Un cristianismo consistente
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Un cristianismo consistente
Por Jim E. Kim
Nota del editor:Ā Este es el sexto capĆtulo en la serie de artĆculos deĀ Tabletalk Magazine:Ā La Ć©tica cristiana
on frecuencia, en la Biblia se trata el tema de la hipocresĆa pero rara vez se menciona de manera diplomĆ”tica. Originalmente designaba a un actor actuando con una mĆ”scara pero luego la palabra adquirió la connotación negativa de una inconsistencia entre lo que uno cree y cómo actĆŗa. Esta inconsistencia se puede entender de dos maneras. Algunas inconsistencias son pretensiones de justicia propia, actuando como si uno fuera justo y virtuoso de manera exterior, mientras se carece de convicción interior. Hay muchos ejemplos de esto en los Evangelios. JesĆŗs criticó deliberadamente a muchos que estaban mĆ”s interesados āāen la alabanza pĆŗblica por sus actos religiosos de orar, ayunar y dar limosna (Mt 6:2, 5, 16), aquellos que condenaban los pecados de otros mientras ignoraban los suyos propios (7:5) y aquellos que adoraban de labios y externamente pero sin sinceridad (15:8-9). JesĆŗs llamó la atención sobre la hipocresĆa de muchos lĆderes religiosos de Su tiempo comparĆ”ndolos con vasos y platos que estĆ”n limpios por fuera mientras permanecen sucios en su interior, y con Ā«sepulcros blanqueadosĀ», como algo hermoso por fuera que cubre la muerte por dentro (23:25-28). Esta inconsistencia āpretensión espiritual externa o falsa espiritualidadā es la descripción mĆ”s comĆŗn de hipocresĆa.
Pero la hipocresĆa tambiĆ©n puede referirse a una inconsistencia de otro tipo: pretender no tener convicciones internas cuando ejercitarlas es inconveniente o difĆcil. En GĆ”latas 2, Pablo relata una interacción importante que tuvo con Pedro y BernabĆ© (vv. 11-14). Cuando Pedro se unió a Pablo en AntioquĆa, inicialmente disfrutó de la compaƱĆa y hermandad de los cristianos gentiles sin vacilar ni dudar. Esto es totalmente consistente con la creciente comprensión de Pedro del mensaje del evangelio, que rompe las tradiciones y distinciones que separaban a los judĆos de los gentiles (ver Hch 10-11). Sin embargo, cuando llegaron otros llamados Ā«los de la circuncisiónĀ», que mantenĆan las distinciones tradicionales entre judĆos y gentiles, Pedro Ā«empezó a retraerse y apartarseĀ» (Gal 2:12). ĀæPor quĆ©? Por su temor a los hombres. Cuando BernabĆ© y muchos otros judĆos comenzaron a seguir a Pedro, Pablo se enfrentó a Pedro y lo reprendió por su hipocresĆa (v. 13). Pedro debió haberlo sabido. Aunque realmente creĆa en el poder del evangelio para derribar las barreras humanas, siguió las costumbres de los hombres por temor al juicio de ellos. Sus acciones externas eran incompatibles con sus convicciones internas.
Si somos honestos, luchamos contra ambas formas de inconsistencia. En la Iglesia, a menudo buscamos la aceptación y el reconocimiento de otros creyentes hablando, actuando y sirviendo en maneras que nos hagan parecer mÔs fieles, mÔs conocedores y mÔs maduros de lo que realmente somos. AdemÔs, en nuestra vida diaria, con frecuencia buscamos la aceptación y el reconocimiento del mundo silenciando nuestras convicciones y ocultando nuestros compromisos en la forma en la que hablamos, actuamos y servimos. Nada de esto es aceptable.
