“Confianza en el día del Juicio” (1 Jn 4:17-18) – 18/29

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Andemos en Luz (Las cartas de Juan)

18/29 – “Confianza en el día del Juicio” (1 Jn 4:17-18)

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

Orando en todo tiempo

Gracia Verdad y Vida

Orando en todo tiempo

Ruben Sarrion

Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una
 visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.

¿Cómo puedo reconocer a un falso maestro o un falso profeta?

Got Questions

¿Cómo puedo reconocer a un falso maestro o un falso profeta?

Jesús nos advirtió que vendrían “falsos Cristos y falsos profetas” e intentarían engañar aún a los elegidos (Mateo 24:23-27; ver también 2 Pedro 3:3 y Judas 17-18). La mejor defensa que puedes tener contra la falsedad y los falsos maestros es conocer la verdad. Para descubrir lo falso, estudia lo verdadero. Cualquier creyente “… que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15), y que hace un cuidadoso estudio de la biblia, puede identificar la falsa doctrina. Por ejemplo, un creyente que ha leído las actividades del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en Mateo 3:16-17 cuestionará inmediatamente cualquier doctrina que niegue la Trinidad. Por lo tanto, el “primer paso” es estudiar la biblia y juzgar toda enseñanza bajo la luz de lo que dice la Escritura.

Jesús dijo que “… por el fruto se conoce el árbol” (Mateo 12:33). Cuando buscamos el “fruto,” aquí hay tres pruebas específicas para aplicar a cualquier maestro y determinar la veracidad de sus enseñanzas:

1) ¿Qué dice este maestro acerca de Jesús? En Mateo 16:15-17, Jesús pregunta, ¿…quién decís que soy yo? Pedro respondió, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Y por ello, Pedro es llamado “bienaventurado”. En 2 Juan 9 leemos, “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo”. En otras palabras, Jesucristo y Su obra de redención son de máxima importancia; cuídate de cualquiera que niegue que Jesús es igual a Dios, y que subestime la muerte sustitutiva de Jesús, o rechace la humanidad de Jesús. 1 Juan 2:22 dice, “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”.

2) ¿Este maestro predica el Evangelio? El Evangelio es definido como las buenas nuevas concernientes a la muerte, sepultura y resurrección de Jesús, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:1-4). Aunque suenen muy agradable las declaraciones de “Dios te ama”, “Dios quiere que alimentemos a los hambrientos”, y “Dios quiere que seas próspero,” ese NO es el mensaje completo del Evangelio de Cristo. Como Pablo advierte en Gálatas 1:7, “… hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo”. Nadie, ni siquiera un gran predicador, tiene el derecho de cambiar el mensaje que Dios nos dio. “… Si alguno predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gálatas 1:9).

3) ¿Este maestro demuestra cualidades de carácter que glorifican al Señor? Hablando de falsos maestros, Judas 11 dice, “¡Ay de ellos! Porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré”. En otras palabras, un falso maestro puede ser conocido por su orgullo (el rechazo de Caín al plan de Dios), codicia (la profecía de Balaam por dinero), y rebelión (la autopromoción de Coré sobre la autoridad de Moisés). Jesús dijo que nos cuidáramos de tales personas y que las conoceríamos por sus frutos (Mateo 7:15-20).

Para un estudio más profundo, revisa aquellos libros de la biblia que fueron escritos específicamente para combatir las falsas enseñanzas dentro de la iglesia: Gálatas, 2 Pedro, 1 Juan, 2 Juan y Judas. Con frecuencia es difícil detectar un falso maestro o un falso profeta. Eso es a lo que se refiere la frase de un “lobo con piel de oveja”. Satanás y sus demonios se disfrazan como “ángeles de luz” (2 Corintios 11:14), y “…sus ministros se disfrazan como ministros de justicia…” (2 Corintios 11:15). Solamente estando totalmente familiarizados con la verdad, estaremos en condiciones de reconocer una falsificación.

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Nuestro llamado a la fidelidad

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Nuestro llamado a la fidelidad

Daniel Timmer

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Ser cristiano es ser llamado a una vida de fidelidad. No obstante, el deber de la fidelidad cristiana, propiamente entendido, debe verse como nuestra respuesta a la fidelidad de Dios. Por supuesto, antes de que podamos hablar de la fidelidad de Dios hacia nosotros, primero debemos recordar que Dios es supremamente fiel a Sí mismo. Él siempre actúa en perfecta conformidad con Su propio carácter y propósito sagrados. Su objetivo singular es Su propia gloria y Él es infaliblemente fiel a esa meta. En Isaías 48:9-11, el motivo del Señor para restringir Su juicio es Él mismo y la gloria de Su propio nombre: 

Por amor a Mi nombre contengo Mi ira,
y para Mi alabanza la reprimo contigo
a fin de no destruirte.
He aquí, te he purificado, pero no como a plata;
te he probado en el crisol de la aflicción.
Por amor Mío, por amor Mío, lo haré,
porque ¿cómo podría ser profanado Mi nombre?
Mi gloria, pues, no la daré a otro. 

