3 de febrero «Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía». Cantares 1:7
Estas palabras expresan el deseo del creyente por Cristo y sus ansias de comunión permanente con él. ¿Dónde apacientas? ¿En tu casa? Entonces iré allí, si allí puedo hallarte. ¿En la oración privada? Entonces oraré sin cesar. ¿En la Palabra? Entonces la leeré diligentemente. ¿En tus ordenanzas? Entonces andaré en ellas de todo corazón. Dime dónde apacientas, porque donde quiera que tú estés como Pastor, allí paceré yo como oveja; pues nadie sino tú mismo puede suplir mis necesidades. Soy incapaz de vivir satisfecho lejos de ti.
Mi alma tiene hambre y sed del refrigerio de tu presencia. «¿Dónde sesteas al mediodía?»; porque ya sea al amanecer, ya al mediodía, mi único descanso debe estar donde tú y tu amado rebaño están. El descanso de mi alma debe ser un descanso otorgado por gracia; y esto solo puede hallarse en ti. ¿Dónde está la sombra de aquella Roca? ¿Por qué no habría de reposar yo debajo de ella? «¿Por qué habría de estar como vagando tras los rebaños de tus compañeros?» (Cnt. 1:7). Tú tienes compañeros, ¿por qué no debía yo ser uno de ellos? Satanás me dijo que yo soy indigno; es cierto, yo siempre fui indigno, pero sin embargo, tú me has amado en todo tiempo y, por tanto, mi indignidad no puede ser un impedimento para que tenga ahora comunión contigo.
Es cierto que soy débil en la fe y propenso a caer, pero esa misma debilidad es la razón por que yo debiera siempre estar donde tú apacientas tu majada, para que pueda verme fortalecido y preservado en seguridad junto a aguas de reposo. ¿Por qué debía yo apartarme? No hay razón para ello; en cambio, hay mil razones para que no me aparte, pues Jesús me invita a ir a él. Si él se aparta un poco, es solo para hacerme apreciar más su presencia.
Ahora que estoy afligido y angustiado por estar apartado de él, él me guiará de nuevo a aquel abrigado rincón en donde las ovejas de su dehesa están protegidas del sol abrasador.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 42). Editorial Peregrino.
¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? Lamentaciones 3:37 Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8:28
¿De qué Dios se trata? «Si Dios existiera, mi madre no hubiese muerto de un cáncer».
Este comentario de un compañero me hizo reflexionar. Me imagino su dolor viendo a su madre enferma, su esperanza en un Dios poderoso que podía curarla, y luego su duelo, su decepción, sus dudas incluso sobre la existencia de Dios.
En realidad, no existe un Dios que sirva a nuestros proyectos, que se incline ante nuestra voluntad y nuestros deseos, o sea, un Dios que esté a nuestro servicio.
En cambio, el Dios que la Biblia presenta es un Dios que cumple, no nuestra voluntad, sino la suya, con el único objetivo de dar a cada uno el acceso a la vida eterna (una eternidad de felicidad).
Todas las circunstancias de nuestra vida, agradables o dolorosas, están al servicio del proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros. Nunca son el fruto del azar, sino que están sometidas a la voluntad de Dios, quien ama a sus criaturas y desea conducirlas hacia él.
En vez de amargarnos y eliminar a Dios de nuestra vida, aprendamos a ver, en todo lo que nos sucede, su mano, que quiere acercarnos a él.
Pero el mayor argumento que nos obliga a tener una confianza sin límites en Dios es su amor. “Ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
¡Si ora al único “Dios justo y Salvador” (Isaías 45:21), nunca quedará decepcionado!
La gravedad mortal de las palabras imprudentes Por Tim Challies
Un técnico de una compañía aérea se olvidó de comprobar los registros de los vuelos anteriores y, por tanto, no tomó medidas ante un fallo de control que se había repetido varias veces en los últimos días. Su descuido fue uno de los motivos por los que el avión se estrelló en un vuelo posterior.
Un ingeniero no puso los frenos en los vagones cisterna estacionados, que pronto empezaron a moverse por sí solos hasta que, fuera de control, se salieron de las vías y explotaron. Su imprudencia provocó gran cantidad de muertes y destrucción.
Un conductor de camión se distrajo por un problema con su remolque, no se dio cuenta de una señal de alto y atravesó una intersección a gran velocidad, poniéndose inmediatamente en la trayectoria de un autobús que circulaba a gran velocidad. Su imprudencia se cobró la vida de muchos pasajeros y le valió una larga condena en prisión.
