El temor que nos acerca a Dios

Soldados de Jesucristo

Junio 26/2021

Solid Joys en Español

El temor que nos acerca a Dios

John Piper

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El desánimo

Sábado 26 Junio

¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. Salmo 42:5

El desánimo

Sería falso y duro afirmar que un cristiano no puede estar triste. Es falso porque, creyentes o no, todos podemos pasar por fases de depresión que no tienen un origen espiritual. ¡Qué duro es para los que pasan por esas situaciones lamentables!

La Biblia cuenta la historia de creyentes que pasaron por grandes angustias, por ejemplo Job, Elías, Jeremías, Pablo.

Incluso sin tener momentos de depresión, a todos nos pasa que un día u otro estamos tristes o desanimados. En la vida de fe puede existir una sucesión de altibajos, de momentos en los que todo es claridad y otros en los que el horizonte parece oscurecerse. No dejemos que el pesimismo nos gane; nuestra fe debe estar vivificada continuamente por la lectura de la Palabra de Dios. Pidamos al Señor que haga brillar su luz en nuestro corazón mirando al Salvador en los evangelios.

La lectura de los salmos nos reconforta cuando nos sentimos turbados, desanimados, incomprendidos. A menudo sus autores cuentan su tristeza a Dios, ponen palabras a su sufrimiento. “¿Por qué te abates, oh alma mía…?”. Es como una toma de conciencia, la búsqueda de las causas de este sufrimiento, la convicción de que Dios quiere ocuparse de él y curar las heridas. Los momentos de recogimiento para buscar a Dios, solos o con la ayuda de hermanos y hermanas cristianos, pueden ser una gran ayuda.

“Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario” (Salmo 63:1-2).

2 Reyes 25 – 2 Timoteo 2 – Salmo 76 – Proverbios 18:4-5

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

31 – Creyentes Sin Compasión

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

31 – Creyentes Sin Compasión

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

El pecado de inseguridad

Coalición por el Evangelio

El pecado de inseguridad

 JEREMY PIERRE

Barney lucha por levantar su gran cabeza púrpura, debilitado por la pérdida gradual de audiencia en los últimos años. Una vez una voz formidable en la programación televisiva para niños, ahora agarra débilmente a sus amigos, que se paran en silencio a su lado. Se las arregla para apoderarse de un puñado del pescuezo de Elmo y lo acerca. “Una cosa que nunca debes dejar que un solo niño olvide: ‘Tú eres especial”. El monstruo con voz de falsetto pone una mano peluda en Barney y se vuelve a mirar a los demás. Todos ellos sabían que un mensaje muy importante se les había confiado. De todas las lecciones morales en la programación televisiva de niños, esto iba a ser fundacional.

Y si te fijas, cada vez que los programas para niños se alejan de la diversión tonta o de la resolución de problemas situacional y dan un paso hacia la admonición moral, por lo general se trata de este mismo tema: la importancia de una positiva imagen propia y la confianza que debe resultar de la misma. Y así, la televisión educacional nos entrena para pensar positivamente sobre todo, desde el color de nuestro cabello hasta nuestro conjunto particular de intereses como los medios de infundir confianza para vivir.

No estoy abogando por una baja imagen propia, por supuesto. Simplemente estoy señalando que la inseguridad parece ser lo único adecuado para la corrección pública. De hecho, podríamos decir que en el universo moral de la programación infantil, la inseguridad es el pecado principal. ¿Por qué?

Antes de intentar responder a esa pregunta, permíteme presentarte otra: Yo creo que Dios llama a la inseguridad pecado, también; pero, ¿por qué?

La respuesta al primer por qué y al segundo no podrían ser más diferentes. Nuestros instructores culturales desaprueban nuestra inseguridad, porque es una ofensa a la dignidad individual. Dios desaprueba nuestra inseguridad, porque es una ofensa a la dignidad de su Hijo. El problema que Dios tiene con la inseguridad es digno de reflexión.

La inseguridad y la confianza en la carne

Puede que sea contrario a la intuición, pero de acuerdo a la Biblia, la inseguridad es lo que Pablo llama “confianza en la carne.” Pero, ¿cómo se entiende que la inseguridad y la confianza puedan estar relacionadas? Cada moneda tiene dos caras. En el lado superior, la confianza en la carne es la seguridad en sí mismo que viene de poseer esos atributos que supuestamente determinan mérito. Pero el otro lado de la moneda es igual de peligroso: la inseguridad que viene de no poseerlos. En ambos casos, ponemos nuestra confianza en los atributos personales que pensamos que traen vida.

En el entorno religioso y cultural del apóstol Pablo, él poseía todas las características más preciadas que lo encomendaban a Dios y a los demás. Tú y yo probablemente nunca hemos conocido a alguien que quiera ser conocido públicamente como un fariseo o que desearía haber sido circuncidado al octavo día. En nuestra cultura, no son cosas particularmente elogiables. Pero todos conocemos las cosas que sí lo son. Y más penoso, todos hemos sentido la desesperación de no tenerlas.

