NADA DE FELICIDAD ENGAÑOSA

Octubre 3

NADA DE FELICIDAD ENGAÑOSA

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.

Salmo 23:4

Tenemos que comprender que Dios va a permitirnos que pasemos por las pruebas y que Él está obrando para que todo resulte en su propósito santo (Ro. 8:28). Sé que todos soñamos con un ambiente perfecto de comodidad y tranquilidad. Aunque cualquier reposo temporal de las pruebas nos lleve a creer que podamos hallar una permanente liberación de ellas, nuestra vida en la tierra nunca estará libre de las pruebas. Podemos vivir en una felicidad engañosa, nunca presagiando ningún problema y prediciendo un futuro desahogado, pero eso es una fantasía. Cristo advirtió a sus discípulos y a todos los que sigan sus pasos que esperaran pruebas en esta vida (Jn. 15:18-16:6).

El puritano Thomas Manton observó una vez que Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero ningún hijo sin una cruz. Como cristianos, podemos estar seguros de que tendremos pruebas. Pero nuestra confianza es que tendremos victoria sobre ellas por la presencia de Dios. Vendrán las pruebas, pero la gracia de Dios estará con nosotros en nuestro tiempo de necesidad.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

1/9 – La Palabra de Dios

El Amor que Vale

Serie: El increíble poder de la autoridad de Dios

1/9 – La Palabra de Dios

Adrian Rogers

El Dr. Adrián Rogers es un predicador, evangelista y maestro de Biblia. Presenta las Buenas Nuevas de Jesucristo con firme convicción a través de su ministerio de radio y televisión, EL AMOR QUE VALE.

Más acerca del Dr. Adrián Rogers:

http://www.lwf.org/eaqv

¿Cómo saber si estoy llamado al ministerio?

The Master’s Seminary

¿Cómo saber si estoy llamado al ministerio?

ALBERTO SOLANO Z.

A través de la historia, hombres llamados por Dios se han levantado para proclamar el evangelio y guiar a la iglesia. En cada generación el Señor llama siervos para el ministerio pastoral y la predicación de su Palabra. Hoy en día vemos cómo hombres hispanohablantes alrededor del mundo están siendo llamados y comisionados por Dios como nunca antes en la historia. En lo personal me emociona mucho ver cómo Dios está levantando una ola de pastores e iglesias en Iberoamérica que toman con seriedad el estudio de la Biblia.

Reconocer el llamado al ministerio incluye un ardiente deseo por estudiar y conocer la Palabra de Dios, una pasión por la proclamación del evangelio alrededor del mundo y una incesante inquietud por conocer más y más acerca de Dios. Tales aspectos demuestran características del llamado al ministerio.

Aquí hay cinco preguntas que se debería hacer para saber si Dios le está llamando al ministerio pastoral:

1. ¿Tengo el deseo y la pasión por la labor del ministerio?

Cuando Pablo instruyó a Timoteo en qué es lo primordial en el llamado al ministerio, le habló acerca de un deseo interno: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1). Este anhelo es un sentir interno el cual nace por el Espíritu Santo a medida que el hombre de Dios crece en conocimiento de la Palabra.

Un deseo marcado por la humildad, piedad, amor y compromiso con la proclamación del evangelio

No estoy hablando de una emoción que debe sentir, pues debemos reconocer que nuestro corazón es engañoso y perverso (Jeremías 17:9) y por lo tanto no debemos guiarnos por nuestras emociones momentáneas. Estoy hablando de un deseo que esté constantemente presente en su mente que lo lleve a desear la labor pastoral. Si tiene tal deseo, entonces recurra a la oración. Ayune, vaya a su habitación y doble sus rodillas delante de Dios. Lea la Biblia y examine la raíz de tal deseo. Hermano, no entre al ministerio para buscar reconocimiento o un lugar donde pueda liderar a personas. Tal deseo es un sentir marcado por la humildad, piedad, amor y compromiso con la proclamación del evangelio.

2. ¿Estoy calificado bíblicamente?

