20 – La ley, el pecado y la muerte | Romanos 7:7-13 

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Romanos

20 – La ley, el pecado y la muerte | Romanos 7:7-13

Ps. Sugel Michelén

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

http://www.ibsj.org/sobre-nosotros/

Adornando la doctrina

Coalición por el Evangelio

Adornando la doctrina

EDUARDO FERGUSSON

“Para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador”, Tito 2:10b.

Este versículo se encuentra en una serie de enseñanzas que el apóstol Pablo dirige a Tito. Luego de dar instrucciones con respecto a la sujeción y fidelidad, dice que el propósito de esto es que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador.

La palabra que se utiliza para “adornen” es kosmeo, y de seguro la reconoces por palabras como “cosmético”. Significa embellecer, hacer atractivo, decorar, adornar, o poner en orden.

Por el contexto, vemos que Pablo está hablando a siervos que vivían en una cuasi-esclavitud, y le pide a Tito que los aliente a adornar la doctrina del evangelio que habían profesado. Él enseña que la forma en que los siervos se relacionan con sus amos manifestaría la obra de Cristo, y haría que su fe se viera hermosa, atractiva.

Otro texto que muestra un principio similar está en otra de las epístolas pastorales:

“No permitas que nadie menosprecie tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza”, 1 Timoteo 4:12.

Por medio de su vida y su ejemplo en “palabra, conducta, amor, fe y pureza”, Timoteo lograría que no tuvieran en poco su juventud. La manera en la que su posición como heraldo del evangelio sería evidente no tenía que ver con argumentar que vino por el apóstol Pablo, ni toda la educación teológica que tenía Timoteo; mucho menos presentando una serie de argumentos sobre la autoridad de los ancianos. La conducta de Timoteo haría evidente quien él era en y por Cristo Jesús.

Nuestro ejemplo como argumento

¿Puedes ver por qué estos textos son tan importantes para nosotros hoy? La doctrina que amamos y defendemos es afectada por cómo vivimos y cómo la presentamos. Podemos estar convencidos de algo que es bíblico, sólido, e incluso de mucha ayuda para otros, pero nuestra manera de actuar hace todo lo contrario a “embellecer” lo que profesamos. Nos olvidamos de que nuestra vida es una demostración clara de nuestra doctrina.

En este tiempo de redes sociales, muchos comparten lo que creen o no creen de forma tan agresiva que se aleja del adorno y el ejemplo que necesitamos ser. Si aquello que creemos y defendemos es tan útil, ¿por qué no logra producir piedad en nosotros? Y si nuestra actitud es producto de lo que creemos, ¿cómo se interesarán otros en creerlo al vernos defenderlo de manera arrogante? Con nuestras actitudes logramos que algo se vea poco atractivo o convincente.

Verdad y conducta

No digo que nuestro comportamiento valide la verdad. La verdad es verdad no importa de quién o cómo venga. Sin embargo, la verdad debe producir piedad, y se reflejará en nuestro trato a los demás y en la manera en que presentamos o defendemos lo que creemos.

Nuestro ejemplo es un argumento fuerte para nuestra doctrina. Tener convicciones sólidas, amar la verdad, y señalar con firmeza el error no tiene nada que ver con el orgullo, el maltrato, o la arrogancia. Pablo mismo es un gran ejemplo de esto: un fiel contendiente por la verdad, que decía tratar a los de tesalónica como una madre cría con ternura a sus propios hijos (1 Tes. 2:7).

Nuestro trato para con los hermanos en Cristo no debe ser semejante al que tenemos con aquellos que son verdaderos enemigos del evangelio, especialmente a la luz de estar “esforzándose por preservar la unidad del Espíritu” (Ef. 4:3).

Asume el reto

Personalmente, cuando leo algo con un tono evidentemente dañino, quiero distanciarme de lo que sea que esta persona crea. Pero cuando veo a alguien que ama al Señor, que contiende con reverencia y mansedumbre, que a pesar de tener un desacuerdo —no en cosas esenciales pero sí importantes— logra expresarlo con estima, inmediatamente pienso: “Quiero conocer lo que este hermano cree”.

¿Asumes el reto de ser ejemplo y adornar la doctrina? Por la gracia del Señor y su Espíritu Santo transformando nuestros corazones, podremos convencer a otros y hacer atractivo aquello que creemos.

Eduardo Fergusson es pastor en la Iglesia Cristiana Vida en Su Palabra en Riohacha, Colombia. Hizo sus estudios teológicos en el Seminario Reformado Latinoamericano de Medellin. Está felizmente casado con Etna. Puedes encontrarlo en Facebook.