Para algunos de nosotros, esta es la estática de fondo de nuestro pensamiento regular, y tenemos que darnos cuenta de que no está mal principalmente porque nos hace infelices, como varios de nuestros amigos títeres destacarán. La inseguridad es pecaminosa por razones más graves que esa. Aquí hay al menos cuatro de ellas:

1. Distracción con uno mismo

La inseguridad estropea nuestra capacidad de hacer lo que Dios nos creó para hacer: amarlo a él y a los demás. ¿Cuántas veces has estado en una situación en la que deberías haber ofrecido la atención a alguien o acercarte a Dios privadamente en oración, pero tu mente está afanada pensando en lo torpe que te ves en tus pantalones esa mañana o cuánto más inteligente a la persona con la que estás hablando es? Ser inseguro es estar consciente de uno mismo. No estamos amando a los demás cuando estamos obsesionando con nosotros mismos; no estamos en humildad considerándolos como más importantes y más dignos (Fil. 2:3).

2. Insatisfacción con Dios

La inseguridad es a menudo nada más que rezongar por mejor maná. Estamos hartos de una alimentación adecuada; queremos un sabor extraordinario. No nos gusta lo que Dios nos ha dado – dinero, posición, apariencia, personalidad – y rezongamos por algo mejor. Tal descontento es una trampa de las “muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Tim. 6:9). Nuestra insatisfacción con uno mismo es a menudo nada más que nuestra insatisfacción con Dios. La inseguridad no es pecado principalmente porque es un insulto a nuestro valor (aunque lo es), sino porque es un insulto a la sabiduría de Dios.

3. Justificación de otros

La inseguridad revela que anhelamos justificación ante la gente más que ante Dios. A él no le importa si su entrepierna es de 28 pulgadas o 34, o si tú alquilas o eres dueño. Sabemos esto, por supuesto. Pero todavía nos preocupamos. . . porque a ellos todavía les importa. Nos preocupamos más sobre los atributos que creemos que nos hacen dignos ante la gente que lo que nos preocupamos por aquellos que nos hacen dignos ante el Todopoderoso. La justicia es lo que agrada al Señor. Pero nosotros preferiríamos tener una reputación envidiable. Cuando nuestras mentes están suspirando por más atención en Facebook o una mejor carrera como un impulso a nuestra dignidad, abandonamos la justicia de Cristo que realmente nos hace dignos (Rom. 1:16-17).

4. Justificación por obras

La inseguridad muestra que de alguna manera todavía estamos creyendo que nuestra justificación está basada en nuestros propios atributos y logros. La mayoría de nosotros no estamos tentados a pensar que somos dignos porque somos de la tribu de Benjamín, pero puede que desearíamos que tuviéramos una iglesia más grande, niños más impresionantes, otro grado detrás de nuestro nombre. Pero la búsqueda de confianza en esas cosas es un rival directo a la búsqueda de la confianza en Cristo.

Y esta es la cordura que el apóstol Pablo nos trae en nuestra inseguridad: “Pero cuantas cosas eran para mí era ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor “(Fil. 3: 7-8a). Pablo no nos diría a nosotros en nuestras inseguridades implacables: “Sé que no te sientes digno, pero lo eres. Dios te hizo especial”. Si ser especial fuera la solución, nuestras vidas serían un ciclo sin fin de dietas y búsquedas de empleo. Pero estos son sólo nuestros patéticos intentos para voltear a la parte superior de esa misma moneda corroída. Todavía sería confiar en la carne.

Pablo nos dice que abandonemos la búsqueda de nuestro valor en otra cosa que no sea Cristo y su obra redentora a nuestro favor. Circular privadamente a través de una nueva ronda de auto-queja no se puede comparar con el abandono de nosotros mismos al servicio de los demás. El cansancio de quejas continua no puede ser comparado con la ganancia del contentamiento piadoso. La admiración voluble de la gente no se puede comparar con la abundante aprobación del Todopoderoso. La confianza tambaleante que mantenemos en nosotros mismos, no se puede comparar con el inmenso valor de la confianza en Cristo.

Si Pablo tenía un mensaje de despedida, ciertamente no sería que eres especial. Sería que eres justificado en Cristo, y la prueba suprema de esto te espera en la línea de meta, así que persevera en la fe (2 Tim. 4:7-8). No deberíamos estar tan preocupados con ser especiales que no podamos ser encontrados en Cristo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Alejandra E. Fernández

Jeremy Pierre es el decano de Estudiantes y profesor asociado de la consejería bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary y sirve como anciano en la Iglesia Bautista Clifton. Es co-autor de “The Pastor and Counseling” (“El Pastor y la Consejería”, Crossway, 2015) y autor del próximo “The Dynamic Heart in Daily Life: Counseling from a Theology of Human Experience” (“El Corazón Dinámico en la Vida Diaria: Aconsejando desde una Teología de la Experiencia Humana”, New Growth, 2016). Él y su esposa, Sarah, tienen cinco hijos y vive en Louisville, Kentucky.

