Alimentemos El Alma
Serie: El Evangelismo Y La SoberanĆa De Dios
J.I. Packer
CapĆtulo II
La soberanĆa divina y la responsabilidad humana
Realizamos este estudio con el propósito de circunscribir los lĆmites de la obra evangelĆstica del cristiano de acuerdo al supuesto de que Dios es soberano en cuanto a la salvación. Ahora bien, es importante que nos demos cuenta que esta tarea no es nada fĆ”cil. Todos los temas teológicos contienen algunas barreras repentinas y obstĆ”culos inesperados, pues la verdad de Dios nunca suele ser lo que el hombre espera. Nuestra tarea es sin duda, una de las mĆ”s difĆciles en toda la disciplina de la teologĆa evangĆ©lica. Esto se debe a que tenemos que tratar con una antinomia en la revelación bĆblica y que, en tales cuestiones, nuestras mentes caĆdas y finitas son mucho mĆ”s inclinadas a equivocarse.
ĀæQuĆ© es una antinomia? El Diccionario Usual de Larousse define la palabra de la siguiente manera: āuna contradicción entre dos leyes o principios racionales.ā Sin embargo, conforme a nuestro estudio, esta definición carece de exactitud, pues la definición deberĆa comenzar diciendo, āuna contradicción aparente.ā En la teologĆa usamos la palabra antinomia para referirnos a algo que parece contradictorio pero que en realidad no lo es. Queremos decir que dos verdades son aparentemente inconsistentes. Una antinomia ocurre cuando dos principios irrefutables no compaginan al verlos juntos. Los dos principios son vĆ”lidos y hay evidencias claras y convincentes que apoyan a cada uno, pero reconciliarlos es un misterio. Es obvio cómo uno es verdadero aislado del otro, pero juntos no pueden ser conjugados. PermĆtanos ejemplificar: la fĆsica moderna se enfrenta a una antinomia semejante a la nuestra en su estudio de la luz. Hay evidencia convincente en apoyo de la teorĆa de que la luz consiste de ondas, pero, a la misma vez, existe evidencia tan convincente como la anterior en apoyo de la teorĆa de que la luz consiste de partĆculas.
No es claro cómo la luz puede consistir de ondas y de partĆculas simultĆ”neamente pero la evidencia existe. Entonces, no se puede decir que la luz consiste de ondas y no de partĆculas, ni tampoco se puede decir que la luz consiste de partĆculas y no de ondas. Ninguna de las dos teorĆas puede reducirse a la otra, ni puede definirse una teorĆa en tĆ©rminos de la otra. Hay que afirmar que las dos teorĆas incompatibles son verdaderas a la misma vez, puesto que la evidencia lo exige. La necesidad de aceptar algo antinómico escandaliza nuestras mentes bien-ordenadas y bien-definidas, pero no hay otra posibilidad, si hemos de ser fieles a la evidencia.
Antes de seguir, sin embargo, serĆ” conveniente demarcar la diferencia entre una paradoja y una antinomia. Una paradoja es un juego de palabras, una figura de dicción. Es una especie de proposición que une dos ideas opuestas o que niega algo por medio de los mismos tĆ©rminos que se han utilizado en afirmarla. Hay muchas verdades de la vida cristiana que se pueden expresar en forma paradójica. Por ejemplo, el hombre se libera cuando se hace esclavo. El Apóstol Pablo destaca varias paradojas acerca de su experiencia cristiana: ācomo entristecidos, pero siempre gozosos⦠como no teniendo nada, pero poseyĆ©ndolo todoā; āporque cuando soy dĆ©bil, entonces soy fuerte.ā2
La paradoja crea una contradicción aparente por medio de las palabras usadas y no por los conceptos manejados. La contradicción es verbal, no es real, y con un poco de astucia se puede expresar la misma idea de una forma no paradójica. En otras palabras, una paradoja siempre es dispensable. Volviendo a los ejemplos citados: en 2 Corintios 6:10, Pablo pudiera haber dicho que en su experiencia se han mezclado la tristeza por las circunstancias actuales y el gozo en el SeƱor, y luego que, aunque no era propietario de terrenos ni tenĆa cuentas bancarias, Ć©l sentĆa que todo le pertenecĆa a Ć©l, porque Ć©l pertenece a Cristo y Cristo es SeƱor de todo. De nuevo en 2 Corintios 12:10, Pablo pudiera haber dicho que Dios le da mayor fuerza cuando estĆ” mĆ”s conciente de su malestar natural. Tales afirmaciones no paradójicas resultan insensatas y Ć”ridas en contraste con las paradojas que pretenden reemplazar, pero expresan exactamente lo mismo. La paradoja depende sólo del uso de las palabras; es una forma retórica muy eficaz, pero su uso no implica una contradicción lógica en los hechos acontecidos.
