Dios me habla

Viernes 20 Agosto

Dios… nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.Hebreos 1:1-2

No hablé en secreto… Yo soy el Señor que hablo justicia, que anuncio rectitud.Isaías 45:19

Dios me habla

Algunos dicen que Dios está lejos en el tiempo y en el espacio. ¿Puede tener un mensaje para nosotros hoy? Otros creen en un gran Dios cuyo poder está al principio de todas las cosas y domina todos los elementos del universo. Pero que Dios nos haya hablado, ¡es algo muy diferente!

Si creemos en la existencia de Dios, no debemos olvidar que la inteligencia del hombre no basta para conocerlo en su naturaleza y sus caracteres: Dios es espíritu, amor, luz… Para darse a conocer, Dios se reveló en su Palabra, la Biblia. Jesús dijo a Dios su Padre: “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Esta revelación es la base de nuestra fe: “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Sí, Dios habla a todo el que tiene el corazón dispuesto a creer, y lo interroga también. Debemos escucharlo cuando, por ejemplo, al comienzo de la Biblia pregunta a Adán: “¿Dónde estás tú?”, y luego: “¿Qué es lo que has hecho?” (Génesis 3:913).

Estas preguntas me interpelan hoy, Dios me habla. ¿He desobedecido a Dios y me escondo pensando que puedo escaparme de su mirada? Entonces esta pregunta es para mí: ¿Dónde estoy?

Dios no quiere dejar las cosas así, por eso todavía me habla: “¿Qué es lo que has hecho?”. Dios no es un Dios lejano; al contrario, quiere quitar los obstáculos que nos separan de él, y en su Palabra nos dice cómo.

“Escudriñad las Escrituras; porque… ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

2 Crónicas 6:1-21 – Lucas 23:26-56 – Salmo 97:1-7 – Proverbios 21:25-26

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El cristiano frente a la adversidad

Iglesia Evangélica de la Gracia

El cristiano frente a la adversidad

Jairo Chaur

Jairo Chaur

Jairo nació en Bogotá (Colombia). A finales del año 2000 vino a Barcelona con su esposa Ruth y sus tres hijos Daniel, Juan y Laura, con el propósito de adelantar estudios de doctorado en ingeniería.
Luego de concluir sus estudios, continuó en Barcelona y a finales de 2005 conoció el punto de misión en Sant Andreu, que para entonces comenzaba sus reuniones en la casa de David y Elisabet Barceló.
Convencido que tanto la doctrina como la visión de la IEG son fieles a la Palabra de Dios, Jairo y su familia se unen en diciembre de 2005 al que para entonces era un punto de misión. Fue en febrero de 2010 cuando es ordenado en el ministerio pastoral. Los primeros años combinó su ministerio con su trabajo secular como ingeniero y como profesor, y a partir del 2017 a plena dedicación, como misionero de HeartCry Missionary Society.

3 – La revelación general inmediata y mediata

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

1. LA REVELACIÓN

3. La revelación general inmediata y mediata

R.C. Sproul

Cuando era niño y mi madre me pedía que hiciera algo sin demora, siempre me daba las órdenes pautándolas con el adverbio inmediatamente. Decía: «Hijo, ve inmediatamente a tu dormitorio».

Utilizaba la palabra inmediatamente para referirse a un acontecimiento en el tiempo que tiene lugar sin que transcurra ningún lapso de tiempo. En la teología el término inmediato significa algo distinto. Significa que algo sucede sin pasar a través de ningún tipo de medio, de cosa o de agente interventor. Se trata de una acción que tiene lugar sin intermediarios.

En la teología bíblica, se distinguen dos tipos de revelación general, aquella que ha sido comunicada por medio de un intermediario y aquella que es directa. Cuando hablamos de la revelación general mediata, nos estamos refiriendo a la revelación que ha sido transmitida a través de algo. Cuando los cielos nos revelan a Dios, se convierten en el medio o los medios a través de los cuales Dios despliega su gloria. En este sentido, todo el universo es un medio de revelación divina. La creación da testimonio sobre su Creador.

La Biblia nos dice que toda la tierra está llena de la gloria de Dios. Lamentablemente, con frecuencia no nos damos cuenta de la propia gloria que nos rodea. Tenemos la tendencia a vivir en la superficie de las cosas. Somos ajenos a las maravillas y el encanto que Dios nos provee en su gloriosa creación. Hemos perdido la sintonía. Hemos perdido el contacto. Las ideas religiosas no tienen ningún valor si no expresan algo real.

La sublime presencia de Dios está en todo lo que nos rodea. Sin embargo, con frecuencia somos sordos y ciegos. No entendemos su idioma. Para apreciar el aroma de las flores es necesario hacer algo más que detenerse. La flor contiene más que un dulce aroma o fragancia. Exhala la gloria de su Creador. Estamos en contacto con la revelación divina cuando somos concientes de la gloria de Dios en la naturaleza. La naturaleza no es divina. Pero la gloria de Dios llena la naturaleza y se nos revela en ella y por medio de ella.

Además de revelar su gloria indirectamente por medio de la creación, Dios también se revela a sí mismo directamente a la mente humana. Esta revelación se llama la revelación general inmediata.

El apóstol Pablo habla sobre la ley de Dios que ha sido grabada en nuestros corazones (Rom. 2: 12-16). Juan Calvino habló de un sentido de lo divino que Dios implanta en la mente de cada persona.