Así como un trabajo requiere de ciertas calificaciones, de la misma manera el ministerio pastoral demanda una lista de calificaciones bíblicas. Pablo lista estas calificaciones en 1 Timoteo 3:2-7 y Tito 1:5-9. Debe ser un hombre:

“irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo” (1 Timoteo 3:2-7)

Si lee esta lista y ve que su vida no refleja un patrón de cumplimiento a estas calificaciones, entonces debe considerar seriamente si es tiempo de entrar al ministerio en este momento. Muchas veces ciertos hombres requieren de más tiempo para poder crecer en santificación y madurez, para entonces sí poder decir con una limpia conciencia que poseen las calificaciones necesarias. Por otra parte, debe recordar que la labor de predicar y liderar una iglesia requiere de santidad y madurez. Si ve que su vida no demuestra estas calificaciones, bíblicamente no está calificado para el ministerio, y por lo tanto haría mal en postularse al liderazgo.

Una nota de exhortación: hermanos, nosotros no somos perfectos. El ministro de la Palabra no es una persona que nunca peque o que sea completamente piadoso en toda palabra y acción, pues la Biblia misma nos enseña que todos continuamos pecando (1 Juan 1:8). Si lucha contra algún pecado, arrepiéntase, busque la santidad y pida que le mantengan a cuentas. Recuerde que un hombre de Dios es un hombre que reconoce sus debilidades y vive de rodillas buscando la divina ayuda de Dios para llevar acabo el ministerio pastoral, a pesar de sus errores.

3. ¿Poseo los dones necesarios para cumplir con las funciones del ministerio?

Una de las características que distinguen a un anciano de un diácono es que un anciano, o pastor, debe ser “apto para enseñar” (1 Timoteo 3:2). Dios dio a cada miembro de la iglesia diferentes dones, entre estos dio el de la enseñanza:

Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanzael que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría (Romanos 12:4-8).

Un ministro debe ser un hombre que posee la capacidad mental para poder tomar un texto bíblico y explicarlo en su contexto gramatical, histórico, literario y cultural (por mencionar algunos). Esto requiere de habilidades que Dios otorga a hombres para que puedan exponer y predicar la Biblia.

Así que pregunte: ¿Poseo las capacidades necesarias para predicar con fidelidad y eficacia? Esto no quiere decir que debe hablar como Charles Spurgeon o elaborar sermones como John MacArthur. Pero sí quiere decir que ve en su vida los dones necesarios para la predicación de la Palabra.

4. ¿Creen mi iglesia y mis ancianos que estoy dotado y moralmente calificado para este llamado?

Uno puede llegar a creer que es la persona más piadosa y moralmente calificada sobre la faz de la tierra, hasta que habla con las personas a su alrededor. Proverbios 17:24 nos recuerda: “En el rostro del entendido aparece la sabiduría; Mas los ojos del necio vagan hasta el extremo de la tierra.” Un hombre que está siendo llamado por Dios para cumplir con el ministerio de la Palabra es alguien el cual su iglesia y ancianos, al observarle, confirman su moralidad en cumplimiento a las calificaciones de un hombre de Dios y le exhortan a buscar el ministerio pastoral.

Las calificaciones de 1 Timoteo 3 y Tito 2 deben ser afirmadas por la iglesia local, no por uno mismo. Pablo, cuando habló de su ministerio en Efeso, les recordó: “vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo” (Hechos 20:18). Él no tuvo que defenderse o dar información de su vida privada o calificaciones morales con el fin de que le tuviesen por ministro de la Palabra, pues la iglesia local podía testificar de su piedad ya que le habían visto ministrar de cerca.

Hermano, ¿que tan bien le conoce su iglesia? ¿Permite que sus ancianos le ayuden a crecer espiritualmente? ¿Cuanto tiempo pasa con otros miembros de su congregación? ¿Existen personas en su iglesia las cuales puedan testificar que le conocen bien?

5. ¿Veo en mí la necesidad de crecer en el conocimiento de la sana doctrina?

Si usted está siendo llamado por Dios para el ministerio, entonces es sumamente importante que se capacite para tal labor. Ore que Dios abra las puertas para poder ser entrenado en la predicación y el ministerio pastoral en un lugar comprometido con la gloria de Dios en la proclamación de la Palabra. Prepárese tanto mentalmente como espiritualmente. Lea libros, escuche sermones y hable con hombres más maduros que usted. Finalmente, busque un seminario o una escuela a donde ir para que le ayude a crecer en su conocimiento de la Palabra.

