08 – Ajustar tu vida a Dios

Iglesia EvangƩlica Unida

Serie: Mi experiencia con Dios

08 – Ajustar tu vida a Dios

Samuel PƩrez Millos

Samuel PƩrez Millos

 Casado con NoemĆ­ Susana Colacilli, misionera durante 24 aƱos en Palabra de Vida.

Samuel es responsable del Ôrea de formación bíblica en la Iglesia Unida de Vigo.

 Licenciado y Master en TeologĆ­a (TH. M) por el Instituto BĆ­blico EvangĆ©lico.

Pastor de la Primera Iglesia EvangƩlica de Vigo, hoy Iglesia EvangƩlica Unida, desde el 26 de septiembre de 1981.

Profesor de Biblia y Teologƭa en la Facultad EvangƩlica de EspaƱa y del Departamento de Teologƭa SistemƔtica de la escuela Escrituras.

http://www.unidavigo.es

Motivando la Oración BĆ­blica

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 7

Motivando la Oración Bíblica

Hoy vamos a hablar acerca de: (1) la importancia de la oración; (2) ayudar a otros a orar regular y fielmente; (3) motivar a otros a orar de manera efectiva y según la voluntad de Dios; (4) ayudar a otros a entender como Dios responde a las oraciones.

  1. La oración es importante

Necesitamos recordar que el objetivo principal del discipulado es exhortar a nuestro amigo a una mayor comunión con Dios y santidad personal que glorifique a Dios. Necesitamos enseƱar a los demĆ”s a conocer, amar y obedecer a Dios, y esto no serĆ” alcanzado sin la oración.

1 Corintios 3:5-9 ĀæQuĆ©, pues, es Pablo, y quĆ© es Apolos? Servidores por medio de los cuales habĆ©is creĆ­do; y eso segĆŗn lo que a cada uno concedió el SeƱor. Yo plantĆ©, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. AsĆ­ que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirĆ” su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. (RVR60)

El punto destacado aquĆ­ es que si no hay oración, hay muchas probabilidades de que tus esfuerzos de discipulado fracasen. Lo primero que hago por alguien que estoy discipulando es orar por ellos diariamente. Si hoy olvidas todo lo demĆ”s pero recuerdas esto, considerarĆ© que la clase fue un Ć©xito.

Se nos dice en Juan 17:3: Ā«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el Ćŗnico Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.Ā» (RVR60) AsĆ­ como podemos conocer a otras personas cuando hablamos con ellos, la oración es una de las maneras principales en que podemos llegar a conocer a Dios, y una de las maneras claves en que glorificamos a Dios y decimos que amamos glorificar. Por tanto, necesitamos motivar a nuestros amigos a orar de forma regular.

HablÔndoles de nuestro Señor como nuestro ejemplo mÔs importante, vemos que Jesús apartó tiempo para orar.

En Mateo 14:23 y Marcos 1:35, vemos a JesĆŗs yendo hacia un lugar solitario. Todo el capĆ­tulo 17 del libro de Juan habla de la oración que JesĆŗs hizo a Dios antes de ser traicionado y arrestado.

Jesús también instruyó a sus discípulos a orar repetidas veces.

En Mateo 6:5-15, JesĆŗs da instrucciones especĆ­ficas sobre la oración, incluyendo la oración del SeƱor como un ejemplo para ellos. JesĆŗs comunica la parĆ”bola de la viuda y el juez injusto en Lucas 18:1-8 reflejando la importancia de la oración insistente a un Dios justo. Presta una  atención especial al versĆ­culo 8; la oración insistente muestra tu fe porque la oración es un acto de fe.

A lo largo de todas las epĆ­stolas del Nuevo Testamento, somos motivados a orar.

En Filipenses 4:6, Colosenses 4:2 y Tesalonicenses 5:17, por ejemplo, somos exhortados a orar y presentar nuestras peticiones a Dios, a ser dedicados a la oración y a orar sin cesar.

La oración es muy importante. Sin ella el crecimiento es atrofiado, la fe es dĆ©bil y la santificación es obstaculizada.

La oración en el discipulado

Si reconocemos que la oración es importante, Āæcómo la podemos motivar en el discipulado?

Motiva a la oración a través del ejemplo (Lucas 11:1)

Una de las maneras mĆ”s naturales y efectivas es simplemente a travĆ©s del ejemplo. Si realmente pasas tiempo orando, tu amigo escucharĆ” la manera en que oras. Al igual que nosotros como congregación podemos aprender a orar cuando escuchamos las oraciones de los domingos en la maƱana y la noche (AM: tipos de oración – HECHOS; orando por otras iglesias, personas en autoridad, la expansión del evangelio hacia otros paĆ­ses; PM: cambios de vida; evangelismo), Ā”podemos transmitir la oración apropiada y efectiva a nuestros amigos simplemente orando con ellos!

Lucas 11:1 Aconteció que estaba JesĆŗs orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discĆ­pulos le dijo: SeƱor, ensƩƱanos a orar, como tambiĆ©n Juan enseñó a sus discĆ­pulos. (RVR60) Vemos en Lucas 11:1 la manera en que JesĆŗs dio ejemplo de la oración frente a sus discĆ­pulos y como ellos respondieron a este ejemplo.

Motiva la oración a través de la instrucción (Lucas 11:2)

AdemĆ”s, debemos ayudar a nuestros amigos de manera intencional enseƱƔndoles cómo orar. Con esto NO me refiero a darle a alguien las palabras exactas para sus oraciones (Ā«Bob, haz esta oración despuĆ©s de mí… Ģ’Yo, Bob, me arrepiento de mis pecados y le pido a Cristo que entre a mi corazón.Ģ“ )

En lugar de eso, puedes enseñarles cómo orar:

  1. Comparte peticiones de oración y acuerden orar uno por el otro. RecuĆ©rdense el pacto de la iglesia[1] y motiven la comunidad de la iglesia.
  2. Den ejemplo de una buena oración al darle seguimiento a tu amigo durante la semana. EnvĆ­a peticiones de oración.
  3. Para ir un paso hacia adelante, desafĆ­a a tu amigo a apartar tiempo para orar cada dĆ­a.
  4. Cuando Ć©l se encuentre enfrentando decisiones importantes, motĆ­valo a orar por ellas.

Utilizando un libro para enseƱar a orar: A Call to Spiritual Reformation [Un Llamado a la Reforma Espiritual], Don Carson, IVP.

MĆ”s que eso, lleva a cabo algunas discusiones acerca de la oración, o utiliza algĆŗn tiempo para estudiar libros o Escrituras relacionados con la oración. Durante el resto de la clase de hoy hablaremos acerca de como orar de manera efectiva y regular. Ā”Piensa acerca de como transmitir estas ideas! Ā”Un buen libro que puedes consultar es el de D. A. Carson titulado A Call to Spiritual Reformation [Un Llamado a la Reforma Espiritual], que utilicĆ© mucho para la clase de hoy! (Busca una copia del libro para mostrarla a la clase. Comunica que estĆ” disponible en la librerĆ­a de CHBC).

  1. Ayudando a los demƔs a orar regular y fielmente

Planifica orar

Es muy probable que no oremos a menos que planifiquemos orar. Aparta tiempo durante el día para orar y motivar a tu amigo a hacerlo. Periódicamente, pregúntales cómo lo estÔn haciendo y comparte como estÔn tus tiempos de oración. Ejemplo para DVR: comenzando la oración primero en QT.

Maneras de evitar la desviación mental

Adopta algunas maneras prĆ”cticas para evitar la desviación mental. Algunas ideas Ćŗtiles: habla en voz alta las palabras y ten un diario (donde escribimos el contenido de nuestras oraciones de cada dĆ­a). Ora las oraciones escritas por otras personas utilizando un libro como El Valle de la Visión. Ora a travĆ©s de la Escritura, utilizando el enfoque en un pasaje como un resumen de lo que orarĆ”s O utilizando las palabras, frases e ideas bĆ­blicas del pasaje en tus oraciones. Ora por el directorio de la membresĆ­a. Cuando oras una pĆ”gina o dos por dĆ­a, estĆ”s dĆ”ndole forma a tus motivos de oración.

