Sentir lo que Dios siente

Sentir lo que Dios siente

2/9/2017

Sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. (Romanos 14:8)

Recuerdo a una joven que aprendió a sentir dolor cuando no se honraba a Dios. Salió de un pequeño pueblo en Virginia occidental para ir a vivir con un estudiante en la UCLA. Poco después la echó a patadas. Ella anduvo deambulando y trató de quitarse la vida varias veces, pero cada vez sobrevivió. Mi hermana y yo la conocimos y tuvimos la oportunidad de guiarla a Cristo. Poco después de eso ella decidió volver a su pueblo natal para hablarles de Cristo a su mamá y a sus amigas.

Varios meses después, me escribió una carta. Esto es algo de lo que escribió:

“Puedo casi sentir la insoportable tristeza que Dios siente cuando alguien lo rechaza y no lo glorifica. ¡Él es Dios! Él nos hizo. Él nos lo dio todo. Seguimos dudando y rechazándolo. ¡Es horrible! Cuando pienso en cuánto lo herí, espero que algún día yo pueda compensar eso.

“Está muy claro para mí que debe glorificarse a Dios. Él lo merece, y desde hace mucho tiempo. Anhelo decirle a Cristo, y así indirectamente a Dios, que lo amo. Quiero que Dios sea Dios y que ocupe el lugar que merece. Estoy hastiada de ver cómo las personas lo rebajan”.

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¿Quién lo podrá comprender?

9 Febrero 2017

¿Quién lo podrá comprender?
por Charles R. Swindoll

Job 26:1-14

Al leer este pasaje no podemos dejar de pensar: ¡Qué idea tan sobrecogedora! “Bildad, por más admirable que sean todas estas cosas, lo que he mencionado representa apenas los bordes de sus caminos.” ¿No es “bordes” una magnífica palabra? Los bordes, las márgenes exteriores de sus caminos; sólo los callados susurros de su poderosa voz, los murmullos de la omnipotencia. ¡Escúchame, Bildad! ¿Quién lo podrá comprender plenamente? Y pensar que el Dios-Creador atraviesa las millones de galaxias de “los cielos” para dar su atención a este diminuto planeta del tamaño de un fréjol, llamado Tierra, para descender hasta personas como nosotros, sabiendo aun el número de los cabellos que hay en nuestras cabezas.

Se necesita tener una perspectiva así cuando las llagas de mi cuerpo estén supurando y la fiebre no baje. Job termina donde Bildad debió haber comenzado: “¿Quién lo podrá comprender?”

Es cierto. ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pero tenga cuidado aquí. Eso no significa que Él no está al corriente, que no tiene el control, que no tiene un plan. Solo significa que Él no está obligado a darnos explicaciones, y ya que Dios no lo revela todo, no nos quedan sino tres palabras muy honestas, que son útiles cuando provienen de los labios de una persona que no es orgullosa. ¿Cuáles son estas tres palabras? No lo sé.

Pero Dios sí lo sabe, y Él hace bien todas las cosas. Él tiene el control. Yo soy el barro; Él es el Alfarero. Yo soy el discípulo; Él es el Señor. Yo soy la oveja; Él es el Pastor. Yo soy el siervo; Él es el Amo. Eso significa que debo someterme. Que debo humillarme bajo su mano poderosa. Que debo estar dispuesto a ajustar mi vida a lo que Él decida para mí, a escuchar, a aprender, a adaptarme a su dirección cualquiera que esta sea, aunque esté cómodo, feliz o con salud. A esto se le llama obediencia. Job, por ahora, está comenzando a verlo, y cuando llega al final de su breve explicación, pregunta sabiamente: “¿Quién lo podrá comprender?”

