El mundo más nuevo y desafiante

El mundo más nuevo y desafiante
Por Andrew M. Davis

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando la imaginación humana concibe el futuro, tiende a concebir sueños o pesadillas. Los sueños viven en el corazón de los idealistas, que suponen que el ingenio humano es suficiente para construir un mundo perfecto. Las pesadillas atormentan la mente de los realistas, que expresan sus temores en escenarios catastróficos que consideran ineludibles. Los cristianos, sin embargo, han sido llamados por Dios a una realidad futura infinitamente superior, a una esperanza mejor que cualquier sueño —los cielos nuevos y la tierra nueva— unida a una valentía que reconoce que el camino hacia ese mundo perfecto será sangriento y aterrador.

Desde que la humanidad fue expulsada del jardín del Edén, hemos anhelado volver, o al menos crear, un mundo perfecto de nuestra propia autoría. El orgullo humano impulsó la construcción de la torre de Babel, gracias a un avance tecnológico en los materiales de ingeniería: el descubrimiento de que la cerámica bien cocida era superior a la piedra tallada para construir estructuras elevadas. La evaluación que hace Dios del potencial humano es sorprendente: «Nada de lo que se propongan hacer les será ahora imposible» (Gn 11:6). Pero Dios interfirió confundiendo el lenguaje y frenando el proceso de ingeniería social.

Desde entonces, la historia ha sido un largo viaje del orgullo humano, el poder y la tecnología en busca de un mundo perfecto lejos de Dios. A principios del siglo XX, los sueños utópicos alcanzaron niveles de optimismo asombrosos. H.G. Wells, impávido ante la carnicería de la Primera Guerra Mundial, escribió Men Like Gods [Hombres como dioses] en 1923. Describe un universo utópico paralelo en el que el socialismo, la ciencia y la educación han erradicado todos los males. En 1932, Aldous Huxley respondió con una parodia pesimista titulada Brave New World [Un mundo feliz]. En ella, ofrecía una visión aterradora de un mundo en el que la tecnología y el nihilismo hedonista creaban una existencia de placer sin sentido. Su mundo feliz era una pesadilla.

Hoy en día, los cristianos se enfrentan a un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocaron la implosión instantánea de dos de los edificios más altos del mundo. El último trimestre de 2008 vio la erradicación casi instantánea de años de inversiones en pensiones en un desplome de la bolsa. Mientras tanto, los laboratorios del mundo siguen produciendo tanto maravillas tecnológicas como pesadillas éticas: dispositivos inalámbricos de Internet y extraños experimentos genéticos de laboratorio. Los cristianos contemplan un futuro muy incierto, impulsado por fuerzas difíciles de entender y más difíciles de predecir. ¿Cómo deben los cristianos contemplar el futuro?

El punto de partida para nosotros es la revelación en la Escritura del poder soberano de Dios en la orquestación de un plan para un mundo futuro de gloria indescriptible. Aunque la humanidad puede hacer maravillas tecnológicas que se elevan desde las llanuras de Babel, Dios tuvo que descender una gran distancia desde Su trono celestial para inspeccionar su obra. Dios gobierna, Su poder es infinito y sigue empeñado en interferir en la historia de la humanidad, frenar el mal y llevar a cabo Su plan.

¿Y cuán glorioso es ese plan? Los corazones humanos nunca lo habrían elaborado y ni siquiera pueden concebirlo adecuadamente, pero Dios nos lo ha revelado por Su Espíritu (1 Co 2:9-10). Ese plan es para el mundo más nuevo y desafiante posible. Será el mundo más desafiante posible porque se basará en la valentía incomparable de Jesucristo al beber la copa de la ira de Dios por sus habitantes. Y en ese nuevo mundo no entrarán más que los valientes, porque los cobardes serán eliminados (Ap 21:8), y solo se concederá el derecho a entrar a los que venzan al mundo por la fe. No se requerirá valentía para vivir allí, pero será un mundo que se alcanzará mediante los mayores actos de valentía de la historia. El libro del Apocalipsis deja claro que es un camino de tribulación, incluso de martirio sangriento, el que conduce al mundo perfecto, y la disposición de los santos a considerar que sus sufrimientos no son dignos de comparación con la gloria que se revelará en ellos trae la mayor gloria a Dios.

También será el mundo más nuevo posible, porque Dios dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21:5), por eso se les llama cielos nuevos y tierra nueva. Será un mundo nuevo para explorar, un mundo en el que no habrá más muerte, luto, llanto y dolor, porque el viejo orden de cosas habrá pasado. La adoración será nueva, ya que los habitantes del lugar cantarán un cántico nuevo que no se puede enseñar en la tierra (14:3). Su morada será nueva —la nueva Jerusalén— y brillará con vistas y tecnologías actualmente inimaginables. Su visión de las glorias de Dios se renovará constantemente, pues los redimidos nunca se cansarán de contemplar Su rostro.

