El estado intermedio

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

El estado intermedio
Por Kim Riddlebarger

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

Los pastores tratan a menudo con la muerte y las inevitables preguntas que la acompañan. La misma naturaleza de la muerte suscita preguntas difíciles. No es raro que los niños reciban palabras de consuelo bien intencionadas luego de la partida de un familiar o un conocido. Con frecuencia decimos frases como: «La abuela está en el cielo», esperando consolar a los pequeños confusos y tristes que están lidiando con un tema que ni siquiera los teólogos eruditos comprenden bien. Sin embargo, aunque decir que «la abuela está en el cielo» en verdad no es una respuesta incorrecta si la abuela era creyente en Jesucristo, la respuesta es incompleta e incluso pudiera resultar engañosa. Viendo el asunto desde la perspectiva bíblica, si la abuela era creyente, ahora está en la presencia del Señor, esperando Su regreso y la resurrección de su cuerpo.

Lo que le ocurre a la gente cuando muere es un aspecto de la teología cristiana muy explorado, pero frecuentemente incomprendido, que a menudo se discute bajo el título de «el estado intermedio». Debido a que se presta a confusión, es útil comenzar con una breve definición de lo que entendemos por estado intermedio. Es el período de tiempo que transcurre entre la muerte de un creyente (y su entrada inmediata a la presencia del Señor) y la resurrección del cuerpo en el momento del retorno de Cristo. Cuando Jesús levante a los muertos en el día final, las almas incorpóreas serán reunidas a sus cuerpos, que entonces se volverán imperecederos (1 Co 15:35-58), a modo de preparación para morar por toda la eternidad en los nuevos cielos y la nueva tierra (Ap 21).

En varios pasajes muy conocidos, Pablo aborda específicamente el tema de lo que ocurre con los creyentes durante el tiempo transcurrido entre su muerte y el retorno de Cristo. Según 2 Corintios 5:8, los creyentes ingresan inmediatamente a la presencia de Dios tras su muerte física. A eso nos referimos cuando hablamos del cielo. El apóstol escribe: «Preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor». Pablo también habló de cómo deseaba «partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor» (Flp 1:23). Cuando morimos, estamos «con Cristo», entrando de inmediato en la presencia de Dios.

La imagen bíblica más vívida del cielo es la que se presenta en Apocalipsis 4-6, una escena gloriosa de lo que ocurre en la habitación del trono celestial antes del retorno de Jesús. Si bien la escena allí revelada es maravillosa, vale la pena notar que los santos en el cielo están clamando: «¿Hasta cuándo, oh Señor santo y verdadero, esperarás para juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?» (6:10). Los que han muerto antes que nosotros ya están en la presencia de Dios, experimentando ahora el estado intermedio, anhelan el retorno de Jesucristo a la tierra el día de la resurrección y el juicio.

Hay tres errores importantes respecto al estado intermedio que recién describimos. El primero, conocido comúnmente como el «sueño del alma», sostiene que, al momento de la muerte, el alma del creyente «duerme» hasta el día de la resurrección. Según esta postura, desde que morimos hasta que despertamos el día del retorno de Jesús, no percibimos conscientemente que estamos en la presencia del Señor. Morimos, y luego «dormimos» hasta que Cristo regrese. Esta posición fue abordada por Juan Calvino en su primer gran tratado teológico, un libro publicado bajo el atractivo nombre de Psychopannychia. El error consiste en sostener que la muerte da inicio a un estado de inconsciencia muy similar al sueño. Los creyentes no recuerdan nada desde el momento en que dan su último aliento hasta que despiertan en la resurrección. Sin embargo, esta postura no puede dar cuenta de los pasajes bíblicos recién mencionados, que dicen con claridad que los creyentes están conscientes en la presencia del Señor inmediatamente después de la muerte y experimentan las glorias de la escena celestial descrita en Apocalipsis 4-6.

El segundo error es la noción de que el estado intermedio es en un período durante el cual los humanos pecadores deben ser purificados de la presencia de todo pecado remanente. El principal ejemplo de este error es la doctrina católica romana del purgatorio. La idea de que el estado intermedio es un período de purificación surge de la creencia errada de que, incluso si una persona muere creyendo en Jesucristo, es posible que aún no haya alcanzado un estado de santidad personal suficiente para ingresar al cielo. Se hace necesario un período de purificación para que, después de la muerte, el alma se vuelva lo suficientemente «pura» para entrar a la plenitud del gozo de la comunión con los santos. Esta postura asume que los méritos de Jesucristo (Su vida de obediencia, Su muerte por nuestros pecados) no bastan por sí solos para que el creyente sea lo suficientemente «santo» para ingresar al cielo al momento de la muerte. Sin embargo, el evangelio se basa en la promesa de que Jesús otorga todo lo que necesitamos para que seamos considerados y hechos santos en virtud de nuestra unión con Jesucristo a través de la fe. Posicionalmente, somos santos desde el momento de nuestra justificación, pero en la práctica crecemos en santidad a lo largo de nuestras vidas hasta que somos completamente santificados en nuestra glorificación.

El tercer error (quizás la postura más popular en el mundo hoy en día) consiste en confundir el estado intermedio (de existencia incorpórea) con el estado eterno, de modo que ya no está la expectativa de la resurrección del cuerpo enseñada claramente por la Biblia (1 Co 15:12 ss.). Según esta postura, la muerte libra al alma (ya «pura») del cuerpo pecaminoso. Como no hay resurrección de los muertos, los seres humanos existen después de la muerte como espíritus conscientes e invisibles. Muchas personas, incluso algunos cristianos profesantes, han llegado a creer que esos espíritus están presentes con nosotros en esta vida, ofreciéndonos alivio y consuelo en momentos de prueba o cuando lloramos por ellos y luego «sentimos» su presencia. Estas creencias pueden ser sinceras, pero carecen de fundamento bíblico, pues ignoran la enseñanza escritural sobre la resurrección del cuerpo. Este error impulsa a los enlutados a buscar consuelo en la presencia invisible de los espíritus de sus seres queridos fallecidos en lugar de la gran esperanza cristiana de la resurrección del cuerpo.

