Los medios de gracia enfatizan lo necesaria que es la Iglesia en la vida cristiana. El Señor no nos diseñó para que viviéramos la vida cristiana solos. Se ha dicho que los creyentes son como brasas ardientes. Cuando están solos, se apagan, pero juntos avivan la llama. La adoración pública es el lugar donde entramos a la presencia especial del Dios omnipresente (Sal 113:4; 139:7). Cuando el Padre reúne a Su familia, Cristo les habla a través de la predicación de la Palabra (Rom 10:11-17; Ef 2:17) y nosotros ofrecemos oraciones por el Espíritu y gozamos de la presencia de Dios en los sacramentos. No dejar de congregarnos (Heb 10:25) significa más que simplemente estar con otros cristianos. La asamblea pública de la Iglesia bajo la dirección de sus oficiales es donde recibimos medios que nos sostienen en la salvación. Debemos apropiarnos de los medios de gracia y usarlos por fe, preparándonos para recibirlos y estudiando su naturaleza y uso a partir de la Escritura.
Los medios de gracia son inútiles sin la fe. Es imposible agradar a Dios sin fe (Heb 11:6). La fe conlleva confiar en las promesas de Dios en Cristo y esperar Sus bendiciones por el Espíritu. Los medios de gracia no operan de forma automática; son instrumentos mediante los que recibimos gracia, no máquinas que producen gracia. Utilizar los medios de gracia para perseverar en la salvación nos hace depender del Dios triuno. Confiamos en el Padre que nos escogió para salvación, en el Hijo que compró nuestra salvación y en el Espíritu que aplica la salvación y nos lleva a la gloria. Hemos sido salvados (Ef 2:8), somos salvos (1 Co 1:18) y seremos salvos (1 Pe 1:5). El Espíritu preserva invenciblemente la vida eterna que tenemos en Cristo (Jn 14:16; Flp 1:6). Sin embargo, «el que persevere hasta el fin, ese será salvo» (Mt 24:13; ver también Ap 3:21). La victoria por la que vencemos al mundo es la fe (1 Jn 5:4), pues por la fe recibimos a Cristo (Col 2:6), quien es nuestra sabiduría de Dios, justificación, santificación y redención (1 Co 1:30). Todo aquel que cree en Cristo será salvo (Jl 2:32; Hch 2:21), pero si no creemos, no permaneceremos (Is 7:9). Los medios de gracia son valiosos porque a través de ellos tenemos comunión con Dios. Si vamos a la iglesia para sentirnos religiosos o reverentes, pero no nos hemos reunido con el Dios triuno, deberíamos considerar que todo fue en vano. La fe es el medio por el que acudimos al Dios que desciende hacia nosotros en los medios de gracia. ¿Queremos conocer mejor al Padre mientras disfrutamos de la comunión con Él por medio de Cristo en el poder del Espíritu? Dios ha ordenado los medios de gracia para que haya un tráfico bidireccional entre el cielo y la tierra. Dios se acerca a nosotros a través de los medios y nosotros nos acercamos a Él mediante la fe.
Sin embargo, el ejercicio de la fe requiere preparación y meditación. La fe involucra todo nuestro ser: nuestra mente, corazón y voluntad. Es necesario que sepamos qué debemos creer y qué debemos hacer. Necesitamos tener corazones que amen al Padre, que nos amó y nos dio a Su Hijo (1 Jn 3:16-18). Necesitamos que el Espíritu produzca en nosotros amor por Dios, y también debemos someter nuestra voluntad a la Suya. A fin de sacar el máximo provecho de los medios de gracia, debemos preparar nuestro corazón para que encuentre a Dios en ellos durante la adoración pública. La Biblia asume que los cristianos meditan (Sal 1:2; 119). Esto significa pensar de forma bíblica, clara, cuidadosa y devocional en la gloria de Dios que Él revela en Su Palabra y Sus obras. La meditación marca la diferencia en la vida cristiana. ¿Venimos a adorar conociendo las promesas de Dios de encontrarnos allí? ¿Sabemos qué le agrada y pensamos en lo que Él está haciendo y en lo que nosotros estamos haciendo cuando vamos a adorar? ¿Esperamos escuchar la voz de Cristo en la predicación de la Palabra? ¿Nos deleitamos en el amor del Padre, quien levantó a Su Hijo de entre los muertos y nos guía a celebrar esa realidad cada primer día de la semana? Aunque el Espíritu es soberano y opera con distinta intensidad en diferentes tiempos, ¿esperamos que sea fiel para llevarnos a Jesús a través de los medios de gracia? En resumen, cuando nos preparamos y meditamos, quitamos el enfoque de nosotros mismos al utilizar los medios de gracia y lo redirigimos al Dios triuno. ¿Qué puede ser más provechoso para nuestras almas? Prepararnos para recibir los medios de gracia nos enseña a vivir como Dios quiere que vivamos: para Su gloria, con otras personas y para la salvación de nuestras almas.
La fe y la preparación requieren estudio. Es común que los creyentes deseen estudiar cómo entender mejor la Biblia. Eso es bueno, siempre y cuando estudiemos la Biblia por causa de Dios, y no solo para satisfacer nuestra curiosidad y sed de conocimiento. Es fácil que el cristianismo se desvirtúe y termine enfocándose en mi justificación, mi adopción, mi santificación y mis pruebas y gozos. El cristianismo no consiste en la mera comprensión de una lista de beneficios, sino que se trata de conocer al Dios correcto de la manera correcta (Jn 17:3). Los medios de gracia nos recuerdan que todo lo que importa en la vida se resume en ver la gloria de Dios en la faz de Cristo (2 Co 4:6). Cuando pensamos en la predicación y los sacramentos, es fácil creer que son «los trabajos» del predicador y no nos afectan personalmente. Si la predicación, los sacramentos y la oración pública son medios que el Dios triuno nos ha dado, entonces ¿no deberíamos estudiar los medios de gracia y su rol en la vida cristiana, y animar a los pastores a promoverlos en su ministerio público? Hay instituciones que nos ofrecen beneficios externos en esta vida, pero solo la Iglesia nos ofrece a Dios, y Dios se nos revela a Sí mismo a través de los medios de gracia. El mundo ofrece salud, dinero y prosperidad; Dios se ofrece a Sí mismo en y a través del ministerio de la Iglesia. Los medios de gracia son las maneras en que debemos buscarlo y hallarlo. ¿Cuándo fue la última vez que leíste un libro sobre la predicación de la Palabra? ¿Estudias los sacramentos? ¿Cultivas la oración en privado, en familia y en la adoración pública?
