento son, por así decirlo, el precio que vale la pena pagar por la libertad.
El hecho que sea la Dama Filosofía quien ofrezca esta explicación, y que el libro no contenga nada explícitamente cristiano, ha dejado perplejos a los lectores por generaciones: ¿cómo pudo el escritor cristiano de la Opuscula sacra haber escrito una obra sobre esta pregunta y no haber dado una solución explícitamente cristiana? Aunque es imposible responder a esto con certeza, ciertamente las generaciones posteriores pudieron construir sobre el argumento subyacente de Boecio en La consolación, que la filosofía era extremadamente útil como medio para adquirir conocimiento y alcanzar la visión de Dios. Aún más, el verdadero dilema que plantea la obra de Boecio es este: si Dios ya conoce el futuro, ¿cómo puede tener sentido el lenguaje sobre la libertad? Su respuesta puede que no haya sido explícitamente cristiana, pero la pregunta fue planteada de una manera dramática que sirvió para moldear las discusiones futuras sobre la relación entre el previo conocimiento y la libertad.
Boecio, entonces, es hoy un laico poco conocido. Aún así, en su breve carrera literaria, tradujo y fue autor de obras que tuvieron un impacto casi incalculable sobre la manera en que la gente pensó, estudió y argumentó por mil años.
El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].
Dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.Jeremías 2:13
Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.Juan 7:37
¿Es usted un cristiano de nombre?
Sundar Singh (1889-1929), predicador del Evangelio en la India, escribió lo siguiente cuando regresó de Europa: “Como había comprobado el amor de Dios en el corazón de los occidentales que nos trajeron el Evangelio a la India, pensaba encontrarlo muy extendido entre los habitantes de sus países europeos. ¡Pero la realidad es muy diferente, pues muchos cristianos solo lo son de nombre! ¿Esto quiere decir que el cristianismo fracasó? ¡Por supuesto que no! Son los cristianos quienes no comprenden el cristianismo y no siguen el ejemplo de Cristo”.
Cien años después, la constatación es la misma. ¡Cuántas personas confunden el cristianismo con una religión que somos libres de seguir más o menos fielmente! El verdadero cristianismo es algo muy diferente: es vivir a Cristo, vivir de él, con él y para él. Tuvimos un encuentro con Jesucristo, y ese día todo cambió: nuestra vida encontró un nuevo sentido, la vida cambió de objetivo. Nuestro futuro se llenó de esperanza porque Jesús llevó el peso de nuestros pecados. ¿Cómo atribuirse el nombre de cristiano si uno no tiene relación con Cristo? ¿Cómo pegar la etiqueta cristiana a actividades profanas: económicas, políticas u otras? El Cristo de los evangelios sigue siendo el mismo que fue rechazado y crucificado por el mundo.
Jesús nunca pretendió transformar ni mejorar el mundo. Pero, a los que lo reciben como su Salvador les da una vida nueva sin que tengan necesidad de una etiqueta: “les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).
Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.2 Corintios 8:9
Los hombres más ricos del mundo
Parece que uno de los hombres más ricos del mundo es el soberano de un estado muy pequeño en el Sudeste Asiático. En su palacio hay oro por todas partes: su trono es de oro macizo, su cetro también, y su residencia tiene más de 1800 habitaciones…
Pero toda la riqueza acumulada por este monarca no le permitirá comprar su salvación eterna. Dejará este mundo como el más pobre de los mortales, es decir, con las manos vacías.
Podemos indignarnos ante las desigualdades sociales que nos parecen escandalosas; o también empezar a soñar: ¿qué haría yo si tuviese uno de esos millones de dólares?
No envidiemos esa superabundancia de bienes terrenales. Más bien, busquemos, si aún no lo hemos hallado, el único tesoro eterno, el único que puede repartirse infinitamente sin que nunca disminuya, el cual es ofrecido gratuitamente a todos los hombres: el tesoro del conocimiento de Dios mediante Jesucristo el Salvador.
