Comparativa Mundo – Dios 1/2

 Iglesia Bautista Monte Sión

Casi Cristianos

Ruben Sarrion

Comparativa Mundo – Dios 1/2

Ruben Sarrion

Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.


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EL IDEAL MORAL CRISTIANA

Alimentemos El Alma

LIBRO: ƉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ɖtica cristiana: Un enfoque bĆ­blico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ɖtica cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guĆ­a de estudio de FLET enĀ http://www.logos.com/es/flet.

CapĆ­tulo 4

EL IDEAL MORAL CRISTIANO, EL CONCEPTO DEL SUMMUM BONUM, Y EL IDEAL MORAL SEGÚN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Vivimos por los ideales. Cada vida consciente es una vida que tiene unos ideales. Una vida sin ideales, si fuera posible, sería una vida sin progreso, sin propósito y sin sentido. El vivir por los ideales es lo que distingue la vida humana de las otras formas de la vida. Aunque podemos notar que aun en la vida vegetal y animal existen ciertas direcciones y metas, no podemos afirmar que sean los ideales conscientes alrededor de los cuales estas formas de vida organizan sus actividades y orientan su existencia. Sin lugar a dudas, la vida biológica es una «interacción» en que todas las fuerzas del organismo cooperan para dirigirse hacia una meta. Pero, el organismo no se da cuenta de la meta, ni conscientemente se esfuerza para lograrla. La meta es consciente solamente en la vida humana. Lo que en la vida biológica es meramente instinto, inclinación, empuje, o tendencia, llega a ser propósito consciente en la vida humana. El hombre se esfuerza por alcanzar lo que haya puesto como su meta. Se hace propósitos, se dirige hacia sus fines, y abraza un ideal. Sus ideales pueden ser indignos de él como ser humano, pueden ser equivocados y perversos ya que muchos se esfuerzan para lograr fines ilegítimos o placeres prohibidos y dañinos, o se orientan para buscar venganza u otros tipos de metas nocivas. Sin embargo, cada ser humano orienta su vida para lograr algo, aunque sea una inactividad casi absoluta.

¿Qué cosa es un ideal?

Un ideal es la representación mental de lo bueno que anhelamos. Es lo que nos esforzamos para lograr. Queremos alcanzarlo. (El término «bueno» en esta definición no implica que lo es objetivamente sino que el que se esfuerza lo considera así). Es la meta para cuya realización nos esforzamos. Es lo deseable a tal grado que da sentido a nuestra existencia. Existen ideales grandes y los hay también pequeños. Cada vida humana contiene un verdadero complejo de ideales. Pero los fines menores, las metas y los ideales pequeños, estÔn subordinados a la relación de un ideal, único, grande, omni-inclusivo y final. Este sublime ideal, que cada persona inteligente tiene (mÔs o menos conscientemente), es su fin principal, el ideal de su vida, el bien mÔs alto (concreto o teórico): es su summum bonum.

Es el gran ideal lo que da unidad a la vida humana. El hombre lo hace todo a fin de realizar ese ideal. En sus tƩrminos abandona ciertos empeƱos y, por otro lado, apenas se molesta en llegar a otras metas difƭciles de lograr. Por ello, lo que corresponde a nuestro ideal, toca a las fuentes mismas de nuestra vida moral. La vida moral se determina por aquel ideal, y estƔ formada por Ʃl.

De todo esto deducimos que el summum bonum de una persona es aquel bien que anhela por su propio valor, y en términos de ese bien busca todos los otros bienes. Esta exposición de la idea del summum bonum se encuentra ya en Aristóteles, el primer escritor sistemÔtico sobre ética.

Dice Aristóteles: Ā«Si existe un fin de nuestros actos deseados por sĆ­ mismo, y los demĆ”s por Ć©l, y es verdad tambiĆ©n que no siempre elegimos una cosa en vista de otras, ello serĆ­a tanto como remontar al infinito, y nuestro anhelo serĆ­a vano y miserable. Es claro que ese fin Ćŗltimo serĆ­a entonces no solo el bien sino el bien soberanoĀ» (Ɖtica Nicomaquea, Libro I, cap. II).

Al hablar del ideal humano, el summum bonum, debemos distinguir entre el ideal actual y el ideal verdadero, que es su summum bonum. Esta también es la diferencia entre lo que es el ideal actual de la vida y lo que debe serlo. El ideal actual siempre es provisional, aunque funciona en el momento como si fuera el verdadero. Cada persona consciente tiene algún summum bonum, que es suyo propio, pero esto no es necesariamente su verdadero summum bonum. En cuanto al summum bonum actual de los hombres encontramos la mÔs grande diversidad. Aquí se representan grandes conflictos. Para el hedonista, el placer es el summum bonum. No solamente es el placer su propio summum bonum, estÔ convencido que lo es para otros también. Para el racionalista es la racionalidad, el vivir en armonía con «la razón», y este piensa que todos deben pensar como él. Para otro la autorrealización, el desarrollo de sus capacidades inherentes, que se aplica a sí mismo y a todos los demÔs. Y aun para otro el humanitarismo, etc.

Pero el verdadero summum bonum del hombre no puede ser sino uno, único y unificado. Al considerar el ideal humano, no nos interesa saber empíricamente lo que sean los ideales actuales ni describirlos. Es posible hacer una larga investigación para encontrar los ideales que, consciente o inconscientemente, estÔn en función hoy; pero tal investigación tardaría mucho, y aunque pudiera ser de valor, no es nuestro propósito aquí. Este sería el punto de vista de la ética puramente empírica. Nosotros afirmamos una norma objetiva. Nuestra ética es objetiva y no meramente subjetiva. Nos preguntamos, entonces: ¿Qué cosa es el verdadero summum bonum? ¿CuÔl debe ser el ideal de todo ser humano? ¿CuÔl es el último, el único satisfactorio ideal? Este, lo afirmamos, es el ideal cristiano.

La segunda parte de este libro estÔ dedicada a una consideración del ideal verdadero y cristiano, el summum bonum. Da por sentado el hecho de que Dios nos lo ha revelado y lo tenemos que comprender por su Palabra. Aceptamos la unidad de las Escrituras, por eso empezaremos con el Antiguo Testamento y luego estudiaremos el ideal moral del Nuevo Testamento.