Los cristianos deben saturar sus corazones con estas promesas mientras se ciñen de valentía para el camino que tienen por delante. Es un camino lleno de cambios, pero esos cambios son ordenados y gestionados por la sabiduría soberana de Dios. La imaginación incrédula mira hacia adentro para estudiar la ingenuidad o la maldad del ser humano, y luego mira hacia adelante a los sueños utópicos o a las pesadillas distópicas. El corazón cristiano mira hacia arriba, hacia el Dios de la Biblia, y luego mira hacia adelante con valentía frente al viaje terrenal que aún queda y con esperanza en el mundo nuevo que viene.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Andrew M. Davis
El Dr. Andrew M. Davis es pastor de la First Baptist Church en Durham, Carolina del Norte, y profesor adjunto de teología histórica en Southeastern Baptist Theological Seminary.

El diablo, ¿puede creerlo?

Miércoles 21 Septiembre
El dios de este siglo (Satanás) cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.
2 Corintios 4:4
El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies.
Romanos 16:20
El diablo, ¿puede creerlo?
En los últimos años, los medios de comunicación han asociado varios hechos trágicos (suicidios, asesinatos…) con Satanás. Pero esto no impide que a veces oigamos decir irónicamente: Satanás, ¿puede creerlo? En efecto, son muchos los que no creen en su existencia. Se suele decir: “El mejor truco del diablo es convencerlo de que él no existe”.

Tal vez usted no crea en la existencia del diablo. Sin embargo, la Biblia afirma que este ser extremadamente inteligente es un terrible enemigo espiritual. Este espíritu maligno, que se rebeló contra Dios y acusa a los creyentes, dirige las “huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12). Jesús nos advierte que el diablo es “homicida desde el principio… mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). Desde el comienzo de la humanidad, en el huerto del Edén, Satanás desvió al hombre. Y continúa haciéndolo a través de las artimañas más variadas (Efesios 6:11) para empujarlo al mal. Engaña a los seres humanos que están expuestos a sus ataques y a sus artificios. También “se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14) para seducir, si es posible, incluso a los creyentes: él es el verdadero enemigo de su alma. No obstante, aunque Satanás continúa cegando el entendimiento de los hombres, “la luz del evangelio de la gloria Cristo” aún resplandece. Satanás, poder de maldad, obra para mal y para la muerte. Pero Jesucristo, quien lo venció en la cruz, anuló la muerte y sacó a luz la vida por el evangelio del amor de Dios (2 Timoteo 1:10).

Jeremías 51:1-32 – 2 Corintios 10 – Salmo 106:28-31 – Proverbios 23:24-25

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¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?
Por Heber Torres

Hace algunos años, la prensa internacional se hacía eco del fallecimiento de un acaudalado joven portugués. Además de lo precoz de su partida (solamente tenía 42 años), lo que más llamó la atención de los periodistas fue la historia que este hombre escondía detrás. Una suculenta fortuna figuraba a nombre de Luis Carlos de Noronha Cabral da Camara, un enigmático individuo que nunca se casó ni tuvo hijos. Solo y sin herederos, el excéntrico millonario había escogido una fórmula verdaderamente disparatada para determinar quiénes serían los beneficiarios de su patrimonio. Ni corto ni perezoso, agarró una guía telefónica y de entre el total de los inscritos seleccionó a setenta ciudadanos “anónimos” como legítimos herederos. La sorpresa para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el reparto fue mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita: lujosos apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.

Los que somos padres no necesitamos recurrir a la guía telefónica –¡si es que todavía existen! – para escoger a nuestros herederos. La cuestión no es tanto a quiénes, sino cuál será el legado que dejaremos a nuestros hijos. No estoy pensando en bienes materiales. Estos vienen y van, se deprecian y se devalúan, y por mucho que nos afanemos nunca podrán trasladarse más allá de la esfera de lo efímero y lo temporal. Seamos ricos o pobres, tengamos más o menos posibilidades económicas, los padres ejercemos una influencia tan poderosa como duradera en la vida de aquellos sobre los que Señor nos ha puesto. Salomón era muy consciente de que no es necesario, ni sabio, confiar y esperar al testamento para comenzar a influir en la vida de nuestros hijos (Proverbios 22:6). En ese sentido, cada día “repartimos” nuestra herencia haciéndoles receptores y consignatarios de nuestras decisiones, reacciones, instrucciones, así como de nuestras palabras. Como aprendices natos que son, ellos observan y se empapan de lo que somos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos. Al punto que cada interacción que tenemos con ellos impacta, moldea y configura su carácter. ¡Qué gran responsabilidad!

