Alimentemos El Alma
LIBRO: ĆTICA CRISTIANA
Gerald Nyenhuis & James P. Eckman
Contiene las obras Ćtica cristiana: Un enfoque bĆblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ćtica cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guĆa de estudio de FLET enĀ http://www.logos.com/es/flet.
CapĆtulo 4
EL IDEAL MORAL CRISTIANO, EL CONCEPTO DEL SUMMUM BONUM, Y EL IDEAL MORAL SEGĆN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Vivimos por los ideales. Cada vida consciente es una vida que tiene unos ideales. Una vida sin ideales, si fuera posible, serĆa una vida sin progreso, sin propósito y sin sentido. El vivir por los ideales es lo que distingue la vida humana de las otras formas de la vida. Aunque podemos notar que aun en la vida vegetal y animal existen ciertas direcciones y metas, no podemos afirmar que sean los ideales conscientes alrededor de los cuales estas formas de vida organizan sus actividades y orientan su existencia. Sin lugar a dudas, la vida biológica es una Ā«interacciónĀ» en que todas las fuerzas del organismo cooperan para dirigirse hacia una meta. Pero, el organismo no se da cuenta de la meta, ni conscientemente se esfuerza para lograrla. La meta es consciente solamente en la vida humana. Lo que en la vida biológica es meramente instinto, inclinación, empuje, o tendencia, llega a ser propósito consciente en la vida humana. El hombre se esfuerza por alcanzar lo que haya puesto como su meta. Se hace propósitos, se dirige hacia sus fines, y abraza un ideal. Sus ideales pueden ser indignos de Ć©l como ser humano, pueden ser equivocados y perversos ya que muchos se esfuerzan para lograr fines ilegĆtimos o placeres prohibidos y daƱinos, o se orientan para buscar venganza u otros tipos de metas nocivas. Sin embargo, cada ser humano orienta su vida para lograr algo, aunque sea una inactividad casi absoluta.
¿Qué cosa es un ideal?
Un ideal es la representación mental de lo bueno que anhelamos. Es lo que nos esforzamos para lograr. Queremos alcanzarlo. (El tĆ©rmino Ā«buenoĀ» en esta definición no implica que lo es objetivamente sino que el que se esfuerza lo considera asĆ). Es la meta para cuya realización nos esforzamos. Es lo deseable a tal grado que da sentido a nuestra existencia. Existen ideales grandes y los hay tambiĆ©n pequeƱos. Cada vida humana contiene un verdadero complejo de ideales. Pero los fines menores, las metas y los ideales pequeƱos, estĆ”n subordinados a la relación de un ideal, Ćŗnico, grande, omni-inclusivo y final. Este sublime ideal, que cada persona inteligente tiene (mĆ”s o menos conscientemente), es su fin principal, el ideal de su vida, el bien mĆ”s alto (concreto o teórico): es su summum bonum.
Es el gran ideal lo que da unidad a la vida humana. El hombre lo hace todo a fin de realizar ese ideal. En sus tĆ©rminos abandona ciertos empeƱos y, por otro lado, apenas se molesta en llegar a otras metas difĆciles de lograr. Por ello, lo que corresponde a nuestro ideal, toca a las fuentes mismas de nuestra vida moral. La vida moral se determina por aquel ideal, y estĆ” formada por Ć©l.
De todo esto deducimos que el summum bonum de una persona es aquel bien que anhela por su propio valor, y en términos de ese bien busca todos los otros bienes. Esta exposición de la idea del summum bonum se encuentra ya en Aristóteles, el primer escritor sistemÔtico sobre ética.
Dice Aristóteles: Ā«Si existe un fin de nuestros actos deseados por sĆ mismo, y los demĆ”s por Ć©l, y es verdad tambiĆ©n que no siempre elegimos una cosa en vista de otras, ello serĆa tanto como remontar al infinito, y nuestro anhelo serĆa vano y miserable. Es claro que ese fin Ćŗltimo serĆa entonces no solo el bien sino el bien soberanoĀ» (Ćtica Nicomaquea, Libro I, cap. II).
Al hablar del ideal humano, el summum bonum, debemos distinguir entre el ideal actual y el ideal verdadero, que es su summum bonum. Esta tambiĆ©n es la diferencia entre lo que es el ideal actual de la vida y lo que debe serlo. El ideal actual siempre es provisional, aunque funciona en el momento como si fuera el verdadero. Cada persona consciente tiene algĆŗn summum bonum, que es suyo propio, pero esto no es necesariamente su verdadero summum bonum. En cuanto al summum bonum actual de los hombres encontramos la mĆ”s grande diversidad. AquĆ se representan grandes conflictos. Para el hedonista, el placer es el summum bonum. No solamente es el placer su propio summum bonum, estĆ” convencido que lo es para otros tambiĆ©n. Para el racionalista es la racionalidad, el vivir en armonĆa con Ā«la razónĀ», y este piensa que todos deben pensar como Ć©l. Para otro la autorrealización, el desarrollo de sus capacidades inherentes, que se aplica a sĆ mismo y a todos los demĆ”s. Y aun para otro el humanitarismo, etc.