I. El ideal moral segĆŗn el Antiguo Testamento

Por cuanto la Biblia es la fuente última de toda verdad, también lo es en la esfera de lo moral. Por eso, debemos procurar determinar el verdadero ideal moral a la luz de sus enseñanzas. No podemos empezar con el Nuevo Testamento descartando el Antiguo, a pesar de que comúnmente se hace, aun por teólogos conservadores en nuestro tiempo. Que lo hagan se debe a una falta de entendimiento de la unidad y la continuidad de la divina revelación, sobrenatural y redentiva, a través de todas las épocas de los dos testamentos, tanto del antiguo como del nuevo. Creemos que los fundamentos de la verdad, tanto los doctrinales como los morales, se encuentran ya en el Antiguo Testamento. Nunca se lograrÔ entender correctamente el Nuevo Testamento sin estudiar el Antiguo. A la verdad, como queremos mostrar, el ideal moral es esencialmente el mismo en los dos testamentos, por grande e importante que fuese el cambio que introdujera Jesucristo en su venida en la carne. Todos los principios morales del Nuevo Testamento se hallan ya en el antiguo. Jesús mismo dio énfasis sobre el Antiguo Testamento, basando sus enseñanzas, éticas y doctrinales, en él. Naturalmente, pues, empezamos el estudio del ideal moral con el Antiguo Testamento.

A. JehovĆ” y la Ley

Al fondo de toda la ética antiguo-testamentaria y su ideal estÔ una cadena de tres verdades que pueden llamarse «los supuestos teológicos del ideal moral del Antiguo Testamento». Esas tres verdades se enfocan en tres palabras: JEHOVÁ, BERITH, y TORAH.

1. La verdad bÔsica de toda la teología y ética del Antiguo Testamento es la realidad de JEHOVÁ, el Supremo, el Transmundano, el Personal Dios-Creador, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Soberano, el Santo, el Sabio, el Perfectamente Bueno, el Lleno de Gracia, el Misericordioso, y el Salvador. JehovÔ es el nombre que Dios dio a su pueblo para que este le pudiera invocar. Es el nombre del Dios que se revela, que se hace conocido, y por el cual se relaciona con su pueblo. Esta verdad, bÔsica y revelada, determina todo lo que sigue. Implícito en esta verdad estÔ el íntimo e inseparable nexo entre la religión y la moralidad. Es la característica mÔs notable de toda la ética bíblica. La verdad religiosa y la verdad moral son, en el fondo, dos aspectos de la misma realidad. El ideal religioso es intrínsecamente moral, y el ideal moral es esencialmente religioso.

2. Una segunda verdad bĆ”sica y fundamental de la Ć©tica antiguo-testamentaria estĆ” inseparablemente ligada con la primera. Se la puede expresar de esta manera: la relación que JehovĆ” mantiene con su pueblo es una relación de pacto, BERITH. El pacto fue hecho con Abraham (Gn 15); fue renovado con Isaac y Jacob (Gn 26:24 y 28:13); y fue solemnemente ratificado por toda la nación israelita bajo la dirección de MoisĆ©s en el monte SinaĆ­ (Ɖx 34:27–28). Dios se revela como JehovĆ”, el Dios del pacto, y su pueblo es el pueblo del pacto. Esto involucra privilegios tanto como responsabilidades para el pueblo de Dios.

La revelación del pacto de JehovÔ con su pueblo se presenta repetidas veces como una relación semejante a la de marido y esposa, o, a veces, la de un padre y sus hijos. (Notamos que la primera estÔ empleada particularmente en los libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Oseas.) En ambos casos no debemos pensar en las relaciones conyugales o paternales como las vemos representadas en los enlaces individualistas y fraccionados de la vida moderna, sino según se veían representadas en las asociaciones autoritativas de los tiempos antiguo-testamentarios. Relacionada con estas dos analogías estÔ una tercera: la de un rey con sus súbditos, y los súbditos con el rey. En todas las ilustraciones, destaca el hecho de que el pacto es una relación de mutuas responsabilidades. El Dios que establece el pacto, lo hace soberanamente y, ademÔs de otorgar a su pueblo las solemnes promesas, le exige ciertas responsabilidades. De esto aprendemos que el pacto no es meramente un convenio entre iguales. Desde su principio y su fundamento el BERITH entre JehovÔ y su pueblo es unilateral. El pacto no es el resultado de una consulta que sostuviera JehovÔ con su pueblo sobre lo conveniente que le sería a este último entrar en tal pacto. JehovÔ hizo el pacto. Su origen estÔ en la iniciativa divina. Es una muestra de su soberna gracia. Por esto la relación del pacto, en su presentación antiguo-testamentaria, se basa en la elección divina. La vida moral del pueblo de JehovÔ, tanto como la religiosa, estÔ determinada (idealmente) por la relación del pacto, precisamente porque el pueblo es el Pueblo del Pacto.

3. Una tercera verdad bĆ”sica y fundamental de la Ć©tica antiguo-testamentaria, y que es inseparable de las dos que precedieron, se puede formular asĆ­: la (TORAH) la Ley de JehovĆ”. Esta expresión de las condiciones divinas para una relación de pacto incluye todos los principios y preceptos para la vida y la conducta del pueblo de Dios. La Ley de JehovĆ” se arraiga en el pacto y depende de Ć©l. Por esto existe una relación Ć­ntima entre BERITH y TORAH (Jer 31:33; Ɖx 19:7). Debemos notar que en Ɖxodo 34:28 el decĆ”logo se designa como Ā«las palabras del pactoĀ». La TORAH es la codificación de la voluntad de JehovĆ”, quien es la Primera y la Divina parte del pacto y es quien lo redacta. El pueblo de Dios es la segunda parte y tiene que rendir obediencia para alcanzar paz y felicidad.

El concepto de «ley» tiene también connotaciones mÔs amplias. «Ley» es una característica de toda la creación. Toda la creación estÔ bajo la Ley. Estar bajo la Ley es una de los atributos esenciales de toda criatura. En su encarnación, Cristo «nació bajo la Ley» (Gl 4:4). La ley moral es mÔs especifica. Tiene que ver con el pueblo de Dios, y fue promulgada a fin de que le fuera bien a su pueblo y que sus días fueran prolongados. MÔs que una simple exigencia moral, la Ley de JehovÔ es una bendición a su pueblo ya que proporciona comunión con Dios. De esto tenemos que hablar mÔs.

Las relaciones morales del Antiguo Testamento se basan en esas tres verdades y estƔn determinadas por ellas. Sobre esos fundamentos la estructura entera de la Ʃtica antiguo-testamentaria estƔ edificada.

B. La Ley y la virtud en el Antiguo Testamento

En esta sección se emplea la palabra «virtud» en un sentido especial. El sentido en que la usamos no es de poder, ni de capacidad, ni de bondad (que suelen ser las acepciones mÔs usuales en nuestros diccionarios). Para nosotros, la idea es mÔs bien la que reúne las cualidades de integridad, rectitud, y probidad. Notamos algo de ello en el uso de algunos adjetivos relacionados con la palabra, como por ejemplo «virtuoso».

Debido a que la esencia de toda moralidad para el creyente antiguo-testamentario giraba alrededor de la Ley de JehovƔ, nos es fƔcil determinar que la naturaleza de virtud consiste en obedecer la Ley de JehovƔ.