Podemos estar seguros de que, cuando la abuela murió, no se quedó dormida. En el cielo, no está siendo purgada de su pecado. Si la abuela era creyente, fue inmediatamente glorificada e ingresó a la presencia de Cristo. Jesús ganó todo eso para ella en la cruz y en Su vida de perfecta obediencia. Ahora, ella está consciente esperando la resurrección, aun ahora, mientras contempla el rostro de su Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kim Riddlebarger

El Dr. Kim Riddlebarger es pastor principal de la Christ Reformed Church en Anaheim, California, y copresentador del programa de radio White Horse Inn. Es autor de A Case for Amillennialism [Un argumento a favor del amilenialismo] y First Corinthians [Primera Corintios] en la serie Lectio Continua.

La ley exige, la gracia salva

Jueves 3 Marzo

La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Juan 1:17

No estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.

Romanos 6:15

La ley exige, la gracia salva

Por medio de Moisés, Dios había dado una ley al pueblo de Israel. Esta declaraba lo que Dios exigía del pueblo y le prometía su bendición si obedecía. Ordenaba a los hombres actuar según los mandamientos de Dios y les advertía sobre las consecuencias que tendrían si desobedecían.

Hoy la ley sigue siendo un cartel indicador seguro para todos los hombres. Nos indica los valores morales que Dios aprecia, y arroja luz sobre nuestro comportamiento según sus exigencias. La ley es semejante a un espejo en el que podemos vernos sin complacencia, tal como somos, tal como Dios nos ve. Este espejo nos muestra que le desobedecemos cada día, por lo tanto, la ley nos condena a todos.

Pero Dios no se conformó con hacernos constatar esto. Él es amor y quería salvar a sus criaturas culpables y perdidas. Por ello envió a su Hijo Jesucristo a la tierra, “para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Él murió en la cruz y sufrió en nuestro lugar el castigo de Dios que nosotros merecíamos. ¡Esta es la gracia unida a la verdad!

La gracia es un don gratuito, no la merecemos: no tenemos que hacer nada para obtenerla, solo aceptarla, y recibir al Señor Jesús como Salvador. Él no se conforma con ofrecernos el perdón. Nos concede una nueva relación con él: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

¡Este es el comienzo de una real y abundante bendición!

Éxodo 15 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

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45 – El bautismo del Espíritu Santo no implica el don de lenguas

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 45

El bautismo del Espíritu Santo no implica el don de lenguas

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

La Biblia es la base de nuestro crecimiento espiritual

La Biblia es la base de nuestro crecimiento espiritual
SAM MASTERS

Nuestro mundo secularizado ha perdido toda noción de lo sagrado. Irónicamente, a pesar de su convicción de que el universo es un sistema natural cerrado, nuestra cultura postula figuras que reemplazan a los demonios y ángeles. Una encuesta reciente reveló que el 14% de los estadounidenses creen que puede suceder un accidente biológico que produzca un apocalipsis de zombis.[1] Casi un 50% cree que existen los alienígenas.[2]

Admito tener serias dudas sobre la existencia de extraterrestres. Por lo menos dudo que sean como en las películas. La Biblia habla de seres superdotados que van y vienen de nuestro planeta (Lc. 2:9), pero no son precisamente hombrecitos verdes. De todas formas, vale preguntar, si de verdad existen los alienígenas, verdes o del color que sean, ¿cómo podemos descubrirlos? Si ellos no hacen algo por darse a conocer, la posibilidad de descubrirlos es casi inexistente.

¿Cómo serían ellos? ¿Buenos y amigables como el E.T. de Steven Spielberg? ¿O sabios y extraños como en la película Arrival que protagonizó Amy Adams? ¿O monstruos aterradores como en las películas Alien? Si no se les ocurre bajarse de su nave en una plaza de alguna de nuestras ciudades —o por lo menos mandarnos algún mensaje que puedan captar las antenas de la NASA— no hay posibilidad de saber de ellos. Podemos especular mucho, pero nuestro conocimiento concreto no avanza.

¿Y si Dios existe? La distancia es más grande aún. El Dios del cristianismo existe mas allá de los limites del tiempo y el espacio, mas allá del alcance de nuestros instrumentos científicos. Podemos especular en cuanto a su existencia y sus cualidades, pero para conocerlo hace falta que Él se revele. Por esto podemos decir que no hay declaración de más trascendencia histórica que esta: “Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo” (He. 1:1-2).

Dios nos habla. Hay muy pocas oraciones que podemos escribir que tengan el mismo peso trascendental. Esta oración solo se compara con oraciones como: “En el principio Dios creó el universo”, o “Oye Israel, nuestro Dios uno es”, o “El verbo se hizo carne”.

Para entender mejor las disciplinas espirituales, hay cinco cosas que debemos saber sobre la Palabra de Dios. Estas cinco cosas nos ayudarán a entender que toda disciplina espiritual debe tener una base sólida, la cual no se encuentra en nosotros mismos, sino en las Escrituras.

1. La Palabra invaluable es nuestro punto de partida

Debido a lo que ya hemos mencionado, las disciplinas espirituales comienzan con la Palabra de Dios. Ellas existen porque Dios nos ha hablado en cuanto a su propia naturaleza y la nuestra, y nos ha hecho entender su gracia y sus propósitos para nosotros.

