Llevar frutos

Llevar frutos

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2/19/2017

El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto. (Juan 15:5)

Teníamos un melocotonero en el traspatio, y un año tuvo muchísimos melocotones. ¡Tuvimos suficientes como para alimentar a todo el vecindario! Otro año, no pudimos encontrar ni un melocotoncito. Algunos cristianos pueden ser así, mostrando poca evidencia de ser de Dios; pero Dios quiere que crezcamos y produzcamos mucho fruto para su gloria.

El fruto que usted lleva es la manifestación de su carácter, y la única forma de que las personas sepan que usted es un hijo de Dios. Él quiere presentarse al mundo por medio de lo que produce en usted, de modo que su carácter está en juego en el fruto de usted. Él quiere que usted produzca mucho más de lo que puede producir el mundo o la carne.

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El tipo de frío que mata

FEBRERO, 19

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El tipo de frío que mata

Devocional por John Piper

Envía sus órdenes a la tierra; su palabra corre velozmente. (Salmos 147:15)

Esta noche hará cuarenta grados más en el congelador de nuestra cocina que afuera, acá en Minneapolis. La temperatura más alta mañana será de cinco grados bajo cero (Fahrenheit). Recibimos esto de la mano de Dios.

Envía sus órdenes a la tierra;
su palabra corre velozmente.
Manda la nieve como lana;
esparce la escarcha cual ceniza.
Arroja su hielo como migas de pan;
¿Quién puede resistir ante su frío?
Envía su palabra y los derrite;
hace soplar su viento y el agua corre

(Salmos 147:15-18).

Este es el tipo de frío con el que no jugamos. Nos mata.

Cuando vine de Carolina del Sur a Minnesota, me vestí de manera apropiada. Sin embargo, no había preparado suministros ni un equipo de socorro en mi auto en caso de que se averiara.

Un domingo en la noche, en el regreso de la iglesia a la casa, en medio de un frío de este tipo, mi auto murió. Esto ocurrió antes de que existieran los teléfonos celulares, y yo tenía a dos niños pequeños en el auto.

No había nadie en ese camino, y de repente me di cuenta de que esto era peligroso.

Pronto fue muy peligroso. No venía nadie.

Vi a la distancia, a través de una cerca, una casa. Yo soy el papá, y este es mi trabajo. Trepé la cerca, corrí a la casa y toqué la puerta. Había gente. Les expliqué que tenía a mi esposa y a dos niños pequeños en el auto y les pregunté si nos dejarían entrar. Así lo hicieron.

Este es el tipo de frío con el que uno no juega.

Esta es una manera más en que Dios dice: «sea caliente o frío, alto o profundo, afilado o desafilado, ruidoso o silencioso, brillante u oscuro… no se juega conmigo. Yo soy Dios. Yo hago todas estas cosas. Ellas hablan de mí, así como la brisa tibia de verano lo hace, y la lluvia ligera, y la suave luz nocturna de la luna, y el sonido del agua a orillas del lago, y los lirios del campo y los pájaros en el aire».

Hay una palabra para nosotros en medio de este frío. Que el Señor nos dé piel para sentir y oídos para oír.

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Estoy a la puerta y llamo

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Estoy a la puerta y llamo

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Samuel Perez Millos

 

 

Apocalipsis 3:14-22Reina-Valera 1960 (RVR1960)

El mensaje a Laodicea

14 Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto:

15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !!Ojalá fueses frío o caliente!

16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la verg:uenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.

19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.

20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

21 Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.

22 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

https://unidavigo.es/

El problema con la oración

19 Febrero 2017

Para muchos parece haber un problema con la oración. “Es una conversación con uno mismo.” “Parece que no sirve.” “Dios se demora demasiado para contestar.” “Dios hace lo que quiere, de todas maneras.”

Agobiados bajo el teje y maneje de la vida, es fácil pensar que hay un problema serio con la oración: Dios. Cuando Dios no responde conforme a nuestra voluntad, nos sentimos frustrados. Podemos pensar que nuestras oraciones simplemente andan flotando por la galaxia, demasiado insignificantes como para captar la atención del Creador. En medio de esta desilusión, a menudo somos muy lentos para aceptar que el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

El Problema de Una Comprensión Errada de la Oración

Solía pensar que la vida sería mucho más fácil si Dios respondiera a unas pocas oraciones estratégicas más; apenas un par de peticiones clave para recordarnos que Él está oyendo. Estaba convencido de que una sanidad profunda aquí y allá añadiría emoción a la vida de la iglesia.

Entonces Dios sanó a Karen.

Una clase de escuela dominical se reunió para orar de manera desesperada la noche antes de la operación que removería un tumor del cerebro de Karen. La cirugía probablemente la dejaría sin poder hablar por mucho tiempo. Dirigiendo la oración, le pedí a Dios que consuele a su esposo, hija, y familia en ese momento de crisis, que ayudara a los cirujanos, que acelerara su recuperación, y, si esa era su voluntad, que la sanara milagrosamente.

Por supuesto, esa última parte era solamente fanfarronada. Aunque yo creía que Dios podía sanar a Karen, estaba seguro de que Él usaría medios menos gloriosos. Al conducir a casa, incluso le dije a mi esposa: “Karen probablemente nunca volverá a ser la misma.”