Los medios de gracia promueven la fe y la vida cristiana, y además fomentan la esperanza cristiana. El resultado final es que amemos a Dios y a nuestro prójimo. Así como morimos sin comida y agua, también morimos si no recibimos a Cristo como nuestra comida y bebida espiritual (Jn 6:53). Aunque los medios de gracia son sencillos y a veces pueden parecer poco especiales, Dios hace grandes cosas a través de ellos. En nuestra santificación, debemos esperar que haya un progreso lento y constante (la mayoría del tiempo). Rara vez hay soluciones rápidas para el pecado, y los saltos gigantes en la santificación son inusuales. Dios libera a algunas personas instantáneamente de los pecados que están profundamente arraigados en sus vidas, pero la mayoría de las veces debemos luchar para hacer morir las obras de la carne por el Espíritu (Rom 8:13). El Dios triuno usa los medios de gracia para matar el pecado en nosotros y guiarnos por senderos de justicia por amor de Su nombre (Sal 23:3). Faltar a la iglesia es como saltarse las comidas. Puede que no todas las comidas sean espectaculares, pero todas ellas en conjunto nos mantienen vivos. A menudo desconocemos cuánto crecemos a través de los medios de gracia hasta que los descuidamos o perdemos.
El Señor utiliza los medios de gracia para nutrir la vida espiritual en Cristo. Debemos esperar que el Espíritu bendiga los medios elegidos por el Padre a través de la fe. Debemos prepararnos para recibir los medios de gracia con estudio y meditación. Debemos confiar en que Dios use los medios para llevarnos al Salvador en vez de confiar en los medios en lugar del Salvador. Busquemos al Señor en los medios de gracia, para que Él fomente la obra de fe, el trabajo de amor y la firmeza de la esperanza (1 Tes 1:3) mientras soportamos con confianza hasta el final de nuestra carrera (Heb 12:1). Jesús es el precursor y el fin de nuestra fe, y Él pondrá nuestro pie en lugar espacioso (Sal 31:8) si usamos los medios que ha ordenado para que caminemos con Él.
El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].
La muerte, que no perdona a nadie y puede llegar en cualquier momento, naturalmente es considerada como la peor cosa que puede ocurrir. A menudo es un tema tabú y da miedo, pero también suscita muchas preguntas. ¿Qué sucede después? Algunos creen que es más razonable, o más tranquilizador, decirse que no hay nada después de la muerte. Para otros, que prefieren imaginar que sus seres queridos continúan existiendo después de la muerte, hay otra vida… pero ¿cuál?
Los cristianos confían en lo que la Biblia dice sobre la muerte y el más allá, porque este Libro contiene el testimonio de alguien que resucitó: Jesucristo. Él había anunciado que volvería a la vida después de su muerte (Mateo 16:21). Pocas personas lo creyeron.
Sin embargo, sus allegados pudieron constatarlo: Jesús, muerto en una cruz y colocado en una tumba, resucitó de entre los muertos al tercer día, antes de ser llevado al cielo (Lucas 24:51).
La confianza en la Palabra de Dios, que no puede mentir, quita toda incertidumbre sobre el más allá, y da seguridad al creyente. Saber que Jesús triunfó sobre la muerte le da la certeza de que su existencia no se acaba en la tumba, y menos en el infierno. Todos los que aceptan a Jesús como su Salvador pasarán la eternidad con él. Lo prometió: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.
“Los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:29).
Oh Señor, Cuyo poder es infinito y sabiduría infalible, ordena las cosas de manera que ellas no puedan ni detenerme ni desanimarme, ni ofrecer obstáculos para el progreso de tu causa. Permanece entre mí y toda contienda, que ningún mal acontezca, ni el pecado corrompa mis dones, celo, logros. Que yo pueda seguir el deber y no cualquier disposición tonta de mí mismo. No me dejes trabajar en la obra que Tú no bendecirás, para que yo pueda servirte sin deshonra o atraso. Concédeme habitar en Tu lugar secretísimo, bajo tu sombra, donde la protección es impenetrable, a salvo de la flecha que vuela de día, la pestilencia que anda en oscuridad, la contienda de lenguas, la malicia, la mala voluntad, el dolor de la conversación cruel, los lazos de la [mala] compañía, de los peligros de la juventud, de las tentaciones de la vida madura, de las aflicciones de la vejez, del miedo a la muerte. Soy completamente dependiente de Tu apoyo, consejo, consuelo. Ampárame por Tu espíritu libre, y que yo no me imagine ser lo suficiente, para ser preservado de caer, más que siempre pueda proseguir, abundando siempre en la obra que Tú me das que haga. Fortaléceme por Tu Espíritu en mi interior para todo propósito de mi vida Cristiana. Todos mis tesoros, los entrego a la sombra de la seguridad que está en Ti, mi nombre nuevo en Cristo, mi cuerpo, alma, talento, carácter, mi éxito, esposa, hijos, amigos, trabajo, mi presente, mi futuro, mi fin. Tómalos, porque son Tuyos, y yo soy tuyo, ahora y para siempre.
Crecí en una iglesia bautista grande en la que los bautismos eran frecuentes y la Cena del Señor inusual. El bautismo era siempre un evento de celebración; incluso, a veces la gente aplaudía. Por otro lado, la Cena del Señor era algo solemne, callado, y, para un niño, podía ser aburrida. Nunca entendí el propósito de tener que sentarme quieto por unos quince o veinte minutos más. ¿No podía el pastor simplemente decir «Jesús murió en la cruz por tus pecados» y terminar con eso? Tampoco entendía realmente el propósito del bautismo, excepto por el hecho de que Jesús lo había ordenado. Cuando fui bautizado a los doce años, fue simplemente como un rito de iniciación para mí.
La Confesión de Fe de Westminster resume la enseñanza bíblica sobre el significado del bautismo y la Cena del Señor de esta manera: «Los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia, directamente instituidos por Dios, con el propósito de representar a Cristo y sus beneficios, y para confirmar nuestra participación en él» (27.1). El lenguaje de «signos y sellos» viene directamente de Romanos 4:11: «[Abraham] recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que tenía mientras aún era incircunciso». ¿De qué manera funcionan los sacramentos como señales y sellos? La Biblia contiene muchas «señales». Moisés hizo «señales» en Egipto (Ex 4:8, etc.). Los milagros de Jesús son llamados «señales» (Jn 2:11). De hecho, la encarnación y el nacimiento virginal de Jesús constituyeron en sí mismos una «señal» (Is 7:14). Las señales son marcas visibles que, aunque quizás significativos en sí mismos, apuntan a algo más. Las señales de Moisés apuntaban al poder de Dios y Su intención de redimir a Su pueblo. Las señales de Jesús apuntaban a Su identidad como el eterno Hijo de Dios (Jn 20:30-31).
