Un distintivo del cristiano

Un distintivo del cristiano

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2/14/2017

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. (1 Juan 1:9)

El apóstol Juan escribió su primera epístola para definir la diferencia entre un cristiano y un incrédulo. Nuestro versículo de hoy indica que la confesión caracteriza al primero. El versículo siguiente dice: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso” (v. 10). Los hombres no regenerados niegan su pecado, pero los cristianos aceptan la responsabilidad por el pecado y lo confiesan.

La confesión de pecado no tiene lugar solamente en la salvación. Continúa, como la fe, durante toda la vida de un creyente. La disposición de confesar el pecado es parte del modelo de vida que caracteriza a todos los creyentes. Ese modelo también incluye el amor (1 Jn. 3:14), la separación del mundo (2:15), y la enseñanza por el Espíritu Santo (2:27). Desde luego que hay varios grados de confesión, a veces no hacemos una confesión tan completa como debiéramos, pero un verdadero creyente finalmente reconoce su pecado.

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Cristo es el medio y el fin

FEBRERO, 14

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Cristo es el medio y el fin

Devocional por John Piper

Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20)

¿Para qué creó Dios el universo y por qué lo está gobernando de la manera que lo hace? ¿Qué es lo que Dios está logrando? ¿Es Jesucristo un medio para este fin, o es el fin de este logro?

Jesucristo es la revelación suprema de Dios. Él es Dios en forma humana. Como tal, él es el fin, y no un medio.

La manifestación de la gloria de Dios es la razón de la existencia del universo. Es esto lo que Dios está logrando. Los cielos y la historia del mundo «declaran la gloria de Dios».

Sin embargo, Jesucristo fue enviado a hacer algo que debía hacerse. Él vino a remediar la caída del hombre. Vino a rescatar a los pecadores de la destrucción inevitable por su pecado. Los que sean rescatados verán y saborearán y reflejarán la gloria de Dios con gozo eterno.

Otros continuarán amontonando desdén hacia la gloria de Dios. Así que Jesucristo es el medio para lo que Dios quería lograr en la manifestación de su gloria para el regocijo de su pueblo.

Pero en ese logro en la cruz, al morir por los pecadores, Cristo revela de manera suprema el amor y la justicia del Padre. Esa fue la cumbre de la revelación de la gloria de Dios —la gloria de su gracia—.

Por lo tanto, en el preciso momento de su acto perfecto como medio para llevar a cabo el propósito de Dios, Jesús se convirtió en el fin de ese propósito. Al morir en el lugar de los pecadores y al resucitar por la vida de ellos, Cristo se convirtió en la revelación central y suprema de la gloria de Dios.

El Cristo crucificado es, por lo tanto, tanto el medio como el fin del propósito de Dios en el universo.

Sin su obra, el fin de revelar la plenitud de la gloria de Dios para el regocijo del pueblo de Dios no habría ocurrido.

Y en esa misma obra como medio, Cristo se convirtió en el fin —aquel que será por siempre el centro de nuestra adoración, mientras pasamos la eternidad viendo y saboreando más y más de lo que él reveló de Dios cuando se convirtió en maldición por nosotros—.

Jesús es el fin por el que el universo fue creado, y es el medio que hace posible que podamos gozar de ese fin.


Devocional tomado del articulo “A Good Friday Meditation: Christ and the Meaning of the Universe”

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Convicciones verdaderas

14 Febrero 2017

Convicciones verdaderas
por Charles R. Swindoll

Job 27:1-23

Considerar las bendiciones pasadas nos da razones para regocijarnos. A ustedes, que son padres y todavía están criando a hijos, permítanme aconsejarles que les enseñen a hacer esto, practicándolo a menudo. El momento de la cena es una gran oportunidad para recordarlo. Es un momento ideal para pensar en el día transcurrido y contar las bendiciones que recibimos.

Recontar presenta pruebas que nos obligan a tragarnos nuestro orgullo. Sugiero que recontemos las pruebas por las que estamos pasando en el presente, y les permitamos que nos pongan debidamente en nuestro sitio.

Reafirmar nuestro compromiso con la integridad nos fortalece con confianza y valentía. Esto es lo que más me encanta de Job: aunque está desanimado y decepcionado, no está derrotado.

Mi esposa y yo regresamos hace poco de un viaje trascendental a sitios que se hicieron famosos gracias a un pequeño grupo de hombres justos e intrépidos. Hoy los conocemos como los reformadores. Fueron los líderes de la Gran Reforma que recorrió a Europa Central en el siglo XVI.

Juan Huss, de Checoslovaquia; Martín Lutero y Felipe Melanchton, de Alemania; Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, de Suiza; y Juan Knox, de Escocia (para nombrar solo unos pocos), no fueron superiores en estatura ni en fuerzas. Tampoco fueron perfectos ni mucho menos, pero fueron hombres íntegros, con cualidades de carácter que los mantuvieron fieles. Esto también les permitió no sentirse intimidados frente a la oposición, que no sólo era de palabra, sino que también constituía una amenaza para sus vidas. Al igual que Lutero, cada uno de ellos estaba diciendo, en realidad: “Aquí estoy, no puedo proceder de otra manera”, al negarse a flaquear o retractarse. Como Job, fueron malinterpretados, difamados, falsamente acusados y abiertamente insultados por sus críticos. Representaban voces solitarias de la verdad al ser fieles a sus convicciones.