Ora con otro cristiano

Desarrolla relaciones de oración. Aparta tiempo para reunirte con personas simplemente para orar. Haz que cada uno rinda cuentas de la oración regular. ”Esto funciona de maravilla en un discipulado!

Dale seguimiento a las oraciones y las respuestas

Desarrolla un sistema de seguimiento de tus oraciones. Considera escribir notas de las peticiones de oración en una mascota de espiral o una hoja de Excel. Recuérdate darle seguimiento a la persona acerca de peticiones específicas de oración. ”Puedes ser muy motivado cuando tomas tiempo para revisar y darte cuenta de cómo Dios ha respondido tus oraciones!

Ora hasta que ores

Ora hasta que realmente comiences a orar. Cuando comenzamos a orar nuestra mente muchas veces lucha para calmarse y enfocarse en nuestras oraciones. Cuando comiences a orar toma tiempo para que tu mente se calme y se enfoque en Dios.

Este es solo un ejemplo rÔpido de algunos puntos útiles acerca de la oración que pueden ser discutidos en el contexto de una relación de discipulado. Habla acerca de algunos de estos temas en tus relaciones de discipulado. Decide que vas a mostrar amor a tu amigo cuando le preguntes acerca de sus tiempos de oración de forma específica y hablen sobre maneras en las que pueden crecer en la oración. [PAUSA PARA PREGUNTAS]

Venciendo las excusas de la falta de oración

¿Qué haces si la persona con la que estÔs reuniéndote no pasa mucho tiempo en oración y tiene una razón o excusa que te comunica para justificar su falta de fidelidad en la oración? Durante los próximos minutos consideraremos algunas excusas para la falta de oración y cómo responder a ellas.

Estoy muy ocupado para orar (Lucas 10:38-42)

ĀæEs el trabajo diario mĆ”s importante que la oración? En Lucas 10:38-42, Ā”la historia de MarĆ­a y Marta muestra que Dios debe estar en primer lugar! Nuestro trabajo nunca debe reemplazar nuestra relación con Dios. Si estĆ”s muy ocupado para orar, considera cómo tu vida necesita cambiar para orar de manera mĆ”s consistente.

  1. ¿Ayudaría comenzar tu día con oración?
  2. ĀæNecesitan dejar de hacer algo para tener mĆ”s tiempo en tu agenda? (Ejemplo: yo tenĆ­a un amigo que leĆ­a religiosamente el periódico cada maƱana durante el desayuno, pero nunca leĆ­a la Biblia ni oraba. Ɖl dejó de leer el periódico para tener tiempo para leer la Escritura y orar).
  3. ĀæQuĆ© harĆ­as para hacerlo una parte integral de todo el dĆ­a? En 1 Tesalonicenses 5:17 Pablo nos pide que Ā«oremos sin cesar.Ā»

Estoy muy frĆ­o espiritualmente para orar

Cuando estÔs frío, la última cosa que quieres hacer es leer u orar. Este es el momento cuando necesitas considerar vivir de forma obediente aún cuando no tengas deseos de orar. EstÔs permitiendo que tus acciones (tu obediencia) dirijan tu corazón.

Durante estos tiempos de frialdad espiritual, es bueno orar de manera especĆ­fica para que Dios renueve tu corazón y vida. Ver Ez. 37:1-10.

No siento la necesidad de orar

Algunas veces, durante las crisis de nuestra vida, puede haber arrogancia y orgullo que nos llevan a abandonar la oración.

Cuando nos sentimos suficientes en nosotros mismos por la tarea que tenemos y realmente no creemos que es Dios quien estĆ” haciendo el trabajo, caemos en la falta de oración. Richard Sibbes habla de dos pecados mĆ”s peligrosos todos los demĆ”s: el orgullo y la seguridad espiritual.[2] Necesitamos aprender a confrontar nuestro orgullo y crecimiento en nuestro sentido de dependencia de Dios. Ver Santiago 4:6 y Salmo 127:1-3.

Estoy muy amargado para orar

La amargura, los rencores y tener algo en contra de alguien, puede ser un obstĆ”culo para tu vida de oración. En Mateo 6:14 vemos que la falta de perdón hacia los demĆ”s perjudica tus oraciones. No seas como el siervo ingrato de Mateo 18, no puedes devolver la deuda (v. 26) y perdonas porque Cristo te perdonó (v. 33) no porque se lo merezca. Cuando perdonamos a los demĆ”s, demostramos que realmente deseamos el perdón de Dios.

Me siento muy avergonzado para orar

La vergüenza nos lleva a escondernos de Dios porque no queremos que las partes pecaminosas de nuestra vida sean expuestas. Sin embargo, el nosotros actuar como si estuviĆ©ramos escondiĆ©ndonos de Dios es falso. Hebreos 4:13 dice que cada parte de nuestra vida es vista claramente por Dios. Debido a que Dios ya conoce tu vida, es bueno no ser alejados por la vergüenza sino confesar regularmente tu pecado a Dios y pedir misericordia. Ver Salmo 51:4 y Proverbios 28:13

Dios parece no responder a mis oraciones

Dios no siempre responde a nuestras oraciones con un «sí.»

Algunas veces oramos con motivaciones equivocadas y Dios muestra bondad cuando no nos concede nuestros deseos egoĆ­stas (Santiago 4:3). La oración no se trata de nosotros obtener lo que queremos. Hay asuntos mĆ”s importantes disponibles—como la gloria de Dios, el cumplimiento de la voluntad de Dios, la proclamación del evangelio (para mencionar algunos).

Algunas veces necesitamos esperar la respuesta de Dios, porque su tiempo de respuesta es muy diferente del nuestro. Tus expectativas harĆ­an una gran diferencia en la manera en que oras y lo que esperas de tus oraciones. EstarĆ­as decepcionado de las expectativas equivocadas. Alinea tus expectativas con Dios y no contigo mismo. Espera que Dios sea fiel, pero en su tiempo y no en el tuyo. Recuerda que Dios quien estĆ” a cargo y no tĆŗ.

  1. Motivando a otros a orar efectivamente

Otra tarea del discipulador es enseƱar a las personas a orar efectivamente.

Una tendencia de los cristianos jóvenes es orar segĆŗn su propia voluntad y deseos. Es muy fĆ”cil citar versĆ­culos como Mateo 7:7-11 (pide, busca, halla), Mateo 21:21-22 (si crees, puedes mover montaƱas), y Santiago 1:5-8 (Dios le da sabidurĆ­a a los que piden) y clama para que podamos obtener cualquier cosa que pidamos de Dios. En dicho caso, nos estamos poniendo ante Dios. La oración nunca debe ser un conjuro persona para obtener las cosas que queremos. DA Carson escribe: Ā«la oración efectiva es fruto de una relación con Dios, no una tĆ©cnica para la adquisición de bendicionesĀ» (A Call to Spiritual Reformation [Un Llamado a la Reforma Espiritual], Carson, PĆ”g. 33)

Para enseƱar a las personas a orar efectivamente debemos enseƱarles a orar segĆŗn la voluntad de Dios. EnseƱarles a orar con las motivaciones correctas, para que puedan acercarse a Dios correctamente.

1 John 5:14-1 Y esta es la confianza que tenemos en Ć©l, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Ć©l nos oye. Y si sabemos que Ć©l nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho. Nuestras peticiones deben estar alineadas con la voluntad de Dios, es decir sus prioridades en las cosas especĆ­ficas y en el enfoque general de nuestras oraciones.

Por tanto, Āæcómo seguimos la voluntad de Dios en nuestras oraciones? ĀæCómo sabemos si lo que pedimos estĆ” de acuerdo con la voluntad de Dios? Ā”La Escritura! EstĆŗdiala, y obtĆ©n entendimiento de lo que Dios ha hecho. La manera mĆ”s segura de orar conforme a la voluntad de Dios es orar a travĆ©s de la Escritura. DespuĆ©s que lees un pasaje que te desafĆ­a en cierta manera, hay varias formas en las que puedes responder a ese pasaje. Lo mĆ”s simple que puedes hacer es orar utilizando el pasaje, haciendo que las palabras de la Escritura se conviertan en tus propias palabras. Puedes tambiĆ©n orar para que Dios te ayude a crecer y cambiar segĆŗn lo que has visto en el pasaje. Puedes ofrecer una oración de acción de gracias por una verdad que leĆ­ste. Puedes tambiĆ©n revisar tus motivaciones. ĀæEstĆ”n glorificĆ”ndote a ti o a Dios? ĀæLos intereses de quien estĆ”s tratando de promover? De la misma manera, habla con otras personas. Haz que oren por ti. Ā”Haz que oren para que ores por las cosas correctas!

