Los Años de Rebeldía

Gracia Verdad y Vida

Los Años de Rebeldía

Ruben Sarrion

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Ruben Sarrion

Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.


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EL AGENTE MORAL CRISTIANO

Alimentemos El Alma

LIBRO: ÉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ética cristiana: Un enfoque bíblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ética cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guía de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

Capítulo 2

EL AGENTE MORAL CRISTIANO

En el capítulo introductorio hemos tratado de la naturaleza de la ciencia ética cristiana y de los fundamentos teológicos sobre los cuales esta ciencia descansa. Estudiamos los postulados en que se fundamenta la ética, aunque algunos dirían que no necesitan una exposición especial en un curso de ética, ya que confiamos en los resultados de la dogmática. Hicimos un repaso de ellos, sin embargo, para aclarar nuestros fundamentos. Algunos de los postulados, no obstante, requieren una explicación especial por su estrecha relación con la ética y la vida moral. El propósito de este capítulo es hacerlo.

Aquí nos ocuparemos en considerar al agente (o actor) de la vida moral cristiana. Este agente es el cristiano que se esfuerza para vivir cristianamente. Para entender al cristiano en su papel de agente moral nos conviene que lo estudiemos primero como hombre creado por Dios; luego como hombre caído en el estado de pecado, y finalmente como hombre redimido por Cristo y regenerado por el Espíritu de Dios. En este capítulo consideraremos al hombre tal como está constituido por virtud de su creación, y también trataremos del ser humano en el estado de pecado y de redención.

I. La naturaleza del ser humano

El hombre, constituido como tal desde el principio por Dios, es espíritu finito con substrato físico, hecho a la imagen de Dios y, por esto, poseedor de una naturaleza racional-moral en la cual y a través de ella debe desarrollarse para glorificar a Dios, servir a sus semejantes y realizarse a sí mismo.

1. El hombre es espíritu, pero espíritu finito (es decir, creado). Esto lo hace semejante a Dios, pero también notablemente lo distingue del ser divino, quien es Espíritu infinito.

2. Aunque el hombre es esencialmente espíritu, tiene cuerpo (o habita un cuerpo). La relación entre cuerpo y alma es un problema desconcertante. La relación es muy íntima en cuanto a nuestra vida terrenal. La deterioración del cuerpo nos conduce hacia el fin de la existencia mundana. Al estudiar al hombre como ser ético es menester que consideremos, tanto el cuerpo como el alma. El punto de vista bíblico, teísta y cristiano del ser humano excluye la idea de que el hombre sea puramente físico o puramente espiritual. Siempre el concepto incluye la indisoluble unión entre cuerpo y espíritu. Es cierto que el cuerpo se incluye en la personalidad del hombre; por esto su vida terrenal tiene mucho que ver con la teoría ética del hombre y sus deberes.

No obstante, el hombre es espíritu. Y lo es esencial y eternamente. En la vida terrenal, tan íntimamente están relacionados el cuerpo y el espíritu que el cuerpo puede llamarse el instrumento del alma; pero no viceversa. El hombre tiene cuerpo y habita un cuerpo; pero es espíritu. Ello lo eleva por encima de lo animal, le da un destino espiritual y eterno.

3. Su naturaleza es racional-moral. Esto ya está implícito en que el hombre, siendo espíritu, está hecho a la imagen divina. Además, es una extensión y un efecto de su espiritualidad. La racionalidad y la moralidad se implican recíprocamente. Un ser verdaderamente racional es moral; y un ser verdaderamente moral es racional. No obstante cada término designa un aspecto distinto de la naturaleza humana. Por ser racional el hombre ve significado y coherencia en las cosas; siendo ser moral está consciente de que su existencia tiene propósito o finalidad. Para tratar justamente con los dos aspectos: racional y moral (indebidamente se suprime el uno o el otro en ciertos sistemas de moralidad), preferimos mencionar los dos aspectos juntos e indicar su unidad por el uso del guión, es decir, la naturaleza «racional-moral».

Las implicaciones éticas de la doctrina bíblica de la naturaleza del hombre son importantes y significantes. Las implicaciones tocan a tres puntos: (1) El fin verdadero del hombre; (2) la libertad humana; y (3) la conciencia humana.

II. El fin verdadero del hombre

Este fin se encuentra en glorificar a Dios. El que era el último elemento en las implicaciones éticas de la verdad en cuanto a Dios es necesariamente el primero aquí. El fin más alto y más comprensivo de la existencia del hombre es el de cumplir con su propósito: el glorificar a Dios. El servir al prójimo aparte de este fin sería mero humanismo y servicio social humanitario. Pero subordinado a la gloria de Dios el servicio humanitario es una manera en que el propósito de Dios para nosotros se va realizando. La «autorrea-lización» separada del fin de glorificar a Dios conscientemente no es más que puro individualismo.

Nietzsche, por ejemplo, se gloría en su «autorrealización» pero tiene solamente desdén para Dios. Una vez que el hombre glorifique a Dios, esforzándose con toda su capacidad para hacer su santa voluntad, verdaderamente alcanzará su plenitud como hombre. Entonces se cumplirán todas las capacidades y potencialidades de su naturaleza. No cabe duda de que en la ética cristiana hay algo de lo que podemos llamar «autorrealización», pero es muy diferente del concepto no cristiano. Nos desviaríamos demasiado si tratáramos este punto aquí; sin embargo, volveremos al punto más tarde.

III. La libertad de la voluntad

El problema que tocamos aquí es el más frustrante en toda filosofía y teología. Aunque nos resulte insoluble, ello no quiere decir que una consideración del problema sea infructuosa. Existen temas importantes en cuanto a la verdad y al error que están relacionados con la consideración de esta cuestión.

La confusión y la ambigüedad pueden evitarse si hacemos claras ciertas distinciones. Un gran número de preguntas están implicadas en esta pregunta: ¿Es libre el hombre? Contestamos no sin preguntar antes: ¿Libre con referencia a qué? Esta última pregunta nos conduce a dividir la cuestión en tres partes, o sea, en tres maneras de hacer la pregunta: Si el hombre tiene lo que se llama el «libre albedrío»,

1. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?

2. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) en cuanto a la omnipotencia y providente voluntad de Dios?

3. ¿Es libre el hombre (y su voluntad) con respecto a la realización de su verdadero fin?

1. ¿Es libre la voluntad del hombre en cuanto a las fuerzas de la naturaleza?

La pregunta no es si el hombre puede hacer lo que le dé la gana sin tomar en cuenta las limitaciones de las fuerzas naturales; todos saben que esto es imposible. Más bien, lo que se indaga es: si la voluntad del hombre está esencialmente determinada por las fuerzas naturales. Este es el punto de vista de cada forma del naturalismo. Este «necesitarianismo» (una especie de determinismo o fatalismo disfrazado) del naturalismo moderno lo repudiamos por ser erróneo. El hombre es libre, y por ser hecho a la imagen de Dios no puede ser, ni llegará a ser, un autómata, un mero instrumento de las fuerzas naturales. No es una causa de tipo físico-químico lo que determina su voluntad, sino que su voluntad está determinada por lo espiritual, es decir, por consideraciones racionales y morales.