Pero el verdadero summum bonum del hombre no puede ser sino uno, Ćŗnico y unificado. Al considerar el ideal humano, no nos interesa saber empĆricamente lo que sean los ideales actuales ni describirlos. Es posible hacer una larga investigación para encontrar los ideales que, consciente o inconscientemente, estĆ”n en función hoy; pero tal investigación tardarĆa mucho, y aunque pudiera ser de valor, no es nuestro propósito aquĆ. Este serĆa el punto de vista de la Ć©tica puramente empĆrica. Nosotros afirmamos una norma objetiva. Nuestra Ć©tica es objetiva y no meramente subjetiva. Nos preguntamos, entonces: ĀæQuĆ© cosa es el verdadero summum bonum? ĀæCuĆ”l debe ser el ideal de todo ser humano? ĀæCuĆ”l es el Ćŗltimo, el Ćŗnico satisfactorio ideal? Este, lo afirmamos, es el ideal cristiano.
La segunda parte de este libro estÔ dedicada a una consideración del ideal verdadero y cristiano, el summum bonum. Da por sentado el hecho de que Dios nos lo ha revelado y lo tenemos que comprender por su Palabra. Aceptamos la unidad de las Escrituras, por eso empezaremos con el Antiguo Testamento y luego estudiaremos el ideal moral del Nuevo Testamento.
I. El ideal moral segĆŗn el Antiguo Testamento
Por cuanto la Biblia es la fuente última de toda verdad, también lo es en la esfera de lo moral. Por eso, debemos procurar determinar el verdadero ideal moral a la luz de sus enseñanzas. No podemos empezar con el Nuevo Testamento descartando el Antiguo, a pesar de que comúnmente se hace, aun por teólogos conservadores en nuestro tiempo. Que lo hagan se debe a una falta de entendimiento de la unidad y la continuidad de la divina revelación, sobrenatural y redentiva, a través de todas las épocas de los dos testamentos, tanto del antiguo como del nuevo. Creemos que los fundamentos de la verdad, tanto los doctrinales como los morales, se encuentran ya en el Antiguo Testamento. Nunca se lograrÔ entender correctamente el Nuevo Testamento sin estudiar el Antiguo. A la verdad, como queremos mostrar, el ideal moral es esencialmente el mismo en los dos testamentos, por grande e importante que fuese el cambio que introdujera Jesucristo en su venida en la carne. Todos los principios morales del Nuevo Testamento se hallan ya en el antiguo. Jesús mismo dio énfasis sobre el Antiguo Testamento, basando sus enseñanzas, éticas y doctrinales, en él. Naturalmente, pues, empezamos el estudio del ideal moral con el Antiguo Testamento.
A. JehovĆ” y la Ley
Al fondo de toda la Ć©tica antiguo-testamentaria y su ideal estĆ” una cadena de tres verdades que pueden llamarse Ā«los supuestos teológicos del ideal moral del Antiguo TestamentoĀ». Esas tres verdades se enfocan en tres palabras: JEHOVĆ, BERITH, y TORAH.
1. La verdad bĆ”sica de toda la teologĆa y Ć©tica del Antiguo Testamento es la realidad de JEHOVĆ, el Supremo, el Transmundano, el Personal Dios-Creador, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Soberano, el Santo, el Sabio, el Perfectamente Bueno, el Lleno de Gracia, el Misericordioso, y el Salvador. JehovĆ” es el nombre que Dios dio a su pueblo para que este le pudiera invocar. Es el nombre del Dios que se revela, que se hace conocido, y por el cual se relaciona con su pueblo. Esta verdad, bĆ”sica y revelada, determina todo lo que sigue. ImplĆcito en esta verdad estĆ” el Ćntimo e inseparable nexo entre la religión y la moralidad. Es la caracterĆstica mĆ”s notable de toda la Ć©tica bĆblica. La verdad religiosa y la verdad moral son, en el fondo, dos aspectos de la misma realidad. El ideal religioso es intrĆnsecamente moral, y el ideal moral es esencialmente religioso.
2. Una segunda verdad bĆ”sica y fundamental de la Ć©tica antiguo-testamentaria estĆ” inseparablemente ligada con la primera. Se la puede expresar de esta manera: la relación que JehovĆ” mantiene con su pueblo es una relación de pacto, BERITH. El pacto fue hecho con Abraham (Gn 15); fue renovado con Isaac y Jacob (Gn 26:24 y 28:13); y fue solemnemente ratificado por toda la nación israelita bajo la dirección de MoisĆ©s en el monte SinaĆ (Ćx 34:27ā28). Dios se revela como JehovĆ”, el Dios del pacto, y su pueblo es el pueblo del pacto. Esto involucra privilegios tanto como responsabilidades para el pueblo de Dios.
La revelación del pacto de JehovĆ” con su pueblo se presenta repetidas veces como una relación semejante a la de marido y esposa, o, a veces, la de un padre y sus hijos. (Notamos que la primera estĆ” empleada particularmente en los libros de IsaĆas, JeremĆas, Ezequiel, y Oseas.) En ambos casos no debemos pensar en las relaciones conyugales o paternales como las vemos representadas en los enlaces individualistas y fraccionados de la vida moderna, sino segĆŗn se veĆan representadas en las asociaciones autoritativas de los tiempos antiguo-testamentarios. Relacionada con estas dos analogĆas estĆ” una tercera: la de un rey con sus sĆŗbditos, y los sĆŗbditos con el rey. En todas las ilustraciones, destaca el hecho de que el pacto es una relación de mutuas responsabilidades. El Dios que establece el pacto, lo hace soberanamente y, ademĆ”s de otorgar a su pueblo las solemnes promesas, le exige ciertas responsabilidades. De esto aprendemos que el pacto no es meramente un convenio entre iguales. Desde su principio y su fundamento el BERITH entre JehovĆ” y su pueblo es unilateral. El pacto no es el resultado de una consulta que sostuviera JehovĆ” con su pueblo sobre lo conveniente que le serĆa a este Ćŗltimo entrar en tal pacto. JehovĆ” hizo el pacto. Su origen estĆ” en la iniciativa divina. Es una muestra de su soberna gracia. Por esto la relación del pacto, en su presentación antiguo-testamentaria, se basa en la elección divina. La vida moral del pueblo de JehovĆ”, tanto como la religiosa, estĆ” determinada (idealmente) por la relación del pacto, precisamente porque el pueblo es el Pueblo del Pacto.