En 2 Timoteo 3, Pablo advierte a su pupilo Timoteo acerca del tipo de hombres que abundarán en esta era en la que nos ha tocado vivir, particularmente refiriéndose a aquellos que ocupan una posición de liderazgo e influencia. Entre otras muchas “lindezas” los describe como calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno…. Pero en toda esta lista cada vez más degradante también coloca a los que manifiestan actitudes aparentemente menos “escandalosas” y que se encuentran estrechamente ligadas a lo que conocemos como “orgullo”. El apóstol comienza por los que son amadores de sí mismos, y, del mismo modo, incluye a los jactanciosos, a los soberbios o a los envanecidos. Y es que, finalmente, los que tienen tal alto concepto de sí mismos, terminan también por tener una mente depravada y ser reprobados en lo que respecta a la fe (2 Timoteo 3:7). Definitivamente no quisiéramos que esta clase de personas, ejercieran influencia alguna en la vida de nuestros hijos. Mucho menos ser nosotros los que actuaran de un modo tan orgulloso. Pero, tristemente, se trata de un comportamiento habitual en muchos hogares. Ya sea por alardear nuestros logros buscando la adulación y las lisonjas de nuestra familia, o porque somos incapaces de reconocer nuestros errores y limitaciones, los padres podemos estar actuando de manera orgullosa. Y, por ende, lanzando un mensaje a nuestros hijos que dista mucho de ser el adecuado como súbditos del Rey de reyes.

El orgullo ante el éxito
La Biblia nos enseña que hemos de esforzarnos en aquello que emprendemos, como esa hormiga que es responsable aun cuando nadie la vigila ni le obliga a ello (Proverbios 6:6–8). En un mundo orientado al entretenimiento y dónde muchos viven entregados a la ley del mínimo esfuerzo, como padres debemos ser un ejemplo de dedicación y empeño en todo lo que el Señor traiga a nuestro camino. Pero lejos de jactarnos en aquello que logramos, cuando conocemos a Aquel que nos da la vida queremos vivirla según Su voluntad (Jeremías 9:23–24). El Espíritu de Dios nos recuerda que es Dios mismo el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Por eso lo hacemos todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). En palabras de Jerry Bridges:

“Desde el punto de vista humano podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y buen juicio para lograrlo? Dios. A los corintios orgullosos Pablo les escribió ‘Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’ (1 Corintios 4:7). Por lo tanto, ¿qué tienes que no hayas recibido? Nada. Todo lo que tienes es un regalo de Dios. Nuestro intelecto, nuestras habilidades y nuestros talentos naturales, la salud y las oportunidades para triunfar vienen del Señor.”

No importa cuán imponente llegue a ser nuestro logro. Por más atractivo que resulte a la vista, el orgullo, cual ponzoña imperceptible, lo contamina hasta convertirlo en un fruto venenoso. Aquello que podría haber despertado el respeto o la admiración de nuestros seres queridos; eso en lo que hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación; lo que, en definitiva, el Señor nos permite alcanzar, queda oscurecido y mancillado en el momento en el que nos hinchamos ocupando el lugar que no nos corresponde. Nuestra altanería, en lugar de elevarnos, nos hace descender al terreno de lo mediocre, esto es, allí dónde la insolencia y la vanidad campan a sus anchas. Sin embargo, bien sea en lo extraordinario o en lo recurrente, hemos de recordar cuál es nuestra verdadera posición, sabiendo que aun el aire que respiramos es resultado de la gracia de Dios. En lo mismo que el Señor Jesucristo instruyó a sus discípulos, debemos enseñar a nuestros hijos. Una vez, eso sí, que sea una realidad para nosotros primero: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”. (Lucas 17:10).

Cada conquista, cada objetivo cumplido, nos proporciona una doble oportunidad de trasladar un ejemplo piadoso a nuestros hijos. Por un lado, siendo responsables ante lo que el Señor nos ha encomendado y, al mismo tiempo, dándole la gloria a Aquel que nos ha permitido llevarlo a cabo.

El orgullo ante el fracaso
Pocos escritores bíblicos han expuesto el peligro del orgullo con la claridad con la que Salomón lo hace en el libro de Proverbios. Además de insistir en la importancia de mantener una actitud humilde delante de Dios (y el prójimo), repetidamente nos advierte del peligro de dejarnos seducir por el orgullo. Resulta significativo que tanto su padre como su hijo experimentaron una gran paliza como resultado de su altivez.

El rey David es, sin duda, uno de los personajes bíblicos más conocidos. A pesar de sus talentos y la admiración que despertaba en sus contemporáneos, este hombre mantuvo una conducta humilde durante gran parte de su vida. Sin embargo, ya casi al final de su trayectoria la magnitud de su dominio lo deslumbró. En 1 Crónicas 21 se nos relata como David, incitado por Satanás y desoyendo las advertencias de sus colaboradores más cercanos, quiso censar al pueblo con la idea de cuantificar su grandeza. Algunos años más tarde, su nieto Roboam, heredero de un reino todavía mayor, se creía infinitamente superior a todos sus gobernados. Al igual que lo había hecho su abuelo, desoyó el consejo de los sabios, pero fue mucho más allá, hasta oprimir al pueblo sin miramientos a fin de imponer su hegemonía (2 Crónicas 10).