Cómo compartir el evangelio

The Master’s Seminary

Cómo compartir el evangelio

Alberto Solano Z.

1. Háblale de Dios

Dios como creador de todo. Dios es el creador de todo lo que existe. Mira a tu alrededor, tu persona, la naturaleza, el universo entero; todo lo que existe ha sido creado por Dios (Génesis 1:1). Antes de que existiese la tierra y todo lo que vemos estaba Dios y solamente Dios. Él creó todo detalle en la creación. En su mente infinita y perfecta él ingenió absolutamente todo. ¿Por qué? Él no lo hizo porque se sentía solo o porque necesitaba a los humanos. Más bien él diseñó y creó todo por causa de su gloria y placer.

Dios como dueño de todo. Puesto que él creó todo, es por lo tanto el dueño de toda criatura (Salmos 24:1-2). Dios, siendo el diseñador y hacedor del mundo, tiene completa autoridad y no ha dejado nada fuera de su soberanía divina. No sólo eso, sino que Dios posé atributos divinos los cuales solamente él tiene, tales como su omnipotencia (Dios es todopoderoso por encima de cualquier poder en el universo), omnisciencia (Dios conoce todo lo que ha ocurrido, está ocurriendo y ocurrirá) y omnipresencia (Dios está presente en todo lugar en todo momento).

Dios como Dios santo y perfecto. Dios es santo (1 Juan 1:5), esto quiere decir que él es completamente distinto de todo lo que vemos y experimentamos en este mundo. Él es mayor, más grande y distinto de nosotros, siendo su santidad trascendente e infinita (Mateo 5:48). En su santidad perfecta Él requiere que las personas obedezcan sus instrucciones y su ley (Santiago 2:10). En esencia es simple: Dios creó el mundo, estableció leyes que deben ser obedecidas y ahora espera que las personas las obedezcan por completo, teniendo él el derecho de demandar esto por haber sido el creador y soberano sobre el universo.

No hay un solo justo, ni siquiera uno

2. Háblale del pecado

¿Cómo comenzó? Sin embargo, la gente ha quebrantado la ley de Dios. Cuando Dios creó el mundo, él creó dos seres humanos: Adán y Eva, el primer hombre y mujer (Génesis 1:26-28). Cuando Dios los creó, los creó perfectos y buenos. Pero esto no duró, y no mucho tiempo después de su creación desobedecieron a Dios, siguieron el consejo del diablo y por lo tanto fracasaron en obedecer a la perfección la ley de Dios. Dios, al ver la desobediencia de Adán y Eva, maldijo la humanidad, permitiendo así que el pecado entrase al mundo. A partir de ese momento todo ser humano que nace es por naturaleza rebelde hacia Dios y desobediente a sus leyes. Por lo tanto no hay un solo justo, ni siquiera uno (Romanos 3:10).

¿Cuál es la consecuencia del pecado? Debido a que cada persona que jamás haya vivido ha nacido manchado de pecado, muerto en delitos y transgresiones delante de Dios (Efesios 2:1-3), todos son contados como rebeldes, desobedientes y incapaces de cumplir con las expectativas de obediencia perfecta (Romanos 3:23). La pena de tal pecado es clara: la muerte, la muerte no sólo física, sino también la muerte espiritual (Romanos 6:23). Los que han nacido en esta naturaleza pecaminosa merecen ser castigados con muerte espiritual por su desobediencia ante un Dios santo y justo. Esto significa una sola cosa: separación eterna de Dios. Dios, siendo totalmente santo, no puede permitir que el pecado y la desobediencia residan en su santidad, siendo la única solución el ser condenados a un castigo eterno por causa del pecado.

¿Cuál es la solución? ¿Qué podemos hacer para salvarnos de tal condenación? Nada. No podemos salvarnos de tal separación eterna de Dios, pues en nuestra pecaminosidad estamos incapacitados de elegir a Dios y hacer suficientemente cosas buenas para lograr la obediencia perfecta que requiere Dios (Tito 3:5). Los hombres son totalmente depravados, esto es que no son capaces de obedecer a Dios ya que están muertos espiritualmente, incapaz de alcanzar una posición redimida ante Dios (Isaías 64:6). Los hombres están muertos en pecado y totalmente ciegos a cualquier deseo de agradar a Dios (Efesios 2:8-9).