Escribió:

Que existe en la mente humana, y por instinto natural, una determinada percepción de la Deidad, no puede ser cuestión de disputa, ya que Dios mismo… ha dotado a todos los hombres con alguna idea de su Divinidad, la memoria de la cual constantemente renueva y ocasionalmente expande. (1)

Las culturas en todas partes atestiguan la presencia de algún tipo de actividad religiosa, confirmando así la naturaleza religiosa incurable en el género humano. Los seres humanos son religiosos en su parte más íntima. El carácter de dicha religión puede ser crasamente idolátrico; pero hasta la idolatría, y en realidad especialmente la idolatría, nos brinda la evidencia de este conocimiento innato que puede presentarse distorsionado pero nunca obliterado.

En lo más profundo de nuestras almas sabemos que Dios existe y que nos ha dado su ley. Intentamos reprimir este conocimiento para eludir cumplir con los mandamientos de Dios. Pero no importa cuánto tratemos, no podremos silenciar esta voz interior. Puede ser amordazada pero no puede ser destruida.

La revelación general mediata

Dios  > Creación > Seres Humanos

Dios se revela a sí mismo en el medio de la creación

La revelación general inmediata

Dios  > Seres Humanos

DIOS implanta un sentido innato de Él en los seres humanos.

Resumen

l. La gloria de Dios es evidente en todo lo que nos rodea. Ha sido mediatizada por la creación de Dios.

2. Los seres humanos son religiosos por naturaleza.

3. Dios implanta en todos los seres humanos un conocimiento innato de Él. En esto consiste la revelación general inmediata.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Ps. 19:1-14

Acts 14:8-18

Acts 17:16-34

Rom. 1:18-23

Rom. 2:14-15

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

¿Qué dice la Biblia acerca del Papa / papado?

Got Questions

¿Qué dice la Biblia acerca del Papa / papado?

La enseñanza de la Iglesia Católica Romana acerca del Papa (“Papa” significa “padre”), está basada en, e involucra las siguientes enseñanzas católicas romanas:

1) Cristo hizo a Pedro el líder de los apóstoles y de la Iglesia (Mateo 16:18-19). Al darle a Pedro “las llaves del reino”, Cristo no solo lo hizo líder, sino también infalible cuando él actuaba o hablaba como representante de Cristo en la tierra (hablando del centro de autoridad, o “ex cátedra”). Esta habilidad de actuar a favor de la Iglesia de manera infalible cuando se habla de “ex cátedra” fue heredada a los sucesores de Pedro, dándole así a la Iglesia una guía infalible en la tierra. El propósito del papado es conducir a la Iglesia de manera infalible.

2) Más tarde Pedro se convirtió en el primer Obispo de Roma. Como Obispo de Roma, él ejerció autoridad sobre todos los otros obispos y líderes de la Iglesia. La enseñanza de que el Obispo de Roma está sobre todos los obispos en autoridad, es referida como la “primacía” del Obispo Romano.

3) Pedro delegó su autoridad apostólica al siguiente Obispo de Roma, junto con los otros apóstoles quienes heredaron su autoridad apostólica a los obispos que ellos ordenaron. Estos nuevos obispos, a su vez, pasaron esa autoridad apostólica a aquellos obispos a quienes más tarde ellos ordenaron, y así subsecuentemente. Esta “transferencia de autoridad apostólica” es la llamada “sucesión apostólica.”

4) Basándonos en la afirmación católica romana de una in-interrumpida cadena de obispos romanos, ellos enseñan que la Iglesia Católica Romana es la verdadera Iglesia, y que todas las Iglesias que no aceptan la primacía del Papa, se han separado de ellos, que son la única original y verdadera Iglesia.

Habiendo revisado brevemente algunas de las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana concernientes al papado, la pregunta es si esas enseñanzas concuerdan con las Escrituras. La Iglesia Católica Romana ve el papado y la autoridad de enseñanza infalible de la “madre Iglesia” como algo necesario para guiar a la Iglesia, y utilizan eso como razonamiento lógico de la provisión de Dios para ello. Pero al examinar la Escritura, encontrarás lo siguiente:

1) Mientras que Pedro fue la figura central en el inicio de la propagación del evangelio (parte del significado contenido en Mateo 16:18-19), la enseñanza de la Escritura, tomada en su contexto, en ninguna parte declara que él tenía una autoridad sobre los otros apóstoles o sobre la Iglesia (ver Hechos 15:1-23; Gálatas 2:1-14; 1 Pedro 5:1-5). Nunca es enseñado que el Obispo de Roma debía tener la primacía sobre la Iglesia. Mejor dicho, hay solo una referencia en la Escritura sobre Pedro escribiendo desde “Babilonia”, nombre que algunas veces se aplicaba a Roma, y se encuentra en 1 Pedro 5:13. Principalmente de esto, y del crecimiento histórico de la influencia del Obispo de Roma (a través del apoyo de Constantino y de los emperadores romanos que lo siguieron), proviene la enseñanza de la Iglesia Católica Romana sobre la primacía del Obispo de Roma. Sin embargo, la Escritura muestra que la autoridad de Pedro fue compartida con otros apóstoles (Efesios 2:19-20), y que la autoridad de “atar y desatar” atribuida a él, fue más bien compartida por las Iglesias locales, no sólo por los líderes de la Iglesia (ver Mateo 18:15-19; 1 Corintios 5:1-13; 2 Corintios 13:10; Tito 2:15; 3:10-11).

