Obediencia amorosa

Obediencia amorosa

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2/22/2017

El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama. (Juan 14:21)

 Si pudiera simplificar la vida cristiana a una sola cosa, sería la obediencia. No quiero decir simplemente obediencia externa, sino un espíritu de obediencia. No es como la niñita que siguió de pie después que su padre le había dicho muchas veces que se sentara. Por último su padre le dijo: “Siéntate, o voy a darte una paliza”. Ella se sentó pero miró hacia arriba y dijo: “Estoy sentada, ¡pero en mi corazón estoy de pie!” Eso es obediencia externa y desobediencia en el corazón. Un cristiano debe estar dispuesto a obedecer.

Una evidencia de madurez espiritual es amar a Dios tanto como para obedecerlo aun cuando es difícil. Dios es glorificado cuando de buena gana lo obedecemos cueste lo que cueste. Cada vez que obedecemos, crecemos espiritualmente, y cada vez que desobedecemos, retardamos nuestro crecimiento.

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Gozar de su plenitud

FEBRERO, 22

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Gozar de su plenitud

Devocional por John Piper

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia. (Juan 1:16)

Justo antes del culto del domingo pasado, la pequeña banda de santos que oran estaba orando con fervor por la fe de nuestra gente, por las iglesias del área de las ciudades gemelas y por las naciones. En un momento, un hombre oró las palabras de Juan 1:14-16:

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia.

Fue uno de esos momentos de epifanía para mí. Dios permitió que en ese momento la palabra «plenitud» —de su plenitud— llevara una plenitud cuyo efecto fuera extraordinario en mí. Sentí una medida de lo que la palabra realmente conlleva: la plenitud de Cristo.

Sentí un poco de lo maravilloso que es que de su plenitud ciertamente haya recibido gracia sobre gracia; y en ese momento estaba recibiendo gracia sobre gracia. Sentí, en ese mismo momento, que nada habría sido más dulce que simplemente sentarme a sus pies —o leer la Biblia— toda la tarde, y sentir su plenitud desbordarse.

¿Por qué es que esta plenitud tiene tal impacto en mí, y por qué hasta este momento sigue constantemente teniendo un impacto en mí? En parte, porque…

…Aquel de quien cuya plenitud estoy siendo saturado por la gracia es el Verbo que estaba con Dios y que era Dios (Juan 1:1-2), de manera que su plenitud es la plenitud de Dios: una plenitud divina, una plenitud infinita;*

… este Verbo se hizo carne y fue uno de nosotros y nos perseguía con su plenitud: es una plenitud accesible;*

…cuando este Verbo apareció en forma humana, su gloria fue vista: su plenitud es gloriosa;*

… este Verbo era «el unigénito del Padre», de esa manera la plenitud divina estaba siendo mediada para nosotros no solamente de parte de Dios sino a través de Dios: Dios no envió a un ángel sino a su Hijo único para impartir su plenitud;*

… la plenitud del Hijo es una plenitud de gracia: no me ahogaré en esta plenitud sino que seré bendito por esta plenitud en todo sentido;*

… esta plenitud no es solo una plenitud de gracia sino también de verdad: no estoy siendo lleno de gracia con halagos que hacen caso omiso de la verdad; esta gracia tiene sus raíces en la realidad de una roca sólida.*

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Seguirle en obediencia

22 Febrero 2017

Seguirle en obediencia
por Charles R. Swindoll

Job 40:1-5

La respuesta de Job me lleva a pensar en lo que la pregunta dice a nuestro mundo del siglo XXI. ¡Qué mensajes tan necesarios para nuestros tiempos!

El primero: Si los caminos de Dios son más altos que los míos, entonces me inclino delante de Él en sumisión. El resultado de esa actitud es una humildad verdadera. La sumisión a la voluntad del Padre celestial es la característica de la verdadera humildad. Y todos nosotros pudiéramos utilizar una gran dosis de ella. Es muy raro hallar un espíritu humilde en nuestro tiempo, especialmente entre las personas competentes, las muy inteligentes y las triunfadoras.

Aquí está el segundo: Si Dios tiene todo el control, entonces no importa dónde Él dirija mis pasos, le sigo en obediencia. ¡Qué alivio tan grande produce esto! Por último, puedo relajarme, ya que el control no me pertenece a mí.

Hace no mucho tiempo estaba hablando en una conferencia para pastores en el Instituto Moody, de la ciudad de Chicago en los Estados Unidos de América. El recuerdo que más conservo en mi mente de esa conferencia es el inmenso letrero que colgaba sobre la tarima, que podían leer todos cuando nos reuníamos. Decía, con letras bien grandes:

Relájense todos: Por esta vez no están al frente

La sala estaba llena de pastores, ¡mil quinientos en total! Cada uno solo tuvo la responsabilidad de venir a la conferencia, donde se nos recordó que debíamos relajarnos, ya que no estábamos al frente esta vez. Eso fue un estimulante alivio para todos los que asistimos.

Ese fue el aviso que Dios desplegó frente a Job. “Tú no estás al frente de nada, Job; esa es mi responsabilidad. Tú eres mi siervo, y yo tu Amo. Yo sé lo que estoy haciendo”. Puesto que Dios sabe lo que está haciendo, yo simplemente le seguiré, no importa donde Él dirija mis pasos. ¡Qué alivio tan estimulante produce eso!