Disciplínese para pensar de manera teológica. Hágase el firme propósito de pensar de la manera que Dios lo hace, reconociendo su majestuosa magnificencia. Auto enséñese a sentirse cómodo diciendo las palabras: “No lo sé”. Job pensaba correctamente en cuanto a Dios, y por eso pudo soportar todo, aunque sin comprender el porqué. Quiera Dios que haya más como él. Y que usted sea uno de ellos.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“reyes” y “césares”

“reyes” y “césares”

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9 FEBRERO

Génesis 42 | Marcos 12 | Job 8 | Romanos 12

La disputa entre Jesús y algunos de sus adversarios que se relata en Marcos 12:13–17 es muy interesante. Marcos dice que los interlocutores de Jesús quisieron atraparle en sus palabras (12:13). Sin duda por eso comienzan con elogios acerca de la solidez de sus principios, como maestro que no está dispuesto a dejarse influenciar por la opinión pública. Pero es un montaje. “¿Está permitido pagar impuestos al césar o no?”, le preguntan. “¿Debemos pagar o no?” (12:14–15).

Pensaban que ya lo tenían atrapado. Si contestaba que “no”, se las tendría que ver con las autoridades romanas, las cuales, evidentemente, no iban a permitir que un predicador religioso en un país tan inestable como este, anduviese por ahí abogando por la desobediencia fiscal. Incluso le podrían ejecutar por traición. Pero si contestaba que “sí”, perdería la confianza de la gente, lo cual le restaría popularidad. Muchos judíos normales y corrientes no sólo sentían un profundo rechazo de los impuestos, sino que planteaban no pocas objeciones teológicas. ¿Cómo podía un judío concienzudo pagar con monedas que llevaban la imagen del emperador, especialmente monedas que le atribuían un título divino? Si los judíos realmente tenían la justicia de su parte, ¿No bajaría Dios para volver a liberar a su pueblo, esta vez de la superpotencia romana? ¿No requiere la fidelidad escrupulosa hacia Dios que no se paguen los impuestos?

Fuese la respuesta que fuese de Jesús, perdería la partida. Pero Jesús se niega a rendirse. En lugar de ello, pide una moneda, pregunta de quién es la imagen y afirma que es legítimo pagar a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Jesús consigue así evitar la trampa, y sus interlocutores quedan atónitos.

Pero aquí hay varios niveles interpretativos. Bajo una teocracia estricta, las palabras de Jesús serían incoherentes: el reino de Dios es mediado a través del rey, de modo que no es tan fácil separar estos dominios el uno del otro. Además, la estructura del antiguo pacto, sobre el papel, estaba estrechamente ligada a un régimen teocrático. No obstante, aquí tenemos a Jesús insistiendo en que sí se debe hacer una distinción entre las reivindicaciones del César y las del Dios viviente.

Por supuesto, esto no significa que el dominio del César sea completamente independiente del dominio de Dios, ni que Dios no mantenga el control providencial. No obstante, es fácil llegar a la conclusión de que Jesús está proclamando aquí un cambio fundamental en la administración de la comunidad del pacto. El locus de la comunidad ya no es un reino teocrático; ahora es una asamblea de iglesias alrededor de todo el mundo, sujetos a muchos “reyes” y “césares”, pero que no rinde culto a ninguno de ellos. Por esto muchos creyentes alrededor del mundo, siguen la línea del no reconocimiento oficial y político de ninguna religión o confesión en particular, en coherencia con esta afirmación por parte del mismo Señor Jesús.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 40). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El poder del perdón de Cristo

El poder del perdón de Cristo

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Vuélvete… dice el Señor; no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice el Señor, no guardaré para siempre el enojo. – Jeremías 3:12

Vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. – Isaías 55:7

Lea Juan 21:1-7

Pedro, discípulo de Jesús, pensaba que amaba a su Maestro más que los demás. Sin embargo lo negó tres veces consecutivas (Lucas 22:54-62). Luego, algunos días después de la muerte y resurrección del Señor, Pedro y otros discípulos fueron al lago a pescar. De repente Jesús se acercó. Juan fue el primero en reconocerlo y dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” (v. 7). E inmediatamente Pedro se echó al agua para ir al encuentro de Jesús lo más rápido posible.

¿Había olvidado que acababa de negar a su Maestro? ¿No tenía vergüenza? ¿No hubiese hecho mejor manteniéndose alejado y presentarse en último lugar? No, al contrario, Pedro se apresuró a reunirse con él porque entre tanto Jesús había tenido un encuentro con él en privado (Lucas 24:34) y le había asegurado su total perdón. Su actitud no fue inoportuna, pues dio testimonio de la confianza que tenía en el amor de su Maestro.