2) En ninguna parte la Escritura declara que a fin de guardar a la Iglesia del error, la autoridad de los apóstoles se transferiría a aquellos que ellos ordenaran. La sucesión apostólica es “leída” en aquellos versos que la Iglesia Católica Romana usa como soporte de esta doctrina (2 Timoteo 2:2; 4:2-5; Tito 1:5; 2:1; 2:15; 1 Timoteo 5:19-22). Lo que la Escritura SÍ enseña es que los falsos maestros se levantarían aún de entre los líderes de la Iglesia y que los cristianos deberían comparar las enseñanzas de estos posteriores líderes de la Iglesia con la Escritura, la única citada en la Biblia como infalible. La Biblia no enseña que los apóstoles fueran infalibles, salvo lo que ellos escribieron e incorporaron en la Escritura. Pablo, hablando con los líderes de la Iglesia en la gran ciudad de Efeso, les advierte del surgimiento de falsos maestros entre ellos, y que para luchar contra el error, NO los encomienda a ellos “los apóstoles y aquellos que heredarían su autoridad”, sino más bien él los encomienda a “Dios y a la palabra de Su gracia….” (Hechos 20:28-32).

Nuevamente, la Biblia enseña que es la Escritura la que debe ser usada como norma a seguir para determinar la verdad del error. En Gálatas 1:8-9, Pablo declara que no es importante QUIEN enseña, sino LO QUE es enseñado lo que debe ser usado para determinar la verdad del error. Mientras que la Iglesia Católica Romana continúa pronunciando una maldición de condenación “anatema” sobre aquellos que rechacen la autoridad del Papa, la Escritura reserva esa maldición para aquellos que enseñen un evangelio diferente (Gálatas 1:8-9).

3) Mientras que la Iglesia Católica Romana ve la sucesión apostólica como una necesidad lógica, a fin de que Dios pueda guiar de manera infalible a la Iglesia, la Escritura declara que Dios ya ha provisto esto para Su Iglesia, a través de:

(A) La infalibilidad de la Escritura, (Hechos 20:32; 2 Timoteo 3:15-17; Mateo 5:18; Juan 10:35; Hechos 17:10-12; Isaías 8:20; 40:8; etc.) Nota: Pedro habla de los escritos de Pablo en la misma categoría de las otras Escrituras (2 Pedro 3:16).

(B) El eterno sumo sacerdocio de Jesucristo en el cielo (Hebreos 7:22-28).

(C) La provisión del Espíritu Santo, quién guió a los apóstoles a la verdad después de la muerte de Cristo (Juan 16:12-14), quién equipa a los creyentes para el trabajo en el ministerio, incluyendo la enseñanza (Romanos 12:3-8; Efesios 4:11-16), y quién utiliza la palabra escrita como Su principal herramienta (Hebreos 4:12; Efesios 6:17).

Mientras que han habido (humanamente hablando) hombres buenos y morales que han servido como Papas de la Iglesia Católica Romana, incluyendo a Juan Pablo II, al Papa Benedicto XVI, y al Papa Francisco I, la enseñanza de la Iglesia Católica Romana acerca del oficio del Papa debe ser rechazada, porque no es “en continuidad” con las enseñanzas de la Iglesia original que están registradas en el Nuevo Testamento. Esta comparación de cualquier enseñanza eclesiástica es esencial, para no perder las enseñanzas del Nuevo Testamento concerniente al evangelio, y no solamente perder la vida eterna en el cielo para nosotros mismos, sino que inconscien temente provoquemos que otros se pierdan, guiándolos por el camino equivocado (Gálatas 1:8-9).

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El ascenso del papado

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

El ascenso del papado

Por David F Wells

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Hay mil millones de católicos romanos en todo el mundo; mil millones de personas sujetas a la autoridad del papa. Uno podría preguntarse: ¿cómo sucedió todo esto? Creo que la respuesta es mucho más compleja y desordenada de como la presentan los católicos. Primero daré una breve explicación de cuál es la posición católica, y luego voy a sugerir lo que creo que sucedió en realidad.

La explicación católica

La creencia católica tradicional es que Jesús dijo que la Iglesia sería edificada sobre Pedro (Mt 16:18-19; ver también Jn 21:15 y Lc 22:32). Luego de esto, Pedro pasó un cuarto de siglo en Roma como su fundador y obispo, y su autoridad fue reconocida entre las primeras iglesias; esta autoridad fue transferida a sus sucesores. De hecho, el Concilio Vaticano II (1962-65) reafirmó esta perspectiva. La autoridad apostólica fue transferida a los sucesores de los apóstoles, así como el poder apostólico supremo de Pedro fue transferido a cada uno de sus sucesores en Roma.

Sin embargo, el problema con esta explicación es que no hay evidencia para sostenerla. La mejor explicación de Mateo 16:18-19 es que la Iglesia sería edificada, no sobre una posición eclesiástica, sino sobre la confesión de Pedro respecto a la divinidad de Cristo. Además, no hay evidencia bíblica que respalde la creencia de que Pedro pasó un largo tiempo en Roma como líder de la iglesia allí. El libro de Hechos no dice nada al respecto, no se encuentra en las cartas del mismo Pedro y Pablo no lo menciona (lo cual sería extraño, si Pedro realmente estuvo en Roma desde el principio, ya que al final de la carta de Pablo a los romanos, él saluda a muchas personas por su nombre). Y el argumento de que la autoridad de Pedro era reconocida en todas las iglesias primitivas se contradice con los hechos. Es cierto que Ireneo, en el siglo II, dijo que la Iglesia fue fundada por «los benditos apóstoles», Pedro y Pablo, tal como lo hizo Eusebio en el siglo IV; y en el siglo V, Jerónimo afirmó que había sido fundada por Pedro, a quien llama «el príncipe de los apóstoles». Sin embargo, en el otro lado de la ecuación hay algunos hechos contradictorios. Por ejemplo, Ignacio, poco antes de su martirio, escribió cartas a los obispos de las iglesias dominantes de la época, pero habló de la prominencia de Roma solamente en términos morales, no eclesiásticos. En Roma, casi al mismo tiempo, a principios del siglo II, se publicó una pequeña obra llamada El pastor de Hermas que solo menciona a sus «gobernantes» y a «los ancianos» que la presidían. Aparentemente no había un obispo dominante en ese tiempo. No solo eso, sino que en los siglos II y III hubo varias ocasiones en las que líderes eclesiásticos se resistieron a los líderes de Roma cuando estos últimos afirmaban su autoridad eclesiástica para resolver disputas.