1. La virtud en el Antiguo Testamento como obediencia

El hombre bueno es el hombre que obedece la Ley de JehovÔ. Debido a que la relación entre JehovÔ y su pueblo es una relación del pacto, y puesto que la Ley es la formulación de las rectas condiciones que impone JehovÔ al pueblo del pacto, la obediencia a la Ley es evidencia de fidelidad al pacto con JehovÔ. Por esto, la obediencia a la voluntad de Dios, expresada en la TORAH, era la condición fundamental de la vida moral del creyente en el tiempo del Antiguo Testamento. Esta es la verdad que se enseña a través del Pentateuco y los profetas. Otra afirmación de esta verdad se encuentra en Eclesiastés 12:13.

Otra caracterización muy tĆ­pica del Antiguo Testamento para expresar la virtud de obediencia es la palabra TSEDEQ, rectitud. El hombre obediente es el hombre recto, es el que anda en el camino recto de los mandamientos de JehovĆ”. El libro de los Salmos estĆ” repleto de este pensamiento. La importancia de la virtud de obediencia se acentĆŗa en toda la historia de Israel y se expresa especialmente en los Salmos. Lo notamos en la historia de AdĆ”n y Eva, tambiĆ©n en la de Abraham en GĆ©nesis 12. Asimismo en los discursos de MoisĆ©s en Deuteronomio, y de la misma manera en la exhortación de JosuĆ© antes de su muerte (JosuĆ© 24:21–24). La obediencia conduce hacia la felicidad. Ā«Bienaventurado es aquel varón cuya delicia estĆ” en la Ley de JehovĆ”.Ā» Ā«En guardar la Ley hay gran premio. Ā» (VĆ©anse los Salmos 1 y 119.)

2. La virtud del Antiguo Testamento como santidad

Otra perspectiva desde la cual el Antiguo Testamento ve a la virtud fundamental del creyente es la de la santidad. El hombre bueno es el hombre santo. Se puede decir que la actitud correcta en cuanto a la Ley de JehovÔ es la de obediencia. Pero hay que añadir de inmediato que el resumen de las demandas de la Ley, en cuanto a su contenido, se expresa en términos de santidad. La Ley entera conduce hacia la santidad. (Lv 19:2: «Santos seréis porque santo soy, yo JehovÔ, vuestro Dios». Véase también Lv 2:7; 21:8; 1 P 1:16.)

La etimología del adjetivo QAADOOSH (santo) se encuentra en la palabra que quiere decir separado, elevado, por encima. De la idea de separación espacial y física se deriva su significado espiritual y moral. En cuanto a Dios, la santidad tiene un significado sinónimo con trascendencia y majestad divina. El término describe a JehovÔ en su carÔcter enaltecido y en su gloria trascendente. Un nombre predilecto de Isaías para referirse a JehovÔ es QEDOOSH YISRAAEEL «El Santo de Israel». En otro lugar Isaías habla de Dios en esos términos: «El Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo» (57:15).

Este concepto de la santidad divina, como la exaltación y trascendencia divina, presenta implicaciones tanto metafĆ­sicas como morales. Dios estĆ” infinitamente enaltecido por encima del hombre finito, tanto en su Ser divino como en Su perfección moral. En el Antiguo Testamento, sin embargo, no es la trascendencia metafĆ­sica la que estĆ” mĆ”s en la escena, sino la moral; pero a la vez debemos notar que la trascendencia moral presupone la metafĆ­sica. La santidad moral de Dios se entiende en su pleno significado solamente al notar el contraste entre la santidad de Dios, no meramente con la finitud del hombre, sino mĆ”s bien con la pecaminosidad de este. JehovĆ” no solamente Ā«habita la eternidadĀ», siendo de Ā«ojos muy limpios para ver el malĀ» (Hab 1:13), tambiĆ©n odia todo pecado. Un pasaje donde vemos la trascendencia divina combinada con la santidad es en la visión de IsaĆ­as (6:1–5). Por lo tanto, la santidad encuentra su antĆ­tesis en la iniquidad, la impureza, y la injusticia. A la verdad, la santidad de Dios es, en un sentido, el punto focal de todas sus perfecciones morales. EstĆ” claro que QAADOOSH no es una palabra que exprese solamente un atributo de la divinidad, sino la divinidad en sĆ­.

Siendo ello el significado de la palabra que expresa la santidad de Dios, estĆ” claro que al aplicar la misma palabra a los creyentes del Antiguo Testamento se hace hincapiĆ© en el hecho de que ellos estĆ”n separados, traĆ­dos, apartados y dedicados al servicio de JehovĆ” (vĆ©ase Ɖx 19:5–6a). Tiene para ellos un significado ceremonial y moral. En el sentido ceremonial indica que el pueblo estĆ” dedicado para el culto de JehovĆ”. Esto no era solamente en los momentos especiales para realizar las ceremonias, sino el culto tenĆ­a que ver con toda su vida. En este sentido no solamente a las personas sino tambiĆ©n a las cosas se llamaban santas. Lugares y objetos (como, por ejemplo, los lugares y utensilios apartados para el servicio en el templo) eran santos tanto como los sacerdotes. La aplicación ritualista de la santidad exigĆ­a a los israelitas una estricta limpieza y una rĆ­gida pureza en los asuntos de sacrificios de comida y bebida (vĆ©ase Ɖx 22:31; Lv 11:44, 45).

La santidad de este tipo era simbólica; simbolizaba una santidad mÔs alta, la santidad moral. En este último sentido, la santidad mÔs alta y mÔs profunda, consiste en conformarse a la enaltecida naturaleza moral de Dios. Esta semejanza con la naturaleza moral de Dios se puede lograr por solo un camino, el de la obediencia a la Ley de Dios, e implica una conformidad perfecta a la voluntad de JehovÔ expresada en su Ley. La santidad, en este sentido, es asemejarse a Dios en su perfección moral y en su repugnancia al pecado. Es a la vez la esencia y el fruto de la perfecta obediencia a la Ley de JehovÔ.

3. La virtud del Antiguo Testamento como sabidurĆ­a

El Antiguo Testamento retrata al hombre bueno como hombre sabio. Un contraste muy usual en el Antiguo Testamento es aquel entre el sabio y el necio. Esto se encuentra especialmente en los libros de los Proverbios, de Eclesiastés, y de los Salmos. La idea de sabiduría en el Antiguo Testamento no es una de mera prudencia o sagacidad; tampoco es de astucia. El sabio es el que conoce y hace la voluntad de Dios, la entiende intelectualmente, ama la Ley de JehovÔ, escucha al buen consejo de los ancianos, no actúa por impulso de la pasión momentÔnea, y ordena correctamente su vida. Tal como ganamos «sabiduría» para jugar el fútbol o para manejar un coche cumpliendo con las reglas, el cumplir con la Ley de JehovÔ nos darÔ una sabiduría para vivir en el sentido mÔs profundo y completo.

