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4 Maneras En Que Los Cristianos Pueden Navegar Por La Confusión Cultural En Torno Al Género En La Próxima Década
Por: Carl R. Trueman
Tres Fundamentos BƔsicos Del TransgƩnero
La cuestión de la identidad transgĆ©nero parece que va a ser importante para los cristianos, tanto en asuntos de la vida pĆŗblica como de la atención pastoral, en un futuro próximo. El furor que rodea todo, desde las polĆticas de los baƱos escolares hasta los deportes femeninos, pasando por los derechos respectivos de padres e hijos, garantiza su presencia en la polĆtica. Y el hecho de que cada vez mĆ”s adolescentes afirmen experimentar disforia de gĆ©nero significa que es algo sobre lo que todas las iglesias y pastores harĆan bien en reflexionar.
El transgenerismo se apoya en tres fundamentos bĆ”sicos para su plausibilidad. En primer lugar, conecta con la teorĆa de gĆ©nero desarrollada por Judith Butler, que considera el gĆ©nero como algo performativo. En resumen, ser hombre o ser mujer es desempeƱar un papel o actuar de una manera determinada que la sociedad espera de quienes denomina hombres o mujeres. La biologĆa no es realmente el factor importante aquĆ: el hecho de que se esperen ciertos comportamientos de los que tienen caracterĆsticas sexuales masculinas y otros de los que tienen caracterĆsticas femeninas es una expectativa construida socialmente. Esto desvincula efectivamente el gĆ©nero (el rol) del sexo (la biologĆa).
En segundo lugar, depende de la tecnologĆa. En las sociedades primitivas, los hombres y las mujeres se distinguĆan porque la mera fuerza fĆsica de los hombres significaba que eran mĆ”s adecuados para el trabajo que lo requerĆa. El desarrollo de la maquinaria industrial y, ahora, de la tecnologĆa informĆ”tica ha neutralizado en gran medida la importancia de esta diferencia fĆsica. Luego, la llegada de procedimientos mĆ©dicos, quirĆŗrgicos y hormonales, ha hecho plausible la idea de que se puede hacer que el cuerpo se doblegue a nuestra voluntad en la cuestión del gĆ©nero.
En tercer lugar, se basa en la amplia convicción moderna de que nuestro yo -lo que somos- es esencialmente psicológico. Nuestro verdadero yo es lo que sentimos o pensamos que somos. Por supuesto, es un poco mÔs complicado que simplemente inventarnos a nosotros mismos a través de un monólogo interno. La sociedad en la que vivimos configura lo que consideramos deseable y plausible en cuanto a nuestra identidad. Pero la cuestión bÔsica es ésta: eres la persona que crees que eres. ¿Tienes un cuerpo de hombre pero te sientes mujer? Entonces eres una mujer.
Ante esto, Āæcómo podrĆa responder un cristiano? Parece que hay que hacer una serie de observaciones.
1. Separar Las Ambiciones PolĆticas Y La Atención Pastoral.
En primer lugar, es necesario hacer una distinción bĆ”sica en esto (como en todos los asuntos relacionados con las cuestiones LGBTQ+) entre la oposición a las ambiciones polĆticas del movimiento en general y el cuidado pastoral de los individuos.
Esto es importante porque si no se hace asà se llegarÔ a uno de los dos resultados desafortunados: o bien no se mostrarÔ compasión hacia el individuo que lucha con la confusión de género o se mostrarÔ demasiada compasión hacia un movimiento decidido a desmantelar cualquier distinción entre hombre y mujer en la esfera pública.
2. Debemos Reconocer El Elemento De Verdad.
En segundo lugar, es importante reconocer que la teorĆa de gĆ©nero, como muchas otras filosofĆas fundamentalmente incorrectas, contiene un elemento de verdad. La forma de entender los papeles de los hombres y las mujeres varĆa de una Ć©poca a otra y de un lugar a otro.
Teniendo en cuenta esto, es importante que al defender la distinción entre hombres y mujeres y la importancia de la biologĆa para esa distinción, no acabemos defendiendo nuestras propias expectativas culturales de lo que deben hacer los hombres y las mujeres -cómo deben Ā«desempeƱarĀ» sus papeles- como si fueran idĆ©nticas a la enseƱanza bĆblica. Eso es identificar la piedad con nuestra manera de hacer las cosas (y por lo tanto considerar a otras culturas como fundamentalmente defectuosas o pecaminosas) y nos hace muy vulnerables a las crĆticas del lobby transgĆ©nero, que entonces puede alegar fĆ”cilmente que simplemente nos estamos entregando al chovinismo cultural.