Como criatura de Dios, creado a su imagen, el hombre es portador de los atributos de Dios que llamamos los atributos «comunicables». Uno de estos atributos es la «soberanía». El hombre por supuesto no es soberano en el sentido absoluto, pero Dios sí le confirió un cierto tipo de «soberanía limitada» al poner ciertos aspectos de la creación bajo su jurisdicción y hacerle responsable en cuanto a estos.

Es de suma importancia y de gran valor defender esta libertad. El criminal no puede disculparse y justificar su comportamiento como el resultado inevitable de la herencia y/o las fuerzas ambientales. El hombre es responsable por sus hechos. Esta responsabilidad se basa en reconocer la existencia de una libertad que el naturalista niega. Esta libertad suele llamarse «libertad formal». Podemos también decir que es libertad en el sentido psicológico. Aun en el estado de pecado, el hombre sigue siendo libre en este sentido: la acción de su voluntad no es simplemente de un resultado de fuerzas físico-químicas, es más y diferente. Esta libertad está explicada en una parte de los Cánones de Dort (III y IV, art. 15), donde leemos: «Pero el hombre por la caída no dejó de ser criatura, dotada de conocimiento y voluntad; no lo priva de la naturaleza humana el pecado que ha penetrado en la totalidad de la especie humana, sino que le trajo depravación y la muerte espiritual: así también la gracia de la regeneración no trata a los hombres como bloques o piedras sin sentido ni les quita su voluntad y propiedades, no los maltrata…»

2. ¿Es libre la voluntad humana en relación con la voluntad omnipotente y determinante de Dios?

Negamos que la voluntad del hombre sea determinada por fuerzas físico-químicas pero sí afirmamos que existe una voluntad divina que lo abarca todo, de acuerdo con la cual suceden todos los acontecimientos. Todo lo que acontezca sucederá tal como lo determina Dios. El decreto divino establece eterna y seguramente cada evento.

¿Esto, no roba al hombre su libertad? Depende de lo que se quiera decir con el concepto de «libertad». El hombre nunca es libre para hacer lo que quiera. Sus movimientos están siempre restringidos. Pero si la palabra «libertad» quiere decir que uno puede actuar por sus propios motivos, sin que nadie lo obligue a conducirse de cierta manera en la que nunca lo habría hecho por sí mismo, entonces el hombre es libre en este segundo sentido de la palabra. Las limitaciones de esta soberanía restringida del hombre no quitan de él la soberanía que Dios le otorgó al crearlo a su imagen.

¿Cómo podemos relacionar todo esto con una plena aceptación de la predestinación divina tan claramente enseñada en las Escrituras? Quizá la siguiente explicación nos ayudará. El decreto divino establece con certeza cada acontecimiento, segura y eternamente. Pero la certeza de los actos humanos, determinados por el decreto divino, no hace que sea asunto obligatorio. El decreto de Dios determina cada evento a su manera. Hay dos tipos de acontecimientos: los que están en la esfera natural y los que están en la esfera moral. Y cada uno de los dos tipos de sucesos acontece seguramente, pero cada tipo según sus reglas. La certeza de un dato en la esfera moral difiere de la certeza de un hecho en la esfera natural.

Los eventos naturales acontecen seguramente tal como los eventos naturales lo hacen, es decir, como parte de una cadena causal; cada acontecimiento en relación con sus causas. El evento en la esfera natural está determinado por Dios desde la eternidad y acontece en el tiempo de acuerdo con la ley de causa y efecto. Los actos morales (es decir, los actos de los hombres) acontecen con una certeza que es a su propio modo. El decreto divino asegura que todos los eventos morales sucedan, pero acontecen no en relación causal físico-química sino como acontecimientos morales. La voluntad humana está determinada por la selección moral. Esto quiere decir que aunque el acontecimiento de todos los actos del hombre está asegurado por el decreto divino, no quiere decir, y no implica, que Dios fuerce a uno a hacer cierto acto. El decreto no constriñe la voluntad humana. La voluntad del hombre no está forzada desde afuera. Dios es la causa última de cada evento pero las causas secundarias (agentes morales) no están esclavizadas por estos. (Véase la Confesión de fe de Westminster, Cap. V. párrafo II)

Esta consideración, aunque no resuelva el problema, puede eliminar ciertos asuntos implícitos. Además, debemos notar que aunque el problema del llamado «libre albedrío» aparezca como problema teóricamente insoluble, en la práctica la dificultad no es grande. Las Escrituras, como también la misma experiencia humana, no tienen dificultad en afirmar ambas cosas: la libertad humana y la predestinación divina. (Véase Gn 50:20; Lc 22:22 y Heb 12:23.)

3. ¿Es libre la voluntad humana con respecto a la realización de su verdadero fin?

Al primer tipo de libertad de la voluntad de la cual hablamos, podemos llamarlo psicológico; y al segundo tipo, teológico. Ahora trataremos de la libertad moral de la voluntad. ¿Es libre el hombre en el sentido de ser capaz de realizar su verdadero fin moral? ¿Puede hacer el bien? ¿Está constituido para poder alcanzar el verdadero propósito de su existencia?

El hombre como lo hizo Dios (es decir, antes de su caída en el pecado) poseía esta libertad. Usando una frase de San Agustín, decimos que su estado era el de posse non peccare. Esto, por supuesto, no quiere decir que el hombre retenga actualmente este poder salvo que haya una incursión de gracia divina en su vida. El hombre no puede hacer nada sin Dios, y nunca ha podido, ni aun cuando estaba en el estado de perfección. Es y siempre fue completamente dependiente de su creador (aun antes de la caída). Pero como criatura de Dios, sostenido por su omnipotente poder, el hombre, por virtud de la creación, tenía la capacidad de lograr el fin verdadero de su existencia: el hacer lo bueno y el vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. El pecado no destruyó la libertad psicológica y teológica, pero sí destruyó el segundo tipo, o sea, la libertad moral. El significado de esto lo examinaremos después, al considerar el estado del pecado. Pero antes de hacerlo es menester que estudiemos la conciencia.

IV. El agente moral cristiano: la conciencia

A. La conciencia en las Escrituras

En el Antiguo Testamento no existe una palabra especial para la conciencia. Pero son varios los pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a la manifestación de la conciencia. La palabra LEEBH (corazón) es la palabra que normalmente suele expresar la idea. En Génesis 3:7, 10, la vergüenza y el temor son evidencias de una conciencia ofendida. Otros pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a lo que llamaríamos la conciencia son: Génesis 4:13–14; Levítico 26:36; Josué 14:7; Deuteronomio 28:67 (véase también v. 65); 1 Samuel 24:5–6; 25:31; 2 Samuel 24:10; 1 Reyes 2:44; Job 27:6; y Proverbios 28:1. Las palabras de Job 27:6 («no me reprochará mi corazón en todos mis días»), y en Eclesiastés 10:20 (la palabra se traduce como «pensamiento» según la Septuaginta, pero también se puede emplear la palabra «corazón» para traducir el hebreo) expresan la idea de la conciencia.