También debemos señalar que la paradoja tiene que ser entendida. El escritor u orador viste sus ideas en un ropaje paradójico para hacerlas mÔs memorables o interesantes. Pero el que escucha la paradoja debe ser capaz de descifrar su significado real; de otra manera la paradoja carecerÔ de efectividad y asà de significado. Pues una paradoja que no es entendida es sólo una contradicción en términos; la paradoja, en este caso, pierde su fuerza y se convierte en un disparate.
Una antinomia, en contraste, no es dispensable ni entendida. No es una figura de dicción, sino es una relación observada entre dos proposiciones verdaderas. No es producida para alcanzar algún propósito, sino que los mismos hechos nos obligan a enfrentarla. No la podemos evitar, ni la podemos resolver. No la inventamos, ni la podemos explicar. La única manera de deshacernos de ella es falsificando los mismos hechos que nos la introdujeron.
ĀæQuĆ© haremos con una antinomia? Aceptarla y vivir con ella. Ignorar la apariencia convincente de contradicción, y admitir que la misma es producto de nuestra propia ceguera. Pensar que los dos principios inconsistentes se reconcilian y se complementan de una manera misteriosa que nuestras mentes finitas son incapaces de comprender. No debemos crear un dilema, ni debemos suponer cosas que eliminarĆan la validez de un principio o del otro (pues inferencias de ese tipo, obviamente, serĆan falsas). Debemos usar cada principio segĆŗn su marco de referencia, es decir, el contexto en que se recogió la evidencia. TambiĆ©n debemos definir las relaciones, tanto entre los dos principios como entre los dos cuadros de referencia, y asĆ podremos crear una realidad donde las dos verdades puedan coexistir, pues en la realidad se nos manifestó la antinomia. Es de esta manera que debemos pensar en las antinomias, tanto en la naturaleza como en las Escrituras. Supongo que es asĆ que la fĆsica moderna entiende la antinomia concerniente a la luz, y es asĆ que el cristiano debe entender la antinomia de las enseƱanzas bĆblicas.
La antinomia que nos interesa es la oposición aparente entre la soberanĆa divina y la responsabilidad humana, o (en tĆ©rminos mĆ”s bĆblicos) entre lo que Dios hace en Su oficio de Rey y lo que hace en Su oficio de Juez. Las Escrituras enseƱan que Dios, en Su oficio de Rey, ordena y controla todas las cosas, incluyendo las acciones humanas, conforme a Su propósito divino.
Las Escrituras tambiĆ©n enseƱan que Dios, en su oficio de Juez, condena a todos los hombres por sus acciones. Por lo tanto, aquellos que escuchan la Palabra de Dios son responsables por su reacción frente a ella; si lo rechazan serĆ”n condenados por incredulidad. āEl que cree en Ćl no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creĆdo en el nombre del unigĆ©nito Hijo de Dios.ā5 Pablo tambiĆ©n fue responsable por predicar el evangelio; si rechazara su comisión, serĆa condenado por infidelidad. āPorque si anuncio el evangelio, no tengo de que jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues Ā”ay de mĆ si no anuncio el evangelio!ā La Biblia enseƱa la soberanĆa de Dios y la responsabilidad humana simultĆ”neamente; y a veces las enseƱa hasta en el mismo versĆculo.7 Los dos principios estĆ”n garantizados y defendidos por la misma autoridad; por consiguiente, los dos son verdaderos, vĆ”lidos y autoritarios. Por eso es obvio que los dos principios deben creerse juntos y no se puede poner uno contra el otro. El hombre es un ser responsable moralmente, pero tambiĆ©n es un ser controlado divinamente. El hombre es controlado divinamente y tambiĆ©n es responsable moralmente. La soberanĆa de Dios es real y la responsabilidad humana es real tambiĆ©n. Es en tĆ©rminos de esta antinomia revelada, entonces, que debemos formular nuestro pensamiento acerca del evangelismo.