Cabe destacar que cuatro de las primeras seis apariciones de la palabra «señal» en la Biblia se producen en la frase «señal del pacto» (Gn 9:12, 13, 17; 17:11). Después del diluvio, Dios hizo un pacto, es decir, un acuerdo vinculante, con Noé, prometiendo que nunca más inundaría la tierra. Como señal para confirmar Su promesa del pacto, Dios hizo un arcoíris. Crecí en la Florida, donde son muy comunes las tormentas eléctricas vespertinas acompañadas de un arcoíris. Podemos sorprendernos con la belleza del arcoíris, pero su propósito principal es recordarnos la promesa del pacto de Dios y Su fidelidad.
Dios también hizo un pacto con Abraham (Gn 15:18; 17:2, etc.; ver Ex 2:24). En este pacto, Dios prometió ser Dios para Abraham y su descendencia, para darle una tierra por herencia, para bendecir las naciones por medio de él y para hacer su descendencia tan numerosa como la arena del mar y las estrellas de los cielos. Para confirmar estas promesas, Dios le dio a Abraham la circuncisión como «señal del pacto» (Gn 17:11).
Estas señales son recordatorios visibles y tangibles que confirman las promesas de Dios para Su pueblo. También son adecuadas para cada pacto. El arcoíris aparece en el cielo después de la lluvia cuando el sol atraviesa las gotas de agua. Dios puede enviar lluvias fuertes que provoquen inundaciones locales con resultados desastrosos para algunos. Sin embargo, Él no volverá a inundar toda la tierra ni a exterminar toda la humanidad. En el pacto de Dios con Abraham, Dios le prometió descendientes, una «simiente» (cumplida finalmente en Cristo; Gal 3:15-18). De manera apropiada, la señal que acompaña este pacto se aplica al órgano reproductor masculino. Como veremos, la naturaleza apropiada de las señales de Dios se repite también en los otros pactos, incluido el nuevo pacto en la sangre de Cristo.
Agustín, el padre de la Iglesia, se refirió a los sacramentos como «palabras visibles». Cuando los niños están aprendiendo, a menudo necesitan imágenes u objetos tangibles para ayudarles a entender una lección. Esto es lo que Dios nos provee en estas señales visibles y tangibles. Él se acerca a nosotros como a niños para que podamos realmente captar, recordar y tener confirmación de Sus promesas de pacto.
En la época de Pablo, los sellos solían estar hechos de cera y tenían una impresión estampada que confirmaban la identidad del dueño. Los documentos y cartas oficiales normalmente tenían sellos. Si el remitente era un rey o un oficial del gobierno, no te atrevías a romper el sello y mirar el contenido hasta que llegara a su destino. En este sentido, los sellos tenían dos propósitos: confirmar la identidad del remitente y asegurar el contenido.
Del mismo modo, las señales de pacto de Dios confirman nuestra identidad como aquellos que le pertenecen a Dios y aseguran nuestra membresía en ese pacto. Dicho de otra manera, las señales de pacto —o los sacramentos— nos aseguran y fortalecen en nuestra relación con Dios. Agustín lo dijo de esta manera: los sacramentos son «señales visibles de la gracia invisible». Son una forma en la que Dios imparte Su gracia para fortalecernos en la fe.
Volviendo a Romanos 4, antes de la declaración de Pablo de que la circuncisión era una señal y un sello de la justicia de Abraham por fe (v. 11), el apóstol dice que Abraham «CREYÓ… A DIOS, Y LE FUE CONTADO POR JUSTICIA» (v. 3). De ahí que la circuncisión era una señal y un sello del hecho de que Dios lo declaró justo por su fe y por la fe sola. Sin embargo, Pablo luego dice que Abraham «se fortaleció en fe» (v. 20), aun luego de años de intentar tener un hijo sin éxito. Una de las razones por la que su fe se fortalecía era la señal del pacto que Dios le había dado. Su propio cuerpo continuamente testificaba y confirmaba la promesa que Dios le hizo.
Las señales de pacto también funcionan en otro sentido. Los pactos en el mundo antiguo eran acuerdos vinculantes que incluían promesas y responsabilidades de ambas partes. En los pactos bíblicos, Dios promete ser nuestro Dios. Nosotros, por nuestra parte, nos comprometemos a entregarnos totalmente a Él y obedecer Sus mandamientos. La palabra latina sacramentum a menudo se refería al juramento de lealtad que los soldados hacían a sus oficiales superiores. De la misma manera, los sacramentos nos identifican como personas que pertenecemos totalmente a Cristo. En los sacramentos, prometemos que le pertenecemos a Él totalmente y sin reservas.
Cuando oficio bodas, la novia y el novio intercambian anillos, y se dicen mutuamente: «te doy este anillo, como señal y promesa de nuestra fe constante y amor permanente». El matrimonio bíblico es un pacto (Mal 2:14). El anillo matrimonial es una señal y un sello de ese pacto. Confirma y declara el amor y el compromiso entre el novio y la novia. El anillo que uso me identifica como que pertenezco a mi esposa y confirma mi promesa de serle fiel mientras ambos vivamos.
Sin embargo, los sacramentos de Dios son más profundos y ricos que los anillos de boda. Nos fortalecen espiritualmente para ser fieles a nuestro compromiso con Dios. Nos ayudan a crecer en semejanza a Cristo y nos dirigen a una comunión más cercana con Cristo. No funcionan por sí solos, como si fuera por acto de magia. Deben ser acompañados por la Palabra y el Espíritu, y son eficaces solo cuando se combinan con la fe. No obstante, cuando se administran y se reciben de manera apropiada, son un medio importante de vitalidad y crecimiento espiritual.
El resto de este artículo se enfocará en los únicos dos sacramentos que Dios da a Su pueblo del nuevo pacto: la Cena del Señor y el bautismo. Exploraremos el significado específico de cada uno por separado y discutiremos cómo sirven como medios de gracia y fortalecimiento espiritual en nuestras vidas.
LA CENA DEL SEÑOR
Jesús instituyó la Cena del Señor en la celebración de la Pascua con Sus discípulos. La Pascua era una señal del antiguo pacto para recordar al pueblo de Dios de Su gran acto de redención al sacarlos de la esclavitud en Egipto (Ex 13:9). La cena de la Pascua incluía cordero y pan sin levadura, ambas señales apropiadas debido a su centralidad al éxodo mismo. Los Israelitas comieron pan sin levadura porque tenían que salir rápidamente. La sangre del cordero aplicada sobre los postes de las puertas de las casas alejaría el juicio que Dios iba a derramar sobre Egipto.