Adornando la doctrina

55 – “La Masculinidad Biblica “ Parte 3

Entendiendo los Tiempos

Primera Temporada

55 – “La Masculinidad Biblica “ Parte 3

ENTENDIENDO LOS TIEMPOS

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan  hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

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¿Qué es el Reino de Dios?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Qué es el Reino de Dios?

R.C. Sproul

Supongamos que alguien te hace la pregunta: “¿Qué es el reino de Dios?” ¿Cómo responderías? La respuesta más fácil sería notar que un reino es un territorio donde gobierna un rey. Y como entendemos que Dios es el Creador de todas las cosas, su reino se extiende por todo el mundo. Esto manifiesta que el reino de Dios está dondequiera que Dios reina, y dado que Él reina en todas partes, el reino de Dios está en todas partes.

Sin embargo, eso no es todo. Ciertamente, el Nuevo Testamento se refiere a algo más. Podemos ver esto en el momento que Juan el Bautista sale del desierto anunciando con urgencia: “Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado”. Y volvemos a verlo cuando Jesús aparece en escena con el mismo anuncio. Si el reino de Dios es todo el universo sobre el cual Él reina, ¿por qué alguien tendría que anunciar que el reino de Dios estaba cerca o estaba por suceder? Obviamente, Juan el Bautista y Jesús se referían a algo más profundo.

En el corazón de este tema está la idea del reino mesiánico de Dios. Un reino que será gobernado por el Mesías escogido de Dios, quien no será solo el Redentor de su pueblo, sino también su Rey. Así que cuando Juan habla de la proximidad radical de este avance, la intrusión del reino de Dios, está hablando del reino del Mesías.

La tarea de la iglesia es hacer visible el reino invisible.

Al final de la vida de Jesús, justo cuando estaba a punto de partir de este mundo, sus discípulos tuvieron la oportunidad de hacerle una última pregunta. Ellos le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” (Hch. 1:6b).

Fácilmente puedo imaginarme que de alguna manera Jesús se frustró con esa pregunta. Y hubiera esperado que Él dijera: “¿Cuantas veces tengo que decirles que yo no restauraré el reino de Israel?”; pero eso no fue lo que dijo; Él les dio una respuesta paciente y gentil. Él dijo: “No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad; pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1:7-8). ¿Qué quiso decir? ¿A dónde quería llegar?

Cuando Jesús le dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”, ¿estaba indicando que su reino era algo espiritual que toma lugar en nuestros corazones, o estaba hablando de algo más? Todo el Antiguo Testamento llama la atención no a un reino que simplemente toma lugar en los corazones de las personas, sino a un reino que se abriría paso en este mundo, un reino gobernado por el Mesías escogido por Dios. Por esta razón, durante su ministerio en la tierra, Jesús dijo cosas como: “Pero si Yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc. 11:20). ¿Cómo podría el reino haber llegado a la gente, o estar cerca de ellos? El reino de Dios estaba cerca de ellos porque el Rey del reino estaba allí. Cuando Él vino, Jesús inauguró el reino de Dios. Él no lo consumó, pero sí lo empezó. Y cuando ascendió al cielo, fue allí para su coronación, para su investidura como Rey de reyes y Señor de señores.

Así que la realeza de Jesús no es algo que permanezca en el futuro. Cristo es Rey en este preciso minuto. Él está en el puesto de la más grande autoridad cósmica. Toda la autoridad en el cielo y en la tierra ha sido dada al ungido Hijo de Dios (Mt. 28:18).

En 1990 me invitaron a Europa del Este a realizar una serie de cátedras en tres países, primero en Checoslovaquia, luego Hungría, y finalmente Rumania. Cuando partíamos de Hungría, nos alertaron que la patrulla fronteriza de Rumania era un poco hostil a los estadounidenses, y que debíamos estar preparados para que nos arrestaran en la frontera.

Efectivamente, cuando nuestro inestable tren llegó a la frontera con Rumania, dos guardias se subieron. No podían hablar inglés, pero señalaron nuestros pasaportes y nuestro equipaje. Ellos querían que bajáramos nuestras maletas del portaequipaje y las abrieramos. Eran bastante bruscos y rudos. Fue entonces, cuando de la nada, su jefe apareció, un oficial corpulento que hablaba un poco de inglés. Él notó que una de las mujeres de nuestro grupo tenía una bolsa de papel en su regazo, y había algo que se asomaba. El oficial dijo: ¿Qué es esto? ¿Qué hay en la bolsa? La abrió, sacó una Biblia, y repasó rápidamente las hojas. Luego se detuvo y me miró. Yo estaba sosteniendo mi pasaporte americano, y él dijo: “Usted no estadounidense”. Miró a Vesta y dijo: “Usted no estadounidense”. Y luego dijo lo mismo al resto del grupo. Fue allí cuando él sonrió y dijo: “Yo no soy rumano”.