Claro que la antinomia parece ser inexplicable a nuestras mentes finitas. Nos parece una contradicción y nos quejamos porque nos parece absurda. Pablo responde a esta queja en Romanos 9. āLuego me dirĆ”s: ĀæPor quĆ© todavĆa inculpa? Porque, ĀæquiĆ©n ha resistido a Su voluntad?ā Si Dios, nuestro SeƱor, controla todas nuestras acciones, Āæcómo puede juzgarnos por nuestra desdicha?
FijĆ©monos en la respuesta que da Pablo. El apóstol no intenta justificar las acciones de Dios para con el hombre, sino condena el espĆritu maligno en que se expone la pregunta. āAntes que nada, oh hombre, ĀæquiĆ©n eres tĆŗ para que contradigas a Dios? DirĆ” el vaso formado al que lo formó: āĀæPor quĆ© me hiciste asĆ?ā ā El que expone esta pregunta tiene que darse cuenta que Ć©l, como criatura y pecador, no tiene el derecho de juzgar las acciones de Dios. Las criaturas no pueden rebelarse contra su Creador. Como dice Pablo, la soberanĆa de Dios es justa y su libertad para hacer lo que le plazca con sus criaturas no puede ser restringida.10 Al principio de la epĆstola, el apóstol muestra que la condenación de los pecadores por Dios es correcta, justa e inapelable. ContinĆŗa diciĆ©ndonos que debemos reconocer esto y adorar la justicia de nuestro Creador tanto en Su oficio de Rey como en Su oficio de Juez. No nos es dada la libertad para especular sobre la consistencia de Su soberanĆa y Su justicia, ni nos es proporcionado el derecho de decirle a Dios que Ćl es injusto, pues nosotros somos incapaces de comprender a Dios en toda su naturaleza. La medida de nuestro Dios es mucho mĆ”s grande que nuestras especulaciones. Nos debemos conformar con que Dios nos haya dicho que es un rey soberano y un juez justo y misericordioso. ĀæPor quĆ© resistimos? ĀæPor quĆ© no confiamos en Ćl?
No nos debe sorprender cuando nos encontramos con misterios tales como Ć©ste en la lectura de la Biblia. Porque la criatura no puede entender toda la naturaleza de su Creador. Un Dios que pudiĆ©ramos entender completamente, un Dios cuya revelación no nos proporcionara ningĆŗn misterio, serĆa un Dios hecho a la imagen del hombre. Este tipo de Dios es imaginario y, definitivamente, no concuerda con el Dios de las Sagradas Escrituras. El Dios de la Biblia dice: āPorque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice JehovĆ”. Pues asĆ como los cielos son mĆ”s altos que la tierra, asĆ son mis caminos, y mis pensamientos mĆ”s que vuestros pensamientos.ā Nos enfrentamos ahora con una de las muchas antinomias en la Biblia.
Estamos seguros que cada antinomia se reconcilia en la sabidurĆa y en el santo consejo de Dios, pero mientras nosotros no la podemos entender, tenemos que darle el mismo Ć©nfasis a cada uno de los principios aparentemente contradictorios; debemos guardar estas verdades de la misma manera en que Dios nos las reveló; y, finalmente, debemos reconocer que es un misterio irresoluble con nuestra mentalidad finita.
Todo esto es mĆ”s fĆ”cil dicho que hecho, claro estĆ”. Nuestras mentes aborrecen las antinomias. Nos gusta el orden y la definición, nos gusta aniquilar el misterio de tal modo que a veces nos encontramos tentados a deshacernos de una antinomia por medios ilegĆtimos. Usamos una verdad para usurpar a la otra, y otras veces nos deshacemos completamente de las dos, pues aƱoramos una teologĆa bien-ordenada y bien-definida. Nuestra antinomia no se escapa de tales tendencias. La tentación es socavar y debilitar un principio por la manera en que acentuamos el otro: afirmamos tanto la responsabilidad del hombre que Dios ya no es soberano, o acentuamos tanto la soberanĆa de Dios que el hombre ya no es responsable. Debemos estar seguros de no caer en ninguno de los dos errores, pero nos interesa mĆ”s la manera en que estas tentaciones surgen en conexión con el evangelismo.