Cada una de estas personas tuvo que rendir cuentas por su imprudencia, por su negligencia y por toda la devastación provocada. Y con razón, porque la imprudencia no es un asunto menor. La imprudencia es una cuestión moral que puede tener graves consecuencias.
Jesús tenía en mente la imprudencia el día en que las autoridades religiosas se enfrentaron a Él por no cumplir su interpretación de la ley religiosa. Señaló que las palabras de ellos eran malas porque sus corazones eran malos. «¿Cómo podéis hablar bien, si sois malos?», preguntó. «Porque de la abundancia del corazón habla la boca». Y en ese contexto ofreció la más solemne de las advertencias. «Os digo que en el día del juicio la gente responderá por toda palabra imprudente que diga».
Las palabras tienen un poder inmenso: poder para hacer tanto bien y poder para hacer tanto mal. Las palabras pueden fortalecer a los débiles o quebrantarlos, consolar a los tristes o afligirlos, aliviar a los agobiados o abrumarlos aún más. Las palabras pueden tener sabor a vida o sabor a muerte, olor a cielo u olor a infierno. Pueden hacer la obra de Dios o del diablo, servir a la causa de Cristo o de Sus enemigos. Las palabras son tan maravillosas como terribles, tan bellas como horribles, tan preciosas como espantosas.
No es de extrañar, entonces, que la Biblia se refiera a nuestras palabras tan a menudo y con tanta solemnidad. Porque nuestras palabras ponen ante nosotros una elección cada día y en cada momento. Cada vez que abrimos la boca, cada vez que deslizamos nuestras pantallas, cada vez que pulsamos nuestros teclados, nos atribuimos el poder de la vida y de la muerte.
Lo que tal vez necesitemos recordar es que tendremos que rendir cuentas por nuestras palabras, por todas nuestras palabras. Habrá un juicio no sólo por las palabras que usamos intencionadamente mal o que usamos deliberadamente para herir a otros, sino también por las palabras que usamos imprudentemente. Seremos responsables ante Dios no sólo por lo que fue totalmente malintencionado, sino también por lo que fue simplemente negligente, apático, irresponsable, imprudente o impetuoso.
Porque al igual que la falta de prudencia es una cuestión moral cuando se trata del transporte, también lo es cuando se trata de la comunicación. Así como la imprudencia puede expresarse en las acciones, también puede expresarse en el habla. Y así como es correcto y justo que se rindan cuentas por el desempeño descuidado de las tareas, también es correcto y justo que se rindan cuentas por la pronunciación imprudente de palabras. Porque las palabras pueden causar tanto daño como los hechos.
Este artículo se publicó originalmente en Challies.
Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por más de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.
2 de febrero Que son cosas antiguas 1 Crónicas 4:22
Sin embargo, no tan antiguas como aquellas cosas preciosas que son el deleite de nuestras almas. Volvamos por un momento a contarlas, enumerándolas una y otra vez como cuenta el avaro su dinero. La soberana elección del Padre, por la que él nos eligió para vida eterna antes que la tierra fuese, es un asunto de remota antigüedad, ya que ninguna fecha puede asignarle a este hecho la mente humana. Hemos sido elegidos desde antes de la fundación del mundo. El amor eterno acompañó a la elección, pues no hemos sido apartados por un simple acto de la voluntad divina, sino porque intervino el amor de Dios.
El Padre nos amó desde el principio. Aquí tenemos un tema para la meditación diaria. El propósito eterno de redimirnos de nuestra ruina, de limpiarnos, de santificarnos y, al final, de glorificarnos es asunto de infinita antigüedad y corre parejas con el amor inmutable y la absoluta soberanía. El pacto se describe siempre como eterno, y Jesús, la segunda parte de ese pacto, tiene «sus salidas […] desde el principio» (Mi. 5.2). Él fue nuestro Fiador mucho antes que los primeros astros empezaran a alumbrar, y fue en él en quien se ordenó a los elegidos para vida eterna. Así, en los propósitos divinos, quedó establecido entre el Hijo de Dios y su pueblo elegido un pacto de unión muy bendito, que permanecerá como el fundamento de su seguridad cuando el tiempo ya no sea más.
