46 – El error de la liberación y la auto-liberación de demonios

Ministerios Integridad & SabidurĆ­a

Tesis # 46

El error de la liberación y la auto-liberación de demonios

95 Tesis para la iglesia evangƩlica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y SabidurĆ­a. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

16 – LA SANTIDAD DE DIOS

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

16 – LA SANTIDAD DE DIOS

La primera oración que aprendĆ­ siendo un niƱo fue la sencilla oración de agradecimiento frente a los alimentos: Ā«Dios es grande; Dios es bueno. Y le agradecemos estos alimentosĀ». Supongo que esta oración deberĆ­a de rimar. Al menos, rimaba cuando la recitaba mi abuela que pronunciaba food (Ā«alimentosĀ») de manera tal que rimara con good (Ā«buenoĀ»).

Estas dos virtudes asignadas a Dios en esta oración, la grandeza y la bondad, estÔn comprendidas en una sola palabra bíblica, la santidad. Cuando hablamos de la santidad de Dios, estamos muy acostumbrados a asociarla casi exclusivamente con la pureza y la justicia de Dios. Sin duda que la idea de santidad contiene dichas virtudes, pero no constituyen el significado principal de la santidad.

La palabra bĆ­blica santo tiene dos significados distintos. El significado principal es Ā«lo apartadoĀ» o Ā«lo otroĀ». Cuando decimos que Dios es santo, estamos llamando la atención a la profunda diferencia que existe entre Ɖl y todas las demĆ”s criaturas. Se refiere a la majestad trascendente de Dios, a su augusta superioridad, en virtud de la cual Ɖl es digno de todo nuestro honor, nuestra reverencia, nuestra adoración y nuestra alabanza. Ɖl es Ā«otroĀ», o es distinto a nosotros en su gloria. Cuando la Biblia habla de objetos santos, o de un pueblo santo, o de un tiempo santo, se refiere a objetos que han sido apartados, consagrados o hechos diferentes por la mano de Dios. El suelo que pisaba MoisĆ©s frente a la zarza que ardĆ­a era suelo santo porque Dios estaba allĆ­, presente de una manera muy especial. Era la cercanĆ­a de lo divino que convertĆ­a a lo ordinario sĆŗbitamente en algo extraordinario, y a lo cotidiano en algo fuera de lo comĆŗn.

El segundo significado de santo se refiere a las acciones puras y justas de Dios. Dios hace lo que estĆ” bien. Nunca hace algo que estĆ© mal. Dios siempre actĆŗa de manera justa porque su naturaleza es santa. Podemos entonces diferenciar la justicia interna de Dios (su naturaleza santa) de la justicia externa de Dios (sus acciones)..

Como Dios es santo, es grande y bueno al mismo tiempo. No hay maldad entremezclada con su bondad. Cuando somos llamados dos a ser santos, no significa que hemos de compartir la majestad divina de Dios, sino que hemos de apartarnos de nuestra pecaminosidad normal como caƭdos. Hemos sido llamados a reflejar el carƔcter moral y la actividad de Dios. Hemos de imitar su bondad

Resumen

La santidad tiene dos significados: (1) Ā«lo otroĀ» o Ā«lo apartadoĀ», y (2) Ā«las acciones puras y justasĀ».  

SANTO = 1. Lo otro (majestad) y 2. Pureza (justicia)

Hemos sido llamados a ser santos -a reflejar la justicia y la pureza de Dios.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Ex. 3: 1-6 

1 Sam. 2:2  

Ps. 99: 1-9  

Is. 6:1-13 

Rev. 4:1-11

El cesacionismo

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

El cesacionismo
Por Robert Rothwell

Nota del editor:Ā Este es el noveno capĆ­tulo en la serie de artĆ­culos deĀ Tabletalk Magazine:Ā Doctrinas mal entendidas

Ellos adoran asĆ­ porque no tienen el EspĆ­ritu SantoĀ». EscuchĆ© esa frase muchas veces durante mis dĆ­as como cristiano pentecostal/carismĆ”tico, aƱos atrĆ”s. AsĆ­ era cómo los pentecostales hablĆ”bamos sobre los creyentes no pentecostales, en especial sobre los que siguen una liturgia formal. CreĆ­amos que, aunque los no pentecostales eran salvos, carecĆ­an de la unción del EspĆ­ritu Santo, lo que quedaba en evidencia en su estilo de adoración, que externamente era menos dinĆ”mico y mĆ”s estructurado que el nuestro. Nuestra teologĆ­a pentecostal nos decĆ­a que los dones de lenguas y de profecĆ­a nunca cesaron, asĆ­ que todo grupo que no practicara esos dones ni el tĆ­pico dinamismo externo vinculado a ellos carecĆ­a del EspĆ­ritu, o al menos de la plenitud de Su presencia. SegĆŗn nuestra postura, creer que esos dones han cesado equivale a creer que el EspĆ­ritu Santo no estĆ” obrando en Su pueblo. EstĆ”bamos opuestos al cesacionismo, la doctrina que sostiene que los dones espirituales que comunican o confirman la revelación divina ―en particular los dones de lenguas, milagros y profecĆ­a― cesaron con la muerte del Ćŗltimo apóstol.

