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Deuteronomio 23 | Salmos 112–113 | Isaías 50 | Apocalipsis 20

18 JUNIO

Deuteronomio 23 | Salmos 112–113 | Isaías 50 | Apocalipsis 20

Isaías 50 tiene una importancia transitoria que contradice su brevedad. En 50:1–3, Dios se dirige a los hijos de Israel en el exilio, especialmente aquellos que creen que él los ha abandonado totalmente. No lo ha hecho. No se ha divorciado de su madre, Sion, ni los ha vendido como esclavos para saldar alguna deuda, de forma que el camino de vuelta a él sigue abierto. A la luz de esta reflexión, las dos últimas líneas de 50:1 deben leerse como una ironía: si los hijos fuesen “vendidos” o la madre “repudiada” en cualquier sentido, sería debido a su pecado, no por una acción legal final por parte de Dios. Además, el Creador soberano es ciertamente capaz de traerlos de vuelta (50:2b–3). La verdadera pregunta es: ¿Por qué no fue ninguno de ellos a él cuando los llamó? (50:2a).

Después, habla el Siervo (50:4–9), más para sí mismo que para los demás, pero de forma que estos lo oigan (50:10–11. ¿Quién es él? Se han hecho muchas sugerencias: Isaías, o uno de sus discípulos del siglo VI a.C.; Jeremías; Israel, personificado como una persona maltratada y que sufre (cp. Salmos 129:1–3). Conforme se va desarrollando el libro, Isaías dejará clara la identidad del Siervo. Incluso ahora, observemos sus características: este Siervo es un buen consejero. Sus palabras sostienen al cansado, porque él mismo oye todo lo que el Señor soberano dice y no se ha rebelado (50:4–5, a diferencia de Israel). Así pues, es un discípulo perfecto, pero del Señor, no de Isaías (compárese con Juan. 5:18ss.). No se aparta de la obediencia (50:5), ni siquiera frente al implacable abuso (50:6; cp. Mateo 27:30; Marcos 14:65; 15:19). El Señor soberano lo sostiene en su misión, por lo que se dispone a completar la tarea asignada a él (50:7; cp. Lucas 9:51), confiando en que Dios lo vindicará (50:7–9; cf. Filipenses 2:9–11).

¿Cómo se relaciona entonces la segunda parte de este capítulo con la primera? Seguramente, de esta forma: aquellos a los que se dirige 50:1–3 siguen pareciendo ajenos, distantes, insensibles, cínicos, mientras aquí, en 50:10–11, se traza una línea en la arena, que concierne al Siervo. A un lado de la misma, se encuentra la persona que “teme al Señor y obedece la voz de su siervo”, que, a pesar de la terrible oscuridad que lo envuelve, “confía en el nombre del Señor” (50:10, cursivas añadidas). Al otro lado, está la persona que trata de proveer su propia luz, que enciende fuegos de rebelión; Dios dice a tal persona: “Esto es lo que vosotros recibiréis de mi mano: en medio de tormentos quedaréis tendidos” (50:11). Así pues, la identidad del “pueblo de Dios” se somete a una sutil redefinición. En 49:8–12, engloba tanto a israelitas como a gentiles; aquí, un elemento que lo define es que obedece la palabra del Siervo del Señor.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 169). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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