 

Alberto Solano, es instructor adjunto de griego en The Master’s Seminary, misma institución donde estudió una Maestría en Divinidades (M.Div.) y actualmente cursa una Maestría en Teología (Th.M.). Aparte de formar parte de la iglesia Grace Community Church donde sirve en el ministerio hispano junto con su esposa Kathy, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.

http://www.tms.edu/es/blog/como-saber-si-estoy-llamado-para-el-ministerio/

El drama eterno

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

El drama eterno

R.C.Sproul

https://www.ivoox.com/28441664

En los días que vienen vamos a desarrollar una serie completamente nueva titulada, “El Drama de la Redención”. Permítanme repetirlo, “El Drama de la Redención”. Ahora, he escogido la palabra “drama” en el título de esta serie por una razón. Cuando usamos el término “drama” pensamos, en primer lugar, en algo que vemos sobre un escenario – una obra – como decimos, “hay un drama” y hay actores en la obra, y tienen líneas que declamar y hay una acción que se desarrolla delante de nuestros propios ojos.

Y es común que una presentación dramática involucre alguna clase de conflicto que se va moviendo de forma inexorable hacia una resolución. Ahora, cuando estamos hablando de la historia de la redención, o del drama de la redención, no estoy sugiriendo al usar el término “drama” que Dios está involucrado en una obra, y que solo estamos pretendiendo que vamos a algún tipo de conflicto y resolución producto de ese drama.

El drama de la redención es algo que toma lugar en el plano de la realidad. No hay ningún tipo de actuación. No hay ficción imaginaria involucrada. Esto es real, es una historia real. Y, sin embargo, todavía me he quedado con el uso de la palabra “drama” porque hay una acción desplegada que se extiende sobre toda la historia, y hay actores involucrados en ella—actores humanos, aquellos que están llamados a ser participantes en esa redención; y, por supuesto, también hay un actor divino—Dios Mismo—en sus tres personas.

Y más allá de esto, cuando pienso en el término “drama” o en la palabra “dramático” pienso en algo que evoca una respuesta apasionada de aquellos que están comprometidos en esa obra. No es aburrida. No es tonta. Decimos que algo es dramático en el sentido de que tiene un fuerte elemento emotivo.

Recuerdo que hace como 40 años atrás, escuchaba a un evangelista itinerante predicar un sermón. Estaba predicando de la crucifixión. Estaba predicando de la cruz, y estaba completamente apasionado. Estaba gritando y casi chillando, gesticulando y agitando sus brazos con enormes gestos. Y a la mitad de su extremadamente apasionado discurso, se detuvo, miró a la congregación y dijo: “Perdónenme, pero ¿creen que estoy siendo muy dramático? ¿Piensan que soy demasiado dramático?” Y luego dijo, “Amigos, eso es imposible porque el momento más dramático en toda la historia humana fue la cruz de Jesucristo”. Y obviamente recuerdo esto porque te lo estoy mencionando hoy, casi 40 años después de que sucedió.

Bueno, cuando observamos la magnitud de ese drama, toda la historia de la redención, podemos entender que, en términos del registro bíblico de la redención, hay una estructura en la cual esa actividad se despliega. Y la estructura que encontramos dentro de la Biblia misma para este drama es denominada la estructura del pacto. Ahora, uno no tiene que comprometerse con lo que se denomina “Teología del Pacto” para observar esto. Prácticamente en todas las escuelas teológicas reconocemos que las Escrituras están llenas con referencias al Pacto. Dios hizo un pacto con Noé. Dios hizo un pacto con Abraham. Dios hizo un pacto con Moisés. Un nuevo pacto es instituido en el Nuevo Testamento, y lo que quisiera que hagamos en los días siguientes es entender el marco del pacto, la estructura de ese pacto, porque ésta es la estructura en la cual el drama de la redención toma lugar.

Ahora, para empezar, necesitamos hacer notar que hay diferentes clases de pactos en la Biblia, y que el primer pacto que quisiera que observemos hoy es llamado, usualmente, “El Pacto de la Redención”. Ahora, si le das una mirada a las secciones históricas de la Biblia, no encontrarás este pacto de redención allí, excepto solo cuando se deduce de la enseñanza de la Escritura, y a lo que el pacto de redención apunta es al pacto que fue establecido desde la eternidad, y los participantes del pacto no nos incluyen a nosotros.

