Alimentemos El Alma
Serie: El Evangelismo Y La SoberanĆa De Dios
J.I. Packer
CapĆtulo IV
La soberanĆa divina y el evangelismo
Comenzamos este capĆtulo con un resumen de lo que hemos aprendido acerca del evangelismo.
El evangelismo es una tarea encomendada a todo el pueblo de Dios en todas partes del mundo. Es la obra de comunicar el mensaje del Creador a la humanidad rebelde. El mensaje comienza con información y termina con una invitación. La información se trata de cómo Dios dio a Su Hijo unigĆ©nito a los pecadores como Salvador perfecto. La invitación es el llamamiento de Dios a la humanidad para venir al Salvador y hallar vida eterna. Dios exige el arrepentimiento de todos los hombres en todas partes del mundo, y en cambio les promete perdón y restauración. El cristiano es mandado al mundo como el pregonero de Dios y el embajador de Cristo para anunciar este mensaje. Esto es tanto su deber (porque Dios lo ordena y el amor al prójimo lo requiere) como su privilegio (porque es una gran maravilla hablar para Dios y llevar a nuestro prójimo la Ćŗnica solución a su problema espiritual). Nuestra tarea es, por lo tanto, ir a toda la humanidad y proclamarles el evangelio de Cristo; debemos explicarlo de la manera mĆ”s clara y concisa posible; debemos remover toda inconsistencia y dificultad que ellos encuentran en Ć©l; debemos exponerlo con seriedad; debemos advertirles que es una cuestión de urgencia y sugerirles que respondan a ella. Ćsta es nuestra responsabilidad; es un componente bĆ”sico de nuestro llamamiento cristiano.
Ahora llegamos a la pregunta que nos ha amenazado desde el comienzo de este libro. ĀæCuĆ”les son las implicaciones de esto en cuanto a la soberanĆa de Dios?
Vimos anteriormente que la soberanĆa divina es una de las verdades antinómicas en el pensamiento bĆblico. El Dios de la Biblia es el SeƱor y Legislador de Su mundo, es el Rey y el Juez del hombre. Por consiguiente, si hemos de ser bĆblicos en nuestro pensamiento, tenemos que afirmar la soberanĆa divina y la responsabilidad humana juntos e inequĆvocamente. El hombre es, sin duda, responsable ante Dios, pues Dios le da Su Ley y lo juzga por sus acciones de acuerdo a la misma. A Dios tambiĆ©n le pertenece la soberanĆa sobre el hombre, pues Ćl controla y ordena todos los acontecimientos humanos de la misma manera que controla y ordena todo lo que sucede en Su universo. Entonces, la responsabilidad humana y la soberanĆa de Dios son reales e incontrovertibles.
El apóstol Pablo, en una epĆstola breve, nos obliga a ver esta antinomia cuando habla de la voluntad, thelema, de Dios ligado a la contradicción aparente en estas dos maneras que el Creador se relaciona con Su criatura. En los capĆtulos cinco y seis de Efesios, Ć©l desea que sus lectores sean āentendidos de cuĆ”l sea la voluntad del SeƱorā y ācomo siervos de Cristo haciendo de Ć”nimo la voluntad de Dios.ā La voluntad de Dios como Legislador es que el hombre conozca la Ley y que la obedezca. Pablo escribe a los tesalonicenses: āPorque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartĆ©is de fornicación.ā Sin embargo, en el primer capĆtulo de Efesios, Pablo habla de cómo Dios habĆa escogido a Ć©l y a todos los cristianos desde antes de la fundación del mundo āsegĆŗn el puro afecto de Su voluntad.ā Luego dice que la intención de reunir todas las cosas en Cristo es āel misterio de Su voluntad.ā TambiĆ©n dice, āEn Ćl digo, en quien asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas segĆŗn el consejo de Su voluntad.ā Es obvio que aquĆ la āvoluntadā de Dios es Su propósito eterno para con los hombres; Su voluntad como el SeƱor soberano del mundo. Ćsta es la voluntad que se cumple con todo lo que se lleva a cabo āincluyendo el pecado del hombre. Anteriormente se distinguĆa entre la voluntad de Dios como precepto y Su voluntad como propósito. La anterior es la declaración pĆŗblica de Dios en cuanto a lo que Ćl espera del hombre, y la Ćŗltima es lo que Ćl mismo harĆ” (esta voluntad es oculta). La distinción es entre la Ley de Dios y Su plan. La anterior le dice al hombre lo que debe ser, y la Ćŗltima le dice lo que serĆ”. Ambos aspectos de la voluntad de Dios son hechos incontrovertibles, pero la manera en que se relacionan dentro de la mente de Dios no estĆ” al alcance del entendimiento de nuestras mentes finitas. Ćsta es una de las razones por la cual decimos que Dios es incomprensible.
Todo ocurre bajo el dominio de Dios, Ćl ha fijado el porvenir con Su decreto y ya ha decidido quiĆ©n serĆ” salvo y quiĆ©n perecerĆ”. Ahora la pregunta es: ĀæquĆ© relación tiene esto con nuestra responsabilidad de evangelizar?
Muchos cristianos en nuestros dĆas estĆ”n perplejos frente a la pregunta. Hay algunos que han aceptado la soberanĆa de Dios de la manera incalificable e incontrovertible en que la Biblia la enseƱa. Estos se enfrentan ahora con unos mĆ©todos evangelĆsticos, heredados de sus antepasados, que necesitan modificación para hallar armonĆa plena con la soberanĆa de Dios. Dicen que estos mĆ©todos fueron inventados por los que no creĆan en la soberanĆa absoluta de Dios. ĀæNo es eso razón suficiente para rechazarlos? Los que no estĆ”n tan convencidos de la verdad doctrinal, los que no la toman en serio, creen que esta nueva preocupación pondrĆ” fin al evangelismo. Creen que quitarĆ” el sentido de urgencia necesario para un evangelismo eficaz. SatanĆ”s, claro estĆ”, harĆ” todo lo posible para impedir el evangelismo y para dividir a los cristianos; por lo tanto, tienta al primer grupo para que sean desconfiados y cĆnicos en la cara de cualquier empeƱo evangelĆstico, y al segundo grupo los tienta para que pierdan la cabeza en un pĆ”nico y una alarma extrema. A ambos los tienta para que sean presumidos, jactanciosos y amargados, mientras se critican el uno al otro. Ambos grupos necesitan cuidarse de las trampas del diablo.
La pregunta exige una respuesta y lo exige ahora mismo. De la misma Biblia surgió el problema (pues enseña la relación antinómica de Dios con el hombre), asà que la solución la buscaremos en la Biblia también.
La respuesta bĆblica se puede expresar en dos proposiciones, una negativa y otra positiva.