¿No es bueno estar ocupados en estas cosas antiguas? ¿No es vergonzoso que queden tan olvidadas y hasta desechadas por la mayoría de los creyentes? Si conocieran más de sus propios pecados, ¿no estarían aquellos más dispuestos a adorar esta eminente gracia? Admiremos y adoremos en esta noche a nuestro Dios mientras cantamos:
Soy salvo por su gracia, su tierno amor me sacia; su preciosa sangre me lavó, y hasta hoy su brazo me guardó.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 41). Editorial Peregrino.
Cercano estás tú, oh Señor. Salmo 119:151 Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti. Salmo 63:1
La mirada de Dios
El primer versículo de hoy, exhibido en mi sala, suscitó un comentario de una amiga:
–¡Qué mensaje tan opresor! ¡También podrías dibujar un ojo que nos vigilara día y noche!
Sin embargo, para mí, como para muchos cristianos, ¡este versículo da una paz y una esperanza infinitas!
Hay varias maneras de colocarse bajo la mirada de Dios. Para el que cree en Dios y confía en su amor, es tranquilizante saber que el Señor está cerca de él. Sé que me escucha cuando oro, que vela sobre mí. Le cuento mis problemas, y su paz inunda mi corazón, pues sé que comparte mis penas y que todo lo que hará por mí será bueno.
Es cierto que para el que no conoce a Dios, esto puede parecer espantoso. Dios, quien es tan bueno y lleno de gracia para con sus hijos, es un Dios justo, y no puede pasar por alto nuestros pecados. “Todas las cosas están desnudas y abiertas” ante él. “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 4:13; 10:31).
Sin embargo, ese mismo Dios nos ama y dio a su Hijo unigénito para purificarnos de nuestros pecados: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado… Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:7, 9). Si creemos en el valor de la sangre de Cristo, en su obra perfecta, ¡entonces encontraremos el descanso, la paz con Dios y el gozo de saber que él está tan cerca de nosotros! Dios se nos presenta con gran amor, como un Padre que nos ama. ¿Podríamos tener miedo a su mirada?
Estamos explorando cómo las diversas cualidades de los ancianos son en realidad el llamado de Dios a todos los creyentes. Mientras los ancianos están destinados a ejemplificar estas cualidades, todos los cristianos deben exhibirlas. Quiero que consideremos si estamos mostrando estos rasgos y aprender juntos cómo podemos orar para tenerlos en mayor medida. Hoy vamos a considerar por qué es importante que los padres –tanto los ancianos como todos los cristianos– guíen a sus familias de una manera que honre a Dios.
En 1 Timoteo 3:4-5 leemos: “(Un anciano) gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)”. Pablo le dice a Tito de la misma manera que a los ancianos: que “tenga hijos creyentes, no acusados de disolución ni de rebeldía”. (Tito 1:5-6). Entonces, ¿qué significa esto y por qué es tan importante?
Simplemente significa que el liderazgo del hombre dentro del hogar demuestra su capacidad para dirigir dentro de la iglesia. Por el contrario, su incapacidad para liderar dentro del hogar demuestra su incapacidad para liderar dentro de la iglesia. Por esta razón, la casa en lugar de la oficina o el aula es el campo de pruebas donde confirma la capacidad de liderazgo de un hombre. ¿Por qué? Como lo explica Alexander Strauch: “Dirigir la iglesia local se parece más a dirigir una familia que a dirigir una empresa o un país. Un hombre puede ser un empresario exitoso, un funcionario público capaz, un brillante gerente de oficina o un líder militar de alto rango, pero puede ser un terrible anciano de una iglesia o padre de familia. Por lo tanto, la capacidad de un hombre para supervisar su hogar también es un prerrequisito para la supervisión de la familia de Dios”.
Pero, ¿qué significa entonces para un hombre administrar bien su casa? John Piper ofrece una traducción alternativa del griego que ilumina bastante el asunto: “líder de una casa bien ordenada”. Él explica que, “debe tener hijos sumisos. Esto no quiere decir perfectos, pero sí quiere decir bien disciplinados, que no hacen caso omiso de las instrucciones de sus padres de manera abierta y regular. Los hijos deben honrar a sus padres y él debe ser un líder espiritual amoroso y responsable en el hogar”.