Cuando estudias la Biblia, presta una atención especial a las oraciones que encuentras en la Escritura. Podemos aprender a orar efectivamente cuando estudiamos las oraciones de JesĆŗs y Pablo y vemos como las prioridades de sus oraciones reflejan claramente la voluntad de Dios. Ver 1 Ts. 3:11-13. Examina las oraciones de la Biblia en tu propio tiempo. Aun mejor, Ā”examina estas oraciones con las personas que discipulas! Puedes comenzar con la oración del SeƱor en Mateo 6. El libro de D. A. Carson titulado A Call to Spiritual Reformation [Un Llamado a la Reforma Espiritual] es un gran libro para ti y tu amigo discĆ­pulo examinar juntos. Analiza las oraciones de Pablo en la Escritura y destaca las prioridades que debemos tener en la oración.

Mateo 7:7 promete buenos dones para los hijos de Dios que los pidan a Dios. Como discipuladores que verĆ”n diferentes respuestas a diferentes oraciones, debemos reconocer que independientemente de la petición, la voluntad de Dios es prioritaria. Dios sabe lo que es mejor para nosotros, aun cuando pensemos que lo que nos sucede es malo. La fe cree que Dios es bueno y es galardonador de los que le buscan. (Marcos 10:18, Hebreos 11:1, 6).

A pesar de todo nuestro estudio de la Escritura, habrĆ” ocasiones en que no siempre sabremos cual es la voluntad de Dios. Pero afortunadamente, el SeƱo nos ayuda. Romanos 8:26-27 habla de la manera en que el EspĆ­ritu Santo intercede por nosotros en oración.

  1. Entendiendo cómo Dios responde a la oración

Finalmente, esto nos lleva al asunto importante de entender como Dios responde a nuestras oraciones. Nosotros podemos pensar en 3 respuestas de Dios en tƩrminos de espera, sƭ o no.

Algunas veces Dios nos tiene esperando,  y es en esos casos en que Ɖl nos llama a perseverar. Como discipuladores, necesitamos motivar a nuestros amigos a perseverar en oración. Recuerda esa parĆ”bola de la viuda y la persistencia de la viuda en procurar al juez (Lucas 18:2-8). ContinĆŗa apoyando a tu amigo en la oración y motivĆ”ndole a continuar orando acerca de ello semanalmente. Trata de ayudarle a reconocer su dependencia total de Dios durante dichos momentos.

Algunas veces vemos a Dios responder con un Ā«sĆ­.Ā» Como discipulador, delĆ©itate con tu amigo, y motiva a tu amigo a hacer una oración de acción de gracias allĆ­ mismo en el acto. Ā”Graba este recuerdo en su mente para que mĆ”s tarde puedan recordar lo que Dios ha hecho por ellos!

ĀæPero quĆ© sucede si tu amigo ha orado sincera y desinteresadamente, pensado que oraba segĆŗn la voluntad de Dios, pero al final ve que Dios responde con un Ā«no?Ā» Como discipulador, parte de tu trabajo es estar presente para ayudar. RecuĆ©rdale que Dios es bueno y confiable. Algunas veces no conocemos sus planes y sus caminos (Romanos 11:33-36). Oramos para que Dios sane al enfermo, y sin embargo el amigo querido muere y no sabemos porque. Existen muchas otras maneras en que podemos orar por un cambio de circunstancias (por ejemplo, queremos ver cambios en nuestro trabajo, en personas que conocemos, u otros cambios en el mundo que nos rodea), y aun asĆ­ esos cambios no suceden. Al final, independientemente de cuĆ”l sea nuestra oración necesitamos confiar en Dios.

Hablaremos mƔs detalladamente sobre esto dentro de varias semanas, acerca de ayudar a las personas a manejar el dolor. Por ahora, me gustarƭa leer una cita que nos motiva a perseverar y someter totalmente nuestra voluntad a la de Dios:

Ā«Independientemente del gigante espiritual en que te conviertas, habrĆ” dĆ­as cuando la respuesta de Dios a tus oraciones serĆ” no. A pesar de tu petición, bĆŗsqueda y derramamiento de tu alma, tu Padre celestial ha decidido responder de tu petición de forma contraria. Cuando esto sucede tu actitud se convierte en un factor importante. ĀæEstĆ”s dispuesto a entregar tu herida, decepción, tal vez hasta tu dolor a Cristo quien murió por ti… y luego comenzar a orar nuevamente? Los problemas con la oración son muchas veces intelectuales y no de la voluntad. Cuando oras efectivamente, la sumisión de tu voluntad estĆ” directamente relacionada con encontrar la voluntad de Dios. La oración que Dios responde es ofrecida con una actitud de sumisión. ĀæEstĆ”s dispuesto a decir lo siguiente cuando la respuesta de Dios a tu oración urgente no sea la que quieres: Ģ’ SeƱor, haz tu voluntad Ģ“ ?Ā»[3]

En conclusión:

  • La oración es una parte importante de la vida cristiana. Necesitamos ayudar a las personas a mirar dentro de sĆ­ mismos, para que vean cuales son los pecados que los han hecho dejar la oración y ayudarles a buscar la Escritura para ver cómo orar bĆ­blica y efectivamente.
  • Motivar una vida de oración bĆ­blica puede ser uno de los mejores dones que podemos darle a amigo cristiano que amamos.

[1] Caminaremos juntos en amor fraternal cuando nos convertimos en miembros de una iglesia cristiana, ejercemos un cuidado y vigilancia afectiva unos con otros, y amonestamos y rogamos fielmente unos por otros segĆŗn la ocasión lo requiera.

[2] Richard Sibbes, The Bruised Reed [La CaƱa Cascada],(Carlisle, PA:  The Banner of Truth Trust, publicado primeramente en 1630) PĆ”g. 95.

[3]W. Bingham Hunter, The God Who Hears [El Dios que Escucha], (Downers Grove, IL:  IVP Books, 1986) PĆ”g. 65.

Mark Deve

La soberanĆ­a divina y la responsabilidad humana

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La SoberanĆ­a De Dios

J.I. Packer

CapĆ­tulo II

La soberanĆ­a divina y la responsabilidad humana

Realizamos este estudio con el propósito de circunscribir los límites de la obra evangelística del cristiano de acuerdo al supuesto de que Dios es soberano en cuanto a la salvación. Ahora bien, es importante que nos demos cuenta que esta tarea no es nada fÔcil. Todos los temas teológicos contienen algunas barreras repentinas y obstÔculos inesperados, pues la verdad de Dios nunca suele ser lo que el hombre espera. Nuestra tarea es sin duda, una de las mÔs difíciles en toda la disciplina de la teología evangélica. Esto se debe a que tenemos que tratar con una antinomia en la revelación bíblica y que, en tales cuestiones, nuestras mentes caídas y finitas son mucho mÔs inclinadas a equivocarse.

ĀæQuĆ© es una antinomia? El Diccionario Usual de Larousse define la palabra de la siguiente manera: ā€œuna contradicción entre dos leyes o principios racionales.ā€ Sin embargo, conforme a nuestro estudio, esta definición carece de exactitud, pues la definición deberĆ­a comenzar diciendo, ā€œuna contradicción aparente.ā€ En la teologĆ­a usamos la palabra antinomia para referirnos a algo que parece contradictorio pero que en realidad no lo es. Queremos decir que dos verdades son aparentemente inconsistentes. Una antinomia ocurre cuando dos principios irrefutables no compaginan al verlos juntos. Los dos principios son vĆ”lidos y hay evidencias claras y convincentes que apoyan a cada uno, pero reconciliarlos es un misterio. Es obvio cómo uno es verdadero aislado del otro, pero juntos no pueden ser conjugados. PermĆ­tanos ejemplificar: la fĆ­sica moderna se enfrenta a una antinomia semejante a la nuestra en su estudio de la luz. Hay evidencia convincente en apoyo de la teorĆ­a de que la luz consiste de ondas, pero, a la misma vez, existe evidencia tan convincente como la anterior en apoyo de la teorĆ­a de que la luz consiste de partĆ­culas.