1. La soberanĆa de la gracia de Dios no afecta en nada lo que hemos dicho sobre la naturaleza y la responsabilidad del evangelismo
El principio empleado en este caso es que la regla de nuestro deber y la medida de nuestra responsabilidad son reveladas en la voluntad de precepto de Dios, y no ocultadas en la voluntad de propósito. Tenemos que ordenar nuestras vidas a la luz de Su Ley y no a nuestras adivinanzas acerca de Su plan. MoisĆ©s aclaró este principio cuando terminó enseƱando la Ley, el desafĆo y las promesas de Dios a Israel. āLas cosas secretas pertenecen a JehovĆ” nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.ā Las cosas que Dios no ha revelado (como el nĆŗmero y la identidad de los elegidos, y cuĆ”ndo los piensa convertir) no tienen nada que ver con el deber del hombre. No tienen lugar en la interpretación de cualquier parte de la Ley de Dios. Ahora bien, el mandato de evangelizar es parte de la Ley de Dios; pertenece a la voluntad revelada de Dios para Su pueblo. Por lo tanto, nuestras especulaciones acerca de Su voluntad oculta en cuanto a la elección y el llamamiento no pueden cambiar o invalidar la Ley de Dios. Podemos contar con que (en las palabras del ArtĆculo XVII de la Iglesia de Inglaterra) Dios āha constantemente (decisivamente y con firmeza) decretado por Su consejo que nos es oculto rescatar de la muerte y la maldición todos aquellos que Ćl ha escogido en Cristo de la humanidad, y por Cristo les darĆ” la salvación eterna como vasijas hechas para honrar.ā Pero esto no nos ayuda en determinar la tarea evangelĆstica, y tampoco tiene importancia en cuanto a nuestro deber de evangelizar universalmente e indiscriminadamente. La doctrina de la soberanĆa de la gracia de Dios no tiene implicaciones en estos asuntos.
Por lo tanto, podemos decir:
(a) La creencia que Dios es soberano en Su gracia no afecta la necesidad del evangelismo. No importa lo que creamos acerca de la elección, el evangelismo siempre es y siempre ha sido necesario, pues nadie serĆ” salvo sin el evangelio. Pablo dice, āPorque no hay diferencia de judĆo y de griego; porque el mismo que es SeƱor de todos, rico es para todos los que le invocan: Porque todo aquel que invocare el nombre del SeƱor, serĆ” salvo.ā SĆ, pero el que no invoca al SeƱor no serĆ” salvo, y tiene que haber un cierto conocimiento de Ćl antes de poder invocarlo. AsĆ que Pablo continĆŗa diciendo, āĀæCómo, pues, invocarĆ”n a aquel en el cual no han creĆdo? ĀæY cómo creerĆ”n a aquel de quien no han oĆdo? ĀæY cómo oirĆ”n sin haber quien les predique?ā Hay que decirles de Cristo antes de que puedan confiar en Ćl, y tienen que confiar en Ćl antes de que puedan ser salvos por Ćl. La salvación depende de la fe y la fe de conocer el evangelio. Dios salva a los pecadores llevĆ”ndoles a la fe por medio de su contacto con el evangelio. De la manera que Dios organizó las cosas, el evangelismo es necesario si alguno ha de ser salvo.
Debemos darnos cuenta de que cuando Dios nos manda a evangelizar, nos estĆ” usando para cumplir Su propósito eterno de salvar a los elegidos. El hecho de que tiene un propósito inalterable no quiere decir que nuestros esfuerzos evangelĆsticos no se necesiten para cumplirlo. La parĆ”bola de nuestro SeƱor dice, āun hombre rey, que hizo bodas a su hijo; y envió sus siervos para que llamasen a los llamados a la bodaā āy saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos: y las bodas fueron llenas de convidados.ā112 Es de la misma manera y por medio de semejante acción de los siervos de Dios que los elegidos vienen a la salvación que el Redentor les ha ganado.
(b) La creencia que Dios es soberano tampoco afecta la urgencia del evangelismo. Los hombres sin Cristo estĆ”n perdidos e irĆ”n al infierno, sea la que sea nuestra opinión sobre la predestinación. āOs digo; antes si no os arrepintiereis, todos perecerĆ©is igualmente⦠Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos perecerĆ©is asimismo.ā Y los que somos de Cristo tenemos que ir y decirles de Ćl ādel Ćŗnico que los puede salvar de la perdición. La necesidad de aquellos es urgente, y por lo tanto nuestra tarea evangelĆstica es una de urgencia. Si usted conociera a un hombre dormido dentro de un edificio en llamas, usted pensarĆa que es urgente advertirle del peligro en que estĆ”; usted intentarĆa rescatarlo. El mundo estĆ” lleno de personas que no saben que estĆ”n mal con Dios y condenados por Su ira. ĀæNo es esta situación de tanta urgencia como la anterior? ĀæNo lo tratarĆamos de rescatar?
Nunca debemos de usar la excusa de que si no son elegidos, no nos escucharĆ”n como quiera y todos nuestros esfuerzos serĆ”n en vano. Esto es cierto, pero no nos interesa y no debe afectar nuestro ministerio. En primer lugar, no es correcto rehusar hacer el bien sólo porque creemos que no nos serĆ” agradecido. En segundo lugar, los elegidos y no-elegidos de este mundo son anónimos en nuestras mentes. Sabemos que existen pero no sabemos, ni podemos saber, quiĆ©nes son y tratando de adivinar es fĆŗtil e impĆo. La identidad de los no-elegidos es una de las ācosas ocultasā de Dios y no nos es dado la capacidad mental ni el privilegio moral de saberlo. En tercer lugar, como cristianos estamos llamados a amar no sólo a los elegidos, sino a nuestro prójimo, ya sean elegidos o no. Ahora, la naturaleza del amor es hacer bien y saciar necesidad. Si nuestro prójimo es un inconverso, debemos mostrarle nuestro amor compartiendo con Ć©l las buenas nuevas que necesita para salvarse de la perdición. Es por eso que encontramos a Pablo, āamonestando a todo hombre, y enseƱando en toda sabidurĆa, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo JesĆŗs.ā No lo hizo sólo porque era apóstol, sino porque todo hombre era su prójimo. La medida de la urgencia del evangelismo es, por lo tanto, la necesidad de nuestro prójimo y el peligro en que estĆ”.
