Campos blancos para la siega

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Siguiendo a Jesús

Campos blancos para la siega

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008

6. Los profetas de Dios

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

6. Los profetas de Dios

Los profetas del Antiguo Testamento fueron personas llamadas exclusivamente por Dios y a quienes Dios les entregó en forma sobrenatural sus mensajes para que nos los entregaran. Dios habló su palabra por medio de los labios y los escritos de los profetas.

La profecía implicaba tanto la predicción sobre el futuro (el predecir) como la exhortación y la proclamación presente de la palabra de Dios (el proclamar). Los profetas fueron dotados por

el Espíritu Santo para que sus palabras fueran las palabras de Dios. Por eso es que los mensajes proféticos solían estar precedidos por la expresión: “Así dice el Señor”.

Los profetas fueron reformadores de la religión de Israel. Llamaron al pueblo a volverse a la adoración pura y a la obediencia a Dios. Aunque los profetas criticaron la manera como la adoración judía muchas veces se había degenerado y se había convertido en un simple ritual, no condenaron ni atacaron las

formas originales de adoración que Dios había encomendado a su pueblo. Los profetas no fueron revolucionarios ni anarquistas religiosos. Su tarea consistía en purificar, no en destruir; en reformar, no en sustituir la adoración de Israel.

Los profetas también estaban profundamente preocupados por la justicia y la equidad social. Eran la conciencia de Israel, llamando al pueblo al arrepentimiento. También actuaron como los defensores del pacto de Dios. Ellos “entregaron citaciones a comparecer” a la nación ante el juez divino por violar los términos del pacto con Dios.

Los profetas hablaron con una autoridad divina porque Dios los había llamado específicamente para ser sus voceros. El profeta no era un cargo hereditario, ni tampoco eran elegidos para ocupar dicha función. Las credenciales de los profetas la constituían el llamado directo e inmediato de Dios unido al poder del Espíritu Santo.

Los falsos profetas fueron constantemente un problema en Israel. En lugar de transmitir los oráculos de Dios, relataban sus propios sueños y opiniones  – diciéndoles a las personas únicamente lo que ellas deseaban escuchar. Los verdaderos profetas fueron muchas veces perseguidos y rechazados por sus contemporáneos por rehusarse a comprometer la proclamación del consejo de Dios.

Los libros de los profetas suelen dividirse en los libros de los “profetas mayores” y los “profetas menores”. Esta diferenciación solo se refiere a la extensión de los escritos canónicos y no constituye ninguna referencia a la mayor o menor importancia de los profetas. Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel son conocidos como los profetas mayores porque fueron los que más escribieron; mientras que Amós, Oseas, Miqueas, Jonás, etc. son los profetas menores porque sus libros son más pequeños.

Los apóstoles del Nuevo Testamento también tuvieron muchas de las características de los profetas del Antiguo Testamento. Los apóstoles junto con los profetas son llamados el fundamento de la iglesia.

Resumen

1. Los profetas del Antiguo Testamento fueron agentes de la revelación divina.

2. La profecía implicaba la predicción sobre el futuro y la proclamación.

3. Los profetas fueron reformadores de la adoración y la vida israelita.

4. Solo quienes habían sido llamados directamente por Dios tenían la autoridad para ser sus profetas.

5. Los falsos profetas expresaban sus propias opiniones y le manifestaban a la gente solo lo que esta deseaba escuchar.

6. La división en profetas mayores y menores es una diferencia establecida en base a la extensión de sus escritos y no en base a su importancia.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Deut. 18:15-22

Is. 6

Joel 12:28-32

Mat. 7:15-20

Eph. 4:11-16

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

¿Murió Cristo por todos los pecados exceptuando el de la incredulidad?

Got Questions

¿Murió Cristo por todos los pecados exceptuando el de la incredulidad?

Jesus carries his cross. Woodcut engraving after a drawing by Julius Schnorr von Carolsfeld (German painter, 1794 – 1872), published in 1877.

“Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2). Cuando la Biblia dice que Cristo fue la ofrenda por todos los pecados, no significa que todos los pecados hayan sido automáticamente perdonados. Sólo significa que se ha hecho la ofrenda para asegurar el perdón de todo el mundo; si esa ofrenda en realidad tiene como resultado el perdón de algún individuo es otra cosa, ya que se debe aceptar la ofrenda por fe. Nuestro camino de regreso a Dios ha sido preparado por Cristo; la pregunta ahora es, ¿aprovecharemos la oportunidad?

Cristo murió por todos los pecados, es decir, Su sacrificio fue suficiente para pagar por los pecados del mundo entero. Sin embargo, el perdón sólo llega a una persona cuando se arrepiente y cree (ver Marcos 1:15). Hasta que aceptemos (por fe) la provisión de Dios en Cristo, todavía estamos en nuestros pecados. Los que mueren en la incredulidad mueren en todo su pecado — serán mentirosos, asesinos, adúlteros, etc., que no han sido perdonados. (Apocalipsis 21:8). Los que confían en Cristo para su salvación no mueren en pecado; mueren en Cristo, y sus pecados ya han sido perdonados. Somos justificados por la fe (Romanos 5:1); sin fe, somos condenados (Juan 3:18). El perdón se recibe a través de la fe en Cristo y viene con la promesa de una eternidad en el cielo; la falta de fe nos mantiene sin perdón y destinados a una eternidad en el infierno.

En la Biblia, creer o tener fe, es algo más que pensar que algo es un hecho. La fe tiene que ver más con la confianza y la aceptación personal, los actos intencionados de nuestra voluntad. Así que, en las Escrituras, el pecado de la incredulidad no es simplemente la ignorancia, sino que es rechazar voluntariamente el don gratuito de Dios de perdonar el pecado, que incluye el pecado de la incredulidad.

Cuando Dios ofrece perdonar el pecado de un hombre cuando él cree, la lógica determina que su respuesta ya no puede ser: “No, me niego a creer en ti, pero de todos modos perdona mis pecados”. El perdón es una oferta condicional: si se cumple la condición requerida (la fe), entonces se produce el resultado prometido (el perdón). La fe en Cristo es la forma en que las personas responden correctamente a la oferta de la salvación de Dios.

La Biblia habla mucho sobre la necesidad de tener fe en Cristo y los resultados de la incredulidad. Cristo anhelaba atraer hacia Él a los pecadores habitantes de Jerusalén, sin embargo, ellos permanecieron en su pecado; la condenación de Jesús recae directamente sobre ellos: “No quisiste” (Lucas 13:34). Su incredulidad los mantuvo alejados de Cristo, su única salvación.

Sobre la lógica de la necesidad de creer: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).

En cuanto a la incredulidad como un acto de la voluntad, una elección deliberada: “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él” (Juan 12:37).

En cuanto a por qué no hay excusa para la incredulidad: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:18-20).

Respecto al daño espiritual de la incredulidad: “¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte” (Romanos 6:21) “Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso” “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4: 2, 4).

Sobre la justicia del castigo por la incredulidad: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19).

Por último, para estar seguro de lo que un verdadero creyente debe creer para ser un cristiano perdonado, aquí hay un resumen.

La Biblia afirma claramente que la única manera de entrar en el cielo perfecto de Dios es ser tan perfecto (puro y sin pecado), como Dios mismo (Mateo 5:20, 48; Lucas 18:18-22). Incluso si pecas una sola vez en toda tu vida, has violado toda la ley de Dios, lo mismo que si rompieras un solo eslabón de una cadena, se rompe toda la cadena (Santiago 2:10). La justicia perfecta de Dios implica que todo pecado debe ser castigado. Ese castigo es la muerte que se traduce en una eterna separación de Dios para siempre en el infierno (Éxodo 32:33).