Hablaremos primero de la tentación de enfocarse exclusivamente en la responsabilidad del hombre. Como hemos visto, la responsabilidad humana es un hecho plenamente verdadero. La responsabilidad del hombre a su Creador es algo muy serio, es el hecho fundamental de su vida, es lo que rige la conducta del hombre tanto hacia su Creador como hacia su prójimo. Dios nos hizo seres morales y es de acuerdo a eso que trata con nosotros. Su Palabra se dirige a cada uno de nosotros individualmente, y cada uno es responsable por su reacción a la misma āpor su atención o inatención, su creencia o incredulidad, su obediencia o desobediencia. No podemos evadir la responsabilidad de nuestras reacciones hacia la Palabra de Dios. Vivimos bajo Su Ley, y tendremos que responder por la manera en que conducimos nuestras vidas.
El hombre es un pecador, y sin Cristo es culpable y condenado por la Ley de Dios. Por eso necesita el evangelio. Cuando el hombre escucha el evangelio, es responsable por la decisión que hace. El evangelio le da al hombre la elección libre entre la vida y la muerte; es la elección mÔs decisiva que uno puede enfrentar. Cuando presentamos el evangelio a un inconverso, es muy probable que él trate de cegarse a la importancia y urgencia del problema, y asà podrÔ ignorar la advertencia que se le ha dado. En tales casos, nosotros tenemos que insistir que él vea la gravedad de la situación, y que use su elección con prudencia. Cuando predicamos las promesas e invitaciones del evangelio, cuando ofrecemos a los pecadores la sangre redentora de Cristo Jesús, nuestra tarea abarca mÔs que anunciar las buenas nuevas; tenemos que poner y reponer énfasis en la responsabilidad del hombre en cuanto a su reacción al evangelio de la gracia de Dios.
De la misma manera, somos responsables por predicar el evangelio. El mandato de Cristo a sus discĆpulos fue: āPor tanto, id, y haced discĆpulos en todas las naciones, bautizĆ”ndolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del EspĆritu Santo.ā Este mandato se dirigió a los discĆpulos, pero se extiende a toda la Iglesia. El evangelismo es la responsabilidad no enajenable de todo creyente y toda comunidad de creyentes. TodavĆa estamos comisionados para predicar el evangelio y para hacer que se escuche por toda la tierra. Por lo tanto, el cristiano debe autoevaluar su conciencia preguntĆ”ndose si ha hecho todo a su alcance para predicar la Palabra por todo el mundo. Esto tambiĆ©n es su responsabilidad y tendrĆ” que responder a Dios por ello.
La responsabilidad humana en cuanto al evangelismo se extiende no sólo al oyente sino al predicador tambiĆ©n, y en ambos casos es una responsabilidad seria y pesada. A pesar de lo antedicho, no nos podemos olvidar de la soberanĆa divina. Mientras estemos concientes de nuestra responsabilidad de proclamar el evangelio, nunca debemos olvidar que es Dios quien salva. Es Dios quien trae los hombres a escuchar el evangelio, y es Ćl quien los lleva a la fe en Cristo. Nuestra obra evangelĆstica es el instrumento de la obra salvadora de Dios; el poder de salvar no se encuentra en el instrumento, sino en la mano que utiliza el instrumento. Nunca debemos olvidar eso. Pues si olvidamos que es Dios quien da resultados cuando se proclama el evangelio, intentaremos dar resultados por nuestro propio esfuerzo. Y si olvidamos que es sólo Dios quien puede dar fe, comenzaremos a pensar que la cantidad de conversiones efectuadas depende de nosotros y nuestros medios y mĆ©todos del evangelismo. Si pensamos asĆ, nuestra obra evangelĆstica glorifica a nosotros mismos en vez de glorificar a Dios.
