¿Es correcto que una esposa trabaje fuera de su hogar?

¿Es correcto que una esposa trabaje fuera de su hogar?

¿Cuáles deben ser sus prioridades?

JMA
John MacArthur

Esta pregunta no se puede contestar con un simple sí o no. Solo se puede dar un claro entendimiento de las prioridades de Dios para la mujer. Una prioridad fundamental para cada mujer cristiana es de vivir sensiblemente. A su nivel más básico, una mujer sensible es una quien entiende las prioridades de Dios para su vida y vive una vida auto-controlada y ordenada consistente con esas prioridades.

¿Cuáles son las prioridades de Dios para la mujer? Siete prioridades de una esposa piadosa se encuentran en Tito 2:3-5 donde Pablo exhorta a las mujeres mayores a enseñar “a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”.

El fallar a vivir de acuerdo con estas siete prioridades, causará que la Palabra de Dios no sea honrada. Por otro lado, la esposa quien ordena su vida de acuerdo a estas prioridades honrará la Palabra de Dios.

Siete prioridades de una esposa piadosa 

Primeramente, las esposas deben amar a sus esposos. Este mandamiento es simple e indiscutible. No hay condiciones o excepciones. No es solamente una virtud que amen a sus esposos, pero pecan si no los aman. Pablo no se está refiriendo al amor romántico o sexual, aunque eso tiene un lugar muy importante y apropiado en el matrimonio. Él está hablando de un amor comprometido que las esposas piadosas escogen tener para con sus esposos, así como esposos piadosos escogen tener para con sus esposas (Efesios 5:25, 28). El término se refiere a un amor dispuesto y determinado que no se basa en el mérito del esposo, y en cambio se basa en el mandamiento de Dios y eso se extiende con el corazón cariñoso y obediente de una esposa. Aun los esposos no aptos para el amor, insensibles, infieles y egoístas deben ser amados. Esta clase de amor entre esposos y esposas incluye devoción incondicional, y es una amistad que es fuerte y profunda. Y cuando una esposa verdaderamente no ama a su esposo, ella debe en obediencia al Señor entrenarse a amarlo.

Segundo, esposas deben amar a sus hijos. Sean los niños suyos, o adoptados ellos deben ser amados con un amor que, como el amor entre cónyuges, debe ser desinteresado y sacrificial. Así como el amor para con sus esposos, el amor para con sus hijos no es una opción. No es basado en la personalidad, inteligencia, atractivo o mérito, sino en su necesidad. La responsabilidad más importante del amor para los padres creyentes, es de dirigir a sus hijos al conocimiento salvador de Jesucristo. Pero la amonestación de Pablo es inclusiva. Madres deben amar a sus hijos en toda forma – práctica, física, social, moral y espiritual – con un amor que no tiene condiciones ni límites. Esta clase de amor, para ser completamente expresada, es extremadamente exigente conforme la madre busca cumplir su obligación a crear a hijos piadosos (vea 1 Timoteo 2:15).

Tercero, las esposas deben ser sensibles. Esta es la misma calidad que debe caracterizar a los ancianos (1:8), a todo hombre mayor (2:2), y, de hecho, a cada creyente (2:12). Cordura y buen juicio deben mejorar con la edad, pero deben ser evidentes aun en la edad adulta.

Cuarto, esposas deben ser puras. Esto se refiere primordialmente a la pureza moral, y, especialmente en este contexto, en la pureza sexual y la fidelidad matrimonial. Como otras mujeres, de hecho como cada mujer cristiana, esposas jóvenes se deben vestir “de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos; sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (1 Ti. 2:9-10). “Modestia” se refiere a un sentido sano de la vergüenza al decir cualquier cosa, al hacer cualquier cosa, o vestirse en cualquier manera que causará a los hombres a caer en lujuria. “Pudor” se refiere a un control moral, de mantener las pasiones, especialmente pasiones sexuales, sujetos. Primera Pedro 3:3-6 da instrucción similar a las mujeres.

Quinto, las esposas deben trabajar en casa. Una de las cosas más difíciles para muchas esposas contemporáneas es de estar satisfechas siendo amas de casa. Parte de esta razón es que los aparatos modernos y otras conveniencias han simplificado y reducido de gran manera el trabajo de casa, y el tiempo que no se usa para algo constructivo inevitablemente produce aburrimiento, insatisfacción, y muchas veces aumenta las tentaciones.