Ambas decisiones fueron motivadas por un orgullo ciego y las consecuencias resultaron fatales, tanto para el pueblo como para las familias de estos hombres. Sin embargo, sus respuestas al fracaso resultaron diametralmente distintas. Roboam se afirmó en su dictamen y terminó por dividir un reino que nunca más se volvería a juntar. David, en cambio, reconoció su maldad, y concluyó aquel incidente ofreciendo holocaustos a Dios en la era de Ornán. Pero no solamente eso. Toda aquella situación lo movió a poner en marcha lo necesario para la construcción del Templo– obra que finalmente encargaría a su hijo Salomón– y a hacer esta confesión: “Él ha entregado en mi mano a los habitantes de la tierra, y la tierra está sojuzgada delante del Señor y delante de su pueblo” (1 Crónicas 22). ¡Qué actitud tan sumisa! Salomón fue testigo del fracaso de su padre, pero también de su sincera humillación. Una humillación que lo impulsó a invertir sus mejores recursos en la mayor construcción que el pueblo de Israel jamás ha conocido, haciendo a su hijo parte integral de ese proceso.

Evita la jactancia en tus triunfos y el engreimiento en tus fracasos. Y en todo lo que emprendas da a Dios la gloria debida a Su Nombre. De esa forma, además de vivir en obediencia, estarás legando a tus hijos un tesoro formidable con valor en este mundo y en el venidero.

Heber Torres
Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

¿Demasiado bueno para ser verdad?

¿Demasiado bueno para ser verdad?

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Por Robert B Strimple

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Fui bautizado en 1935 y luego me criaron en una de las mayores denominaciones protestantes «principales». Pero a los doce años estaba tan decepcionado con los pastores que nos habían asignado, todos predicando el antiguo liberalismo tan popular en aquellos años, que les pregunté a mis padres si podía transferirme a la Iglesia presbiteriana ortodoxa local. Fui con su bendición, y el Señor me bendijo pronto con una fe bíblica cada vez más profunda.

A medida que examinamos la escena estadounidense actual, las iglesias principales, en lugar de volver definitivamente a la fe bíblica y abrazar el evangelio, simplemente han probado una sugerencia tras otra de «cómo atraer nuevos miembros» y posteriormente han visto cómo su membresía se reduce cada año. Y lo que es aun más triste para mí, el término «evangelicalismo» parece haber perdido todo significado. Las nuevas iglesias «emergentes» continúan llamándose evangélicas, pero para mi asombro han adoptado una teología de «relevancia cultural» que comparte mucho en común con el antiguo liberalismo de hace un siglo.

La mayoría de las iglesias evangélicas, por supuesto, todavía pretenden aferrarse al evangelio bíblico. Pero en lugar de predicar ese evangelio con gozo en toda su riqueza y en el poder del Espíritu Santo, demasiados asumen que sus oyentes ya aceptan ese evangelio y predican sermones sobre asuntos más «prácticos», como ser mejores cónyuges, padres, administradores del dinero, etc. La triste ironía es que sin una base firme en los fundamentos de nuestra fe cristiana, los oyentes de tales sermones no están logrando ni siquiera esos objetivos prácticos.

Hermanos y hermanas en Cristo, si nuestras iglesias han de ser verdaderamente gozosas y glorificar a Dios, creciendo tanto en fe como en número, el evangelio no debe ser asumido, debe ser predicado y creído (ver Ro 10:13-15). Ustedes, las ovejas por las cuales murió el Pastor, deben insistir a través de sus oficiales electos que el evangelio no sea asumido sino predicado en sus iglesias

Todos hemos visto las encuestas aterradoras. La más reciente que vi decía que los que profesaron ser cristianos eran el setenta y cinco por ciento de los llegaron a la edad adulta en la década de 1950 (esta es mi generación), el treinta y cinco por ciento de la siguiente generación (la de mis hijos) y, según proyecta este estudio en curso, será solo el quince por ciento de la generación que ahora está llegando a la edad adulta (la de mis nietos). Este estudio concluyó: «Los jóvenes de dieciocho años criados en la iglesia están rechazando su fe a un ritmo alarmante». ¿Cómo van a ser alcanzados y retenidos? Se les debe predicar el evangelio en el poder del Espíritu.

¿Por qué los llamados sermones de temas «prácticos» han reemplazado al evangelio? Permítanme sugerir lo siguiente: Marshall McLuhan, gurú canadiense de las comunicaciones de la década de 1960, el de la famosa frase de «el medio es el mensaje», declaró que «el problema de la iglesia es que el evangelio es una buena noticia en un mundo en el que las malas noticias son noticias». Pero el mensaje de la Biblia no solo es una buena noticia, ¡es una buena noticia milagrosa, que va más allá de nuestra imaginación! Y seamos realistas, esas noticias son más difíciles de creer que las noticias ordinarias y cotidianas sobre cómo mejorar las relaciones con el prójimo. Sí, el evangelio puede parecer demasiado bueno para creerlo. Pero debemos creer, porque la Palabra de Dios es verdadera y muchas evidencias lo atestiguan (He 2:3-4).