3. Háblale de Jesús

¿Quién es Jesús? Dios, teniendo pleno conocimiento de todo lo que ha sucedido y sucederá, sabía que los humanos no serían capaces de obedecerle perfectamente y que Adán y Eva pecarían, distorsionando así la naturaleza en la que cada ser humano nace. Y en su amor, compasión y misericordia, envió a su único hijo al mundo, Jesús. Nacido de una virgen y siendo Dios y hombre sin pecado a la vez (Colosenses 2:9), vino a esta tierra con el fin de restablecer la gente de vuelta a una relación correcta con Dios. Dios mismo tomó la forma de un hombre con el fin de entrar en este mundo para salvar a pecadores, pues los hombres no pueden alcanzar una posición correcta delante de Dios por sí mismos.

¿Por qué murió Jesús? Debido a que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), se necesitaba que alguien no contaminado por el pecado muriera para pagar el castigo de los pecados. Así fue como Jesús, un hombre sin pecado y Dios mismo, muestra el amor de Dios en su propia muerte en la cruz, pagando así la pena del pecado (Romanos 5:8). En esencia, Dios puso nuestros pecados sobre Cristo con el fin de que los que Dios amó pudieran ser hechos limpios de pecado delante de Dios (2 Corintios 5:21). En otras palabras, los que fueron hechos justos delante de Dios no lo lograron por su propio esfuerzo o deseo, sino que fueron justificados por una justicia ajena que fue imputada sobre ellos en la muerte de Cristo (1 Pedro 2:24). Cristo tuvo que vivir una vida sin pecado, sufrir y morir en la cruz para ser el redentor del pueblo de Dios, a fin de presentarlos limpios y sin mancha delante de Dios. Aunque la gente todavía no puede obedecer perfectamente la ley de Dios, la muerte de Cristo ha pagado el precio de todos nuestros defectos y nos ha hecho justicia de Dios por medio de la muerte de Cristo en la cruz.

¡Ésta es la belleza y el milagro de la cruz! Pecadores son contados como perfectamente obedientes basados en la perfecta obediencia de Cristo, siendo obediente hasta la muerte en la cruz. Dios no sólo envió a su Hijo a morir en la cruz, sino también lo levantó de entre los muertos (1 Corintios 15:4). Jesucristo está ahora vivo a la diestra de Dios en el cielo.

4. Háblale de la salvación

La salvación que Dios logró a través de la muerte de Cristo no es universal, lo que quiere decir que no todo el mundo está ahora a salvo de un castigo eterno por desobedecer la ley de Dios. Hay algo que se debe hacer para ser salvo de la pena del pecado y ser contado entre los que Dios ha restaurado por medio de la muerte y la resurrección de Cristo: creer y arrepentirse. Para ser salvo debe haber arrepentimiento de todo lo que deshonra a Dios (Isaías 55:7) y de los pecados que se han cometido. Y su vez debe haber una creciente separación de todo lo que desagrada a Dios, sabiendo que Dios persona a todo pecador que se arrepiente (Lucas 9:23).

No solo tiene que haber arrepentimiento, sino que también se debe creer en Cristo como Señor y Salvador (Romanos 10:9). Esto significa creer en Jesucristo tanto como Salvador de la pena del pecado y como amo y Señor, pues así como Dios se convirtió en el gobernante de todo lo que existe al crear el mundo, así también Cristo es la cabeza de los que, por la obra divina de salvación hecha de parte de Dios, han sido llamados a salvación y ahora experimentar una relación restaurada con Dios. Sólo aquellos que por la fe se arrepienten y creen serán hechos vivos en Cristo y su sus pecados limpios y borrados en la cruz de Cristo.

Los que no se arrepienten y creen en la verdad del evangelio de Cristo, su muerte y resurrección, les espera un castigo eterno por causa de sus pecados, pues no obedecieron perfectamente a la ley de Dios ya que su naturaleza pecaminosa les imposibilita hacerlo (Romanos 8:1-8). Pero aquellos que se arrepienten y creen, Dios promete perdón competo en Cristo, redención de todos los pecados a través de la muerte de Cristo en la cruz, comunión con Dios Padre y una futura morada eterna con él en el cielo.

Alberto Solano, graduado con una Maestría en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary, actualmente estudia una Maestría en Teología (Th.M.) con énfasis en el Nuevo Testamento. Aparte de servir en el ministerio hispano de Grace Community Church, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.

La parábola de los obreros de la viña

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de los obreros de la viña

Jonathan T. Pennington

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

«Jardines imaginarios con sapos reales en ellos». Así es como un escritor ha descrito las parábolas de Jesús. Son historias imaginarias pero se relacionan con la vida real. Son jardines imaginarios pero en ellos hay sapos reales. A menudo esos sapos somos nosotros.

Mateo 20:1-16 inicia con una situación común en el mundo antiguo: un hacendado necesita obreros, así que, contrata a algunos jornaleros. A medida que avanza el día, necesita más trabajadores. Por lo que regresa varias veces hasta que solo falta una hora antes de que termine la jornada.