La sabiduría del Antiguo Testamento es una sabiduría religiosamente condicionada. Solamente el que conoce verdaderamente a Dios, a JehovÔ el Dios verdadero, es sabio. Se puede decir que el verdadero sabio es el que vive en armonía con el gran plan y propósito de Dios para la vida humana. La sabiduría se manifiesta en la activa dirección de la inteligencia y la voluntad hacia la realización de la meta divina para la vida humana. Entonces «el temor de JehovÔ es el principio de la sabiduría». («Principio» en este sentido tiene el significado de fuente y fundamento, y no solamente de inicio. Véase Job 28:28; Sal 111:10; Prv 9:10.) Esa sabiduría es el summun bonum del hombre. EstÔ elogiada por ser el bien mÔs alto para el hombre (véase Proverbios, especialmente los capítulos 3, 8, y 9; también Job 28 y Eclesiastés 9 y 10).

El elemento religioso, bÔsico al ideal antiguo-testamentario de la sabiduría, se ve mÔs claro en su oposición a la necedad. El necio no se da cuenta de lo que sea bueno para él y, ademÔs, ni lo haría porque desprecia la voluntad de Dios. La sabiduría no es primariamente intelectual sino es en primer lugar un asunto del corazón, de la conciencia y del propósito moral. Por esto, el ateo es el necio típico (Sal 14:1; 53:1). En ambos textos debemos notar que el ateo necio es corrompido, hace iniquidades abominables, y no procura hacer ningún bien. El necio va corriendo hacia la destrucción, no porque no sepa mejor (según el concepto griego) sino porque no quiere estar atento a la sabiduría y al consejo sano, y también porque desprecia la Ley de JehovÔ. La sabiduría es saber, estudiar, y meditar sobre la Ley de JehovÔ, y ponerla por obra.

4. La piedad como principio radical de los tres anteriores conceptos

Los tres aspectos que hemos mencionado del ideal moral del Antiguo Testamento encuentran su unidad subjetiva en la piedad. La obediencia, la santidad, y la sabidurĆ­a se arraigan en la verdadera piedad, y constantemente toman aliento de ella. El Ā«temor de JehovÔ» es la raĆ­z de toda moralidad. El ideal de la piedad se presenta en distintas formas en el Antiguo Testamento. En los primeros capĆ­tulos de GĆ©nesis aparece como comunión con Dios; andar con Ɖl, como vemos en los casos de Enoc y NoĆ© (Gn 5:22–24; 6:9). En los libros de sabidurĆ­a, la piedad se manifiesta en Ā«el temor de JehovÔ». Pero, a travĆ©s del Antiguo Testamento, la piedad es el substrato y la raĆ­z principal de la verdadera bondad, y se ve como obediencia, santidad, y sabidurĆ­a. La piedad es la sinceridad subjetiva en cuanto a la moralidad. En el Antiguo Testamento (de hecho, en toda la Biblia) la piedad es vivir constante y conscientemente en la presencia de Dios. El impĆ­o es el que vive como si Dios no existiera. La impiedad es vivir alejado de Dios, olvidĆ”ndose y no pensando en Ɖl por dedicarse a las cosas del mundo, como si uno nada tuviera que ver con Dios, su voluntad y su Palabra. La piedad es todo lo contrario.

De acuerdo con este principio subjetivo de la unidad de los varios aspectos de la virtud en el Antiguo Testamento, el principio objetivo de la unidad para la totalidad de la vida moral en el Antiguo Testamento es Dios mismo, el último punto de referencia y el objeto final de toda piedad y bondad. Arriba ya hemos considerado la Torah como el ideal objetivo de la vida moral antiguo-testamentaria. Pero, mÔs bÔsico aun, mÔs bÔsico que la Torah, es Dios, cuya voluntad se formula y se codifica en la Torah. Toda la vida del creyente del Antiguo Testamento gira alrededor de Dios, en todas sus expresiones y ramificaciones. La obediencia, arraigada en la piedad, es la conformidad con la voluntad revelada de Dios. La santidad, arraigada en la piedad, es la conformidad con la excelencia moral de Dios. La sabiduría, arraigada en la piedad, es la característica sobresaliente de quien tiene el recto discernimiento en cuanto a la voluntad y el propósito de Dios, y por eso sabe dirigir su vida. El ideal moral del Antiguo Testamento es por tanto un ideal teocéntrico. Dios es el verdadero summun bonum. Toda verdadera moralidad es, en el fondo, la piedad.

El Antiguo Testamento expresa el carÔcter teocéntrico del ideal moral en la Shema: «Oye, Israel: JehovÔ nuestro Dios, JehovÔ uno es. Y amarÔs a JehovÔ tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma y de todas tus fuerzas» (Dt 6:4, 5). El amor a Dios y una devoción piadosa para con Dios, que constituyen el sumo bien para el creyente, resultan en paz para el alma, serenidad perfecta, y gozo supremo aun ante las circunstancias mÔs difíciles de la vida. Asimismo, se constituyeron en la cima mÔxima de la vida moral y religiosa del israelita devoto. Tenemos dos formulaciones inmortales de este ideal en forma piadosa, una en el Salmo 73 y la otra en la oración de Habacuc.

«¿A quiĆ©n tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y porción es Dios para siempreĀ» (Sal 73:25–26).

Ā«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo yo me alegrarĆ© en JehovĆ”, y me gozarĆ© en el Dios de mi salvaciónĀ» (Hab 3:17–18).

C. La Ley en la historia

Hemos visto que la Ley estÔ profundamente envuelta en la relación del pacto que existe entre JehovÔ y su pueblo. Hemos intentado exponer las virtudes típicas del «santo» antiguo-testamentario: la obediencia, la santidad, la sabiduría. Aquel triple ideal, cuyo principio fundamental se expresa en la idea de la piedad, también se relaciona con la Ley. Claro, toda la vida moral y religiosa del Antiguo Testamento encuentra su criterio, su norma, y su ideal en la Torah de JehovÔ. Debido a su importancia y prominencia dirigiremos nuestra atención al papel de la Ley en el pueblo de Dios, y también señalaremos la actitud del pueblo del pacto hacia la Ley en las distintas épocas de su historia.

La Torah es la codificación de la voluntad revelada de JehovÔ para la vida de Israel como el pueblo del pacto. Es instrucción. Nos enseña cómo amar a Dios sobre todo y al prójimo como a sí mismo. En este sentido, es correcto decir que la Torah, la Ley, es instrucción en el amor. Pero, nunca se debe olvidar que la Torah son las direcciones de cómo andar bien en comunión con Dios. En el sentido amplio el término la «Ley de JehovÔ» (o Torah) se refiere a la entera revelación de JehovÔ para su pueblo. Sin embargo, en un sentido mÔs limitado designa los mandamientos revelados por JehovÔ para guiar la vida y la conducta de su pueblo. Podemos distinguir tres etapas en la historia de la Torah: 1. La mosaica; 2. la profética; 3. la post-exílica. La primera es la etapa de su promulgación; la segunda, la de su profunda interpretación espiritual; y la tercera, la de la desintegración de la Torah.