Creyentes, esto puede darnos ánimo si nos hemos comportado mal, si hemos pecado. Es triste deshonrar al Señor cuando conocemos su amor. Pero si después de haberle confesado nuestro pecado nos mantenemos alejados so pretexto de que somos indignos de acercarnos, dudamos de él. Es escuchar la voz de Satanás, quien trata de mantenernos lejos de Aquel que perdona y quiere restaurarnos.

¡Acerquémonos a nuestro Salvador con confianza y humildad, con la valentía de la fe, pues él nos ama!

Rut 1 – Mateo 1 – Salmo 1 – Proverbios 1:1-6
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Interesados en la gloria de Dios

Interesados en la gloria de Dios

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8 de febrero

No puedes soportar a los malos. – Apocalipsis 2:2

Debemos estar tan interesados en la gloria de Dios que suframos cuando no se le honra. Esa fue sin duda la actitud de David cuando dij «Porque me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí» (Sal. 69:9). David sufría profundamente cuando no se honraba a Dios.

Como padre, comprendo lo que David estaba diciendo. Si alguien hiere a uno de mis hijos, me hiere a mí. A menudo he llorado por alguien a quien amo y cuyo corazón estaba quebrantado. Cuando usted se identifique con Dios de esa manera, le interesará su honra mucho más de lo que le ocurre a usted.

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Ninguna sorpresa

8 Febrero 2017

Ninguna sorpresa
por Charles R. Swindoll

Job 26:1-14

El tacto que le faltó aquí a Job lo compensó con su absoluta honestidad. Pero, francamente, este no era el momento para tener tacto. Bildad ha sido tremendamente duro. Es de dudar que le hubiera puesto atención a Job si este hubiera utilizado un lenguaje suave y diplomático. ¡Job se pone tenaz!

Eso es lo que nos hacen las llagas. Cualquier enfermero o profesional de la salud le dirá, especialmente quienes cuidan de pacientes que sufren un dolor intenso, que el tacto se desvanece a medida que el dolor avanza. Hay algo acerca de la prolongación de la angustia que finalmente lleva al alma a una cruda y desesperante realidad.

Hace muchos años me encontré con estas palabras: “El dolor planta la bandera de la realidad en el fortín de un corazón rebelde”. Incluso en aquellos que han sido tercos y rebeldes, cuando el dolor golpea y persiste, la realidad se presenta en toda plenitud. Eso fue lo que sucedió con Job. Se quitó los guantes, miró fijamente a Bildad, y le habló claro. Este hombre necesitaba esa clase de respuesta.

Hay una breve oración que quisiera sugerirle que la haga cada mañana:

Señor, ayúdame hoy a no hacer más pesada la carga de alguien. Ayúdame a dar aliento a otros. Cuando pueda, hazme capaz de consolar. Y cuando no sepa cómo hacerlo, ayúdame a admitirlo. Cuando sienta dolor y compasión por alguien, ayúdame a expresarlo. Ayúdame a hacer más liviana la carga de los que sufren, en vez de hacerla más pesada.

Si otros están pasando por una situación angustiosa, ellos necesitan nuestra ayuda y nuestra fortaleza. Bildad nunca aprendió ese principio; nunca hizo la oración anterior, qué lástima.

Se produce entonces un curioso cambio de papeles. En vez de que Bildad enseñe a Job, este se convierte en el maestro. Es como si Job hubiera dicho: “Ya que no tienes ninguna respuesta, déjame hablarte del Dios infinito e incomprensible que no nos ha revelado el cómo y el porqué de sus actividades».

Desde el versículo 5 al 13 del capítulo 26, Job le da una lección a Bildad. Le comunica lo que pudiéramos llamar una explicación fascinante y cosmológica. Curiosamente, Job comienza con los espíritus de los que han muerto, para llegar después hasta la cumbre del universo. Job está diciendo de una manera sencilla y directa: “Dios tiene el control de lo más mínimo en cuánto a él. Dios lo conoce, lo entiende, está en medio de él, y se responsabiliza por todo lo que hay en él. Nada de esto es una sorpresa para el Dios vivo”.