Del mismo modo, la gran promesa del nuevo pacto en Ezequiel 36 se da en el contexto de la determinación de Dios de actuar por amor a Sí mismo: 

Por tanto, di a la casa de Israel: «Así dice el Señor Dios: “No es por vosotros, casa de Israel, que voy a actuar, sino por Mi santo nombre, que habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis. Vindicaré la santidad de Mi gran nombre profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas… Entonces os rociaré con agua limpia… Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros… Pondré dentro de vosotros Mi espíritu y haré que andéis en Mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente Mis ordenanzas» (Ez 36:22-27). 

La gloria de Dios, el honor de Su nombre, está en juego en todo lo que Él hace. Entonces, ante todo, Dios es siempre fiel a Sí mismo. En 2 Timoteo 2:13, la razón por la que Dios permanece fiel incluso si nosotros somos infieles es que «no puede negarse a Sí mismo». Es imposible que Dios sea infiel, incluso frente a nuestras muchas infidelidades. Dios debe ser fiel a Sí mismo. Esta necesaria fidelidad de Dios hacia Sí mismo es el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de toda bendición que podamos conocer. De ella brota todo despliegue de la gloria, la grandeza y la gracia de Dios. Sobre ella descansa la confiabilidad de cada una de Sus promesas. Es el fundamento del evangelio y la raíz de la redención ganada para los pecadores en Jesucristo. La encarnación, los sufrimientos y la gloria de nuestro Salvador pueden entenderse como el derramamiento de la fidelidad divina. Jesús vino, sangró y murió porque Dios es fiel a Sí mismo. 

La fidelidad de Dios a Sí mismo y de Cristo al Padre proporciona las raíces profundas de la fidelidad de Dios a Su pueblo pactual.

Esto explica la fidelidad de Cristo hacia Dios. Al comparar a Cristo con Moisés, el escritor de Hebreos nos invita a 

[considerar] a Jesús, el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. El cual fue fiel al que lo designó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios… Y Moisés fue fiel en toda la casa de Dios como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir más tarde; pero Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios (Heb 3:1-25-6). 

La fidelidad de Cristo a Dios es la fidelidad del Hijo hacia Su Padre, procurando nuestra salvación según los términos del pacto de redención. Esto significa que cada vez que hablamos de la fidelidad de Dios en Cristo hacia nosotros, estamos viendo solo la punta del iceberg. La fidelidad de Dios que experimentamos en el evangelio es la parte que podemos ver por encima de la superficie del agua, pero debajo de esta verdad, dándole flotabilidad, sosteniéndola para que podamos conocerla y deleitarnos, está la parte mayor de la fidelidad de Dios, a menudo desapercibida y pasada por alto: Su fidelidad a Sí mismo y la fidelidad del Hijo al Padre en el cumplimiento de nuestra redención para la gloria del nombre de Dios. 

Cambiando la metáfora, la fidelidad de Dios a Sí mismo y de Cristo al Padre proporciona las raíces profundas de la fidelidad de Dios a Su pueblo pactual. Esta gloriosa visión intratrinitaria de la fidelidad divina, a su vez, suministra la vida de la cual brota el fruto de nuestra fidelidad a Dios. Somos fieles a Dios porque Él es fiel a nosotros. Pero, como hemos visto, Él es fiel a nosotros, porque Él es fiel a Sí mismo. Él actúa por «amor a Su nombre». 

Es por esto que la fidelidad cristiana se describe como un fruto del Espíritu (Gál 5:22). Siendo Él mismo el don de la fidelidad divina, el Espíritu produce en nosotros la virtud de la fidelidad a Dios. Los santos a quienes Pablo dirige sus epístolas a los Efesios y a los Colosenses son llamados «fieles en Cristo Jesús» (Ef 1:1Col 1:2). La fidelidad marca a los cristianos, no como la base de su aceptación ante Dios, sino como la evidencia de esta.

A veces, la fidelidad en el Nuevo Testamento se relaciona con la perseverancia. En Hechos 11:23, cuando llegaron a Jerusalén las noticias de la iglesia que había iniciado en Antioquía, la iglesia de Jerusalén envió a Bernabé, el cual, «cuando vino y vio la gracia de Dios, se regocijó y animaba a todos para que con corazón firme permanecieran fieles al Señor». Del mismo modo, en Apocalipsis 2:10, se exhorta a la Iglesia con estas palabras: «Sé fiel hasta la muerte, y [Cristo] te dar[á] la corona de la vida».

Sin embargo, es bueno observar que el Nuevo Testamento usa el vocabulario de la fidelidad más comúnmente en el contexto de la mayordomía de nuestros dones para el ministerio y el servicio. Uno piensa aquí en la punzante reprensión que dio nuestro Salvador a los escribas y fariseos en Mateo 23:23. Ellos pagaban el diezmo «de la menta, del eneldo y del comino», pero descuidaban «los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad». Aquí vemos que la fidelidad está coordinada con la justicia y la misericordia y, por lo tanto, debe referirse a nuestra fidelidad hacia nuestro prójimo en el servicio a Dios. O piensa en las inquisitivas parábolas de Mateo 24:45-51 y 25:14-30, en las que el siervo fiel y sabio entra en el gozo del Señor porque ha actuado sabiamente con los recursos de la casa de su amo. Por el contrario, el siervo infiel es juzgado más severamente y arrojado a las tinieblas de afuera, donde es el llanto y el crujir de dientes. La gran evidencia de una correcta relación con Dios es la mayordomía fiel de Su gracia en nuestras vidas para Su gloria. El fracaso en la fidelidad demuestra que no somos buenos administradores y que no pertenecemos a Su reino. La inactividad en el servicio a nuestro Señor es ciertamente muy peligrosa cuando afirmamos haber sido hechos receptores de Su fidelidad en Cristo. 