Ningún ser humano puede cumplir con el estándar perfecto de Dios, por lo que sin un Salvador sobrenatural que nos rescate, estamos completamente perdidos como pecadores (Hechos 15:10; Romanos 3:9-23). Dios te ama y quiere rescatarte del infierno (Juan 3:16; 2 Pedro 3:9). Por eso envió a Su propio Hijo perfecto para llevar tu castigo sobre sí mismo — Su vida por la tuya — pagando completamente tu deuda con Dios al morir en la cruz, y liberándote para siempre de la justa condenación de Dios. Cada uno de tus pecados -pasados, presentes y futuros — está perdonado si eliges aceptar el regalo del perdón por la fe (creyendo y confiando en que Dios cumplirá Su promesa), cuando te arrepientas (te alejes) de tus pecados (Lucas 24:47; Hechos 11:18; 2 Corintios 7:10) y le pidas que te salve (Joel 2:32; Hechos 2:21). La sangre de Jesús cubre tus pecados para que Dios te vea tan perfecto como Su propio Hijo (Isaías 53:4-6; 2 Corintios 5:21).

En el momento que aceptas el don gratuito de Dios por la fe, cambias: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Te conviertes en el hijo amado de Dios (1 Juan 3:1), una relación eterna que nunca puede romperse (Romanos 8:38-39; Efesios 1:13-14). Dios, como Padre, Hijo y Espíritu, habita en ti y hace su “morada” contigo (Juan 14:17, 23). Puedes ver por qué el Evangelio de Cristo se llama Buenas Nuevas (Lucas 2:10; Hechos 5:42, 14:15). Al aceptar este regalo, aceptas que perteneces a Dios (1 Corintios 6:19-20). Ya no eres dueño de ti porque Él te compró (redimió) con la preciosa sangre de Su Hijo (1 Pedro 1:18-19).

Este maravilloso regalo gratuito de la salvación eterna no se puede ganar con ninguna cosa buena que hagas (Juan 3:16; Romanos 3:21-25; Efesios 2:8-9). De hecho, tratar de ganarlo por tus propios esfuerzos, como si pudieras complacer suficientemente a Dios para ganarte Su aceptación, es severamente condenado en la Biblia (Gálatas 1:6-9). Esa es la diferencia entre el cristianismo y prácticamente todas las demás religiones del mundo, con sus reglas establecidas por el hombre sobre lo que la gente debe o no debe hacer en el intento desesperado de ganar el favor de Dios y obtener la vida eterna para sus almas.

Tu salvación es gratuita, un regalo invaluable de Dios que es mucho más valioso que el mundo entero (Mateo 13:44; 16:26). Así que el autor de Hebreos pregunta, “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3). “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:7-8). “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2).

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

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Ejemplos de llamados en la Escritura

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Cómo buscar la voluntad de Dios.

Ejemplos de llamados en la Escritura

Por Scott Redd

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Cómo buscar la voluntad de Dios.

En algún momento de la vida, todos nos preguntamos: ¿para qué estoy aquí? No la inquietud general del propósito universal (¿para qué sirve la historia humana o mundial?), sino la inquietud específica de los llamamientos humanos individuales. En otras palabras, como seres humanos hechos a la imagen de Dios, ¿qué nos hace no intercambiables entre nosotros mismos? ¿Por qué uno es escritor y el otro es banquero? ¿Por qué uno es agricultor y el otro es soldado? ¿Surgen tales decisiones como resultado de la casualidad o simplemente de las condiciones ambientales, o apuntan a algo más profundo que ocurre en el corazón de la persona?

El llamamiento como concepto bíblico

La Escritura menciona muchos tipos de llamamientos. Dios llamó a las personas para que escucharan lo que Él tenía que decirles, a veces de una manera especial, como en el caso del joven profeta Samuel (1 Sam 3), y a veces de manera general, como en el caso del llamado de los profetas al pueblo: «¡Escuchen la Palabra del Señor!». También estaba el llamado muy particular que estaba reservado para los profetas en la Biblia, un evento donde típicamente el Señor se dirigía al profeta de la asamblea divina y le encargaba el oficio profético. Por ejemplo, el llamamiento de Isaías en el templo incluyó todos los elementos principales de un llamamiento profético: una visión celestial, la interacción entre los seres celestiales y el Señor, la resistencia del profeta, la concesión de una señal y el claro mensaje profético para el pueblo (Is 6). Otros profetas recibieron su llamado al oficio profético de manera similar: Ezequiel fue llamado mientras estaba en el exilio, y el apóstol Pablo fue llamado en el camino a Damasco, llamado al que se refirió a lo largo de su ministerio como prueba de su legitimidad como apóstol.