En el Nuevo Testamento la palabra «corazón» también tiene el significado de conciencia. La encontramos cuatro veces en 1 Juan 3:19–21 (véase también Romanos 2:15). Notables ilustraciones de la operación de la conciencia son las que vemos en el caso de Pablo (Hch 26:9), de Judas, (Mt 27:3), y de Pedro (Mt 26:75). Sin embargo, la palabra que el Nuevo Testamento emplea precisamente para significar la conciencia es suneideesis. Esta palabra se encuentra no menos de treinta veces en el Nuevo Testamento. He aquí algunos de los textos en que la palabra ocurre más de una vez: Juan 8:9; Hechos 23:1; 24:16; Romanos 2:15; 9:1; 13:5; 1 Corintios 8:7, 10, 12; 10:25, 27, 28, 29; 2 Corintios 1:12; 4:2; 5:11; 1 Timoteo 1:5–19; 3:9; 4:2; 2 Timoteo 1:3; Tito 1:15; Hebreos 9:9, 14; 10:2, 22; 13:18; 1 Pedro 2:19; 2:16, 25.

B. La naturaleza de la conciencia

1. Definición: ¿Qué cosa es la conciencia?

La conciencia es la capacidad moral del hombre de enterarse o darse cuenta; es la facultad de juzgar sus hechos, futuros o pasados, aprobando los que considere correctos y condenando los que considere equivocados. El ser humano se da cuenta de que se da cuenta y está enterado de que está enterado. También podemos decir que la conciencia es la capacidad de estar consciente de que se está consciente.

El hombre es entonces un ser «autoconsciente». Se da cuenta de sí mismo. Puede ser, a la vez, el sujeto y el objeto de su pensamiento. Puede pensar en sí mismo y contemplar sus pensamientos. Cada juicio que hace conscientemente en cuanto a su conducta tiene su aspecto moral y está moralmente condicionado. Nos evaluamos por nuestros actos a la luz de ciertas normas morales. Esta capacidad del hombre de darse cuenta y de funcionar como juez de sus propios hechos es la conciencia humana.

De esto concluimos que la conciencia no es una mera facultad síquica del hombre. Pero tampoco es correcto llamarla «la voz de Dios» en el corazón humano, excepto en un sentido puramente figurado. En el sentido poético hay, por supuesto, mucha verdad en el dicho de Byron: «La conciencia humana es el oráculo de Dios». Goethe describe la conciencia en términos imaginativos: «…todo lo que dice Dios dentro de nuestro pecho». Podemos llamar conciencia a todo esto y también llamarla «una chispa del fuego celestial», pero la conciencia no es la voz divina excepto metafóricamente, o sea, en el sentido de que Dios deja su testimonio a través del autoconocimiento moral de cada hombre.

2. La conciencia: su referencia personal

Por ser capacidad del hombre el darse cuenta en el mismo acto de juzgar sus propios hechos, la conciencia esencialmente se refiere a la persona misma, o sea, siempre tiene una referencia personal. Los pronunciamientos de la conciencia siempre son los de la persona acerca de sí mismo. Cada vez que habla la conciencia no aprueba o condena cierto acto en lo abstracto, sino se refiere a la concreta actuación de la persona. En verdad, no es tanto el acto lo que se condena o aprueba, sino la misma persona que hace el acto se aprueba o se condena a sí misma. La referencia personal de la conciencia es enteramente específica: la conciencia nunca aprueba ni condena el acto de otra persona sino el de su persona. La conciencia no acusa ni excusa por algo que haya hecho otra persona sino solamente por lo que hizo la persona misma. Por supuesto, se puede juzgar moralmente un acto de otra persona, y una persona puede hasta decir: «mi conciencia condena el comportamiento de este», pero esto quiere decir solamente que el que habla no lo haría. La conciencia habla, entonces, en referencia a la anticipación de un posible comportamiento. Al respecto debemos notar que el juicio de la conciencia es inmediato. No lo hace después de una larga deliberación. La conciencia habla inmediatamente, al despertarse, sea en cuanto a un acto contemplado o ya cometido.

3. La conciencia es positiva y negativa

La conciencia aprueba o condena. El aspecto negativo de la conciencia es el más notable en nuestra experiencia. Tanto en la literatura profana como en la sagrada encontramos, en mayor número, ejemplos en que la conciencia condena. De hecho, solemos hablar de la conciencia solamente como aquello que nos «pica» cuando hacemos o contemplamos algo malo. Las historias y episodios de Pedro y Judas en el Nuevo Testamento ofrecen algunos de esos ejemplos; también Hamlet y MacBeth en el teatro de Shakespeare, son algunos ejemplos. Todos son ejemplos de la operación negativa de la conciencia. Pero la conciencia no solamente condena; también aprueba. Condena la conducta equivocada pero aprueba la conducta que considera correcta.

Algunos teólogos no aceptan el aspecto positivo de la conciencia, pero la verdad es que no cabe duda sobre el mismo. En Romanos 2:14, 15 (uno de los pasajes más importantes en cuanto a la conciencia) lo podemos notar claramente: «Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos». Como ya se ha dicho, la palabra conciencia en el griego es suneideesis. La frase «acusando o defendiendo» en el griego es kateegorountoon ee kai apologoumenoon (la versión de 1909 de la Biblia «Reina Valera» más atinadamente dice: «acusando o excusando»). En esta descripción de la conciencia del hombre natural se dice que su conciencia o lo condena o lo aprueba. (Véase también Ro 9:1 y 2 Co 1:12.)

Además, debemos notar otras expresiones novotestamentarias, tales como «una buena conciencia», «una limpia conciencia», «una conciencia sin ofensas», etc. Tales expresiones se encuentran en Hechos 23:1; 24:16; 1 Timoteo 1:5, 19; 2 Timoteo 1:3; Hebreos 13:18; y 1 Pedro 3:16, 21. La conciencia «buena», «limpia», «sin ofensas» es una conciencia que aprueba. Hacemos referencia de esta función de la conciencia cuando hablamos de paz en el corazón o de la tranquilidad del alma. Agustín de Hipona, expresó el mismo pensamiento de manera más elevada: «Una buena conciencia es el palacio de Cristo; el templo del Espíritu Santo; el paraíso de gozo; y el sábado (día de reposo) perdurable de los santos». Cuando la conciencia reprueba, el resultado es el sentimiento de culpa, acusación, e inquietud. Cuando la conciencia aprueba, el resultado es paz, tranquilidad, y satisfacción.

Se nos pregunta si el hombre tenía conciencia antes de la caída. La respuesta, por supuesto, tiene que ser afirmativa. El tener conciencia tiene que ver con su naturaleza como creado por Dios. Pero la conciencia no tenía entonces ocasión para rendir juicio negativo porque el hombre no había pecado. La conciencia no podía acusar al hombre hasta después de que este pecara. Pero no cabe duda de que la conciencia en su aspecto positivo, que aprueba las actividades, de acuerdo con la santa voluntad de Dios, operaba en el Huerto de Edén. Los que dicen que la conciencia no existía en este paraíso podrían tener razón si se limitaran a referirse al aspecto negativo de la conciencia. No hubo oportunidad para una manifestación negativa de la conciencia hasta que apareció el pecado. Pero, como ya hemos notado, si al hablar de la conciencia nos limitáramos a su aspecto negativo, tendríamos un concepto incompleto de la conciencia que, más importante todavía, no sería el concepto que se nos presenta en la Biblia. Aunque el hombre en el estado de rectitud no hubiera aprendido por la experiencia la diferencia entre la conciencia aprobadora y la acusadora, seguramente experimentaría la aprobación de su conciencia sobre lo que hacía de acuerdo con lo que sabía que era la voluntad de Dios.