Para entonces ya estábamos confundidos, pero él señaló un texto, me lo dio, y me dijo, “Lee lo que dice”. Yo miré y decía: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20a). El oficial era un cristiano. Volteó a ver a sus subordinados y dijo: “Dejen a esta gente en paz. No hay problema. Ellos son cristianos”. Como puedes imaginar, dije: “Gracias, Señor”. Este hombre entendía algo acerca del reino de Dios: que nuestra ciudadanía, en primer lugar, es el reino de Dios.

Yo tuve una crisis sobre esto en mi último año de seminario, cuando era un pastor estudiantil de una iglesia de refugiados húngaros en el oeste de Pensilvania. Era un pequeño grupo de unas cien personas, muchas de las cuales no hablaban inglés. Alguien donó una bandera estadounidense a la iglesia, la cual coloqué en la plataforma, frente a la bandera cristiana. Mi crisis llegó la semana siguiente, cuando uno de los ancianos, que era un veterano, vino y me dijo: “Reverendo, usted puso todo mal allí en la plataforma”. Le pregunté: “¿Por qué?”. Dijo: “Bueno, la ley de nuestra tierra requiere que cada vez que se muestra una bandera junto a la bandera estadounidense, debe colocarse en una posición subordinada a la bandera estadounidense. La forma en que usted las puso, la bandera estadounidense está subordinada a la bandera cristiana. Eso tiene que cambiar”. Cualquiera que haya vivido fuera de este país sabe lo maravilloso que es este lugar. Me encanta y lo respeto, junto con sus símbolos, incluida la bandera. Pero mientras escuchaba a este anciano hablar, me pregunté a mí mismo: ¿Cómo puede la bandera cristiana estar subordinada a cualquier bandera nacional?

El reino de Dios triunfa sobre todos los reinos terrenales. Soy primero cristiano, y segundo estadounidense. Le debo lealtad a la bandera estadounidense, pero tengo una mayor lealtad a Cristo, porque Él es mi Rey. Entonces tuve un dilema. No quería violar la ley de los Estados Unidos, y no quería comunicar que el reino de Dios está subordinado a un gobierno humano. Así que resolví el dilema con bastante facilidad: saqué ambas banderas de la iglesia.

Experimentamos este conflicto de reinos cuando Jesús nos dice que oremos: “Venga tu reino”. ¿Qué significa esto? ¿Qué estamos orando cuando hacemos esta petición? Hay una lógica que corre como una cinta a través del Padre nuestro. Cada una de las peticiones está conectada a las demás. La primera petición que Jesús nos enseñó fue: “Santificado sea tu nombre”, lo cual pide que el nombre de Dios sea considerado como santo. Manifiestamente, a menos que y hasta que el nombre de Dios sea considerado como santo, su reino no vendrá ni podrá venir a este mundo. Pero nosotros que consideramos que su nombre es santo, tenemos la responsabilidad de manifestar el reino de Dios.

Juan Calvino dijo que la tarea de la iglesia es hacer visible el reino invisible. Lo hacemos al vivir de tal manera que damos testimonio de la realidad de la monarquía de Cristo en nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras escuelas, e incluso nuestros talonarios de cheques, ya que Dios, en Cristo, es Rey sobre cada una de estas esferas de la vida. La única forma en que el reino de Dios se manifestará en este mundo antes de que Cristo venga es si lo manifestamos por la forma en que vivimos como ciudadanos del cielo y súbditos del Rey.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios

A27 – Cómo controlar tu lengua

Aviva Nuestros Corazones

Serie: El hermoso diseño de Dios para la mujer – Viviendo Tito 2:1-5

A27 – Cómo controlar tu lengua

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/Como-controlar-tu-lengua/

Carmen Espaillat: ¿Cómo saber si estás a punto de chismear? Nancy Leigh DeMoss tiene este consejo.

Nancy Leigh DeMoss: Pregúntate esto: ¿Es la persona a quien le estás contando parte del problema o parte de la solución? Si no es parte del problema y tampoco parte de la solución, entonces es probable que sea algo que no debas estar diciendo.

Carmen: Esto es Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia de Saladín.