Sin embargo, un verdadero llamado no tiene que ser extraordinario, esto lo vemos incluso en la Escritura. Por ejemplo, David fue elegido por Dios para ser el rey de Israel a pesar de que el profeta Samuel no percibió en el muchacho los atributos físicos que hubiera esperado ver en un monarca. Sin embargo, el Señor «mira el corazón» (1 Sam 16:7), y la fidelidad interna de David lo acreditó para el trono de una manera en que la incredulidad de Saúl no pudo hacerlo. Aun así, pasaron años entre el llamado de David y su ascenso al trono, lo cual creó una oportunidad para que David se preparara para el llamado que Dios había depositado en su vida. Como pastor de ovejas, el joven David aprendió las habilidades básicas necesarias para guiar y proteger un rebaño (en el Antiguo Testamento, pastorear ovejas es una analogía común sobre reinar). También aprendió a confiar en que el Señor sería fiel a las promesas que le había hecho, y esta confianza en el Señor le proporcionó la fortaleza que necesitó en su batalla contra Goliat, un evento en el que David se comportó como corresponde a un fiel rey campeón, en marcado contraste con el comportamiento decididamente indigno de Saúl. Como músico de la corte, David se familiarizó íntimamente con el comportamiento errático de Saúl y el manejo de los asuntos del estado israelita, y probablemente perfeccionó su arte como poeta de Israel y autor principal de muchos salmos. Todas estas etapas proporcionaron momentos en la vida de David en los que él siguió su llamado como segundo rey de Israel. Debemos tener cuidado de no hacer distinciones claras entre su trabajo en un momento dado y su llamado en general. Su llamado se desarrolló integralmente a lo largo de su vida, por lo que podemos decir con cierta seguridad que el joven David siendo pastor de ovejas estaba siguiendo fielmente el llamado que Dios había depositado en su vida.

La historia de Ester llama nuestra atención hacia otro aspecto del llamamiento divino que es particularmente relevante para nosotros hoy. En esta historia, Ester respondió a la oportunidad de ascender a los niveles más altos del Imperio persa. Ella estaba naturalmente dotada de belleza física e intelecto y este don le brindó la oportunidad de unirse al círculo íntimo del rey. Sin embargo, la particularidad del llamado de Esther no fue evidente hasta la aparición de Amán con su plan de exterminar a los refugiados de Judea. Su primo Mardoqueo dio una definición del llamamiento humano cuando animó a Ester al decirle que había sido creada «para una ocasión como esta» (Est 4:14). Ella era la que Dios había llamado para liberar a Su pueblo.

El libro de Ester se destaca entre los libros de la Biblia porque es el único que no menciona explícitamente al Señor. Esta ausencia de referencia a lo divino tiene el poderoso efecto de darle al lector una idea del difícil mundo en que se encontraba el pueblo de Dios bajo el gobierno persa en un momento en que los elementos típicos de la fe bíblica no eran tan evidentes como lo eran en el Judá preexílico. Pero el hecho de que no se nombre explícitamente a Dios también ilustra cómo es percibir un llamado en nuestro mundo contemporáneo. La mayoría de las veces, el llamamiento cristiano es una cuestión de tomar decisiones a partir de nuestros dones, nuestros intereses y metas personales, el sabio consejo de quienes nos rodean y las oportunidades que surgen a lo largo de nuestra vida.

Los llamamientos humanos ordinarios no ocurren de la manera tan dramática de los profetas y héroes de la Biblia, sin embargo, existe una similitud importante entre sus llamamientos y el de cualquier otro ser humano. Todos somos llamados por Dios a vivir nuestras vidas como aquellos hechos a la imagen de Dios (Gn 1:26-27). Ese llamado incluye honrar a nuestro Creador y hacerlo a través del primer mandato de Dios, también conocido como el mandato cultural, de «llenad la tierra y sojuzgadla» (v. 28; ver también 9:1). Esto explica por qué el impulso de llenar y estructurar la tierra está profundamente arraigado en todos los humanos, aunque ha sido profundamente pervertido y estropeado por los efectos de la caída.

