Fariseísmo

17 Febrero 2017

Fariseísmo
por Charles R. Swindoll

Jesús se metió en una camisa de once balas el día en que predicó su Sermón del Monte. No quedó ni un solo fariseo al alcance del oído que no hubiera dado hasta su último denario para verlo colgado en una horca antes del atardecer. ¡Vaya que lo aborrecían! Lo aborrecían porque Él no les dejó que se salieran con su fingido babeo religioso y su supuración súper espiritual que contaminaba al público.

El Mesías desenvainó su afilada espada de verdad el día en que ascendió a ese monte. Cuando descendió esa noche, la espada chorreaba con la sangre de los hipócritas. Si alguna vez un individuo dejó al descubierto el orgullo, Jesús lo hizo ese día. Sus palabras penetraron en el pellejo de ellos como arpones en la grasa de una ballena. Jamás en su notoria y petulante carrera ellos habían sentido un aguijonazo de precisión tan mortal. Como bestias hinchadas de lo profundo quedaron flotando en la superficie para que todos los vean.

Si había algo que Jesús detestaba, era precisamente eso en lo que los fariseos se especializaron en el seminario: fanfarronear, o, para decirlo en forma algo más suave, justicia propia. Eran los santurrones de Palestina, los primeros en reclutar a ingenuos en la Orden Real de los que Acuchillan por la Espalda. Eran expertos en la práctica de hacer oraciones para denigrar a otros, y pasar sus días esforzándose por impresionar a otros con sus expresiones sombrías y canturreos monótonos y lastimeros. Peor que eso, al sembrar las semillas de las espinas legalistas y cultivarlas en las vides prohibidas de intolerancia religiosa, los fariseos impedían que los buscadores honestos se acercaran a Dios.

Incluso hoy, la mordida del legalismo extiende un veneno paralizante en el cuerpo de Cristo. Su veneno ciega nuestros ojos, embota nuestro filo, y estimula el orgullo en nuestros corazones. Pronto nuestro amor se eclipsa al convertirse en un tablero mental de anotaciones con una larga lista de verificación, un espeso filtro que exige que otros alcancen cierto nivel antes de que nosotros avancemos. La alegría de la amistad queda fracturada por una actitud de juicio y una mirada crítica. A mí me parece tonto que el compañerismo se limite a las estrechas filas de personalidades predecibles vestidas de ropa “aceptable.” Cabello bien recortado, bien afeitado, traje sastre a la moda (con chaleco y corbata combinada, por supuesto) parece esencial en muchos círculos. Simplemente porque yo prefiero un cierto vestido o estilo no quiere decir que es lo mejor, o que es para todos. Tampoco quiere decir que lo opuesto agrada menos a Dios.

Nuestro problema es una grosera intolerancia de los que no encaja en nuestro molde: una actitud que se revela en la mirada estoica del comentario cáustico. Tales relaciones legalistas y prejuiciadas reducirán las filas de la iglesia local más rápido que un incendio en el templo o gripe en la banca. Si usted duda de eso, dé un serio vistazo a la carta a los Gálatas. La pluma de Pablo fluye con tinta candente al reprenderlos por “haberse alejado” de Cristo (Gálatas 1:6), anulando “la gracia de Dios” (2:21), habiéndose dejado “fascinar” por el legalismo (3:1), y deseando “volver a esclavizarse” a esta paralizante enfermedad (4:9).

Con certeza hay límites a nuestra libertad. La gracia no condona una actitud licenciosa. El amor tiene sus restricciones bíblicas. Lo opuesto del legalismo no es “Haz lo que se te antoje.” Pero, ¡escuche! Las limitaciones son mucho más amplias de lo que la mayoría nos damos cuenta. No puedo creer, por ejemplo, que la única música a la que Dios sonríe son cantos solemnes o himnos. ¿Por qué no música folclórica también? Tampoco pienso que el vestido necesario para entrar en la iglesia sea traje y corbata. ¿Por qué no pantalones del diario y camisetas? ¿Le parece extraño? Recordemos quién se pone nervioso por la apariencia externa. ¡Con certeza, no Dios!

“Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Y, ¿quién puede probar que la única voz que Dios bendice es la del ministro ordenado, el domingo? ¿Qué tal la del vendedor el martes por la tarde, o la de la maestra de secundaria el viernes de mañana?

Es útil recordar que nuestro Señor reservó su sermón más fuerte y más largo, no a pecadores que luchaban, ni a discípulos desalentados, y ni siquiera a personas prósperas, sino a los hipócritas, a los sedientos de gloria, los legalistas; los fariseos de hoy.

El mensaje del monte predicado hace siglos retumba con eco en los cañones del tiempo con prístina fuera y claridad.

Mire Mateo 6:1:

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos.”

En otras palabras, ¡deje de alardear! Deje de mirar por sobre la nariz a los que no encajan en su molde preconcebido. Deje de fanfarronear por su propia bondad. Deje de llamar la atención a su propia justicia Deje de anhelar que lo noten. Implicado en esto va la advertencia a cuidarse de los que rehúsan dejar tal comportamiento. Luego, para imprimir al fuego esa advertencia en su memoria, pasa a darles tres ejemplos específicos de cómo la gente hacía desplante de su propia justicia de modo que otros lanzaran exclamaciones de asombro por ellos.

Mateo 6:2 habla de dar limosnas a los pobres, o sea, participar en acciones de benevolencia para ayudar a los necesitados. Jesús dice que no hay que “tocar trompeta” cuando se hace esto. Manténgalo en silencio, incluso “en secreto” (6:4). No alardee para llamar la atención como Tarzán columpiándose en la selva. Quédese fuera del cuadro, permanezca anónimo. No espere que su nombre aparezca en letreros por todas partes. A los fariseos les encanta plantillar sus dones ante otros. Les encanta que se les reconozca. Les encanta recordarles a otros quién hizo esto, o eso, o quién dio esto, y esto otro, a Fulano y a Mengano. Jesús dice: No fanfarronees cuando usas tu dinero para ayudar a alguien.

Mateo 6:5 habla de qué hacer “cuando oras.” Advierte en contra de ser petulantes suplicantes a quienes les encanta pararse en lugares prominentes y vocear verborrea insulsa para que los vean y oigan. A los fariseos les encantan las palabras almibaradas y perogrulladas acarameladas. Saben cómo sonar elevados y santos. Todo lo que dicen en sus oraciones hace que los que los oyen piensen que esta alma santa reside en el cielo, y se educó a los pies de arcángel Miguel y de Cipriano de Valera. Uno casi tiene la certeza de que no han tenido ni el más leve pensamiento sucio en los pasados dieciocho años . . . pero también uno queda calladamente consciente de que hay un gigantesco abismo entre lo que sale de esa boca fanfarrona y dónde está la cabeza de uno allí mismo. Jesús dice: No fanfarronees cuando hablas con tu Padre celestial.

Mateo 6:16 habla de que hacer “cuando ayunas.” Ahora bien, ese es el momento cuando el desplante realmente se acelera. Trabaja a sobretiempo tratando parecer humilde y triste, esperando que se le vea con hambre y agotado como algún osado que acaba de cruzar el desierto de Egipto esa tarde. “¡No seas como los hipócritas!” ordena Cristo. Más bien, debemos tener un aspecto fresco, limpio y completamente natural. ¿Por qué? Porque eso es lo real, lo genuino; eso es lo que Él promete que recibirá recompensa. Jesús dice: No fanfarronees cuando te saltas dos o tres comidas.

Digámoslo tal como es. Jesús pronuncia palabras cáusticas, rigurosas, respecto a los fariseos. Cuando se trata del legalismo estrecho, o fanfarroneo de justicia propia, el Señor no escatima palabras. Halló que esa era la única manera de lidiar con aquellos que frecuentaban el lugar de adoración desdeñando y despreciando a otros. No menos de siete veces pronuncia: “¡Ay de ustedes!”; porque es el único lenguaje que el fariseo entiende, desdichadamente.