Analicemos esto mĆ”s a fondo. Si nuestra tarea no es solamente la de presentar las buenas nuevas de Cristo, sino tambiĆ©n la de producir conversos āde evangelizar con fidelidad y eficaciaā nuestro mĆ©todo de evangelizar debe ser pragmĆ”tico y calculador. Nuestro equipo, tanto en el evangelismo personal como en la predicación pĆŗblica, consiste en dos cosas. AdemĆ”s de un entendimiento claro y conciso del significado y la prĆ”ctica del evangelio, necesitamos una tĆ©cnica irresistible e infalible para que nuestros oyentes nos escuchen. Entonces, es nuestro deber producir y desarrollar tal tĆ©cnica. TambiĆ©n debemos evaluar la evangelización āla nuestra como la de otrosā no sólo por el mensaje que se predica, sino tambiĆ©n por los resultados de la predicación. Si nuestra obra no es fructuosa, debemos mejorar nuestra tĆ©cnica. Debemos pensar en el evangelismo como una lucha entre voluntades, la nuestra contra la de nuestros oyentes, una batalla donde el que tiene las mejores armas gana. Si Ć©ste fuera el caso, nuestra filosofĆa del evangelismo no serĆa distinta a la filosofĆa de un lava-cerebros. Tampoco podrĆamos defender nuestro concepto del evangelismo cuando el mundo nos acusa de hacer lo mismo. Si la producción de creyentes fuera nuestra responsabilidad, entonces Ć©sta serĆa una buena filosofĆa del evangelismo, pero no lo es, porque Dios se ha otorgado esa responsabilidad a SĆ mismo.
Ćsta es una muestra lĆŗcida de lo que sucede cuando nos olvidamos de la soberanĆa de Dios. Es correcto que reconozcamos nuestro deber de evangelizar agresivamente y con mucho fervor. Es correcto que anhelemos ver a los incrĆ©dulos voltear sus rostros a Cristo. Es correcto que deseemos que nuestras presentaciones del evangelio sean claras, fructuosas y eficaces. Si no queremos que nuestras proclamaciones sean eficaces, entonces tenemos un problema muy grave. Pero no es correcto atribuirnos mĆ”s trabajo de lo que se nos ha asignado. No es correcto, por ejemplo, pensar que somos nosotros los que llevamos el incrĆ©dulo a la fe. No es correcto elaborar y desarrollar nuestras propias tĆ©cnicas y mĆ©todos para cumplir lo que sólo Dios puede llevar a cabo. Cuando hacemos esto, nos estamos poniendo en el lugar del EspĆritu Santo de Dios, y nos estamos auto-exaltando diciendo que la redención proviene de nuestra propia afĆ”n. Sólo podemos esquivar esta blasfemia si dejamos que nuestro conocimiento de la soberanĆa de Dios controle nuestros planes, nuestras oraciones y nuestra obra en el servicio del SeƱor. Pues cuando no estamos confiando concientemente en el SeƱor, estamos confiando en nosotros mismos. No hay nada que le haga mĆ”s daƱo al evangelismo que el espĆritu de la auto-suficiencia. Pero, lamentablemente, esto es lo que sucede cuando nos olvidamos de la soberanĆa de Dios en la conversión de almas.
Existe otra tentación que es tan peligrosa como la anterior, es decir, la tentación de enfocarse exclusivamente en la soberanĆa divina.
Algunos cristianos piensan incesantemente en la soberanĆa de Dios. Esta verdad se les hace muy importante. Les ha llegado de sĆŗbito y con la fuerza de una revelación tremenda. DirĆan que este concepto causó una autĆ©ntica revolución copĆ©rnica en sus vidas cristianas, pues les ha dado un nuevo centro del universo. Anteriormente, ellos habĆan creĆdo que el hombre era el centro del universo, y que Dios estaba sólo en la circunferencia. HabĆan pensado en Dios como el espectador y no como el Autor de los sucesos que acontecen en el mundo. HabĆan postulado que el factor decisivo en cada situación terrenal era el afĆ”n del hombre y no el plan de Dios; y habĆan supuesto que la felicidad del hombre era lo mĆ”s interesante e importante en el universo, tanto para el hombre mismo como para Dios. Pero ahora ven que este concepto antropo-cĆ©ntrico es pecaminoso y anti-bĆblico. Ahora ven que el propósito de la Biblia es aniquilar este concepto y que tales libros como Deuteronomio, IsaĆas, el Evangelio segĆŗn San Juan y la EpĆstola a los Romanos, derriban el concepto en casi cada versĆculo. Ahora se dan cuenta que Dios tiene que ser el centro de sus vidas, asĆ como es el centro de la realidad en su propio mundo. Ahora sienten el golpe de la primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster:
āĀæCuĆ”l es el fin principal del hombre? El fin principal del hombre es glorificar a Dios y (en hacerlo) gozar de Ćl para siempre.ā
Ahora entienden que la manera de hallar la felicidad que promete Dios no es buscarla como fin en sĆ, sino es olvidarse de uno mismo buscando la gloria de Dios, haciendo Su voluntad y verificando Su poder en las penas y en las alegrĆas de la vida cotidiana. Ellos saben que la gloria y la alabanza a Dios es la que los absorberĆ” desde ahora hasta la eternidad.