Pero luego el dueño de la viña hace algo extraño. Al final del día, llama a todos los obreros y les paga a los que solo trabajaron una hora, el salario completo de un día. Este acto impresionantemente generoso provoca un murmullo en el grupo. Los obreros que trabajaron el día completo hacen rápidamente los cálculos: «Si estos que trabajaron solo una hora recibieron un denario, entonces nosotros ganaremos un buen dinero», probablemente piensen. Esperan que este sea su día de suerte.

En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar.

De modo que podemos entender que cuando a los obreros les llegó el pago y se les puso en sus manos extendidas y cubiertas de ampollas el mismo salario que a aquellos que fueron contratados más tarde, no estaban muy contentos que digamos. Se pusieron furiosos, lo suficiente como para quejarse abiertamente ante su benefactor. El dueño les responde diciendo que les había pagado la cantidad justa que habían acordado y que como él elija gastar su dinero, incluyendo la decisión de ser generoso con aquellos que tuvieron menos oportunidad de trabajar, depende de él. Los trabajadores quejosos no habían sido tratados injustamente. Su tormento emocional se debía a expectativas basadas en su envidia, no en la injusticia.

En la historia de la Iglesia, han existido muchos intentos de explicar esta parábola. Algunos han sugerido que las cinco contrataciones distintas representan cinco etapas de la historia mundial durante las cuales Dios ha llamado a Su pueblo hacia Sí mismo, o diferentes etapas en la vida en las que una persona puede convertirse en cristiano. El punto es que Dios es bondadoso con todos y le da la bienvenida a todos a Su reino, sin importar cuándo son llamados. Algunos dicen que la parábola es una imagen del reino futuro de Dios donde todos los salvos reciben el cielo, no importando cuánto hayan trabajado para Dios. Pero la más amplia y quizás más popular interpretación es que esta parábola es simplemente una imagen de la increíble y maravillosa gracia y generosidad de Dios, o en pocas palabras, del evangelio.

Cada una de estas interpretaciones tiene algo de verdad en ella. Pero existe algo más que debemos ver. La clave está en prestar atención al contexto que Mateo nos da para esta parábola. La historia que precede a nuestra parábola es acerca del rico, líder de una sinagoga, que termina no siguiendo a Jesús debido a que su amor por sus posesiones era demasiado grande (19:16-22). Ante esto, los discípulos estaban conmocionados. Jesús entonces les promete recompensas asombrosas por haber dejado todo lo que tenían para seguirle (vv. 23-30). Esta promesa de que los discípulos se sentarían en doce tronos consume tanto sus pensamientos, que poco después Jacobo y Juan ya estaban deseando ser los que se sentaran en los tronos más cercanos a Jesús (20:20-28).

Ese contexto muestra que esta parábola va dirigida directo a nuestros corazones, a esos problemas gemelos de la autocomplacencia y la envidia. Cuando el joven rico se alejó con las manos vacías pero a los humildes discípulos se les prometió ser gobernantes, era imposible para ellos el no ser un poco autocomplacientes, enorgullecerse un tanto de su sabio logro, de su mejor elección de seguir a Jesús. En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar. Los discípulos no son mejores que el hombre rico. Al mismo tiempo, Jesús presiona directamente en nuestros corazones, que son propensos a la envidia. Jesús desafía a Sus discípulos a no mirar lo que otros tienen y tornarse amargados y celosos. La rivalidad es destructiva para el alma porque todo en la vida es un regalo que proviene de Dios. 

Por lo tanto, esta parábola nos da una visión de la generosa gracia de Dios hacia nosotros y hacia otros. Encontramos vida cuando fijamos nuestros ojos, no horizontalmente en lo que otros tienen, sino verticalmente, en la generosidad del Dueño de toda la tierra, el Rey Jesús, que nos llama amigos y nos provee sabia y generosamente.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jonathan T. Pennington
Jonathan T. Pennington

Dr. Jonathan T. Pennington es profesor del Nuevo Testamento y director de estudios de doctorado Ph.D. del Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, y es ministro asociado de predicación en la Sojourn East Church. Es autor de varios libros, incluyendo The Sermon on the Mount [El Sermón del Monte] y Human Flourishing [El florecimiento humano].

1 – Un «WhatsApp» bíblico – Efesios 1:1-2

Iglesia Evangélica León

Serie: Efesios

1 – Un «WhatsApp» bíblico – Efesios 1:1-2

David Robles

David Robles se desempeña como pastor docente de la Iglesia Evangelica León y es presidente fundador y profesor del Seminario BEREA (España). Tiene un amplio ministerio de enseñanza y predicación en toda España y otros países de habla hispana. David se graduó del Seminario Bíblico de Multnomah (Certificado Bíblico, 2001) y del Seminario de Maestría (M.Div. 2004).