3. Comprender El Aspecto Comunitario.
En tercer lugar, es útil comprender la naturaleza comunitaria del fenómeno. El hecho de que el número de adolescentes con disforia de género haya aumentado en los últimos años no demuestra que siempre haya habido un gran número de ellos en nuestra sociedad y que siempre hayan tenido miedo de salir del armario.
MƔs bien es un indicio de que la transexualidad goza en la actualidad de cachƩ como medio de pertenencia, como forma de expresarse de una manera que garantiza la pertenencia y el estatus en un grupo.
4. Comprender El Contexto Cultural MƔs Amplio.
En cuarto lugar, debemos familiarizarnos con el contexto cultural mĆ”s amplio en el que el transgenerismo se ha convertido en algo plausible y con los hechos y las cifras que demuestran el trĆ”gico impacto que estĆ” teniendo en las vidas de muchas personas que deciden someterse a tratamientos hormonales y operaciones de cambio de sexo. Es mucho lo que estĆ” en juego polĆticamente en este asunto; pero lo mĆ”s trĆ”gico es que hay innumerables y desgarradoras historias personales de cuerpos mutilados y vidas arruinadas. El trabajo de Ryan Anderson es especialmente Ćŗtil en este sentido. Su libro, When Harry Became Sally, contiene muchos datos y tambiĆ©n numerosos testimonios personales que ayudan a poner de manifiesto tanto las cuestiones mĆ©dicas como las individuales.
El Papel de la Iglesia
Sin embargo, aunque hay cosas que podemos hacer como cristianos individuales para informarnos mejor sobre el asunto y tratar de actuar con convicción y compasión cuando nos enfrentamos a las cuestiones de gĆ©nero que se manifiestan tanto en la plaza pĆŗblica como en el lugar de trabajo y en nuestras familias, la Iglesia tambiĆ©n debe desempeƱar su papel. Ya he seƱalado que una parte importante de la actual revolución transgĆ©nero es el papel de la comunidad en el moldear las expectativas individuales y la canalización de nuestros deseos. Eso es una parte bĆ”sica de lo que significa ser humano: nuestro sentido de sĆ mismo, de lo que somos, siempre estĆ” moldeado a un nivel profundo por las comunidades en las que nos encontramos. Por eso la comunidad desempeƱa un papel tan importante en la Biblia, desde el pueblo de Israel hasta la iglesia apostólica. Y es la razón por la que a Pablo le preocupa tanto que los cristianos se mantengan en buena compaƱĆa porque, como dice, la malas compaƱĆas corrompen la moral: tendemos a adoptar las actitudes y el comportamiento de la compaƱĆa que tenemos o de la comunidad en la que vivimos.
La persona que lucha contra la disforia de gĆ©nero es alguien que, por definición, no se siente a gusto ni siquiera en su propio cuerpo. Esa sensación de malestar no puede eliminarse de la noche a la maƱana. Pero debemos recordar que es, en cierto sentido, uno de los Ćŗltimos modismos para expresar ese malestar que todos sentimos en un mundo que no es como deberĆa ser y que estĆ”, por asĆ decirlo, fuera de lugar. AquĆ es donde la iglesia como comunidad confesional, disciplinada y de adoración se vuelve tan crĆtica.
Por ello, si la Iglesia ha de mantenerse firme frente a la cacofonĆa de identidades que envuelve ahora nuestro mundo -de la que el caos de gĆ©nero es sólo un ejemplo-, debe ser una comunidad fuerte en la que la gente sienta un profundo sentido de pertenencia y en la que, por tanto, se forme y fomente el sentido mĆ”s profundo de sĆ misma. Esto implica tres cosas: una clara adhesión a la enseƱanza bĆblica en las Ć”reas de identidad (nuestra identidad se encuentra en Cristo) y sexualidad (los deseos sexuales o nuestras convicciones internas sobre el gĆ©nero no son, en Ćŗltima instancia, constitutivos de lo que somos); un enfoque disciplinado de la adoración corporativa, ya que es donde Dios se encuentra con su pueblo y donde se nos recuerda quiĆ©nes somos; y un enfoque amoroso de la comunidad donde nos preocupamos genuinamente por los demĆ”s, mostramos hospitalidad y llevamos las cargas de los demĆ”s. Cada uno de estos elementos es vital para dar forma a lo que somos.
La Iglesia del futuro tendrĆ” que ser mucho mĆ”s consciente de quiĆ©n es. Ya no puede confiar en la imaginación moral externa de la sociedad para reforzar sus principios Ć©ticos mĆ”s bĆ”sicos. Al contrario, la imaginación moral de la sociedad hace que la postura de la Iglesia en temas como el gĆ©nero y la sexualidad parezca profundamente inverosĆmil.
Carl Trueman is el autor deĀ The Rise and Triumph of the Modern Self: Cultural Amnesia, Expressive Individualism, and the Road to Sexual Revolution.
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