Resultados radicales de la resurrección

FEBRERO, 27

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Resultados radicales de la resurrección

Devocional por John Piper

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima. (1 Corintios 15:19)

Pablo concluye, a raíz de los peligros que vive a cada hora, de su diario morir, y de luchar contra las bestias, que la vida que él ha escogido al seguir a Jesús es una necedad y es digna de lástima si él no fuera a ser resucitado de entre los muertos.

Si la muerte fuera el final del asunto, dice él, «comamos y bebamos porque mañana moriremos». Esto no significa «convirtámonos todos en glotones y borrachos», porque ellos son dignos de lástima también —con o sin resurrección—. Él se refiere a lo siguiente: Si no hay resurrección, lo que tiene sentido es una moderación intermedia para maximizar los placeres terrenales.

Sin embargo, no es eso lo que Pablo escoge. Él escoge el sufrimiento, porque escoge la obediencia. Cuando Ananías vino a él en su conversión con las palabras del Señor Jesús, «porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre» (Hechos 9:16), Pabló aceptó esto como parte de su llamado.

¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cuál fue la fuente de su obediencia radical? La respuesta se da en 1 Corintios 15:20: «Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron». En otras palabras, Cristo fue levantado y nosotros seremos levantados con él. Por lo tanto, ningún sufrimiento por Jesús es en vano (1 Corintios 15:58).

La esperanza de la resurrección cambió radicalmente la manera en que Pablo vivió. Lo liberó del materialismo y el consumismo. Le dio el poder para vivir sin muchas de las cosas que mucha gente siente que necesita tener en esta vida. Por ejemplo, a pesar de que él tenía derecho a casarse (1 Corintios 9:5), renunció a este placer porque él fue llamado a padecer mucho sufrimiento.

Jesús dijo que esta era la forma en que se supone que la esperanza de la resurrección cambiara nuestro comportamiento. Por ejemplo, nos dijo que invitáramos a nuestra casa a quienes no podrían devolvernos el favor en esta vida. ¿Cómo podemos ser motivados a hacer esto? «Tú serás recompensado en la resurrección de los justos» (Lucas 14:14).

Este es un llamado radical a examinar en detalle nuestra vida actual para ver si está moldeada de acuerdo con la esperanza de la resurrección. ¿Tomamos decisiones basándonos en la ganancia en este mundo o la ganancia en el mundo que sigue? ¿Tomamos riesgos en honor al amor que solo se entendería como una decisión sabia si es que hubiera una resurrección?

Que Dios nos ayude a volver a dedicar nuestro compromiso de por vida para que la resurrección siempre tenga en nosotros resultados radicales.

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Cuando Él no estaá dirigiendo

27 Febrero 2017

Cuando Él no está dirigiendo
por Charles R. Swindoll

Los días de los juegos de la infancia ya están en el distante pasado, y sin embargo las palabras del juego todavía resuenan en nuestros oídos: “¡Salgan, salgan, donde quiera que estén!” ¿Por qué el liderazgo en casa a veces parece como el juego de las escondidas? ¿Qué se puede hacer cuando un esposo no está dirigiendo?

La senda de sabiduría es seguir el plano del diseño original de Dios para el hogar. Las que siguen son cuatro pautas prácticas:

Propóngase hablar con Dios, no con otros. Como esposas, a menudo nos vemos tentadas a usar nuestras palabras para dar a conocer nuestros puntos. Un desencanto o una expectación no satisfecha nos lleva a lamentarnos en cuanto a “cómo deberían ser las cosas.” El dolor aumenta, atiborrando el corazón y no dejando espacio para la gracia o el perdón. Incluso anhelos no expresados hacen eco en nuestros pensamientos. Sin embargo las Escrituras nos dan dirección clara; palabras hirientes o acción decisiva no es la respuesta. Nehemías nos muestra un camino mejor. Él vertió sus deseos sólo ante el Señor por cuatro meses antes de pronunciar la primera palabra ante el rey en cuanto a su petición de reconstruir los muros de Jerusalén (Nehemías 1:1-2:4). Es nuestra comunión con el Señor, y no nuestras palabras, lo que determina una diferencia para atraer a los líderes de nuestras familias (1 Pedro 3:12).

Libérelo de la expectación. En la médula del corazón de todo esposo hay un deseo de satisfacer las expectaciones de su esposa. En la realidad, el pedestal en que lo colocamos es demasiado alto. Ningún hombre puede ser posiblemente el Gran Conversador, Ávido Abrazador, Papá Azucarado, Gigante Espiritual, y Hombre de Familia, todo envuelto en uno. Su relación personal respirará aire fresco de la gracia cuando se abandonan las expectaciones.

Espere la obra del Espíritu Santo. ¿Quién es aquí el Espíritu Santo, después de todo? Es posible que usted haya asumido un papel que Dios nunca propuso que tuviera. Es tarea de Dios convencer y guiar a la verdad (Juan 16:8-15). Dios hizo que el matrimonio sea un compañerismo de hombre y mujer, cada uno con sus propias brechas; que se necesitan el uno al otro. Recuerde que el amor “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:7). ¿Qué cree usted que Dios puede hacer en el corazón de su esposo?

Dé paso a las acciones alentadoras. ¿Qué conducta consagrada ve usted en su esposo? ¿Es él atento? ¿Protector? ¿Le encanta la paz? Busque los momentos cuando usted ve a Cristo resplandeciendo en su esposo, y use sus palabras para elogiarlo. Su respaldo y estímulo en cuanto a la forma en que él ejemplifica a Cristo hará honor a Dios y también a su esposo.

