«Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche»

19 de octubre

Spurgeon, C. H.

Lecturas Vespertinas

«Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche».

Job 35:10

De día cualquiera canta. Cuando la copa está llena, para nadie es difícil sacar de ella inspiración. Cuando abundan las riquezas cualquiera puede alabar a Dios, que da abundante cosecha o envía barcos cargados de cosas preciosas. Es muy fácil que un arpa eólica produzca música cuando los vientos soplan; lo difícil es producir dicha música cuando no hay viento. Es fácil cantar cuando podemos leer las notas a la luz del día; pero el que canta cuando no hay siquiera un rayo de luz para leer, a quien la música le sale del corazón, ese es realmente diestro en el arte de cantar. Nadie es capaz de entonar por sí mismo un cántico en la noche. Tal vez pueda intentarlo, pero descubrirá que los cántico en la noche tienen que ser divinamente inspirados. Cuando todas las cosas van bien, yo puedo entonar en cualquier parte canciones inspiradas por las flores que crecen en mi camino. Sin embargo, cuando me hallo en un desierto donde no crece nada verde, ¿cómo puedo componer un himno de alabanza a Dios? ¿Acaso es capaz el mortal de hacer una corona para su Señor donde no hay joyas? Si se me da una voz clara y un cuerpo que rebose salud, entonces podré alabar a Dios; no obstante, si mi lengua está muda y me hallo tendido en un lecho de dolor, ¿cómo voy a poder entonar alabanzas a Dios, a menos que él mismo me dé los cánticos? No, no es posible que el hombre cante cuando todo le es adverso, a no ser que un carbón encendido del altar haya tocado sus labios. Fue un cántico divino el que cantó Habacuc cuando dijo en la noche: «Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas: aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento; aunque falten las ovejas del aprisco, y no haya vacas en los establos; con todo, yo me alegraré en el Señor, y me regocijaré en el Dios de mi salvación» (Hab. 3:17–18, LBLA). Entonces, ya que nuestro Hacedor da cánticos en la noche, esperemos que él nos dé la música. ¡Oh tú, músico principal, no nos dejes sin música porque estemos en aflicción, sino afina nuestros labios para que canten una melodía de acción de gracias!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 303). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.


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