Ministerios Ligonier
Serie: Doctrinas mal entendidas
La Escritura sola
Por Chad Van Dixhoorn
Nota del editor: Este es el segundo capĆtulo en la serie de artĆculos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
n 1546, el Concilio de Trento, una asamblea católica romana que se reunió poco despuĆ©s de la muerte de MartĆn Lutero, emitió dos decretos sobre la Sagrada Escritura. El primer decreto maldijo a los que no aceptaban las Escrituras y a los que Ā«condenaban deliberadamenteĀ» las tradiciones de la Iglesia. El segundo decreto prohibió las lecturas tergiversadas de la Ā«Sagrada EscrituraĀ» en asuntos doctrinales o morales. El concilio tambiĆ©n condenó las interpretaciones de Ā«la Sagrada Escritura contrarias a⦠la santa madre IglesiaĀ» o Ā«contrarias al consentimiento unĆ”nime de los PadresĀ», y explicó que es tarea de la Iglesia Ā«juzgar el verdadero sentido e interpretación de las Santas EscriturasĀ».
Ambos decretos estĆ”n abarrotados de clĆ”usulas complicadas y frases extraƱas. Hay una razón para esto: los obispos en el concilio no estaban de acuerdo entre sĆ acerca de la relación entre la Escritura y las tradiciones de la Iglesia utilizadas para interpretar la Escritura, asĆ que discutieron sobre cómo llegar a algĆŗn tipo de consenso. De los que estaban dispuestos a votar sobre el tema, treinta y tres miembros pensaron que la Escritura y la tradición son Ā«igualesĀ» en autoridad, once pensaron que son Ā«similaresĀ» pero no Ā«igualesĀ» en autoridad, y tres pensaron que el concilio solo deberĆa exigir que se respetaran las tradiciones. Se abandonó el lenguaje de igualdad autoritaria entre la Escritura y la tradición.
En otro consenso, el concilio hizo otra distinción: treinta y ocho miembros querĆan que el concilio condenara a aquellos que no aceptaban las Escrituras ni la tradición. Pero treinta y tres miembros querĆan una posición mĆ”s flexible. Estaban dispuestos a condenar a los que no aceptaban la Escritura, pero con respecto a la tradición, los obispos solo condenarĆan a las personas que conscientemente rechazaran las tradiciones de la iglesia. AquĆ el partido minoritario ganó la votación, ya que el partido mayoritario no estuvo dispuesto a ignorar las opiniones de sus colegas.
Como autoridad final, la Escritura, al ser la Palabra de Dios, permanece firme por SĆ misma.
Cuento esta historia porque es sorprendente escuchar que miembros del Concilio de Trento presentaron ideas que todo reformador podrĆa afirmar (y que creo que todo cristiano protestante deberĆa afirmar). DespuĆ©s de todo, todo reformador podrĆa estar de acuerdo en que la Escritura no debe ser manipulada para que diga lo que queremos. La Biblia es la Palabra de Dios: debemos ser moldeados por ella; no que ella sea moldeada por nosotros. Los reformadores tambiĆ©n podrĆan estar de acuerdo con la pequeƱa minorĆa de votantes en el Concilio de Trento: las tradiciones de la Iglesia, siendo sin duda los escritos y las prĆ”cticas mĆ”s antiguas de la Iglesia, merecen estimación. SĆ, ha habido falsos maestros en la historia de la Iglesia, pero tambiĆ©n existe una historia de enseƱanza Ćŗtil en la Iglesia que afirma y apoya la enseƱanza de la Escritura. Hay mucho que aprender de aquellos que nos han precedido.
Al fin y al cabo, los reformadores se dieron cuenta de que la idea católica romana de lograr un Ā«consentimiento unĆ”nimeĀ» entre los maestros cristianos de los primeros siglos de la Iglesia no tenĆa base alguna en la realidad. De hecho, la Confesión de Augsburgo de 1530, la declaración teológica luterana primitiva mĆ”s importante, destaca los desacuerdos presentes dentro de la misma tradición romana, incluyendo contrastes entre las enseƱanzas de la Iglesia y las enseƱanzas de los padres prominentes de la Iglesia. Sin embargo, considerar las enseƱanzas de los padres de la Iglesia como importantes resultaba obvio para todos. Como autoridad final, la Escritura, al ser la Palabra de Dios, permanece firme por SĆ misma. De todos modos, las personas sabias leen las Escrituras en compaƱĆa de otros, no solos, incluso aquellos que nos han precedido.