De hecho, es más razonable pensar que el ascenso al poder del pontífice romano haya ocurrido por circunstancias naturales y no por designación divina. Esto sucedió en dos etapas. Primero, la iglesia de Roma adquirió prominencia y luego, como parte de su eminencia, su líder comenzó a destacarse. La Iglesia católica ha invertido estos hechos al sugerir que el poder y la autoridad apostólicos, es decir, el poder y la autoridad preeminentes de Pedro, establecieron al obispo romano mientras que, de hecho, el creciente prestigio eclesiástico del obispado romano no se derivó de Pedro, sino de la iglesia de Roma.

La explicación real

En el principio, la iglesia de Roma era solo una iglesia entre muchas de las que habían en el Imperio romano, pero hubo eventos naturales que conspiraron para cambiar esto. Jerusalén había sido la base original de la fe, pero en el año 70 d. C. el ejército de Tito la destruyó y dejó al cristianismo sin su centro. No era de extrañar que las personas en el Imperio comenzaran a fijarse en la iglesia de Roma, ya que esta ciudad era su capital política. Todos los caminos en ese mundo antiguo conducían a Roma y, por supuesto, muchos de ellos fueron transitados por misioneros cristianos. También se da el caso de que en los primeros siglos, la iglesia romana desarrolló una reputación de honradez moral y doctrinal, y fue respetada por ello. Por lo tanto, parece ser que su eminencia se debió en parte a que se la había ganado, y en parte a que pudo disfrutar del reflejo del esplendor de la ciudad imperial.

Las herejías habían abundado desde el principio pero, en el siglo III, las iglesias comenzaron a adoptar una nueva postura en contra de ellas. Tertuliano argumentaba que, si las iglesias fueron fundadas por los apóstoles, ¿no se supone que tengan un fundamento más firme con respecto a sus reclamos de autenticidad, en comparación con iglesias que probablemente sean heréticas? Este argumento reforzó las afirmaciones de preeminencia de la iglesia romana. Sin embargo, es interesante notar que a mediados de este siglo, Cipriano en África del Norte argumentó que las palabras «… tú eres Pedro…» no eran una carta para el papado, sino que se aplicaban a todos los obispos. Además, en el Concilio III de Cartago en 256, él afirmó que el obispo romano no debía intentar ser un «obispo de obispos» ni ejercer poderes «tiránicos».

En el período del Nuevo Testamento la persecución ya era una realidad, pero en los siglos siguientes, la Iglesia sufrió intensamente por las animosidades y aprehensiones de los emperadores sucesivos. Sin embargo, en el siglo IV sucedió lo inimaginable. El emperador Constantino, antes de una batalla fundamental, tuvo una visión y se convirtió al cristianismo. La Iglesia, que había vivido una existencia solitaria en el «exterior» hasta ese entonces, ahora disfrutaba de un inesperado recibimiento imperial. Como resultado, a partir de este momento, la distinción entre las conductas eclesiásticas apropiadas y las pretensiones mundanas de pompa y poder se fueron perdiendo cada vez más. En la Edad Media, la distinción desapareció por completo. En el siglo VI, el papa Gregorio Magno se aprovechó descaradamente de esto al afirmar que el «cuidado de toda la Iglesia» había sido entregado en manos de Pedro y sus sucesores en Roma. Sin embargo, aun en esta fecha tardía, tal afirmación no fue aceptada sin contienda. Los que estaban en el este, cuyo centro estaba en Constantinopla, no estaban de acuerdo con afirmaciones universales como esta y, de hecho, esta diferencia de opinión nunca se resolvió. El Gran Cisma entre la Iglesia en Oriente y la Iglesia en Occidente comenzó en el 1054 luego de una serie de disputas. La ortodoxia oriental comenzó a seguir su propio camino, separada de la jurisdicción romana, y esta continúa siendo una división cuyos efectos siguen sin sanar al día de hoy.

Así que el ascenso del papa a una posición de gran poder y autoridad fue un proceso lento. En la época de la Reforma, Erasmo expuso brutalmente lo mucho que los papas se habían alejado de las ideas neotestamentarias sobre la vida de iglesia. El papa Julio II acababa de morir cuando Erasmo escribió Julius Exclusus en 1517. Se imaginó a este papa llegando al cielo, ¡asombrado de que no fue reconocido por Pedro! El punto de Erasmo era simplemente que los papas se habían vuelto ricos, pretenciosos, mundanos y todo menos apostólicos. Sin embargo, debió haber hecho su punto aún más radicalmente. Pedro no solo se hubiera extrañado ante este comportamiento papal, sino también ante sus pretensiones de autoridad universal.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David F Wells
David F Wells

El Dr. David F. Wells es un profesor destacado de investigación en el Gordon-Conwell Theological Seminary en South Hamilton, Massachusetts. Es autor de God In the Whirlwind: How the Holy-Love of God Reorients the World [Dios en el torbellino: Cómo el amor santo de Dios reorienta nuestro mundo].

