Interesados en la gloria de Dios

Interesados en la gloria de Dios

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8 de febrero

No puedes soportar a los malos. – Apocalipsis 2:2

Debemos estar tan interesados en la gloria de Dios que suframos cuando no se le honra. Esa fue sin duda la actitud de David cuando dij “Porque me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí” (Sal. 69:9). David sufría profundamente cuando no se honraba a Dios.

Como padre, comprendo lo que David estaba diciendo. Si alguien hiere a uno de mis hijos, me hiere a mí. A menudo he llorado por alguien a quien amo y cuyo corazón estaba quebrantado. Cuando usted se identifique con Dios de esa manera, le interesará su honra mucho más de lo que le ocurre a usted.

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Ninguna sorpresa

8 Febrero 2017

Ninguna sorpresa
por Charles R. Swindoll

Job 26:1-14

El tacto que le faltó aquí a Job lo compensó con su absoluta honestidad. Pero, francamente, este no era el momento para tener tacto. Bildad ha sido tremendamente duro. Es de dudar que le hubiera puesto atención a Job si este hubiera utilizado un lenguaje suave y diplomático. ¡Job se pone tenaz!

Eso es lo que nos hacen las llagas. Cualquier enfermero o profesional de la salud le dirá, especialmente quienes cuidan de pacientes que sufren un dolor intenso, que el tacto se desvanece a medida que el dolor avanza. Hay algo acerca de la prolongación de la angustia que finalmente lleva al alma a una cruda y desesperante realidad.

Hace muchos años me encontré con estas palabras: “El dolor planta la bandera de la realidad en el fortín de un corazón rebelde”. Incluso en aquellos que han sido tercos y rebeldes, cuando el dolor golpea y persiste, la realidad se presenta en toda plenitud. Eso fue lo que sucedió con Job. Se quitó los guantes, miró fijamente a Bildad, y le habló claro. Este hombre necesitaba esa clase de respuesta.

Hay una breve oración que quisiera sugerirle que la haga cada mañana:

Señor, ayúdame hoy a no hacer más pesada la carga de alguien. Ayúdame a dar aliento a otros. Cuando pueda, hazme capaz de consolar. Y cuando no sepa cómo hacerlo, ayúdame a admitirlo. Cuando sienta dolor y compasión por alguien, ayúdame a expresarlo. Ayúdame a hacer más liviana la carga de los que sufren, en vez de hacerla más pesada.

Si otros están pasando por una situación angustiosa, ellos necesitan nuestra ayuda y nuestra fortaleza. Bildad nunca aprendió ese principio; nunca hizo la oración anterior, qué lástima.

Se produce entonces un curioso cambio de papeles. En vez de que Bildad enseñe a Job, este se convierte en el maestro. Es como si Job hubiera dicho: “Ya que no tienes ninguna respuesta, déjame hablarte del Dios infinito e incomprensible que no nos ha revelado el cómo y el porqué de sus actividades”.

Desde el versículo 5 al 13 del capítulo 26, Job le da una lección a Bildad. Le comunica lo que pudiéramos llamar una explicación fascinante y cosmológica. Curiosamente, Job comienza con los espíritus de los que han muerto, para llegar después hasta la cumbre del universo. Job está diciendo de una manera sencilla y directa: “Dios tiene el control de lo más mínimo en cuánto a él. Dios lo conoce, lo entiende, está en medio de él, y se responsabiliza por todo lo que hay en él. Nada de esto es una sorpresa para el Dios vivo”.

Si otros están pasando por una situación angustiosa, necesitan nuestra ayuda.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“El derecho a una respuesta”

“El derecho a una respuesta”

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8 FEBRERO

Génesis 41 | Marcos 11 | Job 7 | Romanos 11

El intercambio de palabras entre Jesús y algunos de sus adversarios, como viene relatado en Marcos 11:27–33, es uno de los más extraños en los cuatro evangelios. Jesús esquiva una pregunta crucial planteando otra, una pregunta que ellos se ven incapaces de contestar por motivos políticos. ¿Por qué Jesús no contesta la pregunta de ellos de manera clara y directa? ¿No suena esto a mera diplomacia o, lo que sería peor, a un intento de posicionamiento para conseguir ventajas en el juego de poder?