Podríamos decir que este llamado general a toda la humanidad forma la base del llamado individual de cada persona, porque apunta a nuestro lugar único en la creación como la parte de la creación que está hecha a imagen de Dios. Cada persona es llamada por Dios a participar de este mandato cultural en una manera particular, y ese llamado incluye todas las formas en que una persona se relaciona con el mundo, incluyendo su trabajo, sus relaciones familiares, su participación en la iglesia, su participación política, etc. En cada una de estas áreas, el portador de Su imagen está llamado a participar en el programa mayor de hacer avanzar la vida en todo el mundo, una tarea que refleja la obra divina de Dios de sacar una creación próspera de lo que estaba «sin orden y vacía» (Gn 1:2). Este es el ámbito más amplio en el que se proyecta la vida individual. Como nuestros primeros padres en Génesis 1-2, todos participamos significativamente en la obra de llenar y sojuzgar la creación como viceregentes bajo la autoridad del soberano Rey Creador.

Ningún trabajo es demasiado pequeño como para no ser parte de este gran llamado universal. Algunas personas son llamadas a tareas que ocurren a gran escala o incluso a escala global, mientras que otras persiguen su llamado en una escala pequeña y local. Algunos llamamientos aparentemente pequeños tienen efectos inesperadamente enormes (me viene a la mente Mónica, la madre de Agustín de Hipona que oraba mucho). Todos los llamamientos tienen un valor trascendental porque los llamamientos humanos surgen de nuestra condición de portadores de la imagen de Dios. Esto incluye a los maestros formando los patrones de pensamiento de sus estudiantes en sus áreas de experiencia, a los oficiales de policía llevando el orden civil a sus jurisdicciones y a los plomeros poniendo en orden el flujo y uso del agua en una sociedad. Esto incluye a aquellos que trabajan en una línea de montaje fabricando instrumentos y maquinarias que cumplen una función en la sociedad humana.

El llamado actual del cristiano

Para los cristianos, existe una noción única y amplia de llamado. Como resultado de la caída de la humanidad, todas nuestras obras están bajo los efectos de la maldición y del alejamiento de Dios. Los seres humanos siguen estando hechos a la imagen de Dios, pero esa imagen está dañada como resultado de la rebelión pecaminosa de nuestros primeros padres en el jardín y de cada ser humano caído desde ese entonces. El hecho de que cualquiera que no esté en Cristo pueda seguir un llamado en su vida es un acto misericordioso de la gracia común de Dios. Sin embargo, aquellos que encuentran la salvación y la reconciliación con Dios a través de su unión con Jesucristo abordan el concepto del llamado desde la perspectiva de ser imágenes redimidas de Dios. Debido a su redención, ellos pueden verdaderamente glorificar a Dios en su vocación.

Los reformadores demostraron mucho este llamado universal en la vida cristiana. Para ellos, el llamamiento cristiano significaba que cada labor debía hacerse como un servicio al Señor y para Su gloria (Col 3:22-241 Co 10:31). Esto significa que el llamamiento cristiano no debe entenderse en términos jerárquicos, en los que el ministerio en la iglesia se considera un llamamiento sagrado en comparación con los llamamientos comunes a otros tipos de trabajos y actividades. Más bien, todas las vocaciones tienen el mismo valor en el Reino de Dios. Esta comprensión más amplia del llamamiento corrobora la noción bíblica de que cada aspecto de la vida humana, ya sea que uno sea rector o remachador, brinda la oportunidad de adorar a Dios. Después de todo, estamos llamados a amar a Dios con todo nuestro ser, con todo el corazón y con todo el esfuerzo personal que realicemos en el mundo (Dt 6:4-5).

