La primera oración que aprendĆ siendo un niƱo fue la sencilla oración de agradecimiento frente a los alimentos: Ā«Dios es grande; Dios es bueno. Y le agradecemos estos alimentosĀ». Supongo que esta oración deberĆa de rimar. Al menos, rimaba cuando la recitaba mi abuela que pronunciaba food (Ā«alimentosĀ») de manera tal que rimara con good (Ā«buenoĀ»).
Estas dos virtudes asignadas a Dios en esta oración, la grandeza y la bondad, estĆ”n comprendidas en una sola palabra bĆblica, la santidad. Cuando hablamos de la santidad de Dios, estamos muy acostumbrados a asociarla casi exclusivamente con la pureza y la justicia de Dios. Sin duda que la idea de santidad contiene dichas virtudes, pero no constituyen el significado principal de la santidad.
Como Dios es santo, es grande y bueno al mismo tiempo. No hay maldad entremezclada con su bondad. Cuando somos llamados dos a ser santos, no significa que hemos de compartir la majestad divina de Dios, sino que hemos de apartarnos de nuestra pecaminosidad normal como caĆdos. Hemos sido llamados a reflejar el carĆ”cter moral y la actividad de Dios. Hemos de imitar su bondad
Resumen
La santidad tiene dos significados: (1) «lo otro» o «lo apartado», y (2) «las acciones puras y justas».
SANTO = 1. Lo otro (majestad) y 2. Pureza (justicia)
Hemos sido llamados a ser santos -a reflejar la justicia y la pureza de Dios.
Para ser honestos, gran parte de la culpa del vincular la postura cesacionista con la incredulidad en la presencia y obra continua del EspĆritu era mĆa y de mis amigos pentecostales. No estudiamos el cesacionismo en detalle ni hablamos con los mejores representantes de esa postura. Sin embargo, los cesacionistas no estaban exentos de culpa. Los cesacionistas que conocĆamos lo eran solo por costumbre, no por convicción. No es justo culpar a los cristianos pentecostales/carismĆ”ticos por malinterpretar el cesacionismo cuando los Ćŗnicos cesacionistas que conocen niegan la realidad permanente de los llamados Ā«dones de seƱalesĀ» (lenguas, milagros y profecĆa) mĆ”s por miedo a lo extraƱo que basados en un argumento bĆblico bien desarrollado.
Por Ćŗltimo, cuando observamos la instrucción de JesĆŗs y los apóstoles para el perĆodo postapostólico, no encontramos ningĆŗn llamado a que la Iglesia busque profetas, o que espere que la gente haga milagros o que procure recibir nuevos mensajes o lineamientos del SeƱor mediante personas con el don de lenguas. En esta lĆnea, son especialmente pertinentes pasajes como Hechos 20, donde Pablo se despide de los ancianos de Ćfeso, y las Ćŗltimas cartas escritas por los apóstoles antes de su muerte, entre ellas, las epĆstolas paulinas de 1 y 2 Timoteo y Tito, ademĆ”s de 1, 2 y 3 de Juan. ĀæCuĆ”l es el mandamiento de estos textos para la Iglesia? Que retenga la tradición āla enseƱanza apostólicaā que la Iglesia ya habĆa recibido, no que busque nuevas revelaciones.
A la luz de todo esto y de la alta estima que goza la doctrina de la Escritura en la teologĆa reformada, no es de sorprender que el cesacionismo sea la postura reformada estĆ”ndar. De hecho, creer que los dones de lenguas, profecĆas y milagros han cesado es un concepto tan entrelazado con la visión reformada confesional de la Palabra escrita de Dios y el poder declarativo de la Iglesia postapostólica que en verdad es imposible ser reformado y a la vez creer en la continuidad de los dones ya mencionados. Si la revelación especial divina no ha cesado, si la profecĆa y sus dones relacionados continĆŗan, no tenemos otra alternativa que registrar esa revelación y seguirla, pues Dios exige que guardemos y sigamos Su Palabra. Si la revelación especial divina no ha terminado, Dios no ha hablado finalmente en Su Hijo y el canon cerrado de la Escritura no puede ser nuestra Ćŗltima regla de fe y prĆ”ctica. Combinar la teologĆa reformada con la postura continuista, que enseƱa que los dones de profecĆa, milagros y lenguas continĆŗan, equivale a producir una mezcla inestable e irreconciliable de elementos contradictorios.