(c) La creencia que Dios es soberano en su gracia no afecta lo genuino de la invitación ni la verdad de las promesas del evangelio. En el evangelio Dios promete justificación y vida a todo aquel que cree. āPorque todo aquel que invocare el nombre del SeƱor, serĆ” salvo.ā Dios ordena que todo hombre se arrepienta, de la misma manera los invita a todos a que vengan a Cristo y encuentren allĆ la misericordia y la vida eterna. La invitación es para todos los pecadores; no sólo para los pecadores reformados o para aquellos cuyos corazones sienten una tristeza mĆnima por sus transgresiones, pero para todos. El himno lo expresa de una manera muy clara:
No dejes que la conciencia te demore
Ni soƱar de la aptitud
Pues la aptitud que Ćl requiere
Es sentir tu necesidad de Ćl.
Que la invitación es libre e ilimitada āPecadores JesĆŗs recibirĆ” (el tĆtulo de un libro fantĆ”stico por Juan Bunyan)ā es la gloria del evangelio como revelación de la gracia divina.
En la comunión de la Iglesia de Inglaterra, primero la congregación confiesa sus pecados a Dios con unas palabras agudas (ānuestros numerosos pecados y desdichasā¦provocando justificablemente su iraā¦la carga de ellos es intolerable. Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotrosā). Luego, el ministro alza sus manos y proclama las promesas de Dios.
āOigan las palabras de consuelo que nuestro Salvador Jesucristo dice a todos que verdaderamente vienen a Ćl.ā
āVenid a mĆ todos los que estĆ”is trabajados y cargados, que yo os harĆ© descansar.ā
āPorque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigĆ©nito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.ā
āOigan tambiĆ©n lo que ha dicho San Pablo.ā
āPalabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.ā
āOigan tambiĆ©n lo que ha dicho San Juan.ā
āHijitos mĆos, estas cosas os escribo, para que no pequĆ©is; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.ā
ĀæPor quĆ© son estas palabras de tanto consuelo? Porque son las palabras de Dios y son la verdad. Estas palabras son la esencia del evangelio. Son promesas y garantĆas en que los cristianos que vienen a la cena del SeƱor deben confiar. Son las palabras que confirman el sacramento. ExamĆnelas cuidadosamente; examine primero la sustancia. El objeto de la fe que representan no es sólo ortodoxia, ni es sólo la verdad de la muerte expiatoria de Cristo, es mucho mĆ”s. Es el Cristo viviente en SĆ, el Salvador perfecto de los pecadores, aquel que carga consigo toda la virtud de Su obra completada en la cruz. āVenid a mĆ,ā Ćl ha pagado todos nuestros pecados. Estas promesas guĆan nuestra confianza, no al crucifijo sino a Cristo crucificado; no a la obra abstracta sino a aquel que la realizó. FĆjense que las promesas son universales. Se ofrecen a todos los necesitados, a todos los que āverdaderamenteā lo necesitan, a todo hombre que alguna vez haya pecado. A ninguno le es negada la misericordia, pero muchos la rechazan con impenitencia e incredulidad.
Algunos piensan que las doctrinas de la elección y de la condenación eterna implican la posibilidad de que algunos que desean a Cristo serĆ”n negados por no estar entre los elegidos. Sin embargo, las palabras de consuelo en el evangelio excluyen esta posibilidad. Pues nuestro SeƱor afirmó en tĆ©rminos enfĆ”ticos y categóricos, āTodo lo que el Padre me da, vendrĆ” a mĆ; y al que a mĆ viene, no le echo fuera.ā
Es verdad que Dios ha elegido desde la eternidad a los que salvarĆ”. Es verdad que Cristo vino exclusivamente a salvar aquellos que el Padre le habĆa dado. Pero tambiĆ©n es verdad que Cristo se ofrece gratuitamente a todos los hombres como su Salvador, y garantiza llevar a la gloria todos los que confĆen en Ćl. FĆjense en cómo Ćl yuxtapone los dos conceptos en el siguiente pasaje.
āPorque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió. Y Ć©sta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el dĆa postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Ćl, tenga vida eterna; y yo le resucitarĆ© en dĆa postrero.ā āTodo lo que me ha dadoā en este contexto es la tarea salvadora de Cristo en tĆ©rminos de todos los elegidos, a quienes vino especĆficamente a salvar. āTodo aquel que ve al Hijo, y cree en Ćlā se refiere a la tarea salvadora de Cristo en tĆ©rminos de toda la humanidad, a quien se ofrece sin distinción y salvarĆ” a los que creen en Ćl. En estos versĆculos las dos verdades se afirman al mismo tiempo y en el mismo respecto, y asĆ debe ser. Las dos van juntas. Caminan de mano en mano. Una no hace dudosa la otra. Una no excluye la otra. Cristo quiere decir lo que ha dicho, ya sea cuando salva a todos que creen en Ćl o cuando salva a los que el Padre le ha dado.
John Owen, un puritano que escribió a favor de la elección incondicional y la expiación limitada, se dirige al incrédulo de la siguiente manera.
āConsideren la condescendencia y el amor infinito de Cristo. Ćl les invita y les llama para que vayan a Ćl y encuentran vida, liberación, misericordia, gracia, paz y salvación eterna⦠En la declaración y la predicación de ellos, Jesucristo se enfrenta a los pecadores llamĆ”ndolos, invitĆ”ndolos y urgiĆ©ndolos que vengan a Ćl.ā
āLa palabra que Ćl les dirige es Ć©sta: ĀæPor quĆ© morirĆ”s? ĀæPor quĆ© perecerĆ”s? ĀæPor quĆ© no tendrĆ”s compasión por tu alma? ĀæSerĆ” duro tu corazón y fuerte tus manos en el dĆa de la ira que vendrĆ”?⦠Mira hacia mĆ y serĆ”s salvo; ven a mĆ y te quitarĆ© la carga de los pecados, las tristezas, los temores, las cargas y harĆ© descansar a tu alma. Ven, te suplico; pon a un lado la desidia; no me rechaces mĆ”s; la eternidad llama a tu puerta⦠odiĆ”ndome perecerĆ”s, mas aceptĆ”ndome serĆ”s liberado.ā
āEstas y cosas semejantes declara, proclama, suplica y urge al SeƱor Jesucristo a las almas de los pecadores⦠Lo hace con la predicación de la Palabra, como si estuviese presente con ustedes y hablara personalmente a cada uno de ustedes⦠Ćl ha encomendado a los ministros para que se paren delante de ustedes y tratarles como si Ćl estuviera tratando con ustedes. Ellos les invitarĆ”n de la misma manera que Ćl les invitó, 2 Corintios 5:19ā20.ā
La invitación de Cristo es la Palabra de Dios. Es verdad. Es una invitación genuina. Y se ha de presentar al incrĆ©dulo de tal manera. Nada de lo que creemos de la soberanĆa de Dios en su gracia afecta esto.