Los invito a leer de nuevo la maravillosa narración de Juan 11:17-45. La pregunta que nuestro Señor le dirigió a Marta, nos la dirige ahora a nosotros por medio de Su Espíritu: «¿Crees esto?» (v. 26). Que el Espíritu nos capacite a cada uno de nosotros para responder como lo hizo Marta: «Sí, Señor; yo he creído».

¿Qué tan perspicaz es la respuesta de Marta? Jesús ha hecho una afirmación impensable, impensable en labios de cualquiera, a menos que sea Dios mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Luego le pregunta: «¿Crees esto?». Y Marta responde: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene…». Marta vio correctamente la resurrección como el gran acto venidero de salvación de Dios. Ella sabía que la resurrección tendría lugar «en el día final» (v. 24). Pero ahora cae sobre ella la verdad adicional de que aquí ante ella está quien es Él mismo el gran acto final de salvación de Dios, ¡y Él ya ha venido! Aquí está el que prometió venir al mundo y marcar el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva era. La resurrección, el don de la vida: esta es la obra del Mesías. «Sí, Señor, creo que la vida está disponible ahora mismo, en ti», es lo que dice Marta en realidad, porque «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene al mundo».

Pero tenemos más que el testimonio autoritativo de Jesús con respecto a Su poder de dar vida. También tenemos la señal autoritativa que Él obró. Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», y el que había muerto en verdad salió (vv. 43-44). Jesús ejerció el poder de la resurrección. Y así Él se manifestó, tanto en obras como en palabras, como el Salvador verdadero y final, el Cristo, el Hijo de Dios.

Albert Camus, el novelista francés, ateo y existencialista, tan popular entre los estudiantes universitarios en mi época, hace que su héroe en La peste diga en un momento: «Salvación es una palabra demasiado grande para mí. No apunto tan alto». ¡Pero no es demasiado alto o maravilloso para Jesús! Las buenas noticias de la vida de la resurrección eterna en Jesús no son demasiado buenas para ser verdad. Nuestro Señor mismo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert B Strimple
El Dr. Robert B. Strimple es presidente emérito y profesor emérito de Teología sistemática en el Westminster California. Es autor de The Modern Search for the Real Jesus [La búsqueda moderna del verdadero Jesús].

Engaño

Martes 20 Septiembre
Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
Santiago 1:26
Nadie os engañe en ninguna manera.
2 Tesalonicenses 2:3
Engaño
En la Biblia, las palabras “engañar” y “engaño” tienen el sentido de “seducir o desviar a alguien de su objetivo”. Dios nos invita a no dejarnos seducir por la ilusión y la mentira que nos prometen una felicidad sin Dios. Podemos ser engañados por:

 – Las cosas materiales. Uno de los objetivos de la publicidad es producir el deseo de poseer lo que no tenemos, y lo cual no necesitamos realmente. El Señor nos pone en guardia contra el engaño de las riquezas que “ahogan la palabra” (Marcos 4:19), que impiden escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

 – Las personas. No se trata de desconfiar sistemáticamente, pues debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (mandamiento de la ley de Moisés, recordado siete veces en el Nuevo Testamento). Sin embargo, debemos velar para no dejarnos arrastrar al mal por algún compañero, para no escuchar la adulación de un colega, para no ceder a la insistencia de un cristiano que quisiera hacernos participar de opiniones que no son conforme a la Biblia.

 – El diablo. El apóstol Pablo dice a los creyentes: “Temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados” (2 Corintios 11:3).

 – Nosotros mismos. Es el engaño más sutil. Pablo dice: “El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3).

¿Cómo mantenerse alerta y no dejarse seducir? Buscando la verdad en la Palabra de Dios, que nunca nos engaña, y dejándonos guiar por el Espíritu Santo.

Jeremías 50:21-46 – 2 Corintios 9 – Salmo 106:24-27 – Proverbios 23:23

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Es bíblica la enseñanza “declárelo – reclámelo”?

«El declárelo y reclámelo» o el «evangelio de la prosperidad» no es bíblico y, es en cierto modo la antítesis del verdadero mensaje del evangelio y a la clara enseñanza de las escrituras. Aunque hay muchas versiones diferentes de la filosofía que se predica hoy en día del declárelo y reclámelo, todas tienen características similares. En el mejor de los casos, esta enseñanza proviene de la tergiversación y la mala interpretación de algunas escrituras y, en el peor de los casos, es una enseñanza completamente herética que tiene características de una secta.