Para crecer en santidad por medio del uso disciplinado de los medios de gracia, es imprescindible entender la centralidad de la Palabra en este proceso y el rol del Espíritu Santo.

Para crecer en santidad por medio del uso disciplinado de los medios de gracia, es imprescindible entender la centralidad de la Palabra en este proceso y el rol del Espíritu Santo. Además, debemos entender, aunque sea en parte, la maravilla de poseer las Escrituras. Tomar una Biblia en nuestras manos no es técnicamente un milagro.[3] Sin embargo, como evidencia de la providencia de Dios, es tan maravillosa que debe producir en nosotros el mismo asombro que tendríamos al ver agua convertida en vino.

Hace algunos años pude asistir a una exposición de los rollos del Mar Muerto. Eran más pequeños de lo que había imaginado. Lo que más me conmovió de ellos fue el marcado contraste entre su evidente fragilidad y su gran antigüedad. Bajo una gruesa lámina de vidrio antibala, daban la sensación de que se harían polvo con apenas un suspiro de aliento. Más de dos milenios luego de ser copiados, su mera existencia da evidencia de la providencia divina en la conservación de la Palabra.

¿Que generó en el pueblo judío esa dedicación a copiar y preservar los textos del Antiguo Testamento a través de milenios? Quizá los mismos textos nos pueden sugerir claves. ¿No habrá sido la memoria nacional del temor experimentado por sus antepasados cuando, al pie del monte Sinaí, escucharon los truenos, vieron los relámpagos y la densa nube sobre el monte, y oyeron un fuerte sonido de trompeta? (Éx. 19:16) ¿No habrá sido el recuerdo de la cara brillante de Moisés cuando bajó del monte? ¿No habrá sido la declaración, “habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre”? (Éx. 20:1-2).

Los judíos aceptaron que debían recibir las palabras divinas y ponerlas por práctica. También aceptaron la responsabilidad familiar de enseñarlas a sus hijos. La Palabra se debía transmitir al estar en casa y al andar por el camino, al levantarse y al acostarse (Dt. 6:6). Como pueblo, los judíos aprendieron dos cosas que nosotros también debemos aprender. Primero, la maravilla de poseer la Biblia. Segundo, que no solo de pan vive el hombre. También necesita la Palabra de Dios (Dt. 8:3). No nos debe sorprender, por lo tanto, el cuidado minucioso de los escribas que generación tras generación copiaron la Palabra de Dios. Ella es el punto de partida para conocer a Dios y crecer en santidad.

2. La Palabra fue escrita para ser leída y oída

La Palabra divina, antes que nada, es una palabra verbalizada, pronunciada. Pero también es una palabra escrita. Encontramos que Moisés mandó que la Palabra fuera leída en público:

“Cuando todo Israel venga a presentarse delante del Señor tu Dios en el lugar que Él escoja, leerás esta ley delante de todo Israel, a oídos de ellos. Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que está en tu ciudad, para que escuchen, aprendan a temer al Señor tu Dios, y cuiden de observar todas las palabras de esta ley. Y sus hijos, que no la conocen, la oirán y aprenderán a temer al Señor vuestro Dios, mientras viváis en la tierra adonde vosotros vais, cruzando al otro lado del Jordán para poseerla”, Deuteronomio, 31:11-13.

Obviamente, esta lectura oral dependía de la palabra escrita.

Para nosotros, las disciplinas espirituales también presentan esta ida y venida oscilante entre la Palabra escrita y la leída en voz alta. En nuestros días de fácil acceso a libros impresos y textos electrónicos, más que nada absorbemos la Palabra por un circuito cognitivo que pasa por los ojos a la mente. Pero la Biblia fue compuesta en el contexto de una cultura oral, y el circuito que muchas veces se contempla en las Escrituras es el que incluye los oídos, el corazón, y la boca. Jesús dijo: “El que tiene oídos, que oiga” (Mt. 11:15). Pablo escribió: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón” (Ro. 10:8).

El pentateuco fue escrito para ser leído en voz alta ante la congregación. Dios, por medio de Moisés, encontró en la escritura un medio para asegurar la transmisión fiel de una generación a otra. La confesión de Westminster explica:

“Le agradó a Dios en varios tiempos y de diversas maneras revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su Iglesia; y además, para conservar y propagar mejor la verdad y para el mayor consuelo y establecimiento de la Iglesia contra al corrupción de la carne, malicia de Satanás y del mundo, le agradó dejar esa revelación por escrito”.[4]

¿Será una coincidencia que el primer abecedario del mundo no fue la invención de los egipcios o de los sumerios, los imperios dominantes de la antigüedad? Estas culturas dependían de los sistemas aparatosos de los jeroglíficos y la escritura cuneiforme. En realidad, el primer alfabeto surge entre los semitas.[5] Solamente un abecedario permitiría el desarrollo de la literatura como tal. El alfabeto es el medio providencial de trasmisión que permitió la preservación de la Palabra a través de los milenios. Aun cuando una generación se olvidaba de ella, ahí yacía hasta que un escriba —o un arqueólogo— con manos temblorosas desempolvaba un rollo olvidado por los hombres, pero conservado por el Espíritu de Dios.

El invento de la escritura alfabética no solo permitió la preservación de la Palabra revelada, sino también la distribución necesaria para su incorporación a la vida comunitaria de Israel. La iglesia primitiva, siguiendo el ejemplo de la sinagoga, daba un lugar de honor a la simple lectura de la Palabra. En Judea y Galilea, las sinagogas poseían copias de los rollos de las Escrituras. Recordamos que Jesús, para inaugurar su ministerio, leyó una profecía del antiguo rollo de Isaías (Lc. 4:17-20).