Los únicos actores en este drama que empezó en la eternidad—de hecho, no es siquiera propio hablar de “comienzo” porque es eterno—sus personajes, o los actores en este drama, el drama de la redención, fueron los miembros personales de la divinidad—el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto quiere decir que, desde la eternidad, antes que el mundo siquiera fuese hecho, antes que cualquiera de nosotros hubiese nacido, un acuerdo existió dentro del Dios Trino mismo, y esto podría parecernos obvio hasta el punto de decir, “¿Y entonces qué?” Es obvio que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estarán siempre de acuerdo”. Pero esto no es tan obvio para todo el mundo. Es muy común para mí el oír que la gente percibe la obra de Cristo en la historia como un intento de parte del Hijo de Dios para cambiar la mentalidad del Padre.

Hubo un movimiento al inicio de la iglesia—una herejía terrible que creció mucho y que se denominó Gnosticismo—y la primera persona que compiló un canon de la Sagrada Escritura fue un hereje que se llamaba Marción. Y lo que Marción hizo fue que produjo y modificó una versión de la Biblia en la que en los libros del Nuevo Testamento cualquier referencia del Antiguo Testamento que presente a Dios como bueno y justo fue borrada, porque Marción creía que el Dios del Antiguo Testamento no era el Dios Supremo, no era el Padre de Jesucristo, sino que fue un demiurgo infame y desagradable, quien controlaba este mundo y lo sujetaba a ira y juicio, visitándolo con toda clase de actividades severas y crueles.

Y la idea que tenía Marción era que Jesús, cuando Él vino, nos redimió de ese personaje desagradable que se encontraba en el Antiguo Testamento. Por eso es que usó sus tijeras y creó un Nuevo Testamento de acuerdo a sus gustos y, por supuesto, eso es lo que provocó que la iglesia se plantara frente a Marción y le dijera, “No. Tú has distorsionado el mensaje bíblico”. Y fue entonces cuando la Iglesia encontró necesario el declarar con claridad qué libros y qué contenido de esos libros pertenecen en sí a la Biblia.

El tema en ese entonces fue un asunto de acuerdo entre los miembros de la divinidad; y una vez más, todavía existen personas que tienden a ser unitarios con alguna persona de la Trinidad u otra. Al pensar en el Unitarianismo—pensamos en los que dicen, “El único Dios es Dios el Padre. El Hijo y el Espíritu Santo son seres inferiores”. Pero otros tienen un Unitarianismo de la Segunda Persona de la Trinidad, o de la Tercera Persona de la Trinidad. Algunas personas piensan que la obra de redención completa fue cumplida únicamente por el Espíritu Santo o únicamente por Cristo, y lo que tenemos que ver en este pacto de redención es que, desde la eternidad, las tres personas de la Divinidad—El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo—acordaron juntos crear este drama y operar dentro de él.

Ahora vemos, por ejemplo, que Dios es como el dramaturgo. Cuando los actores se juntan para actuar en una obra, desarrollar una producción dramática, no se paran simplemente en el escenario e improvisan algo.

Es usual que haya un plan escrito, un escenario que ha sido creado por el autor. Lo mismo es con el drama de la redención. Desde toda la eternidad, Dios planeó este drama, y Él solo ha tenido un plan. Este plan de salvación no ha tenido un plan A y luego un plan B, aunque a menudo actuamos como si Dios actuara así—que Dios tiene un plan, y empieza a ejecutar tal plan. Si las cosas no van como quisiera, como si fuera un entrenador luego de los primeros 45 minutos, él ajusta el plan. Él sale con un plan B y dice, “Bueno, si no funciona, entonces pondremos en práctica esta opción que espero que funcione”.

Pensar de esa manera está reflejando una visión de Dios que lo hace un poco menor que el Becerro de Oro que no es más que un espectador impotente, un animador celestial que espera que las cosas funcionen. No, la visión bíblica es que el plan de Dios fue establecido en la eternidad, que no hay plan B, y que este plan no tiene otra chance más que suceder.

Como lo diría el lenguaje escritural, “Es necesario que todo esto suceda” porque fue establecido en la eternidad por el determinante y predeterminado consejo de Dios mismo. Lo que estoy diciendo es que antes que el mundo fuera siquiera creado, Dios tuvo la intención de crear un mundo, y que tal creación era parte del plan eterno de Dios.

Y en ese plan eterno hubo un completo acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando vamos a las Escrituras, vemos cómo en ese drama los tres miembros de la divinidad están activos. Algunas veces la Biblia habla de la creación como siendo la obra del Padre, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” y tendemos a pensar que esto se refiere casi de forma exclusiva a la obra de Dios el Padre. Pero luego cuando leemos el recuento de la creación, cómo Dios trae orden al universo, vemos que el Espíritu Santo—el Espíritu de Dios—se mueve sobre las aguas y trae la luz al mundo y llena el mundo con aquellas cosas que habitan nuestro planeta.