A la mañana siguiente, el tumor había desaparecido.

Yo di por sentado que la respuesta de Karen sería probablemente tan profunda como la respuesta de Dios a la oración. Después de todo, cuando una persona experimenta la intervención asombrosa del Dios Todopoderoso, deberíamos esperar un avivamiento explosivo, ¿verdad?

Antes de que pasara un año, Karen dejó la iglesia y se divorció de su esposo.

Siempre había pensado que la oración fortalecería la fe y atizaría el agradecimiento. Desilusionado por la respuesta de Karen, me vino a la mente que incluso los israelitas rezongaron y se revelaron en medio de las respuestas poderosas a sus peticiones (Números 11 — 14).

Como ve, el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

El Problema del Abuso de la Oración

A poco de haberme convertido a Cristo, erróneamente seguí el llamado “evangelio de la prosperidad,” aquella teología de “menciónalo y reclámalo” que abrumaba los programas cristianos de televisión y las librerías; y continúa abrumándonos hoy. “No hagas confesiones negativas,” se me dijo. “Si estás enfermo, ¡confiesa que has sido sanado!”

En cierta ocasión le mencioné a una mujer que se consideraba “profetisa” que me estaba quedando calvo. Al instante ella me puso la mano sobre la cabeza y gritó: “No, no es así; ¡en el nombre de Jesús!” Aquella “profetisa” trataba a la oración como si fuera una tarjeta de crédito que podía mostrar en cualquier tiempo para compras importantes.

Tal vez nosotros no vayamos a los extremos de aquella mujer, pero todos podemos caer en la trampa de abusar de la oración. Aun cuando a lo mejor insertemos un “hágase tu voluntad” entre dientes, muy adentro pensamos: “¡No! ¡Hágase mi voluntad!” Sí, Cristo dijo: “Pidan, y Dios les dará” (Mateo 7:7, VP), pero su hermano Jacobo nos recuerda: “cuando le piden a Dios no reciben nada porque la razón por la que piden es mala” (Santiago 4:3, PDT).

De nuevo, el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

Corrigiendo el Problema con la Oración

Después de una docena de años en la universidad, seminario, y estudios de doctorado, había esperado finalmente tener un buen dominio de la oración. No es así. En verdad, mientras más oro, menos entiendo sus profundos misterios. He llegado a varias conclusiones que pueden ayudarnos a corregir lo que percibimos como problemas con la oración.

En primer lugar, necesitamos entender que el propósito de la oración no es que Dios nos complazca, sino que Dios nos cambie. Si un padre cede constantemente a los caprichos de su hijo pequeño, lo consideraremos como un mal padre. ¿Por qué, entonces, algunos piensan que Dios es un Dios obstinado cuando no nos da todo lo que queremos? Necesitamos confiar que Dios es sabio y poderoso lo suficiente para contestar de manera correcta, y justo a tiempo. Primera de Juan 5:14 dice: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.” Es decir, Dios no salta ante toda confesión de labios para afuera. La oración que se eleva con verdadera fe se somete a su voluntad, nuestra santificación (1 Tesalonicenses 4:3). La voluntad de Dios es cambiarnos, no complacernos.

Segundo, necesitamos aceptar que el poder de la oración se percibe incluso en la respuesta más pequeña. Estoy convencido de que los seres humanos no captan completamente lo poco que merecemos el amor y la gracia de Dios. Hay que considerar que lo que pensamos como “migajas” de oración contestada en realidad pueden ser festines abundantes cuando nos damos cuenta de que Dios no nos debe nada (Génesis 32:9-10; Lucas 7:6-9). Cuando ajustamos nuestra actitud en cuanto a nuestra propia indignidad para recibir el favor de Dios, jamás consideraremos la respuestas “pequeñas” a la oración como insignificantes.

Finalmente, necesitamos reconocer que el proceso de la oración no es tan importante como la actitud de la oración. Cuando Dios en su soberanía escogió sanar a Karen, lo hizo aunque ninguno de nosotros lo esperaba. Nuestra débil oración fue un acto sencillo de fe: entregar al cuidado de Dios nuestras preocupaciones (Filipenses 4:6; 1 Pedro 5:6-7). Los creyentes pueden atascarse en un método, preocupados de no haber dicho las palabras precisas, o elevado la oración con suficiente fervor o suficiente frecuencia, o no haber creído lo suficiente. Eso es palabrería, no oración (Mateo 6:5-8). Si usted se preocupa por no decir las palabras precisas en la oración, o las cosas debidas, aprenda de memoria Romanos 8:26: ¡el Espíritu de Dios ayudó incluso a Pablo a orar!

Por supuesto, esos recordatorios son fáciles de leer, pero no son fáciles de poner en práctica. En nuestras mentes humanas finitas, siempre percibiremos “problemas” con la oración. ¿Está usted batallando en su vida de oración, sin ver resultados, preguntándose si Dios le está oyendo? Tal vez sea tiempo de un cambio de actitud. Tal vez sea tiempo de finalmente aceptar que el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

Tomado de Michael J. Svigel, “The Problem with Prayer,” Insights (octubre 2005): 1–2. Copyright © 2005 por Insight for Living. Reservados todos los derechos mundialmente.