Las raíces del movimiento de la palabra de fe y el mensaje de declárelo y reclámelo tienen más en común con la metafísica de la nueva era que con el cristianismo bíblico. Sin embargo, en lugar de crear nuestra realidad con nuestros pensamientos, como orientan los proponentes de la nueva era, los maestros del declárelo y reclámelo nos dicen que podemos utilizar el «poder de la fe» para crear nuestra propia realidad o conseguir lo que queremos. En el fondo, la fe se ha redefinido desde «una confianza en un Dios santo y soberano a pesar de nuestras circunstancias» hasta «una manera de controlar a Dios para darnos lo que queremos». La fe se convierte en una fuerza que nos permita conseguir lo que queremos, en lugar de una inquebrantable confianza en Dios, incluso en tiempos de tribulaciones y sufrimientos.

Hay muchas áreas donde el declárelo y reclámelo se desvía del cristianismo bíblico. La enseñanza realmente exalta al hombre y su «fe» por encima de Dios. De hecho, muchos de los más extremos maestros de la palabra de fe enseñan que el hombre fue creado en términos de igualdad con Dios y que el hombre es de la misma categoría a la de Dios mismo. Esta peligrosa y herética enseñanza niega los principios básicos del cristianismo bíblico, razón por la cual los extremos promotores de la enseñanza del declárelo y reclámelo deben ser considerados como de una secta y no verdaderamente cristianos.

Tanto las sectas de la metafísicas y la enseñanza de declárelo y reclámelo distorsionan la verdad y abrazan la falsa enseñanza de que nuestros pensamientos controlan la realidad. Ya se trate del poder del pensamiento positivo, o el evangelio de la prosperidad, la premisa es la misma: lo que usted piense o crea que sucederá, en definitiva es lo que controla lo que va a suceder. Si usted tiene pensamientos negativos o carece de fe, va a sufrir o no va a obtener lo que desea. Pero por otro lado, si usted tiene pensamientos positivos, o simplemente tiene «suficiente fe», entonces usted puede tener salud, riqueza y felicidad ahora. Esta falsa enseñanza resulta atractiva a uno de los instintos más básicos del hombre, que es una de las razones por las cuales es muy popular.

Mientras que el evangelio de la prosperidad y la idea de controlar el futuro de alguien con sus pensamientos o su fe es atractiva para el hombre pecador, es insultante para un Dios soberano que se ha revelado a si mismo en las escrituras. En lugar de reconocer el poder soberano absoluto de Dios como se revela en la biblia, los seguidores del declárelo y reclámelo, abrazan a un dios falso que no puede operar independientemente de su fe. Presentan un punto de vista falso de Dios al enseñar que Él quiere bendecirlo con salud, riqueza y felicidad, pero que no puede hacerlo a menos que USTED tenga suficiente fe. Por lo tanto, Dios ya no está en el control, sino el hombre. Por supuesto, esto es totalmente la antítesis de lo que enseñan las escrituras. Dios no depende de la «fe» del hombre para actuar. En las escrituras vemos a Dios bendiciendo a quien Él elige para bendecir y sanando a quien Él elige para sanar.

Otro problema con la enseñanza de declárelo y reclámelo, es que fracasa al no reconocer que Jesús mismo es el mejor tesoro por el que vale la pena sacrificarlo todo (Mateo 13:44), y en su lugar ve a Jesús como poco más que una forma de conseguir lo que ahora queremos. El mensaje de Jesús para un cristiano es «niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?» (Mateo 16:24-26). Contraste eso con el mensaje del evangelio de la prosperidad. En lugar de ser un mensaje de abnegación, el evangelio de la prosperidad es un mensaje de auto-satisfacción. Su objetivo no es parecerse cada vez más a Cristo a través del sacrificio, sino en tener que lo que queremos aquí y ahora, contradiciendo claramente las palabras de nuestro Salvador.

La biblia enseña que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3:12), pero la enseñanza de declárelo y reclámelo es que cualquier sufrimiento por el que atravesemos es simplemente el resultado de una falta de fe. El evangelio de la prosperidad está completamente centrado en conseguir las cosas que el mundo nos ofrece, pero 1 Juan 2:15 nos dice que no debemos «amar al mundo, ni las cosas que están en el mundo» y, de hecho, las personas con una debilidad por las cosas del mundo, se convierten en enemigos de Dios (Santiago 4:4). El mensaje del evangelio de la prosperidad simplemente no puede ser más opuesto a lo que la biblia realmente enseña.

En su libro Su Mejor Vida Ahora, el maestro de la prosperidad Joel Osteen dice que la clave para una vida más gratificante, una mejor casa, un matrimonio más fuerte y un mejor trabajo, se encuentra en un «simple pero profundo proceso para cambiar la forma de pensar acerca de su vida y le ayuda a lograr lo que es verdaderamente importante». Qué tan diferente es eso de la verdad bíblica, de que esta vida ahora no se compara con la vida por venir. El mensaje del evangelio de la prosperidad se centra alrededor de los «tesoros» o cosas buenas que queremos y podemos tener ahora, mientras que Jesús dijo, «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:19-21).