La difamación o calumnia es un asunto serio. Eso fue lo que descubrimos en nuestro programa anterior a través de Tito 2. El pasaje vincula la calumnia con el diablo. Hoy Nancy continúa la serie El hermoso diseño de Dios para la mujer y explica cómo evitar la difamación.

Nancy: Muchas de ustedes están familiarizadas con el nombre Jonathan Edwards. Saben que fue uno de los hombres que Dios usó de forma significativa en el primer gran avivamiento en los 1700. Él fue pastor, autor, un gran pensador y evangelista.

Su esposa fue Sarah Edwards y quizás has oído hablar o has leído acerca de ella. Ella fue la madre de sus once hijos. Y en la introducción de las “Obras de Jonathan Edwards”—compiladas en dos volúmenes inmensos y maravillosos— encontramos un bosquejo biográfico de Jonathan en él que habla de un poco sobre Sarah Edwards y de su matrimonio con Jonathan.

Una de las cosas que decía de Sarah me impactó mientras pienso en todo esto de cómo usar la lengua. Decía:

“Sarah se hizo una regla de hablar bien de todos, dentro de sus posibilidades, con verdad y justicia para sí y para los demás. No era propensa a deleitarse en las imperfecciones y fracasos de nadie y, cuando oía a otros hablar mal de otros, ella decía lo que consideraba apropiado con verdad y justicia en su defensa o desviaba la difamación mencionando las cosas que eran encomiables de esas personas.”

En otras palabras, si escuchaba a alguien decir algo poco amable acerca de otra persona, ella trataba de cambiar la conversación o de desviarla haciendo comentarios alentadores acerca de la misma persona.

Continúa diciendo: “Ella podía soportar injurias y reproches con gran calma —nunca devolviendo mal por mal— muy por el contrario, siempre estaba dispuesta a extender misericordia y a perdonar a aquellos que parecían ser sus enemigos”.

¡Qué testimonio! ¿Qué tal si dijeran lo mismo de ti? ¡Qué compromiso el de hablar bien de todos! Eso es lo que dicen las Escrituras que debemos hacer.

Estamos en Tito, capítulo 2. Y espero que mientras estudiamos esta larga serie lean Tito ustedes mismas y, en particular, que memoricen y mediten sobre estos versos del capítulo 2. En el versículo uno, Pablo le dice a Tito que debe enseñar lo que está de acuerdo con la sana doctrina. ¿Cómo luce la sana doctrina y el correcto pensamiento bíblico en el contexto de la vida diaria de la vida cotidiana como creyentes y en el contexto de la iglesia local?

Y, en el verso 3, vemos cómo luce para las mujeres de más edad. Primero hablamos de hombres maduros y luego, de mujeres maduras o ancianas—ya llegaremos a las más jóvenes en un corto tiempo. Pero ahora, él está hablando del carácter de las mujeres ancianas, y dice (acerca de la sana doctrina que debe reflejarse en ellas) que deben tener una conducta reverente y no ser calumniadoras.

Esa es la descripción de cómo deben ser las mujeres cristianas de más edad y no solo ellas; esto incluye a las mujeres más jóvenes este texto trata específicamente de la difamación o la calumnia, pero como he venido diciendo, más abiertamente, pienso que él se está refiriendo a los pecados de la lengua en general:

● chismear

● palabras vanas

● mentir

● propagar habladurías (hablar a espaldas de las personas)

● calumniar

● jactarse

● maldecir

● o hablar maliciosamente

Toda esta familia de pecados de la lengua, o la calumnia a la que hicimos referencia en la sesión anterior, están contenidos en el libro “Pecados Respetables” de Jerry Bridges. Éstos son pecados que consideramos respetables, pero Jesús los pone en la misma categoría junto con los pecados de adulterio, asesinato y borracheras. Él los pone todos juntos. Son pecados de la lengua.

Hemos hablado de a qué se parece la difamación, lo que es y los pecados relacionados como divide como destruye pero en esta sesión quiero enfocarme en cómo ser una mujer que no calumnia. Esa verdad se aplica a todas nosotras.

Entonces ¿Cómo convertirnos en mujeres que no pecan con la lengua, cuyas palabras no causen división ni destrucción? Déjenme darles algunas sugerencias, siete para ser exacta, Todo este material lo pueden encontrar en la transcripción; quizás la puedan imprimir o escribirlas en una lista que les ayude luego a recordarlas.

Primero y ante todo, si has sido culpable de difamar, de hablar con maldad o de chismear, humíllate. Reconoce el hecho de que has calumniado; de que has destruido con tus palabras. Hay dos direcciones ante las cuales necesitamos humillarnos—en nuestra relación vertical con Dios y en nuestra relación horizontal con los demás.