1. La Ʃpoca mosaica

Es esta la etapa de la promulgación de la Torah. La Torah se la reveló JehovĆ” a MoisĆ©s. La Torah en la vida de Israel no se consideraba como tres unidades (civil, moral, y ceremonial, como hoy en dĆ­a solemos dividir-la) sino como una unidad. Pero la Torah, la unidad, sin mencionarlos por separado tocaba los tres aspectos de la vida israelita. El aspecto civil siempre tiene que ver con condiciones especiales (Ā«si uno tiene un buey que suele cornear…»). La ley ceremonial fue bĆ”sicamente pedagógica para enseƱar el camino de la salvación, que se cumple en la obra de Cristo. La ley moral trata de los principios bĆ”sicos que forman la base de nuestras decisiones Ć©tico-morales.

a. La vida civil

Un código extenso fue promulgado para la vida civil. Fue entretejido entre los dos otros aspectos, pero son muy claros los asuntos que tocaban la vida Ā«civilĀ». No cabe duda que el creyente en el Antiguo Testamento tenĆ­a que vivir su vida civil religiosamente, como un aspecto importante de su relación con Dios. Este aspecto de la Torah regulaba las relaciones sociales y polĆ­ticas del pueblo. Son las reglas para vivir en sociedad y amar al prójimo. Siempre tiene que ver con un principio que se aplica a situaciones o condiciones particulares. Un principio notable de la legislación civil de la Torah es el de jus talionis o la justa retribución, Ā«ojo por ojo; diente por dienteĀ» (Ɖx 21:23–25; Lv 24:17–21; Dt 19:21; Mt 5:38). Hoy en dĆ­a solemos entender esta ley a revĆ©s, como si el objetivo fuera las duras penas, cuando en realidad su intención fue de un lĆ­mite al castigo. La severidad del castigo nunca debe ser mayor que el crimen. Fue una disciplina al ser humano que siempre quiere Ā«dar dobleĀ» en venganza de la ofensa.

b. Las ceremonias y el rito religioso

También la Ley incluía lo que conocemos como la ley ceremonial, y pertenecía al modo de culto, la manera de alabanza y adoración, el sistema de sacrificios, la actuación de los sacerdotes y levitas, y el servicio religioso.

El principio fundamental de esa legislación era la pureza ceremonial, la santidad, y la pureza interna. El israelita había de ser puro, separado de lo profano y dedicado a JehovÔ en el culto, o sea en el sentido ceremonial, pero también en toda su vida.

Las ceremonias, como hemos mencionado arriba, fueron actividades pedagógicas. Los sacrificios, los ritos, la actuación de los sacerdotes, el poner la Ley en los postes de las puertas encontró su sentido en lo que enseƱaban. Toda la ley ceremonial apuntaba hacia Cristo y a la salvación en Ɖl. Habiendo cumplido Cristo con esta ley, no tenemos que cumplirla tambiĆ©n nosotros; mĆ”s bien tenemos que entender la enseƱanza de los ritos. No repetimos la pascua, pero tenemos que entender su significado.

c. La vida moral

Este aspecto no ha de considerarse como meramente coordinado con los aspectos civiles y ceremoniales de la vida israelita. Es mucho mÔs. Por ser la formulación de la voluntad revelada de Dios en cuanto a toda la vida moral, la Torah se relaciona con la totalidad de la vida en su mÔs profundo significado moral. El DecÔlogo es el resumen antiguo-testamentario de la voluntad de Dios y su aplicación a la vida moral. A pesar de la forma antiguo-testamentaria del DecÔlogo, que nos parece negativa, su significado y su orientación tienen una importancia mÔs amplia que las restricciones nacionales de Israel. Los aspectos civiles y ceremoniales han sido reemplazados en la iglesia novo-testamentaria, pero la ley moral queda en pie por todas las edades.

2. La etapa profƩtica

La etapa profética es la etapa de la interpretación mÔs profunda y espiritual de la Ley. Los profetas alzaron sus voces en protesta contra la prÔctica de poner los ritos ceremoniales en lugar de la rectitud moral. El gran mal que siempre tienta al pueblo nomístico (de nomos=ley, hoy en día diríamos «legalista», pero esta palabra también tiene otras connotaciones) es el de caer en una observancia externa de la Ley, en lugar de una recta disposición interior. Los israelitas cayeron en este pecado en los días del reino. Eran estrictos y puntuales en la observación de ordenanzas rituales, pero su corazón estaba lejos de Dios.

Los profetas pregonaban contra el ritualismo y el formalismo. Esto es verdad sobre todo en cuanto a los profetas del sĆ©ptimo y octavo siglo, pero no se restringe a ellos. Cierto estĆ” que la condenación de todo ello estĆ” explĆ­cita desde los dĆ­as de Samuel. Samuel reprobaba a SaĆŗl precisamente sobre esto cuando SaĆŗl, bajo el pretexto de hacer sacrificio a JehovĆ”, negó las instrucciones explicitas que habĆ­a recibido de Dios de que tenĆ­a que destruir a los amalecitas y todas sus posesiones (1 S 15). El mismo mensaje, que obedecer es mejor que el sacrificio, es el que repetidas veces habĆ­an proclamado los profetas posteriores: IsaĆ­as, Amós, Miqueas y Joel (Is 1:10–17; Am 5:21–24; Mi 6:6–8; Jl 2:13).

No se debe malentender a los profetas. A veces se les interpreta como si fueran antagónicos a la Torah, pero hacer esto es errar seriamente en la interpretación de su actitud. Ellos no se oponían a la Torah en su carÔcter de ley; lo que condenaban y denunciaban era el externalismo. Lejos de contraponerse a la revelación mosaica, cimientan la estructura de su propia enseñanza sobre los fundamentos de esa revelación. Exhiben el profundo significado espiritual y la importancia moral de la Ley. La obediencia, insisten, no es asunto meramente de «dientes para afuera» sino del corazón. La religión verdadera no es meramente traer sacrificios sino consagrarse, en una sincera devoción de todo corazón, a JehovÔ. En el desarrollo ético (así como en el doctrinal) del Antiguo Testamento, notamos un continuo progreso desde la primera etapa, con su carÔcter prominente de una doctrina de leyes y deberes, hasta la ética de los profetas que acentuaban una doctrina de lo interior. El Señor requiere rectitud, sinceridad, integridad y pureza del corazón; y esto tanto en las actividades religiosas como en las relaciones civiles y sociales.

3. La etapa post-exĆ­lica

Esta etapa se caracteriza por la desintegración de la Ley. Cuando regresaron del exilio, los judíos habían aprendido a estimar en gran valor la Torah. Se daban cuenta de que habían estado esclavizados precisamente porque habían olvidado la Ley de JehovÔ. Por esto se aplicaron diligentemente al estudio de la Ley. Esdras es el ejemplo típico de esta espiritualidad. Las sinagogas que se levantaron llegaron a ser centros del estudio popular de la Ley. Los líderes de este movimiento fueron los escribas.