3. Una tercera verdad bĆ”sica y fundamental de la Ć©tica antiguo-testamentaria, y que es inseparable de las dos que precedieron, se puede formular asĆ: la (TORAH) la Ley de JehovĆ”. Esta expresión de las condiciones divinas para una relación de pacto incluye todos los principios y preceptos para la vida y la conducta del pueblo de Dios. La Ley de JehovĆ” se arraiga en el pacto y depende de Ć©l. Por esto existe una relación Ćntima entre BERITH y TORAH (Jer 31:33; Ćx 19:7). Debemos notar que en Ćxodo 34:28 el decĆ”logo se designa como Ā«las palabras del pactoĀ». La TORAH es la codificación de la voluntad de JehovĆ”, quien es la Primera y la Divina parte del pacto y es quien lo redacta. El pueblo de Dios es la segunda parte y tiene que rendir obediencia para alcanzar paz y felicidad.
El concepto de Ā«leyĀ» tiene tambiĆ©n connotaciones mĆ”s amplias. Ā«LeyĀ» es una caracterĆstica de toda la creación. Toda la creación estĆ” bajo la Ley. Estar bajo la Ley es una de los atributos esenciales de toda criatura. En su encarnación, Cristo Ā«nació bajo la LeyĀ» (Gl 4:4). La ley moral es mĆ”s especifica. Tiene que ver con el pueblo de Dios, y fue promulgada a fin de que le fuera bien a su pueblo y que sus dĆas fueran prolongados. MĆ”s que una simple exigencia moral, la Ley de JehovĆ” es una bendición a su pueblo ya que proporciona comunión con Dios. De esto tenemos que hablar mĆ”s.
Las relaciones morales del Antiguo Testamento se basan en esas tres verdades y estƔn determinadas por ellas. Sobre esos fundamentos la estructura entera de la Ʃtica antiguo-testamentaria estƔ edificada.
B. La Ley y la virtud en el Antiguo Testamento
En esta sección se emplea la palabra «virtud» en un sentido especial. El sentido en que la usamos no es de poder, ni de capacidad, ni de bondad (que suelen ser las acepciones mÔs usuales en nuestros diccionarios). Para nosotros, la idea es mÔs bien la que reúne las cualidades de integridad, rectitud, y probidad. Notamos algo de ello en el uso de algunos adjetivos relacionados con la palabra, como por ejemplo «virtuoso».
Debido a que la esencia de toda moralidad para el creyente antiguo-testamentario giraba alrededor de la Ley de JehovƔ, nos es fƔcil determinar que la naturaleza de virtud consiste en obedecer la Ley de JehovƔ.
1. La virtud en el Antiguo Testamento como obediencia
El hombre bueno es el hombre que obedece la Ley de JehovÔ. Debido a que la relación entre JehovÔ y su pueblo es una relación del pacto, y puesto que la Ley es la formulación de las rectas condiciones que impone JehovÔ al pueblo del pacto, la obediencia a la Ley es evidencia de fidelidad al pacto con JehovÔ. Por esto, la obediencia a la voluntad de Dios, expresada en la TORAH, era la condición fundamental de la vida moral del creyente en el tiempo del Antiguo Testamento. Esta es la verdad que se enseña a través del Pentateuco y los profetas. Otra afirmación de esta verdad se encuentra en Eclesiastés 12:13.
Otra caracterización muy tĆpica del Antiguo Testamento para expresar la virtud de obediencia es la palabra TSEDEQ, rectitud. El hombre obediente es el hombre recto, es el que anda en el camino recto de los mandamientos de JehovĆ”. El libro de los Salmos estĆ” repleto de este pensamiento. La importancia de la virtud de obediencia se acentĆŗa en toda la historia de Israel y se expresa especialmente en los Salmos. Lo notamos en la historia de AdĆ”n y Eva, tambiĆ©n en la de Abraham en GĆ©nesis 12. Asimismo en los discursos de MoisĆ©s en Deuteronomio, y de la misma manera en la exhortación de JosuĆ© antes de su muerte (JosuĆ© 24:21ā24). La obediencia conduce hacia la felicidad. Ā«Bienaventurado es aquel varón cuya delicia estĆ” en la Ley de JehovĆ”.Ā» Ā«En guardar la Ley hay gran premio. Ā» (VĆ©anse los Salmos 1 y 119.)
2. La virtud del Antiguo Testamento como santidad
Otra perspectiva desde la cual el Antiguo Testamento ve a la virtud fundamental del creyente es la de la santidad. El hombre bueno es el hombre santo. Se puede decir que la actitud correcta en cuanto a la Ley de JehovÔ es la de obediencia. Pero hay que añadir de inmediato que el resumen de las demandas de la Ley, en cuanto a su contenido, se expresa en términos de santidad. La Ley entera conduce hacia la santidad. (Lv 19:2: «Santos seréis porque santo soy, yo JehovÔ, vuestro Dios». Véase también Lv 2:7; 21:8; 1 P 1:16.)