Jesús no vino a darnos la salud, riqueza y felicidad ahora. Él vino a salvarnos de nuestros pecados, para que podamos tener una eternidad feliz con Él. Seguir a Cristo no es un medio para obtener todas las cosas materiales que el hombre desea en esta vida, sino la única forma de experimentar lo que es verdaderamente la vida, y hacerlo por toda la eternidad. Nuestro deseo no debe ser el tener nuestra mejor vida ahora, sino el tener la actitud del apóstol Pablo, que había aprendido a estar contento «cualquiera que fuera su situación» (Filipenses 4:11).

El factor miedo

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

El factor miedo
Por Keith A. Mathison

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando me mudé al centro de Florida en 1992, me dijeron que esta parte del estado no había sido golpeada directamente por un huracán desde los años cincuenta. En ocasiones nos golpearon los bordes exteriores de algunos huracanes y tormentas tropicales, pero nada importante. Todo eso cambió en 2004, cuando esta pequeña parte del estado fue golpeada, no por uno, sino por tres fuertes huracanes en el corto espacio de seis semanas. El huracán Charley nos golpeó la noche del 13 de agosto. Tres semanas después nos golpeó el huracán Frances. Tres semanas después nos golpeó el huracán Jeanne. No fue un tiempo agradable para vivir en esta parte de Florida.

Hubo un efecto secundario en esa temporada de huracanes de 2004 que quizás debí anticipar, pero no lo hice. Tiene que ver con el efecto que tendría en nuestros meteorólogos locales. Al acercarse la temporada de huracanes de 2005, algunos de ellos enloquecieron. Si se me permite un poco de hipérbole, el informe meteorológico típico de ese año podría parafrasearse así: «Se ha formado una depresión tropical frente a la costa de África. Es probable que se convierta en un gran huracán. Probablemente va a golpearnos y probablemente todos vamos a morir». Ellos parecían tener un objetivo: crear un estado perpetuo de miedo y ansiedad. Dejé de verlos después de unas semanas y le pedí a mi esposa que solo me dijera si era necesario tapar las ventanas o evacuar.

Quienes hayan visto o leído las noticias en los últimos años probablemente hayan notado esta tendencia, independientemente del lugar donde se viva. Al ver las noticias lo suficiente comienza a desarrollarse un monólogo en tu mente: «La economía se derrumbará pronto, obstaculizando nuestra guerra contra los terroristas que están a punto de atacarnos de nuevo. Lo único que puede detenerlos es una pandemia de gripe aviar, gripe porcina o la peste negra, pero esta pandemia solo afectará a aquellos de nosotros que no hayan sucumbido ya a los efectos nefastos del cambio climático. Quédate en sintonía para un informe sobre qué producto alimenticio popular ha demostrado producir cáncer en ratas de laboratorio y chimpancés».

¿Cómo podemos lidiar con toda esta paranoia, miedo y ansiedad inducidos por los medios de comunicación? Un ejemplo en la historia de la iglesia resulta instructivo. San Agustín (354-430) vivió en una época de gran temor y ansiedad. Su mundo cambió dramáticamente en el año 410 d. C. cuando el bárbaro Alarico I entró en Roma. Fue el principio del fin de la mitad occidental del Imperio romano. Mientras los refugiados huían al norte de África, trayendo todo tipo de informes nefastos, Agustín se vio obligado a lidiar con varios problemas, ya que muchos llegaron a culpar al cristianismo de la caída de Roma. Su obra clásica La ciudad de Dios fue escrita para responder a esa crisis. Una de mis citas favoritas de este libro se refiere al temor de sus lectores. Anima a los cristianos que están rodeados de peligros por todas partes, diciendo: «Entre los peligros diarios de esta vida, cada hombre en la tierra está amenazado de la misma manera por innumerables muertes, y no se sabe cuál de ellas le llegará. Y por eso la cuestión es si es mejor sufrir una al morir o temerlas todas al vivir» (libro 1, cap. 11). Estas son las palabras de alguien que confía en la soberanía de Dios. Agustín sabía que no tenía sentido vivir temiendo a todos los peligros que le rodeaban. Sabía que Dios tenía el control y que ni un solo cabello podía caer de su cabeza si no era por la voluntad de Dios.

El mundo tiene miedo y está ansioso, pero ese miedo y ansiedad es por las cosas equivocadas. El mundo tiene miedo por la economía. El mundo tiene miedo por las finanzas de las pensiones. El mundo teme las catástrofes naturales y las provocadas por el hombre. El mundo tiene miedo del terrorismo y de las enfermedades. Sin embargo, el mundo no teme a Dios. Jesús nos dijo que no debemos temer a los que pueden matar el cuerpo, pero que no pueden matar el alma. En cambio, debemos temer a Dios, que puede destruir ambas cosas (Mt 10:28). La ira de Dios hace que todos los demás objetos de los temores del mundo parezcan nada en comparación. Lo verdaderamente aterrador es caer en las manos del Dios vivo (He 10:31).