¿Qué siente usted cuando permite que Dios esté al frente de su vida: alivio, frustración, pánico? ¿Qué pudiera usted hacer que le ayude a relajarse sabiendo que Él está al frente?

La sumisión a la voluntad de Dios es la característica de la verdadera humildad.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte”

Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte

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22 FEBRERO

Éxodo 5 | Lucas 8 | Job 22 | 1 Corintios 9

Según Lucas 8:19–21, la madre y los hermanos de Jesús habían venido a verle, pero no lo consiguieron debido a la gran multitud. Jesús fue avisado: “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte” – aparentemente bajo la impresión de que Jesús mismo abriría paso a través de la muchedumbre para llegar hasta ellos, o que usaría su autoridad para hacer que ellos pudiesen pasar. Al fin y al cabo, no era una cultura tan egoísta como la nuestra, y mucho más orientada hacia la familia tanto nuclear como también hacía la amplia.

Por esto resulta tan asombrosa la respuesta de Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (8:21). Hay que decir cuatro cosas en relación con esto.

En primer lugar, no se trata de ningún texto aislado. Una vez que Jesús comienza su ministerio público, no hay ninguna ocasión, hasta la cruz, en la que muestre la más mínima preferencia hacia los miembros de su propia familia, incluida su madre. En cada ocasión, o se aleja de ellos (como aquí y en 11:27–28), o se lo reprocha (Juan 2:1–11). No hay excepción alguna. Los que argumentan que María tenía alguna clase de acceso especial a los sentimientos de Jesús y a las bendiciones que sólo él podía pronunciar, no pueden usar este texto, de forma responsable, para avalar su punto de vista.

En segundo lugar, los motivos del comportamiento de Jesús no son difíciles de apreciar. Aparte de este pasaje, los evangelios continuamente hacen referencia a la singularidad de Jesús. En el contexto de Lucas, la conexión familiar queda ensombrecida por la concepción virginal de Jesús, lo cual está estrechamente ligado con su misión y con su identidad. A juzgar por el libro de Hechos, incluso la familia natural de Jesús tuvo que asumir, después de la resurrección, quién era este hijo y hermano suyo, y se hicieron miembros de la comunidad cristiana que le rendía culto.

En tercer lugar, esto no da a entender, ni mucho menos, que Jesús fuese insensible a los sentimientos de su familia. En uno de los momentos más emotivos del evangelio de Juan, encontramos a Jesús en la cruz, y, casi exánime ya, hace provisión para las necesidades materiales y emocionales de su madre desconsolada (Juan 19:26–27).

En cuarto lugar, es importante darnos cuenta de la fuerza de este pasaje: Jesús insiste en que los más cercanos a él, los que le “pertenecen”, los que tienen acceso inmediato a él, los que forman parte de su verdadera familia, ya no serán sus parientes biológicos, sino los que “oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (8:21). A diferencia de muchos gobernadores, Jesús no mostró ningún interés en establecer ninguna dinastía en la tierra. Llegó para la creación perenne de la familia de Dios – caracterizada por su respuesta obediente a la Palabra de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 53). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Mira, lee, y escucha! (2)

¡Mira, lee, y escucha! (2)

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(Dios) nos ha hablado por el Hijo. – Hebreos 1:2

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. – 2 Corintios 5:19

La Biblia es la Palabra de Dios, y ella es otra manera usada por Dios para darse a conocer. También nos muestra quiénes somos y el valor que nuestra vida tiene para Dios.

La Biblia no es un libro como los demás. Ella habla de un Dios que se comunica con su criatura. En varias porciones podemos leer: “Así dice el Señor”. Un Dios cuyo anhelo es escuchar y ayudar a los hombres, un Dios que pudo preservar su Palabra a pesar de todos los esfuerzos de quienes quisieron hacerla callar o desaparecer a lo largo de los siglos. Un Dios que guardó al pueblo hebreo como nación durante milenios, algo único. Un Dios que anunció muchos eventos que se cumplieron al pie de la letra. Por ejemplo, la Biblia contiene más de 300 profecías que anuncian la venida de Jesucristo a la tierra, y que efectivamente tuvo lugar.

El Dios de la Biblia también es el Dios Salvador. Los autores inspirados concuerdan, a pesar de su impresionante número (al menos 40) y las diferentes épocas en las que vivieron (unos 1.500 años): ¡el hombre necesita un mediador para poder reconciliarse con Dios! Este mediador es Jesucristo. Gracias a su sacrificio, Dios perdona a aquel que se arrepiente de sus actos desobedientes, de su rebelión, de sus errores. Todo el que reconoce que es pecador, puede volverse a Dios: sus pecados fueron borrados; Jesús los expió.

¡Nunca caímos demasiado bajo para ser salvos por Jesucristo! La Biblia nos presenta el Evangelio, las buenas nuevas, y ese Evangelio es un poder de vida para salvación de aquel que cree (Romanos 1:16). ¡Léala y créala!

2 Samuel 15 – Hechos 6 – Salmo 25:11-15 – Proverbios 10:11-12

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