Despojándonos del peso del pecado

Despojándonos del peso del pecado

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2/12/2017

Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. (Hebreos 12:1)

Cada vez que nos excusamos por nuestro pecado, estamos culpando a Dios. Adán lo hizo cuando Dios le preguntó acerca del comer el fruto prohibido. Él respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12). Adán no aceptó la responsabilidad de su pecado, sino que culpó a Dios, de que le había dado a Eva.

El pecado nunca es culpa de Dios, ni es la culpa de una persona o circunstancia que Dios trajo a nuestra vida. El excusar el pecado pone en tela de juicio a Dios por algo que solo es nuestra culpa. Si decide castigarnos es porque lo merecemos.

Por eso la confesión de pecado es indispensable para el crecimiento espiritual. Cuando acepte la realidad de su pecado y lo confiese, tiene menos peso muerto que lo arrastre hacia abajo en el proceso de crecimiento. Como lo indica el versículo de hoy, aumentará su crecimiento cuando se despoje del peso del pecado mediante la confesión.

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La providencia de Lincoln

La providencia de Lincoln

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Devocional por John Piper

¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33)

Abraham Lincoln, quien naciera en este día en 1809, en lo que respecta a religión permaneció escéptico, y hasta a veces cínico, como hasta los cuarenta años. Es por eso que llama la atención cómo el sufrimiento personal y nacional llevó a Lincoln hacia la realidad de Dios en lugar de alejarlo.

En 1862, cuando Lincoln tenía 53 años, su hijo de 11 años, Willie, murió. La esposa de Lincoln «trató de lidiar con la pena acudiendo a médiums de la Nueva Era». Lincoln recurrió a Phineas Gurley, pastor de la iglesia New York Avenue Presbyterian Church en Washington.

Varias largas conversaciones llevaron a lo que Gurley describía como «una conversión para Cristo». Lincoln contó que «fui movido muchas veces a ponerme de rodillas debido a un sentimiento de convicción tan incontenible que no tenía adonde más ir».

De manera similar, los horrores de las muertes y soldados heridos lo torturaban a diario. Había cincuenta hospitales para los heridos en Washington. La rotonda del Capitolio acomodó 2000 catres para soldados heridos.

Normalmente, morían cincuenta soldados al día en estos hospitales transitorios. Todo esto llevó a Lincoln de una manera más profunda a la providencia de Dios. «No podemos hacer otra cosa más que creer que Aquel que creó el mundo lo sigue gobernando».

La declaración más famosa que hiciera sobre la providencia de Dios en relación a la Guerra Civil fue su Segundo Discurso de Toma de Posesión, pronunciado un mes antes de que fuera asesinado. Es notable por no presentar a Dios como simpatizante ni de la causa de la Unión ni de la causa de la Confederación. Dios tiene sus propios propósitos y no justifica el pecado de ninguna de las partes.

Con gran afecto esperamos —con fervor oramos— que este tremendo azote de la guerra pueda pasar rápidamente…

Pero si es de Dios que esto continúe hasta que todas las riquezas acumuladas por doscientos años de trabajo duro de esclavos, sin contrapartida, se hayan acabado, y hasta que cada gota de sangre extraída con el látigo haya sido pagada con otra extraída con la espada, como fuera dicho hace tres mil años atrás, deberá decirse aún: «los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos».

Oro para que todos aquellos que sufren pérdidas, daños y gran dolor, que el sufrimiento los despierte, así como lo hizo en Lincoln, para producir no un nihilismo vacío sino una profunda confianza en la sabiduría infinita y el amor de la providencia inescrutable de Dios.


Devocional tomado del articulo “Abraham Lincoln’s Path to Divine Providence” 

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Una exhortación oportuna

Una exhortación oportuna

Pastor Otto Sanchez

Otto Sánchez

Pastor de Predicación.

ottoRolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo. Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano. Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies y candidato al Phd, por la misma casa académica. El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.

“¿Y qué voy a hacer?”

¿Y qué voy a hacer?

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Génesis 45 | Marcos 15 | Job 11 | Romanos 15

En Marcos 15, la gente habla más de lo que sabe.