 El significado de la resurrección

Soldados de Jesucristo

Agosto 19/2021

Solid Joys en Español

 El significado de la resurrección

John Piper

John Piper

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Arrojar la piedra

Jueves 19 Agosto

No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.Juan 3:17

Arrojar la piedra

Cuando decimos: “No quiero lanzarle la piedra”, esto significa que queremos evitar condenar a alguien, o incluso acusarlo. Pero, ¿sabe usted que esta expresión, que pasó al lenguaje cotidiano, fue sacada de un pasaje del evangelio? (Juan 8:2-11).

Cuando Jesús estaba en la tierra, los jefes religiosos del pueblo judío le llevaron una mujer acusada de adulterio. La ley dada por Moisés condenaba a tales mujeres a ser lapidadas, es decir, matadas a punta de piedra.

“Tú, pues, ¿qué dices?”, preguntaron a Jesús. Le tendieron una gran trampa. Ellos pensaban que habían encontrado la manera de acusar a Jesús y condenarlo.

– Si Jesús decía que debían lapidar a esa mujer, negaba toda su enseñanza sobre la gracia, la misericordia y el perdón, pues él decía que había venido para salvar, y no para juzgar.

– Pero si decía que no debían lapidarla, se oponía a la ley de Moisés, cosa que era más grave todavía.

Pero Jesús les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (v. 7).

Con su respuesta hizo que los jefes religiosos reflexionasen sobre su propio estado moral. ¡Tenían la misma naturaleza que esa mujer! Para condenarla, ellos mismos debían ser irreprochables. Las palabras de Jesús alcanzaron sus conciencias, y se retiraron uno tras otro, comenzando desde los más viejos.

Jesús se quedó solo ante la acusada. Él, quien no tenía pecado, era el único que podía lanzar una piedra contra ella. Pero no lo hizo. Jesús iba a morir en la cruz para perdonar el pecado de esta mujer, así como los nuestros.

2 Crónicas 5 – Lucas 23:1-25 – Salmo 96:7-13 – Proverbios 21:23-24

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La soberanía divina

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La Soberanía De Dios

J.I. Packer

Capítulo I

La soberanía divina 1

No intentaré probar la verdad general de la soberanía de Dios en el mundo, pues no hay necesidad. Sé que si usted es cristiano, esto ya lo cree. ¿Cómo lo sé? Bueno, pues, sé que si usted es cristiano, usted ora, y el fundamento de sus oraciones es la seguridad de la soberanía de Dios en el mundo. En sus oraciones, usted pide y agradece. ¿Por qué? Porque sabe que Dios es el autor y la fuente de todo lo que usted tiene ahora y de lo que espera tener en el porvenir. Ésta es la filosofía básica de la oración cristiana. La oración de un cristiano no es un acto que intenta exigir que Dios actúe según nuestros deseos, sino es un reconocimiento humilde de nuestra dependencia y desamparo total. Cuando nos arrodillamos, sabemos que no estamos en control de los eventos de este mundo; asimismo reconocemos que somos impotentes para satisfacer nuestras necesidades terrenales; todo lo que queremos, ya sea para nosotros o para otros, proviene de la mano todopoderosa de Dios. En el Padre Nuestro vemos que éste es el caso aun con “nuestro pan de cada día.” Si la mano de Dios nos provee con nuestras necesidades físicas, sería inconcebible sugerir que no nos provee con nuestras necesidades espirituales. A pesar de lo que postulemos después en discusiones teológicas, todo esto es tan claro cuando estamos orando, como la luz del sol. Efectivamente, lo que hacemos cada vez que nos arrodillamos para orar es reconocer la impotencia de nosotros mismos y la soberanía de Dios. Por lo tanto, el hecho de que un cristiano ore es una confesión positiva de su creencia en la soberanía de Dios.

Tampoco intentaré demostrar la validez de la verdad específica de la soberanía de Dios en cuanto a la salvación. Pues esto usted también lo cree. Esto lo afirmo por dos razones. Primero, usted le da gracias a Dios por su regeneración, y ¿por qué hace usted esto? Porque usted sabe que Dios es el único responsable por ella, pues usted no se salvó a sí mismo, sino que Él fue quien lo salvó. En agradecimiento usted reconoce que su conversión no fue el resultado de su propio afán, sino fue obra de la mano todopoderosa de Dios. Reconoce que su conversión no fue producto del azar, la probabilidad, o las circunstancias ciegas. No fue producto de un accidente que usted asistió a una iglesia cristiana, escuchó el evangelio, y vio que su vida carecía del Señor. Si usted se convirtió por medio de sus propias lecturas de la Biblia o por medio de algunos amigos cristianos, o aun por medio de un evangelista, usted sabe que su arrepentimiento y su fe no provienen de su propia sabiduría y prudencia. Quizá usted buscó y rebuscó a Cristo, quizá usted pasó por muchas tribulaciones en su búsqueda de un significado, y quizá usted leyó y meditó mucho tratando de encontrar una orientación, pero ninguna de esas cosas hace que la salvación sea obra suya. Cuando usted se entregó a Cristo, el acto de fe fue suyo, pero esto no quiere decir que usted se salvó a sí mismo. De hecho, ni se le ocurre pensar que la salvación sea obra suya.

Se siente responsable por sus pecados, indiferencias y obstinaciones frente al mensaje del evangelio, y nunca se glorifica por su santificación en Cristo Jesús. A usted nunca se le ha ocurrido dividir el mérito de su salvación entre sí mismo y Dios. Nunca ha pensado que la contribución decisiva de su salvación fue suya y no de Dios. Usted nunca ha dicho a Dios que, aunque Él le diera la oportunidad de la salvación, usted se da cuenta de que no hay que darle gracias a Él porque usted mismo tuvo la astucia de aprovechar la oportunidad. Su corazón se repugna y sus rodillas tiemblan al pensar en hablarle a Dios de esa manera. Pues nosotros agradecemos que Dios nos haya dado un Cristo de quien recibir confianza, consuelo, fe y arrepentimiento. Desde su conversión, su corazón le ha guiado de esta manera. Usted da toda la gloria a Dios por todo lo que Él hizo en salvarle, y usted sabe que sería blasfemia y soberbia no agradecerle por llevarle a la fe. Entonces, en su concepto de la fe y cómo la fe es otorgada, usted cree en la soberanía divina; así también creen todos los cristianos en el mundo.