Ven que el significado de sus existencias radica en adorar y exaltar a Dios. En cada situación, en cualquier circunstancia, su mayor preocupación es: ¿Cómo glorificaré mÔs al Señor? ¿Cómo puedo exaltar a Dios en esta circunstancia?
Y ahora entienden, cuando hacen esta pregunta, que aunque Dios usa al hombre para llevar a cabo sus propósitos, en Ćŗltima instancia, nada depende del hombre. Todo depende de Dios que usa al hombre para hacer Su voluntad. TambiĆ©n reconocen que Dios ha resuelto cada acontecimiento de antemano, aun antes de que el hombre existiera; y que cuando el hombre se encuentra en una situación, Su mano todavĆa permanece ahĆ, ordenando todo de acuerdo a Su voluntad. Ven cómo Dios es Autor de todo lo que hacen, ya sean fracasos y errores o Ć©xitos. Son concientes de que no necesitan preocuparse del arca de Dios como lo hizo Uza, porque Dios sostendrĆ” Su propia causa. Ven que no tienen que cometer el error de Uza de tomar demasiada responsabilidad, y hacer la obra de Dios de una manera prohibida, temiendo que si no fuera hecha asĆ, no se cumplirĆa. Ya saben que, como Dios estĆ” en control, ellos nunca tienen que temer que Dios sufrirĆ” algĆŗn daƱo o pĆ©rdida si se limitan a hacer las cosas como Ćl les ha dicho. Se dan cuenta que hacer las cosas de otra manera serĆa una transgresión de Su sabidurĆa y soberanĆa. Reconocen que el cristiano nunca debe pensar que es indispensable para Dios, ni se debe conducir como si lo fuera. El Dios que lo mandó no lo necesita. Debe entregarse por completo a la obra que Dios le ha asignado, pero nunca debe jactarse de su posición ni pensar que no puede ser reemplazado. Nunca debe decir, āla obra de Dios serĆa un fracaso si no fuera por mĆ y el trabajo que yo hago.ā No hay porquĆ© pensar asĆ. Dios no depende de nosotros ni de nadie. Aquellos que han empezado a entender la soberanĆa de Dios pueden ver todo esto, y asĆ intentan realizar la obra del SeƱor humildemente y, a veces, anónimamente. Por lo tanto, atestiguan su creencia que Dios es grande y reina en el mundo, haciĆ©ndose pequeƱos delante del trono del mĆ”s grande y conduciĆ©ndose de una manera que manifiesta su reconocimiento que lo fructuoso de su obra depende de Dios y sólo de Dios. Y hasta aquĆ no estĆ”n equivocados.
Sin embargo, la tentación que les atormenta es exactamente lo opuesto a la que describimos anteriormente. En su deseo de glorificar a Dios por medio del reconocimiento de Su soberanĆa en la gracia y rechazando cualquier noción de su propia indispensabilidad, estĆ”n tentados a olvidarse completamente de la responsabilidad de la Iglesia en cuanto al evangelismo. La tentación se formula de la siguiente manera: āReconocemos que el mundo es injusto, pero Dios se glorifica mĆ”s cuando nosotros hacemos menos, pues asĆ la obra es plenamente de Ćl. Lo que debemos hacer es siempre dejar la iniciativa en Sus manos.ā EstĆ”n tentados a suponer que cualquier empeƱo evangelĆstico, intrĆnsecamente, exalta al hombre. Les asusta la idea de rebasar a Dios en su plan evangelĆstico, y por lo tanto, adoptan una posición militante en contra del evangelismo en sĆ.
El acontecimiento clĆ”sico de este punto de vista se llevó a cabo hace dos siglos cuando el director de la fraternidad de ministros reprendió a Guillermo Carey (por su idea de fundar una sociedad misionera) diciendo: āSiĆ©ntate, seƱor. Ā”Cuando Dios se plazca en convertir al incrĆ©dulo, lo harĆ” sin la ayuda de tĆ!ā La noción de tomar una iniciativa en buscar a hombres de todo el mundo para Cristo le pareció algo presumida.