Dos comentarios finales:

Primero, si usted se inclina al fariseísmo en alguna forma, ¡déjelo! Si usted es del tipo de persona que trata de pisar a otros, o desdeñar a otros (mientras que a la vez piensa cuánto Dios debe estar impresionado por tenerlo a usted en su equipo) usted es un fariseo del siglo veintiuno. Francamente, eso incluye a algunos que llevan el pelo largo y prefieren la guitarra antes que un órgano de tubos. Los fariseos también pueden deleitarse en parecerse “en onda.”

Segundo, si un fariseo del día moderno trata de controlar su vida, ¡deténgalo! Recuérdele al impostor religioso que la paja que usted tiene en su ojo es asunto entre usted y su Señor, y que él debe prestar atención al tronco que tiene en el suyo propio. Lo más probable, sin embargo, es que una vez que un individuo está infectado, seguirá adelante por el resto de su vida superficial dedicado a minuciosidades o alabarse a sí mismo, asfixiado por las espinas de su propia petulancia. Los fariseos, recuerden, hallan muy difícil escuchar.

Adaptado de Charles R. Swindoll, “Pharisaism,” en Devotions for Growing Strong in the Seasons of Life (Grand Rapids: Zondervan, 1983), 390-93.

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«No tengáis miedo»

«No tengáis miedo»

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17 FEBRERO

Génesis 50 | Lucas 3 | Job 16–17 | 1 Corintios 4

El último capítulo de Génesis incluye una sección que es gloriosa y patética a la vez (Génesis 50:15–21).

Todo lo triste, todo lo defectuoso de esta familia vuelve a salir a la superficie tras la muerte de Jacob. Los hermanos de José temen que su ilustre hermano tal vez haya aparcado su resentimiento vengativo hasta la muerte de su padre. ¿Por qué pensaban así? ¿Acaso no se habían librado aún de sus sentimientos de culpa? ¿Proyectaban sobre José las medidas que ellos seguramente habrían tomado de estar en su lugar?

Su estrategia les involucra en otro patrón de comportamiento pecaminoso: mienten con respecto a lo que su padre les había dicho, con la esperanza de que esta apelación, supuestamente por parte de Jacob, sirviese para tocar la fibra sensible de su hermano. A la luz de esta estrategia, su sumisión absoluta (reflejada en las palabras “somos tus esclavos”, 50:18) parece no tanto un homenaje real como un intento de manipulación.

José, en cambio, llora. No puede por menos ver cómo estas mentiras serviles delatan lo poco que le aman y confían en él, aun después de 17 años de reconciliación nominal (47:28). Su respuesta verbal exhibe no sólo una gran ternura pastoral – “con el corazón en la mano, José los reconfortó”, prometiendo además que cuidaría a sus familias (50:21) – sino que también procede de un hombre que ha reflexionado profundamente acerca de los misterios de la providencia divina, de la soberanía de Dios y de la responsabilidad humana. “—No tengáis miedo —les contestó José—. ¿Puedo acaso tomar el lugar de Dios? Es verdad que vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente.” (50:19–20).

La profundidad de este razonamiento se demuestra en la medida en que reflexionamos en lo que José no dice. No dice que durante un pequeño lapsus por parte de Dios sus hermanos le vendieron como esclavo, pero que Dios, Maestro por excelencia de ajedrez, dio la vuelta a la partida e hizo que José llegase incluso a ser Primer Ministro de Egipto. La intención de Dios no había sido, ni mucho menos, que traerle a Egipto en un carro especialmente preparado para él, pero como sus hermanos estropearon este propósito divino, Dios se vio obligado a intervenir con una serie de contramedidas para llevar su propósito a buen puerto. Más bien, en este episodio concreto, la venta de José como esclavo, había dos partidos, cada uno de los cuales perseguía un propósito diferente. Por un lado, los hermanos de José habían actuado, y sus intenciones eran malévolas; por otra parte, Dios actuaba, y sus intenciones eran buenas. Los dos actuaron para que este episodio tuviese lugar, pero mientras lo que contiene de malo tiene su origen en el corazón de sus hermanos, y no más allá de esto, lo que contiene de bueno tiene su origen en Dios.