4. La conciencia anticipante y subsiguiente

Otra consideración de suma importancia para entender la operación de la conciencia es la de distinguir entre la conciencia en su fase anticipante y su fase subsiguiente. El juicio de la conciencia se relaciona tanto con el futuro como con el pasado. La conciencia no solamente habla después de actuar sino también antes de la acción. Cuando la conciencia nos remuerde, tiene que ver con un acto ya cometido; pero cuando uno dice: «Mi conciencia no me dejará hacer esto», notamos que la conciencia está juzgando antes de que el acto propuesto se cumpla. La referencia al tiempo se expresa con los términos «anticipante» y «subsiguiente».

La conciencia anticipante, mirando adelante, siempre se relaciona con un curso de acción planeado o, a veces, deseado. De acuerdo con la acción sea positiva o negativa, aprueba o condena el acto contemplado. La operación anticipante de la conciencia va acompañada de la experiencia de ser animado o alentado para hacer el hecho contemplado si se considera recto o decidir si se debe hacer. Por el contrario, va acompañado de una exhortación de no hacerlo si el hecho contemplado se juzga reprensible. La conciencia en su fase o aspecto anticipante se manifiesta como sentido de obligación de seguir el camino hacia el deber y de evitar el mal camino. La conciencia se manifiesta más comúnmente en su fase subsiguiente. Mira a un hecho pasado y lo juzga como acto cumplido. La conciencia subsiguiente se asemeja a la anticipante en que puede, por supuesto, juzgar positiva o negativamente, e indicar tanto su aprobación como su condenación.

5. La universalidad de la conciencia

La conciencia es universal en la humanidad. No es una cosa distintivamente cristiana. No es el resultado de la redención, aunque desde luego, la redención tiene mucho que ver con la función de la conciencia. La verdad es que la conciencia cristiana se distingue de otros tipos de conciencia solamente en que se guía por otras normas y distintas reglas. La gracia de Dios purifica la conciencia del creyente (Heb 9:14). Pero la conciencia en sí se encuentra en todo ser humano. La humanidad la tiene por virtud de su creación como ser moral. La tenía antes de la caída, pero solamente en su forma positiva. La tiene desde la caída en ambas expresiones, la negativa y la positiva.

Existen grandes diferencias en la forma de funcionar entre las distintas conciencias humanas, como también en el juicio que pronuncian. La conciencia puede existir a un nivel muy bajo, como existía en algunas naciones en ciertas épocas de su historia. Tanto como la conciencia puede ser tierna y responsiva puede ser dura y callosa. Pero todas esas referencias pertenecen a la función de la conciencia y no a su existencia. La conciencia como tal se encuentra en toda la humanidad y la ha tenido a través de toda la historia. Mientras que el hombre sea un ser humano, mientras que tenga algún sentido moral, por degradado que sea, el hombre tendrá conciencia. Que todo pagano tiene conciencia es la clara enseñanza de Romanos 2:14, 15. También encontramos evidencias de la conciencia en la literatura de todas las naciones. Un filósofo de la época moderna que ha puesto mucho énfasis en la realidad y la universalidad de la conciencia es Emmanuel Kant, y no fue creyente. Kant creía en un imperativo categórico y acentuaba el carácter enaltecedor de la conciencia. La lucha constante para encontrar el camino correcto y de vivir en paz consigo mismo, es prueba de la universalidad de la conciencia en la raza humana.

6. La norma de la conciencia

Es de suma importancia distinguir entre la conciencia en sí y la regla o norma de acuerdo con la cual esta condena o aprueba. Al rendir un juicio, la conciencia lo hace con base en una regla moral o en una norma que la conciencia reconozca como propia. La sentencia de culpable o inocente se hace a la luz de una norma que es inseparable de la conciencia moral humana. Sin embargo, aunque sean inseparables, debemos distinguir entre el juicio o sentencia que la conciencia rinde y la conciencia misma.

De la misma manera tenemos que distinguir entre la norma con que la conciencia opera y la sentencia (o juicio) que la conciencia pronuncia a la luz de esa norma. Esto se hace claro en las palabras griegas nous y suneideesis, que Pablo menciona por separado en Tito 1:15. La palabra nous se refiere al entendimiento o intuición de lo correcto y lo equivocado; pero la palabra suneideesis parece ser la voz que condena o aprueba, en aquella intuición.

La distinción entre la norma y el juicio de la conciencia posiblemente está implicada en la etimología de la palabra «conciencia» suneideesis. La palabra latina «con-ciencia» es una traducción literal de «sun-eideesis». Estas palabras indican un conocimiento con o junto con algo o con alguien. ¿Con quién o con qué es tal conocimiento de la conciencia un «co-conocimiento»? Algunos han dicho: con Dios. Pero esto, aunque suene espiritual y piadoso, no se puede afirmar, ya que la conciencia suele equivocarse, aun en el caso de los más sinceros cristianos. A lo mejor es un testimonio o un conocimiento juntamente con uno mismo, es decir, con este entendimiento dentro de uno mismo, con el conocimiento que uno tenga de la ley, de lo correcto y lo equivocado. Y esto implica que la norma, la regla de la conciencia, se reconoce como objetiva y autoritativa.

Ahora bien, la conciencia que juzga no crea sus propias normas, no las inventa, sino simplemente reconoce su existencia y su autoridad. En verdad, el juicio que la conciencia pronuncia con frecuencia va contra los propios deseos y anhelos de uno. Nuestras conciencias nos molestan porque hacen juicios negativos cuando deseamos lo contrario. Los fuertes sentimientos de culpa que (legítimamente) tenemos son el resultado de que la conciencia, operando con una norma, va contra nuestros deseos y nuestras inclinaciones.

Entonces ¿cuál es esta norma? ¿Cuál es aquella norma de facto que con tanta diversidad se encuentra en la conciencia de todo ser humano? Su existencia la hemos aprendido de Romanos 2:14–15. Para entender este pasaje es menester que leamos el párrafo entero, los versículos 10–16. El argumento de esos versículos se puede resumir de la manera siguiente: los paganos no tienen ley. Es decir, la Ley en el sentido de la revelada voluntad de Dios, en una revelación especial, no había sido promulgada entre ellos. Pero por naturaleza hacen las cosas que la Ley demanda. Los paganos son entonces ley para sí mismos. Así va el argumento hasta el versículo 14. Pero la pregunta surge: ¿Cómo será esto posible? La respuesta se encuentra en el versículo 15. Ellos (los paganos) mismos muestran por su obra que la Ley está escrita en sus corazones. Grabada en el corazón de la gente pagana está una impresión de las obras que la Ley exige. Y al hacer el bien o el mal, su conciencia da co-testimonio sun marturousees. ¿Con qué?, pues con la ley escrita en sus corazones.