(d) La creencia de que Dios es soberano en su gracia no afecta la responsabilidad del pecador por su respuesta. Alguien que rechaza a Cristo se muere a causa de su propia condenación. No creer en la Biblia lleva consigo la culpabilidad y nadie podrĆ” excusarse simplemente porque no fueron elegidos. La vida eterna se le ofreció al incrĆ©dulo y la podrĆa haber tenido si no la hubiera rechazado. El incrĆ©dulo, y nadie mĆ”s, es responsable por su rechazo de la salvación y ahora Ć©l tendrĆ” que sufrir las consecuencias. El Obispo J. C. Ryle escribe, āEs un principio fundamental en toda la Escritura que el hombre puede perder su propia alma, y que si Ć©l estĆ” perdido es por su propia culpa, y su sangre mancharĆ” sólo su propia cabeza. La misma Biblia inspirada que revela la doctrina de la elección es la Biblia que contiene la palabras, āĀæPor quĆ© morirĆ©is, casa de Israel?ā āāY no querĆ©is venir a mĆ, para que tengĆ”is vida.ā122ā āY esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron mĆ”s las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas.ā La Biblia nunca dice que los pecadores no irĆ”n al cielo porque no son elegidos, sino dice que no irĆ”n porque han rechazado la gran salvación, y porque rehĆŗsan arrepentir y creer. En el juicio final, no es la elección de Dios que aniquila las almas de los hombres, sino es su propia pereza, su amor al pecado, su incredulidad y su rechazo de Cristo.ā124 Dios le da al hombre lo que el hombre ha escogido y no lo opuesto a lo que escogen. Aquellos que escogen la muerte morirĆ”n. La doctrina de la soberanĆa divina no afecta la responsabilidad humana.
Veamos ahora la segunda proposición positiva.
2. La soberanĆa de Dios en su gracia nos da la Ćŗnica esperanza de tener Ć©xito en el evangelismo
Algunos temen que la creencia en la soberanĆa de Dios tiene como consecuencia lógica la inutilidad del evangelismo, pues Dios salvarĆ” a sus elegidos aunque oigan o no el evangelio. Ya hemos visto que esto es una conclusión falsa basada en una premisa invĆ”lida. La verdad es totalmente opuesta a esta conclusión. En vez de hacerlo inĆŗtil, la soberanĆa de Dios es la Ćŗnica cosa que lo hace Ćŗtil. Con ella hay la posibilidad, es mĆ”s, la certeza de que el evangelismo serĆ” fructuoso. Si no fuera por la gracia soberana de Dios, el evangelismo serĆa uno de los empeƱos mĆ”s inĆŗtiles en el mundo, y proclamar el evangelio cristiano serĆa sólo una gran pĆ©rdida de tiempo.
¿Por qué es esto? Por la incapacidad espiritual del hombre pecaminoso. Dejemos que Pablo, el evangelista de evangelistas, nos explique esto.
Pablo dice que el hombre caĆdo tiene una mente ciega y por eso no puede comprender las verdades espirituales. āMas el hombre animal no percibe las cosas que son del EspĆritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender porque se han de examinar espiritualmente.ā El hombre caĆdo tambiĆ©n tiene una naturaleza perversa y depravada. āPor cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede. AsĆ que, los que estĆ”n en la carne no pueden agradar a Dios.ā En ambos pasajes Pablo afirma dos cosas distintas en cuanto al hombre caĆdo y su relación a la verdad de Dios, y hay un paralelismo del progreso del pensamiento en ambos casos. Primero, Pablo seƱala el fracaso del hombre carnal. Pues Ć©l āno recibe las cosas de Diosā y āno estĆ” sujeto a la Ley de Dios.ā A continuación, Pablo interpreta una afirmación a base de la otra. Es decir, el fracaso es una necesidad natural, es cierto e inevitable, y es universal e inalterable, pues es inherente en la misma naturaleza del hombre. āNo las puede entender.ā Ni tampoco puede.ā El hombre, desde AdĆ”n, no puede entender las realidades espirituales ni tampoco puede obedecer la Ley de Dios. Enemistad contra Dios es la ley de su naturaleza. Su instinto le dice que debe evadir, negar e ignorar la verdad de Dios; le dice que debe jactarse de Ć©l y desobedecer Su Ley ā sĆ, y cuando oye el evangelio su instinto le dice que lo debe rechazar y que debe rebelarse contra Ćl. Este es el tipo de persona que Ć©l es. Pablo dice que Ć©l esta āmuerto en sus delitos y pecados.ā EstĆ” totalmente incapacitado para reaccionar al evangelio de una manera positiva. Es sordo a la voz de Dios. Es ciego a su revelación. Es impermeable a su aliciente. Si usted le habla a un cadĆ”ver, nunca le va a responder; el hombre estĆ” muerto. Cuando la Palabra de Dios se proclama a los pecadores tampoco hay respuesta, pues ellos tambiĆ©n estĆ”n muertos en sus delitos y pecados.
Esto no es todo. Pablo nos dice que SatanĆ”s siempre estĆ” tratando de inmovilizar al hombre en su estado natural. āEn que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo, conforme al prĆncipe de la potestad del aire, el espĆritu que ahora obra en los hijos de desobediencia.ā AsĆ, SatanĆ”s se asegura que el hombre no obedezca la Ley de Dios. āEn los cuales el dios de esto siglo cegó los entendimientos de los incrĆ©dulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.ā129 Ya vemos que hay dos barreras al evangelismo eficaz: la primera es el impulso natural e irresistible del hombre de oponerse a Dios, y la segunda es la el pastoreo asiduo de SatanĆ”s a los hombres en sus pecados y en su desobediencia.
ĀæCuĆ”les son las implicaciones de esto para el evangelismo? La implicación es que el evangelismo, como lo hemos descrito, no puede tener Ć©xito. No importa el grado de claridad y eficacia que empleemos en proclamarlo, no hay ninguna esperanza de convencer, y mucho menos convertir, al hombre. ĀæPodremos con nuestro propio poder sacar al hombre de las garras de SatanĆ”s? No. ĀæAcaso podemos dar vida a los muertos? Tampoco. ĀæTenemos alguna esperanza de convencer a los pecadores de la verdad del evangelio con nuestra propia razón? Claro que no. ĀæPodemos esperar que el hombre obedezca el evangelio por las palabras que decimos? No. Si no nos hemos enfrentado con este hecho, nuestro evangelismo no es irealista. Cuando un maestro quiere enseƱar matemĆ”tica o gramĆ”tica a los niƱos y ellos simplemente no entienden, Ć©l se anima con la realidad de que eventualmente entenderĆ”n, y por lo tanto sigue tratando. Podemos acudir a nuestra paciencia si la posibilidad de alcanzar el Ć©xito es real. Pero en el caso del evangelismo no existe tal posibilidad. Como una obra humana el evangelismo es imposible. Por definición no puede producir el efecto deseado. Podemos predicar con claridad, con fluidez y con gracia; podemos desafiar a nuestros amigos; podemos organizar grandes campaƱas y avivamientos, repartir folletos, colgar letreros y anunciar por todos lados, pero nunca habrĆ” la mĆ”s mĆnima posibilidad de ganar una sola alma para Cristo. Si no hay otro ingrediente, algo mucho mĆ”s poderoso que nuestro propio afĆ”n, toda obra evangelĆstica fracasarĆ”. Nos tenemos que enfrentar con esta realidad.