Cuando los cristianos de hoy busquen comprender sus propios llamamientos, no deben esperar que pase como la extraordinaria experiencia de los profetas bíblicos, pero sí pueden encontrar en los relatos proféticos una analogía útil para su propio llamamiento. Al igual que los profetas bíblicos, los cristianos deben reconocer que su llamado proviene de Dios. Él es el que llama, aunque la voz divina puede ser difícil de discernir entre las muchas voces que parecen bombardearnos a cada momento. Por consiguiente, los cristianos deben asegurarse de sumergirse en oración en la Palabra de Dios para estar en sintonía con Su voluntad.

También debemos reconocer que nuestros llamamientos pueden cambiar. Los profetas Isaías y Ezequiel recibieron diferentes llamados en diferentes etapas de sus vidas, por lo que también debemos reconocer que nuestro llamado puede cambiar en el transcurso de nuestra vida a medida que surgen nuevas oportunidades y a medida que cambian los tiempos y las necesidades de las personas a nuestro alrededor.

Al discernir el llamado de Dios en sus vidas, los cristianos pueden aprender lecciones valiosas a través de los ejemplos que se encuentran en la Escritura.

Primero, el llamado de Dios en nuestra vida nos da la oportunidad de amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro ser (Dt 6:4-5); por lo tanto, Su llamado no puede requerir que pequemos. El llamamiento cristiano debe perseguirse como una expresión de nuestra fe en Dios, y podemos descartar cualquier posible llamamiento que solo pueda lograrse de manera pecaminosa, destructiva o sin fe.

En segundo lugar, Dios ama darle a Su pueblo los buenos dones del llamamiento (Sal 37:4Mt 6:28-337:11), por lo que los cristianos deben tener sus corazones alineados con nuestro llamamiento cristiano de manera que el llamado sea una extensión natural de sus deseos justos. Además, a medida que un cristiano persigue el llamado que Dios le ha dado, debe experimentar que sus deseos son moldeados por la tarea que Dios le ha encomendado. Esto no significa que la fatiga e incluso la frustración no aparecerán en algunas ocasiones, pero el creyente atento y arrepentido se fortalece en el llamado aun en medio de la oposición. A medida que persigue las cosas que naturalmente le encanta hacer, obtendrá una idea más clara de qué elementos le dan alegría y satisfacción. Los cristianos también deberían tener la expectativa de que sus afectos maduren y sean moldeados por el trabajo que hacen hasta que comiencen a encontrar gozo incluso en trabajos que antes no les satisfacían.

En tercer lugar, Dios moldea a Su pueblo para sus llamados (Jer 1:5). La mayoría de las ocupaciones de esta vida implican algún conjunto de habilidades que se deben realizar correctamente. Algunas vocaciones solo requieren habilidades rudimentarias, mientras que otras requieren años, incluso décadas, de entrenamiento. Los dones personales difieren del conjunto de habilidades en que, por lo general, los dones no se pueden adquirir a través de un entrenamiento en el futuro. Los dones naturales y espirituales también pueden guiar el proceso de discernimiento. Algunos cristianos son maestros natos, mientras que otros tienen el don de animar o cuidar de los demás. Todos los cristianos deben esforzarse por exhibir todos los dones a medida que surjan situaciones, pero la Escritura indica que algunos cristianos por gracia están más inclinados a un don que a otro (Rom 12:6-8). Al igual que con todos los dones de Dios, estamos llamados a ser buenos mayordomos, invirtiendo nuestros dones en los llamamientos en que mejor puedan ser ejercitados.

Una palabra de advertencia de los profetas: el Señor ama mostrar Su poder en nuestra debilidad. Moisés padecía de algún tipo de impedimento en el habla, pero fue elegido para ser el portavoz de Dios (Ex 4:10). Los labios inmundos de Isaías recibieron un mensaje de santidad y juicio contra el pueblo (Is 6:5). Jeremías pudo haber pensado que era demasiado joven para ser profeta (Jer 1:6). Pablo se consideraba a sí mismo el primero de los pecadores por su persecución a la Iglesia (1 Tim 1:15). A veces, un cristiano es llamado a una tarea que parece tan irracional que Dios tiene que estar en ella para que logre éxito alguno.