Las iglesias cristianas agregaron a sus bibliotecas copias de los escritos de los apóstoles. Dando instrucciones al joven pastor Timoteo, Pablo dice: “Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza” (1 Ti. 4:13). Aquí, Pablo tiene en mente la lectura pública de las Escrituras. Notemos cómo él recomienda esta lectura en un contexto que incluye la lucha por la santificación:

“Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad”, 1 Timoteo 4:6-7.

El apóstol Pablo describe una vida caracterizada por la búsqueda de la santidad por medio de las disciplinas espirituales centradas en la Palabra.

3. La Palabra fue recuperada en la historia de la iglesia

Lamentablemente, la Palabra no siempre ha ocupado su lugar merecido en la larga historia de la iglesia. A través de los años, la espiritualidad cristiana fue distorsionada por prácticas como el culto a María y la mediación de los santos. Sin embargo, la Palabra nunca perdió su capacidad de transformar al individuo y a la iglesia misma.

En la conversión de Agustín de Hipona encontramos un ejemplo clásico de ese poder transformador. Por la influencia de la Palabra, el gran teólogo africano fue convertido de una vida de libertinaje y andanzas filosóficas. Primero, sus conceptos de la fe cristiana empezaron a ser modificados bajo la influencia de la predicación de Ambrosio. Luego, su conversión en sí se produjo un día cuando, sentado en al jardín de su casa, escuchó la voz de una niña que decía tolle lege, tolle lege: toma, lee. Impulsado por estas palabras, levantó una copia de las Escrituras y leyó Romanos 13:13-14: “Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne”. Agustín relató que esto fue como una luz que instantáneamente despejó toda sombra de duda.

A través de los siglos en la vida de la iglesia, la influencia de la Palabra de Dios muchas veces menguó. Sin embargo, Dios en su providencia nunca dejó que la llama se apagara del todo. El copiado de los textos bíblicos se llevó a cabo con la misma disciplina de los antiguos judíos, aun en lugares remotos azotados por los vikingos, como Lindisfarne, un monasterio fundado por monjes irlandeses. En la época medieval se practicaba la lectio divina, una disciplina espiritual de los monjes benedictinos. Consistía de 4 pasos: lectio, meditatio, oratio, y contemplatio. Se buscaba a Cristo en cada pasaje, pero los resultados muchas veces eran problemáticos, ya que la interpretación no obedecía a ningún principio hermenéutico, sino a las impresiones subjetivas del monje.

Un aspecto clave de la espiritualidad protestante es recuperar la vida de la congregación de la iglesia bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

La Reforma protestante llegó a la iglesia como los avivamientos habían llegado en el Antiguo Testamento a Israel bajo el rey Josías o el escriba Esdras. El principio de sola Scriptura actuó como un ácido disolviendo las tradiciones y falsas enseñanzas acumuladas a través de los siglos. El altar de la misa perdió su posición central en el santuario al ser reemplazado por el púlpito. Todo se reordenó y se sujetó a la Palabra. La Biblia, leída y predicada, volvió a ocupar el lugar central en la vida de la iglesia. Como ejemplos puntuales podemos notar el proceso de reforma en Zúrich, el cual empezó cuando el sacerdote católico Ulrico Zuinglio se dedicó a la predicación expositiva del libro de Mateo, o la teología magistral de Calvino, que se forjó en medio de un ministerio activo de enseñanza casi diaria de la Palabra.

4. La Palabra es central en la espiritualidad protestante y bíblica

De esa manera, un aspecto clave de la espiritualidad protestante es recuperar la vida de la congregación de la iglesia bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

Una muestra de eso es la forma en que el proceso de reforma se agudizó en el siglo XVI entre los puritanos. Ellos promulgaban una “religión experimental”. O sea, enseñaban que la fe no era simplemente un compendio de dogmas, sino que era algo que se debía vivir y sentir. La Escritura era suficiente para conocer a Dios y sus verdades eran transformadores porque, así como fue inspirada por el Espíritu Santo, también era aplicada por Él a la mente y el corazón de una forma que producía cambios reales. Por lo tanto, William Perkins (1558-1602) podía escribir que la “teología es la ciencia de vivir de forma bendita para siempre”.[6] De forma similar, William Ames (1576-1633) definió la teología como “la doctrina de vivir hacia Dios”.[7]

En términos similares, los autores del Catecismo menor de Westminster formularon la pregunta: “¿Qué es lo que enseñan principalmente las Escrituras?”. Respondieron: “Lo que principalmente enseñan las Escrituras es lo que el hombre ha de creer respecto a Dios y los deberes que Dios impone al hombre”.[8] La Palabra imparte conocimiento de Dios y, bien entendida, cambia vidas.

Michael Haykin mantiene que los puritanos desarrollaron una distintiva espiritualidad congregacional orientada en dos principales ejes:[9]

Primero, su enfoque en la centralidad y suficiencia de las Escrituras les llevó a elevar la predicación como principal medio de gracia. Esto produjo una espiritualidad única del uso del espacio que se hizo evidente en sus lugares de reunión.

El catolicismo había puesto el enfoque en el altar y la celebración de la misa. El culto romano contenía un elemento dramático que apelaba a la vista. Arquitectónicamente, esto se expresaba en los exagerados interiores barrocos y rococós de sus iglesias y catedrales repletas de imágenes de los santos. En contraste, los protestantes, y en particular los puritanos, prefirieron una decoración minimalista o inexistente, ya que el enfoque del culto era la Palabra predicada y oída. El púlpito reemplazó al altar como centro de enfoque, y este se elevaba para simbolizar la supremacía de la Palabra sobre la vida de la congregación.