En conexión a esto, será de gran beneficio escuchar unas palabras de una conversación entre Charles Simeon y John Wesley, anotada el 20 de diciembre de 1784 en el Diario de Wesley.

“Señor, entiendo que a usted se le llama un Arminiano, y a mí a menudo me llaman un Calvinista; por lo tanto, entiendo que debemos sacar nuestras espadas. Pero antes del comienzo de la batalla, con su permiso le haré algunas preguntas… Disculpe, buen señor, ¿se siente usted una criatura depravada, tan depravada que nunca hubiera contemplado voltear su rostro a Dios, si Dios no hubiera puesto esa disposición en su corazón de antemano?”

“Sí,” contesta el veterano, “definitivamente soy una criatura depravadísima y no puedo hacer nada por mi propia disposición.”

“Y ¿se siente usted inquieto al recomendarse a sí mismo a Dios por su propio mérito, o busca usted la salvación sólo por la sangre y justicia de Jesucristo?”

“Sí, no hay otro camino a la salvación que no sea por Cristo.”

“Pero suponemos, mi apreciado señor, que usted fue salvado primero por Cristo, ¿no necesitará usted salvarse luego por obras?”

“No, Cristo salva desde el principio hasta el fin.”

“Si admite usted que Dios volteó el rostro de usted a Él por medio de la gracia, ¿seguirá usted el camino estrecho de la salvación por sus propios esfuerzos?”

“No.”

“Entonces ¿será usted guiado a cada hora y a cada minuto como un bebé en los brazos de su madre?”

“Sí, así me guiará Dios.”

“Y ¿está toda su esperanza de llegar al Lugar Santísimo envuelto en la gracia y misericordia de Dios?”

“Sí, toda mi esperanza está en El.”

“Entonces, señor, con su permiso guardaré de nuevo mi espada, porque éste es mi Calvinismo, ésta mi elección, mi justificación por fe, mi perseverancia final; en fin, es en sustancia todo lo que creo, y así lo creo; y, por lo tanto, en vez de buscar términos y frases que nos separen, busquemos mejor aquellas cosas en las cuales estamos de acuerdo.”

La segunda manera en que reconocemos la soberanía de Dios en la salvación es que oramos por la conversión de otros. Ahora, ¿sobre qué fundamento debemos interceder por ellos? ¿Nos limitamos a pedirle a Dios que los lleve a un punto donde ellos mismos puedan decidir si quieren ser salvos, independientemente de Él? Yo dudo que usted ore así. Creo, más bien, que usted ora en términos categóricos que Dios, simple y decisivamente, los salve; que Él les abra los ojos ciegos, endulce sus corazones amargos, renueve sus naturalezas depravadas e incite sus voluntades para recibir a Jesucristo como su Salvador. Usted le pide a Dios que prepare todo lo necesario para que ellos puedan ser salvos. Usted nunca le pediría a Dios que no los lleve a la fe, porque usted ya sabe que eso es algo que Dios no puede hacer. ¡Nunca haría usted tal cosa! Cuando usted ora por los incrédulos, reconoce que está dentro del poder de Dios llevarlos a la fe. Pide que Él lo haga, y reposa en el conocimiento que Su poder es lo suficientemente grande para cumplir con su petición. El poder de Dios es aún más grande: esta creencia que anima su intercesión es la gran verdad de Dios escrita en nuestros corazones por la obra milagrosa del Espíritu Santo. Entonces, cuando usted ora (y cuando un cristiano ora es de lo más sano y sabio), usted sabe que es Dios quien salva al hombre; usted sabe que lo que hace a los hombres voltear sus rostros hacia Cristo es la voz misericordiosa de Dios llamándolos hacia Él. Por consiguiente, tanto por la práctica de intercesión para otros como por el hecho de dar gracias por nuestra propia salvación, nos damos cuenta de que la gracia de Dios es soberana, y así es que todos los cristianos en el mundo reconocen la gracia soberana de Dios.

Hay una controversia perenne en la Iglesia concerniente al señorío de Dios en cuanto a la conducta humana y la fe redentora. Lo que se dijo anteriormente debe definir nuestra posición al respecto. La esencia del problema es distinta a lo que aparenta. Pues no es cierto que algunos cristianos creen en la soberanía divina mientras que otros adoptan una perspectiva opuesta. La verdad es que todo cristiano cree en la soberanía divina, pero algunos no saben que lo creen; así, imaginan e insisten que rechazan la doctrina. ¿Cuál es la causa de esta situación inoportuna? La raíz del problema es la misma de casi todos los problemas en la Iglesia —la introducción de especulaciones racionalistas, la pasión por la consistencia sistematizada, el rechazo del misterio, la idea de que Dios no puede ser más sabio que el hombre y la subyugación de las Escrituras a la lógica humana. La Biblia enseña que el hombre es responsable por sus acciones, pero el hombre no ve (ni puede ver) cómo esto puede compaginar con el señorío soberano de Dios. Creen que las dos ideas no pueden co-existir, aunque co-existen en la Biblia y, por lo tanto rechazan la idea bíblica de la soberanía, para preservar la idea de la responsabilidad humana. El deseo de simplificar la Biblia por medio del abandono de doctrinas bíblicas es un acto de lo más natural para nuestras mentes perversas y depravadas. Tampoco nos sorprende que aun los hombres más buenos se encuentren atrapados por esa inclinación. Ésta es la razón por la que esta controversia ha persistido en la Iglesia por tantos siglos. Sin embargo, la ironía de la situación se manifiesta cuando los defensores de cada partido oran. En la oración vemos que aquellos que rechazan la doctrina realmente lo afirman con la misma certeza que aquellos que la defienden.