La meta de Dios en el matrimonio es una propuesta asombrosa. Él concibe la manera de hacer que los dos sean uno. Él declaró que un matrimonio consagrado simboliza la relación de Cristo con su esposa, la iglesia (Efesios 5:32). El buscar el deseo de Dios para su familia incluye dejar a un lado su determinación de resolver las cosas; y su mejor medio de influencia es la oración.

Tomado de Kelly Arabie, “When He’s Not Leading,” Insights (febrero 2007): 2. Copyright © 2007 por Insight for Living.

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“De verdad os digo: si no os arrepentís, vosotros también pereceréis”

“De verdad os digo: si no os arrepentís, vosotros también pereceréis”

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27 FEBRERO

Éxodo 10 | Lucas 13 | Job 28 | 1 Corintios 14

Pilato era un hombre débil y malévolo. El relato que encontramos en Lucas 13:1–5 es, por tanto, perfectamente creíble. Quizá los detalles sean algo oscuros, pero el marco general queda muy claro. Algunos galileos habían ofrecido sacrificios: si eran judíos, debieron hacerlo en el templo de Jerusalén. Tal vez estaban involucrados en alguna ala del movimiento nacionalista zelote, de modo que Pilato los veía como amenaza. Los hizo matar, y su sangre se mezclaba con la sangre de los animales que ellos mismos habían traído para ser sacrificados. Si lo de mezclar su sangre con la de los animales es literal, esto significa que Pilato los hizo matar en los atrios del templo – el sacrilegio mezclado con el asesinato.

Cuando se le pide su opinión a Jesús acerca de este suceso, su respuesta toma un rumbo que debió sorprender a sus interlocutores. Tal vez algunos esperaban que denunciase a Pilato; otros querían que se pronunciase acerca del movimiento zelote; unos cuantos querían oírle condenar a estos rebeldes, diciendo que recibieron lo que se merecieron. Jesús no escoge ninguna de estas opciones. “¿Pensáis que esos galileos, por haber sufrido así, eran más pecadores que todos los demás? ¡Os digo que no! De la misma manera, todos vosotros pereceréis, a menos que os arrepintáis.” (13:2–3).

Lo que quería decir con esto se estaba perdiendo en medio de las sensibilidades políticas que esta tragedia suscita, por lo cual Jesús se refiere a otro incidente, en este caso sin galileos, ni Pilato, ni templo, ni sacrificios ni sangre mezclada. Dieciocho personas murieron cuando una torre se derrumbó. Jesús insiste en que esta gente no era en absoluto peor que cualquier otro habitante de Jerusalén. Más bien, se trata de aprender la misma lección: “todos vosotros pereceréis, a menos que os arrepintáis.” (13:5).

Este análisis sorprendente por parte de Jesús sólo tiene sentido si son verdad tres cosas: (a) Todos nosotros merecemos perecer. Si nos libramos, es por pura gracia. Lo que nos debería extrañar es el hecho de que tantos de nosotros sobrevivimos durante tanto tiempo. (b) La muerte nos llega a todos. A menudo, nuestros contemporáneos argumentan que la peor tragedia posible es morir joven. No es cierto. La verdadera tragedia es que todos nos encontramos bajo esta sentencia de muerte, y todos morimos. La edad en la que se produce la muerte sólo hace que sea relativamente mejor o peor. (c) La muerte tiene la última palabra para todos nosotros – a no ser que nos arrepintamos, sólo entonces seremos transportados más allá de la muerte al reino eterno de Dios.

¿Habéis oído hablar de los millones que sufrieron la muerte a manos de Pol Pot? ¿O de las matanzas brutales del sur de Sudán? ¿Habéis visto las tumbas masivas de Bosnia? ¿O las imágenes del pantano de Florida donde se estrelló el vuelo 592 de Valujet? “De verdad os digo: si no os arrepentís, vosotros también pereceréis”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 58). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿De dónde vendrá mi socorro?

¿De dónde vendrá mi socorro?

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Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor… No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda… El Señor te guardará de todo mal; el guardará tu alma. – Salmo 121:1-7

Cuando necesitamos fuerzas es bueno buscarlas donde ellas están. Este salmo invita a los cristianos, quienes por naturaleza somos propensos a ocuparnos de nuestro propio sufrimiento, a ir a Dios.

¿Cuáles son esos montes de donde viene el socorro? Son los atributos de Dios y sus promesas. Dios tiene el control sobre las circunstancias de la vida de los suyos en cada situación. Su misericordia, su justicia, su poder, su amor, su fidelidad y su soberanía son algunas de las rocas sobre las que nuestra fe puede apoyarse.

En cuanto a las promesas de Dios, son una ayuda eficaz y continua para aquel que se las apropia. Fijando nuestra mirada en esos “montes” mantendremos el equilibrio en las sendas difíciles de la vida, pues Dios no permitirá que nuestro pie resbale. Y si guarda nuestro pie, todo nuestro ser será preservado. Nuestro Dios vela constantemente sobre nosotros; él no se siente cansado ni con sueño. Confiemos en él y caminaremos sin temor, incluso atravesando el valle de sombra de muerte.

La promesa de que Dios guardará nuestra alma es la seguridad de que seremos guardados de las garras del pecado, del peso del desánimo y de las pretensiones del orgullo. ¿Quién puede hacer daño a un alma que el Señor guarda?

Nadie puede sentirse más seguro que aquel a quien Dios protege; y nadie puede estar en tan gran peligro como aquel que busca en sí mismo su protección.

2 Samuel 19:24-43 – Hechos 9:1-22 – Salmo 27:5-8 – Proverbios 10:20-21

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