Mujeres que no tienen hijos o quienes tienen hijos mayores tienen menos obligaciones en la casa y mucho más tiempo disponible. El punto no es tanto que el lugar de la mujer es en el hogar pero que su responsabilidad es para su hogar. Ella puede tener un trabajo razonable fuera del hogar o escoger trabajar en la iglesia, o ministrar en una organización cristiana, hospital, escuela, o en muchas otras formas. Pero el hogar es el centro especial de la esposa y siempre debe ser su prioridad más alta. Allí es donde ella podrá ofrecer más ánimo y apoyo a su esposo, y es el mejor lugar para extender la hospitalidad a sus amigos cristianos, vecinos incrédulos, y para misioneros visitantes u otros trabajadores cristianos.

Referente a ser trabajadoras en el hogar, las esposas jóvenes cristianas hoy en día deben tener cuidado especial y ser sensibles, tal como son amonestadas en el versículo anterior. En consulta con sus esposos, ellas deben usar buen juicio en decidir como usar su tiempo justificadamente y sabiamente en actividades fuera del hogar, sea en un trabajo que pague o en cualquier otra forma de servicio. Cuando ellas tienen un deseo genuino de obedecer y honrar al Señor en todas las cosas y de concientemente buscar dirección de Su Palabra y en la oración, ellas pueden estar seguras que Él proveerá la sabiduría y resolución necesaria.

Sexto, esposas deben ser bondadosas, del cual el significado es obvio. Deben ser gentiles, consideradas, amables, agradables, y simpáticas, aun con aquellos que no lo merecen y que son crueles con ellas. El ser bondadosas, es de ser piadosas, “porque [Dios]”, dijo Jesús, “es benigno para con los ingratos y malos” (Lucas 6:35). Pablo amonesta a los creyentes a ser “benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Ef. 4:32).

Séptimo y finalmente, esposas deben ser sujetas a sus propios esposos. Como todas las esposas cristianas, deben ser “sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Ef. 5:22-24; c. 1 Ti. 2:11-14).

No hay nada en la Escritura que específicamente prohíbe a la mujer trabajar fuera del hogar tanto que esté cumpliendo sus prioridades en su hogar (Proverbios 31).

Aunque una mujer trabaja fuera de su hogar o no, su llamado primordial es operar su hogar. Ese es el lugar más importante para una esposa. El mundo está llamando a la mujer moderna fuera de su casa, pero no el Señor. Su Palabra modela el papel de la mujer como una que se preocupa con sus tareas domesticas. Es un llamado alto, mucho más crucial al futuro de sus hijos que cualquier cosa que haga en un trabajo de afuera.

La decisión final será personal, la cual cada mujer debe tomar en sumisión a la autoridad de su esposo. Obviamente, una mujer soltera, es libre para trabajar y buscar empleo fuera del hogar. Una mujer casada sin hijos es probablemente un poco más restringida en la cantidad de tiempo y energía que puede dedicar a un trabajo fuera del hogar. Una mujer quien es madre obviamente tiene la responsabilidad primaria en el hogar, no será libre para buscar empleo al detrimento del hogar. De hecho, desde una perspectiva del padre, es difícil imaginar cómo una madre puede posiblemente hacer todo lo que se debe hacer en el hogar con la crianza de los hijos, la hospitalidad, el cuidado de los necesitados, y el trabajo para el Señor (c. 1 Timoteo 5:3-14) y también trabajar en otro lugar. Es más, cualquier esposa que cumple las prioridades en su vida y en su hogar será una señora muy ocupada. Sin embargo, sus hijos y su esposo se levantarán y la llamarán bienaventurada, y una mujer quien teme al Señor será alabada (Proverbios 31:28, 30). 

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Final y totalmente justificados

FEBRERO, 28

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Final y totalmente justificados

Devocional por John Piper

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. (Romanos 8:33)

Pablo podría haber dicho: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios?» y luego responder: «¡Nadie! Estamos justificados». Eso es cierto, pero no es eso lo que dijo. Su respuesta, en cambio, fue: «Dios es el que justifica».