La etimologĆa del adjetivo QAADOOSH (santo) se encuentra en la palabra que quiere decir separado, elevado, por encima. De la idea de separación espacial y fĆsica se deriva su significado espiritual y moral. En cuanto a Dios, la santidad tiene un significado sinónimo con trascendencia y majestad divina. El tĆ©rmino describe a JehovĆ” en su carĆ”cter enaltecido y en su gloria trascendente. Un nombre predilecto de IsaĆas para referirse a JehovĆ” es QEDOOSH YISRAAEEL Ā«El Santo de IsraelĀ». En otro lugar IsaĆas habla de Dios en esos tĆ©rminos: Ā«El Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el SantoĀ» (57:15).
Este concepto de la santidad divina, como la exaltación y trascendencia divina, presenta implicaciones tanto metafĆsicas como morales. Dios estĆ” infinitamente enaltecido por encima del hombre finito, tanto en su Ser divino como en Su perfección moral. En el Antiguo Testamento, sin embargo, no es la trascendencia metafĆsica la que estĆ” mĆ”s en la escena, sino la moral; pero a la vez debemos notar que la trascendencia moral presupone la metafĆsica. La santidad moral de Dios se entiende en su pleno significado solamente al notar el contraste entre la santidad de Dios, no meramente con la finitud del hombre, sino mĆ”s bien con la pecaminosidad de este. JehovĆ” no solamente Ā«habita la eternidadĀ», siendo de Ā«ojos muy limpios para ver el malĀ» (Hab 1:13), tambiĆ©n odia todo pecado. Un pasaje donde vemos la trascendencia divina combinada con la santidad es en la visión de IsaĆas (6:1ā5). Por lo tanto, la santidad encuentra su antĆtesis en la iniquidad, la impureza, y la injusticia. A la verdad, la santidad de Dios es, en un sentido, el punto focal de todas sus perfecciones morales. EstĆ” claro que QAADOOSH no es una palabra que exprese solamente un atributo de la divinidad, sino la divinidad en sĆ.
Siendo ello el significado de la palabra que expresa la santidad de Dios, estĆ” claro que al aplicar la misma palabra a los creyentes del Antiguo Testamento se hace hincapiĆ© en el hecho de que ellos estĆ”n separados, traĆdos, apartados y dedicados al servicio de JehovĆ” (vĆ©ase Ćx 19:5ā6a). Tiene para ellos un significado ceremonial y moral. En el sentido ceremonial indica que el pueblo estĆ” dedicado para el culto de JehovĆ”. Esto no era solamente en los momentos especiales para realizar las ceremonias, sino el culto tenĆa que ver con toda su vida. En este sentido no solamente a las personas sino tambiĆ©n a las cosas se llamaban santas. Lugares y objetos (como, por ejemplo, los lugares y utensilios apartados para el servicio en el templo) eran santos tanto como los sacerdotes. La aplicación ritualista de la santidad exigĆa a los israelitas una estricta limpieza y una rĆgida pureza en los asuntos de sacrificios de comida y bebida (vĆ©ase Ćx 22:31; Lv 11:44, 45).
La santidad de este tipo era simbólica; simbolizaba una santidad mÔs alta, la santidad moral. En este último sentido, la santidad mÔs alta y mÔs profunda, consiste en conformarse a la enaltecida naturaleza moral de Dios. Esta semejanza con la naturaleza moral de Dios se puede lograr por solo un camino, el de la obediencia a la Ley de Dios, e implica una conformidad perfecta a la voluntad de JehovÔ expresada en su Ley. La santidad, en este sentido, es asemejarse a Dios en su perfección moral y en su repugnancia al pecado. Es a la vez la esencia y el fruto de la perfecta obediencia a la Ley de JehovÔ.
3. La virtud del Antiguo Testamento como sabidurĆa
El Antiguo Testamento retrata al hombre bueno como hombre sabio. Un contraste muy usual en el Antiguo Testamento es aquel entre el sabio y el necio. Esto se encuentra especialmente en los libros de los Proverbios, de EclesiastĆ©s, y de los Salmos. La idea de sabidurĆa en el Antiguo Testamento no es una de mera prudencia o sagacidad; tampoco es de astucia. El sabio es el que conoce y hace la voluntad de Dios, la entiende intelectualmente, ama la Ley de JehovĆ”, escucha al buen consejo de los ancianos, no actĆŗa por impulso de la pasión momentĆ”nea, y ordena correctamente su vida. Tal como ganamos Ā«sabidurĆaĀ» para jugar el fĆŗtbol o para manejar un coche cumpliendo con las reglas, el cumplir con la Ley de JehovĆ” nos darĆ” una sabidurĆa para vivir en el sentido mĆ”s profundo y completo.
La sabidurĆa del Antiguo Testamento es una sabidurĆa religiosamente condicionada. Solamente el que conoce verdaderamente a Dios, a JehovĆ” el Dios verdadero, es sabio. Se puede decir que el verdadero sabio es el que vive en armonĆa con el gran plan y propósito de Dios para la vida humana. La sabidurĆa se manifiesta en la activa dirección de la inteligencia y la voluntad hacia la realización de la meta divina para la vida humana. Entonces Ā«el temor de JehovĆ” es el principio de la sabidurĆaĀ». (Ā«PrincipioĀ» en este sentido tiene el significado de fuente y fundamento, y no solamente de inicio. VĆ©ase Job 28:28; Sal 111:10; Prv 9:10.) Esa sabidurĆa es el summun bonum del hombre. EstĆ” elogiada por ser el bien mĆ”s alto para el hombre (vĆ©ase Proverbios, especialmente los capĆtulos 3, 8, y 9; tambiĆ©n Job 28 y EclesiastĆ©s 9 y 10).