Esto nos muestra lo que es la norma verdadera, la regla de facto, de la conciencia humana. Por profunda que fuera la caída humana en el pecado, todo hombre tiene todavía, en su interior, un sentido de lo bueno y lo malo. Cuando habla, la conciencia da juicio (ya sea de condena o de aprobación) a la luz de —con base en— este sentido del bien y del mal, que el libro de Romanos llama la «ley interior». Todo hombre, regenerado o no, tiene un criterio moral, tiene alguna piedra de toque, de acuerdo con la cual su conciencia aprueba o condena sus actos. La norma de facto de la conciencia es, en cada caso, lo dado en cuanto al conocimiento de la ley moral para cada individuo, por torcido que sea tal conocimiento.

La norma de facto en la mayoría de los casos no solamente está mucho más por debajo de la norma ideal sino que por lo general está en su contra. La norma ideal es la norma de la voluntad de Dios para la vida humana. En tiempos antiguos las gentes quemaban a sus niños, dándolos a la muerte en los brazos de Moloch, mientras su conciencia lo aprobaba. (Hoy día nuestras conciencias quizás no aprobarían esto, aunque fácilmente la conciencia moderna aprueba el sacrificio de niños, seres humanos, antes de nacer, en la muy difundida práctica del aborto.) Aun entre los cristianos existe una gran diversidad y, a veces, se halla una contradicción entre sus conceptos respecto a cuál sea la conducta correcta en un cierto caso.

Esto sugiere que la conciencia es falible. La conciencia no siempre tiene razón. Puede aprobar una acción en un cierto caso que es equivocada y reprensible, juzgada desde el punto de vista de lo ideal, es decir, de la voluntad revelada de Dios. Existe una norma ideal para la conducta moral a la cual todo hombre debe conformarse. La norma ideal es la voluntad de Dios para la vida humana; es la ley divina para la conducta humana. Esto indica que el hombre nunca será inocente, limpio, ni moralmente justo por el simple hecho de que obedezca a su conciencia —aunque en verdad nunca hace esto—, ya que siempre su conciencia le condena, le da sentimientos de culpabilidad, de equivocación. Aun juzgados por nuestra conciencia, nunca somos aprobados. Sabemos que adrede siempre desobedecemos nuestra propia conciencia. El que hace lo mejor que sabe hacer, y no le molesta su conciencia, puede estar seguro de que está violando las demandas fundamentales y morales de la Ley de Dios para su vida.

¿Quiere decir esto que no es menester que el hombre siempre obedezca su conciencia? No, no quiere decir esto. El hombre no puede desobedecer a su conciencia con impunidad. La regla general de que el hombre siempre debe obedecer a su conciencia es en la ética una regla sana. Al violarse la conciencia no se acerca al ideal moral.

Lo que necesitamos es instrucción, educación o entrenamiento para la conciencia. Nuestras normas y reglas morales interiores deben ser labradas, formadas y amoldadas por la norma ideal, que es la santa voluntad de Dios. Aunque uno peque en un caso dado, al obedecer a su conciencia, el pecado no está en obedecer a su conciencia, sino en el no hacer la voluntad de Dios por no llevar en ella la norma correcta. Su fracaso moral se debe a la idea falsa, equivocada, pervertida y torcida que tiene de lo recto y lo incorrecto, y por su incapacidad aun de cumplir con las exigencias de su conciencia. Lo que necesita el hombre natural es la luz de la revelación divina para su vida y una conciencia regenerada para apropiarse de esta luz; como también que su conciencia sea una conciencia que ame a Dios y se afane para crecer en el entendimiento de su santa voluntad revelada para la vida humana.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ética cristiana (pp. 45–64). Miami, FL: Editorial Unilit.

EL LIBRO PUEDES CONSEGUIRLO EN: https://es.logos.com/product/32728/coleccion-instituto-biblico

3 – EL CIELO GOBIERNA

Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

3 – EL CIELO GOBIERNA

Stephen Davey

Texto: Daniel 4:1-37

A través de una de las historias más extrañas que encontramos en la Biblia, podemos ver un ejemplo tangible de una realidad que solemos olvidar. Sin importar quien lleva la banda presidencial… El Cielo Gobierna. Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.

Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

La batalla por la Sola Gracia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La batalla por la Sola Gracia

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

a primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje británico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, Agustín de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enérgicamente al entendimiento de Agustín sobre la caída, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenía que la caída afectó solo a Adán y que no había imputación de culpa o del «pecado original» a la progenie de Adán. Pelagio insistía en que las personas nacidas después de la caída de Adán y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Él argumentaba que la gracia «facilita» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de Agustín de que la caída fue tan severa que dejó a los descendientes de Adán en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sínodo en Cártago.

Aunque el pelagianismo fue rechazado por la Iglesia, pronto surgieron esfuerzos para suavizar las doctrinas de Agustín. En el siglo V el máximo exponente de tal suavización fue un abad de un monasterio en la Galia, llamado Juan Casiano. Casiano y sus compañeros monjes estuvieron completamente de acuerdo con la condenación de Pelagio por parte del sínodo en el 418, pero a la vez objetaron la fuerte postura de la predestinación expuesta por Agustín. Casiano creyó que Agustín había ido demasiado lejos en su reacción contra la herejía de Pelagio y que había abandonado las enseñanzas de algunos de los padres de la Iglesia, especialmente de Tertuliano, Ambrosio y Jerónimo. Casiano dijo que la enseñanza de Agustín sobre la predestinación «debilita la fuerza de la predicación, de la reprensión y de la energía moral… sumerge a los hombres en la desesperación e introduce una cierta necesidad fatídica». Esta reacción contra el fatalismo implícito de la predestinación llevó a Casiano a articular una posición que desde entonces ha llegado a conocerse popularmente como el «semipelagianismo». El semipelagianismo, como indica su nombre, sugiere un punto intermedio entre Pelagio y Agustín. Aunque la gracia facilita una vida de rectitud, Pelagio pensaba que esta no era necesaria. Casiano argumenta que la gracia no solo facilita una vida de rectitud, sino que es una necesidad esencial para que uno logre alcanzar la rectitud. Sin embargo, la gracia que Dios pone a disposición de las personas puede y es a menudo rechazada por ellas. La caída del hombre es real y seria, pero no tan seria como Agustín suponía, porque cierto nivel de habilidad moral permanece en la criatura caída al punto de que la persona caída tiene el poder moral de cooperar con la gracia de Dios o de rechazarla. Agustín argumentó que esa misma cooperación con la gracia era el efecto de la capacitación de Dios al pecador para dicha cooperación. De nuevo, Agustín insistió en que a todos los que estaban contados entre los elegidos se les dio el don de la gracia regeneradora que les infundió la fe. Para Casiano, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación y ayuda a la voluntad humana a hacer el bien, en última instancia es el hombre, no Dios, quien debe querer lo bueno. Dios no le da al creyente el poder del querer porque ese poder para querer ya está presente a pesar de la condición caída del creyente. Además, Casiano enseñó que Dios desea salvar a todas las personas y que la obra de la expiación de Cristo es eficaz para todo el mundo.