Es aquĆ donde veo una tremenda falla en el evangelismo de hoy. Parece que todos estĆ”n de acuerdo en que nuestro evangelismo no estĆ” de lo mĆ”s saludable, pero hay mucho desacuerdo en cuanto a la naturaleza del malestar y cómo curarlo. Algunos creen que el problema es el avivamiento de la doctrina de la soberanĆa de Dios āuna doctrina que tiene implicaciones enfĆ”ticas para la elección incondicional y la expiación limitada. Ellos sugieren que la solución del problema se encuentra en el abandono de estas doctrinas. Sin embargo, algunos de los evangelistas mĆ”s grandes del pasado han abrazado estas doctrinas. Por lo tanto, el diagnóstico no puede ser muy astuto ni la solución muy eficaz. Es mĆ”s, parece que el evangelismo habĆa sufrido su gran caĆda entre las dos guerras mundiales, es decir, mucho antes del avivamiento de esta doctrina. Otros, como ya hemos mencionado, creen que el problema estĆ” en las reuniones inter-denominacionales e impersonales que han surgido a la escena en los Ćŗltimos aƱos. Pero esto tampoco es obvio. Yo creo que la raĆz del problema es mucho mĆ”s profunda que estos diagnósticos suelen indicar. Sospecho que la razón por este malestar evangelĆstico es una neurosis de la desilusión, un fallo desconocido del Ć”nimo, que surgió del rechazo de considerar el evangelismo antropocĆ©ntrico imposible. PermĆteme explicar.
Por mĆ”s de un siglo, los cristianos evangĆ©licos han considerado el evangelismo una actividad especial que debe ocurrir en intervalos rĆ”pidos y agudos (como āmisionesā y ācampaƱasā) y, para tener Ć©xito, necesitaban una tĆ©cnica distintiva, tanto en la predicación como en el evangelismo personal. Muy temprano en la evolución de este concepto, los evangĆ©licos comenzaron a pensar que si el evangelismo iba a tener Ć©xito habĆa que orar por Ć©l y administrarlo correctamente (ej. si se usaba la tĆ©cnica distintiva). Esto se debe al Ć©xito que tuvieron evangelistas como Moody, Torrey, Haslam y Aitken con sus campaƱas. Pero debemos entender que el Ć©xito que tuvieron estos grandes evangelistas no fue debido a su organización moderna, sino a la gran obra que Dios habĆa realizado en Inglaterra en aquella Ć©poca. Aun en ese perĆodo, las primeras misiones usualmente tenĆan mĆ”s Ć©xito que las segundas, y las segundas que las terceras. Pero durante los Ćŗltimos cincuenta aƱos, cuando el mundo se estĆ” secularizando mĆ”s y mĆ”s, hemos visto una declinación drĆ”stica en los frutos del evangelismo. Esta declinación nos ha enervado.
ĀæPor quĆ© nos ha enervado? Porque no estĆ”bamos preparados. HabĆamos formulado el evangelismo de tal manera que la buena organización mĆ”s la tĆ©cnica distintiva equivalĆan a resultados inmensos. HabĆamos creĆdo que la poción mĆ”gica se hacĆa con una reunión especial, un coro, un solista y un predicador especial, de renombre quizĆ”. EstĆ”bamos seguros de que la fórmula y la poción mĆ”gica darĆan vida a cualquier iglesia, pueblo o misión que estaba muerta. Muchos de nosotros todavĆa creemos esto. Nos aseguramos el uno al otro que asĆ es, y seguimos haciendo nuestros planes a base de ello. Pero en nuestros corazones estamos desilusionados, desanimados y aprensivos. HabĆa un tiempo cuando pensĆ”bamos que el evangelismo bien-organizado aseguraba Ć©xito, pero ahora tememos que cada vez que intentemos fracasarĆ”, pues ha fracasado tantas veces en el pasado. Ahora no nos resta nada, pues sólo supimos evangelizar de una manera. No queremos admitir esto a nosotros mismos y, por lo tanto, echamos nuestro temor por la ventana, pero vuelve por la puerta con una venganza en la forma de la desilusión y la neurosis paralizante. Nuestro evangelismo, entonces, se convierte en una rutina meticulosa y aburrida. En fin, nuestro problema es que dudamos de la utilidad de nuestros esfuerzos.
ĀæPor quĆ© tenemos estas dudas? Porque hemos sido desilusionados. ĀæCómo hemos sido desilusionados? Por el fracaso continuo de las tĆ©cnicas evangelĆsticas en los cuales confiĆ”bamos. ĀæCuĆ”l es el remedio de nuestra desilusión? Primero, debemos admitir que estĆ”bamos equivocados en pensar que cualquier tĆ©cnica en sĆ pudiera garantizar resultados; segundo, debemos reconocer que la naturaleza depravada del hombre es razón suficiente para que nuestros esfuerzos evangelĆsticos sean estĆ©riles; tercero, debemos recordar que estamos llamados a ser fieles y no a tener Ć©xito; y cuarto, debemos aprender a dejar los resultados de nuestro esfuerzo a la gracia omnipotente de Dios.
Dios hace lo que el hombre no puede hacer. Dios, por medio de su EspĆritu, obra en el corazón del hombre pecaminoso para llevarlos a la fe y al arrepentimiento. La fe es un regalo de Dios. Pablo escribe a los filipenses, āPorque a vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creĆ”is en Ćl, sino tambiĆ©n que padezcĆ”is por Ćl.ā Y a los efesios dice, āPorque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.ā AsĆ tambiĆ©n, el arrepentimiento nos es dado por Dios. Pedro le dijo al SanedrĆn, āA Ćste ha Dios ensalzado con su diestra por PrĆncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados.ā Cuando la Iglesia de JerusalĆ©n oyó que Pedro habĆa sido mandado a evangelizar a Cornelio, y que Cornelio habĆa sido llevado a la fe, dijeron: āEntonces, oĆdas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: De manera que tambiĆ©n a los Gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.ā Nosotros no podemos hacer que los pecadores se arrepientan y crean en JesĆŗs, sino es Dios quien obra fe y arrepentimiento en el corazón del hombre por medio de Su EspĆritu.