El elemento religioso, bĆ”sico al ideal antiguo-testamentario de la sabidurĆa, se ve mĆ”s claro en su oposición a la necedad. El necio no se da cuenta de lo que sea bueno para Ć©l y, ademĆ”s, ni lo harĆa porque desprecia la voluntad de Dios. La sabidurĆa no es primariamente intelectual sino es en primer lugar un asunto del corazón, de la conciencia y del propósito moral. Por esto, el ateo es el necio tĆpico (Sal 14:1; 53:1). En ambos textos debemos notar que el ateo necio es corrompido, hace iniquidades abominables, y no procura hacer ningĆŗn bien. El necio va corriendo hacia la destrucción, no porque no sepa mejor (segĆŗn el concepto griego) sino porque no quiere estar atento a la sabidurĆa y al consejo sano, y tambiĆ©n porque desprecia la Ley de JehovĆ”. La sabidurĆa es saber, estudiar, y meditar sobre la Ley de JehovĆ”, y ponerla por obra.
4. La piedad como principio radical de los tres anteriores conceptos
Los tres aspectos que hemos mencionado del ideal moral del Antiguo Testamento encuentran su unidad subjetiva en la piedad. La obediencia, la santidad, y la sabidurĆa se arraigan en la verdadera piedad, y constantemente toman aliento de ella. El Ā«temor de JehovÔ» es la raĆz de toda moralidad. El ideal de la piedad se presenta en distintas formas en el Antiguo Testamento. En los primeros capĆtulos de GĆ©nesis aparece como comunión con Dios; andar con Ćl, como vemos en los casos de Enoc y NoĆ© (Gn 5:22ā24; 6:9). En los libros de sabidurĆa, la piedad se manifiesta en Ā«el temor de JehovÔ». Pero, a travĆ©s del Antiguo Testamento, la piedad es el substrato y la raĆz principal de la verdadera bondad, y se ve como obediencia, santidad, y sabidurĆa. La piedad es la sinceridad subjetiva en cuanto a la moralidad. En el Antiguo Testamento (de hecho, en toda la Biblia) la piedad es vivir constante y conscientemente en la presencia de Dios. El impĆo es el que vive como si Dios no existiera. La impiedad es vivir alejado de Dios, olvidĆ”ndose y no pensando en Ćl por dedicarse a las cosas del mundo, como si uno nada tuviera que ver con Dios, su voluntad y su Palabra. La piedad es todo lo contrario.
De acuerdo con este principio subjetivo de la unidad de los varios aspectos de la virtud en el Antiguo Testamento, el principio objetivo de la unidad para la totalidad de la vida moral en el Antiguo Testamento es Dios mismo, el Ćŗltimo punto de referencia y el objeto final de toda piedad y bondad. Arriba ya hemos considerado la Torah como el ideal objetivo de la vida moral antiguo-testamentaria. Pero, mĆ”s bĆ”sico aun, mĆ”s bĆ”sico que la Torah, es Dios, cuya voluntad se formula y se codifica en la Torah. Toda la vida del creyente del Antiguo Testamento gira alrededor de Dios, en todas sus expresiones y ramificaciones. La obediencia, arraigada en la piedad, es la conformidad con la voluntad revelada de Dios. La santidad, arraigada en la piedad, es la conformidad con la excelencia moral de Dios. La sabidurĆa, arraigada en la piedad, es la caracterĆstica sobresaliente de quien tiene el recto discernimiento en cuanto a la voluntad y el propósito de Dios, y por eso sabe dirigir su vida. El ideal moral del Antiguo Testamento es por tanto un ideal teocĆ©ntrico. Dios es el verdadero summun bonum. Toda verdadera moralidad es, en el fondo, la piedad.
El Antiguo Testamento expresa el carĆ”cter teocĆ©ntrico del ideal moral en la Shema: Ā«Oye, Israel: JehovĆ” nuestro Dios, JehovĆ” uno es. Y amarĆ”s a JehovĆ” tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma y de todas tus fuerzasĀ» (Dt 6:4, 5). El amor a Dios y una devoción piadosa para con Dios, que constituyen el sumo bien para el creyente, resultan en paz para el alma, serenidad perfecta, y gozo supremo aun ante las circunstancias mĆ”s difĆciles de la vida. Asimismo, se constituyeron en la cima mĆ”xima de la vida moral y religiosa del israelita devoto. Tenemos dos formulaciones inmortales de este ideal en forma piadosa, una en el Salmo 73 y la otra en la oración de Habacuc.
«¿A quiĆ©n tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y porción es Dios para siempreĀ» (Sal 73:25ā26).
Ā«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo yo me alegrarĆ© en JehovĆ”, y me gozarĆ© en el Dios de mi salvaciónĀ» (Hab 3:17ā18).