Además, Pablo elogia repetidamente la fidelidad como la marca esencial de un consiervo o ministro del evangelio (Timoteo en 1 Co 4:17; Tíquico en Ef 6:21 y Col 4:7; Epafras en Col 1:7; Onésimo en Col 4:9). En 1 Corintios 4:1-2, Pablo dice: «Que todo hombre nos considere de esta manera: como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, además se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel». La fidelidad es la marca de los ministros del evangelio y de los siervos cristianos. Es por eso que Pablo insta a Timoteo en 2 Timoteo 2:2 a encargar su enseñanza «a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros». 

Entonces, queda claro que la fidelidad conlleva la sabia mayordomía de la Palabra de Dios. Implica tanto la diligencia en la ética de trabajo como la habilidad para dar a conocer la verdad siempre que la oportunidad lo permita. Esto es lo que significa ser un fiel administrador. Sin embargo, la fidelidad es un término ministerial que se aplica a todos los cristianos, no solo a los ministros ordenados del evangelio. En 3 Juan 5-6, por ejemplo, el Apóstol describe la práctica de la hospitalidad cristiana como un acto de fidelidad: «Amado, estás obrando fielmente en lo que haces por los hermanos, y sobre todo cuando se trata de extraños; pues ellos dan testimonio de tu amor ante la Iglesia». 

Lo maravilloso de cómo la Biblia presenta la fidelidad cristiana es que cuando los creyentes escuchen al fin las palabras «bien, siervo bueno y fiel» de boca de nuestro Señor en cuya casa hemos sido siervos, sabremos —de maneras que aquí solo vislumbramos y a menudo pasamos por alto— que toda nuestra fidelidad en la tierra no fue más que el producto de la fidelidad de Dios a Sí mismo. Gran parte del gozo del Señor en el cual entraremos aquel día será descubrir que Cristo nos recompensa por el fruto de Su propia gran obra por nosotros en la cruz y en nosotros por Su Espíritu. Nos postraremos y confesaremos que somos siervos indignos, habiendo cumplido tan solo con nuestro deber (Lc 17:10), pero Cristo nos dará Su gloria en abundancia y nos acogerá en Su presencia con gozo en el acto final de la fidelidad del pacto. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tes 5:24).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Strain
David Strain

El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].

Satisfechos para siempre

Soldados de Jesucristo

Marzo 25/2021

Solid Joys en Español

Satisfechos para siempre

John Piper

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La trampa

Jueves 25 Marzo

Los que buscan mi vida arman lazos.Salmo 38:12

Por el camino de la sabiduría te he encaminado, y por veredas derechas te he hecho andar.Proverbios 4:11

La trampa

Por ser cristiano, Iván fue llevado a Siberia a un campo de trabajo. Allí el invierno era especialmente duro; la temperatura bajaba hasta 50ºC bajo cero, e Iván debía trabajar fuera. La jefatura del campamento le ofreció otro trabajo en una habitación con calefacción, pero con la condición de colaborar con ellos en un detalle: compartiría el dormitorio con otros prisioneros cristianos y daría a la policía el informe exacto de sus conversaciones y actividades. La propuesta era tentadora, pues ya no tendría que pasar frío ni hacer trabajos forzados. “Simplemente nos gustaría saber de qué habla esa gente”, le dijeron los jefes del campamento. Iván comprendió la trampa: se trataba de traicionar a sus hermanos. “¿Sabe qué hizo Judas después de haber traicionado a Jesús?”, preguntó Iván al que le hizo la propuesta.

El hombre sacudió la cabeza, pues no sabía. “Se suicidó, dijo Iván… y yo quiero vivir, vivir para Cristo o morir para su gloria”.

La conversación se detuvo ahí. “Tuve que regresar al frío, pero mi corazón estaba cálido”, declaró más tarde ese fiel creyente.

Y nosotros, cristianos, ¿estamos dispuestos a renunciar a las ventajas materiales, para permanecer fieles al Señor? Un compromiso con el mal en nuestra vida personal, en nuestras relaciones profesionales, familiares, o con el enemigo, Satanás, siempre tiene consecuencias muy tristes. Pero la paz y el gozo acompañan la fidelidad a Dios y a su Palabra, cueste lo que cueste. En Hebreos 11: 35-36 se nos habla de fieles que “fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección”.

Ezequiel 20:1-22 – Hechos 26:1-18 – Salmo 36:7-12 – Proverbios 12:7-8© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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