Asimismo, la Cena del Señor celebra el gran evento redentor de Dios en el nuevo pacto. Jesús dijo en la cena de la Pascua con Sus discípulos, «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» (Lc 22:19) y «esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26:28). La Cena del Señor es una señal que apunta a la muerte de Cristo. Comemos y bebemos «en memoria de» Cristo (Lc 22:19).
La Cena del Señor también apunta hacia el futuro. En la Última Cena, Jesús, mirando hacia la consumación dijo: «Porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios» (Lc 22:18). Del mismo modo, Pablo escribe con respecto a la Cena del Señor: «Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga» (1 Co 11:26). Nota aquí que la Cena del Señor «proclama». Es una palabra visible.
Sin embargo, la Cena del Señor hace algo más que hacer visible la Palabra. Involucra todos nuestros sentidos. Vemos, pero también olemos, tocamos y gustamos tanto el pan como el vino. La Cena del Señor, observada correctamente, también incluye el escuchar, cuando se realiza después de la predicación de la Palabra y la instrucción apropiada sobre el significado de los elementos. La Cena del Señor nos ayuda a comprender mejor la maravilla de la muerte de Cristo al involucrar los cinco sentidos. La Cena del Señor hace que la muerte de Cristo en la cruz sea personal. Cristo no solo murió por pecadores. Cristo murió por mí.
La Cena del Señor, en otras palabras, sella esta verdad en nuestros corazones. Es una confirmación física, externa, de que yo pertenezco a Cristo y de que Cristo se ha dado a Sí mismo por mí. En las bellas palabras de la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg:
¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte? Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: sí, todas las cosas deben servir para mi salvación.
Además, en la Cena del Señor tenemos comunión espiritual con Cristo. Pablo escribe: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?» (1 Co 10:16). La palabra griega que se traduce como «participación» es koinonia, una palabra que se refiere a la comunión íntima con otra persona. En contraste, Pablo amonesta a los corintios a que no tengan koinonia con los demonios al participar de la adoración pagana (v. 20). Cristo está espiritualmente presente en la Cena del Señor. Cuando participamos del pan y de la copa, tenemos comunión íntima con Él.
En el mundo antiguo, comer con otras personas era una expresión de intimidad. Las comidas eran también una parte importante de las ceremonias de pacto. Las partes que entraban en un pacto sellaban este acuerdo comiendo juntos. Vemos esto en Éxodo 19-24. Después de que Dios hiciera el pacto con Israel en el Sinaí, Moisés y los líderes de Israel comieron en el monte en la presencia de Dios. De hecho, el propósito de los pactos de Dios con Su pueblo es establecer una relación íntima entre Dios y ellos.
Esto es especialmente claro en el nuevo pacto. En el nuevo pacto, Dios escribe Su ley en nuestros corazones, Dios perdona nuestros pecados y Dios se da a conocer a Sí mismo de forma íntima y personal: «Porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande» (Jer 31:34). Las tres personas de la Trinidad están involucradas en esta relación íntima. Dios se acerca a nosotros en el pacto. Cristo se hizo uno con nosotros para cumplir las promesas del nuevo pacto. El Espíritu Santo mora en nosotros, haciéndonos una nueva creación y capacitándonos para cumplir las obligaciones del pacto. Dios no solo está cerca de nosotros, Él está en nosotros.
La Cena del Señor hace que nuestra relación íntima con Dios sea una realidad experiencial más grande para nosotros. Habla del corazón de nuestra relación con Dios, es decir, el amor de Dios para con nosotros y nuestro amor por Dios. En la cena, Cristo está presente, diciéndonos: «Tú eres Mi hijo amado. Yo di Mi vida por ti. Ahora te doy fortaleza para que tomes tu cruz y Me sigas».
La Cena del Señor también nos recuerda nuestra nueva identidad en el nuevo pacto. En el antiguo pacto, la Pascua se celebraba en familia. Sin embargo, Jesús comió la Pascua con Sus discípulos, indicando que ellos eran la nueva y verdadera familia de Dios. Todos los que siguen a Jesús son Sus hermanos y hermanas. La Cena del Señor es lo que algunos han llamado una «ordenanza de separación», que nos identifica como aquellos que verdadera y totalmente pertenecemos a Cristo.
De este modo, la Cena del Señor también une a todos los que pertenecen a Cristo. Pablo dijo a los corintios que, como no estaban comiendo juntos de una forma unificada, ellos no estaban celebrando realmente la Cena del Señor (1 Co 11:20). En la cena, tenemos comunión con Cristo y los unos con los otros. Por el Espíritu, la cena fortalece nuestro vínculo con Cristo y con nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
La Cena del Señor es rica en simbolismo. Lo más importante es que nos recuerda la muerte de Cristo por nosotros al recibir sobre Sí mismo el juicio que nos correspondía. También confirma y fortalece nuestra unión con Cristo, ya que no solo recordamos sino que estamos en comunión espiritual con Cristo. En la cena, también fortalecemos nuestros vínculos con los demás. La Cena del Señor apunta hacia la «cena de las bodas del Cordero», que comeremos en presencia de Cristo con hermanos y hermanas en Cristo de toda nación, tribu y lengua. Mientras tanto, la Cena del Señor nos fortalece para vivir por Cristo como el cuerpo de Cristo, apartándonos del mundo, para el mundo.
EL BAUTISMO
De la misma manera, el bautismo es rico en simbolismo. A diferencia de la Cena del Señor, que es un evento recurrente en la iglesia, el bautismo es un evento que sucede una vez en la vida de cada persona. En este sentido, es similar a la señal de la circuncisión. Como la circuncisión, el bautismo marca nuestra entrada a la comunidad del pacto.
El simbolismo principal del bautismo es el lavamiento o la purificación. Es una señal de que en Cristo estamos limpios. Esta conexión del bautismo con la limpieza es natural porque al bañarnos usamos agua. No obstante, el bautismo apunta no a un lavamiento físico sino espiritual.
El Nuevo Testamento relaciona varias veces el bautismo con el lavamiento de los pecados. Después de la conversión de Pablo, Ananías le dice a Pablo: «Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando su nombre» (Hch 22:16). Luego Pedro escribe: «Y correspondiendo a esto, el bautismo ahora os salva (no quitando la suciedad de la carne, sino como una petición a Dios de una buena conciencia) mediante la resurrección de Jesucristo» (1 Pe 3:21). A simple vista, ambos pasajes parecerían decir que el bautismo lava nuestros pecados y nos salva. Pero un análisis más preciso del texto revelaría que tal interpretación es errónea. Pedro dice en la segunda mitad del versículo que la cuestión no es el agua en el cuerpo, sino la apelación a Dios porque Él ha lavado la culpa de nuestro pecado. Pablo también escribe que Cristo ha «purificado [a Su Iglesia] por el lavamiento del agua con la palabra» (Ef 5:26). Como Juan dice: «La sangre de Jesús… nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1:7). La sangre de Jesús limpia, no el agua del bautismo. El agua del bautismo apunta hacia el lavamiento en la sangre de Cristo.