C. La Ley en la historia
Hemos visto que la Ley estĆ” profundamente envuelta en la relación del pacto que existe entre JehovĆ” y su pueblo. Hemos intentado exponer las virtudes tĆpicas del Ā«santoĀ» antiguo-testamentario: la obediencia, la santidad, la sabidurĆa. Aquel triple ideal, cuyo principio fundamental se expresa en la idea de la piedad, tambiĆ©n se relaciona con la Ley. Claro, toda la vida moral y religiosa del Antiguo Testamento encuentra su criterio, su norma, y su ideal en la Torah de JehovĆ”. Debido a su importancia y prominencia dirigiremos nuestra atención al papel de la Ley en el pueblo de Dios, y tambiĆ©n seƱalaremos la actitud del pueblo del pacto hacia la Ley en las distintas Ć©pocas de su historia.
La Torah es la codificación de la voluntad revelada de JehovĆ” para la vida de Israel como el pueblo del pacto. Es instrucción. Nos enseƱa cómo amar a Dios sobre todo y al prójimo como a sĆ mismo. En este sentido, es correcto decir que la Torah, la Ley, es instrucción en el amor. Pero, nunca se debe olvidar que la Torah son las direcciones de cómo andar bien en comunión con Dios. En el sentido amplio el tĆ©rmino la Ā«Ley de JehovÔ» (o Torah) se refiere a la entera revelación de JehovĆ” para su pueblo. Sin embargo, en un sentido mĆ”s limitado designa los mandamientos revelados por JehovĆ” para guiar la vida y la conducta de su pueblo. Podemos distinguir tres etapas en la historia de la Torah: 1. La mosaica; 2. la profĆ©tica; 3. la post-exĆlica. La primera es la etapa de su promulgación; la segunda, la de su profunda interpretación espiritual; y la tercera, la de la desintegración de la Torah.
1. La Ʃpoca mosaica
Es esta la etapa de la promulgación de la Torah. La Torah se la reveló JehovĆ” a MoisĆ©s. La Torah en la vida de Israel no se consideraba como tres unidades (civil, moral, y ceremonial, como hoy en dĆa solemos dividir-la) sino como una unidad. Pero la Torah, la unidad, sin mencionarlos por separado tocaba los tres aspectos de la vida israelita. El aspecto civil siempre tiene que ver con condiciones especiales (Ā«si uno tiene un buey que suele cornearā¦Ā»). La ley ceremonial fue bĆ”sicamente pedagógica para enseƱar el camino de la salvación, que se cumple en la obra de Cristo. La ley moral trata de los principios bĆ”sicos que forman la base de nuestras decisiones Ć©tico-morales.
a. La vida civil
Un código extenso fue promulgado para la vida civil. Fue entretejido entre los dos otros aspectos, pero son muy claros los asuntos que tocaban la vida Ā«civilĀ». No cabe duda que el creyente en el Antiguo Testamento tenĆa que vivir su vida civil religiosamente, como un aspecto importante de su relación con Dios. Este aspecto de la Torah regulaba las relaciones sociales y polĆticas del pueblo. Son las reglas para vivir en sociedad y amar al prójimo. Siempre tiene que ver con un principio que se aplica a situaciones o condiciones particulares. Un principio notable de la legislación civil de la Torah es el de jus talionis o la justa retribución, Ā«ojo por ojo; diente por dienteĀ» (Ćx 21:23ā25; Lv 24:17ā21; Dt 19:21; Mt 5:38). Hoy en dĆa solemos entender esta ley a revĆ©s, como si el objetivo fuera las duras penas, cuando en realidad su intención fue de un lĆmite al castigo. La severidad del castigo nunca debe ser mayor que el crimen. Fue una disciplina al ser humano que siempre quiere Ā«dar dobleĀ» en venganza de la ofensa.
b. Las ceremonias y el rito religioso
TambiĆ©n la Ley incluĆa lo que conocemos como la ley ceremonial, y pertenecĆa al modo de culto, la manera de alabanza y adoración, el sistema de sacrificios, la actuación de los sacerdotes y levitas, y el servicio religioso.
El principio fundamental de esa legislación era la pureza ceremonial, la santidad, y la pureza interna. El israelita habĆa de ser puro, separado de lo profano y dedicado a JehovĆ” en el culto, o sea en el sentido ceremonial, pero tambiĆ©n en toda su vida.
Las ceremonias, como hemos mencionado arriba, fueron actividades pedagógicas. Los sacrificios, los ritos, la actuación de los sacerdotes, el poner la Ley en los postes de las puertas encontró su sentido en lo que enseƱaban. Toda la ley ceremonial apuntaba hacia Cristo y a la salvación en Ćl. Habiendo cumplido Cristo con esta ley, no tenemos que cumplirla tambiĆ©n nosotros; mĆ”s bien tenemos que entender la enseƱanza de los ritos. No repetimos la pascua, pero tenemos que entender su significado.
c. La vida moral
Este aspecto no ha de considerarse como meramente coordinado con los aspectos civiles y ceremoniales de la vida israelita. Es mucho mÔs. Por ser la formulación de la voluntad revelada de Dios en cuanto a toda la vida moral, la Torah se relaciona con la totalidad de la vida en su mÔs profundo significado moral. El DecÔlogo es el resumen antiguo-testamentario de la voluntad de Dios y su aplicación a la vida moral. A pesar de la forma antiguo-testamentaria del DecÔlogo, que nos parece negativa, su significado y su orientación tienen una importancia mÔs amplia que las restricciones nacionales de Israel. Los aspectos civiles y ceremoniales han sido reemplazados en la iglesia novo-testamentaria, pero la ley moral queda en pie por todas las edades.