Pablo dice que Ć©ste es el āllamadoā de Dios. Los teólogos antiguos lo nombraron āllamado eficaz,ā en contraste con la āconvocación ineficazā āes decir, cuando uno escucha la Palabra de Dios, pero el EspĆritu no obra en Ć©l. El anterior es el proceso en que Dios hace que el pecador entienda y responda al evangelio. Es la obra del poder creativo; por ella, Dios regala al hombre un corazón nuevo, lo libera del pecado, le da luz donde antes habĆa sólo tinieblas y lo guĆa a Ćl por medio de Cristo el Salvador. Por ella tambiĆ©n, Dios los saca de las garras de SatanĆ”s, lo libera del reino de las tinieblas y lo traslada al āreino de Su amado Hijo.ā El llamado produce la respuesta y confirma las bendiciones. TambiĆ©n se le ha denominado la obra de āgracia previa,ā pues la inclinación hacia Dios precede la voluntad del mismo. Se ha nombrado āgracia irresistible,ā porque aniquila la posibilidad de resistirlo. La Confesión de Fe de Westminster lo analiza como la actividad de Dios en el hombre caĆdo. āA todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y a Ć©sos solamente es a quienes le place en el tiempo seƱalado y aceptado, llamar eficazmente por Su Palabra y EspĆritu, sacĆ”ndolos del estado de pecado y muerte en que se hallaban por naturaleza para darles vida y salvación por Jesucristo. Esto lo hace iluminando espiritualmente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitĆ”ndoles el corazón de piedra y dĆ”ndoles uno de carne, renovando sus voluntades y por Su poder soberano determinĆ”ndoles a hacer aquello que es bueno, y llevĆ”ndoles eficazmente a Jesucristo. Sin embargo, ellos van con absoluta libertad, habiendo recibido la voluntad de hacerlo por la gracia de Dios.ā
Cristo tambiĆ©n enseñó la necesidad universal de este llamamiento por la Palabra y el EspĆritu. āNinguno puede venir a mĆ, si el Padre que me envió no le trajere; y Yo le resucitarĆ© en el dĆa postrero.ā Igualmente, enseñó su eficacia, āEscrito estĆ” en los profetas: y serĆ”n todos enseƱados de Dios. AsĆ que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mĆ.ā A su enseƱanza aƱadió la certeza universal del llamado para todo aquel que el Padre ha escogido. āTodo lo que el Padre me da, vendrĆ” a mĆ.ā Me escucharĆ”n y confiarĆ”n en mĆ, esto es el propósito del Padre y la promesa del Hijo.
Pablo habla del āllamado eficazā como la realización del propósito seleccionador de Dios. Pues le dice a los romanos: āPorque a los que antes conoció, tambiĆ©n predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Ćl sea el primogĆ©nito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a Ć©stos tambiĆ©n llamó; y a los que llamó, a Ć©stos tambiĆ©n justificó; y a los que justificó, a Ć©stos tambiĆ©n glorificó.ā Y a los tesalonicenses escribe, āMas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados del SeƱor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salud, por la santificación del EspĆritu y fe de la verdad: A lo cual os llamó por nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro SeƱor Jesucristo.ā El autor del llamado, nos dice Pablo, es Dios; y el asunto del llamado es el camino a la gloria.
Entendiendo esto, podemos ver de una vez porquĆ© Pablo nunca se desilusionó con el hombre caĆdo y esclavizado por SatanĆ”s; en contraste con los evangelistas de nuestros dĆas, Pablo nunca pensó que el evangelismo era un esfuerzo inĆŗtil. La razón por su actitud es que Ć©l nunca olvidó que Dios es soberano en Su gracia. El sabĆa que aĆŗn antes de que Ć©l hubiera comenzado, Dios todopoderoso habĆa dicho, āAsĆ serĆ” mi palabra que de mi boca: no volverĆ” a mĆ vacĆa, antes harĆ” lo que yo quiero, y serĆ” prosperada en aquello para que le enviĆ©.ā Ćl sabĆa que esto era verdad tanto para el evangelio como para cualquier declaración divina. SabĆa que su predicación del evangelio nunca serĆa inĆŗtil, pues Dios se lo garantizó. SabĆa que dondequiera que Ć©l llevara el evangelio, Dios resucitarĆa a los muertos. SabĆa que algunos de sus oyentes serĆan salvos. Este conocimiento le dio seguridad y expectación en su evangelismo. Y cuando hubo mucha oposición y pocos resultados, Ć©l nunca se desilusionó, pues Ć©l sabĆa que si Cristo le habĆa abierto la puerta a ese lugar, era porque el propósito de Ćl era convertir pecadores allĆ. La Palabra no volverĆa vacĆa. Su afĆ”n era proclamar el evangelio con paciencia y fidelidad hasta el tiempo de la cosecha.
Hubo un tiempo en Corinto cuando su ministerio se puso muy difĆcil; los convertidos eran muy pocos y la oposición muy grande. Pablo pensaba que quizĆ” su esfuerzo allĆ era en balde. āEntonces el SeƱor dijo de noche en visión a Pablo: No temas, sino habla, y no calles; porque Yo estoy contigo, y ninguno te podrĆ” hacer mal; porque Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.ā El SeƱor le estaba diciendo a Pablo que continuara predicando y enseƱando allĆ, porque Ćl tenĆa un propósito; el SeƱor le estaba animando y confirmando su responsabilidad a la misma vez. Rackham destaca, āEsto confirma el Ć©nfasis que San Lucas puso en la elección previa de Dios.ā143 Y el Ć©nfasis de Lucas refleja la actitud de Pablo basada en la garantĆa que le habĆa dado Cristo. Por lo tanto, la soberanĆa de Dios en Su gracia dio esperanza a Pablo mientras predicaba a oĆdos sordos, mostraba a Cristo a ojos ciegos e intentaba conmover corazones de piedra. Su garantĆa era que donde Cristo manda el evangelio, Cristo tiene pueblo. Puede ser que al momento estĆ©n encadenados por el pecado, pero Cristo los liberarĆ” y los renovarĆ” cuando la luz del evangelio brille en sus seres oscuros.
En un gran himno, Charles Wesley describió su conversión de esta manera:
”Qué tinieblas encerrÔronme!
Esclava mi alma fue a pasiones mil;
Mas el fulgor de su convicción,
Me despertó de tal condición.
De mis cadenas por don de gracia me libró;
Me levantƩ y caminƩ para seguirle en pos.