Pero antes de que pasara mucho tiempo el pueblo cayó en una forma extrema de legalismo. La Ley se hizo un fin en sí misma. MÔs bien adoraban la Ley en lugar de adorar a JehovÔ, de cuya voluntad la Ley era una proclamación. Apenas había revelación especial en esta época, y el espíritu profético dio lugar al espíritu de «escribas». Los escribas fueron los guardianes de la Ley. Los chasidim (o fariseos) se constituyeron en una aristocracia moral y llegaron al extremo de exhibir una observación tan puntual de la Ley que, con todas sus interpretaciones puestas como apéndices, la gente común y corriente no la podía cumplir. Lejos de enseñar la importancia espiritual de la Ley, guardaban escrupulosamente su letra. La ley moral fue despojada de su ideal y de su meta divina. La ética judaizante llegó a ser moralista y legalista. Así perdió su base distintivamente religiosa y, ademÔs, el principio de unidad. Todo esto resultó en la desintegración de la Ley. A pesar de que la Torah era una expresión unificada de la voluntad de Dios para la vida humana, la dividieron minuciosamente en un sinnúmero de pedazos, en reglas desconectadas, en preceptos aislados, y en reglamentos sueltos. Esto también caracteriza la ética de los libros apócrifos del Antiguo Testamento (que estÔ en la Biblia católico-romana) y la del talmud, el comentario judío sobre la Ley. Hasta el día de hoy se nota esta característica en la ética del judaísmo.

Todo esto ocurrió junto con una actitud creciente de rígido separatismo. Bajo la dirección del chasidim, la mayoría del pueblo reaccionó contra toda liberalización y helenización de las tendencias del día (cuyo ejemplo mejor eran los saduceos), y pronto cayeron en una actitud estrecha, nacionalista, particularista y autojustificadora de una presuntuosa autosatisfacción. Lo que había de universalismo en la actitud anterior fue completamente borrado por la nueva actitud. El primer libro de los Macabeos muestra los aspectos mejores y peores del tal espíritu.

Fue contra este formalismo, el materialismo, y el estrecho particularismo de los escribas y fariseos que Jesús alzó su voz en protesta. Repetidamente acusó a los judíos de haber cambiado el énfasis y valor espiritual de los mandamientos de Dios en meros preceptos y tradiciones de hombres. La tradición llegó a ser un criterio igual a la revelación.

D. El carƔcter provisional de la Ley

Mucho mÔs importante que la actitud de los israelitas hacia la Ley es la misma intención de la Ley, vista en su lugar en la historia de la revelación. De esto nos conviene hablar.

El ideal moral del Antiguo Testamento tiene a la vez un carÔcter provisional y proléptico. La plenitud del Sumo Bien quedaba por revelarse en el porvenir. Es una nota constante en el Antiguo Testamento entero. La ética antiguo-testamentaria es inseparable de la esperanza y la orientación mesiÔnica. El propósito redentivo de todo el Antiguo Testamento se cumpliría en el Nuevo Testamento, y esto tiene significado fundamental en cuanto al ideal moral del Antiguo Testamento. Desde el principio existía una orientación mÔs definida y universal en cuanto a las promesas de Dios. Aunque Dios hizo su pacto con la nación elegida, su propósito era bendecir a la totalidad de la humanidad a través de esta nación. Esto fue revelado ya en su pacto con Abraham, «en ti serÔn benditas todas las familias de la tierra» (Gen 12:3; 22:18). El fin del pueblo escogido no es el particularismo nacionalista sino el de servir a un propósito mÔs alto. Su meta es la de hacerse universal. El pacto tenía una meta cosmo-histórica que trascendería los limites de la época antiguo-testamentaria.

Después de la caída, el Sumo Bien se proyecta hacia el porvenir, a un venidero mÔs allÔ, el de una esperanza mesiÔnica. Es la misma esperanza mesiÔnica que ilumina la visión humana, y a través de esta esperanza, el bien supremo se hace en la gran meta del mundo y del proceso histórico. El propósito final, hacia el cual todo el Antiguo Testamento se mueve, es el establecimiento del reino de justicia, el Reino del Mesías, en el cual todos participarÔn en las bendiciones prometidas al fiel patriarca. Todos los que son llamados hijos de Abraham, o sea, todos los que tienen la misma fe de Abraham (Gl 3:7, 8, 29; cf. Ro 4:16).

La anticipación de un orden nuevo, posterior y ulterior, de las cosas, de un universalismo que no era realizable bajo la Ć©tica antiguo-testamentaria, fue expresada repetidas veces por los profetas. Bellos cantos del universalismo venidero se encuentran en la profecĆ­a de IsaĆ­as (por ejemplo, 56:1–8). Ni el pacto ni la Ley tenĆ­an la intención de quedar para siempre en su forma antiguo-testamentaria como la final. Siempre se presuponĆ­a una etapa venidera mĆ”s gloriosa del pacto y de la promulgación de la Ley (Jer 31:31–33). JehovĆ” solemnemente declaró que vendrĆ­an los dĆ­as en que harĆ­a un pacto nuevo con su pueblo, la esencia del cual serĆ­a espiritual, y lo expresó con estas palabras: Ā«DarĆ© mi ley en su mente [entraƱas: versión de 1909) y la escribirĆ© en su corazón; y yo serĆ© a ellos por Dios y ellos me serĆ”n por puebloĀ». Esta profecĆ­a se cumplió en el Nuevo Testamento, como nos enseƱa la EpĆ­stola a los Hebreos (8:7–13; 10:16). Cristo se distingue de MoisĆ©s en que es el Mediador de un pacto mejor. En la dispensación del pacto nuevo la profecĆ­a fue cumplida, que la Ley de Dios serĆ­a escrita en el corazón.

Notamos también que el Nuevo Testamento habla de la etapa antiguo-testamentaria como una figura, o una sombra de la realidad venidera en Cristo. Tal como la sombra de alguien que nos sigue puede llegar antes y anunciar su presencia, así la sombra de Cristo cae sobre todo el Antiguo Testamento, anunciando su presencia y su venida. En Hebreos 10:1 notamos la distinción entre skia toon mellontoon agathoon (la sombra de bienes venideros) y eikoon toon pragmatoon (la imagen de las cosas). Aquí notamos que la realidad estÔ representada como si ya se estuviera en el cielo. De esta realidad la revelación novo-testamentaria tiene la imagen eikoon, mientras que la revelación del Antiguo Testamento tiene la sombra aki. «la figura del Verdadero» (Heb 9:24). Encontramos semejante contraste en Colosenses 2:17, donde el apóstol habla de los mandamientos que tratan de la comida, la bebida, los sÔbados, las lunas, y las fiestas, y dice de estas cosas que son una sombra de lo venidero (skia toon mellontoon) pero que el cuerpo, es decir la realidad, se encuentra en Cristo (to de sooma tou christou).