No es claro cómo la luz puede consistir de ondas y de partículas simultÔneamente pero la evidencia existe. Entonces, no se puede decir que la luz consiste de ondas y no de partículas, ni tampoco se puede decir que la luz consiste de partículas y no de ondas. Ninguna de las dos teorías puede reducirse a la otra, ni puede definirse una teoría en términos de la otra. Hay que afirmar que las dos teorías incompatibles son verdaderas a la misma vez, puesto que la evidencia lo exige. La necesidad de aceptar algo antinómico escandaliza nuestras mentes bien-ordenadas y bien-definidas, pero no hay otra posibilidad, si hemos de ser fieles a la evidencia.

Antes de seguir, sin embargo, serĆ” conveniente demarcar la diferencia entre una paradoja y una antinomia. Una paradoja es un juego de palabras, una figura de dicción. Es una especie de proposición que une dos ideas opuestas o que niega algo por medio de los mismos tĆ©rminos que se han utilizado en afirmarla. Hay muchas verdades de la vida cristiana que se pueden expresar en forma paradójica. Por ejemplo, el hombre se libera cuando se hace esclavo. El Apóstol Pablo destaca varias paradojas acerca de su experiencia cristiana: ā€œcomo entristecidos, pero siempre gozosos… como no teniendo nada, pero poseyĆ©ndolo todoā€; ā€œporque cuando soy dĆ©bil, entonces soy fuerte.ā€2

La paradoja crea una contradicción aparente por medio de las palabras usadas y no por los conceptos manejados. La contradicción es verbal, no es real, y con un poco de astucia se puede expresar la misma idea de una forma no paradójica. En otras palabras, una paradoja siempre es dispensable. Volviendo a los ejemplos citados: en 2 Corintios 6:10, Pablo pudiera haber dicho que en su experiencia se han mezclado la tristeza por las circunstancias actuales y el gozo en el Señor, y luego que, aunque no era propietario de terrenos ni tenía cuentas bancarias, él sentía que todo le pertenecía a él, porque él pertenece a Cristo y Cristo es Señor de todo. De nuevo en 2 Corintios 12:10, Pablo pudiera haber dicho que Dios le da mayor fuerza cuando estÔ mÔs conciente de su malestar natural. Tales afirmaciones no paradójicas resultan insensatas y Ôridas en contraste con las paradojas que pretenden reemplazar, pero expresan exactamente lo mismo. La paradoja depende sólo del uso de las palabras; es una forma retórica muy eficaz, pero su uso no implica una contradicción lógica en los hechos acontecidos.

También debemos señalar que la paradoja tiene que ser entendida. El escritor u orador viste sus ideas en un ropaje paradójico para hacerlas mÔs memorables o interesantes. Pero el que escucha la paradoja debe ser capaz de descifrar su significado real; de otra manera la paradoja carecerÔ de efectividad y así de significado. Pues una paradoja que no es entendida es sólo una contradicción en términos; la paradoja, en este caso, pierde su fuerza y se convierte en un disparate.

Una antinomia, en contraste, no es dispensable ni entendida. No es una figura de dicción, sino es una relación observada entre dos proposiciones verdaderas. No es producida para alcanzar algún propósito, sino que los mismos hechos nos obligan a enfrentarla. No la podemos evitar, ni la podemos resolver. No la inventamos, ni la podemos explicar. La única manera de deshacernos de ella es falsificando los mismos hechos que nos la introdujeron.

¿Qué haremos con una antinomia? Aceptarla y vivir con ella. Ignorar la apariencia convincente de contradicción, y admitir que la misma es producto de nuestra propia ceguera. Pensar que los dos principios inconsistentes se reconcilian y se complementan de una manera misteriosa que nuestras mentes finitas son incapaces de comprender. No debemos crear un dilema, ni debemos suponer cosas que eliminarían la validez de un principio o del otro (pues inferencias de ese tipo, obviamente, serían falsas). Debemos usar cada principio según su marco de referencia, es decir, el contexto en que se recogió la evidencia. También debemos definir las relaciones, tanto entre los dos principios como entre los dos cuadros de referencia, y así podremos crear una realidad donde las dos verdades puedan coexistir, pues en la realidad se nos manifestó la antinomia. Es de esta manera que debemos pensar en las antinomias, tanto en la naturaleza como en las Escrituras. Supongo que es así que la física moderna entiende la antinomia concerniente a la luz, y es así que el cristiano debe entender la antinomia de las enseñanzas bíblicas.

La antinomia que nos interesa es la oposición aparente entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, o (en términos mÔs bíblicos) entre lo que Dios hace en Su oficio de Rey y lo que hace en Su oficio de Juez. Las Escrituras enseñan que Dios, en Su oficio de Rey, ordena y controla todas las cosas, incluyendo las acciones humanas, conforme a Su propósito divino.

Las Escrituras tambiĆ©n enseƱan que Dios, en su oficio de Juez, condena a todos los hombres por sus acciones. Por lo tanto, aquellos que escuchan la Palabra de Dios son responsables por su reacción frente a ella; si lo rechazan serĆ”n condenados por incredulidad. ā€œEl que cree en Ɖl no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creĆ­do en el nombre del unigĆ©nito Hijo de Dios.ā€5 Pablo tambiĆ©n fue responsable por predicar el evangelio; si rechazara su comisión, serĆ­a condenado por infidelidad. ā€œPorque si anuncio el evangelio, no tengo de que jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues Ā”ay de mĆ­ si no anuncio el evangelio!ā€ La Biblia enseƱa la soberanĆ­a de Dios y la responsabilidad humana simultĆ”neamente; y a veces las enseƱa hasta en el mismo versĆ­culo.7 Los dos principios estĆ”n garantizados y defendidos por la misma autoridad; por consiguiente, los dos son verdaderos, vĆ”lidos y autoritarios. Por eso es obvio que los dos principios deben creerse juntos y no se puede poner uno contra el otro. El hombre es un ser responsable moralmente, pero tambiĆ©n es un ser controlado divinamente. El hombre es controlado divinamente y tambiĆ©n es responsable moralmente. La soberanĆ­a de Dios es real y la responsabilidad humana es real tambiĆ©n. Es en tĆ©rminos de esta antinomia revelada, entonces, que debemos formular nuestro pensamiento acerca del evangelismo.

Claro que la antinomia parece ser inexplicable a nuestras mentes finitas. Nos parece una contradicción y nos quejamos porque nos parece absurda. Pablo responde a esta queja en Romanos 9. ā€œLuego me dirĆ”s: ĀæPor quĆ© todavĆ­a inculpa? Porque, ĀæquiĆ©n ha resistido a Su voluntad?ā€ Si Dios, nuestro SeƱor, controla todas nuestras acciones, Āæcómo puede juzgarnos por nuestra desdicha?

FijĆ©monos en la respuesta que da Pablo. El apóstol no intenta justificar las acciones de Dios para con el hombre, sino condena el espĆ­ritu maligno en que se expone la pregunta. ā€œAntes que nada, oh hombre, ĀæquiĆ©n eres tĆŗ para que contradigas a Dios? DirĆ” el vaso formado al que lo formó: ā€˜ĀæPor quĆ© me hiciste asĆ­?’ ā€ El que expone esta pregunta tiene que darse cuenta que Ć©l, como criatura y pecador, no tiene el derecho de juzgar las acciones de Dios. Las criaturas no pueden rebelarse contra su Creador. Como dice Pablo, la soberanĆ­a de Dios es justa y su libertad para hacer lo que le plazca con sus criaturas no puede ser restringida.10 Al principio de la epĆ­stola, el apóstol muestra que la condenación de los pecadores por Dios es correcta, justa e inapelable. ContinĆŗa diciĆ©ndonos que debemos reconocer esto y adorar la justicia de nuestro Creador tanto en Su oficio de Rey como en Su oficio de Juez. No nos es dada la libertad para especular sobre la consistencia de Su soberanĆ­a y Su justicia, ni nos es proporcionado el derecho de decirle a Dios que Ɖl es injusto, pues nosotros somos incapaces de comprender a Dios en toda su naturaleza. La medida de nuestro Dios es mucho mĆ”s grande que nuestras especulaciones. Nos debemos conformar con que Dios nos haya dicho que es un rey soberano y un juez justo y misericordioso. ĀæPor quĆ© resistimos? ĀæPor quĆ© no confiamos en Ɖl?