Segundo, así como los puritanos desarrollaron una nueva espiritualidad del espacio bajo la influencia de la predicación, también expresaron una nueva espiritualidad del tiempo. Esto se hizo evidente en su aplicación del cuarto mandamiento. Dieron importancia al sábado, ya que el tiempo santificado era necesario para oír la predicación, y para practicar la oración, la meditación, y las buenas obras. Apartar un día de la semana representaba su reconocimiento de que Dios es Señor no solo del espacio sino también del tiempo. Además, entendieron que la consagración del sábado dominical era imperativo para dedicar el tiempo necesario a la cultivación de las disciplinas.

5. La Palabra y el Espíritu obran en nuestra santificación

En su interpretación de las Escrituras, los puritanos aplicaban métodos gramaticales, históricos, y lógicos, pero entendían que la Palabra tenía vida propia; que penetraba y transformaba vidas. Esto se debía a su inspiración por el Espíritu Santo, y a la aplicación por parte del mismo Espíritu al entendimiento y al corazón del ser humano.

Juan Calvino le daba tanta importancia al Espíritu Santo que, según B.B. Warfield, él debe ser conocido como el “teólogo del Espíritu Santo”.[10] En su debate con el Cardenal Sadoleto, Calvino lo acusó de injuriar al Espíritu Santo porque lo separaba de la Palabra.[11] Para Calvino, Sadoleto caía en el error de dar preferencia a la autoridad de la iglesia antes que  a la del Espíritu Santo:

“Si hubieses sabido, o no lo hubieses querido disimular, que el Espíritu ilumina a la Iglesia para abrir la inteligencia de la Palabra y que la Palabra es como el crisol donde se prueba el oro para discernir por medio de ella todas las doctrinas, ¿te hubieras enfrentado con tan compleja y angustiosa dificultad? Aprende, pues, por tu propia falta, que es tan insoportable vanagloriarse del Espíritu sin la Palabra, como desagradable el preferir la Palabra sin el Espíritu”.

Los puritanos compartían este énfasis en la relación entre el Espíritu y la Palabra. J. I. Packer señala la importancia de la enseñanza de John Owen sobre este tema. Entre otros efectos, el Espíritu establece nuestra fe en y por medio de la Escrituras.

Las disciplinas espirituales, partiendo de la Palabra de Dios, nos ayudan a entender más de Él y producen cambios reales en nosotros.

El Espíritu hace esto de tres formas. Primero, según Owen, el Espíritu le da a las Escrituras la “cualidad permanente de luz”.[12] Segundo, el Espíritu le da a las Escrituras el poder de “producir efectos espirituales”.[13] O sea, la Palabra tiene poder transformador, y el Espíritu la aplica de forma eficaz a nuestras vidas. ¡Que importante entender esto para aquellos que luchamos por ver cambios reales en nosotros! Tercero, “el Espíritu hace que la Palabra invada la conciencia como una palabra dirigida a cada individuo por Dios mismo, evocando el asombro y la sensación de estar bajo la presencia de Dios y la observación de su ojo”.[14]

Conclusión

Como hemos visto, las disciplinas espirituales, partiendo de la Palabra de Dios, nos ayudan a entender más de Él y producen cambios reales en nosotros. Aunque requieren esfuerzo de nuestra parte, en última instancia los resultados no son productos de nuestra autodisciplina en sí. Las diversas disciplinas son fuentes de la gracia que Dios nos canaliza por medio de su Palabra.

Esta Palabra formó el universo (Sal. 33:6) y nos hace nacer de nuevo (1 P. 1:23). Ella hace su obra en nosotros (1 Ts. 2:13), nos limpia (Jn. 15:3), y nos santifica (Jn. 17:17). Por esta razón, Pablo escribió a los colosenses:

“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones”, Colosenses 3:16.

Pablo describe un estilo de vida marcado por el uso disciplinado de los medios de gracia. Es una vida de increíble gozo. Esto es posible porque Dios existe y nos ha hablado por los profetas, por su Hijo, y nos sigue hablando por las Escrituras y su Espíritu. En última instancia, todas las disciplinas espirituales provienen de la Palabra. Sin ella, no hay verdadera espiritualidad.


Otros artículos de esta serie: ¿Qué es la verdadera espiritualidad bíblica?El crecimiento en santidad y las disciplinas espirituales.


[1] The Zombie Apocalypse.

[2] New survey shows nearly half of Americans believe in aliens.

[3] Un milagro se entiende en este contexto como una intervención directa de Dios sin el uso de medios secundarios, como cuando Jesús convierte el agua en vino. En el caso de la preservación de las Escrituras, Dios obra por varios medios secundarios como las diversas tecnologías, como la tinta o la imprenta, el copiado fiel de muchos escribas, y los medios de conservación como las tinajas en que se encontraron los rollos del Mar Muerto. La orquestación divina de todos estos medios secundarios en la preservación de su Palabra es una increíble demostración de la providencia divina.

[4] Confesión de Westminster, 1.1.

[5] https://www.haaretz.com/.premium–1.5163332. El primer alfabeto es en realidad un “abyad,” un sistema que consiste solo de consonantes.

[6] Perkins, Works, 1.11.

[7] Ames, The Marrow of Theology, 1.1.

[8] Catecismo Menor de Westminster, pregunta 3.

[9] Michael Haykin, SBJT 14.4 (2010): 38-46.

[10] Discurso de B. B. Warfield, The Theology of Calvin.

[11] Calvino, Respuesta al Cardenal Sadoleto, 16.

[12] J. I. Packer, A Quest for Godliness (Wheaton, Illinois: Crossway, 1990), 90.

[13] Ibíd., 91.

[14] Ibíd., 91.

Samuel E. Masters es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Está casado con Carita y tienen tres hijos. Vive desde hace 32 años en Argentina. Es el pastor fundador de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer (En Córdoba, Argentina), presidente de The Crecer Foundation (EE. UU.), y rector del Seminario Bíblico William Carey. Obtuvo su Masters of Arts In Religion en Reformed Theological Seminary y tiene un doctorado en Biblical Spirituality del Southern Baptist Theological Seminary.