Esto no es sólo una descripción vĆvida de su experiencia, tambiĆ©n es una buena afirmación teológica. Esto es exactamente lo que le sucede al incrĆ©dulo cuando se predica el evangelio. Pablo sabĆa eso, y lo usó como su garantĆa en el evangelismo.
La garantĆa de Pablo debe ser la nuestra tambiĆ©n. No podemos confiar en nosotros mismos āen nuestros mĆ©todos, en nuestras tĆ©cnicas o en nuestra organización. No hay magia en la tĆ©cnica, aun cuando la tĆ©cnica compagina con la teologĆa de la Biblia. Cuando evangelizamos, nuestra confianza debe estar en Dios quien resucita a los muertos. Ćl es el Ćŗnico soberano y omnipotente que puede endulzar los corazones amargos de los hombres, y Ćl darĆ” conversiones cuando le agrade darlas. Mientras tanto, nosotros debemos ser fieles en proclamar el evangelio y debemos estar seguros que nuestros esfuerzos nunca serĆ”n en balde. Es de esta manera que la soberanĆa de Dios afecta el evangelismo. ĀæCuĆ”les son los efectos de esta confianza y certeza sobre nuestra actitud del evangelismo? Son por lo menos tres.
(a) Nos debe hacer audaces. Nos debe dar confianza que aunque la gente no acepte el evangelio la primera vez, seguiremos tratando y Dios harĆ” fructuoso nuestro ministerio. Tal respuesta al evangelio no nos debe sorprender, pues ĀæquĆ© mĆ”s podemos esperar de los esclavos de SatanĆ”s? Tampoco nos debe desanimar, pues no hay corazón tan duro que pueda resistir la gracia de Dios. Pablo era amargo enemigo del evangelio, pero Cristo puso Su mano sobre Ć©l y Pablo nació de nuevo. Usted mismo ha estado aprendiendo quĆ© tan corrompido y perverso su corazón es. Y antes de que usted se convirtiera en cristiano, su corazón era aun peor. Pero Cristo le salvó, y eso debe ser lo suficiente para convencerle que Cristo puede salvar a cualquiera. AsĆ que continĆŗe presentando a Cristo a los incrĆ©dulos cada vez que tenga oportunidad. Ćsta no es una tarea de bufones. Usted no estĆ” perdiendo su tiempo ni el de ellos. Usted nunca se debe avergonzarse del evangelio o disculparse en su presentación de ello. Usted debe ser audaz, libre, natural, espontĆ”neo y exitoso. Pues Dios da una eficacia a Su Palabra que nosotros no podemos dar. Dios lleva Su Palabra a la victoria en los corazones mĆ”s endurecidos y amargados. Nunca pensarĆamos que nuestros esfuerzos son inĆŗtiles si creemos en la gracia soberana de Dios.
(b) Esta confianza nos debe dar paciencia. Dios salva a Su tiempo, y no debemos suponer que Ćl tiene la prisa que tenemos nosotros. Tenemos que recordar que somos hijos de nuestra Ć©poca, y el espĆritu de nuestros dĆas es uno de prisa. Es un espĆritu pragmĆ”tico; un espĆritu que exige resultados prontos. El ideal moderno es realizar mĆ”s y mĆ”s haciendo menos y menos. Es la Ć©poca de los ahorros obreros, los cĆ”lculos de eficiencia y la automatización. La actitud que surge de este nuevo modo de pensar es una impaciencia tremenda frente a todo lo que exige tiempo y esfuerzo continuo. Nos enfadamos cuando tenemos que realizar una obra completamente. Este espĆritu tiene consecuencias drĆ”sticas para nuestro evangelismo. Queremos ganar almas lo mĆ”s pronto posible, y cuando no vemos resultados de inmediato, nos desanimamos y perdemos el interĆ©s en ellas, hasta que por fin abandonamos nuestros esfuerzos y ellas se quedan peores que antes. Pero esto es de lo mĆ”s equivocado. Cuando hacemos esto fracasamos, tanto en nuestro amor al prójimo, como en nuestra fe en Dios.
La verdad es que el evangelismo exige mĆ”s paciencia, afecto, amor y perseverancia que la mayorĆa de los cristianos de hoy en dĆa tienen. Nunca se nos ha prometido resultados rĆ”pidos. El evangelismo es una tarea en la cual no se espera resultados rĆ”pidos. No podemos esperar resultados si no perseveramos con la gente. La idea de que un sólo sermón evangelĆstico o una serie de conversaciones basta en convertir a alguien es absurdo. Si alguien se convierte con un solo sermón, usualmente usted encontrarĆ” que alguien habĆa obrado con Ć©l antes. En este caso lo que vemos es el dicho, āuno siembra y el otro cosecha.ā Pero si usted se encuentra con alguien que no ha escuchado el evangelio, que no sabe la diferencia entre lo verdadero y lo falso, es inĆŗtil tratar de exigirle una decisión de inmediato. QuizĆ” le podrĆa llevar a una crisis psicológica, pero nunca se salvarĆ”. Lo que tenemos que hacer es tomar tiempo con Ć©l, formar una amistad, caminar junto con Ć©l y encontrar el nivel de su entendimiento espiritual. Entonces y sólo entonces podremos presentarle la verdad de Dios en amor. Hay que explicar el evangelio y asegurarse que Ć©l lo entienda y que estĆ” convencido de su verdad; luego podemos exigirle una respuesta. Hay que ayudarle a arrepentirse y creer hasta que Ć©l estĆ© seguro que haya recibido a Cristo y que Cristo haya recibido a Ć©l. Debemos acompaƱarle en cada paso confiando que Dios estĆ” obrando en Ć©l. Y aunque el proceso sea muy lento, debemos recordar que Dios estĆ” obrando a su tiempo. La paciencia verifica el amor al prójimo y la fe en Dios. Si no queremos tener paciencia, no podemos esperar que Dios bendiga nuestros esfuerzos de ganar almas.
ĀæDe dónde viene esta paciencia tan necesaria para la tarea evangelĆstica? Proviene del conocimiento que Dios es soberano en Su gracia y que Su palabra nunca vuelve vacĆa. Ćl nos da las oportunidades que tenemos para compartir el evangelio y Ćl es capaz de iluminar y salvar a todos los oyentes de nuestros testimonios. Dios a veces nos prueba de esta manera. Dejó que Abraham esperara veinticinco aƱos por el nacimiento de su hijo, asĆ tambiĆ©n nos deja a nosotros esperando las cosas que aƱoramos, como la conversión de amigos y familiares. Necesitamos paciencia si hemos de ayudar a otros llegar a la fe salvadora. Esta paciencia la podemos desarrollar si aprendemos a vivir en tĆ©rminos de la soberanĆa libre y misericordiosa de Dios.
(c) Finalmente, esta confianza nos debe conducir a la oración.