Casiano entendió que la predestinación era un concepto bíblico, pero priorizó la presciencia divina sobre la elección de Dios. Eso significa que enseñaba que aunque la predestinación es un acto de Dios, la decisión de Dios de predestinar está basada en Su previo conocimiento de cómo las criaturas humanas responderán a la oferta de la gracia. Para Casiano, no hay un número definido de personas que son elegidas o rechazadas desde la eternidad, ya que Dios desea que todos los hombres sean salvos, y sin embargo no todos los hombres son salvos. El hombre mantiene su responsabilidad moral y con esa responsabilidad el poder de elegir cooperar o no con la gracia. Al final, lo que Casiano estaba negando en la enseñanza de Agustín era la idea de la gracia irresistible. Para Agustín, la gracia de la regeneración es siempre eficaz y no será rechazada por el elegido. Es una obra monergista de Dios que logra lo que Dios quiere que logre. La gracia divina cambia el corazón humano, resucitando al pecador de la muerte espiritual a la vida espiritual. En este acto divino, Dios lleva al pecador a creer en Cristo y a elegirlo. El estado previo de incapacidad moral es vencido por el poder de la gracia regeneradora. La palabra clave en la posición de Agustín es que la gracia regeneradora es monergista. Es la obra exclusiva de Dios.

Pelagio rechaza la doctrina de la gracia monergista y la reemplaza con una perspectiva sinergista, que involucra una obra de cooperación entre Dios y el hombre.

La posición de Casiano fue condenada en el Concilio de Orange en el 529, que más adelante estableció la posición de Agustín como una expresión de la ortodoxia cristiana y bíblica. Sin embargo, con la conclusión del Concilio de Orange en el siglo VI (529), las doctrinas del semipelagianismo no desaparecieron sino que estuvieron en pleno funcionamiento a lo largo de la Edad Media y fueron concretadas en el Concilio de Trento en el siglo XVI. Estas doctrinas siguen siendo la postura mayoritaria de la Iglesia católica romana, aun en el siglo XXI.

La opinión mayoritaria en cuanto a la predestinación, incluso en el mundo evangélico, es que la predestinación no está basada en el decreto eterno de Dios de traer a la gente a la fe, sino que está basada en Su conocimiento previo de cuáles personas ejercerán su voluntad para venir a la fe. En el centro de la controversia de los siglos V y VI, el siglo XVI y aún hoy, permanece la pregunta respecto al grado de corrupción que sobrevino sobre los seres humanos caídos en el pecado original; y la controversia continúa. La diferencia entre la controversia pelagiana y la problemática del semipelagianismo es que el pelagianismo fue visto por la Iglesia en ese entonces y ahora como un enfoque subcristiano, y de hecho anticristiano, de la humanidad caída. La controversia semipelagiana, aunque seria, no se considera una disputa entre creyentes e incrédulos, sino un debate intramuros entre creyentes.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

El mensaje de la creación

Soldados de Jesucristo

Agosto 24/2021

Solid Joys en Español

El mensaje de la creación

John Piper

John Piper

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Satanás y sus ángeles

Martes 24 Agosto

El diablo… ha sido homicida desde el principio… es mentiroso, y padre de mentira.Juan 8:44

El diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre.Apocalipsis 20:10

Satanás y sus ángeles

Satanás forma parte de los ángeles, esos seres espirituales creados por Dios. Tiene una inteligencia extraordinaria. La Biblia nos enseña que quiso ser como Dios, y que ese orgullo originó su caída (Ezequiel 28:11-19). Ahora reina, como el jefe de los demonios, sobre los ángeles que influenció para que siguiesen su rebelión. ¡El infierno está preparado para ellos!

Desde la creación de Adán, Satanás trató de alejar al hombre de Dios, y lo incitó a rebelarse. Para ello no dudó en contradecir al creador. Dios había advertido a Adán en cuanto al árbol de la ciencia del bien y del mal: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”. Pero Satanás le dijo: “No moriréis; sino que… seréis como Dios” (Génesis 2:173:4-5). Era hacer creer al hombre que Dios no quería su felicidad, y empujarlo al orgullo y a la incredulidad. ¡Era mentir y calumniar gravemente al Dios de amor!

Satanás siempre trata de cegar al hombre y alejarlo del Dios que lo ama. Si el hombre se esfuerza tanto en contradecir la Palabra de Dios, es porque Satanás, el mentiroso, lo empuja a seguir la inclinación de su voluntad.

Seamos claros: Satanás quiere arrastrar a los hombres con él a la perdición. Dios no preparó el infierno para el hombre. Pero Satanás, el mentiroso, trata de convencer a los hombres de que este no existe, para así llevarlos más fácilmente a ese lugar. ¡Pero Dios es el único verdadero!

¡Cuidado! Escuchemos la Palabra del Dios verdadero. Él no puede mentir. ¡Él salva a todo el que cree en Jesús!

2 Crónicas 9 – 1 Corintios 2 – Salmo 99:1-5 – Proverbios 22:1-2© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Dios Bendice La Santidad, No El Talento Pastoral

Evangelio Blog

Dios Bendice La Santidad, No El Talento Pastoral

The south London tabernacle, mr. C.H. Spurgeon preaching on Sunday, 1876, UK, britain, british, europe, united kingdom, great britain, european

Por John Macarthur

Predicando a Cristo y a Él Crucificado

Cuando miras al apóstol Pablo, difícilmente ves a un pragmático. El dice a los Corintios: “pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado.” (1 Cor. 2:2) Vaya, ese es un mensaje bastante estrecho. Así que cada vez que se presentaba en una situación, todo era sobre Cristo, sobre Cristo crucificado, y por consiguiente, Cristo resucitado de entre los muertos.

Pablo dice, no vine a ustedes con la sabiduría de un hombre, no vine a ustedes con ninguna inteligencia o ingenio humano. Vine y prediqué a Cristo crucificado y a Cristo resucitado, así que el enfoque está en Cristo. (1 Cor. 2)

Hasta que Cristo Sea Formado en Ustedes

También dice en el libro de Gálatas, “Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros.” ¿Por qué habla de dolores de parto? Porque es el tipo de experiencia humana más agonizante. Todos entendemos que los dolores de parto en los que una mujer da a luz a un niño son dolores de parto agonizantes.

Pablo está diciendo, literalmente agonizo en una especie de dolor de parto para dar a luz a un creyente santificado que es como Cristo. Por lo tanto, se podría decir que la pasión de su ministerio era la santificación de su pueblo. Nunca se contentó con que alguien creyera. Eso no era suficiente. Nunca se contentó con que alguien se reuniera con los santos. Nunca se contentó hasta que Cristo se formó completamente en ese creyente. Ese fue siempre el objetivo: ver a ese creyente conformado a la imagen de Jesucristo. Esa es la vocación principal del pastor: la santificación de su pueblo.

Continuamente Volviéndose del Pecado…

Es algo muy simple para ir por el camino de la santificación. A través de la oración, clama al Señor, confiesa tus pecados, arrepiéntete de tus pecados, y vuélvete de tus pecados para que limpies constantemente tu corazón de una manera honesta. Esto se remonta a lo que Pablo le dijo a Timoteo: “Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra.” (2 Timoteo 2)

Eso lo dice todo. Si no te limpias de las cosas que corrompen tu vida, no eres un recipiente apto para el uso del Maestro. Puedes ser capaz de conseguir una multitud, puedes ser capaz de entretener a algunas personas y mantener su atención, pero lo que Dios bendice no es un gran talento; lo que bendice es una gran santidad.