El énfasis no está en el acto sino en el Actor.

¿Por qué? Porque en el mundo de las cortes y leyes —de donde este lenguaje proviene— la absolución dada por nuestro juez puede ser anulada por uno superior.

¿Y qué pasaría en caso de que un juez local nos absolviera siendo nosotros culpables, si tenemos en cuenta que un gobernador tiene el derecho de presentar un cargo en nuestra contra? ¿Y qué pasaría si un gobernador nos absolviera siendo nosotros culpables, si tenemos en cuenta que el emperador puede presentar un cargo en nuestra contra?

El punto es el siguiente: por encima de Dios, no existe una corte superior. Si Dios es el que nos absuelve —nos declara justos ante sus ojos— nadie puede buscar a otra corte a la que apelar en contra nuestra. La sentencia de Dios es final y total.

Escuchen esto, todos aquellos que creen en Jesús, y están unidos a Cristo, y se muestran entre los elegidos: Dios es el que los justifica. No lo hace un juez humano, ni un gran profeta, ni un arcángel del cielo. Lo hace Dios, el Creador del mundo y el Dueño de todas las cosas y el Soberano del universo y de cada molécula y persona que hay en él. Dios es el que los justifica.

El punto es este: tenemos una seguridad inamovible frente a un sufrimiento terrible. Si Dios es por nosotros, nadie podrá lograr nada en nuestra contra. Si Dios dio a su Hijo por nosotros, él nos dará todo lo que sea bueno para nosotros. Si Dios es el que nos justifica, ningún cargo en nuestra contra prevalecerá.

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

“Les debemos algo”

“Les debemos algo

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28 FEBRERO

Éxodo 11:1–12:20 | Lucas 14 | Job 29 | 1 Corintios 15

Las plagas devastadoras han seguido su curso predeterminado. Una y otra vez, el faraón endurece su corazón; no obstante, por muy culpable que sea este hombre, Dios está moviendo soberanamente los hilos, advirtiendo al faraón de hecho; implícitamente invitándole a que se arrepienta. Por ejemplo, mediante Moisés Dios ya había dicho al faraón: “Pero te he dejado con vida precisamente para mostrarte mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra. Tú, sin embargo, sigues enfrentándote a mi pueblo y no quieres dejarlo ir.” (9:16–17). Pero ahora la paciencia del faraón finalmente se viene abajo. Advierte a Moisés de que no vuelva a aparecer ante él: “El día que vuelvas a verme, puedes darte por muerto” (10:28).

Está preparado el escenario para la última plaga, la más grande y más terrible de todas. Tras las nueve catástrofes anteriores, sería de esperar que la descripción ofrecida por Moisés de lo que sucedería (Éxodo 11) haría que el faraón se lo pensara antes de decir que no otra vez. Pero se niega a escuchar (11:9); y todo esto ocurre para que, como Dios mismo dice, “las maravillas del Señor se multiplicaran en Egipto” (11:9).

En Éxodo 11–12, encontramos otra descripción, casi circunstancial, de la provisión soberana por parte de Dios. Éxodo 11 nos informa, casi parentéticamente, que “el Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas” (11:3). Luego se relata, en Éxodo 12, cómo los egipcios apremian a los israelitas a que abandonen el país (12:33). No es difícil entender las razones: ¿cuántas más plagas de este tipo serían capaces de soportar? Al mismo tiempo, los israelitas pidieron ropa, plata y oro. “El Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas, así que les dieron todo lo que les pedían. De este modo los israelitas despojaron por completo a los egipcios” (12:36).

Desde el punto de vista psicológico, y mirándola retrospectivamente, esta reacción parece lógica. Además del miedo que provocaron los israelitas entre los egipcios, tal vez también había sentimientos de culpa. ¿Quién sabe? “Les debemos algo.” También desde el punto de vista psicológico, uno podría, por supuesto, imaginarse un escenario completamente diferente: en un ataque de rabia, los egipcios podrían haber masacrado a la gente cuyo líder, Moisés, y cuyo Dios les ha traído tanta devastación y tanta muerte.

En realidad, sin embargo, este desenlace se produce, por la mano poderosa de Dios: el Señor mismo inclinó los afectos del pueblo egipcio hacia ellos.