Este es un motivo recurrente en las Escrituras. Da lugar a muchas discusiones filosóficas muy complejas. Pero el quid de la cuestión es bien sencillo: Dios es Soberano e invariablemente bueno; nosotros somos moralmente responsables por nuestros actos, y nuestros actos a menudo son malos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 48). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Jesús resucitó? (2)

¿Jesús resucitó? (2)

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Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos. – 1 Pedro 1:3

Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso. – 1 Pedro 1:7-8

Cuando Jesús fue arrestado, sus discípulos lo abandonaron. Después de su muerte, estaban desanimados, temerosos y decepcionados. Aunque Jesús ya se lo había dicho, no habían comprendido que resucitaría (Lucas 24:1-11). Pero después de su resurrección y de lo que vivieron el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, esos mismos hombres y mujeres que antes estaban desanimados fueron transformados mediante el poder de Cristo resucitado.

En su nombre trastornaron el mundo. Varios de ellos perdieron la vida debido a su fe; otros fueron terriblemente perseguidos. Su valentía no hubiese tenido sentido sin su convicción de que Jesucristo había resucitado de los muertos realmente. Pensaban que Cristo valía mucho más que sus vidas.

Jesús es un Señor vivo. Debido a su resurrección, los que lo siguen no siguen principios éticos de un jefe religioso mortal, sino que tienen una relación viva y personal con un Salvador vivo. Hoy Jesucristo vive y cuida a aquellos que confían en él y le obedecen.

A lo largo de los siglos, multitudes de hombres y mujeres reconocieron la importancia de creer en Jesucristo resucitado, ese Salvador vivo que quiere conducirnos por las sendas elevadas, y a veces audaces, de la fe. “El Señor es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1). ¡Él hizo todo lo necesario para que fuese posible!

2 Samuel 10 – Hechos 2 – Salmo 23 – Proverbios 10:1-2

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Nuestro mecanismo de defensa

Nuestro mecanismo de defensa

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2/16/2017

Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado. (Salmo 66:18)

Según el versículo de hoy, ni siquiera se puede conversar con Dios, mucho menos crecer espiritualmente, si se albergan pecados en el corazón. Por eso es tan esencial la confesión.

Primero tiene que estar dispuesto a aceptar el castigo de Dios por su pecado. Si piensa que Él está obrando con rudeza, debe examinar su vida para ver si lo merece. Por la misma razón que los padres deben castigar la mala conducta de un hijo, Dios lo castiga a usted para que no repita sus errores.

Dios también ha puesto un sistema de sentido de culpa en usted para su propio bien. La vida espiritual sin sentido de culpa sería como la vida física sin dolor. El sentido de culpa es un mecanismo de defensa; es como una alarma que funciona para guiarlo a la confesión cuando usted peca. Es cuando usted tiene que confrontar su pecado y reconocer delante de Dios que es una afrenta para Él. Ese reconocimiento debe ser parte de su vida antes de que pueda crecer espiritualmente, ya que elimina el pecado que lo detiene a usted.

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Cuando la obediencia parece imposible

FEBRERO, 16

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Cuando la obediencia parece imposible

Devocional por John Piper

Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac… (Hebreos 11:17)

Para muchos de ustedes ahora —y para otros ya llegará el momento— la obediencia parece ser el final de un sueño. Sienten que si hacen lo que la Palabra de Dios o el Espíritu de Dios los está llamando a hacer, esto los hará miserables, y que no hay manera de que Dios lo haga todo para bien.

Quizás el mandamiento o el llamado de Dios que escuchan ahora sea quedarse casado o quedarse soltero, permanecer en ese trabajo o dejarlo, bautizarse, hablar en el trabajo acerca de Cristo, rehusarse a ceder en su estándar de honestidad, confrontar a una persona que está en pecado, aventurarse a una nueva vocación, ser un misionero. Y como lo ve nuestra mente limitada, la posibilidad de hacer esto es terrible —es como la pérdida de Isaac—.

Han considerado cada perspectiva humanamente posible y es imposible que se obtenga un buen resultado.

Ahora ya saben qué es lo que Abraham sintió. Esta historia de la Biblia es para ustedes.

¿Desean a Dios y sus caminos y sus promesas más que a nada, y creen que él puede honrar y honrará la fe y obediencia de ustedes, al no avergonzarse de llamarse su Dios, y usar toda su sabiduría y poder y amor para convertir este camino de obediencia en un camino de vida y gozo?