Sed Llenos De La Palabra

Una espada limpia es un arma impresionante en la mano de Dios. Así que, en primer lugar, es cuestión de presentarse constantemente ante el Señor para que tu corazón se limpie en el arrepentimiento. Y luego necesitas estar en la palabra de Dios. Necesitas estar en la palabra de Dios constantemente porque como dijo David, Tu palabra la he guardado en mi corazón para no pecar contra ti. (Salmo 119:11)

O, como dijo Jesús, santifícalos con tu verdad, tu palabra es verdad. (Juan 17:17) Si pasas tiempo en la palabra de Dios, hará su obra de purificación. Un corazón abierto, un arrepentimiento constante del pecado y un corazón lleno de las profundas riquezas de la palabra de Dios son medios de gracia. Estas son las herramientas que el Espíritu de Dios usa para santificarte. Si crees que tienes un efecto ahora sin esas cosas, es superficial. Entra en esa zona y observa lo que el Señor hará con tu vida eternamente.

John MacArthur es autor de Sanctificaiton: God’s Passion for His People.

Tomado de: https://evangelio.blog/

Elige el quebrantamiento

Aviva Nuestros Corazones

Elige el quebrantamiento

Por Nancy DeMoss Wolgemuth

El pequeño grupo de líderes de la iglesia había estado orando fervientemente por un avivamiento en su comunidad, una aldea en la isla de Lewis, la mayor isla de las Hébridas Exteriores, frente a la costa de Escocia. Había en ellos una  carga particular  por los jóvenes de la isla que no tenían ningún interés en asuntos espirituales y despreciaban las cosas de Dios.

Se reunieron durante 18 meses  (tres noches a la semana, orando toda la noche hasta las primeras horas de la mañana, rogando a Dios que los  visitara por medio de un avivamiento). Pero no había  evidencia alguna de  cambio.

 Entonces, una noche, un joven diácono se puso de pie, abrió la Biblia y leyó el Salmo 24: » ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Sólo el de manos limpias y corazón puro,   el que no adora ídolos vanos  ni jura por dioses falsos.  Quien es así recibe bendiciones del Señor; Dios su Salvador le hará justicia.  «(vv. 3-5, NVI).

Enfrentando a los hombres que le rodeaban, el joven dijo: «Hermanos, me parece una tontería estar orando y esperando como estamos haciendo si no  tenemos  una  correcta relación con Dios.»

Allí, en la paja, los hombres se arrodillaron humildemente y confesaron sus pecados al Señor. En un breve período de tiempo, Dios comenzó a derramar su Espíritu en un despertar extraordinario que sacudió toda la isla.

Antes de que este impacto se pueda sentir en un hogar, en  una iglesia, o en  una nación, el  avivamiento debe primeramente ser experimentado a nivel personal en los corazones de los hombres y mujeres que han encontrado a Dios de una manera fresca.

Y el obstáculo más grande para que experimentemos un avivamiento personal, es nuestra falta de voluntad para humillarnos y confesar nuestra desesperada necesidad de Su misericordia.

Programados para la felicidad

Nuestra generación ha sido programada para buscar la felicidad, la plenitud, la afirmación, la cura para nuestros sentimientos de dolor  y  daños sicológicos. Pero Dios no está tan interesado en estas cosas como nosotros lo estamos. Él está más comprometido en  hacernos santos que en hacernos felices. Y sólo hay un camino hacia la santidad, (un camino hacia el verdadero avivamiento) y ese es el camino de la humildad y  el quebrantamiento.

Dios está más comprometido en hacernos santos que en hacernos  felices.

Las Escrituras dejan claro que este es el  requisito  número uno para encontrar a Dios en el avivamiento. “Porque lo dice el excelso y sublime,  el que vive para siempre, cuyo nombre es santo: «Yo habito en un lugar santo y sublime,  pero también con el contrito y humilde de espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y alentar el corazón de los quebrantados”. (Isaías 57:15, NVI).

A menudo pensamos en el avivamiento como un tiempo de gran gozo, bendición, plenitud, y  celebración. Y así será en su plenitud. Pero el problema es que queremos un Pentecostés sin dolor. . . un avivamiento «divertido». Nos olvidamos  que los caminos de Dios no son nuestros caminos, que el camino hacia arriba es el camino hacia abajo.

Tú y yo nunca encontraremos  a Dios en  avivamiento a menos que primero lo encontremos  en el quebrantamiento. Eso no significa, como algunos piensan, que tengamos un semblante sombrío  o que seamos  morbosamente introspectivos. Tampoco se  puede equiparar con una experiencia profundamente emotiva. Es posible derramar cubetas o baldes de lágrimas sin experimentar un momento de verdadero quebrantamiento. Además, ser quebrantado no es lo mismo que ser profundamente herido por  circunstancias trágicas. Una persona puede haber sufrido muchas heridas profundas y tragedias sin quebrantarse.

El quebrantamiento no es un sentimiento, es más bien una elección, un acto de la voluntad. No se trata principalmente de  una experiencia en tiempo de crisis (aunque puede haber puntos de crisis en el proceso de quebrantamiento), sino que es un estilo de vida permanente y continuo.

El quebrantamiento es un estilo de vida, es una forma de vivir de acuerdo con Dios respecto a la verdadera condición de nuestro corazón y de nuestra vida,  como Él la ve. Es un estilo de vida, de  rendición incondicional y absoluta de nuestra voluntad a la voluntad de Dios, una actitud del corazón que dice: «¡Sí, Señor!» A todo lo que Dios dice. El quebrantamiento significa la destrucción de nuestra voluntad propia, para que la vida y el Espíritu del Señor Jesús puedan manifestarse libremente a través de mí. Es mi respuesta   humilde y obediente a la convicción de la Palabra de Dios y a su Espíritu Santo.

El quebrantamiento es un estilo de vida de ponerse de acuerdo con Dios acerca de la verdadera condición de nuestro corazón y sobre la vida, verla como Él la ve.

La Sagrada Escritura nos ofrece numerosos ejemplos de personas quebrantadas. Curiosamente, estos ejemplos contrastan con los de personas que no fueron quebrantadas. En estos  casos, las  dos personas habían pecado. La diferencia  no radica en   la naturaleza de su pecado, sino en su respuesta al ser confrontados con ese pecado.

Por ejemplo, dos reyes en su trono. Un rey, en un arrebato de pasión, cometió adulterio con la mujer de su prójimo, y luego conspiró para precipitar la muerte de  su vecino. Sin embargo, cuando la historia de su vida es contada, vemos como este hombre fue llamado «un hombre conforme al corazón de Dios.» Por el contrario, el pecado de su predecesor era relativamente insignificante: era sólo culpable de  no ser completamente obediente. Pero le costó su reino, su vida y su familia.

 ¿Cuál es la diferencia?

Cuando el rey Saúl fue confrontado con su pecado,  se  defendió y se excusó, culpó a otros, y trató de encubrir tanto el pecado como sus consecuencias. En resumen, su respuesta revela un corazón orgulloso, que no ha sido quebrantado. Por el contrario, cuando el rey David fue confrontado con su pecado,  estuvo dispuesto a reconocer su falta, a aceptar la responsabilidad personal por su maldad, confesar y  arrepentirse de su pecado. Su respuesta fue la de un hombre humilde y quebrantado. Y Dios honró ese corazón.