No nos debe sorprender cuando nos encontramos con misterios tales como Ć©ste en la lectura de la Biblia. Porque la criatura no puede entender toda la naturaleza de su Creador. Un Dios que pudiĆ©ramos entender completamente, un Dios cuya revelación no nos proporcionara ningĆŗn misterio, serĆ­a un Dios hecho a la imagen del hombre. Este tipo de Dios es imaginario y, definitivamente, no concuerda con el Dios de las Sagradas Escrituras. El Dios de la Biblia dice: ā€œPorque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice JehovĆ”. Pues asĆ­ como los cielos son mĆ”s altos que la tierra, asĆ­ son mis caminos, y mis pensamientos mĆ”s que vuestros pensamientos.ā€ Nos enfrentamos ahora con una de las muchas antinomias en la Biblia.

Estamos seguros que cada antinomia se reconcilia en la sabiduría y en el santo consejo de Dios, pero mientras nosotros no la podemos entender, tenemos que darle el mismo énfasis a cada uno de los principios aparentemente contradictorios; debemos guardar estas verdades de la misma manera en que Dios nos las reveló; y, finalmente, debemos reconocer que es un misterio irresoluble con nuestra mentalidad finita.

Todo esto es mÔs fÔcil dicho que hecho, claro estÔ. Nuestras mentes aborrecen las antinomias. Nos gusta el orden y la definición, nos gusta aniquilar el misterio de tal modo que a veces nos encontramos tentados a deshacernos de una antinomia por medios ilegítimos. Usamos una verdad para usurpar a la otra, y otras veces nos deshacemos completamente de las dos, pues añoramos una teología bien-ordenada y bien-definida. Nuestra antinomia no se escapa de tales tendencias. La tentación es socavar y debilitar un principio por la manera en que acentuamos el otro: afirmamos tanto la responsabilidad del hombre que Dios ya no es soberano, o acentuamos tanto la soberanía de Dios que el hombre ya no es responsable. Debemos estar seguros de no caer en ninguno de los dos errores, pero nos interesa mÔs la manera en que estas tentaciones surgen en conexión con el evangelismo.

Hablaremos primero de la tentación de enfocarse exclusivamente en la responsabilidad del hombre. Como hemos visto, la responsabilidad humana es un hecho plenamente verdadero. La responsabilidad del hombre a su Creador es algo muy serio, es el hecho fundamental de su vida, es lo que rige la conducta del hombre tanto hacia su Creador como hacia su prójimo. Dios nos hizo seres morales y es de acuerdo a eso que trata con nosotros. Su Palabra se dirige a cada uno de nosotros individualmente, y cada uno es responsable por su reacción a la misma —por su atención o inatención, su creencia o incredulidad, su obediencia o desobediencia. No podemos evadir la responsabilidad de nuestras reacciones hacia la Palabra de Dios. Vivimos bajo Su Ley, y tendremos que responder por la manera en que conducimos nuestras vidas.

El hombre es un pecador, y sin Cristo es culpable y condenado por la Ley de Dios. Por eso necesita el evangelio. Cuando el hombre escucha el evangelio, es responsable por la decisión que hace. El evangelio le da al hombre la elección libre entre la vida y la muerte; es la elección mÔs decisiva que uno puede enfrentar. Cuando presentamos el evangelio a un inconverso, es muy probable que él trate de cegarse a la importancia y urgencia del problema, y así podrÔ ignorar la advertencia que se le ha dado. En tales casos, nosotros tenemos que insistir que él vea la gravedad de la situación, y que use su elección con prudencia. Cuando predicamos las promesas e invitaciones del evangelio, cuando ofrecemos a los pecadores la sangre redentora de Cristo Jesús, nuestra tarea abarca mÔs que anunciar las buenas nuevas; tenemos que poner y reponer énfasis en la responsabilidad del hombre en cuanto a su reacción al evangelio de la gracia de Dios.

De la misma manera, somos responsables por predicar el evangelio. El mandato de Cristo a sus discĆ­pulos fue: ā€œPor tanto, id, y haced discĆ­pulos en todas las naciones, bautizĆ”ndolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del EspĆ­ritu Santo.ā€ Este mandato se dirigió a los discĆ­pulos, pero se extiende a toda la Iglesia. El evangelismo es la responsabilidad no enajenable de todo creyente y toda comunidad de creyentes. TodavĆ­a estamos comisionados para predicar el evangelio y para hacer que se escuche por toda la tierra. Por lo tanto, el cristiano debe autoevaluar su conciencia preguntĆ”ndose si ha hecho todo a su alcance para predicar la Palabra por todo el mundo. Esto tambiĆ©n es su responsabilidad y tendrĆ” que responder a Dios por ello.

La responsabilidad humana en cuanto al evangelismo se extiende no sólo al oyente sino al predicador tambiĆ©n, y en ambos casos es una responsabilidad seria y pesada. A pesar de lo antedicho, no nos podemos olvidar de la soberanĆ­a divina. Mientras estemos concientes de nuestra responsabilidad de proclamar el evangelio, nunca debemos olvidar que es Dios quien salva. Es Dios quien trae los hombres a escuchar el evangelio, y es Ɖl quien los lleva a la fe en Cristo. Nuestra obra evangelĆ­stica es el instrumento de la obra salvadora de Dios; el poder de salvar no se encuentra en el instrumento, sino en la mano que utiliza el instrumento. Nunca debemos olvidar eso. Pues si olvidamos que es Dios quien da resultados cuando se proclama el evangelio, intentaremos dar resultados por nuestro propio esfuerzo. Y si olvidamos que es sólo Dios quien puede dar fe, comenzaremos a pensar que la cantidad de conversiones efectuadas depende de nosotros y nuestros medios y mĆ©todos del evangelismo. Si pensamos asĆ­, nuestra obra evangelĆ­stica glorifica a nosotros mismos en vez de glorificar a Dios.

Analicemos esto mĆ”s a fondo. Si nuestra tarea no es solamente la de presentar las buenas nuevas de Cristo, sino tambiĆ©n la de producir conversos —de evangelizar con fidelidad y eficacia— nuestro mĆ©todo de evangelizar debe ser pragmĆ”tico y calculador. Nuestro equipo, tanto en el evangelismo personal como en la predicación pĆŗblica, consiste en dos cosas. AdemĆ”s de un entendimiento claro y conciso del significado y la prĆ”ctica del evangelio, necesitamos una tĆ©cnica irresistible e infalible para que nuestros oyentes nos escuchen. Entonces, es nuestro deber producir y desarrollar tal tĆ©cnica. TambiĆ©n debemos evaluar la evangelización —la nuestra como la de otros— no sólo por el mensaje que se predica, sino tambiĆ©n por los resultados de la predicación. Si nuestra obra no es fructuosa, debemos mejorar nuestra tĆ©cnica. Debemos pensar en el evangelismo como una lucha entre voluntades, la nuestra contra la de nuestros oyentes, una batalla donde el que tiene las mejores armas gana. Si Ć©ste fuera el caso, nuestra filosofĆ­a del evangelismo no serĆ­a distinta a la filosofĆ­a de un lava-cerebros. Tampoco podrĆ­amos defender nuestro concepto del evangelismo cuando el mundo nos acusa de hacer lo mismo. Si la producción de creyentes fuera nuestra responsabilidad, entonces Ć©sta serĆ­a una buena filosofĆ­a del evangelismo, pero no lo es, porque Dios se ha otorgado esa responsabilidad a SĆ­ mismo.