Antes de condenar al seƱor director, sin embargo, debemos de analizar un poco. Lo podemos entender, pues Ć©l habĆa comprendido que es Dios quien salva, que esto lo hace de acuerdo a Su voluntad, y que Dios no se arrodilla delante de ningĆŗn hombre. TambiĆ©n habĆa entendido que sin nosotros Dios es tan poderoso como siempre, que Dios no necesita del hombre. En fin, este seƱor director entendió el significado completo de la soberanĆa de Dios. No obstante, se equivocó en no entender el mandato que Cristo le dio a la Iglesia, es decir, la responsabilidad evangelĆstica. Se olvidó de que Dios salva al hombre por medio de los testimonios de Sus siervos y que por eso el deber de predicar el evangelio hasta lo Ćŗltimo de la tierra se le ha comisionado a la Iglesia.
Pero esto es algo que nunca debemos olvidar. El mandamiento de Cristo significa que debemos dedicar todos nuestros talentos, esfuerzos y dones a proclamar el evangelio en todas las naciones. La inactividad, el desempeƱo y la despreocupación frente a la comisión de Cristo son inexcusables. Si hemos de ignorar o quitar prioridad y urgencia al imperativo evangelĆstico, entonces seremos culpables de mal-interpretar la doctrina de la soberanĆa divina. No se puede usar una verdad revelada como excusa para el pecado. Dios no nos reveló su naturaleza para que la usĆ”ramos como pretexto para desobedecer su mandato.
En la parĆ”bola de nuestro SeƱor acerca de los talentos, los siervos ājustos y fielesā son aquellos que avanzan con el plan de su amo haciendo uso fructĆfero de sus talentos. Y aunque el siervo que escondió sus talentos y no hizo nada para refinarlos se creyó justo y fiel, su amo pensó que era āmalvado, perezoso e inĆŗtil.ā Pues los dones que Cristo nos ha dado son para usarlos; no los podemos ocultar. Esto lo podemos aplicar a nuestra mayordomĆa del evangelio. La verdad de la salvación nos es dada gratuitamente; no la debemos esconder sino que la debemos proclamar y compartir con nuestro prójimo. La luz no puede ser ocultada en las tinieblas. La luz tiene que brillar, y es nuestro deber asegurar que asĆ se realice. El SeƱor ha dicho, āVosotros sois la luz del mundo.ā¦ā Por lo tanto, el que no hace todo a su alcance para proclamar el evangelio de nuestro SeƱor Cristo JesĆŗs, no es un siervo ājusto y fiel.ā
Ya hemos visto dos trampas opuestas, una Escila y Caribdis (escollos a la navegación) del error. Ambas son el resultado de una visión parcial, o sea de una ceguera parcial. Ambas revelan la terquedad del hombre frente a la antinomia bĆblica de la soberanĆa de Dios y la responsabilidad del hombre. Pero mirar las dos juntas y sus trampas implĆcitas nos advierte que no podemos oponer las dos verdades ni podemos resaltar una a expensa de la otra. Las dos se funden para advertirnos que ir de un extremo al otro es erróneo y peligroso. Debemos navegar nuestra barca por el estrecho que corre entre Escila y Caribdis, es decir, debemos evitar los dos extremos. Estas dos verdades las debemos creer y usar como la guĆa y el gobierno en nuestras vidas.
En las siguientes pĆ”ginas examinaremos estas dos doctrinas en su relación positiva y bĆblica. No opondremos la una contra la otra, porque la Biblia no las opone. Tampoco calificaremos o modificaremos una en tĆ©rminos de la otra, pues la Biblia no lo hace asĆ. Pero la Biblia afirma las dos doctrinas con Ć©nfasis y audacia en tĆ©rminos autoritarios y no ambiguos y, por lo tanto, Ć©sta serĆ” nuestra posición. Se le preguntó una vez a Spurgeon si Ć©l podĆa reconciliar las dos verdades, y Ć©l dijo: āNi lo intentarĆa, yo nunca reconcilio a los amigos.ā SĆ, amigos. Ćste es el punto que tenemos que entender. En la Biblia, la soberanĆa divina y la responsabilidad humana no son enemigos.
Tampoco son vecinos molestos ni se encuentran en una perpetua guerra frĆa. Son amigos y trabajan juntos. Espero que mis observaciones sobre el evangelismo clarifiquen este asunto.
Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la SoberanĆa de Dios. (G. A. MartĆnez, Trad.) (pp. 19ā37). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.
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