2. La etapa profƩtica
La etapa profĆ©tica es la etapa de la interpretación mĆ”s profunda y espiritual de la Ley. Los profetas alzaron sus voces en protesta contra la prĆ”ctica de poner los ritos ceremoniales en lugar de la rectitud moral. El gran mal que siempre tienta al pueblo nomĆstico (de nomos=ley, hoy en dĆa dirĆamos Ā«legalistaĀ», pero esta palabra tambiĆ©n tiene otras connotaciones) es el de caer en una observancia externa de la Ley, en lugar de una recta disposición interior. Los israelitas cayeron en este pecado en los dĆas del reino. Eran estrictos y puntuales en la observación de ordenanzas rituales, pero su corazón estaba lejos de Dios.
Los profetas pregonaban contra el ritualismo y el formalismo. Esto es verdad sobre todo en cuanto a los profetas del sĆ©ptimo y octavo siglo, pero no se restringe a ellos. Cierto estĆ” que la condenación de todo ello estĆ” explĆcita desde los dĆas de Samuel. Samuel reprobaba a SaĆŗl precisamente sobre esto cuando SaĆŗl, bajo el pretexto de hacer sacrificio a JehovĆ”, negó las instrucciones explicitas que habĆa recibido de Dios de que tenĆa que destruir a los amalecitas y todas sus posesiones (1 S 15). El mismo mensaje, que obedecer es mejor que el sacrificio, es el que repetidas veces habĆan proclamado los profetas posteriores: IsaĆas, Amós, Miqueas y Joel (Is 1:10ā17; Am 5:21ā24; Mi 6:6ā8; Jl 2:13).
No se debe malentender a los profetas. A veces se les interpreta como si fueran antagónicos a la Torah, pero hacer esto es errar seriamente en la interpretación de su actitud. Ellos no se oponĆan a la Torah en su carĆ”cter de ley; lo que condenaban y denunciaban era el externalismo. Lejos de contraponerse a la revelación mosaica, cimientan la estructura de su propia enseƱanza sobre los fundamentos de esa revelación. Exhiben el profundo significado espiritual y la importancia moral de la Ley. La obediencia, insisten, no es asunto meramente de Ā«dientes para afueraĀ» sino del corazón. La religión verdadera no es meramente traer sacrificios sino consagrarse, en una sincera devoción de todo corazón, a JehovĆ”. En el desarrollo Ć©tico (asĆ como en el doctrinal) del Antiguo Testamento, notamos un continuo progreso desde la primera etapa, con su carĆ”cter prominente de una doctrina de leyes y deberes, hasta la Ć©tica de los profetas que acentuaban una doctrina de lo interior. El SeƱor requiere rectitud, sinceridad, integridad y pureza del corazón; y esto tanto en las actividades religiosas como en las relaciones civiles y sociales.
3. La etapa post-exĆlica
Esta etapa se caracteriza por la desintegración de la Ley. Cuando regresaron del exilio, los judĆos habĆan aprendido a estimar en gran valor la Torah. Se daban cuenta de que habĆan estado esclavizados precisamente porque habĆan olvidado la Ley de JehovĆ”. Por esto se aplicaron diligentemente al estudio de la Ley. Esdras es el ejemplo tĆpico de esta espiritualidad. Las sinagogas que se levantaron llegaron a ser centros del estudio popular de la Ley. Los lĆderes de este movimiento fueron los escribas.
Pero antes de que pasara mucho tiempo el pueblo cayó en una forma extrema de legalismo. La Ley se hizo un fin en sĆ misma. MĆ”s bien adoraban la Ley en lugar de adorar a JehovĆ”, de cuya voluntad la Ley era una proclamación. Apenas habĆa revelación especial en esta Ć©poca, y el espĆritu profĆ©tico dio lugar al espĆritu de Ā«escribasĀ». Los escribas fueron los guardianes de la Ley. Los chasidim (o fariseos) se constituyeron en una aristocracia moral y llegaron al extremo de exhibir una observación tan puntual de la Ley que, con todas sus interpretaciones puestas como apĆ©ndices, la gente comĆŗn y corriente no la podĆa cumplir. Lejos de enseƱar la importancia espiritual de la Ley, guardaban escrupulosamente su letra. La ley moral fue despojada de su ideal y de su meta divina. La Ć©tica judaizante llegó a ser moralista y legalista. AsĆ perdió su base distintivamente religiosa y, ademĆ”s, el principio de unidad. Todo esto resultó en la desintegración de la Ley. A pesar de que la Torah era una expresión unificada de la voluntad de Dios para la vida humana, la dividieron minuciosamente en un sinnĆŗmero de pedazos, en reglas desconectadas, en preceptos aislados, y en reglamentos sueltos. Esto tambiĆ©n caracteriza la Ć©tica de los libros apócrifos del Antiguo Testamento (que estĆ” en la Biblia católico-romana) y la del talmud, el comentario judĆo sobre la Ley. Hasta el dĆa de hoy se nota esta caracterĆstica en la Ć©tica del judaĆsmo.
Todo esto ocurrió junto con una actitud creciente de rĆgido separatismo. Bajo la dirección del chasidim, la mayorĆa del pueblo reaccionó contra toda liberalización y helenización de las tendencias del dĆa (cuyo ejemplo mejor eran los saduceos), y pronto cayeron en una actitud estrecha, nacionalista, particularista y autojustificadora de una presuntuosa autosatisfacción. Lo que habĆa de universalismo en la actitud anterior fue completamente borrado por la nueva actitud. El primer libro de los Macabeos muestra los aspectos mejores y peores del tal espĆritu.