Primero y antes que todo, si has difamado o hablado de otros con malas intenciones, dile a Dios la verdad. Él lo sabe, Él lo sabe todo pero reconócelo y confiésalo a Dios.

● Reconoce los pecados de tu lengua—lo que has dicho.

● Reconoce los pecados de tu corazón—lo que causó que dijeras esas cosas. No solamente “Yo difamé, hablé con maldad o chismeé”, pero ¿qué había en mi corazón que causó que lo hiciera?

● Confiésale a Dios la raíz de todo ello—el orgullo, los celos, el deseo de verme mejor, la comparación, el espíritu competitivo, las actitudes pecaminosas que subyacen en el corazón.

Sé honesta con Dios. Dile, “Señor he calumniado; he sembrado discordia entre creyentes.” Eso es, por cierto, una de las siete cosas que Dios aborrece. Es abominación para Dios el que usemos nuestras lenguas para sembrar discordia entre creyentes. ¿Con qué frecuencia hacemos esto en nuestros lugares de trabajo, en nuestras casas, o en nuestras iglesias? Confiésalo humíllate. Reconócelo ante Dios.

Y luego, humíllate frente a otros. Eso está bajo el primer paso de humillarnos. Regresa y confiésalo a la persona con quien hablaste. Te digo algo, si te propones de corazón regresar y reconocer que has difamado o que has hablado mal y chismeado y buscas el perdón, eso acabaría con tu hábito porque te cansarías de tragarte tus palabras, de tener que regresar de nuevo y humillarte ante otros. Proponte ir a esa persona con quien hablaste y humíllate.

Ahora déjame decirte que, quizás también necesitas buscar el perdón de la persona sobre quien has estado hablando. Podrías haber hablado mal y difamado a tu marido ante tus hijos, por ejemplo. Claro está, tendrías que ir a donde tus hijos y confesar lo que hiciste, pero también donde tu marido si es que has causado que los hijos le hayan faltado al respeto. Si has minimizado su autoridad y liderazgo dentro de la familia, tienes que ir y buscar su perdón.

Humíllate. Podrías haberle hecho eso a tu pastor. Podrías haberle restado eficacia a él o al liderazgo de otra persona. Devuélvete, humíllate y busca su perdón.

Hace unas semanas atrás, una mujer solicitó una reunión conmigo y le respondí, “Claro, estoy más que dispuesta para hablar”. Nos sentamos juntas y empezó a sollozar mientras me explicaba una situación (de la que ya yo sabía algunos detalles). A ella la hirieron y ese dolor se tornó en decepción, en amargura y en rabia en su corazón. Había sacado conclusiones, basadas en información parcial, sin tener todos los hechos —raramente los tenemos todos— y ella se sintió ofendida.

Como resultado de esa rabia y de esa amargura en su corazón, había difamado a esas personas y Dios le había dado convicción por esto. El Espíritu Santo estaba trabajando en su corazón y —al momento de venir a mí— estaba quebrantada. Hablamos y oramos juntas. Fue maravilloso ver con cuánta seriedad se tomó el pecado de amargura, de la ira y de la calumnia.

Ahora bien, déjenme decirles que —basada en mi perspectiva de la situación— ella estaba menos mal que algunas de las personas involucradas y ella empezó diciéndome “No estoy aquí para hablar del pecado de otros. Estoy aquí para hablar del mío. Quiero lidiar con mi propio pecado”. Y mientras la escuchaba —mi corazón se rompía porque sentí que ella había quedado atrapada en medio de un fuego cruzado de pecados ajenos— pero fue sabia al no culparlos sino asumir toda la responsabilidad, quebrantándose y humillándose ante Dios y ella me preguntó ¿qué debo hacer?

Antes de que terminara nuestra conversación, le dije “Para empezar, ¿estarías dispuesta a hablar con una de esas personas?” y me respondió con un, “Sí, claro lo estoy”. ¿Te gustaría que llamara a esas personas y ver si se pueden reunir con nosotras ahora mismo? y ella respondió, “Sí, quiero lidiar con esto ahora mismo”.

Hice una llamada. Uno de esos individuos vino y se reunió con nosotras en cuestión de minutos. Esta mujer le derramó su corazón a esta persona y le dijo lo que me había dicho a mí. Le dijo, “He pecado contra ti. Te he difamado. He acumulado amargura en mi corazón. He restado autoridad a tu liderazgo. ¿Podrías por favor perdonarme?” y fue tan hermoso ver a esa persona concederle gracia y perdón a esta mujer. Y observé mientras se llevaba a cabo la reconciliación. La difamación divide, pero hablar la verdad, en humildad, une a las personas.