Las Escrituras nos exhortan a ser cristianos consistentes, con una vida de fe informada y motivada por el evangelio. Claro, esto es mĆ”s fĆ”cil decirlo que hacerlo. Tal vez la iglesia de Colosas nos instruya. Cuando Pablo escribió su carta a esa congregación, la iglesia de Colosas era pequeƱa y nueva, y muchos de sus creyentes estaban luchando para vivir su fe en un mundo confuso y hostil. Por todos lados habĆa filosofĆas, sabidurĆas y religiones que animaban a estos creyentes a silenciar, mezclar y, en ocasiones, a abandonar su fe. A estos cristianos que luchaban para vivir su fe, ĀæquĆ© les dijo Pablo? Les recordó enfĆ”tica y repetidamente a los colosenses que Cristo es supremo sobre todas las cosas y que todos los creyentes le pertenecen (Col 1:15-20). Como dice de manera muy bella el Catecismo de Heidelberg: Ā«Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mĆ mismo, sino a mi fiel Salvador JesucristoĀ» (pregunta y respuesta 1). AdemĆ”s, si le pertenecemos, entonces como creyentes debemos andar Ā«como es digno del SeƱorĀ» (Col 1:10; ver 2:6).
Pablo consideró la idea de vivir Ā«como es digno del SeƱorĀ» lo suficientemente importante como para repetirla en otros lugares con ligeras variaciones, ya que instó a los creyentes a vivir de una manera digna Ā«del evangelio de CristoĀ» (Flp 1:27), Ā«de la vocación con que habĆ©is sido llamadosĀ» (Ef 4:1) y de Ā«DiosĀ» (1 Tes 2:12). Esta es una vida tan transformada por Cristo que ya no busca mayor identidad ni mejor estatus pretendiendo ser algo mĆ”s que pecadores salvados por gracia. Esta es una vida tan conformada a Cristo que seguir la voluntad de Dios en Cristo ya no es un sacrificio, sino un gozo persistente, incluso cuando seguirlo fielmente implique persecución y sufrimiento. Esta es una vida tan centrada en Cristo que agradarle a Ćl es el primer y Ćŗnico propósito en la vida, de modo que ya no seamos tentados a agradar a otros pretendiendo ser mĆ”s o menos de lo que realmente somos. Como dijo de modo provechoso Juan Calvino:
Por lo tanto, si se pregunta qué clase de vida es digna de Dios, tengamos siempre presente esta definición de Pablo: que es una vida tal que, dejando las opiniones de los hombres, y dejando, en suma, toda inclinación carnal, estÔ regulada de manera que queda sujeta únicamente a Dios.
Esto significa que ya sea en privado o en pĆŗblico, en la Iglesia o en el mundo, ante un amigo o enemigo, o en persona o en lĆnea, vivimos consistentemente de una manera digna de alguien que es amado por Cristo, salvo por Cristo y que pertenece a Cristo.
Un cristianismo consistente es lo que la Palabra enseƱa y lo que el mundo necesita. Nuestras iglesias no necesitan cristianos con egos inflados sino creyentes que a diario entiendan que Ā«es necesario que Ćl crezca, y que yo disminuyaĀ» (Jn 3:30). Nuestras comunidades y sociedades no necesitan cristianos que se desvanezcan en el trasfondo de la cultura y la vida actuales; en cambio, necesitan de aquellos que con fidelidad y consistencia en lo ordinario den testimonio de una vida y una realidad que no son de este mundo. Esto no es algo que podamos hacer por nosotros mismos, pero damos gracias Ā«Porque Cristo, que nos ha redimido y liberado por Su sangre, tambiĆ©n nos renueva a Su propia imagen por Su EspĆritu Santo, para que asĆ demos testimonio, a travĆ©s de toda nuestra conducta, de nuestra gratitud a Dios por Sus bendiciones, y para que Ćl sea alabado por nosotrosĀ» (Catecismo de Heidelberg, 86).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Jim E. Kim
El Rev. Joel E. Kim es presidente de Westminster Seminary California. Es el co editor de Always Reformed [Siempre Reformado]