Una vez más, si un hombre no puede conducir con ternura y amar sacrificialmente a su propia familia, no debe dársele el privilegio y la responsabilidad de liderazgo en la iglesia. Si no puede destacarse en uno, no va a destacarse en el otro. Así que, si un hombre tiene familia, todo el proceso de evaluación de él como candidato para ser anciano debe implicar observar de cerca su casa. Thabiti Anyabwile advierte de “hombres que podrían estar demasiado preocupados con los asuntos de la iglesia y ocuparse muy poco de lo que está pasando bajo su propio techo. Uno piensa en el reproche precipitado y equivocado de Eli en cuanto a Ana mientras ella oraba, al mismo tiempo que era descuidado en la responsabilidad para con sus hijos rebeldes (1 Samuel 1-2). Un anciano atiende los asuntos de su casa”.
¿Y qué acerca de la gran pregunta sobre lo que significa que los hijos sean creyentes? Se trata de un texto complicado que ha sido objeto de mucha discusión, pero me encuentro en un acuerdo sustancial con el hábil manejo que Justin Taylor hace del pasaje. Señala que la palabra traducida como “creyentes”, –como en “que tenga hijos creyentes”– puede ser traducida como “fiel”. Esta traducción permite al texto complementarse muy bien con 1 Timoteo 3:4, con su énfasis en el control, la obediencia y la sumisión. Él concluye: “Lo que no debe caracterizar a los hijos de un anciano es la inmoralidad y la rebeldía indisciplinada si los hijos están aún viviendo en su casa y bajo su autoridad”.
Ahora bien, ¿qué pasa con los padres cristianos que no son ancianos? ¿Cómo honramos el texto, incluso en la medida que ampliamos su aplicación? Pues bien, estas otras personas también deben exhibir la habilidad y la piedad en sus relaciones familiares. Ellos, también deben tratar de ser ejemplares. Los padres deben dirigir y enseñar amorosamente a sus hijos, las madres deben cuidar a sus hijos con alegría, ejercitando paciencia y una autoridad amorosa sobre ellos. Pablo escribe: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor” (Efesios 6:4; ver también Génesis 18:19; Salmo 78:4; 2 Timoteo 3:15). En la Shemá, Dios a través de Moisés le dice a los hijos de Israel, tanto a hombres como mujeres: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón y diligentemente las enseñarás a tus hijos” (Deuteronomio 6:6-7; ver también Deuteronomio 4:9; 11:19).
Del mismo modo, los Proverbios describen repetidamente la importancia de disciplinar a los hijos. “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24; ver también Proverbios 19:18; 22:15; 23:13-14; 29:15, 17). Una gran cantidad de pasajes narrativos muestran el peligro de descuidar tal atención y disciplina. El autor de Hebreos hace hincapié en la importancia de disciplinar a los hijos como una expresión de amor hacia ellos. Él pregunta: “¿qué hijo es aquél a quien su padre no disciplina?” (Hebreos 10:7). De hecho, Dios “nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad” (versículo 10; véase Hebreos 10:3-11 para el contexto).
Las mujeres desempeñan un papel específico y vital en la familia. Pablo instruye a Tito, “Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada” (Tito 2:3-5). Una vez más, Pablo escribe: “Por tanto, quiero que las viudas más jóvenes se casen, que tengan hijos, que cuiden su casa y no den al adversario ocasión de reproche” (1 Timoteo 5:14).
De principio a fin la Biblia coloca a todos los padres bajo la responsabilidad de enseñar y formar a los hijos y de esa manera de ejercer el cuidado y la amorosa supervisión sobre ellos.
Auto-evaluación Entonces, ¿qué en cuanto a ti? Te animo a reflexionar sobre estas preguntas a continuación para ver cómo puedes crecer en tu liderazgo en el hogar:
¿Estás buscando formas de mejorar en la manera que enseñas y disciplinas a tu familia? Cuando tu familia está expuesta públicamente, ¿están tus hijos fuera de control, o siguen por lo general tu ejemplo y responden a tu corrección? ¿Puedes hablar del estado espiritual de tus hijos? ¿Conoces la condición de sus almas? ¿Oras por ellos de manera específica? Padres, ¿dirigen a sus familias espiritualmente? ¿Son los devocionales familiares parte de su rutina? Madres, ¿enseñan y entrenan a sus hijos? ¿Oran con ellos y los disciplinan con amor? Puntos de oración Nuestro Padre celestial anhela ayudar a los padres terrenales (y, por supuesto, a las madres). Considera la posibilidad de orar de esta manera en la medida que buscas con humildad y denuedo ser un buen padre de familia:
Oro para que hagas de mí un líder fiel y paciente en mi casa. Oro para que me ayudes a mostrar a mis hijos que los quiero, tanto de una manera firme como de una manera tierna. Oro para que pueda mostrar el Evangelio en la forma en que amo, dirijo y cuido de mis hijos. Oro para que pueda tener una comprensión más profunda de lo que significa que Dios es mi Padre y que así pueda imitarlo en la forma en que cuido de mis hijos.
Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com
Publicado originalmente en Challies.com. Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.
1 de febrero Maravilloso me fue tu amor 2 Samuel 1:26
Vengan, queridos lectores, hablemos cada uno por sí mismo del admirable amor, no de Jonatán, sino de Jesús. No relataremos lo que otros nos han dicho, sino lo que hemos gustado y palpado; hablaremos del amor de Cristo. Tu amor por mí, oh Jesús, fue admirable, cuando yo vagaba como un extraño lejos de ti, «haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos» (Ef. 1:3). Tu amor me contuvo para que no cometiera el pecado de muerte y me libró de mi propia perdición. Tu amor detuvo el hacha, cuando la justicia decía: «Córtala, ¿para qué inutiliza también la tierra?» (Lc. 13:7).
Tu amor me llevó al desierto, allí me desnudó y me hizo sentir la culpa de mi pecado y la carga de mi iniquidad. Cuando estaba tristemente desalentado, tu amor me habló con dulzura en estos términos: «Ven a mí, que yo te haré descansar». ¡Oh, cuán incomparable fue tu amor, cuando, en un momento, lavaste por completo mis pecados e hiciste que mi alma, roja por la sangre de mi naturaleza pecaminosa y negra por la suciedad de mis transgresiones, fuese blanca como la nieve y pura como la lana! ¡Cómo engrandeciste tu amor al susurrar en mis oídos: «Yo soy tuyo y tú eres mío»! Afectuosos fueron esos acentos, cuando dijiste: «El Padre mismo os ama». Y dulces, muy dulces, resultaron los momentos en que me declaraste «el amor del Espíritu».
Nunca mi alma olvidará aquellos lugares de comunión donde te revelaste a mí.
¿Tuvo Moisés su hendidura en la peña desde donde vio la gloria, las espaldas de su Dios? Nosotros también tenemos nuestras hendiduras en la peña, donde hemos percibido los esplendores de la Deidad en la persona de Cristo. ¿Recuerda David los rastros de las cabras monteses, la tierra del Jordán y de los hermonitas? Nosotros también podemos recordar lugares queridos para la memoria, tan dichosos como aquellos.
Amado Jesús, danos una nueva porción de tu admirable amor, para que con él podamos empezar el mes. Amén.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 40). Editorial Peregrino.
Miércoles 1 Febrero Sed hacedores de la palabra (de Dios), y no tan solamente oidores. Santiago 1:22 Retenga tu corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y vivirás. Proverbios 4:4
Una caja de herramientas
En una boda de una pareja cristiana, después del mensaje bíblico, el que había hecho el oficio ofreció una Biblia a los recién casados: «Esta es la mejor caja de herramientas que puedo darles. Utilícenla todos los días, no se gasta».
Para nosotros los creyentes, la Palabra de Dios es:
– un martillo que quebranta la piedra (Jeremías 23:29),
– una lámpara a mi camino (Salmo 119:105),
– una espada de dos filos que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).
Nos da el gozo (Jeremías 15:16), la paz (Hechos 10:36), el alimento y el refrigerio para el alma (Salmo 36:8). Es la verdad (Juan 17:17), viva, penetrante y eterna (1 Pedro 1:23, 25). Es pura (Salmo 12:6). En la Biblia encontramos todo lo necesario para la vida de nuestra alma y el desarrollo de nuestras facultades espirituales. Pero para que nos sea de provecho, es preciso leerla atentamente y con regularidad. Ejercitémonos en hacer como el autor del salmo 119, el más largo de la Biblia, enteramente dedicado a la Palabra de Dios. Estas son algunas de las cosas que experimentó:
“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (v. 11).
“Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado” (v. 93).
“Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos” (v. 148).
“Mi escondedero y mi escudo eres tú; en tu palabra he esperado” (v. 114).