Para permitirnos poseerlo, para conocer a Dios mismo como nuestro Padre, el Hijo de Dios se despojó de toda la gloria del cielo; vino a los más pobres de la tierra y se ocupó de su sufrimiento y de su miseria. Y más aún, Jesús dio su vida en la cruz en rescate por todos; luego resucitó y subió al cielo. ¿Puede usted decir como el apóstol: “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí”? (Gálatas 2:20).
Si es así, entonces usted posee para siempre el mayor de los tesoros: ¡Jesús en el cielo!
¿Deberían las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?
Dr. Peter Masters
Es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias
Después de tantas semanas, puede parecer que es algo tarde para que se comente sobre esto, pero es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias.
Las actuales restricciones afectan profundamente nuestra adoración, nuestra comunión, nuestras escuelas dominicales y nuestro evangelismo en la comunidad. A nadie le gustan o las quiere. Recientemente, un periódico evangélico británico hizo las siguientes preguntas: “¿Deberíamos tener un debate respecto a esto? ¿Estamos haciendo lo correcto? ¿Deberían las iglesias, gobernadas por Cristo, someterse tan fácilmente al Estado – el reino de este mundo?”. El artículo no respondió a la pregunta, pero podría haberlo hecho fácilmente, si tan solo el escritor hubiera hecho referencia a las confesiones de Westminster o la Bautista como una guía en la posición escritural. La respuesta está ahí, en palabras con una simpleza desarmante pero cuidadosamente elaboradas.
El error del escritor fue simplificar demasiado el asunto de dos reinos opuestos: el de Dios y el del mundo. Ciertamente, parecía pensar, la iglesia no debería cambiar sus actividades por orden del mundo. El mundo no puede ser puesto por sobre el señorío de Cristo sobre su Iglesia.
Los lectores pueden estar al tanto de que hay una muy bien conocida iglesia en California que ha razonado en los mismos términos y ha reabierto los cultos de adoración sin mascarillas o distanciamiento social durante la cuarentena. Su pastor ha articulado el mismo argumento: ¿Acaso no hay dos gobiernos: el mundo y la iglesia?; y ¿no deberíamos nosotros afirmar la obediencia al gobierno de Cristo, y rehusarnos a permitir que nuestros cultos de adoración habituales sean interrumpidos?
En primer lugar, por favor permítanme leer una o dos frases de la Confesión Bautista de fe de 1689:
“Dios, el supremo Señor y Rey del mundo entero, ha instituido autoridades civiles para sujetarse a él y gobernar al pueblo para la gloria de Dios y el bien público… Habiendo sido instituidas por Dios las autoridades civiles con los fines ya mencionados, se les debe rendir sujeción en el Señor en todas las cosas lícitas que manden, no sólo por causa de la ira sino también de la conciencia; y debemos ofrecer súplicas y oraciones a favor de los reyes y de todos los que están en autoridad”.
Los dos textos clave que prueban estas palabras en la confesión son Romanos 13:1-7 y 1 Pedro 2:13-18, y hay otros también. Dios ha implementado el gobierno y el orden civil para que todos lo obedezcan, incluyendo su pueblo. Él ha puesto en los corazones de la raza humana, incluso en su estado caído, el desear gobierno y orden, y da poder a las autoridades civiles. En asuntos relacionados con el cuerpo, la ley y el orden, la defensa y bien público, incluyendo la salud pública, Dios gobierna a su pueblo redimido junto con todo el resto del mundo por medio del gobierno civil. Es un agente del gobierno de Dios. Por lo tanto, es una seria simplificación el decir: “solo existe la iglesia y el mundo”. Esto ignora los dos grandes textos.
Hace muchos años, conocí a un hombre de negocios rico quien, a pesar de ser un cristiano, estaba bastante orgulloso del hecho de que pagaba menos impuestos. Me dijo que declaró inapropiadamente sus acciones para que sus contadores bajaran sus impuestos, y reconocía que esto era ilegal. Naturalmente, le desafié, pero estaba preparado con una defensa. “Me siento libre de hacerlo”, dijo, “porque los impuestos son la ley del César”. Se había convencido a sí mismo que los cristianos no están bajo el Estado, sino bajo Cristo. Este era un caso extremo, pero el punto está claro: para asuntos de orden público, bien público y salud pública, “toda persona”, dice Pablo en Romanos 13, está bajo el César.