¿Y qué voy a hacer” pregunta Pilato, “con el que llamáis el rey de los judíos?” (15:12). Sin duda, pronuncia las palabras con un cierto desprecio. Cuando la muchedumbre contesta “¡Crucifícalo!” (15:13, 14), los motivados por cuestiones políticas pensarán que esto señala el fin de otro pretendiente mesiánico más. No se dan cuenta de que este rey debe morir, que su reino gira en torno a su muerte, y que es simultáneamente Rey y Siervo Sufriente.

Los soldados le preparan una corona de espinas y la clavan en su cabeza. Le golpean y le escupen y después caen de rodillas en una parodia de homenaje, gritando “¡Salve, Rey de los judíos!” (15:18). De hecho, es más que el Rey de los Judíos (por supuesto, no es menos). Y cada uno de estos soldados, junto con cada hombre y mujer, tendrá que doblar la rodilla ante el Hombre resucitado que habían despreciado, injuriado y crucificado, y confesar que él es Señor (Filipenses 2:9–11).

Los que pasaban por delante también se dedicaban a lanzar insultos: (15:29–30). Detrás de esta burla despreciadora se escondía una verdad que no vieron: anteriormente, Jesús había enseñado, efectivamente, que él era el verdadero templo, el arquetipo del templo de Jerusalén, el último lugar de encuentro entre Dios y los seres humanos (Juan 2:19). De hecho, Jesús no sólo insistía que él es el templo, sino que lo es en virtud del hecho de que este templo debería ser destruido y devuelto a la vida en tres días. Si hubiese “bajado de la cruz” para salvarse, como los burladores decían que hiciese, no podía haber llegado a ser el “templo” destruido y vuelto a reconstruir que reconcilia a los hombres y a las mujeres con Dios.

Salvo a otros pero no puede salvarse a si mismo” (15:31). Otra equivocación – y, al mismo tiempo, aciertan. Este es el hombre que va voluntariamente a la cruz (14:36; ver también Juan 10:18). Decir “no puede salvarse a sí mismo” es una limitación ridícula. No obstante, no se podía salvar a sí mismo y salvar a otros. Salva a los demás al no salvarse a sí mismo.

Que baje ahora de la cruz ese Cristo, el rey de Israel, para que veamos y creamos” (15:32). Pero entonces, ¿en qué clase de Cristo habrían creído? Un rey poderoso, sin duda – pero no el Redentor, no el Sacrificio, no el Siervo Sufriente. No podían haber creído en él, puesto que la base de la transformación que se podía producir en ellos era precisamente la obra de la cruz que le estaban diciendo que abandonase.

Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios” (15:39). Si, más de lo que se podían imaginar.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 43). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Una predicación siempre actual

Una predicación siempre actual

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La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.

1 Corintios 1:18

Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.

1 Corintios 2:2

«La muerte de Jesús es el acontecimiento más sombrío y el más luminoso de la historia de la humanidad. Sombrío porque revela la amplitud del pecado del hombre, luminoso porque hace brillar el amor del Dios Salvador.

El Dios de santidad, que es muy “limpio… de ojos para ver el mal” (Habacuc 1:13), ¿podía ver favorablemente a su Hijo cargado con el pecado de los hombres? Aunque era inocente, Cristo se presentó ante el juez divino como si fuese responsable de nuestras faltas, como si las hubiese cometido él mismo, como si llevase ante Dios sus propios pecados, como si encarnase el pecado. Luego, como culpable de nuestros crímenes, sufrió el castigo que tendríamos que haber sufrido nosotros, usted y yo.

Cristo, por su muerte, pagó todo el precio de nuestra reconciliación con Dios. Dios no espera nada de usted ni de mí. Su Hijo pagó con su vida, con su sangre, todas nuestras faltas. Es el sustituto inocente que fue crucificado para que fuésemos perdonados. ¡Nuestra deuda con Dios está totalmente cancelada! ¡Pero a qué precio! Ahora el cielo está abierto gracias al Cristo Salvador, y podemos entrar libremente en su presencia (Hebreos 10:19).

El Dios soberano espera que usted vaya a él declarándose culpable y entregándole su vida. ¡Déjese juzgar interiormente mediante la evocación de este sacrificio. Dé ese paso, acepte vivir para él a partir de ahora, y él lo contará como uno de sus hijos. “Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20)».

(A. Adoul, texto adaptado)

2 Samuel 5 – Mateo 26:47-75 – Salmo 22:6-11 – Proverbios 8:32-36

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