Una trampa mortal llamada codicia

Soldados de Jesucristo

Junio 25/2021

Solid Joys en Español

Una trampa mortal llamada codicia

John Piper

John Piper

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4-La confiabilidad de las escrituras II

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Apologética

4-La confiabilidad de las escrituras 2

Jordi Romeu

Continuamos con el curso: «Apologética»

En esta cuarta sesión explicaremos La parte II de la confiabilidad de las escrituras.

Material de apoyo:
https://drive.google.com/file/d/1hoC9…

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IEG Barcelona
Escuela bíblica del domingo 07 de abril del 2019.

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El clavo en el ataúd de nuestros corazones

Pasión por el Evangelio

El clavo en el ataúd de nuestros corazones

Tony Reinke

Hace quinientos años, Dios encendió una pequeña llama en Wittenberg, Alemania, y se convirtió en el fuego de la Reforma Protestante. Lo que comenzó como una iniciativa de Martín Lutero, pronto se convirtió en un movimiento que impactó la cultura, destruyendo toda falsa imagen de Dios en la adoración cultural de la época.

Se volvió complicado.

Destrozaron imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero estas eran simplemente manifestaciones externas de los ídolos invisibles arraigados en los corazones pecadores, ídolos a veces cubiertos bajo el disfraz del «cristianismo».

Los reformadores percibieron la antigua expresión de la fabricación de ídolos como simplemente la expresión de un ídolo interior, una confianza falsamente colocada. La Reforma Protestante fue una declaración de guerra a los pensamientos vanos sobre Dios. Y cuando esto sucede, se declara la guerra a los ídolos de la cultura.

Fábrica de ídolos

Juan Calvino escribió: «La naturaleza del hombre, por así decirlo, es una fábrica perpetua de ídolos». Pero presta atención a lo que Calvino expresa después:

La mente del hombre, llena de orgullo y audacia, se atreve a imaginar un dios según su propia capacidad; al andar con lentitud, es abrumada por la más cruda ignorancia, concibe una irrealidad y una apariencia vacía como Dios. (Institutos, 1:108)

No hay nada más peligroso que la confianza religiosa en un falso dios creado por nuestra propia imaginación.

Martín Lutero luchó en esta misma guerra, escribiendo contra Roma:

Los malvados dicen y confiesan […] «Soy un monje. Sirvo a Dios con votos y ceremonias. Por eso me dará la vida eterna». ¿Pero quién dice que estás adorando así al verdadero Dios, cuando él no ha ordenado estas cosas? Por lo tanto, te has inventado un dios que quiere estas cosas, aunque no hay un Dios verdadero que lo requiera o que quiera dar la vida eterna por esto. ¿Qué estás adorando entonces, excepto un ídolo de tu propio corazón, al que crees que le place la justicia de tus obras? (Obras, 18:9-10).

Analiza la mentira expuesta: «Seré feliz una vez que logre mi seguridad espiritual por mis propios actos, mis votos y por el mérito de las ceremonias y votos que realizo».

Esta afirmación es un falso ídolo, una falsa seguridad en la carne, una falsa imagen de Dios, un falso evangelio y, en resumen, todo esto es un falso dios.

La teología superficial

La Reforma Protestante fue iniciada por esta confrontación de vanas seguridades. Los reformadores se opusieron a las imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero principalmente, los Reformadores señalaban a los ídolos doctrinales, las falsas afirmaciones sobre Dios y las presunciones sobre Dios que engañaban a generaciones enteras (2 Co 10:4-5; Col 2:8).

Los reformadores se basaron en los primeros tres mandamientos para desafiar esta atracción universal por los ídolos en todas las culturas.

Primer mandamiento en Éxodo 20:3: No sigas a otros dioses.

Segundo Mandamiento en Éxodo 20:4-6: No corrompas tu adoración a Dios con imágenes vanas.

Tercer Mandamiento en Éxodo 20:7: No uses el nombre de Dios en vano.

Estos tres mandamientos son tres advertencias divinas contra los pensamientos vanos y superficiales de Dios.

La primera advertencia  prohíbe el sincretismo. No pienses que puedes mezclar a Dios con tu adoración a los ídolos. Si quieres un tercio de Dios, y dos tercios de otros ídolos, no tendrás nada de Dios. El sincretismo es un pensamiento vano sobre Dios.

La segunda advertencia prohíbe el reduccionismo. No pienses que puedes reducir a Dios a algo manejable, que lo puedes sostener en una mano como un ídolo que ponen en las casas o un pequeño becerro de oro. La tierra es el estrado de sus pies (Is 66:1). El reduccionismo de Dios también es un pensamiento vano sobre Dios.

La tercera advertencia prohíbe la presunción. No hables precipitadamente de Dios. Es vanidad pensar que podemos invocar el nombre de Dios para cubrir nuestra ignorancia sobre quién es realmente. La presunción sobre Dios otro pensamiento vano sobre él.

En esencia, todos los ídolos físicos del Antiguo Testamento mienten sobre Dios. Eso es todo lo que pueden hacer: mentir. Los ídolos nacen de las mentiras. Así, a su vez, los ídolos sólo pueden predicar sermones de engaño a sus adoradores (Jer 10:15; Hab 2:18; Zac 10:2).