¿Cómo ora usted? ¿Pide usted su pan de cada día? ¿Usted le agradece a Dios por su salvación? ¿Ora usted por la conversión de otros? Si ha contestado “no”, sólo puedo decir que dudo que usted haya nacido de nuevo. Pero si ha contestado “sí”, pues eso afirma que, a pesar de cómo usted había pensado antes con respecto a este tema teológico, en su corazón usted cree en la soberanía de Dios, así como cualquier otro cristiano. De pie podemos construir argumento tras argumento, pero de rodillas todos estamos de acuerdo. Y ahora, tomemos este acuerdo como punto de partida.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la Soberanía de Dios. (G. A. Martínez, Trad.) (pp. 11–17). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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Verdadero Dios, verdadero hombre: el Concilio de Calcedonia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Verdadero Dios, verdadero hombre: el Concilio de Calcedonia

Por Nicholas R. Needham

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Pronunciar «Calcedonia» ya es suficientemente difícil; comprender su teología puede incluso ser más intimidante. Sin embargo, el esfuerzo será recompensado en abundancia. Durante los últimos 1500 años, hasta este mismo día, prácticamente todos los teólogos cristianos ortodoxos han definido su «ortodoxia» haciendo referencia al Concilio de Calcedonia. Esto ciertamente incluye a la tradición reformada. No podemos pensar que los antiguos concilios ecuménicos fueron infalibles, pero hemos sostenido generalmente que tuvieron la razón de manera gloriosa en lo que afirmaron, y que los cristianos que toman en serio la Iglesia y su historia deben considerar estos grandes concilios como hitos providenciales en el desarrollo de la historia de vida del pueblo de Dios.

¿De qué se trató Calcedonia? Básicamente estaba tratando de zanjar las secuelas de la controversia arriana del siglo IV. Los teólogos bíblicos habían tenido éxito en su lucha contra el arrianismo para afirmar la deidad de Cristo. Sin embargo, esto ocasionó más controversias. Esta vez, el tema era la relación entre la divinidad y la humanidad en Cristo. Dos tendencias alcanzaron prominencia rápidamente. Una estaba asociada a la Iglesia de Antioquía, que deseaba proteger la realidad plena de la deidad y la humanidad de Cristo. Para hacerlo, tendió a mantenerlas tan separadas como fuera posible. Los antioqueños temían que cualquier mezcla estrecha de las dos naturalezas podría confundirlas. Las limitaciones humanas de Cristo podrían haberse aplicado a Su divinidad, en cuyo caso Él no habría sido completamente Dios. O Sus atributos divinos podrían haberse aplicado a Su humanidad, en cuyo caso Él no habría sido completamente humano. Hasta aquí, todo estaba bien. El problema fue que los antioqueños a veces separaban tanto las dos naturalezas de Cristo, que parecía que Él terminaba siendo dos personas: un hijo humano de María en quien moraba un Hijo divino de Dios. El pensador antioqueño más famoso que asumió esta postura fue Nestorio, un predicador que llegó a ser patriarca (obispo principal) de Constantinopla en el año 428. Nestorio fue condenado por el tercer Concilio Ecuménico de Éfeso en el año 431 (que también condenó al pelagianismo como herejía).

La otra tendencia estaba asociada a la iglesia de Alejandría. Su preocupación principal era proteger a la persona divina del Hijo como el único «sujeto» de la encarnación. En otras palabras, en Cristo solo hay un «yo», solo un agente personal, y ese es la segunda persona de la Trinidad, Dios el Hijo. Y de nuevo, hasta aquí todo estaba bien. El problema fue que los alejandrinos a veces fueron tan celosos por la persona divina de Cristo que podían perder de vista Su humanidad. Para los extremistas de Alejandría, cualquier tipo de énfasis en la naturaleza humana de Cristo parecía amenazar la soberanía de Su sola persona divina. ¿Acaso no sería Cristo dividido en dos personas —la aborrecible herejía nestoriana— si uno insistía demasiado en la plena realidad de Su humanidad?

Los alejandrinos fueron los más activos en difundir sus ideas en el período posterior a la condenación de Nestorio en Éfeso, en el año 431. El mayor pensador de ellos fue Cirilo de Alejandría. Sin embargo, cuando Cirilo falleció en el año 444, un personaje más extremo emergió en su lugar. Fue Eutiquio, uno de los monjes principales de Constantinopla. Eutiquio fue tan radical en su compromiso con la única persona divina de Cristo que no podía tolerar ninguna rivalidad (por así decirlo) de Su humanidad. Por tanto, en una frase infame, Eutiquio enseñó que, en la encarnación, la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida y se había perdido en Su divinidad: «como una gota de vino en el mar». Esta postura alejandrina extrema triunfó en otro concilio ecuménico en Éfeso en el 449. No obstante, su victoria se debió no tanto a la argumentación y persuasión teológicas sino a las bandas de monjes alejandrinos rebeldes que controlaron los acontecimientos por medio del terror, apoyados por las tropas del emperador Teodosio II, quien favorecía a Eutiquio.