A menudo, este hecho se les escapa a los sociólogos y a quienes tratan la cultura en su conjunto como si fuese un sistema. Se olvidan de que Dios puede intervenir y dirigir los corazones y las mentes de las personas. La posibilidad de un reavivamiento masivo capaz de transformar los sistemas de valores de Occidente ya no es tomado en serio por los que sólo piensan en términos de sistemas cerrados. Pero, si Dios interviene y hace que los corazones de la gente estén dispuestos a recibir la predicación del evangelio…

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 59). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Humíllese ahora

28 Febrero 2017

Humíllese ahora
por Charles R. Swindoll

Job 42:1-11

Fíjese bien en las palabras de Job. Él no responde diciendo: “Eso es discutible”, sino que, por el contrario dice: “Me retracto y me arrepiento”. No hay ninguna presión divina. No hay una amenaza de parte de Dios. “¡Job, si no te pones de rodillas y me pides misericordia, te voy a destruir!”

No, sino que con sumisión blanda y resignada Job deja su caso en manos de Dios. “Tú me instruyes, y como resultado de tu instrucción me someteré gozosamente y aceptaré tu voluntad”. ¿Sabe lo que me encanta de esta actitud de Job? No habla para nada de “mis derechos”. No hay ningún indicio de prerrogativa personal. No hay ninguna expectativa o exigencia. No hay siquiera la petición de que Dios lo comprenda o lo defienda delante de sus conflictivos amigos. Asimismo, no hay un espíritu de autocompasión o de irritabilidad o depresión. Job está completamente tranquilo. Su ser íntimo está, por fin, en paz.

Usted podría decir: “Bueno, si Dios me hubiera bendecido a mí como bendijo a Job, yo también diría lo mismo”. Pero, espere un momento. Él todavía no ha recibido alivio ni una recompensa. El hombre sigue cubierto de llagas. Todavía no tiene una familia. Sigue sin un techo. Continúa en la ruina. Sin que nada externo haya cambiado, Job dice tranquilamente: “Señor, soy tuyo”.

Concéntrese en el momento. Humíllese en el momento, no después de que Dios lo exalte, sino ahora mismo. No espere. Retroceda, deje de discutir y descanse en Él. Es admirable la manera como el Señor tranquilizará su espíritu y le transportará a una esfera de contentamiento que usted nunca había conocido antes, a pesar de que la mayoría de las respuestas están faltando. Los filósofos de este mundo exigen respuestas. El creyente que aprende ahora a confiar por medio de esta clase de catastrófica experiencia, cueste lo que cueste, no exige nada. Y las angustias desaparecen lentamente, una tras otra.

“Humillaos delante del Señor, y Él os exaltará” (Santiago 4:10).

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 los por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¿A mí no me hablas?

¿A mí no me hablas?

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(Pilato dijo a Jesús): ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba.

Juan 19:10-11

Algunas preguntas de la Biblia

Esta fue la pregunta hecha por un juez a un acusado que comparecía ante su tribunal. El juez era Pilato, el gobernador romano de Jerusalén que tenía autoridad para decidir si el acusado debía vivir o morir. El acusado era Jesús, detenido como malhechor. A Pilato le sorprendió que Jesús no respondiese a todas sus preguntas y que no hablase para defenderse, e insistió: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte?”. Entonces Jesús le respondió que no tendría ningún poder si Dios no se lo hubiese dado.

La actitud de Jesús nos muestra en qué casos hay que callar o responder cuando alguien nos interroga. Jesús no habló para defenderse, sino más bien para llevar a su juez a reconocer la verdad. Cumplió la profecía que dice: “Como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció” (Isaías 53:7), y al mismo tiempo “dio testimonio de la buena profesión” (1 Timoteo 6:13).

Fácilmente nos inquietamos cuando somos interrogados sobre nuestra fe. Jesús lo sabe muy bien, por eso nos dice: “No os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo” (Marcos 13:11). Hablemos de nuestra fe en el momento adecuado y experimentaremos la ayuda del Señor en las situaciones difíciles.

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).

2 Samuel 20 – Hechos 9:23-43 – Salmo 27:9-14 – Proverbios 10:22-23

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