Cuarto, el llamamiento cristiano es un servicio a Dios y a los demás. Si una persona persigue un llamado con fines egoístas u opresivos, tal llamado no glorifica a Dios. William Perkins escribe: «El verdadero fin de nuestra vida es servir a Dios sirviendo al hombre». Nuestro amor al prójimo debe fluir naturalmente de nuestro amor por Dios (Lv 19:18Mt 22:38-39), y nuestra unión con Cristo debe orientar nuestra ética personal para que estemos inclinados a ayudarles aunque resulte en nuestra propia desventaja (Flp 2:1-11).

Finalmente, el llamamiento cristiano no es algo secreto o místico esperando ser revelado. Cuando Dios llama a Su pueblo, los llama a responder al mundo que los rodea aplicando la enseñanza de la Palabra de Dios con mentes racionales para discernir a qué pueden ser llamados en un momento o situación determinados. Como se mencionó anteriormente, el llamamiento humano puede desarrollarse y madurar a lo largo de la vida. Una persona puede graduarse de la universidad con la idea particular de un llamado que cambiará varias veces a lo largo de su vida. Este cambio no significa que haya sido desobediente o de alguna manera ignorante al llamado de Dios en su vida.

Un llamado no puede salvar a una persona de su pecado ni hacer que esté bien con Dios, pero el llamado es la preocupación natural de aquellos que han sido salvos. De muchas maneras, el tema de la vocación cristiana aborda para qué es salva una persona en particular. El teólogo holandés Herman Bavinck escribe: «El verdadero cumplimiento de nuestra vocación terrenal es exactamente lo que nos prepara para la salvación eterna, y enfocar nuestra mente en las cosas de arriba nos equipa para la satisfacción genuina de nuestros deseos terrenales». Al perseguir el llamado de Dios en esta vida, nos preparamos para la eternidad. Al mantener la eternidad siempre ante nosotros, encontramos satisfacción significativa cada día.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Scott Redd
Scott Redd

El Dr. Scott Redd es presidente y profesor asociado de Antiguo Testamento en el Reformed Theological Seminary en Washington, D.C. Es el autor de The Wholeness Imperative [El imperativo de la totalidad].

La gracia debe ser gratuita

Soldados de Jesucristo

Septiembre 09/2021

Solid Joys en Español

La gracia debe ser gratuita

John Piper

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El agua de la roca: La ira de Moisés (2)

Jueves 9 Septiembre

Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.Efesios 4:31-32

El agua de la roca: La ira de Moisés (2)

Éxodo 17: 1-7Números 20: 8-11

Estando todavía en el desierto, el pueblo habló nuevamente contra Moisés porque no había agua. Pero Dios cuidaba a la multitud y quería darle de beber. Entonces dijo a Moisés: “Hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua”. Esta vez Moisés debía hablar a la roca. No era necesario golpearla una segunda vez. Jesucristo “padeció una sola vez por los pecados” (1 Pedro 3:18); no era necesario repetir su muerte. ¿Qué hizo Moisés? El pueblo lo había irritado y acusado sin razón. Entonces se enojó y levantó la voz: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas”. No dio la gloria a Dios; procedió como si fuesen él y Aarón quienes hicieron salir el agua. Con ira golpeó la peña dos veces.

A veces perdemos el control de nosotros mismos. Por ejemplo, un hijo, un compañero de trabajo o un vecino nos provoca con su actitud. El tono sube… y hay comportamientos que después lamentamos. En privado, Dios castigó a Moisés por haber actuado de esa manera; pero frente a la multitud, ¿los privaría del agua? No, pues la gracia de Dios y su paciencia no tienen límite. La roca, aunque no tenía que ser golpeada, dio su agua.

Si la ira nos llevó a decir palabras o a tener comportamientos inapropiados, confesémoslos a Dios y a las personas ofendidas. Su gracia viene al encuentro de nuestra debilidad. Su amor es inagotable. El agua fluye y nos refresca.

2 Crónicas 25 – 1 Corintios 15:1-28 – Salmo 104:19-26 – Proverbios 22:29

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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