Esa es la crisis que enfrentan ahora: ¿Lo desean? ¿Confiarán en él? La palabra de Dios para ustedes es que Dios es digno y Dios es capaz.

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Aprenda del sufrimiento

16 Febrero 2017

Aprenda del sufrimiento
por Charles R. Swindoll

Job 28:1-28

En nuestra congregación hay un hombre que hace poco fue operado del cerebro. El tumor que tenía en la parte central de su cráneo estaba empujando hacia atrás su cerebro y destruyendo poco a poco su memoria. Cada semana, el crecimiento del tumor se le hacía más pronunciado y más debilitante, de modo que la única alternativa era la operación del cerebro.

Después de salir con éxito de la operación, lo visité en el hospital. Tenía una cicatriz sobre el cuero cabelludo, que iba desde su oreja izquierda, pasando por la parte superior de la cabeza, hasta la oreja derecha. La incisión se mantenía cerrada con grapas de acero inoxidable. Estaba acostado en su cama y sonriendo cuando entré a la habitación. No pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que mi visita a él tuvo una razón diferente a la que yo había planeado. Al ir recibí una nueva carga de sabiduría. Él no recibió nada de mí; yo la recibí de él.

Estuvo hablando del Señor desde el momento que iniciamos nuestra conversación hasta que me marché. Mencionó percepciones que el Señor le había dado. Habló de las lecciones que había comenzado a aprender. Habló de la enorme sensación de paz que había disfrutado desde el comienzo mismo de su enfermedad. Quiero decir si alguna vez un hombre estuvo totalmente concentrado en el Señor, ese hombre era él. Sus palabras fluían con un tono de dulzura. Había un ritmo de tranquilidad en nuestra conversación cuando él respondía. Él estaba diciendo, en realidad: “Por favor, no me compadezca. Esta operación del cerebro se ha convertido en mi oportunidad para confiar en el Señor con todo mi corazón, para que Él me enseñe algunas cosas que de otra manera no habría aprendido”. Estaba, literalmente, regocijado, como también su esposa. La sabiduría y el entendimiento habían eclipsado totalmente el dolor y el pánico.

¡Cuán cierto es esto! Mi amigo que estaba en el hospital no necesitaba compasión sino respeto, ¡y lo tuvo de mí ese día! Él nos aventaja en sabiduría a muchos de nosotros. Por eso, cuando habla, es con una nueva visión en cuanto a la vida. Él sigue todavía respondiendo a los problemas de la vida con alegría. Esa visión y ese gozo les han venido de Dios a través de la experiencia del sufrimiento. El beneficio más importante ha sido el reordenamiento de sus prioridades.

Job nos enseña una lección única: Cuanto mayor es el sufrimiento, mejor sabemos lo que realmente importa. Ahora volvemos al punto donde comenzamos: El sufrimiento nos ayuda a tener claras nuestras prioridades y a pensar sólo en los objetivos correctos.
¿Qué sabiduría ha logrado usted por medio del sufrimiento?

El sufrimiento nos ayuda a tener claras nuestras prioridades.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«Jesús se crió como un muchacho»

«Jesús se crió como un muchacho»

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16 FEBRERO

Génesis 49 | Lucas 2 | Job 15 | 1 Corintios 3

Jesús se crió como un muchacho judío hasta la médula. Su linaje era no solamente judío, sino davídico: legalmente, pertenecía a la suprimida casa real (Lucas 2:4). Dios manejó la política imperial de tal manera que Jesús naciera en la antigua ciudad de David (2:1–4, 11). En el octavo día desde su nacimiento, fue circuncidado (2:21). En el momento apropiado, María y José ofrecieron un sacrificio conforme a lo que la Ley exigía en lo que se refería al nacimiento del primer hijo (2:22–24). “José y María”, se nos dice, “Después de haber cumplido con todo lo que exigía la ley del Señor” (2:39). Durante los primeros días de la vida de Jesús, Simeón se dirigió proféticamente a Dios en oración, proclamando que la venida de Jesús fue “gloria de tu pueblo Israel” (2:32); la anciana Ana, “dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.” (2:38). Todos los años, José y María cubrían los muchos kilómetros que separaban Nazaret de Jerusalén para participar de la fiesta de la Pascua, “según era la costumbre” (2:41–42), encontrándose entre una multitud de decenas de miles de otros peregrinos; y, por supuesto, Jesús también iba, presenciaba la matanza masiva de miles de corderos de la Pascua, oía los coros del templo y recitaba las antiguas Escrituras. A los doce años, beneficiario del patrimonio de su pueblo y expuesto constantemente al contenido de sus Escrituras, protagonizó unos intercambios extraordinarios con los maestros del templo (2:41–52).