Membresía de la iglesia

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

Membresía de la iglesia
Por Roland Barnes

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

¿Qué pensarías de una madre y de un padre que, después de traer al mundo a su recién nacido, lo abandonan para que se valga por sí mismo? Eso sería desastroso para el niño y los padres serían culpables de abuso infantil. ¿Qué hace Jesús con Sus hijos espirituales recién nacidos? Aquí se encuentra, por lo menos en parte, la esencia y el significado de la membresía de la iglesia. Aquellos que son escogidos por el Padre, comprados por el Hijo y nacidos de nuevos por el Espíritu Santo, no son abandonados para valerse por sí mismos en contra del mundo, la carne y el diablo. Jesús toma a Sus hijos recién nacidos que han sido bautizados en la Iglesia invisible por el Espíritu Santo y los bautiza en la Iglesia visible por el sacramento del bautismo por agua. A través del bautismo por agua, Jesús también trae a los nuevos creyentes y a los hijos de los creyentes a formar parte de la iglesia visible. Cuando una persona es bautizada con agua en el nombre del Dios Trino, es añadida a la membresía de la iglesia visible y allí hay que cuidarla y nutrirla espiritualmente.

Estoy convencido que una de las razones por la cual la membresía de una iglesia no es valorada como debiera ser se debe a que no es vista como un medio por el cual el Buen Pastor cuida y provee para Sus ovejas. La Iglesia es Su rebaño. Él entregó Su vida por Sus ovejas. Las compró con el precio de Su propia sangre y no las abandona en esta tierra para que se las arreglen por sí mismas, por separado e individualmente. La Confesión de Fe de Westminster declara, «El bautismo es un sacramento del Nuevo Testamento, instituido por Jesucristo… para admitir solemnemente a la persona bautizada en la Iglesia visible» (28.1). Alguien pudiera preguntar, ¿dónde se encuentra la membresía en la Biblia? La respuesta está en la práctica del bautismo por agua. En el Nuevo Testamento, cuando alguien cree es bautizado y por su bautismo es añadido a la membresía de la Iglesia visible bajo la autoridad de la iglesia y el cuidado de líderes que actúan como pastores. Esta es la manera cómo Jesús vela por Su Iglesia en la tierra. Esas tres mil almas que fueron bautizadas en Pentecostés se agregaron a la membresía de la Iglesia en Jerusalén bajo el cuidado de los apóstoles.

Muchos fallan en ver la conexión entre el bautismo y la membresía, y por eso yerran en ver el significado de la supervisión y el cuido que se establece cuando una persona es bautizada y añadida a la membresía de la iglesia. Sin la membresía, es imposible para un líder eclesiástico determinar de cuáles de las ovejas de Cristo él es responsable. Pedro exhorta a los ancianos de la iglesia en 1 Pedro 5:2-3, diciendo «pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él… [no] como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados». La Reina-Valera 1960 traduce la frase «los que os han sido confiados» como «los que están a vuestro cuidado». El Buen Pastor ha encomendado Sus ovejas al cargo y cuidado de ancianos particulares que actúan como Sus pastores asistentes. Ciertamente, los apóstoles conocían las ovejas que Cristo les había encargado que supervisaran. Sin la membresía por el bautismo, los apóstoles no habrían conocido a las personas que pertenecían a Jesús y de las cuales ellos eran responsables. Sin la membresía, las ovejas no pueden saber quiénes son los pastores que deben seguir ni a quién le deben obediencia. El autor de Hebreos exhorta a los creyentes, «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta» (Heb 13:17).

Cuando una persona es agregada a la membresía de la Iglesia invisible o espiritual, es liberada «del dominio de las tinieblas» y trasladada «al reino [del] Hijo amado [de Dios]» (Col. 1:13). Para los creyentes, la membresía en la Iglesia visible o física en la tierra corresponde a la membresía en la Iglesia invisible o espiritual. No puede ser otorgado mayor privilegio al hombre en la tierra. Ser trasladado del mundo (un dominio de muerte, oscuridad y condenación) a la Iglesia (un dominio de vida, luz y amor redentor) es la mayor bendición dada al hombre en la tierra. Es en la Iglesia visible donde Jesús nos provee con una abundante provisión de los medios de nuestro crecimiento espiritual: Palabra, sacramentos, oración, comunión, disciplina, etc.

De hecho, la práctica de disciplina eclesiástica asume el concepto de membresía en un cuerpo local visible. En Mateo 18:17, Jesús se refiere al creyente que no se arrepiente cuando dice, «y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuesto». Se asume que la persona está en comunión con Jesús y Su Iglesia, pero si no se arrepiente, debe ser removido de la comunión de la iglesia. Pablo seguramente lo vio de esta manera cuando expulsó al hombre impenitente en 1 Corintios 5:2. Él escribió, «el que de entre vosotros ha cometido esta acción [sea] expulsado de en medio de vosotros». Si no existe membresía, entonces la idea de sacar a alguien de la iglesia no tiene significado alguno. Sacar a alguien de la iglesia solo tiene sentido si esta persona ha sido miembro de pacto con el pueblo de Dios, unido a Cristo y a Su cuerpo. El apóstol Pablo afirma en Romanos 12:5, «Así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros».