Ɖsta es una muestra lĆŗcida de lo que sucede cuando nos olvidamos de la soberanĆ­a de Dios. Es correcto que reconozcamos nuestro deber de evangelizar agresivamente y con mucho fervor. Es correcto que anhelemos ver a los incrĆ©dulos voltear sus rostros a Cristo. Es correcto que deseemos que nuestras presentaciones del evangelio sean claras, fructuosas y eficaces. Si no queremos que nuestras proclamaciones sean eficaces, entonces tenemos un problema muy grave. Pero no es correcto atribuirnos mĆ”s trabajo de lo que se nos ha asignado. No es correcto, por ejemplo, pensar que somos nosotros los que llevamos el incrĆ©dulo a la fe. No es correcto elaborar y desarrollar nuestras propias tĆ©cnicas y mĆ©todos para cumplir lo que sólo Dios puede llevar a cabo. Cuando hacemos esto, nos estamos poniendo en el lugar del EspĆ­ritu Santo de Dios, y nos estamos auto-exaltando diciendo que la redención proviene de nuestra propia afĆ”n. Sólo podemos esquivar esta blasfemia si dejamos que nuestro conocimiento de la soberanĆ­a de Dios controle nuestros planes, nuestras oraciones y nuestra obra en el servicio del SeƱor. Pues cuando no estamos confiando concientemente en el SeƱor, estamos confiando en nosotros mismos. No hay nada que le haga mĆ”s daƱo al evangelismo que el espĆ­ritu de la auto-suficiencia. Pero, lamentablemente, esto es lo que sucede cuando nos olvidamos de la soberanĆ­a de Dios en la conversión de almas.

Existe otra tentación que es tan peligrosa como la anterior, es decir, la tentación de enfocarse exclusivamente en la soberanía divina.

Algunos cristianos piensan incesantemente en la soberanía de Dios. Esta verdad se les hace muy importante. Les ha llegado de súbito y con la fuerza de una revelación tremenda. Dirían que este concepto causó una auténtica revolución copérnica en sus vidas cristianas, pues les ha dado un nuevo centro del universo. Anteriormente, ellos habían creído que el hombre era el centro del universo, y que Dios estaba sólo en la circunferencia. Habían pensado en Dios como el espectador y no como el Autor de los sucesos que acontecen en el mundo. Habían postulado que el factor decisivo en cada situación terrenal era el afÔn del hombre y no el plan de Dios; y habían supuesto que la felicidad del hombre era lo mÔs interesante e importante en el universo, tanto para el hombre mismo como para Dios. Pero ahora ven que este concepto antropo-céntrico es pecaminoso y anti-bíblico. Ahora ven que el propósito de la Biblia es aniquilar este concepto y que tales libros como Deuteronomio, Isaías, el Evangelio según San Juan y la Epístola a los Romanos, derriban el concepto en casi cada versículo. Ahora se dan cuenta que Dios tiene que ser el centro de sus vidas, así como es el centro de la realidad en su propio mundo. Ahora sienten el golpe de la primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster:

ā€œĀæCuĆ”l es el fin principal del hombre? El fin principal del hombre es glorificar a Dios y (en hacerlo) gozar de Ɖl para siempre.ā€

Ahora entienden que la manera de hallar la felicidad que promete Dios no es buscarla como fin en sĆ­, sino es olvidarse de uno mismo buscando la gloria de Dios, haciendo Su voluntad y verificando Su poder en las penas y en las alegrĆ­as de la vida cotidiana. Ellos saben que la gloria y la alabanza a Dios es la que los absorberĆ” desde ahora hasta la eternidad.

Ven que el significado de sus existencias radica en adorar y exaltar a Dios. En cada situación, en cualquier circunstancia, su mayor preocupación es: ¿Cómo glorificaré mÔs al Señor? ¿Cómo puedo exaltar a Dios en esta circunstancia?

Y ahora entienden, cuando hacen esta pregunta, que aunque Dios usa al hombre para llevar a cabo sus propósitos, en Ćŗltima instancia, nada depende del hombre. Todo depende de Dios que usa al hombre para hacer Su voluntad. TambiĆ©n reconocen que Dios ha resuelto cada acontecimiento de antemano, aun antes de que el hombre existiera; y que cuando el hombre se encuentra en una situación, Su mano todavĆ­a permanece ahĆ­, ordenando todo de acuerdo a Su voluntad. Ven cómo Dios es Autor de todo lo que hacen, ya sean fracasos y errores o Ć©xitos. Son concientes de que no necesitan preocuparse del arca de Dios como lo hizo Uza, porque Dios sostendrĆ” Su propia causa. Ven que no tienen que cometer el error de Uza de tomar demasiada responsabilidad, y hacer la obra de Dios de una manera prohibida, temiendo que si no fuera hecha asĆ­, no se cumplirĆ­a. Ya saben que, como Dios estĆ” en control, ellos nunca tienen que temer que Dios sufrirĆ” algĆŗn daƱo o pĆ©rdida si se limitan a hacer las cosas como Ɖl les ha dicho. Se dan cuenta que hacer las cosas de otra manera serĆ­a una transgresión de Su sabidurĆ­a y soberanĆ­a. Reconocen que el cristiano nunca debe pensar que es indispensable para Dios, ni se debe conducir como si lo fuera. El Dios que lo mandó no lo necesita. Debe entregarse por completo a la obra que Dios le ha asignado, pero nunca debe jactarse de su posición ni pensar que no puede ser reemplazado. Nunca debe decir, ā€œla obra de Dios serĆ­a un fracaso si no fuera por mĆ­ y el trabajo que yo hago.ā€ No hay porquĆ© pensar asĆ­. Dios no depende de nosotros ni de nadie. Aquellos que han empezado a entender la soberanĆ­a de Dios pueden ver todo esto, y asĆ­ intentan realizar la obra del SeƱor humildemente y, a veces, anónimamente. Por lo tanto, atestiguan su creencia que Dios es grande y reina en el mundo, haciĆ©ndose pequeƱos delante del trono del mĆ”s grande y conduciĆ©ndose de una manera que manifiesta su reconocimiento que lo fructuoso de su obra depende de Dios y sólo de Dios. Y hasta aquĆ­ no estĆ”n equivocados.

Sin embargo, la tentación que les atormenta es exactamente lo opuesto a la que describimos anteriormente. En su deseo de glorificar a Dios por medio del reconocimiento de Su soberanĆ­a en la gracia y rechazando cualquier noción de su propia indispensabilidad, estĆ”n tentados a olvidarse completamente de la responsabilidad de la Iglesia en cuanto al evangelismo. La tentación se formula de la siguiente manera: ā€œReconocemos que el mundo es injusto, pero Dios se glorifica mĆ”s cuando nosotros hacemos menos, pues asĆ­ la obra es plenamente de Ɖl. Lo que debemos hacer es siempre dejar la iniciativa en Sus manos.ā€ EstĆ”n tentados a suponer que cualquier empeƱo evangelĆ­stico, intrĆ­nsecamente, exalta al hombre. Les asusta la idea de rebasar a Dios en su plan evangelĆ­stico, y por lo tanto, adoptan una posición militante en contra del evangelismo en sĆ­.

El acontecimiento clĆ”sico de este punto de vista se llevó a cabo hace dos siglos cuando el director de la fraternidad de ministros reprendió a Guillermo Carey (por su idea de fundar una sociedad misionera) diciendo: ā€œSiĆ©ntate, seƱor. Ā”Cuando Dios se plazca en convertir al incrĆ©dulo, lo harĆ” sin la ayuda de tĆ­!ā€ La noción de tomar una iniciativa en buscar a hombres de todo el mundo para Cristo le pareció algo presumida.

Antes de condenar al señor director, sin embargo, debemos de analizar un poco. Lo podemos entender, pues él había comprendido que es Dios quien salva, que esto lo hace de acuerdo a Su voluntad, y que Dios no se arrodilla delante de ningún hombre. También había entendido que sin nosotros Dios es tan poderoso como siempre, que Dios no necesita del hombre. En fin, este señor director entendió el significado completo de la soberanía de Dios. No obstante, se equivocó en no entender el mandato que Cristo le dio a la Iglesia, es decir, la responsabilidad evangelística. Se olvidó de que Dios salva al hombre por medio de los testimonios de Sus siervos y que por eso el deber de predicar el evangelio hasta lo último de la tierra se le ha comisionado a la Iglesia.

Pero esto es algo que nunca debemos olvidar. El mandamiento de Cristo significa que debemos dedicar todos nuestros talentos, esfuerzos y dones a proclamar el evangelio en todas las naciones. La inactividad, el desempeño y la despreocupación frente a la comisión de Cristo son inexcusables. Si hemos de ignorar o quitar prioridad y urgencia al imperativo evangelístico, entonces seremos culpables de mal-interpretar la doctrina de la soberanía divina. No se puede usar una verdad revelada como excusa para el pecado. Dios no nos reveló su naturaleza para que la usÔramos como pretexto para desobedecer su mandato.