Para ser honestos, gran parte de la culpa del vincular la postura cesacionista con la incredulidad en la presencia y obra continua del Espíritu era mía y de mis amigos pentecostales. No estudiamos el cesacionismo en detalle ni hablamos con los mejores representantes de esa postura. Sin embargo, los cesacionistas no estaban exentos de culpa. Los cesacionistas que conocíamos lo eran solo por costumbre, no por convicción. No es justo culpar a los cristianos pentecostales/carismÔticos por malinterpretar el cesacionismo cuando los únicos cesacionistas que conocen niegan la realidad permanente de los llamados «dones de señales» (lenguas, milagros y profecía) mÔs por miedo a lo extraño que basados en un argumento bíblico bien desarrollado.

Sería necesario escribir todo un libro para poder presentar una defensa cabal del cesacionismo, pero la esencia de la postura puede articularse brevemente. Cuando Dios imparte una nueva revelación especial, utiliza métodos extraordinarios como la profecía y las lenguas para otorgar tal revelación, y también señales extraordinarias como los milagros para confirmar a las personas que debemos recibir (los profetas y los apóstoles) como comunicadores inspirados de Su revelación. En consecuencia, cuando Dios no estÔ impartiendo una nueva revelación especial, no utiliza señales ni métodos extraordinarios; mÔs bien, obra en y a través de la exposición de Su revelación especial (la Escritura), llevada a cabo por maestros dotados y ancianos de la iglesia debidamente instalados.

Vale la pena considerar algunas evidencias bĆ­blicas en favor del cesacionismo. En primer lugar, el pueblo de Dios ha pasado siglos sin tener profetas en varios perĆ­odos de su historia. Por ejemplo, Dios no le habló a Su pueblo mediante profetas ―al menos no mediante profetas como normalmente los concebimos― desde los dĆ­as de Abraham hasta MoisĆ©s. MĆ”s aĆŗn, los judĆ­os del primer siglo reconocĆ­an que el SeƱor no habĆ­a enviado profetas durante los cerca de cuatro siglos que transcurrieron entre MalaquĆ­as y Juan el Bautista. Sin embargo, Dios estuvo obrando en esos perĆ­odos, aunque no hubo profetas.

En segundo lugar, los milagros no eran acontecimientos cotidianos en los tiempos bíblicos. Solo ocurrían cuando Dios entregaba a Su pueblo nuevas revelaciones que iban a ser escritas. Si vemos la Escritura como un todo, hallamos tres grandes períodos de milagros: durante los tiempos de Moisés, de Elías y Eliseo y de Jesús y Sus apóstoles. Cada uno de estos períodos estuvo caracterizado por nuevas revelaciones especiales de Dios. Moisés recibió la ley y fue hecho mediador del antiguo pacto. Elías y Eliseo representan la institución formal del oficio profético y de los muchos orÔculos que los profetas darían. Jesús y Sus apóstoles instituyeron el nuevo pacto e impartieron instrucciones necesarias para la era del nuevo pacto. Dado que incluso los milagros bíblicos fueron tan limitados, no hay razón para esperar que en todas las generaciones haya gente con el don de obrar milagros.

En tercer lugar, Hebreos 1:1-4 nos dice que la Palabra final de Dios para nosotros es Su Hijo y que la manera en que Ɖl habla mediante Su Hijo ―y, en consecuencia, mediante los apóstoles que hablaron a la Iglesia con Su autoridad― no es igual a las muchas maneras en que Ɖl habló antes de la venida de JesĆŗs. Ya que JesĆŗs es nuestro Profeta y que los apóstoles del primer siglo ejercieron un ministerio profĆ©tico, la diferencia entre JesĆŗs y Sus apóstoles y los profetas del antiguo pacto no es que JesĆŗs y Sus apóstoles hayan empleado nuevos mĆ©todos de enseƱanza, sino que hablaron de forma final y definitiva. Ellos pusieron el fundamento de la Iglesia (Ef 2:18-22), asĆ­ que no debemos esperar que continĆŗe habiendo revelaciones, pues el fundamento se coloca una sola vez. Ya no es necesario que JesĆŗs nos guĆ­e mediante profetas y apóstoles.

Por Ćŗltimo, cuando observamos la instrucción de JesĆŗs y los apóstoles para el perĆ­odo postapostólico, no encontramos ningĆŗn llamado a que la Iglesia busque profetas, o que espere que la gente haga milagros o que procure recibir nuevos mensajes o lineamientos del SeƱor mediante personas con el don de lenguas. En esta lĆ­nea, son especialmente pertinentes pasajes como Hechos 20, donde Pablo se despide de los ancianos de Ɖfeso, y las Ćŗltimas cartas escritas por los apóstoles antes de su muerte, entre ellas, las epĆ­stolas paulinas de 1 y 2 Timoteo y Tito, ademĆ”s de 1, 2 y 3 de Juan. ĀæCuĆ”l es el mandamiento de estos textos para la Iglesia? Que retenga la tradición ―la enseƱanza apostólica― que la Iglesia ya habĆ­a recibido, no que busque nuevas revelaciones.