No podemos ni comenzar a comprender las categorías dentro de los cuales Jesús hablaba y actuaba, categorías mediante las cuales su vida y su ministerio, su muerte y su resurrección cobran su significado, a menos que las encontremos en las antiguas Escrituras hebreas.

No obstante, esto no es todo lo que cabe señalar al respecto. La Biblia no comienza con Abraham y los orígenes de Jerusalén. Comienza con Dios, origen del universo, la desgraciada rebelión humana que constituyó la Caída, los primeros ciclos de juicio y perdón, las primeras promesas de la redención que vendría. Por supuesto que Pablo comprendió que la gran historia de los judíos se tiene que colocar dentro de la historia aún más grande de la raza humana, y que incluso el primer llamamiento del hombre que era padre de todos los judíos especifica que, a través suyo, se bendecirían todas las naciones de la tierra (Gálatas 3; ver también Génesis 12). Ahora, al principio de la vida de Jesús, podemos vislumbrar algo de este mismo esquema. Simeón alaba al Señor Soberano porque le ha permitido vivir para ver a este niño: “Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las NACIONES y gloria de tu pueblo Israel.” (2:30–32).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 47). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Jesús resucitó? (1)

¿Jesús resucitó? (1)

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Después de haber padecido, se presentó (Jesús a sus discípulos) vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. – Hechos 1:3

Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día. – Lucas 24:46

–Jesús mismo había anunciado su resurrección a sus discípulos: “Después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía” (Lucas 18:31-34).

–La tumba en la que el cuerpo de Jesús había sido colocado fue hallada vacía. Sin embargo, esta tumba había sido custodiada por unos soldados, cerrada con una enorme piedra, y sellada (Mateo 27:60, 66).

–Jesús apareció muchas veces a sus discípulos después de su muerte. Tras su resurrección, apareció al menos diez veces a los suyos, y en una ocasión apareció a 500 personas a la vez. El Señor probó que sus apariciones no eran alucinaciones, pues comió con sus discípulos, habló con ellos, lo tocaron. Le dijo a Tomás, mostrándole sus heridas: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

–En vano los enemigos de Jesús trataron de hacer callar, mediante amenazas, a aquellos que habían sido testigos de su resurrección (Mateo 28:11-15).

–La resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo, que se produjo poco tiempo después, son el fundamento del mensaje cristiano (Hechos 2:14-36).

(mañana continuará)

2 Samuel 9 – Hechos 1 – Salmo 22:25-31 – Proverbios 9:13-18

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La necesidad del arrepentimiento

La necesidad del arrepentimiento

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2/15/2017

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. (Salmo 51:10)

No puede haber verdadera confesión sin arrepentimiento. Muchas veces no confesamos nuestro pecado porque no estamos dispuestos a abandonarlo. Cuando era un joven cristiano, recuerdo haberle dicho al Señor que me arrepentía por determinados pecados que había cometido y después le daba gracias por haberlos perdonado. Pero eso era lo único que hacía.

Ocurrió algo importante en mi vida espiritual cuando comencé a decir: “Señor, gracias por perdonarme esos pecados. Sé que no te agradan, y no quiero volver a cometerlos”. Eso puede ser difícil de decir porque a veces queremos cometer ciertos pecados otra vez. Pero revelamos falta de madurez espiritual cuando queremos eliminar el castigo del pecado pero deseamos retener el placer. Para que su confesión de pecado sea genuina, debe apartarse de sus pecados.

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