Si otros están pasando por una situación angustiosa, necesitan nuestra ayuda.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«El derecho a una respuesta»

«El derecho a una respuesta»

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8 FEBRERO

Génesis 41 | Marcos 11 | Job 7 | Romanos 11

El intercambio de palabras entre Jesús y algunos de sus adversarios, como viene relatado en Marcos 11:27–33, es uno de los más extraños en los cuatro evangelios. Jesús esquiva una pregunta crucial planteando otra, una pregunta que ellos se ven incapaces de contestar por motivos políticos. ¿Por qué Jesús no contesta la pregunta de ellos de manera clara y directa? ¿No suena esto a mera diplomacia o, lo que sería peor, a un intento de posicionamiento para conseguir ventajas en el juego de poder?

En cierto modo, la cuestión de los principales sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos era perfectamente legítima. ¿Con qué autoridad Jesús desaloja los recintos del templo, acepta los elogios de miles de personas que han acudido para festejar su llegada a Jerusalén montado en un asno, y predica con tanta rotundidad y confianza? No puede reclamar la autoridad de ninguna escuela rabínica, ni de ninguna posición religiosa ni política. Entonces, ¿de qué clase de autoridad se trata?

¿Cómo podía Jesús haber contestado? Si hubiese dicho que hacía estas cosas por propia iniciativa, sus palabras habrían sonado pretenciosas y arrogantes. No podía nombrar ninguna autoridad terrenal adecuada. Si hubiese insistido en que todo lo que decía y todo lo que hacía eran las palabras y hechos de Dios, podían haberle acusado de blasfemia. No es evidente que hubiese podido ofrecer una respuesta verdadera que les hubiese satisfecho y, al mismo tiempo, le hubiese garantizado su integridad física.

Por lo tanto Jesús les dice, en efecto, que contestará su pregunta si ellos primero responden a la suya: “El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de la tierra? Respondedme” (11:30). Sus interlocutores sopesan sus posibles respuestas en base a la conveniencia política. Si dicen “del cielo”, piensan, él les condenará por no haberse convertido en discípulos de Juan. Peor aún, no pueden dejar de ver en esta pregunta un preludio a la respuesta que pretende darles a la de ellos. Al fin y al cabo, Juan el Bautista apuntaba hacia Jesús. Si reconocen que el ministerio de Juan provenía del cielo, y Juan señalaba a Jesús, entonces Jesús sí ha contestado su pregunta: su ministerio también debía contar con la aprobación de Dios. Pero si dicen “de la tierra”, tendrán en contra suya las muchas personas que valoraban el ministerio de Juan. Por lo cual, guardan silencio y pierden el derecho de recibir una respuesta por parte de Jesús (11:31).

De este intercambio, se pueden sacar varias implicaciones pastorales. En primer lugar, algunas personas son incapaces de captar el verdadero ministerio de Jesús aunque hagan preguntas que parecen penetrantes, puesto que, en realidad, ya han tomado su decisión y sólo buscan más argumentos para destruirle. La segunda es que, a veces, la respuesta más sabia es una respuesta indirecta que evite las trampas mientras que al mismo tiempo ponga de manifiesto la perversidad engañosa del interlocutor. Como creyentes, debemos hablar con claridad, pero no deberíamos ser ingenuos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 39). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Qué significa ser cristiano?

¿Qué significa ser cristiano?

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En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. – Hechos 4:12

A los discípulos (de Cristo) se les llamó cristianos. – Hechos 11:26

Siendo manifiesto que sois carta de Cristo. – 2 Corintios 3:3

Hoy en día hay mucha confusión con respecto al sentido de esta palabra. Muchas personas dicen que son cristianas simplemente porque fueron bautizadas. Pero si no hay nada más, solo se trata de una etiqueta.

La palabra “cristiano”, al igual que la palabra «cristianismo», tiene la misma raíz, es decir, “Cristo”. Al principio de la historia de la Iglesia, los discípulos de Jesucristo recibieron este calificativo. Un verdadero discípulo es aquel que cree en la persona y en el mensaje de su maestro, y se esfuerza en vivir según sus enseñanzas. Para ser un cristiano, en primer lugar se debe creer en Jesús, aceptarlo personalmente como Salvador y Señor. Es necesario haber nacido “de nuevo” (Juan 3:3), es decir, poseer la vida eterna. Todos los que reconocen que son pecadores y creen que Jesús, al morir en la cruz, sufrió en su lugar el juicio que merecían, pueden recibir esta vida eterna.