A la luz de todo esto y de la alta estima que goza la doctrina de la Escritura en la teología reformada, no es de sorprender que el cesacionismo sea la postura reformada estÔndar. De hecho, creer que los dones de lenguas, profecías y milagros han cesado es un concepto tan entrelazado con la visión reformada confesional de la Palabra escrita de Dios y el poder declarativo de la Iglesia postapostólica que en verdad es imposible ser reformado y a la vez creer en la continuidad de los dones ya mencionados. Si la revelación especial divina no ha cesado, si la profecía y sus dones relacionados continúan, no tenemos otra alternativa que registrar esa revelación y seguirla, pues Dios exige que guardemos y sigamos Su Palabra. Si la revelación especial divina no ha terminado, Dios no ha hablado finalmente en Su Hijo y el canon cerrado de la Escritura no puede ser nuestra última regla de fe y prÔctica. Combinar la teología reformada con la postura continuista, que enseña que los dones de profecía, milagros y lenguas continúan, equivale a producir una mezcla inestable e irreconciliable de elementos contradictorios.

Sin embargo, eso no significa que los cesacionistas neguemos la presencia y la obra continua del EspĆ­ritu Santo. Los cesacionistas no creemos que el EspĆ­ritu sea incapaz de hablar a travĆ©s de profetas en la actualidad, sino solo que ha escogido no hacerlo. Los cesacionistas creemos que el EspĆ­ritu puede sanar a las personas de forma inesperada ―y a menudo lo hace― cuando oramos por ellas. Creemos que el EspĆ­ritu Santo nos habla a travĆ©s de la sana exposición de Su Palabra. Creemos que nos abre y cierra puertas e incluso ordena Ā«coincidenciasĀ» providenciales en nuestras vidas. De hecho, yo afirmo que el cesacionismo reformado tradicional tiene un concepto mĆ”s elevado del poder y la libertad del EspĆ­ritu que el continuismo tradicional. Esto se debe a que nosotros confesamos que el EspĆ­ritu debe dar vida a las almas muertas para que podamos creer; que Ɖl hace eso sin que se lo pidamos, pues en nuestra condición de muerte espiritual sin Cristo no podemos pedir que se nos dĆ© nueva vida, y que Ɖl lo hace solo en aquellos a quienes escoge libremente y en el momento en que a Ɖl le place.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Alabar y dar testimonio

Viernes 4 Marzo

Aclamad a Dios con alegrĆ­a, toda la tierra. Cantad la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza… Venid, oĆ­d todos los que temĆ©is a Dios, y contarĆ© lo que ha hecho a mi alma.

Salmo 66:1, 2, 16

Alabar y dar testimonio

Leer Salmo 66

El autor de este salmo invita a toda la tierra a alabar, e incluso a aclamar a Dios con alegría. ¿Por qué? Porque anticipa el día en que toda la humanidad se postrarÔ y entonarÔ un cÔntico para celebrar la majestad de lo que él es, de su Nombre (v. 4).

Expresa su alabanza a Dios por las liberaciones del pasado, las ve ante Ć©l como si las hubiese vivido, e invita a los creyentes a adorarlo: ā€œVenid, y ved las obras de Diosā€ (v. 5). Numerosas liberaciones marcaron la historia del paĆ­s de Israel. Y los creyentes de todos los tiempos pueden expresar su alabanza a Dios, quien los liberó.

DespuƩs de veinte siglos de cristianismo, hoy nuestra simple presencia como creyentes prueba la fidelidad y el poder de Dios. A pesar de las persecuciones y herejƭas que han tratado de destruirla, la Iglesia del SeƱor subsiste siempre, y estƔ presente en todo el mundo.

DespuĆ©s de evocar de manera general las obras de Dios, el autor del salmo recurre a su experiencia: ā€œVenid, oĆ­d todos los que temĆ©is a Dios, y contarĆ© lo que ha hecho a mi almaā€ (v. 16). Esta experiencia personal contada humildemente tiene peso para convencer y llevar a una persona a la fe. El cristiano experimenta liberaciones; puede hablar de su SeƱor con conocimiento de causa. Es claro que Dios responde a nuestras oraciones; no debido a nuestros mĆ©ritos, sino en virtud de su bondad y de su misericordia. Ā”Mayor razón para dar libre curso a nuestro gozo!

Ɖxodo 16 ā€“ Hechos 12 ā€“ Salmo 29:7-11 ā€“ Proverbios 10:29-30

Ā© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch