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Deuteronomio 28:20–68 | Salmo 119:25–48 | Isaías 55 | Mateo 3

23 JUNIO

Deuteronomio 28:20–68 | Salmo 119:25–48 | Isaías 55 | Mateo 3

Hoy reflexionaremos sobre Isaías 55 y Mateo 3, ya que se solapan.

(1) A la luz del triunfo del Siervo en Isaías 53 y las promesas de paz del pacto en el capítulo 54; Isaías 55 empieza con una maravillosa invitación a los sedientos y a los hambrientos a un glorioso banquete gratuito (55:1–3a). El tema del pacto continúa: estas bendiciones están relacionadas con un “pacto eterno” (55:3b) que el Señor formaliza con su pueblo, que esta vez se ve como el cumplimiento de las promesas hechas a David (véase la meditación del 22 de junio). El Señor le hizo “testigo para los pueblos, como su jefe supremo” (55:4); él conquistó naciones alrededor suyo y las sometió a su reinado, y por tanto al del Señor. Restaurado a su tierra, Israel hace algo parecido: “convocarás a naciones… gracias al Señor tu Dios, el Santo de Israel” (55:5). Esta convocatoria de las naciones no se realiza por medio de proezas militares, sino por lo que el Señor está haciendo en medio de ellos. Además, este pacto contiene una señal de confirmación. El de Noé tuvo el arcoíris; el abrahámico, la circuncisión; el del Sinaí, la sangre esparcida. La señal del pacto eterno es el universo transformado (55:12–13; cp. 2:2–5; 11:1–16).

(2) Mateo afirma que Juan el Bautista se ve como la “voz de uno que grita en el desierto: ‘Preparad el camino para el Señor, haced derechas sus sendas’ ” (Mateo 3:3), citando Isaías 40:3. En la meditación del 8 de junio, expliqué brevemente este pasaje como el allanamiento del camino (metafórico) por parte del Señor para que su pueblo volviese a la tierra, unas palabras de gran consuelo. El regreso del pueblo de Dios exhibe la gloria del Señor. Sin embargo, es posible leer el pasaje de una forma ligeramente distinta, no menos relacionada con la gloria de Dios. En ella, no son las personas las que cruzan el desierto, sino el propio Señor soberano, que “llega con poder” (Isaías 40:10), como un potentado cuyos subordinados allanan el camino para él. Juan el Bautista proclama que esa es su función: preparar el camino “para el Señor”, que él identifica como Jesús.

(3) Juan llama a las personas de su época a un arrepentimiento radical, haciendo del mismo, y no de la descendencia literal de Abraham, un factor fundamental para ser miembro del pueblo de Dios (Mateo 3:7–10). De forma parecida, en Isaías 55, las bendiciones del pacto prometidas son para aquellos que dejan sus malos caminos y pensamientos, volviéndose hacia el Señor a fin de obtener misericordia y perdón gratuito (55:6–7). Nuestros pensamientos no son los de Dios (55:7–8), una confesión que no admira a estos por su trascendencia sino por su pureza absoluta.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 174–175). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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