Esta mujer salió de aquel lugar y fue y habló con las dos o tres personas involucradas que faltaban. Ella fue donde cada individuo y le dijo, “Quiero hacer restitución”.

Hablé con ella recientemente y le pregunté: “¿Cómo estás?”, y me respondió, “La amargura se fue. Se fue toda”. Ella tenía esa ponzoña, ese dolor, esa herida en su corazón, pero al tomar los pasos para enfrentar sus actitudes y pecados de la lengua, Dios —a través de Su Espíritu— removió toda la amargura y la liberó.

Quizás tengas a algunas personas a quienes tengas que dirigirte y decirles “He pecado contra ti con mi espíritu, y con mi lengua. He socavado tu liderazgo”. Ve y habla con las personas a quienes has criticado y haz de la humillación un hábito si has sido culpable de la calumnia, si has sido culpable de hablar maliciosamente o de chismear.

Y luego, número dos: elimina la difamación y el hablar malicioso de tu vocabulario. Creo que necesitamos tener tolerancia cero cuando de difamación, habladurías mal intencionadas y de chismes se trata. Eso se aplica tanto a los cristianos en la iglesia como en todas nuestras relaciones. Pablo dice en Efesios 4:31, “Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia”. Todo. Elimínalo.

Y nota, por cierto —en ese pasaje, que la amargura es una raíz pecaminosa que frecuentemente conlleva a pecados de la lengua. Por lo que no simplemente elimines los pecados de la lengua, elimina la amargura de tu corazón. Deshazte de la amargura no te aferres a ella. Suéltala.

Ahora, ¿Qué queremos decir con esto que debemos tapar el pecado? ¿Qué haces si te percatas del pecado en la vida de otro? Creo que es una pregunta importante porque la gente sí peca contra nosotras y —en la ilustración que les di de la mujer que vino a verme— hay pecados que otros han cometido.

Aquí están algunas preguntas que debemos contestar a medida en que pensamos en los pecados de otros y en cómo nos afectan:

• ¿Has orado por ellos?

• ¿Cuál es tu motivación al hablar de eso?

• ¿Quieres verlos restaurados?

• ¿Te importa su restauración espiritual o solamente quieres ponerlos en evidencia; solamente quieres herirlos; solamente quieres castigarlos?

• Si eres parte de la vida de esa persona, si tienes una relación y eres parte de su círculo de amistades, ¿qué debes hacer?

De acuerdo a Mateo 18:15 y a Gálatas 6:1, debes ir a esa persona. No vayas a otra persona. Ve donde la persona que haya pecado contra ti y te haya hecho algún mal. Háblale y busca la reconciliación.

Hazte esta pregunta: El decírselo a alguien, ¿contribuye a redimir este pecado? Pudiera ser así, y esa sería otra serie completa, pero en algunos escenarios y situaciones eso podría contribuir a redimir este pecado y quizás sea necesario y bíblico el que hables con otra persona acerca de la ofensa.

Podría ser acertado el hablar con tu pastor o ancianos acerca de ciertas situaciones, o hasta llamar a la policía, o decirle a tu marido algo que esté pasando en la vida de alguno de tus hijos adolescentes. Hay situaciones donde es apropiado —cuando se ha roto la ley, cuando vidas podrían verse amenazadas o cuando hay un mandato bíblico explícito para ese tipo de situaciones—, pero el motivo debe ser, no su daño, sino su restauración. Tú estás tratando de edificarlos; estás tratando de salvarlos. Quieres ver restaurado al que ha hecho mal.

Por lo que pregúntate esto: ¿Es la persona, a quien le estás hablando parte del problema o parte de la solución? Si no es parte del problema y tampoco parte de la solución, entonces es probable que sea algo que no debas estar diciendo.

Leí, en una discusión sobre este tema, que alguien escribió esta regla o política, una guía para todo este asunto de la difamación o del hablar maliciosamente. Esta persona dijo:

“No pases información derogatoria o poco halagadora acerca de alguien a menos que la Palabra de Dios te esté dando la autoridad y la responsabilidad específicas para hacerlo. Así también la persona a quien le estás informando debe tener una responsabilidad en esta situación y por tanto necesidad de saber esta información.” 1

En otras palabras, y dicho de forma elocuente, “si la persona no es parte del problema ni de la solución, no le digas”.