Durante nuestro recorrido, muchas veces me quedaba largo rato frente a una estatua de bronce o de pie en el púlpito donde uno de ellos predicó una vez, y me preguntaba si, quizás, se sintieron fortalecidos al mantenerse solos en la brecha siguiendo el ejemplo dejado por Job en la Biblia. Mucho antes de que ellos nacieran, él testificó: “Hasta que muera, no renunciaré a mi integridad. Me he aferrado a mi rectitud y no la cederé” (Job 27:5, 6).

También me preguntaba: “¿Habría tenido yo la valentía de hacer lo que ellos hicieron?” ¿La habría tenido usted?

Considerar las bendiciones pasadas nos da razones para regocijarnos.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¿Cómo llegaron a nuestras manos los Evangelios Canónicos?

¿Cómo llegaron a nuestras manos los Evangelios Canónicos?

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14 FEBRERO

Génesis 47 | Lucas 1:1–38 | Job 13 | 1 Corintios 1

A un cierto nivel, es suficiente descansar en la confianza de que Dios nos los ha provisto. Pero Dios suele obrar por medios identificables. En ningún momento recibimos la impresión de que los evangelios canónicos llegasen del cielo en placas de oro, ni que fuesen escritos por los discípulos por un proceso de dictado divino.

Lucas nos ofrece el mayor detalle de los cuatro en cuanto a la manera como aborda su tarea (Lucas 1:1–4). Nos dice que “muchos” ya han “intentado hacer un relato” de la vida y ministerio de Jesús, “tal y como nos las transmitieron los que desde el principio fueron testigos presenciales y servidores de la palabra” (1:1–2). De esto se desprenden dos cosas: (a) Lucas mismo no proclama ser testigo presencial de Jesús. Sí que afirma, sin embargo, estar en contacto con los “testigos presenciales” originales y con “los servidores de la palabra” transmitida. (b) Cuando Lucas escribe, sabe que ya hay muchos reportajes y relatos que circulan por ahí. No es de extrañar. Los judíos eran una raza de escritores. Cada niño aprendía a leer y a escribir. Sería inconcebible que nadie escribiese nada durante los primeros años después de la muerte, resurrección y exaltación de Jesús.

Luego Lucas dice que él mismo “habiendo investigado todo esto con esmero desde su origen”. Estas palabras sugieren que había leído las fuentes, hablado con todos los líderes que encontró y valorado con rigor sus informes. Podemos entrever algo de su método si leemos su segundo tomo, el libro de los Hechos. Allí, al seguir sus movimientos, descubrimos que se encontraba en cada uno de los principales centros cristianos, donde tuvo la oportunidad de hablar con todos los líderes cristianos, y leer cada uno de los primeros informes y archivos. No es necesario entonces hacer un salto demasiado grande para deducir que, si Lucas el médico (ver Colosenses 4:14) tiene más información acerca del singular embarazo de María (Lucas 1:26 ss), es porque la había visitado y había mantenido largas conversaciones con ella. Llegado el momento entonces, había escogido escribir “ordenadamente” (1:3).

Dos cosas se desprenden de esto. En primer lugar, por mucho que el Espíritu de Dios supervisó la composición de los evangelios, dicha supervisión divina no excluyó la necesidad de emprender una obra rigurosa de investigación y de trabajo muy diligente. En segundo lugar, este método de dar a luz una obra canónica está en completa sintonía con los temas que trata: Dios mismo trajo al hijo mesiánico de David, el Hijo de Dios, a este mundo (1:35), lo eterno invadiendo lo temporal, asegurando para siempre que se podría hablar de él de la misma manera que un testigo habla de lo que ha observado. La transmisión de la verdad cristiana descansa, necesariamente, en gran parte, no en experiencias místicas, sino en lo que se ha visto y oído.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 45). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Cómo lee usted?

¿Cómo lee usted?

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(Jesús) le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? – Lucas 10:26

No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron. – Hebreos 4:2

Un hombre que conocía perfectamente el Antiguo Testamento, sobre todo la Ley dada por Dios, preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna. Es una buena pregunta que nos concierne a todos. Sin embargo, el que formuló esta pregunta no era sincero, pues deseaba probar a Jesús. Entonces Jesús le hizo dos preguntas: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”.

El primer punto capital es saber qué contiene la Biblia. Algunos hablan de este libro sin haberlo leído realmente. ¿Formamos parte de los que lo leen? ¿Conocemos su mensaje? Leer libros que hablan de la Biblia no es suficiente; necesitamos un contacto directo con el texto. Podemos leerla solos o con otras personas.

La segunda pregunta va más lejos, es decir, tiene que ver con la manera en que leemos la Biblia. Jesús interpeló sobre este punto al que le hizo la pregunta. El Señor conocía sus intenciones y quiso alcanzar su conciencia. En efecto, para leer bien la Biblia hay que leerla con una mente recta, abierta y sincera.

Leámosla con seriedad y aplicación. Pero, sobre todo, leámosla en oración, con una actitud de verdadera escucha, con nuestros pensamientos volcados hacia Dios, aquel en quien esperamos y en quien creemos. ¡Dejémonos interpelar por lo que está escrito! ¡Tomémoslo en serio y creámoslo! Luego tendremos que poner en práctica lo que leímos y creímos. ¡Esto nos transformará! En efecto, la Biblia, la Palabra de Dios, “vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23).

2 Samuel 7 – Mateo 27:32-66 – Salmo 22:16-21 – Proverbios 9:7-9

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