Y como hace referencia Lutero del texto de las Escrituras, el becerro de oro fue moldeado con un cincel, un «instrumento de escritura» que originalmente tenía como propósito escribir la verdad sobre Dios, pero en cambio se utilizó para dar forma a una mentira de oro (Éx 32:4).

Nuestros ídolos en la actualidad

Señalar a los ídolos religiosos de la época se convertiría en la principal discusión mientras los reformadores reclamaban y proclamaban las epístolas de Pablo a los gálatas y romanos.

El corazón del hombre es una fábrica de ídolos, y fue necesaria una revolución para frenarlo. Los predicadores tuvieron que ser instruidos y enviados a otros lugares, los evangelistas tuvieron que cumplir su llamado, los misioneros tuvieron que viajar por mares oscuros hacia tierras desconocidas, los traductores tuvieron que traducir las Escrituras a la lengua de cada pueblo, y las iglesias locales tuvieron que crecer para poder servir en esta guerra. Cada creyente tuvo que resistir la fábrica de ídolos de su corazón llenando sus corazones con Cristo y alimentándose de un abundante conocimiento de quién Dios ha revelado ser en las Escrituras.

Esta era la principal preocupación que los reformadores tenían hace quinientos años. El pensamiento superficial sobre Dios siempre reemplaza a Dios, y pone en su lugar un ídolo fraudulento de seguridad, o sexo, o riqueza, o poder, o incluso, de religión.

La triste realidad es que las Escrituras nos advierten una y otra vez que todos somos fabricantes de ídolos. Siete mil millones de politeístas hoy en día no pueden dejar (ni dejarán) de rendir culto, porque no pueden dejar de poner su esperanza y seguridad en estas cosas. La gracia soberana debe romper nuestros impulsos idólatras.

Como Juan Calvino célebremente expresó: «El corazón humano es una fábrica de ídolos, produciendo nuevos ídolos como una cinta transportadora de una fábrica que produce nuevos aparatos». Los ídolos comunes emergen de los corazones caídos e inundan cada rincón de los medios de comunicación en nuestra cultura, en los medios sociales, la televisión, la música, las películas y las novelas.

Hace mucho tiempo, en Wittenberg, Alemania, un monje inició una guerra de quinientos años contra la idolatría. Y la llama de la Reforma perdura, porque las batallas fundamentales continúan hoy en día.

Hace quinientos años, Dios encendió una pequeña llama en Wittenberg, Alemania, y se convirtió en el fuego de la Reforma Protestante. Lo que comenzó como una iniciativa de Martín Lutero, pronto se convirtió en un movimiento que impactó la cultura, destruyendo toda falsa imagen de Dios en la adoración cultural de la época.

Se volvió complicado.

Destrozaron imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero estas eran simplemente manifestaciones externas de los ídolos invisibles arraigados en los corazones pecadores, ídolos a veces cubiertos bajo el disfraz del «cristianismo».

Los reformadores percibieron la antigua expresión de la fabricación de ídolos como simplemente la expresión de un ídolo interior, una confianza falsamente colocada. La Reforma Protestante fue una declaración de guerra a los pensamientos vanos sobre Dios. Y cuando esto sucede, se declara la guerra a los ídolos de la cultura.

Fábrica de ídolos

Juan Calvino escribió: «La naturaleza del hombre, por así decirlo, es una fábrica perpetua de ídolos». Pero presta atención a lo que Calvino expresa después:

La mente del hombre, llena de orgullo y audacia, se atreve a imaginar un dios según su propia capacidad; al andar con lentitud, es abrumada por la más cruda ignorancia, concibe una irrealidad y una apariencia vacía como Dios. (Institutos, 1:108)

No hay nada más peligroso que la confianza religiosa en un falso dios creado por nuestra propia imaginación.

Martín Lutero luchó en esta misma guerra, escribiendo contra Roma:

Los malvados dicen y confiesan […] «Soy un monje. Sirvo a Dios con votos y ceremonias. Por eso me dará la vida eterna». ¿Pero quién dice que estás adorando así al verdadero Dios, cuando él no ha ordenado estas cosas? Por lo tanto, te has inventado un dios que quiere estas cosas, aunque no hay un Dios verdadero que lo requiera o que quiera dar la vida eterna por esto. ¿Qué estás adorando entonces, excepto un ídolo de tu propio corazón, al que crees que le place la justicia de tus obras? (Obras, 18:9-10).

Analiza la mentira expuesta: «Seré feliz una vez que logre mi seguridad espiritual por mis propios actos, mis votos y por el mérito de las ceremonias y votos que realizo».

Esta afirmación es un falso ídolo, una falsa seguridad en la carne, una falsa imagen de Dios, un falso evangelio y, en resumen, todo esto es un falso dios.