Por cierto, no es solo lo que decimos verbalmente —como les indiqué en la última sesión— tenemos que ser cuidadosas de no difamar, chismear y hablar con malicia cuando se trata del uso del Internet. He visto una y otra vez el daño que se puede hacer cuando se reenvían correos:

“¿Viste esto? ¿Oíste aquello?” Tenemos cantidades masivas de esos correos. Me los envían con frecuencia. ¿Para qué estamos haciendo circular estos mensajes en Internet? Y, tengo que confesar, que yo lo he hecho. Tenemos que buscar en nuestros corazones y decir “¿Es correcto? o ¿Estoy haciendo lo malo y divisivo contra Dios y otros creyentes?”

No solo necesitamos eliminar la calumnia y el hablar con malicia, pero (en tercer lugar) tenemos que mostrar buen corazón y usar palabras bondadosas con amor, con gracia y con perdón. No solo elimina la difamación, sino reemplázala con un corazón bondadoso, lleno de gracia y amor. “Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo”. Sé intencional al hablar de los demás con palabras que edifiquen, construyan y pongan a otras personas bajo una luz positiva.

Y luego, número cuatro: trae tus pensamientos bajo el control del Espíritu. Esos pensamientos críticos, que buscan las faltas en los demás; pensamientos que salen en forma de palabras. Necesitamos crucificar esos pensamientos; traerlos cautivos a la obediencia de Cristo. Tenemos que ser intencionales acerca de ver a otras personas —en especial si son creyentes— y cualquiera que es creado por Dios con ojos de gracia y misericordia. Recuerda lo mucho que necesitas la misericordia de Dios. Recuerda dónde estarías sin la gracia de Dios. Tenemos que ser cuidadosas con esta curiosidad impía, ese deseo de saber cosas sobre otras personas. Trae esos pensamientos cautivos y frénalos. El Salmo 19:14 dice, “Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor, roca mía y redentor mío”. Coloca tus pensamientos bajo el control del Espíritu.

Luego, número cinco: habla menos. Muy simple. Proverbios 10:19 dice,

En las muchas palabras, la transgresión es inevitable En las muchas palabras, la transgresión es inevitable [¿entendiste eso? La transgresión es inevitable. Vas a pecar si hablas demasiado. Yo voy a pecar, y peco cada vez que hablo demasiado.] Más el que refrena sus labios es prudente.

En Santiago 1:19b, dice “Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira.”

Di menos y tienes menos chance de pecar. Mientras más tiempo pases hablando por teléfono, mientras más tiempo pases conversando con otros, tienes que ser cuidadosa, especialmente si eres de las que habla mucho o la persona con la que conversas lo es. Aprende a frenar tus labios, a guardar confidencias, a no repetir cosas que no tienes libertad de repetir, y ¿si no estás segura? no lo digas. No hagas preguntas innecesarias de las que husmean y te llevan a conversaciones que no debes tener.

Número seis: Piensa antes de hablar. Pregúntate este tipo de cosas:

● ¿Es verdad?

¿Me consta que los hechos son verdaderos? Esto es muy importante. Cuando oyes acerca de un conflicto y sólo estás escuchando una de las campanas, recuerda que sólo estás escuchando una campana. “El que responde antes de escuchar, cosecha necedad y vergüenza”. No conoces todos los hechos si solo has escuchado a una persona describir la situación.

No puedo decirte cuántas veces he escuchado a un esposo describir las frustraciones acerca de su matrimonio; a una esposa describiendo las frustraciones del suyo y luego pienso “Estos son dos matrimonios distintos, dos perspectivas totalmente diferentes.” Si sólo escuchas un lado, entonces no sabes que lo que estás escuchando es la verdad. No asumas que es todo el cuadro. Pregunta:

● ¿Será verdad?

● ¿Es bondadoso?

● ¿Edificará a la persona de quien hablo?

● ¿Es necesario?

● ¿Debería saber eso la persona con la que hablo?

● Si fuera acerca de mí, ¿querría compartirlo con alguien más?

Esta próxima eliminaría mucho de lo que decimos:

● ¿Me importaría si la persona de quien hablo estuviese aquí presente aquí mismo? ¿Estaría dispuesta a decírselo a la cara?

Por eso es que el salmista oraba diciendo “Señor, pon guarda a mi boca; ¡vigila la puerta de mis labios!” (Salmos 141:3). Piensa antes de hablar.

Número siete: rehúsa escuchar los chismes y las calumnias acerca de otros. Rehúsa escucharlo. No sólo de comentarlo, sino de escucharlo.