El bautismo también difiere de la Cena del Señor en que en el bautismo el receptor del mismo es pasivo. En la Cena del Señor, los participantes son activos. De manera activa, ellos comen y beben. Todos los que participan son llamados a examinarse a sí mismos para «discernir correctamente el cuerpo» (1 Co 11:28-29). Somos participantes activos en la Cena del Señor.
Por otro lado, en el caso del bautizado, él es quien recibe la acción del bautismo. El bautismo apunta a la gracia de Dios y al hecho de que la salvación es completamente de Dios. Dios nos escogió y Su Espíritu nos transforma. Incluso la fe es un regalo de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29). El bautismo dice que aquellos que pertenecen a Cristo han sido salvos por la gracia de Dios. La salvación, de principio a fin, es la obra de Dios.
En este sentido, el bautismo simboliza la entrega del Espíritu por parte de Dios a Su pueblo. Jesús se refirió a la venida del Espíritu sobre Su pueblo en Pentecostés como un bautismo. La venida del Espíritu en Hechos 2 es el cumplimiento de la profecía de Joel de que Dios «derramaría» Su Espíritu sobre toda carne: varón y hembra, judío y gentil. Asimismo, Juan el Bautista declaró que él bautizó con agua, pero que Cristo bautizaría con el Espíritu Santo y fuego.
Sin embargo, el vínculo entre el Espíritu y el bautismo es más que una conexión literaria. El Espíritu mismo es el medio del lavamiento espiritual. Pablo escribe que Dios «nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Del mismo modo, en la versión de Ezequiel sobre la profecía del nuevo pacto de Jeremías, el profeta vincula el lavamiento y la habilidad para obedecer a Dios con la morada del Espíritu Santo:
Entonces os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas (Ez 36:25-27).
EL ESPÍRITU LAVA Y FORTALECE
Adicionalmente, el bautismo nos aparta para Cristo y nos identifica con Cristo. Esto es porque Cristo se identificó con nosotros en Su propio bautismo. El bautismo de Juan el Bautista era un «bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados» (Mr 1:4). Jesús, el Hijo de Dios sin pecado, no había cometido pecado. Juan, de hecho, intentó evitar que Jesús fuera bautizado, diciéndole: «Yo necesito ser bautizado por ti» (Mt 3:14). Sin embargo, la misión de Jesús era identificarse con Su pueblo para tomar la culpa de su pecado sobre Sí mismo. Pablo escribe que Dios «al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» (2 Co 5:21). Jesús fue bautizado por Juan, no porque necesitara ser lavado de pecado sino porque nosotros necesitábamos ser lavados del pecado.
En Su bautismo, Jesús fue apartado, fue designado para iniciar el ministerio al que Dios le había llamado. Jesús tenía aproximadamente treinta años cuando fue bautizado e inició Su ministerio (Lc 3:23). En el antiguo pacto los sacerdotes iniciaban su ministerio a la edad de treinta años (Nm 4:3). Eran apartados para el ministerio por medio de un rito de purificación que incluía agua (Ex 29:4; Lv 8:6). Asimismo, el bautismo de Jesús lo apartó para Su ministerio sumo sacerdotal de enseñar, interceder por Sus discípulos y ofrecerse a Sí mismo como el último y único sacrificio suficiente para quitar los pecados de Su pueblo.
De manera similar, el bautismo nos distingue como aquellos que pertenecemos a Dios. Indica que tenemos una nueva identidad en Cristo. Bajo el antiguo pacto, la circuncisión separa a los Israelitas de los gentiles «incircuncisos». El bautismo nos separa del mundo y declara que pertenecemos a Cristo. Nuestro bautismo simboliza nuestra unión con Cristo, quien se hizo uno con nosotros y se identificó con nosotros en Su bautismo. El bautismo además nos aparta para servir a Cristo. Como Cristo (aunque no exactamente en la misma manera), nosotros somos «sacerdotes» (Ap 1:6), llamados a presentar cada día nuestros cuerpos como un sacrificio, vivo, santo y aceptable a Dios (Rom 12:1).
Lavamiento, consagración, identidad, iniciación: estas son características centrales al significado del bautismo. El Catecismo Mayor de Westminster nos enseña que cuando presenciamos el bautismo de otros debemos aprovechar nuestro bautismo, trayendo a la memoria el hecho de que somos uno con Cristo, lavados, separados y llamados a servirle por el poder del Espíritu Santo. El bautismo es un medio de gracia porque nos recuerda quienes somos y qué ha hecho Dios por nosotros. El bautismo no salva, pero nos apunta a la gracia de Dios y a las riquezas de Dios en Cristo.
Si bien los sacramentos son «palabras visibles», la Palabra escrita y la Palabra hablada de Dios son primordiales para la vida y la adoración cristiana. La fe viene del oír, y el oír, por la Palabra de Dios (Rom 10:17), que es el principal medio de gracia. Pablo exhorta a Timoteo a ocuparse como pastor en Éfeso a la lectura pública de la Palabra, a la enseñanza y la predicación (1 Tim 4:13). Los sacramentos, aunque son importantes, no otorgan a Cristo en sí mismos de alguna forma mística. Son complementos de la predicación de la Palabra, y nunca deben reemplazar la lectura y enseñanza de la Escritura. Los sacramentos nunca deben realizarse sin la predicación y sin una explicación apropiada de su significado. Sin embargo, cuando se utilizan de manera apropiada, los sacramentos son medios de gracia vitales para fortalecernos en nuestro caminar con el Señor.
El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”
Un día de mercado, como todos los sábados por la mañana, un hombre estaba en su puesto de literatura cristiana, entre un apicultor y un vendedor de frutas y verduras. Su puesto era muy pequeño: una mesa con algunas Biblias y varios ejemplares del Nuevo Testamento. La gente pasaba… Unos saludaban discretamente y sonreían, otros caminaban rápidamente frente al puesto, o incluso miraban hacia otro lado.
Alguien se acercó y le dijo: -Señor, usted viene a este lugar con sus libros desde hace ocho años, sin importarle el tiempo que haga, pero no veo que venda mucho. ¿Funciona lo que hace?
– Amigo, ¿usted le preguntaría a un cartel si funciona bien? ¿Cuál es la función de un cartel indicador? Es indicarnos una dirección, ¿no? ¡Pues esa es mi labor aquí! Muestro una dirección al mundo que va cada vez más rápido, que va camino a la perdición. Este libro es un Nuevo Testamento, la segunda parte de la Biblia. Las cuatro primeras partes de este Nuevo Testamento son los cuatro evangelios. Cada uno presenta la vida de Cristo. ¿Sabe cómo murió Cristo?