En la parĆ”bola de nuestro SeƱor acerca de los talentos, los siervos ā€œjustos y fielesā€ son aquellos que avanzan con el plan de su amo haciendo uso fructĆ­fero de sus talentos. Y aunque el siervo que escondió sus talentos y no hizo nada para refinarlos se creyó justo y fiel, su amo pensó que era ā€œmalvado, perezoso e inĆŗtil.ā€ Pues los dones que Cristo nos ha dado son para usarlos; no los podemos ocultar. Esto lo podemos aplicar a nuestra mayordomĆ­a del evangelio. La verdad de la salvación nos es dada gratuitamente; no la debemos esconder sino que la debemos proclamar y compartir con nuestro prójimo. La luz no puede ser ocultada en las tinieblas. La luz tiene que brillar, y es nuestro deber asegurar que asĆ­ se realice. El SeƱor ha dicho, ā€œVosotros sois la luz del mundo.ā€¦ā€ Por lo tanto, el que no hace todo a su alcance para proclamar el evangelio de nuestro SeƱor Cristo JesĆŗs, no es un siervo ā€œjusto y fiel.ā€

Ya hemos visto dos trampas opuestas, una Escila y Caribdis (escollos a la navegación) del error. Ambas son el resultado de una visión parcial, o sea de una ceguera parcial. Ambas revelan la terquedad del hombre frente a la antinomia bíblica de la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. Pero mirar las dos juntas y sus trampas implícitas nos advierte que no podemos oponer las dos verdades ni podemos resaltar una a expensa de la otra. Las dos se funden para advertirnos que ir de un extremo al otro es erróneo y peligroso. Debemos navegar nuestra barca por el estrecho que corre entre Escila y Caribdis, es decir, debemos evitar los dos extremos. Estas dos verdades las debemos creer y usar como la guía y el gobierno en nuestras vidas.

En las siguientes pĆ”ginas examinaremos estas dos doctrinas en su relación positiva y bĆ­blica. No opondremos la una contra la otra, porque la Biblia no las opone. Tampoco calificaremos o modificaremos una en tĆ©rminos de la otra, pues la Biblia no lo hace asĆ­. Pero la Biblia afirma las dos doctrinas con Ć©nfasis y audacia en tĆ©rminos autoritarios y no ambiguos y, por lo tanto, Ć©sta serĆ” nuestra posición. Se le preguntó una vez a Spurgeon si Ć©l podĆ­a reconciliar las dos verdades, y Ć©l dijo: ā€œNi lo intentarĆ­a, yo nunca reconcilio a los amigos.ā€ SĆ­, amigos. Ɖste es el punto que tenemos que entender. En la Biblia, la soberanĆ­a divina y la responsabilidad humana no son enemigos.

Tampoco son vecinos molestos ni se encuentran en una perpetua guerra frĆ­a. Son amigos y trabajan juntos. Espero que mis observaciones sobre el evangelismo clarifiquen este asunto.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la SoberanĆ­a de Dios. (G. A. MartĆ­nez, Trad.) (pp. 19–37). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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La Regla benedictina

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La Regla benedictina

Por W. Andrew Hoffecker

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

esde que las epístolas del Nuevo Testamento fueron escritas, los cristianos han recibido consejo sobre cómo deben vivir la vida cristiana. ¿CuÔnto debemos orar? ¿CuÔn lejos podemos llegar en el logro de la santidad bíblica en esta vida? ¿Es la perfección un objetivo alcanzable? ¿Acaso el cristianismo se vive mejor en circunstancias normales de familia, matrimonio y vocación, o en un aislamiento ermitaño de los demÔs, o en comunidades formadas específicamente con el propósito de fomentar la oración, la adoración y el trabajo?

Estas sociedades tribales —ya sean europeas, africanas o americanas— solĆ­an ser gobernadas por Ā«jefesĀ» locales (a los cuales los europeos llamaban Ā«reyesĀ») junto con un consejo de guerreros. SolĆ­an tener religiones que contemplaban el culto a la naturaleza, lazos familiares complejos y una serie de costumbres primitivas. Si por ejemplo tienes sangre irlandesa, tus antepasados vivieron hace mucho tiempo en chozas hechas con piel de animales, se pusieron pinturas de guerra y coleccionaron crĆ”neos humanos. Si tienes sangre alemana, tus antepasados pudieron haberse ganado la vida saqueando a sus vecinos y probablemente practicaron el sacrificio humano.

Surgieron dos tipos de vida monĆ”stica. Antonio Abad (fallecido c. 356), amigo cercano de Atanasio, el famoso oponente del arrianismo, fundó el monaquismo en Egipto al retirarse al desierto y renunciar a las comodidades materiales a fin de mantener una vida austera de autodisciplina. Modeló la vida cristiana como una especie de existencia ermitaƱa, una bĆŗsqueda solitaria de la santidad por medio del ayuno, la oración y la lucha contra las fuerzas demonĆ­acas. Atanasio ayudó a diseminar este modelo ermitaƱo a travĆ©s de su muy popular libro La vida de San Antonio Abad. Inspirados por el ejemplo de Antonio Abad, mirĆ­adas de individuos huyeron de las ciudades, vivieron en cuevas, en la cima de columnas o pilares (estilismo) y en otros lugares aislados.

Por otro lado, Pacomio, un exsoldado, comenzó el primer monaquismo comunal a principios del siglo IV. Fundó diez monasterios y adoptó una regla o código de disciplina donde los monjes no vivían en aislamiento sino en comunidades. Siguiendo el ejemplo de la Iglesia primitiva, los monjes trabajaban, oraban y comían juntos compartiendo sus posesiones, todo bajo la supervisión estricta del abad, el encargado del monasterio. La motivación detrÔs de ambas formas de monaquismo fue el deseo de una santificación personal manifestada por medio de tres votos austeros: de pobreza (deshacerse de los bienes mundanos), de castidad (abstenerse del matrimonio y la vida familiar) y de obediencia (vivir de acuerdo a las estrictas normas de la orden).

En la parte oriental del Imperio, el monaquismo se institucionalizó bajo la Regla de Basilio de Capadocia (316-397) y asumió una forma mĆ­stica. Tomando a 2 Pedro 1:4 como su modelo, los monjes en el monaquismo oriental estaban dedicados a la oración, la meditación, el ayuno y otras disciplinas ascĆ©ticas con el objetivo especĆ­fico de Ā«ser partĆ­cipes de la naturaleza divinaĀ». La teosis o deificación —alcanzar la unión con Dios— asumió una importancia primaria. Atanasio resumió este principio en su frase cĆ©lebre: Ā«El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos DiosĀ». Ɖl no quiso decir que nos convertiremos en Dios de manera ontológica (es decir, en nuestro ser), sino que por medio de la comunión con Cristo, los creyentes pueden estar Ā«en CristoĀ» y ser conformados a Su imagen. 

El monaquismo en el Occidente asumió un patrón mĆ”s prĆ”ctico. Jerónimo, por ejemplo, al traducir la Biblia al latĆ­n y escribir varios comentarios, unió la erudición con la vida comunal. Ɖl influyó a muchos aristócratas romanos para que distribuyeran sus riquezas a los pobres y convirtieran sus magnĆ­ficas casas en monasterios. Juan Calvino elogió estas formas primitivas de monaquismo en sus Instituciones (4.8-10) por la devoción rigurosa que fomentaban y por el hecho de que funcionaban como Ā«universidades monĆ”sticasĀ», preparando a hombres para el ministerio pastoral. Al suministrar clero para las iglesias, produjeron Ā«grandes y destacados hombres de su Ć©pocaĀ». Ɖl contrastó la defensa de AgustĆ­n de la vida simplista del siglo IV con la proliferación de los reglamentos y la corrupción que impregnaron las órdenes monĆ”sticas en el siglo XVI.