Fue contra este formalismo, el materialismo, y el estrecho particularismo de los escribas y fariseos que JesĆŗs alzó su voz en protesta. Repetidamente acusó a los judĆos de haber cambiado el Ć©nfasis y valor espiritual de los mandamientos de Dios en meros preceptos y tradiciones de hombres. La tradición llegó a ser un criterio igual a la revelación.
D. El carƔcter provisional de la Ley
Mucho mÔs importante que la actitud de los israelitas hacia la Ley es la misma intención de la Ley, vista en su lugar en la historia de la revelación. De esto nos conviene hablar.
El ideal moral del Antiguo Testamento tiene a la vez un carĆ”cter provisional y prolĆ©ptico. La plenitud del Sumo Bien quedaba por revelarse en el porvenir. Es una nota constante en el Antiguo Testamento entero. La Ć©tica antiguo-testamentaria es inseparable de la esperanza y la orientación mesiĆ”nica. El propósito redentivo de todo el Antiguo Testamento se cumplirĆa en el Nuevo Testamento, y esto tiene significado fundamental en cuanto al ideal moral del Antiguo Testamento. Desde el principio existĆa una orientación mĆ”s definida y universal en cuanto a las promesas de Dios. Aunque Dios hizo su pacto con la nación elegida, su propósito era bendecir a la totalidad de la humanidad a travĆ©s de esta nación. Esto fue revelado ya en su pacto con Abraham, Ā«en ti serĆ”n benditas todas las familias de la tierraĀ» (Gen 12:3; 22:18). El fin del pueblo escogido no es el particularismo nacionalista sino el de servir a un propósito mĆ”s alto. Su meta es la de hacerse universal. El pacto tenĆa una meta cosmo-histórica que trascenderĆa los limites de la Ć©poca antiguo-testamentaria.
DespuĆ©s de la caĆda, el Sumo Bien se proyecta hacia el porvenir, a un venidero mĆ”s allĆ”, el de una esperanza mesiĆ”nica. Es la misma esperanza mesiĆ”nica que ilumina la visión humana, y a travĆ©s de esta esperanza, el bien supremo se hace en la gran meta del mundo y del proceso histórico. El propósito final, hacia el cual todo el Antiguo Testamento se mueve, es el establecimiento del reino de justicia, el Reino del MesĆas, en el cual todos participarĆ”n en las bendiciones prometidas al fiel patriarca. Todos los que son llamados hijos de Abraham, o sea, todos los que tienen la misma fe de Abraham (Gl 3:7, 8, 29; cf. Ro 4:16).
La anticipación de un orden nuevo, posterior y ulterior, de las cosas, de un universalismo que no era realizable bajo la Ć©tica antiguo-testamentaria, fue expresada repetidas veces por los profetas. Bellos cantos del universalismo venidero se encuentran en la profecĆa de IsaĆas (por ejemplo, 56:1ā8). Ni el pacto ni la Ley tenĆan la intención de quedar para siempre en su forma antiguo-testamentaria como la final. Siempre se presuponĆa una etapa venidera mĆ”s gloriosa del pacto y de la promulgación de la Ley (Jer 31:31ā33). JehovĆ” solemnemente declaró que vendrĆan los dĆas en que harĆa un pacto nuevo con su pueblo, la esencia del cual serĆa espiritual, y lo expresó con estas palabras: Ā«DarĆ© mi ley en su mente [entraƱas: versión de 1909) y la escribirĆ© en su corazón; y yo serĆ© a ellos por Dios y ellos me serĆ”n por puebloĀ». Esta profecĆa se cumplió en el Nuevo Testamento, como nos enseƱa la EpĆstola a los Hebreos (8:7ā13; 10:16). Cristo se distingue de MoisĆ©s en que es el Mediador de un pacto mejor. En la dispensación del pacto nuevo la profecĆa fue cumplida, que la Ley de Dios serĆa escrita en el corazón.
Notamos también que el Nuevo Testamento habla de la etapa antiguo-testamentaria como una figura, o una sombra de la realidad venidera en Cristo. Tal como la sombra de alguien que nos sigue puede llegar antes y anunciar su presencia, asà la sombra de Cristo cae sobre todo el Antiguo Testamento, anunciando su presencia y su venida. En Hebreos 10:1 notamos la distinción entre skia toon mellontoon agathoon (la sombra de bienes venideros) y eikoon toon pragmatoon (la imagen de las cosas). Aquà notamos que la realidad estÔ representada como si ya se estuviera en el cielo. De esta realidad la revelación novo-testamentaria tiene la imagen eikoon, mientras que la revelación del Antiguo Testamento tiene la sombra aki. «la figura del Verdadero» (Heb 9:24). Encontramos semejante contraste en Colosenses 2:17, donde el apóstol habla de los mandamientos que tratan de la comida, la bebida, los sÔbados, las lunas, y las fiestas, y dice de estas cosas que son una sombra de lo venidero (skia toon mellontoon) pero que el cuerpo, es decir la realidad, se encuentra en Cristo (to de sooma tou christou).
Todo esto implica el carĆ”cter provisional y prolĆ©ptico del ideal moral del Antiguo Testamento, que se cumplirĆa en el Nuevo Testamento. Y se concentra en la persona de Jesucristo. La realización redentiva del reino de Dios, prefigurado en el Antiguo Testamento, no se verificó hasta ser revelado en la persona y obra de Jesucristo. El ideal novotestamentario es tema del siguiente capĆtulo.
Ā Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ćtica cristiana (pp. 79ā101). Miami, FL: Editorial Unilit.
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