– ¡Sí, fue crucificado!
– Pues mi misión es presentarle a Cristo. Su cruz divide a la humanidad en dos grupos: los que creen que Jesús expió sus pecados en la cruz, y los que no creen y están perdidos porque no quieren aceptar el perdón de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Tome este Nuevo Testamento y lea el relato de la crucifixión. Allí verá que el único justo murió por nosotros, los injustos.
¿Cómo y por qué surgieron las denominaciones en la iglesia?
SAM MASTERS
Desde la época de Martín Lutero, la diversidad de denominaciones protestantes ha servido como uno de los argumentos más usados por apologistas católicos en contra de la Reforma. Esto a pesar de que dentro de la Iglesia católica romana existe una diversidad parecida, pero el dogma de la supremacía del obispo de Roma sirve para enmascarar tales diferencias doctrinales y políticas entre los fieles católicos.
Aún así, podemos reconocer que no es ideal el mercado variado de denominaciones evangélicas que existe hoy. En 1 Corintios 1, Pablo advierte del peligro de ser unos de Pablo y otros de Apolos (v. 12). No parece equivocado aplicar esto a la tendencia que tenemos de ser unos de Lutero y otros de Calvino.
Entonces, ¿qué debemos hacer? La solución no es sencilla, ya que Pablo también nos advierte que ser “de Cristo” puede ser tan partidista como ser de Pablo o de Apolos (1 Co. 1:12-13). En todo esto, es evidente que necesitamos entender cómo y por qué surgieron las denominaciones.
Aunque los protestantes han generado una gran proliferación de denominaciones, muchas veces esto ha sido sin querer. Martín Lutero no pensaba fundar la nueva Iglesia luterana, sino reformar la antigua Iglesia católica. Así también los puritanos buscaban reformar la Iglesia anglicana, pero con el paso del tiempo algunos hombres fieles llegaron a la conclusión de que el proyecto de una iglesia genuinamente reformada solo se podía lograr fuera del contexto de la “Iglesia oficial”. De la misma forma, John Wesley quiso liderar una renovación dentro de la Iglesia anglicana y no formar una denominación distinta.
La misma naturaleza de la Reforma protestante creó un ambiente donde la proliferación de denominaciones fue casi inevitable.
Estas separaciones siempre estuvieron acompañadas de mucho dolor. No es fácil separarse de la “iglesia madre”. Inevitablemente, hay hombres fieles que creen que conviene continuar con el proyecto de reforma antes de producir la división. Así encontramos que puritanos piadosos como William Perkins y Richard Sibbes nunca abandonaron la Iglesia anglicana. J. C. Ryle, del siglo XIX, y J. I. Packer, quien todavía está con nosotros, son ejemplos de teólogos ejemplares que no quisieron abandonar la Iglesia anglicana histórica.
A la vez, aquí cabe señalar que el crecimiento de las iglesias evangélicas ha ocurrido a menudo por movimientos separatistas. Estas iglesias nacieron de la convicción de que el proyecto de reforma requería nuevas formas eclesiásticas.
Factores en la formación de nuevas denominaciones
A veces, las separaciones han deshonrado la causa de Cristo. Por ejemplo, la Convención Bautista del Sur en Estados Unidos se formó de una división en el siglo XIX debido a un desacuerdo relacionado con la trata de esclavos. A pesar de esto, el Señor en su bondad ha usado grandemente a la Convención Bautista en la propagación del evangelio en el mundo. En los últimos años, han hecho una mea culpa histórica ejemplar. Por mi parte, encuentro mis raíces entre Bautistas Independientes que, motivados más bien por personalismos que por legitimas cuestiones doctrinales, se han divido reiteradas veces.
La misma naturaleza de la Reforma protestante creó un ambiente donde la proliferación de denominaciones fue casi inevitable. Aunque los protestantes siempre han valorado la unidad, su experiencia de la Iglesia romana los llevó a entender que esta solo se podía lograr en base a un común acuerdo en cuanto a la verdad. Nunca podía ser a expensas de la verdad. Por esto, el protestantismo histórico fue confesional. Las grandes confesiones de fe, como la de Westminster, la Confesión Belga, y la Bautista de Londres han cumplido un rol aglutinador.
A pesar de la influencia unificadora de las grandes confesiones, varios principios de la Reforma han obstaculizado la unidad total a nivel institucional. Primero, tenemos el principio de Sola Scriptura. Los reformadores rechazaron la autoridad máxima del magisterio católico reemplazándola por la autoridad de la Biblia. Sin duda, esto ha generado una gran libertad espiritual. Esta libertad se ha expresado por medio de otros principios claves: el sacerdocio de cada creyente y la libertad de conciencia. Segundo, hubo una creciente convicción en muchos sectores del protestantismo de que la Iglesia debía separase del Estado. Con el resultante desacople de las iglesias del Estado y su poder de coerción en cuestiones de fe y práctica, la diversificación de denominaciones era casi ineludible.
Hay otro factor más que contribuye a la formación de nuevas denominaciones: nuestras limitaciones humanas. Pablo escribió que por ahora vemos como en un espejo, oscuramente (1 Co. 13:12). Tenemos en nuestras manos la eterna Palabra de Dios, pero nuestra visión difícilmente se extiende más allá de nuestros limitados horizontes históricos. Tenemos el don del Espíritu Santo, pero vivimos con los límites que vienen por nuestra posición escatológica del Reino iniciado pero aún no culminado.
¿Cuál debe ser nuestra postura frente a las denominaciones?
Dado que nuestra visión histórica no es más aguda que la de Lutero, quizá nuestra primera reacción frente a la realidad de las denominaciones debería ser la humildad. Dudo que yo hubiera logrado un mejor resultado si me hubiera tocado vivir las circunstancias históricas de nuestros antepasados protestantes.
La segunda reacción que conviene tener es la de cultivar el catolicismo evangélico. Por supuesto, aquí uso la palabra “católico” en su significado técnico, que quiere decir “universal”. ¿Cómo cultivamos un catolicismo evangélico? Con la unidad bíblica. La unidad puede ser expresada de muchas maneras a pesar de las diferencias denominacionales. Por empezar, debemos valorar el trabajo y la historia de otros. Y hay ciertos proyectos donde podemos bendecirnos mutuamente. Por mi parte, como bautista, estoy muy agradecido ante mis hermanos presbiterianos por la excelencia de la capacitación teológica que me brindaron cuando estudié en el Reformed Theological Seminary. También debemos apoyar proyectos como la Coalición para el Evangelio, que crea un ambiente de cooperación basado en las verdades esenciales del evangelio.