En 1ra de Samuel 24:9 David le dijo a Saúl, quién estaba a punto de destruirlo: “¿Por qué escuchas las palabras de los hombres que dicen: ‘Mira que David procura tu mal’?” ¿Por qué les das oído? Saúl escuchaba a quienes se lo decían. Él creía lo que oía y, como resultado se propuso destruir a David. No lo oigas. Dirige la conversación hacia otro tema o dale un giro favorecedor hacia la persona de quien te están hablando.

Ahora lo que necesitamos es que Dios traiga este asunto a casa, a nuestros corazones, y traiga convicción y nos cambie donde sea necesario. Hemos dicho que la palabra para “calumniar” es diábolos. Es un nombre para Satanás—él nos acusa delante del Padre, nos condena, miente acerca de nosotras. Él nos acusa.

Pero, por otro lado, tenemos también quien abogue por nosotras. En 1ra de Juan 2:1 dice: “Hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” ¿Ves? Jesús, como Satanás, sabe que hemos pecado, sin embargo, nos defiende ante el Trono de Dios. Él ruega ante Dios por nosotras; lo hace basado en su muerte sacrificial en la cruz por nuestros pecados.

Cuando hablas acerca de otros creyentes, ¿les acusas como lo hace el maligno o les defiendes como Jesús hace contigo? ¿Estás siendo como Jesús o como Satanás?

No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan.

Ahora la tendencia, cuando se presente algo así, podría ser “Bueno, entonces no voy a decir nada. No voy a poder abrir la boca”. Esa no es la respuesta adecuada tampoco. Es cierto que las palabras pueden ser usadas para destruir, pero las palabras también se pueden usar para dar ánimo, para fortalecer, para edificar a otros, por lo que usa tu lengua para ese propósito. Piensa en toda la gracia que has recibido de Dios y de otros y, luego, usa tu lengua para ministrar la gracia a otras personas así como tú la has recibido.

Carmen Espaillat: Aunque tu lengua haya estado fuera de control, Nancy Leigh DeMoss te ha estado dando esperanza. Las cosas pueden cambiar. No solo puedes aprender a morderte la lengua; puedes aprender a usarla para bendecir a otros. Es una lección importante de nuestra serie titulada El hermoso diseño de Dios para la mujer: Viviendo Tito 2:1-5.

Nancy va a orar con nosotras en un minuto, pero antes queríamos invitarte a escribirnos al final de la transcripción en la página con cualquier comentario o pregunta ,Tito 2 nos dice que las mujeres sabias no deben ser adictas al mucho vino. ¿Cómo vives esto hoy? Recibe consejo bíblico acerca de ello cuando Nancy regrese en el próximo programa. Ahora está de vuelta para cerrar en oración.

Nancy: Oh, Señor, guarda nuestros corazones; guarda nuestras lenguas y ayúdanos a ser abogados aun para aquellos que nos han fallado, como Jesús lo hace con nosotras, en lugar de ser acusadoras de los hermanos como lo hace Satanás perpetuamente. Oh Señor lávanos. Límpianos. Renuévanos, y cámbianos. Que nuestras lenguas ministren gracia para con quienes hablamos y de quienes hablamos y oro en el nombre de Jesús, amén.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

El pecado más grande

Lunes 3 Agosto
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.
El pecado más grande

–Me gustaría ir como misionero, dijo un joven al evangelista Torrey.

–¿Eres cristiano?, le preguntó Torrey.

–Desde siempre.

–Pero, ¿has nacido de nuevo, como Jesús le preguntó a Nicodemo?

El joven se sorprendió mucho. Sin embargo, esta pregunta es fundamental. Torrey comprendió que debía ir más lejos.

–¿Has pensado que puedes ser culpable del pecado más grande que una persona puede cometer?

–Por supuesto que no; he llevado una vida ejemplar. ¡No soy un asesino!

Entonces Torrey sacó su Biblia y le pidió que leyera los versículos citados en el encabezamiento. Luego le dijo:

–Sí, amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente es el primer y el más grande mandamiento. Entonces, ¿cuál será el pecado más grande?

–Transgredir ese mandamiento.

–Así es; pero ¿has cumplido ese mandamiento? ¿Siempre has amado a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu energía? ¿Le has dado el primer lugar en tu vida, en todos los aspectos?

–Estoy bastante lejos de ello. Por lo tanto soy culpable. –Y su conciencia se despertó. El joven añadió pensativamente:

–He cometido el pecado más grande. Y ahora soy consciente de ello por primera vez.

“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15).