El quebrantamiento trae bendiciones

Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mateo 5:3 LBLA), es decir, los «quebrantados», aquellos  que reconocen que están en bancarrota  y pobreza espiritual”. La Palabra de Dios enseña que el quebrantamiento trae una serie de bendiciones.

En primer lugar, Dios se acerca a los quebrantados. Él levanta a los que son humildes, pero se mantiene lejos de los soberbios.

En segundo lugar,  se libera nueva vida a través de nuestro quebrantamiento. En la víspera de su crucifixión, cuando  Él partió el pan y lo distribuyó a sus discípulos, Jesús declaró: «Este es mi cuerpo que por vosotros es entregado » (1 Cor. 11:24, RV). Su muerte en la cruz libera la vida eterna para nosotros. Cuando estamos dispuestos a ser quebrantados, Su vida abundante se libera para que fluya en otros a través de nosotros.

En tercer lugar, el quebrantamiento aumenta nuestra capacidad de amar y de adorar. La «pecadora» que ungió los pies de Jesús con sus lágrimas y ungüentos preciosos, era una mujer quebrantada (Lucas 7:37-38 LBLA). A consecuencia de esto, ella era libre de prodigar su amor y adoración al Señor Jesús, sin restricciones, sin estar sujeta a las opiniones de los que la veían. Algunos de nosotros no somos realmente libres para amar y adorar al Señor Jesús con todo nuestro corazón. Tal vez eso se debe a que no estamos quebrantados. Todavía estamos más preocupados por lo que otros piensan que por el objeto de nuestra devoción.

En cuarto lugar, el quebrantamiento trae una mayor cantidad de frutos, porque Dios usa las cosas y personas quebrantadas. Cuando la fortaleza natural de Jacob se debilito en Peniel, por ejemplo, Dios fue capaz de revestirlo de poder espiritual. Cuando los cinco panes traídos a Jesús por el joven fueron partidos,  se multiplicaron de manera sobrenatural y fueron suficientes para alimentar a una multitud. Y cuando el cuerpo de Jesús fue roto en el Calvario, la vida eterna fue liberada para la salvación del mundo.

Por último, el fruto del quebrantamiento se ve en el avivamiento —la liberación del Espíritu de Dios por medio de nuestro quebrantamiento personal y corporativo. Durante el avivamiento galés de 1904-05, la canción que se escuchaba frecuentemente de  labios del pueblo de Dios con corazones quebrantados y  contritos fue, «Doblégame mas y mas, a los pies de Jesús.»

¿Por dónde empezamos?

Tenemos que llegar a ver a Dios como Él realmente es; mientras más nos acerquemos a Dios,  veremos con mayor claridad nuestra propia necesidad a la luz de Su santidad.

En el quinto capítulo de Isaías, el gran profeta pronuncia las bien merecidas aflicciones que recaerían  sobre los materialistas, sensuales,  orgullosos e inmorales de su época. Una y otra vez grita: «¡Ay de ellos. . . .! «Pero entonces Isaías se encuentra cara a cara con la santidad de Dios, y sus siguientes palabras son: » ¡Ay de mí!” (Isaías 6:5, énfasis de la autora). El hombre o la mujer quebrantada esta  más consciente de la corrupción dentro de su propio pecho que el del corazón de su prójimo.

Después de haber visto a Dios por lo que Él es, debemos clamar a Dios por misericordia. El aprender a reconocer y confesar nuestra necesidad espiritual de Dios es esencial para vivir un estilo de vida de quebrantamiento. La persona quebrantada no culpa a los demás. La actitud de su corazón es: «No es mi hermano, ni mi hermana, ¡soy yo, oh, Señor, de pie ante ti  en  necesidad de oración!”

La persona quebrantada es capaz  también de comunicar sus necesidades a los demás. No hay quebrantamiento donde no hay sinceridad. Casi sin excepción, las grandes victorias sobre el pecado y la tentación que he experimentado han sido ganadas cuando  estuve dispuesta a humillarme y confesar mi necesidad de que un  creyente maduro  orara por mí, de alguien a quien pudiera rendirle cuentas de mi obediencia a Dios.

 Finalmente,  el quebrantamiento es un asunto de ceder el control de nuestra vida a Dios. El corazón que se ha vaciado de sí mismo y librado de su obstinación,  es el corazón que va a experimentar la llenura y el avivamiento  de nuestro glorioso y santo Dios,  que se humilló a sí mismo, para que  en Él  fuésemos levantados.

© Life Action Ministries. Usado con permiso. Adaptado de la revista “El Espíritu del Avivamiento”, Edición Especial, 1996.
Revive Our Hearts/Aviva Nuestros Corazones.
http://www.AvivaNuestrosCorazones.com


Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

106 – Mujer Verdadera

Entendiendo los Tiempos

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

106 – Mujer Verdadera

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

La luz de la gloria

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La luz de la gloria

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Los historiadores humanistas y los sociólogos seculares se empeñan en asignar sus abarcadoras y cuidadosamente elaboradas etiquetas a casi cualquier cosa. Siglos de historia y generaciones enteras de personas han sido adornadas con títulos sin sentido y definiciones simplistas. Desde la llamada «generación del baby-boom» hasta la «generación del yo» y la «generación x», nuestra sociedad ha determinado que asignarle una categoría general a toda una población basada en su edad es algo apropiado. Del mismo modo, períodos enteros de la historia son conocidos por el tipo de metal más utilizado durante ese período en particular, por ejemplo, la «Era de Bronce». Tenemos edades de «Oro» y de la «Ilustración», la «Edad de la Razón» y el infame periodo conocido como la «Era de las Tinieblas»

Aunque los historiadores modernos por lo general han dejado de usar el término «Era de las Tinieblas» (476-1000 d. C.), todavía sigue siendo una etiqueta grabada en la mente de la mayoría de nosotros cuando pensamos en los inicios de la Edad Media. Sin embargo, con demasiada frecuencia también olvidamos que el período de la era de las tinieblas no comenzó en el siglo V en Europa, ni tampoco terminó a finales del primer milenio después de Cristo. Este período comenzó hace mucho tiempo en el jardín del Edén cuando Adán y Eva se rebelaron contra el Señor y cayeron en un estado de corrupción. Y aunque ningún historiador respetable asignaría el título de «Era de las Tinieblas» a la mayor parte de la historia de la civilización, desde la caída, el hombre ha sido testigo de una era oscura.

No obstante, desde el momento de la caída, el Señor ha derramado la luz de Su evangelio sobre el mundo. En Génesis 3:15 escuchamos las palabras del primer evangelio habladas a nuestros primeros padres, y a través de la historia vemos cómo Dios ha traído Su luz a Su pueblo en sus horas más oscuras. En el Antiguo Testamento leemos la profecía cristológica de Isaías en la que anuncia la venida de la Luz del Mundo: «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos» (9:2). En el Nuevo Testamento, somos testigos del cumplimiento de esa proclamación: «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron» (Jn 1:4–5). Aunque la historia de la civilización del siglo VI es mucho más oscura de lo que los secularistas puedan comprender, hay una luz gloriosa que brilla en las tinieblas. Tanto en el siglo VI como en el XXI, el Señor hace brillar Su luz a través de nosotros para que podamos vivir coram Deo en un mundo en tinieblas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.