La oración, como habĆamos dicho anteriormente, es una confesión de la impotencia y la necesidad, un reconocimiento del desamparo y la dependencia, una convocación al Dios todopoderoso para que Ćl haga lo que nosotros somos incapaces de hacer. En cuanto al evangelismo somos impotentes; dependemos totalmente de Dios, pues es sólo con un corazón nuevo que el hombre puede entender nuestras predicaciones y nacer de nuevo. Estos hechos nos deben conducir a la oración. Que nos conduzcan es el propósito de Dios. Dios quiere que, en este asunto como en otros, confesemos nuestra propia impotencia, que le digamos que es Ćl en quien confiamos y que le pedimos que glorifique a SĆ mismo. Es muy comĆŗn que Dios no bendiga a los siervos que no oran. āCodiciĆ”is, y no tenĆ©is; matĆ”is y ardĆ©is de envidia, y no podĆ©is alcanzar; combatĆs y guerreĆ”is, y no tenĆ©is lo que deseĆ”is, porque no pedĆs.ā; āPedid, y se os darĆ”; buscad, y hallarĆ©is; llamad, y se os abrirĆ”. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirĆ”.ā147 Pero si no pedimos, no recibiremos. Ćsta es la regla universal tanto en el evangelismo como en la vida. Dios nos obliga a orar antes de bendecir nuestra obra para que no olvidemos que es Ćl el que hace todo. Y cuando al fin veamos almas convertidas no seremos tentados a glorificar nuestros propios dones, talentos, conocimientos o persuasión, sino glorificaremos a Ćl y sólo a Ćl.
El conocimiento de la gracia soberana de Dios y la impotencia humana para ganar almas nos debe conducir a una oración incesante. ĀæQuĆ© debe ser el contenido de nuestras oraciones? Debemos orar por aquellos quienes pensamos ganar; debemos orar que el EspĆritu Santo les abra el corazón; debemos orar por nuestro propio ministerio, y por todos los que predican el evangelio; debemos orar que el poder y la autoridad del EspĆritu Santo sean con nosotros cuando predicamos. Pablo dice a los tesalonicenses, āResta, hermanos, que orĆ©is por nosotros, que la palabra de Dios corra y sea glorificada asĆ como entre vosotros.ā Pablo era un evangelista muy fructuoso, pero Ć©l sabĆa que cada partĆcula de su fruto venĆa directamente de Dios. TambiĆ©n sabĆa que si Dios dejaba de obrar en Ć©l o en sus oyentes, no podrĆa ganar ni siquiera un alma mĆ”s. Por lo tanto, ruega por las oraciones de sus hermanos para que su ministerio siga siendo fructuoso. Oren, dice Ć©l, para que la Palabra del evangelio sea glorificada por medio de mis predicaciones y del efecto que tiene en las vidas del hombre. Oren para que sea usada para convertir a los pecadores. Pablo sabĆa que esta petición era una de urgencia, porque sabĆa que la predicación sin la misericordia soberana de Dios no puede salvar a nadie. FĆjense que Pablo no dice que como Dios es soberano la oración es inĆŗtil; al contrario, como la salvación de pecadores depende totalmente de Dios, la oración por la fecundidad del ministerio evangelĆstico es un elemento necesario. Y los cristianos en nuestros dĆas que creen, como Pablo, en la soberanĆa total de Dios y que sólo esa soberanĆa puede salvar a los pecadores, deben atestiguar lo antedicho por medio de oraciones constantes, fieles y serias por la bendición de Dios en la predicación de Su Palabra, y que por medio de ella los pecadores podrĆ”n ser salvos. Ćsta es la Ćŗltima implicación de la gracia soberana de Dios en el evangelismo.
Anteriormente, dijimos que la doctrina de la soberanĆa no disminuye los tĆ©rminos de nuestra comisión evangelĆstica. Ahora podemos ver que, en vez de disminuirlos, los aumenta. Pues nos muestra las dos caras de la comisión evangelĆstica. Es una comisión no sólo a predicar, sino tambiĆ©n a orar; no sólo de hablar de Dios al hombre, sino tambiĆ©n de hablar del hombre a Dios. La predicación y la oración van juntas; nuestro evangelismo no serĆ” correcto ni bendecido si estas dos no van juntas. Hemos de predicar porque sin conocimiento del evangelio ningĆŗn hombre serĆ” salvo. Hemos de orar porque sólo la soberanĆa del EspĆritu Santo en nosotros y en los corazones del hombre puede dar eficacia a nuestra predicación, y Dios no manda a Su EspĆritu donde no hay oración. Los evangĆ©licos de hoy en dĆa estĆ”n reformando sus mĆ©todos de la predicación evangelĆstica y no hay nada de malo en eso. Pero eso nunca darĆ” fruto en nuestra obra evangelĆstica si Dios no estĆ” reformando nuestras oraciones y derramando sobre nosotros un nuevo sentido de plegaria por el evangelismo. Sólo podemos salir adelante en el evangelismo cuando hemos aprendido de nuevo a proclamar a nuestro SeƱor y Su evangelio en pĆŗblico y en privado, en la predicación y en la conversación, con audacia, paciencia, poder, autoridad y amor. TambiĆ©n tenemos que aprender de nuevo la necesidad de la oración humilde e importuna por la bendición de nuestra obra. Cuando se haya dicho todo lo que se puede decir acerca de los mĆ©todos evangelĆsticos, la Ćŗnica manera de avanzar sigue siendo Ć©sta. Si no hallamos este camino, seguiremos perdidos. Es tan fĆ”cil āy difĆcilā como eso.
Ya la rueda de nuestro argumento ha dado la vuelta entera. Comenzamos sugiriendo que la prĆ”ctica de la oración es una prueba positiva de la soberanĆa de Dios. Y terminamos sugiriendo que la fe en la soberanĆa de Dios es el motivo de nuestras oraciones.
Ahora cuando alguien nos sugiere que la fe en la soberanĆa de Dios contradice el evangelismo, podemos decirle que Ć©l no ha entendido el significado de la soberanĆa divina. La soberanĆa de Dios no es sólo la base del evangelismo, sino es tambiĆ©n el sostĆ©n del evangelista, pues da la esperanza del Ć©xito que de otra manera serĆa imposible; nos enseƱa que la oración y la predicación son inseparables; nos da audacia y confianza frente al hombre, y humildad y sĆŗplica frente a Dios. ĀæNo debe ser asĆ? No dirĆamos que el hombre no puede evangelizar sin esta doctrina, pero sĆ sugerimos que creyĆ©ndola podrĆ” evangelizar mejor.
Ā Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la SoberanĆa de Dios. (G. A. MartĆnez, Trad.) (pp. 91ā123). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.
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