Sí, por supuesto, en la Biblia está la imagen de dos reinos y nosotros creemos y defendemos esto. Cristo reina sobre su iglesia directamente en asuntos de creencias doctrinales, el contenido de la adoración, conducta moral, disciplina e ideología. Pero eso no es la imagen completa, pues también se nos enseña en las Escrituras que Dios gobierna los asuntos civiles a través de autoridades civiles, y los cristianos están sujetos a ellas.
Varias revistas recientemente han reimpreso la conocida «Pregunta 109» del puritano Richard Baxter (en Christian Ecclesiastics, 1665), la cual representa la postura tradicional cristiana. “¿Podemos omitir las asambleas eclesiásticas en el día del Señor si los magistrados las prohíben?”. En general, las respuestas son: «Si el magistrado, para lograr un bien mayor, prohíbe las asambleas de la iglesia en tiempos de peste, asalto de enemigos, o incendios, o una necesidad similar, es un deber obedecerle”. Por otro lado, «Si los príncipes prohíben profanamente las asambleas sagradas y el culto público… como una renuncia a Cristo y a nuestra religión, no es correcto obedecerlos formalmente”.
La suspensión de las reuniones públicas por parte del gobernante debe ser imparcial, aplicarse por igual a toda la sociedad, no solo a las iglesias, y debe ser sólo por un período de tiempo, o intuiremos que se restringe la fe y se persigue a la iglesia. Entonces tenemos que adoptar una actitud firme. Esta ha sido siempre la posición de la mayoría de los protestantes.
En Inglaterra actualmente hemos vuelto a reunirnos en las iglesias (desde el 5 de julio), pero estamos limitados porque no podemos cantar, usamos máscaras faciales y debemos mantener el distanciamiento social, pero esas reglas se aplican en toda la sociedad. De hecho, volvimos a reunirnos mucho antes de que se permitieran reuniones a algunos otros. Creo que el último fin de semana de agosto fue la primera vez que se permitió a una multitud asistir a un partido de fútbol, y eran sólo 2 500 personas. Esto, a pesar de que el gobierno obtiene un ingreso considerable por esa actividad, y se podría pensar que se esforzarían por apoyar el deporte nacional más que las iglesias.
Otros grupos también han tenido un trato aún más duro que las iglesias. El gobierno recientemente anunció que si la reanudación de la educación lleva a un «alza» en Covid-19, los pubs y bares tendrían que cerrar de nuevo para reequilibrar la lucha contra el virus. No hubo mención (en esta etapa) de que las iglesias también tendrían que cerrar. No parece haber una acción injusta hacia las iglesias y la proclamación del Evangelio.
Puede ser que los hermanos a los que se hace referencia en California hayan sufrido algún tipo de desigualdad o injusticia muy grandes en la forma de cuarentena, y por lo tanto tienen derecho a protestar (primero por acción legal). Pero no sería un argumento válido decir, como parecen decir, que estas restricciones son la ley de César y no tienen autoridad sobre la iglesia. La declaración de esta iglesia dice abiertamente, «Cristo, no César, es la cabeza de la iglesia”, lo cual deja de lado la postura histórica al respecto, sonando más como una idea anabaptista.
Como cristianos estamos sujetos a límites de velocidad, restricciones de construcción, e incluso cuarentenas de emergencia como el resto de la sociedad. Damos gracias a Dios que hay formas alternativas de proclamar la Palabra y ministrar a personas en el corto plazo.
Si las restricciones del coronavirus se vuelven poco razonables, o demasiado largas, o desiguales, ese sería el momento de protestar. Tal como están las cosas, las iglesias no deberían comportarse como una comunidad mimada. No estamos sufriendo un estado de guerra, como en la Segunda Guerra Mundial, cuando todos los hombres menores de 41 años estaban fuera de casa hasta cinco años. No tenemos que ir en secreto a las catacumbas, como los creyentes de antaño, para adorar a Dios. Lo que estamos llamados a hacer, en común con todos los demás, es sostenible, y algo con lo que podemos trabajar, y alabamos y damos gracias a Dios.