Desde el día en que la Iglesia fue formada, ha habido muchas generaciones de cristianos. ¿Han sido todos verdaderos creyentes? Es grave atribuirse el nombre de cristiano sin tener la vida de Dios, sin preocuparse por Jesucristo. El que lo hace lleva una etiqueta que no refleja la realidad.

Cada uno de nosotros debe saber claramente quién es. ¿Soy un verdadero cristiano? ¿He tenido un encuentro personal con Jesucristo? Y si es así, ¿estoy dispuesto a seguir a mi Maestro y a honrarlo en mi vida?

2 Samuel 2 – Mateo 24:29-51 – Salmo 20:6-9 – Proverbios 8:12-16

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Avances importantes en la última hora

Avances importantes en la última hora

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Devocional por John Piper

Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. (Lucas 23:42)

Uno de los enemigos mortales de la esperanza es el hecho de haber tratado de cambiar por mucho tiempo y no haberlo logrado.

Miramos hacia atrás y pensamos: ¿Qué sentido tiene? Aún si lograra hacer un avance importante, no me quedaría mucho tiempo para vivir de esta nueva manera, en comparación con las muchas décadas de fracasos.

El ratero de antaño (el ladrón en la cruz al costado de Jesús) vivió aproximadamente por una hora más antes de morir. Él fue transformado. Vivió en la cruz como un hombre nuevo, con nuevas actitudes y acciones (no más insultos). Pero si el 99.99 % de su vida fue un desperdicio, ¿tendrá importancia el último par de horas de vida como hombre nuevo?

Importa de manera infinita. Este antiguo ladrón, como todos nosotros, se presentará ante el tribunal de Cristo para rendir cuentas por su vida. «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Corintios 5:10). ¿Cómo es que su vida dará testimonio de su nuevo nacimiento y su unión con Cristo en ese día?

Las últimas horas contarán la historia. Este hombre era un hombre nuevo. Su fe era real. Él estaba verdaderamente unido a Cristo. La justicia de Cristo es suya. Sus pecados son perdonados.

Eso es lo que las últimas horas proclamarán en el juicio final. Su cambio era importante. Ese fue, y será, un hermoso testimonio del poder de la gracia de Dios y de la realidad de la fe de ese hombre y de su unión con Cristo.

Regresando a nuestra lucha por cambiar, no digo que los creyentes que luchan por cambiar no sean salvos, como el ladrón. Simplemente estoy diciendo que los últimos años y horas de vida son importantes.

Si en el último 1 % de nuestra vida podemos obtener la victoria sobre un hábito pecaminoso que tuviéramos por muchos años o sobre un defecto dañino de nuestra personalidad, esta victoria será un maravilloso testimonio del poder de la gracia, y será un testimonio añadido (no el único) de nuestra fe en Cristo y nuestra unión con él en el juicio final.

Tengan ánimo, aquellos que luchan. Continúen pidiendo, buscando, tocando. Continúen mirando a Cristo. Si Dios es glorificado al salvar a ladrones en la última hora, ciertamente él tiene un propósito en haber esperado hasta esta hora para darles la victoria que buscaron por tantas décadas.

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El propósito de su Vida

El propósito de su Vida

la-verdad-para-hoy

2/7/2017

Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. (1 Corintios 10:31)

Cuando usted confesó a Jesucristo como Señor, lo hizo para la gloria de Dios. Ahora cualquier otra cosa que usted haga, aun las funciones más comunes de la vida como comer y beber, debe enfocarse en la gloria de Dios. Esa debe ser la actitud fundamental de su vida.

Jesús presentó ese enfoque de esta manera: “Honro a mi Padre… no busco mi gloria” (Jn. 8:49, 50). Usted crecerá espiritualmente cuando siga el ejemplo de Cristo de someter su vida al señorío de Cristo, usted se caracterizará por su humilde deseo de glorificar al Padre.

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