La unidad puede ser expresada de muchas maneras a pesar de las diferencias denominacionales.
A la vez, no debemos caer en el relativismo. Entre bautistas y presbiterianos, por ejemplo, hay una diferencia histórica sobre el tema del bautismo. Esto quizá sea un tema secundario, pero no deja de tener importancia, en especial al momento de plantar una iglesia local. Difícilmente un bautista coherente puede plantar una iglesia con un presbiteriano coherente. Sin embargo, si un hermano presbiteriano quiere plantar una Iglesia en Argentina, con mucho gusto yo haría todo lo posible por ayudarlo desde afuera.
También conviene sostener y aprovechar las estructuras denominacionales existentes. Nuestra generación tiene ciertos prejuicios anti-institucionales que no ayudan a la expansión del Reino. Entendemos que la Iglesia universal debe ser nuestra prioridad máxima, y que la iglesia universal encuentra su expresión más importante en la iglesia local. Pero las estructuras denominacionales pueden ser de gran utilidad, ya que participar de una red de iglesias multiplica las capacidades de quienes anhelan tener un impacto a nivel mundial para la gloria del Señor.
Por último, podemos orar por las iglesias locales y denominaciones. El padre de las misiones modernas, William Carey, escribió en 1792 que, dado la condición dividida del cristianismo de su época, era muy difícil emprender un proyecto misionero conjunto. Sin embargo, dijo que no había impedimento para orar juntos por el avance del Reino de Dios. Hoy podemos decir lo mismo. Lo maravilloso es que la oración conjunta es la herramienta más efectiva que podemos usar.
Samuel E. Masters
Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Está casado con Carita y tienen tres hijos. Vive desde hace 32 años en Argentina. Es el pastor fundador de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer (En Córdoba, Argentina), presidente de The Crecer Foundation (EE. UU.), y rector del Seminario Bíblico William Carey. Obtuvo su Masters of Arts In Religion en Reformed Theological Seminary y tiene un doctorado en Biblical Spirituality del Southern Baptist Theological Seminary.
Los cristianos tenemos el gran privilegio de acercarnos con confianza al trono de la gracia y hablar con Dios. Esa comunión entre nosotros y Dios se llama oración. Que los creyentes cuenten con la atención de Dios y estén invitados a echar todas sus preocupaciones sobre el Señor porque Él tiene cuidado de ellos es la bendición más notable de todas. Sin embargo, la oración es una de las disciplinas más descuidadas por los cristianos de la actualidad. Una vez, J. C. Ryle dijo: «¡Sí, son pocos los que oran! Simplemente es una de esas cosas que se asumen como obviedades, pero rara vez se practican; algo que es deber de todos, pero que, de hecho, difícilmente alguien hace». Si esa es la misma evaluación que puede hacerse de nuestra época, ¿cuáles son las consecuencias de ese cristianismo sin oración? ¿Está la misión de la Iglesia hoy sufriendo debido a la falta de oración? ¿Están los cristianos restringidos en su vida de santidad debido a que son pocos los que están pidiendo ayuda a Dios en su santificación?
Casi en todo el mundo, la gente se queja de que sus vidas son muy ocupadas. Las familias ya no se sientan a la mesa porque deben asistir a entrenamientos deportivos, clases de música y muchas otras actividades. Tenemos las mejores comodidades modernas, pero nos abrumamos con «citas» interminables. La inquietud de nuestra época es un indicio de que nuestras prioridades están erradas. Pasamos tiempo haciendo lo que más valoramos, pero la oración no está en los primeros lugares de esa lista. Sin embargo, sí tenemos tiempo para hablar abiertamente sobre los muchos problemas que enfrenta nuestra sociedad. A las redes sociales no les faltan cristianos que usen su tiempo para expresarle al mundo su desilusión con «cómo están las cosas». Sí, vivimos en tiempos angustiantes. Los problemas son infinitos, y van desde la bancarrota moral de la sociedad hasta la decadencia espiritual de la Iglesia. Todos están hablando, pero ¿quién está llevando esas cosas al Señor en oración? Si el diagnóstico de Ryle era correcto hace un siglo y medio, ¿qué se puede decir de nuestros tiempos? ¿Hay «difícilmente alguien» que esté orando al Dios de toda liberación?
Sería difícil escribir este artículo si no tuviéramos la certeza de que el Señor nos ayudará por medio de la oración. Sin embargo, la Escritura en todas partes les asegura a los creyentes que Dios oye las oraciones de Su pueblo (p. ej., Gn 16:11; Ex 2:24; Sal 4:3). Lo extraordinario de la oración es que Dios desea darnos Su gracia y Su Espíritu Santo cuando dependemos de Él a través de ese medio. La oración es un medio de gracia a través del cual el Espíritu opera en nuestras vidas. Y como Dios nos prometió un oído atento, la oración debería ser una de las principales prioridades de la vida cristiana. El cristiano que no ora es un cristiano sin poder. Por esta razón, cada generación necesita que la desafíen a hacer de la oración una prioridad en sus vidas.
TODOS LOS CRISTIANOS ESTÁN LLAMADOS A ORAR
Cuando hablamos de los medios de gracia, es importante distinguir entre los medios de gracia más restringidos que Dios nos da en Su Palabra y Sus sacramentos, y el medio de gracia más amplio que nos da mediante la oración. Esta distinción es importante para que tengamos en perspectiva que la oración es nuestra respuesta ante la gracia que recibimos en la Palabra de Dios. Sin embargo, esto no mitiga el llamado a que los cristianos oren, pues Dios da Su gracia a los que oran. Cuando los discípulos acudieron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar, Jesús respondió diciendo: «Cuando oréis…». El Señor indicó que la oración sería una disciplina normal de la vida cristiana. Lo que necesitan los cristianos de hoy es recuperar la convicción y la motivación para orar.
Las Escrituras nos llaman a orar por muchas razones distintas. En 2 Corintios 12:7-10, Pablo alentó a los cristianos en Corinto a orar usando su propia vida como ejemplo de sufrimiento. A Pablo le fue dada una «espina» en la carne, que provocaba sufrimiento en su vida. No se nos dice qué era la espina, pero Pablo quería que los corintios consideraran su dependencia del Señor. Una espina puede ser cualquier cosa que nos quite la fuerza humana: un cáncer, el conflicto, el dolor, una pérdida… todo eso y más. Aunque Pablo le rogó a Jesús tres veces que lo librara, Él le respondió: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (v. 9). Sí, Pablo recibió gracia real del Señor a través de la oración. En su debilidad, la gracia de Cristo reposaba sobre él, y él recibía fuerza.