La membresía en el cuerpo de Cristo es el resultado de la unión con Cristo. Por el bautismo del Espíritu Santo (una realidad espiritual, interna, invisible), los creyentes son unidos a Jesús y se convierten en parte de la Iglesia universal y por el bautismo en agua (una señal externa, visible, física) los creyentes y sus hijos son injertados en la iglesia visible, bajo el cuidado de los ancianos. La membresía tiene que ver con el cuidado espiritual y la rendición de cuentas. Es la bendición de pertenecer a la esposa de Cristo y el beneficio de Su supervisión pastoral. Es en la iglesia que el señorío de Cristo se manifiesta más claramente cuando los miembros se congregan en el Día del Señor, proveen apoyo con sus diezmos y ofrendas, utilizan sus dones espirituales para ministrarse unos a otros y proclaman Su evangelio en todo el mundo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Roland Barnes
El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.

Jesús es el Mesías

Miércoles 2 Marzo

Jesús… les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron… Maestro, ¿dónde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día.

Juan 1:38-39

Jesús es el Mesías (2)

Testimonio

“Reconocí en la persona de Jesús a un maestro que decía la verdad. Hablaba en un contexto que todo judío podía comprender, de una manera que me sorprendía. Yo estaba de acuerdo con cada pasaje de los evangelios. Después de varias semanas declaré que estaba realmente convencido de que Jesús era el Mesías, y me consideraba como uno de sus discípulos. No necesité una revelación particular, sino una fe simple: estaba seguro de pertenecer a aquel que había muerto y resucitado para que yo pudiese tener la vida eterna.

Cuando volví a Francia mis padres reaccionaron bastante mal ante mi nuevo compromiso. Se sentían traicionados, pues pensaban que yo había dado la espalda a las esperanzas que ellos habían puesto en mí. Para poder crecer en mi nueva fe, debía tener un nuevo comienzo. Por ello decidí marcharme a Canadá. En 1976 me casé con Judy; el amor nos había reunido. Me hubiese gustado tanto que mis padres estuviesen presentes, pero dejaron de hablarme desde que confesé mi fe en Jesús. Durante once años se negaron a comunicarse conmigo. Solo cuando nuestros hijos nacieron volvieron a tener contacto con nosotros, y doy gracias a Dios por ello.

Nunca me arrepentí de haber depositado mi confianza en Jesús y de haber puesto mi vida en sus manos. En él encontré las respuestas a las preguntas esenciales de la vida. ¡Y estoy muy agradecido con Dios!”.

William

Éxodo 14 – Hechos 10:25-48 – Salmo 28:6-9 – Proverbios 10:26

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44 – El bautismo no otorga salvación, sino que es un símbolo de la salvación que ya tengo

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 44

El bautismo no otorga salvación, sino que es un símbolo de la salvación que ya tengo

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

8 – Engañado por un Corazón Confundido

Sabiduría para el Corazón

Serie: Vida de David (1 y 2 Samuel)

ESTUDIO DE LA VIDA DEL REY DAVID

8 – Engañado por un Corazón Confundido

Stephen Davey

Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo vía radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.

Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.

Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bíblico y confiable en más idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.

Autoridad ministerial y declarativa

Ministerios Ligonier

Serie: Doctrinas mal entendidas

Autoridad ministerial y declarativa
Por Jon D. Payne

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas

En repaso rápido de la historia de la Iglesia revela que lo único que es más frecuente que el abuso del poder eclesiástico es la falta de voluntad del pueblo de Dios para someterse a una adecuada administración del mismo. El problema es que pocos cristianos en la actualidad entienden cómo el poder y la autoridad deben ser ejercidos a través del ministerio de la iglesia. Entendido bíblicamente, el poder de la iglesia es «ministerial y declarativo», una expresión que subraya la naturaleza no legislativa de la iglesia. En otras palabras, los oficiales eclesiásticos no establecen leyes, estatutos y promesas sino que declaran las leyes, estatutos y promesas de la inspirada y autoritativa Palabra de Dios. Estar claro en esto es esencial para la salud de la iglesia.

La Iglesia católica romana, con sus papas, obispos y concilios, históricamente se ha visto a sí misma como magisterial, imperial y legislativa. Las autoridades católicas romanas creen que se les ha investido con poder para atar las conciencias de acuerdo a dogmas derivados de fuentes distintas a la Escritura sola. Por ejemplo, la doctrina de la transubstanciación fue afirmada en el IV Concilio de Letrán (1415), la doctrina del purgatorio fue adoptada en el Segundo Concilio de Lyon (1274) y la Inmaculada Concepción de María se convirtió en dogma a través de la así llamada interpretación infalible del Papa Pío IX (1854). Así mismo, el trato de la Iglesia medieval de los «herejes» mediante del uso de la tortura y de la ejecución demuestra una perspectiva del poder eclesiástico que va mucho más allá del terreno de la Santa Escritura.

Las iglesias protestantes también son culpables de ejercer autoridad eclesiástica más allá de los límites bíblicos. En tiempos recientes, hemos visto este abuso de poder cuando las iglesias o ministros demandan que sus miembros voten por un candidato político particular, exigen una manera particular de educar a sus hijos, o requieren el don de lenguas para la membresía de la iglesia. En cada uno de esos casos, sean católicos romanos o protestantes, se ha legislado una doctrina no bíblica y el liderazgo erróneamente ha atado la conciencia de sus miembros para creer y actuar en base a ella. Este tipo de abusos del poder eclesiástico producen una confusión generalizada y desvían la atención de la iglesia de la autoritativa Palabra de Dios. Además, distraen a la iglesia de su misión: ir por todo el mundo como embajadores de Cristo y hacer discípulos a través de los medios ordinarios de la Palabra, los sacramentos y la oración (Mt 28:18-20Hch 2:422 Co 5:18-20).