La teología superficial

La Reforma Protestante fue iniciada por esta confrontación de vanas seguridades. Los reformadores se opusieron a las imágenes, estatuas, santuarios y reliquias. Pero principalmente, los Reformadores señalaban a los ídolos doctrinales, las falsas afirmaciones sobre Dios y las presunciones sobre Dios que engañaban a generaciones enteras (2 Co 10:4-5; Col 2:8).

Los reformadores se basaron en los primeros tres mandamientos para desafiar esta atracción universal por los ídolos en todas las culturas.

Primer mandamiento en Éxodo 20:3: No sigas a otros dioses.

Segundo Mandamiento en Éxodo 20:4-6: No corrompas tu adoración a Dios con imágenes vanas.

Tercer Mandamiento en Éxodo 20:7: No uses el nombre de Dios en vano.

Estos tres mandamientos son tres advertencias divinas contra los pensamientos vanos y superficiales de Dios.

La primera advertencia  prohíbe el sincretismo. No pienses que puedes mezclar a Dios con tu adoración a los ídolos. Si quieres un tercio de Dios, y dos tercios de otros ídolos, no tendrás nada de Dios. El sincretismo es un pensamiento vano sobre Dios.

La segunda advertencia prohíbe el reduccionismo. No pienses que puedes reducir a Dios a algo manejable, que lo puedes sostener en una mano como un ídolo que ponen en las casas o un pequeño becerro de oro. La tierra es el estrado de sus pies (Is 66:1). El reduccionismo de Dios también es un pensamiento vano sobre Dios.

La tercera advertencia prohíbe la presunción. No hables precipitadamente de Dios. Es vanidad pensar que podemos invocar el nombre de Dios para cubrir nuestra ignorancia sobre quién es realmente. La presunción sobre Dios otro pensamiento vano sobre él.

En esencia, todos los ídolos físicos del Antiguo Testamento mienten sobre Dios. Eso es todo lo que pueden hacer: mentir. Los ídolos nacen de las mentiras. Así, a su vez, los ídolos sólo pueden predicar sermones de engaño a sus adoradores (Jer 10:15; Hab 2:18; Zac 10:2).

Y como hace referencia Lutero del texto de las Escrituras, el becerro de oro fue moldeado con un cincel, un «instrumento de escritura» que originalmente tenía como propósito escribir la verdad sobre Dios, pero en cambio se utilizó para dar forma a una mentira de oro (Éx 32:4).

Nuestros ídolos en la actualidad

Señalar a los ídolos religiosos de la época se convertiría en la principal discusión mientras los reformadores reclamaban y proclamaban las epístolas de Pablo a los gálatas y romanos.

El corazón del hombre es una fábrica de ídolos, y fue necesaria una revolución para frenarlo. Los predicadores tuvieron que ser instruidos y enviados a otros lugares, los evangelistas tuvieron que cumplir su llamado, los misioneros tuvieron que viajar por mares oscuros hacia tierras desconocidas, los traductores tuvieron que traducir las Escrituras a la lengua de cada pueblo, y las iglesias locales tuvieron que crecer para poder servir en esta guerra. Cada creyente tuvo que resistir la fábrica de ídolos de su corazón llenando sus corazones con Cristo y alimentándose de un abundante conocimiento de quién Dios ha revelado ser en las Escrituras.

Esta era la principal preocupación que los reformadores tenían hace quinientos años. El pensamiento superficial sobre Dios siempre reemplaza a Dios, y pone en su lugar un ídolo fraudulento de seguridad, o sexo, o riqueza, o poder, o incluso, de religión.

La triste realidad es que las Escrituras nos advierten una y otra vez que todos somos fabricantes de ídolos. Siete mil millones de politeístas hoy en día no pueden dejar (ni dejarán) de rendir culto, porque no pueden dejar de poner su esperanza y seguridad en estas cosas. La gracia soberana debe romper nuestros impulsos idólatras.

Como Juan Calvino célebremente expresó: «El corazón humano es una fábrica de ídolos, produciendo nuevos ídolos como una cinta transportadora de una fábrica que produce nuevos aparatos». Los ídolos comunes emergen de los corazones caídos e inundan cada rincón de los medios de comunicación en nuestra cultura, en los medios sociales, la televisión, la música, las películas y las novelas.

Hace mucho tiempo, en Wittenberg, Alemania, un monje inició una guerra de quinientos años contra la idolatría. Y la llama de la Reforma perdura, porque las batallas fundamentales continúan hoy en día.

Tony Reinke

Tony Reinke es el escritor principal de Desiring God y autor de Competing Spectacles (2019), 12 Ways Your Phone Is Changing You (2017), John Newton on the Christian Life (2015), y Lit! A Christian Guide to Reading Books (2011). Es el anfitrión del podcast Ask Pastor John y vive en el Phoenix con su esposa y tres hijos.