Todo esto implica el carÔcter provisional y proléptico del ideal moral del Antiguo Testamento, que se cumpliría en el Nuevo Testamento. Y se concentra en la persona de Jesucristo. La realización redentiva del reino de Dios, prefigurado en el Antiguo Testamento, no se verificó hasta ser revelado en la persona y obra de Jesucristo. El ideal novotestamentario es tema del siguiente capítulo.

Ā Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ɖtica cristiana (pp. 79–101). Miami, FL: Editorial Unilit.

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5 – EL FIN DEL MUNDO

Sabiduría para el Corazón

Serie: Daniel – El Sabio de Babilonia

5 – EL FIN DEL MUNDO

Stephen Davey

Texto: Daniel 2 y 7 Calendarios Mayas, Nostradamus, e innumerables predicciones existen acerca del fin del mundo. Ninguna de ellas se han cumplido. Sin embargo, en el libro de Daniel encontramos una predicción detallada de parte de Dios y, a diferencia de todas las otras, esta ya se ha empezado a cumplir… SabidurĆ­a para el Corazón es el ministerio internacional de enseƱanza bĆ­blica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al espaƱol por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.

Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra pƔgina https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo via radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.

Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bƭblico y confiable en mƔs idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.

Cómo definir la voluntad de Dios

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Cómo buscar la voluntad de Dios.

Cómo definir la voluntad de Dios

Por John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Cómo buscar la voluntad de Dios

A lo largo de los registros de la historia, muchas personas se han esforzado por definir la voluntad de Dios. Cuando hablamos de la voluntad de Dios hoy en día, tendemos a hablar de cosas relacionadas con nosotros mismos, generalmente cosas buenas como nuestros cónyuges, nuestros hijos, nuestros trabajos, nuestras finanzas y nuestros pasatiempos. Sin embargo, históricamente, cuando los teólogos han discutido la voluntad de Dios, lo han hecho para decir cosas principalmente sobre Dios, por lo general en referencia a cosas profundas como la naturaleza de Dios, el decreto de Dios, la libertad de Dios, la soberanía de Dios y la sabiduría de Dios. No para ignorar las grandes decisiones de la vida, sino para ubicarlas en la vasta extensión de los propósitos eternos de Dios.

Definir la voluntad de Dios es importante para nosotros como cristianos porque revela quiĆ©n es Ɖl como el Dios eterno, todopoderoso y omnisciente. Geerhardus Vos describe la voluntad de Dios como Ā«esa perfección de Dios por la cual, en un acto muy simple y de una manera racional, sale hacia SĆ­ mismo como el bien supremo y hacia las criaturas fuera de Ɖl por Su propio beneficioĀ». Dicho de manera negativa, la voluntad de Dios no puede separarse de Dios mismo. Dado que Dios es uno en esencia, Su voluntad es indivisa. Como Richard Muller declara de manera concisa, Ā«Dios es lo que Ɖl quiereĀ». Visto desde nuestra perspectiva, la voluntad de Dios refleja Su carĆ”cter, revela Su diseƱo para Su creación y manifiesta Su sabidurĆ­a y poder al ordenar todo lo que sucede para nuestro beneficio y Su gloria.

Un texto bĆ­blico clave para definir la voluntad de Dios es Deuteronomio 29:29. Afirma: Ā«Las cosas secretas pertenecen al SeƱor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta leyĀ». Este versĆ­culo resume Ā«las palabras del pactoĀ» que Dios le dio a Israel al final de la vida y el ministerio de MoisĆ©s (Dt 29:1). TambiĆ©n proporciona un marco bĆ­blico-teológico para comprender la voluntad divina.

El contexto de Deuteronomio es instructivo. Mientras el Señor prepara a Josué para llevar a Israel a la tierra de CanaÔn después de la muerte de Moisés, le recuerda a Su pueblo la necesidad de Su Palabra para conocer Su voluntad. Este demostraría ser un mensaje que Israel necesitaba escuchar. La anticipación de la tierra prometida presionaría los límites de la fe de Israel mientras navegaba por los obstÔculos que a menudo se encuentran en la brecha entre la promesa y el cumplimiento. Frente a las incertidumbres que acompañan a la vida en un mundo caído, Israel necesitaba que se le recordara que obedecer la Palabra de Dios era el centro del conocimiento de la voluntad de Dios para sus vidas.

En el corazón de este pasaje en Deuteronomio 29 hay una distinción entre Ā«las cosas secretasĀ» que pertenecen a Dios y Ā«las cosas reveladasĀ» que nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Con base en esta distinción, los teólogos a menudo se refieren a la voluntad secreta de Dios y a Su voluntad revelada. Si bien este punto puede parecer obvio, es crucial para definir la voluntad de Dios. Hay innumerables cosas que no sabemos como humanos, ya que somos finitos. Pero no se puede decir lo mismo de Dios, ya que Ɖl es infinito y omnisciente. El conocimiento de Dios es exactamente como Ɖl: absolutamente perfecto. A diferencia de nosotros, Dios no necesita resolver los problemas por deducción. No necesita consejeros para determinar quĆ© hacer en una crisis o para ayudarlo a afrontar los acertijos morales. Dado que Dios es infinito e incomprensible, tiene perfecto conocimiento de SĆ­ mismo y de todas las cosas. Pero este conocimiento Ā«secretoĀ» pertenece solo a Dios. PodrĆ­amos llamar a esto la inescrutabilidad de Dios. Hay cosas que sólo Dios conoce y que estĆ”n mĆ”s allĆ” de nuestro conocimiento (ver Rom 11:33-36).

En cambio, nuestro conocimiento es como nosotros: finito e incompleto. Ya que somos creados, dependemos de Dios para conocer Su voluntad. De manera mĆ”s precisa, a medida que Dios se revela en Su Palabra, podemos en verdad conocer Su voluntad, aunque no de manera exhaustiva. El punto es que Dios es el mejor intĆ©rprete de Su voluntad. Por eso son tan importantes Ā«las cosas reveladasĀ». La Escritura representa la autorrevelación de la voluntad de Dios en forma escrita. Si bien no podemos descifrar las Ā«cosas secretasĀ» de Dios, podemos estar seguros de conocer la voluntad de Dios en la medida en que Ɖl se ha revelado en Su Palabra. Para Israel y para nosotros, definir la voluntad de Dios implica conocer y aplicar la Palabra escrita de Dios.