Adicional al abuso de poder por parte del liderazgo, a menudo existe una falta de disposición de los cristianos para someterse al fiel ejercicio de la autoridad de la iglesia. Sin duda, Cristo es la cabeza de la Iglesia. Se le ha otorgado toda autoridad en el cielo y en la tierra. No obstante, Cristo ha investido a oficiales calificados y legalmente ordenados de la iglesia con la autoridad para proclamar Su Palabra, pastorear Su rebaño y disciplinar Sus ovejas. Los ancianos de la iglesia son autorizados por Cristo para atar las conciencias de los creyentes a todo lo que esté claramente establecido en Su Palabra o pueda ser deducido de ella por una buena y necesaria consecuencia. El apóstol Pablo encarga a los ministros a que «[prediquen] la Palabra… a tiempo y fuera de tiempo» (2 Tim 4:2). Por lo tanto, al pueblo de Dios se le requiere que  escuche y obedezca la Palabra de Dios. Pedro exhorta a los ancianos, diciendo: «anciano como ellos y testigo de los padecimientos de Cristo… pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios… demostrando ser ejemplos del rebaño» (1 Pe 5:1-3). Por lo tanto, somos exhortados a humildemente someternos a nuestros líderes que pastorean nuestras almas en el nombre de Cristo (Heb 13:7). La Escritura también nos enseña que la iglesia ha sido investida con el poder y la autoridad de disciplinar a sus miembros (Mt 18:15-201 Co 5:511-13Tit 3:9-11). Por lo tanto, el pueblo de Dios debe responder a la disciplina bíblica como si Cristo mismo la estuviera aplicando en persona. 

Hace muchos años, estuve al tanto de dos casos de disciplina eclesiástica idénticos, pero no relacionados, dentro de la misma congregación. Ambas situaciones eran sencillas y requirieron la intervención de los ancianos. En un caso, la respuesta a la sesión de confrontación amorosa fue de ira y contumacia (rechazo a someterse a la autoridad). En el otro caso, la respuesta fue de una profunda humildad y sumisión al liderazgo de los ancianos. El resultado fue un proceso hermoso de restauración bíblica a la comunión del cuerpo. Esto subraya el punto importante de que cuando la iglesia ejerce poder y autoridad conforme a la Escritura es para bendición espiritual del creyente y no para su daño. El Cristo crucificado, resucitado y ascendido pastorea Su rebaño a través del ministerio de los ancianos (Hch 20:28).

James Bannerman, en su clásica obra del siglo XIX, La Iglesia de Cristo, explica de manera útil por qué todo cristiano debe someterse al ejercicio de autoridad bíblica de la iglesia: 

Cuando el poder de la iglesia es empleado ministerialmente para declarar la verdad de Dios en una cuestión de fe, o ministerialmente para juzgar en un asunto de gobierno o disciplina, la declaración de doctrina y la decisión de la ley deben recibirse y someterse por dos motivos: primero y principalmente, porque están de acuerdo con la Palabra de Dios; pero segundo y en un sentido subordinado, porque son emitidos por la iglesia, como una ordenanza de Dios instituida para ese mismo propósito.

Cristo ama a Su esposa, la Iglesia. El dio Su preciosa vida por ella en el madero maldito del Calvario y continúa cuidando de ella a través del fiel ministerio de la iglesia (Ef 5:251 Tim 3:1-13). Por lo tanto, si ustedes son ancianos ordenados, recuerden que su oficio es ministerial y declarativo. Ustedes son miembros de tribunales eclesiásticos, no de cuerpos legislativos. De hecho, no establecen las reglas ni las regulaciones para la adoración, el discipulado, la misión y la disciplina. No, su llamado es a declarar y ejercer en una manera estrictamente espiritual lo que Cristo mismo ha establecido en Su Palabra. Además, todos estamos llamados a vivir en una gozosa sumisión al fiel cuidado y supervisión pastoral de nuestros ancianos, «porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta» (Heb 13:17).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jon D. Payne
Jon D. Payne

El Dr. Jon D. Payne es pastor principal de Christ Church Presbyterian en Charleston, Carolina del Sur, coordinador de Gospel Reformation Network y autor de In the Splendor of Holiness [En el esplendor de la santidad].

Testimonio

Martes 1 Marzo

Vino, pues, palabra del Señor a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí.

Jeremías 1:4-5

Jesús es el Mesías (1)

Testimonio

“Nací en Túnez, en una familia judía. En el año 1950 mis padres fueron a vivir a París. Fue entonces cuando empecé a hacerme preguntas sobre mi identidad. A los 16 años fui a vivir, durante seis meses, en una colonia agrícola de producción y consumo comunitarios en Israel. Esta experiencia extraordinaria hizo que mis preguntas fuesen más profundas: ¿Quién era yo realmente? Un judío nacido en Túnez, criado en Francia, y que seguía buscando su identidad. ¿Debía aceptar la cultura de mis padres, o integrarme a la cultura francesa y convertirme simplemente en un “judío sociológico”, es decir, un judío solo de nombre, pero que no sigue las tradiciones de sus ancestros?

Allí encontré a Judy, una cristiana que había venido desde Canadá para descubrir el país de la Biblia. Le hice preguntas sobre lo que ella creía, y finalmente me compré una Biblia. Cuanto más avanzaba en la lectura, más preguntas me hacía… ¡y obtenía respuestas!

La Biblia mencionaba personajes que me eran familiares, por ejemplo Abraham, Moisés o el rey David. Descubrí que ellos habían vivido en una relación con Dios. ¡Quedé sorprendido y luego cautivado! Esto fue un verdadero descubrimiento: ¡Yo también, joven judío tunecino, podía comunicarme con Dios e incluso tener una relación personal con él! Por otra parte, la imagen que tenía de Jesús estaba deformada: lo veía como un no judío. A medida que fui leyendo la Biblia descubrí a un rabino (un maestro) muy diferente del hombre que me habían descrito: ¡Jesús amaba al pueblo judío!”.

(mañana continuará)

Éxodo 13 – Hechos 10:1-24 – Salmo 28:1-5 – Proverbios 10:24-25

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