Así el Espíritu mismo es visto como íntimamente involucrado en la actividad de la creación y, de forma particular, cuando se trata de la creación de la vida porque, aparte del Espíritu Santo, nadie podía vivir en lo absoluto. Bíblicamente, todos tenemos al Espíritu Santo en un sentido—no en el sentido de la redención, sino en el sentido de participar del poder del Espíritu Santo de Dios, el cuál es el mismo poder de la vida.

Aun el pagano que no tiene una relación redentiva con Dios, sin embargo, participa de los beneficios—los beneficios comunes—del Espíritu Santo al experimentar la vida misma.

Eso fue la tercera persona, pero ¿qué de la Segunda Persona de la Trinidad? Cuando vamos al Nuevo Testamento leemos, “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios…” Continúa el texto y luego dice, “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. El Nuevo Testamento dice que el mundo fue creado por la Segunda Persona de la Trinidad, Cristo, en Cristo, y para Cristo. En un sentido, todo lo creado fue un regalo del Padre al Hijo. Ésta es solo una manera de hablar del acuerdo íntimo en la divinidad.

Pero nuestra preocupación no es con la creación, es con respecto a la redención; y la redención es el drama de la salvación de la creación caída. Y desde toda la eternidad, Dios no solo planeó la creación, sino que Él también planeó la redención de la creación, y la redención de la creación fue igualmente una obra trinitaria.

El Nuevo Testamento dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito”, y estamos muy familiarizados con ese texto. Hay mucho en las Escrituras acerca de Dios dando a su Hijo—el Padre enviando al Hijo—y por eso el impulso inicial para la redención empieza con el Padre. El Padre es el miembro superior de la divinidad, y el Hijo y el Espíritu Santo están subordinados en términos de obrar el plan de salvación. Eso no significa que el Hijo o el Espíritu son, de alguna manera, inferiores al Padre; ellos son iguales, ellos son co-eternos, ellos son co-substanciales, son iguales en poder y ser, en dignidad y en todo lo demás.

Pero en términos de su acción, Dios el Padre es el iniciador. El Padre envía al Hijo al mundo—no es que el Hijo envía al Padre—y el Padre y el Hijo juntos envían al Espíritu Santo al mundo. Y así vemos que el Padre es como el iniciador que está activamente involucrado en la obra de redención.

¿Qué del Hijo? Es el Hijo el que no considera su igualdad con Dios como algo a que aferrarse con tenacidad o celo, sino que es el Hijo quién, desde toda la eternidad, concuerda con el Padre que en un momento dado se vaciaría a sí mismo de su gloria, y asumiría la naturaleza de la humanidad, para encarnarse y someterse a las leyes del Padre, a las que todos los seres humanos están llamados a obedecer, y llegar a ser obediente hasta la muerte, aun la muerte en una cruz.

Y así, esta no es una decisión que el Padre toma de forma unilateral para enviar al Hijo, sino que el Hijo está de acuerdo—que la venida de Cristo al mundo es voluntaria. Él está de acuerdo. Hay un pacto entre el Padre y el Hijo, y el Hijo está dispuesto a venir. Y ahora, es el Hijo quién se ofrece en sacrificio al Padre para satisfacer la rectitud del Padre, para satisfacer su justicia.

Cristo se ofreció a sí mismo en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación, y lo hizo para satisfacer la justicia del Padre; y no solo se ofreció a sí mismo como ofrenda, como un sacrificio con el fin de satisfacer las demandas de la justicia de Dios, sino que más allá de eso, Él continúa en su rol como un intercesor por su pueblo. Por toda la eternidad, este era el plan de Dios, que el Hijo viniera a redimir a su pueblo, y el Hijo lo llevo a cabo. Él recrea el drama. Él viene, es encarnado, se sujeta a sí mismo a la ley, vive una vida de perfecta obediencia, y luego se ofrece a sí mismo como el sacrificio perfecto; y luego entra Él mismo al lugar Santísimo en el cielo, con la sangre en sus propias vestiduras, de su propio sacrificio y sirve allí de forma perpetua como nuestro intercesor.