Romanos 13:1 dice: «Sométase toda persona a las autoridades superiores». Se ha sugerido que este es un deber de los individuos, y no necesariamente de las iglesias, pero esta es una distinción imposible. «Toda persona», se aplica a todos, salvos y no salvos. Pablo dice del estado: «Porque no hay autoridad sino de parte de Dios”. Recordamos que en la época en que Pablo escribió, los gobernantes eran idólatras, déspotas y tiranos como Nerón. Sin embargo, él dice: «De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste”. Esto es muy serio, hemos de pensar dos, e incluso muchas veces, antes de ir contra el estado. Pablo va más allá, diciendo: » y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”. El griego dice juicio, disciplina o castigo (del Señor).
Un poco más adelante leemos (en el versículo 5), «Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo [por temor al castigo civil], sino también por causa de la conciencia». Nuestras conciencias deben estar afinadas de tal forma que nos demos cuenta de que estamos desobedeciendo a Dios si desobedecemos al Estado.
Hay excepciones en las Escrituras. Si las autoridades públicas tratan de detener completamente la proclamación de la Palabra, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Si intentan cambiar nuestras doctrinas y nos dicen que debemos abogar por el matrimonio entre personas del mismo sexo, o enseñar la evolución a los niños, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Y si interfieren con los estándares morales o las doctrinas de la Palabra o la proclamación del Evangelio, obedecemos a Dios en lugar de los hombres. En los capítulos 4 y 5 de Hechos, los apóstoles toman una postura muy clara respecto a tales asuntos.
En 1 Pedro 2:13 leemos: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana». Y luego Pedro dice (v 15): «Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos”. La gente de fuera de la iglesia está dispuesta a “saltarnos encima” si la iglesia no mantiene las restricciones. «Miren a esa gente egoísta», dirán, «no les importa cuánta gente esté infectada, o cuántos puedan morir”. El Señor dice, no debemos dar esa oportunidad a los que no son creyentes. Nosotros obedecemos. “Honrad a todos […] . Temed a Dios. Honrad al rey”.
Cuán sucintamente Calvino explica las cosas en su comentario sobre 1 Timoteo 2:1-2:
«Él [Pablo] menciona expresamente [la oración por] los reyes y otros magistrados, porque cristianos podrían llegar a odiarlos más que todos los demás. Todos los magistrados que existían en aquel tiempo eran enemigos jurados de Cristo; y por eso tal vez pensaban que no debían orar por los que dedicaban todo su poder y todas sus riquezas a luchar contra el reino de Cristo, cuya extensión está por encima de todas las cosas deseables. El apóstol se encuentra con esta dificultad, y encarece expresamente a los cristianos que oren también por ellos. Y, en efecto, la depravación de los hombres no es una razón por la que no debemos amar la ordenanza de Dios. Por consiguiente, viendo que Dios nombró magistrados y príncipes para la preservación de la humanidad, por mucho que no cumplan tal designio divino, no debemos por ello dejar de amar lo que pertenece a Dios, y más bien debemos desear que siga vigente. Por eso los creyentes, en cualquier país que vivan, no sólo deben obedecer las leyes y el gobierno de los magistrados, sino también en sus oraciones suplicar a Dios por su salvación».
PETER MASTERS
Peter Masters ha sido pastor de la iglesia Metropolitan Tabernacle en Londres desde 1970. Esta iglesia fue fundada a finales del siglo XIX por C.H. Spurgeon. En 1865, Spurgeon también fundó la revista The Sword and the Trowel, que sigue publicándose editada por el Dr. Masters. El programa de televisión del Metropolitan Tabernacle se emite dos veces por semana y tiene seguidores en todo el Reino Unido y Europa.
Masters ha escrito más de veinticinco libros, que han sido traducidos a al menos veintitrés idiomas. Anima a iglesias y pastores evangélicos a separarse de iglesias que se hayan desviad2o de las doctrinas básicas históricas del cristianismo.
En cuanto al movimiento carismático, mantiene una postura cesacionista, y considera la teoría de la evolución de Darwin como propaganda humanista.