Cuando leemos la voluntad revelada de Dios en la Escritura, descubrimos que la Biblia hace varias distinciones entre la voluntad decretiva de Dios, la voluntad preceptiva de Dios y la voluntad de Dios de Su beneplĆ”cito. La voluntad decretiva de Dios se refiere a Su perfecto y sabio consejo al ordenar o decretar libremente todo lo que sucede. Como dice el apóstol Pablo en Efesios 1:11: Ā«TambiĆ©n [en Cristo] hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados segĆŗn el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntadĀ». La voluntad decretiva de Dios subraya Su soberanĆ­a total sobre todas las cosas, incluida la creación y la redención, la historia y la providencia. Como tal, nunca puede ser frustrada, ni siquiera por nuestro pecado y desobediencia. Esto no es para sugerir que Dios se deleita en el pecado o que es autor del pecado, sino para decir que lo permite para cumplir Su voluntad soberana.

La voluntad preceptiva de Dios representa el estƔndar moral que Dios requiere que todas las personas cumplan. Nos dice lo que Dios demanda de nosotros como portadores de Su imagen; transmite lo que debemos hacer, sin importar si lo obedecemos o no. La voluntad preceptiva de Dios, resumida para nosotros en los Diez Mandamientos, tambiƩn se conoce como la ley moral. Como dice el Catecismo Mayor de Westminster:

La ley moral es la declaración de la voluntad de Dios a la humanidad, dirigiendo y obligando a cada uno a una conformidad y obediencia personal, perfecta y perpetua a ella, en el marco y disposición de todo el hombre, cuerpo y alma, y en el cumplimiento de todos los deberes de santidad y justicia que se debe a Dios y al hombre: prometiendo vida a los que la cumplen, y amenazando de muerte a los que la violan (CMW 93).

En resumen, la lógica de la voluntad preceptiva de Dios se resume en la mĆ”xima Ā«Sed santos, porque Yo soy santoĀ» (1 Pe 1:16).

Una distinción menos conocida pero relacionada es la voluntad de Dios de Su beneplĆ”cito. Esta voluntad disposicional tiene dos partes. Por un lado, se refiere al placer de Dios al ordenar Su decreto soberano. Por ejemplo, Efesios 1:5 habla de que Dios predestinó amorosamente a Su pueblo en Cristo Ā«conforme al beneplĆ”cito de su voluntadĀ». Y Efesios 1:9 revela cómo Dios dio a conocer el misterio de Su voluntad en Cristo Ā«segĆŗn el beneplĆ”cito que se propusoĀ». Por otro lado, se refiere al deleite de Dios cuando hacemos lo que Ɖl quiere (ver Rom 12:2; Ef 5:10; Col 3:20). En este sentido, Dios se agrada cuando obedecemos y se disgusta cuando desobedecemos.

Si bien estas distinciones nos ayudan a matizar la enseƱanza bĆ­blica sobre la voluntad de Dios, no debemos concluir que hay voluntades en competencia o contradictorias en Dios. La voluntad divina refleja el plan Ćŗnico y unificado del Ćŗnico Dios verdadero. Una ilustración clĆ”sica de este principio se encuentra en el sermón del apóstol Pedro en PentecostĆ©s. En Hechos 2:22-23, afirma:

Varones israelitas, escuchad estas palabras: JesĆŗs el Nazareno, varón confirmado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y seƱales que Dios hizo en medio vuestro a travĆ©s de Ɖl, tal como vosotros mismos sabĆ©is, a este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impĆ­os y le matasteis.

Desde una perspectiva, la ejecución de JesĆŗs violó la voluntad preceptiva de Dios, ya que matar a un hombre inocente es asesinato. Sin embargo, desde el punto de vista de la voluntad decretiva de Dios, se nos dice que la crucifixión fue segĆŗn el plan soberano de Dios. AdemĆ”s, el profeta IsaĆ­as destaca el beneplĆ”cito de Dios cuando declara de Cristo que Ā«quiso el SeƱor quebrantarle… y la voluntad del SeƱor en su mano prosperarÔ» (Is 53:10). La cruz de Cristo nos ayuda a comprender cómo nada puede frustrar la voluntad de Dios de asegurar la salvación de Su pueblo para la gloria de Su nombre.

Al confrontar decisiones grandes y pequeƱas, no debemos concluir que nuestra respuesta es simplemente Ā«dejar todo en las manos de DiosĀ». Confiar en la voluntad de Dios implica descansar activamente en Su sabidurĆ­a divina y someterse a Su Palabra. Si bien las cosas secretas de Dios siguen siendo un misterio, sabemos con certeza que la voluntad de Dios implica cultivar la santidad y la acción de gracias en todo (1 Tes 4:3; 5:18). Podemos sentir la tentación de preocuparnos por el maƱana, pero un estudio de la voluntad de Dios nos llama hoy a una vida de obediencia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano acadƩmico y profesor de teologƭa en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

Los adversarios y la fe ambos puestos por Dios

Soldados de Jesucristo

Septiembre 07/2021

Solid Joys en EspaƱol

Los adversarios y la fe ambos puestos por Dios

John Piper

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La verdadera libertad

Martes 7 Septiembre

El SeƱor liberta a los cautivos.Salmo 146:7Cristo nos hizo libres, y no estƩis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.GƔlatas 5:1

La verdadera libertad

ā€œĀ”La libertad no tiene precio! ā€. Esta afirmación, repetida muy a menudo, muestra el deseo del hombre de liberarse de toda obligación. Ā”Algunos gobiernos pagan un precio muy alto para liberar a sus compatriotas que han sido tomados como prisioneros o rehenes! Pero incluso esas personas liberadas permanecen sujetas a lo que son naturalmente, como todos los hombres. Si no tienen relación con Dios, siguen siendo esclavas del diablo, a quien el primer hombre obedeció.

La libertad que Dios nos ofrece es una verdadera liberación interior, completa. Ese tema es el corazón mismo del Evangelio y de la fe cristiana. En efecto, por sus propios esfuerzos, nadie puede escapar a la esclavitud del pecado ni pagar el precio por su liberación: ā€œNo se lograrĆ” jamĆ”sā€ (Salmo 49:8). Pero JesĆŗs lo hizo en nuestro lugar. Nuestra libertad fue pagada al precio mĆ”s elevado que pueda existir: Ā”la vida del Hijo de Dios! ā€œTodo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado… Si el Hijo os libertare, serĆ©is verdaderamente libresā€ (Juan 8:34, 36).

El que cree en el Hijo de Dios cambia de vida y de dueƱo. JesĆŗs es su libertador. Ɖl lo libera de toda forma de ā€œlibertad desenfrenadaā€, la cual es pecado a los ojos de Dios. Ā”CuĆ”ntos esclavos de todo tipo de adicciones han sido sanados por JesĆŗs! Todo cristiano es invitado a vivir ā€œla libertad gloriosa de los hijos de Diosā€ (Romanos 8:21). Ella encuentra su plenitud cuando el creyente busca la voluntad de Dios y es feliz cumpliĆ©ndola. Dios nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecadosā€œ (Colosenses 1:9-13).

2 Crónicas 23 – 1 Corintios 14:1-19 – Salmo 104:5-13 – Proverbios 22:26-27

Ā© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.chĀ –Ā labuena@semilla.ch