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“Por tanto no hay ningún héroe excepto Dios mismo, y nadie excepto Dios debe recibir la gloria.”

“Por tanto no hay ningún héroe excepto Dios mismo, y nadie excepto Dios debe recibir la gloria.”

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19 FEBRERO

Éxodo 2 | Lucas 5 | Job 19 | 1 Corintios 6

En los sucesos más cruciales de la historia de la redención, Dios se toma muchas molestias para que nadie pueda legítimamente llegar a la conclusión de que estos acontecimientos han tenido lugar a causa de la resolución o de la ingenuidad humanas. Han sido llevados a cabo por Dios mismo – según su calendario, conforme a sus propósitos, por sus medios, para su gloria–, pero siempre a través de una interacción continua con su pueblo. Todo esto brota de Éxodo 2:11–25.

No se nos explica cómo su madre logró inducir en él un profundo sentido de identidad con su propio pueblo antes de ser educado en la casa real. Posiblemente, hubo un contacto continuado con su madre biológica; tal vez, como joven, quiso conocer su pasado e investigó rigurosamente el estatus y la opresión de su propio pueblo. Conocemos a Moisés cuando ya se ha identificado con los israelitas esclavizados hasta tal punto que está dispuesto a asesinar a un brutal egipcio. Al descubrir que el asesinato ha llegado a ser de dominio público, debe huir del país para salvar la vida.

No obstante, uno no puede por menos que reflexionar acerca del lugar que ocupa este incidente en el guión que culmina en el liderazgo del Éxodo, por parte de Moisés, varias décadas más tarde. Por la intervención judicial de Dios mismo, muchos egipcios tendrían que morir. Por tanto, ¿por qué Dios no utiliza a Moisés ahora, mientras aún es joven, lleno de fervor y celo para servir y emancipar a su pueblo?

Simplemente, porque no es así como Dios obra. Dios quiere que Moisés aprenda a ser manso y humilde, a confiar en la intervención poderosa y espectacular de Dios, a esperar que Dios intervenga, a esperar el tiempo de Dios. Actúa de tal manera, que no nos es posible sacar la conclusión que el verdadero héroe sea Moisés, el gran visionario. Al cumplir los ochenta años, ya no quiere servir así; ya no es un ningún visionario fogoso y idealista. Es un anciano a quien Dios tiene que apremiar (Éxodo 3) e incluso amenazar (Éxodo 4:14) para que obedezca. Por tanto no hay ningún héroe excepto Dios mismo, y nadie excepto Dios debe recibir la gloria.

El capítulo acaba recordándonos cómo los israelitas “seguían lamentando su condición de esclavos y clamaban pidiendo ayuda. Sus gritos desesperados llegaron a oídos de Dios, quien al oír sus quejas se acordó del pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob.” (2:23–24). Esto no quiere decir que Dios se haya olvidado de su pacto. Ya hemos visto que Dios dijo explícitamente a Jacob que descendiese a Egipto y había predicho que él mismo llevaría un día al cumplimiento los propósitos pactados. El mismo Dios que soberanamente arregla estas circunstancias y solemnemente predice lo que hará, elige llevar estas promesas a su cumplimiento relacionándose con el pueblo del pacto en su desesperación y respondiendo a sus clamores.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 50). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Queréis acaso iros también vosotros?

¿Queréis acaso iros también vosotros?

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Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. – Juan 6:67-69

Algunas preguntas de la Biblia

A veces los milagros y las enseñanzas de Jesús despertaron entusiasmo, y multitudes acudieron a escucharlo. Pero el entusiasmo no es fe, y cuando Jesús mostró lo que implica la fe, muchos se alejaron. Jesús sintió tristeza al ver esas deserciones, pero sabía que la hora de la verdad debía llegar para cada persona, e hizo esta pregunta a los discípulos más cercanos a él: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”.

A la hora de tomar decisiones, o en medio del sufrimiento y el desánimo, nosotros que hemos escuchado las enseñanzas de Jesús, ¿daremos marcha atrás? ¿Formaremos parte de los que desertan? Las buenas costumbres no bastarán para retenernos, ni siquiera el afecto de nuestros amigos creyentes… ¡solo la fe determinará nuestra decisión!

Pedro, espontáneo y en un impulso de afecto y sinceridad, respondió: “Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Su respuesta hace resaltar los dos puntos de apoyo de su fe:

– Primero las palabras del Señor, mediante las cuales encontró la vida eterna, es decir, una vida que lo puso para siempre en relación con Dios mismo; desde entonces las palabras de Jesús alimentaron su vida.

– Luego Pedro fue hasta el corazón de su fe: creyó, y por lo tanto supo que Jesús es mucho más que un hombre. Es aquel a quien Dios designó, único entre los hombres. Es el Mesías, “el Hijo de Dios”, el Salvador del mundo.

2 Samuel 12 – Hechos 4 – Salmo 24:7-10 – Proverbios 10:5-6

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