Sin embargo, quienes han puesto su fe en Jesucristo no tienen nada que temer del hombre ni de cualquier otra cosa. Los que confían en Cristo no tienen nada que temer de los huracanes, las enfermedades, el colapso económico, la guerra, el hambre o incluso la muerte. Todas estas cosas están bajo el control de nuestro Padre soberano en el cielo. Por supuesto, decir esto es muy fácil, pero con demasiada facilidad quitamos nuestros ojos de Dios y solo vemos los peligros que nos rodean.

¿Hay algo que podamos hacer para combatir esta ansiedad y miedo mundanos? Creo que Pablo nos da una pista importante al contrastar el miedo con la oración. Él escribe: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:6-7). Descuidar la oración casi siempre se traduce en el aumento de nuestro miedo y ansiedad. Esto no es coincidencia. La oración es un acto de fe en Dios, y la fe en Dios conduce a la paz de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].

El orgullo me había impedido arrepentirme

Lunes 19 Septiembre
¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?
Romanos 2:4
El orgullo me había impedido arrepentirme
Testimonio
“En mi infancia tuve una instrucción cristiana. Aparentaba ser un cristiano, incluso a los ojos de los creyentes. No me daba pena decir a mis amigos que yo era un cristiano evangélico; sin embargo, estaba perdido, lejos de Dios. A menudo, en la noche, tenía pesadillas que me aterrorizaban. La eternidad sin Dios me asustaba, porque yo sabía que era un pecador ante él y que él no llevaría pecadores al cielo. Con frecuencia reflexionaba sobre el sentido de la vida y llegaba a la conclusión de que yo llevaba una vida inútil. Y me decía: “¿De qué sirve esta vida? No tiene sentido porque todo pasa”. Nunca había tomado una decisión firme en mi corazón, pero la necesidad de creer en Cristo crecía en mí.

Y fue así como una tarde, después de haber escuchado una vez más la invitación a aceptar a Jesucristo como mi Salvador personal, convencido de ser un pecador, me arrepentí de mis pecados y creí en Cristo. Reconocí mis pecados y pedí perdón a Dios, rogándole que hiciera de mí su hijo. El orgullo que durante años me había impedido arrepentirme de mis pecados y humillarme delante de Dios fue vencido con su ayuda. Al instante sentí que un peso era quitado de mis espaldas; el gozo y la paz llenaron mi corazón; gustaba la bondad de Dios. A partir de ese momento estuve seguro de ser salvo.

Así comenzó mi vida en Cristo. El Señor estaba conmigo, fortaleciéndome en la fe”.

Giacinto B
Jeremías 50:1-20 – 2 Corintios 8 – Salmo 106:19-23 – Proverbios 23:22

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Palabras del evangelio: Ora a tu Padre (4)

Domingo 18 Septiembre
Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.
Mateo 6:6
Palabras del evangelio: Ora a tu Padre (4)
Antes de subir al cielo, Jesús reveló a sus discípulos la relación nueva y maravillosa que ellos tenían ahora con Dios, basada en Su obra cumplida en la cruz. “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (Juan 20:17). Hechos hijos de Dios, podemos dirigirnos a él sin temor, con la certeza de ser escuchados.

“Ora a tu Padre”. Dejémonos tocar por esta palabra de Jesús. Él no nos dice: “Oren a Dios”, ni siquiera: “Ora a tu Dios”, sino: “Ora a tu Padre”. Para esto es necesario apartarnos, cerrar la puerta por un momento sobre nuestras vidas agitadas. Para uno será poner un poco a un lado su actividad profesional; para otro, apagar su teléfono móvil o su computador; y para cada uno, cerrar la puerta a los pensamientos que lo agitan.

Cerrar mi puerta para encontrar a mi Padre que está en lo privado. Él ve lo más profundo de mi corazón, mis heridas ocultas, mis penas, mis gritos silenciosos, y su mirada es una mirada de amor. La confianza en el amor de mi Padre es la base de toda oración.

Orar en lo secreto es orar con verdad, sin querer interpretar un personaje, pero pidiendo a Dios que nos dé la gracia de la humildad, del temor y de la confianza en su compañía.

“Y tu Padre… te recompensará”. Las recompensas de Dios a nuestras oraciones son innumerables. Cuando oramos, el Espíritu Santo nos comunica una paz profunda. En su presencia, nuestros miedos y nuestras lágrimas desaparecen para dar lugar al gozo de ser amados por nuestro Padre que está en los cielos.

Jeremías 49:23-39 – 2 Corintios 7 – Salmo 106:13-18 – Proverbios 23:19-21

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