Cuento esta historia tambiĆ©n porque el concilio llegó a otras conclusiones que ningĆŗn reformador podrĆa aceptar (y que ningĆŗn cristiano protestante deberĆa aceptar). Principalmente, los reformadores no pudieron aceptar que Ā«juzgar⦠el verdadero sentido e interpretaciónĀ» de la Biblia es responsabilidad de la Iglesia. Poner tal autoridad en manos de la Iglesia serĆa poner a la Iglesia por encima de la Biblia en lugar de la Biblia por encima de la Iglesia. Insistir en que este tipo de interpretación es necesaria era como anunciar que la Biblia no es clara en SĆ misma.
Toda la historia de la Iglesia protestante, vista en los cientos de confesiones y catecismos producidos por luteranos y reformados por igual, testifica del poder y la utilidad de la Escritura y llama a las iglesias a reformarse segĆŗn las Escrituras. Estas confesiones ocasionalmente citan a autores importantes en la historia de la Iglesia. Los escritores protestantes lo hacĆan a menudo. Pero entendieron que solo la Escritura tiene las marcas de necesidad, suficiencia, autoridad suprema y claridad en todos los asuntos relacionados con la salvación. En Ćŗltima instancia, la relevancia, la utilidad, la veracidad y la capacidad de persuasión de cualquier otro texto deben evaluarse Ćŗnicamente a travĆ©s de la Escritura sola.
En 1646, la Asamblea de Westminster, escribiendo al final de la larga Reforma de Inglaterra, declaró:
Ā«El EspĆritu Santo, que habla en la Escritura, y de cuya sentencia debemos depender, es el Ćŗnico Juez Supremo por quien deben decidirse todas las controversias religiosas, y por quien deben examinarse todos los decretos de los concilios, las opiniones de los antiguos escritores, las doctrinas humanas y las opiniones individualesĀ» (Confesión de Fe de Westminster 1.10).
Esto fue simplemente para registrar la actitud de los mismos escritores bĆblicos, quienes validaron muchos de sus argumentos con un Ā«asĆ dice el SeƱorĀ», seguido de una cita de la Escritura. ĀæDebemos respetar los decretos de los concilios, tener en alta estima a los escritores antiguos y el adecuado interĆ©s en las enseƱanzas de otros hombres? SĆ. Como los hombres sabios han seƱalado en el pasado, muchos problemas en la Iglesia pudieron haberse evitado si los cristianos hubieran escuchado, no solo lo que creemos que el EspĆritu Santo nos estĆ” enseƱando, sino tambiĆ©n lo que Ćl pudo haberle enseƱado a otros. Sin embargo, ninguna de estas fuentes de conocimiento y sabidurĆa, y mucho menos las declaraciones de los papas, puede elevarse al nivel de la autoridad de la propia Palabra de Dios. En esto debemos estar firmes.
Ahora, Āæhay Ā«controversias religiosasĀ» que necesitan resolverse? Entonces solo hay un estĆ”ndar que es necesario que utilicemos, una sola corte a la que todo cristiano e iglesia debe apelar. ĀæHay Ā«decretos de conciliosĀ» que deban evaluarse? Entonces solo hay un canon por el cual estos concilios y sus decretos pueden ser considerados legĆtimamente correctos o incorrectos. ĀæHan encontrado tĆŗ o tus amigos Ā«opiniones de escritores antiguosĀ» con gran peso? Solo hay una balanza en la que se pueden pesar. ĀæNos encontramos con Ā«las enseƱanzas de los hombresĀ» en conversaciones, lecturas y predicaciones? Solo hay una luz con la que pueden examinarse. ĀæHay Ā«opiniones individualesĀ» o criterios personales en la Iglesia? Entonces solo hay una manera en que deben ser juzgados. Hay una Ā«sentenciaĀ» en la que Ā«debemos dependerĀ», y esa no puede ser otra que la del Ā«EspĆritu Santo que habla en la EscrituraĀ».
El Dr. Chad Van Dixhoorn es profesor de historia de la Iglesia y director del Centro Craig para el Estudio de las Normas de Westminster en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de Confessing the Faith.