El concilio fue condenado en la mitad occidental del Imperio romano de habla latina. El papa León el Magno rugió contra él llamándolo el «latrocinio» (nombre que perduró). Después de la muerte del emperador Teodosio, un nuevo emperador, Marciano, convocó un nuevo concilio en Calcedonia (Asia Menor) en el año 451. Esta vez, Eutiquio y los alejandrinos extremos fueron derrotados. El concilio tejió hábilmente todo lo bueno y verdadero de los planteamientos de Antioquía y Alejandría, produciendo así una obra maestra teológica sobre la persona de Cristo:

Nosotros, entonces, siguiendo a los santos padres, todos unánimes enseñamos que se ha de confesar a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo que es perfecto en deidad y el mismo que es perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, el mismo con cuerpo y alma racional; consustancial con el Padre en cuanto a su naturaleza divina, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a su naturaleza humana; en todo semejante a nosotros, pero sin pecado; engendrado por el Padre en la eternidad en cuanto a su naturaleza divina, sin embargo en estos últimos días, este mismo, por nosotros y para nuestra salvación, (nacido) de María la virgen, la Theotokos, en cuanto a su naturaleza humana.

Reconocemos a uno solo y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, en sus dos naturalezas: dos naturalezas sin mezcla ni confusión; sin cambio ni mutabilidad; sin división y sin separación. La unión de las dos naturalezas no destruye sus diferencias, sino que más bien las propiedades de cada naturaleza se preservan y concurren en una única persona y en una única subsistencia. Estas dos naturalezas no están de ningún modo partidas o divididas entre dos personas, sino que están en uno y el mismo Hijo, Unigénito, Dios Verbo, el Señor Jesucristo, como los profetas nos instruyeron desde el principio, como el mismo Señor Jesucristo nos enseñó, y como el credo de los padres nos lo ha legado.

Tal vez podamos apreciar de mejor forma lo que logró el Concilio de Calcedonia al preguntarnos cuáles habrían sido las consecuencias si Nestorio o Eutiquio hubieran triunfado ese día. Partamos con el nestorianismo. Si la encarnación en verdad consiste en un hijo humano de María siendo  habitado por un Hijo divino de Dios, entonces en principio Cristo no es diferente de cualquier humano santo. En cada hombre santificado habita el Hijo. ¿Fue Cristo simplemente el máximo ejemplo de esta realidad? Si es así, no ha ocurrido absolutamente ninguna encarnación verdadera. No podemos decir: «Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios». Solo podemos decir: «Jesús de Nazaret tuvo una relación con el Hijo de Dios». Piensa en las implicaciones de esta afirmación para nuestra doctrina de la expiación. Tendríamos que decir que somos salvos por los sufrimientos de un Jesús meramente humano en quien resultaba que moraba Dios (como en todas las personas santas). ¿Acaso eso no nos llevaría inevitablemente a creer que el sufrimiento humano —tal vez el nuestro— puede expiar nuestros pecados? Y piensa en lo que ocurriría con nuestra adoración. No podríamos adorar a Jesús, sino solo al Hijo divino de Dios que moró en Jesús; esto destruiría por completo la adoración cristiana.

Pero ahora piensa en qué hubiera pasado si el eutiquianismo hubiera triunfado. Si la humanidad de Cristo se perdió y fue absorbida en Su deidad «como una gota de vino en el mar», entonces, de nuevo, no ha ocurrido ninguna verdadera encarnación. En lugar de que Dios se hiciera hombre, tenemos al hombre siendo aniquilado en Dios. Uno puede ver cómo esta idea se habría prestado para toda clase de misticismo que rechaza la humanidad. Después de todo, si Cristo es nuestro patrón, ¿acaso no deberíamos también nosotros buscar que nuestra propia humanidad se pierda y sea absorbida en la deidad como una gota de vino en el mar?

Los padres de Calcedonia se opusieron con firmeza a estas dos tendencias malsanas. Ellos afirmaron que Cristo es en verdad una sola persona divina, no una alianza entre una persona divina y una humana como enseña el nestorianismo. El sujeto, el «yo», el agente personal que hallamos en Jesucristo, es singular y no plural; esta persona es el «Hijo, Unigénito, Dios Verbo, el Señor», la segunda persona de la Deidad. Por eso María es llamada con razón la «madre de Dios», verdad que Nestorio rechazó con vehemencia. ¡La persona que nació de María fue precisamente Dios el Hijo! María es la madre de Dios encarnado (aunque, por supuesto, no es la madre de la naturaleza divina). Los padres de Calcedonia también afirmaron que esta sola persona existe en dos naturalezas diferentes, completa divinidad y completa humanidad, rechazando así la absorción eutiquiana de la una en la otra. Vemos en Cristo todo lo que es ser humano y todo lo que es ser divino en una sola y misma vez, sin que ninguno se vea comprometido por lo otro. Podríamos decir que en Cristo, por primera y última vez, toda la plenitud del ser humano y toda la plenitud del ser divino se han unido y existen unidas en exactamente la misma forma, como el Hijo del Padre y el Portador del Espíritu Santo. O para decirlo de una forma más simple, Cristo es completa y verdaderamente humano, completa y verdaderamente divino, al mismo tiempo, en una sola persona.

Loor al Verbo encarnado,

en humanidad velado;

gloria al Santo de Israel,

cuyo nombre es Emanuel.

Los padres de Calcedonia hicieron un buen trabajo. En asuntos cristológicos, tal vez solo podamos llegar a ser enanos parados en sus hombros de gigantes. Podríamos ver incluso más lejos si nos sentamos allí. Sin embargo, si nos bajamos, dudo que vayamos a ver algo más que lodo nestoriano y eutiquiano.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

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