Con este trasfondo, estamos listos para considerar a quien pudiera ser el proponente mÔs prominente del monaquismo occidental, Benito (480-547) de Nursia, un pueblo al norte central de Italia. Bajo su influencia, el monaquismo asumió una forma mÔs prÔctica y se convirtió en el patrón universal en Europa. Benito (también conocido como Benedicto) es de tal importancia que dieciséis papas, incluyendo el anterior pontífice, han asumido su nombre y han intentado replicar su labor en el ejercicio de su papado. Benito comenzó como estudiante en Roma pero huyó de lo que consideraba la vida degenerada de la ciudad para vivir como un ermitaño en una gruta desolada en Subiaco. Al igual que Antonio, luchó poderosamente contra las tentaciones de las fuerzas demoníacas y luchó por controlar sus pasiones.

Sin embargo, abandonó su vida solitaria después de tres años convencido de que, aunque algunos pudieran buscar la perfección por sí solos, el creyente ordinario necesitaba una comunidad disciplinada. La severidad de su devoción y la fama de su predicación, la alimentación de los pobres y la sanidad de los enfermos resultaron en la eliminación del paganismo local, la conversión de muchos al cristianismo y la formación de doce monasterios habitados por aquellos atraídos por su ejemplo.

Finalmente, en 529, fundó el famoso monasterio de Montecasino, la sede central de la Orden benedictina ubicada en el sureste de Roma. Su mayor logro fue la redacción de la Regla que lleva su nombre, la cual se basó en las reglas anteriores de Basilio y AgustĆ­n. Benito intentó capturar en su Regla los principios y prĆ”cticas fundamentales enseƱadas en la Biblia como un estilo de vida; esto unió a individuos de mentes afines en un contexto comunitario. 

En setenta y tres breves capĆ­tulos, la Regla crea una comunidad en la cual el culto y el trabajo funcionaban como focos gemelos de la vida cristiana bajo la supervisión del abad. Puesto que los monjes se apegan a las reglas de la Orden, todas las propiedades se tienen en comĆŗn y cada uno es tratado con igualdad sin importar su rango terrenal. La Regla une a todos sus miembros como una familia y regula virtualmente cada aspecto de su vida juntos. Para asegurar que una disciplina estricta y la cooperación armoniosa impregnen la vida comunitaria, Benito une la humildad con la obediencia: Ā«Un monje deberĆ”, no solo en su corazón sino tambiĆ©n con su cuerpo, siempre mostrar humildad delante de todos, es decir, en el trabajo, en el oratorio, en el monasterio, en el jardĆ­n, en el camino, en los camposĀ». Dividió el dĆ­a de los monjes en varios segmentos: adoración colectiva, canto de salmos, meditación y oración (siete horas a causa de una interpretación literal del Salmo 119:164: Ā«Siete veces al dĆ­a te alabo…»), trabajo manual (seis o siete horas) con una comida (sin carne) al medio dĆ­a. 

La adoración estaba en el centro de la vida. Once de los setenta y tres capĆ­tulos regulan su oración pĆŗblica. A pesar de que no querĆ­a reducir la oración a un sistema rĆ­gido, Benito estableció algunos parĆ”metros claros. Todo el Salterio, por ejemplo, era recitado semanalmente para que la oración permeara su vida diaria. Para protegerse de un celo desbalanceado, la Regla dice: «…en comunidad abrĆ©viese la oración en lo posibleĀ». Con el fin de incorporar la oración a la vida completa de sus monjes, Benito ideó un esquema de oración que se conoció como Ā«los oficios diariosĀ» o Ā«las horas canónicasĀ» que formaba el Ā«Oficio divinoĀ» (hoy denominado Ā«liturgia de las horasĀ»): distintas horas de oración intercaladas a lo largo del dĆ­a para que no existiera ningĆŗn gran intervalo sin oración colectiva. La devoción diaria del monje comenzaba con las Nocturnas temprano en la maƱana, seguido por el Laudes antes del amanecer, la Prima a las seis de la maƱana, la Tercia a media maƱana, la Sexta antes del mediodĆ­a, la VĆ­spera en la tarde y la Completa antes de retirarse por el dĆ­a. 

El estilo de vida en el monasterio era simple y libre de medidas extremas. La semana tenĆ­a dos dĆ­as de ayuno. Las labores de los monjes en las maƱanas y tardes asumĆ­an una variedad de formas que abarcan tareas domĆ©sticas, trabajo manual en los campos, la formación de los niƱos (este fue el comienzo de las escuelas monĆ”sticas), iniciativas literarias y la predicación a la gente de la comunidad en general. Al no exigir tareas especĆ­ficas, la Regla de Benito permitĆ­a una libertad considerable a los monjes siempre y cuando el trabajo fuera consistente con su vida comunal y la observación de los oficios diarios. Al ordenar el trabajo, la Regla buscaba seguir el mandato de Pablo de trabajar para evitar la ociosidad. Dos ancianos hacĆ­an rondas para asegurarse que los hermanos se ocuparan de sus respectivas labores. Esto originó el dicho laborare est orare, Ā«trabajar es orarĀ». 

AsĆ­ que el monaquismo comenzó como un medio por el cual individuos y grupos cumplĆ­an las demandas bĆ­blicas de una vida santa. Para el siglo VI, a travĆ©s de la Regla de Benito, la vida monĆ”stica se esparció por toda Europa. A pesar de que los ideales de pobreza, castidad y obediencia se institucionalizaron y fueron considerados incorrectamente como mayores en valor y efectividad que las vocaciones ordinarias, la integración de la adoración y el trabajo como medios igualmente importantes por medio de los cuales los creyentes sirven y glorifican al SeƱor, sigue como un vĆ­vido recordatorio de las demandas sociales de la vida neotestamentaria. Las órdenes monĆ”sticas cayeron en diversos tipos de corrupción a medida que transcurrĆ­a la Edad Media y fueron reformadas con el surgimiento de nuevas órdenes e interpretaciones mĆ”s estrictas de la Regla benedictina original. Pero en su mejor momento, el monaquismo continuó proporcionando modelos para la vida cristiana por medio de los cuales figuras posteriores como Bernardo de Claraval mantuvieron la luz del evangelio ardiendo. 

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Andrew Hoffecker
W. Andrew Hoffecker

El Dr. Andrew Hoffecker es profesor de historia de la Iglesia en Reformed Theological Seminary en Jackson, Mississippi. Ɖl es el autor de Revolutions in Worldview.

Ɖl hace todo lo que le place

Soldados de Jesucristo

Septiembre 01/2021

Solid Joys en EspaƱol

Ɖl hace todo lo que le place

John Piper

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”Enséñame, Señor!

MiƩrcoles 1 Septiembre

Hazme oƭr por la maƱana tu misericordia, porque en ti he confiado; hazme saber el camino por donde ande, porque a ti he elevado mi alma.

Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios.Salmo 143:8, 10

Yo soy el SeƱor Dios tuyo, que te enseƱa provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir.Isaƭas 48:17

”Enséñame, Señor!

Muy a menudo, en la Biblia, Dios promete enseƱar y dirigir a los suyos. Es como si hubiese un diƔlogo entre el SeƱor y los que lo buscan y viven cerca de Ʃl:

– El creyente siente la necesidad de ser conducido e instruido, y lo expresa mediante la oración.

– El SeƱor responde por medio de las promesas de su Palabra y mediante sus cuidados diarios.

– El creyente agradece a Dios y lo alaba por la manera en la que lo dirigió.

Ā”Felices los que conocen a Dios y saben que pueden contar con Ć©l para ser conducidos por el buen camino! Ā”Felices los que desean ser enseƱados por el SeƱor y decirle: ā€œEnsƩƱame, oh SeƱor, tu camino; caminarĆ© yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombreā€ (Salmo 86:11).

ā€œBendito el varón que confĆ­a en el SeƱor, y cuya confianza es el SeƱor. Porque serĆ” como el Ć”rbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echarĆ” sus raĆ­ces, y no verĆ” cuando viene el calor, sino que su hoja estarĆ” verde; y en el aƱo de sequĆ­a no se fatigarĆ”, ni dejarĆ” de dar frutoā€ (JeremĆ­as 17:7-8).

ā€œTe harĆ© entender, y te enseƱarĆ© el camino en que debes andar; sobre ti fijarĆ© mis ojosā€ (Salmo 32:8).

2 Crónicas 17 – 1 Corintios 9 – Salmo 102:23-28 – Proverbios 22:15

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