La oración también es un medio para conformarnos a la imagen de Cristo y edificar a Su pueblo como servidores de Jesús. La presencia continua del pecado en la vida del creyente combate contra este propósito. Esa es la razón por la que la oración es tan necesaria para la santificación del cristiano. De seguro habrá algún lector que en este momento está desanimado y luchando profundamente con su pecado personal. Esta puede ser una de las experiencias más confusas para el cristiano. Si el poder de la resurrección de Cristo está en nosotros, ¿por qué somos derrotados con tanta frecuencia por el pecado remanente en nuestras vidas? Esa es la lucha que Pablo describe en Romanos 7.
Sin embargo, en Romanos 8 Pablo nos recuerda que los cristianos, como hijos adoptados, tenemos el privilegio de clamar «¡Abba, Padre!». Cuando lo hacemos, se nos promete la ayuda del Espíritu Santo, que (1) hace morir el pecado en nuestras vidas (v. 13), (2) «da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (v. 16) y (3) nos ayuda en nuestra debilidad al interceder por nosotros en oración (vv. 26-27). Estas promesas maravillosas concluyen con una garantía del propósito predestinador de Dios, que es conformarnos a la imagen de Cristo (v. 29). Estas son ayudas extraordinarias que nos da el Padre celestial mediante la obra del Espíritu Santo cuando dependemos de Él en oración.
El hecho de que los beneficios de la gracia y el Espíritu Santo nos sean dados realmente a través de la oración es la razón por la que el Catecismo de Heidelberg, que divide sus preguntas en un plan de 52 domingos para guiar a los pastores que quieren predicar el catecismo a lo largo de un año, dedica las meditaciones de todo un domingo para animar a los cristianos a orar:
¿Por qué los cristianos necesitan la oración? Porque es la parte principal de la gratitud que Dios requiere de nosotros; también, porque Dios solo les dará Su gracia y Su Espíritu Santo a los que, con deseo sincero, se los piden continuamente, dándole gracias (Catecismo de Heidelberg, pregunta 116).
En nuestra lucha con el pecado, Dios nos invita a acudir a Él en oración y responde dándonos Su Espíritu, que activamente nos está santificando. La oración es el canal principal por el que el Señor obra esta conformidad, de modo que empecemos a parecernos cada vez más a Jesús.
RECOBRANDO LA ORACIÓN PASTORAL
Si bien la oración privada es necesaria para la santificación en la vida cristiana, hay otro modo de oración que Dios ha dado para ayudar a los cristianos. Jesús se refirió específicamente a la casa de Su Padre como una casa de oración. Una de las mayores tragedias del cristianismo estadounidense es la muerte de la oración pastoral: la oración que hace el ministro en nombre del pueblo durante el culto en el día del Señor. Por cientos de años, las iglesias protestantes hicieron de la oración colectiva un elemento esencial del culto de adoración. Hoy, esa oración ha sido reemplazada por más tiempo dedicado a la música. Poca es la atención que se le da a la oración en la adoración colectiva.
Hay un provecho espiritual que el pueblo de Dios recibe cuando se reúne a adorar colectivamente, que no recibe en ningún otro lugar. El Señor ha prometido reunirse con Su pueblo de una forma especial. Es por eso que la oración es un elemento importante de la adoración colectiva. Así como la lectura bíblica personal no reemplaza la recepción de ese medio de gracia en la Palabra de Dios predicada, la oración personal tampoco reemplaza la bendición de la oración colectiva dominical. Cuando el pastor ora, está hablando en nombre del pueblo como embajador de Cristo. Con una sola voz, los corazones del pueblo se unen mientras sus oraciones ascienden al salón real de Dios.
Yo pienso que la oración pastoral es una gran bendición. Si Ryle tiene razón al decir que son pocos los que oran diariamente, piensa en la ayuda que Dios nos da cuando nos reunimos para orar. En la adoración pública, nos apartamos de los ajetreos de la vida y unimos nuestros corazones en oración mientras nos guía el siervo designado por Dios. El pastor nos dirige elevando alabanzas apropiadas, confesando los pecados, pidiendo por el avance del Reino de Dios, dando gracias por las buenas dádivas del Señor y rogando por las necesidades específicas de la iglesia. Dios está presto a escuchar las oraciones que hace Su pueblo a través de Su siervo. La oración colectiva es una de las bendiciones más edificantes de la adoración. Si nuestras iglesias quieren tener una mayor eficacia en el ministerio del evangelio, deben darle un lugar prominente a la oración pastoral.
La oración es uno de los mayores privilegios que Dios les ha dado a los creyentes en Cristo Jesús. La oración es un medio para que goces de tu Dios, que es para lo que fuiste creado. Quizás no oramos como debiéramos porque no hemos aprendido a gozar de Dios en la oración como debiéramos. Habla con tu Dios; Él desea que goces de esa comunión: «Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros» (1 Pe 5:7). El Señor escucha tus oraciones, y eso es más certero que lo mucho que desees obtener aquello por lo que oras (Catecismo de Heidelberg, pregunta 129). ¡Qué Dios tan misericordioso es el que se te ofrece en el evangelio de Su Hijo! Cualquiera que sea tu alabanza, cualquiera que sea tu carga, llévala al Señor en oración y espera en Él, pues Él es el Señor nuestro Dios que recibe nuestra oración (Sal 6:9).
Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él… Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.
La palabra disciplina hace referencia a la educación, a los cuidados formadores de los padres hacia sus hijos. Si Dios nos disciplina es precisamente porque somos sus hijos. Para ayudarnos a crecer en la fe, él nos hace pasar por diferentes situaciones, que a veces pueden ser difíciles. ¿Cómo reaccionamos?
Hay tres reacciones posibles ante la disciplina:
– Despreciarla, es decir, no darle importancia y pensar que lo que sucedió fue debido al azar. Entonces no aprovechamos esta disciplina, aunque nos haga sufrir. Es como si no tomásemos posesión de algo que pagamos caro.
– Desanimarnos: en lugar de ver que Dios desea actuar en nosotros, empezamos a dudar de su amor. Pero Dios no permite una prueba que esté por encima de nuestras fuerzas (1 Corintios 10:13). Si los padres terrenales sensatos saben cómo disciplinar a sus hijos, nuestro Padre celestial sabe hacerlo mucho mejor (Hebreos 12:9-10).
– Aceptar la prueba es la buena reacción; así la disciplina puede sernos útil. Entonces escucharemos más al Señor. Por medio de ella, muy a menudo, Dios prueba nuestra confianza en él, para afirmarla. También quiere ayudarnos a identificar nuestras faltas, nuestros pasos en falso y su origen. Dejemos que Dios nos pruebe (Salmo 139:23) y nos purifique. Así descubriremos que la disciplina de Dios “da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”.