¿Qué del Espíritu Santo? Vemos al Espíritu Santo activo en la creación, pero Él también está activo en la redención. El Padre envía al Hijo, es el Hijo quien se encarna, pero ¿cómo ocurre la encarnación? sino a través de esa joven campesina que ha concebido por el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien cubre con su sombra a María y hace posible que ella tenga un hijo, quién es el Dios encarnado. Es el Espíritu Santo que unge a Jesús en su bautismo y lo empodera para su misión de servir como nuestro mediador y como nuestro redentor; y cuando el Hijo del Hombre es ofrecido en la cruz y Jesús muere y luego es enterrado, ¿quién es el que lo levanta de la tumba? Las Escrituras nos dicen que es el Espíritu Santo que viene y revive el cadáver de Jesús.

Entonces el ministerio de Jesús es a través del Espíritu Santo, su resurrección es a través el poder del Espíritu Santo, y luego, por supuesto, más allá está la aplicación de la redención que Dios ha diseñado, que Cristo ha ejecutado—ahora tiene que ser aplicada a su pueblo. ¿Cómo es que recibimos el beneficio de la obra de Cristo? Nos es aplicada por la obra y el ministerio del Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo quien nos estimula, regenera nuestra alma y hace esto posible para nosotros al hacernos pasar de la muerte a la vida, quién hace posible por nosotros que abracemos por la fe a Cristo. Es el Espíritu Santo quién obra en nosotros diariamente, obrando en nosotros para nuestra santificación. Es el Espíritu Santo quién nos unge y nos da poder para el ministerio. Es el Espíritu Santo que nos convence de pecado. Es el Espíritu Santo que nos ayuda a orar a Dios. Es el Espíritu Santo quien nos glorificará en el cielo.

Y así los personajes en este drama grandioso incluyen toda la dimensión y todas las personas de la Trinidad. Es una obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hace poco oí a una mujer decirme, “me parece que la mayoría de los cristianos, en nuestros días, creen que la iglesia empezó con Billy Graham”. Hay dos cosas que quisiera decir al respecto. Este fue, en cierto modo, una afirmación cínica de parte de esa dama, y no tenía la intención de insultar a Billy Graham. Ella no estaba criticando a Billy. Ella estaba criticando a la iglesia por su falta de entendimiento de toda la historia de la iglesia, la cual involucra no solo ir hasta la Edad Media, o ir hasta el primer siglo, sino que significa el ir todo el camino de vuelta hasta el inicio de la iglesia en el Jardín del Edén.

Pero aún el llegar hasta allí no es llegar al final del camino. Si vamos a entender realmente cuándo empezó la iglesia, debemos saber que empezó en el pacto entre los miembros de la divinidad—que este drama donde todos estamos involucrados hoy empezó en la eternidad, y que no tiene fin porque está destinado para la eternidad. Esta redención es de características eternas. Nosotros hemos experimentado toda clase de asuntos redentivos en nuestras vidas, de forma temporal.

Puedo recordar que cuando era niño tuve que ir al dentista cada seis meses y tenía que ir al dentista para que rellenara las cavidades en mis dientes. Y puedo recordar que cuando él acababa, me iba del consultorio del dentista con un gran suspiro de alivio mientras decía, “Tengo al menos otros seis meses antes de tener que regresar”. Pero siempre tenía que volver. Nunca terminaba. Pero en este drama, la redención que experimentamos en Cristo está destinada y durará para siempre. Nosotros ya estamos participando de la vida eterna—una vida que fue planeada desde la eternidad y planeada para la eternidad.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Jesús el Mesías 

Mujer Para la Gloria de Dios

Jesús el Mesías

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En sintonía con Dios

DÍA 42

Salmo 25

Dosis: Gracia y Perdón

En sintonía con Dios

“SEÑOR, hazme conocer tus caminos; muéstrame tus sendas. Encamíname en tu verdad, ¡enséñame! Tú eres mi Dios y Salvador; ¡en ti pongo mi esperanza todo el día! Acuérdate, SEÑOR, de tu ternura y gran amor, que siempre me has mostrado; olvida los pecados y transgresiones que cometí en mi juventud. Acuérdate de mí según tu gran amor, porque tú, SEÑOR, eres bueno.” (Salmo 25:4–7) (NVI)

¡Qué oración más hermosa para hacerla nuestra! Pedirle a Dios que nos muestre sus caminos, que nos enseñe y nos guíe en su verdad. Que tenga presente su gran amor por nosotras y que olvide nuestros pecados.

Dios nos salva y nos instruye. Pero es necesario que como expresa el salmista nosotras lo anhelemos y también le digamos: “muéstrame, enséñame, guíame, encamíname” para estar en sintonía con él. Podemos haberle entregado nuestro corazón, pero el afán y la ansiedad, el trajín, las preocupaciones, los problemas pueden distanciarnos de él y hasta conducirnos a tomar decisiones erradas lejos y fuera de su voluntad.

Esta oración expresa el deseo de una vida justa, recta y honesta. Por eso el salmista pide además el perdón de los pecados de su juventud confiando siempre en su misericordia. Cuando ora así, lo hace confiado en los atributos de Dios: “Bueno y justo es el SEÑOR; por eso les muestra a los pecadores el camino. Él dirige en la justicia a los humildes y les enseña su camino. Todas las sendas del SEÑOR son amor y verdad para quienes cumplen los preceptos de su pacto.”

Y está seguro que le extenderá una vez más su misericordia: “Por amor a tu nombre, SEÑOR, perdona mi gran iniquidad.” “Por amor a su nombre quiere decir: por su fidelidad, por su pacto, por su naturaleza santa, por su compromiso con los que se arrepienten y humillan.

Todas, como la rebelde Israel, tenemos un corazón pecaminoso, que va a necesitar arrepentirse y humillarse delante de Dios. En más de una ocasión he tomado para mí estas palabras: “Desde ahora te haré conocer cosas nuevas; cosas que te son ocultas y desconocidas. Son cosas creadas ahora, y no hace tiempo; hasta hoy no habías oído hablar de ellas; para que no dijeras: “¡Sí, ya las sabía!” Nunca habías oído ni entendido; nunca antes se te había abierto el oído. Yo sé bien que eres muy traicionera, y que desde tu nacimiento te llaman rebelde. Por amor a mi nombre contengo mi ira; por causa de mi alabanza me refreno, para no aniquilarte. ¡Mira! Te he refinado pero no como a la plata; te he probado en el horno de la aflicción. Y lo he hecho por mí, por mí mismo. ¿Cómo puedo permitir que se me profane? ¡No cederé mi gloria a ningún otro!”

¡Dios nos perdona,¡ y nos da las evidencias de su gracia. Por lo cual puedo ahora escribir esto.

Oración: Señor ayúdame a buscar tu dirección, a confiar en tu misericordia y perdona mis pecados. Amén.

De Vergara, P. A., de Vera, A. D., & Harris, K. O. (2012). Isha-Salmos: Una dosis diaria de fe para ti. (P. A. de Vergara, Ed.) (Primera Edición, p. 57). Lima, Perú: Ediciones Verbo Vivo.

El alfabeto de las promesas de Dios (1)

Jueves 3 Octubre

(Abraham) tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.

Romanos 4:20-22

El alfabeto de las promesas de Dios (1)

Una anciana creyente decía: «Las preocupaciones no me impiden dormir. Yo le digo al Señor: «Ocúpate de mis asuntos y concédeme el descanso para que mañana pueda retomar mi trabajo». Y si las preocupaciones vuelven a mi mente, me pongo a recitar el alfabeto de las promesas de Dios».

En efecto, las promesas contenidas en la Biblia son numerosas y se dirigen a todos los que han puesto su confianza en Dios, los que han aceptado el don de la salvación por la fe en Jesucristo. Así se han convertido en hijos de un Padre celestial que los ama, los conoce, quien sabe que la duda, el desánimo y el peso de sus preocupaciones podrán surgir en cualquier momento. Por eso Dios consignó en su Palabra promesas que llenan todos los campos de interrogación: los caracteres de Dios, la salvación del alma, el más allá, las diversas necesidades de la naturaleza humana, la respuesta de Dios a la fe, la prueba, la bendición en respuesta a la fidelidad…

El cristiano debe apropiarse de estas promesas divinas, es decir, aceptar que son para él. Creer lo que Dios prometió lo honra, y Dios honra la fe. Cristianos, aferrémonos con determinación a las promesas divinas, y extraigamos de ellas las fuerzas necesarias en la adversidad.

No nos privemos de nuestro más grande consuelo, olvidando o poniendo en duda las promesas de Dios. Porque hay una promesa para cada situación, por trágica que sea.

(mañana continuará)

Sofonías 2 – Filemón – Salmo 109:20-31 – Proverbios 24:17-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

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