En cierto modo, la cuestión de los principales sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos era perfectamente legítima. ¿Con qué autoridad Jesús desaloja los recintos del templo, acepta los elogios de miles de personas que han acudido para festejar su llegada a Jerusalén montado en un asno, y predica con tanta rotundidad y confianza? No puede reclamar la autoridad de ninguna escuela rabínica, ni de ninguna posición religiosa ni política. Entonces, ¿de qué clase de autoridad se trata?

¿Cómo podía Jesús haber contestado? Si hubiese dicho que hacía estas cosas por propia iniciativa, sus palabras habrían sonado pretenciosas y arrogantes. No podía nombrar ninguna autoridad terrenal adecuada. Si hubiese insistido en que todo lo que decía y todo lo que hacía eran las palabras y hechos de Dios, podían haberle acusado de blasfemia. No es evidente que hubiese podido ofrecer una respuesta verdadera que les hubiese satisfecho y, al mismo tiempo, le hubiese garantizado su integridad física.

Por lo tanto Jesús les dice, en efecto, que contestará su pregunta si ellos primero responden a la suya: “El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de la tierra? Respondedme” (11:30). Sus interlocutores sopesan sus posibles respuestas en base a la conveniencia política. Si dicen “del cielo”, piensan, él les condenará por no haberse convertido en discípulos de Juan. Peor aún, no pueden dejar de ver en esta pregunta un preludio a la respuesta que pretende darles a la de ellos. Al fin y al cabo, Juan el Bautista apuntaba hacia Jesús. Si reconocen que el ministerio de Juan provenía del cielo, y Juan señalaba a Jesús, entonces Jesús sí ha contestado su pregunta: su ministerio también debía contar con la aprobación de Dios. Pero si dicen “de la tierra”, tendrán en contra suya las muchas personas que valoraban el ministerio de Juan. Por lo cual, guardan silencio y pierden el derecho de recibir una respuesta por parte de Jesús (11:31).

De este intercambio, se pueden sacar varias implicaciones pastorales. En primer lugar, algunas personas son incapaces de captar el verdadero ministerio de Jesús aunque hagan preguntas que parecen penetrantes, puesto que, en realidad, ya han tomado su decisión y sólo buscan más argumentos para destruirle. La segunda es que, a veces, la respuesta más sabia es una respuesta indirecta que evite las trampas mientras que al mismo tiempo ponga de manifiesto la perversidad engañosa del interlocutor. Como creyentes, debemos hablar con claridad, pero no deberíamos ser ingenuos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 39). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Qué significa ser cristiano?

¿Qué significa ser cristiano?

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En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. – Hechos 4:12

A los discípulos (de Cristo) se les llamó cristianos. – Hechos 11:26

Siendo manifiesto que sois carta de Cristo. – 2 Corintios 3:3

Hoy en día hay mucha confusión con respecto al sentido de esta palabra. Muchas personas dicen que son cristianas simplemente porque fueron bautizadas. Pero si no hay nada más, solo se trata de una etiqueta.

La palabra “cristiano”, al igual que la palabra «cristianismo», tiene la misma raíz, es decir, “Cristo”. Al principio de la historia de la Iglesia, los discípulos de Jesucristo recibieron este calificativo. Un verdadero discípulo es aquel que cree en la persona y en el mensaje de su maestro, y se esfuerza en vivir según sus enseñanzas. Para ser un cristiano, en primer lugar se debe creer en Jesús, aceptarlo personalmente como Salvador y Señor. Es necesario haber nacido “de nuevo” (Juan 3:3), es decir, poseer la vida eterna. Todos los que reconocen que son pecadores y creen que Jesús, al morir en la cruz, sufrió en su lugar el juicio que merecían, pueden recibir esta vida eterna.

Desde el día en que la Iglesia fue formada, ha habido muchas generaciones de cristianos. ¿Han sido todos verdaderos creyentes? Es grave atribuirse el nombre de cristiano sin tener la vida de Dios, sin preocuparse por Jesucristo. El que lo hace lleva una etiqueta que no refleja la realidad.

Cada uno de nosotros debe saber claramente quién es. ¿Soy un verdadero cristiano? ¿He tenido un encuentro personal con Jesucristo? Y si es así, ¿estoy dispuesto a seguir a mi Maestro y a honrarlo en mi vida?

2 Samuel 2 – Mateo 24:29-51 – Salmo 20:6-9 – Proverbios 8:12-16

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