Una Salvación tan Grande

Isha – Salmos

DÍA 117 – Salmo 80

Dosis: Restauración

Una Salvación tan Grande

“Pastor de Israel, tú que guías a José como a un rebaño, tú que reinas entre los querubines, ¡escúchanos! ¡Resplandece delante de Efraín, Benjamín y Manasés! ¡Muestra tu poder, y ven a salvarnos! Restáuranos, oh Dios; haz resplandecer tu rostro sobre nosotros, y sálvanos.” (Salmo 80:3) (NVI)

Este salmo es un gemido que enternece el corazón. El salmista hace referencia a la deportación de las tribus del norte, conocidas como el reino de Israel después de la división que hubo en tiempos del rey Roboam. El pueblo de Israel se marchaba a Asiria, y rogaba de parte de Dios restauración, favor y salvación: “¡Vuélvete a nosotros, oh Dios Todopoderoso! ¡Asómate a vernos desde el cielo y brinda tus cuidados a esta vid! ¡Es la raíz que plantaste con tu diestra! ¡Es el vástago que has criado para ti! ¡Qué palabras tan poéticas para expresarle a Dios que su pueblo, su especial tesoro, estaba sufriendo las consecuencias de su desobediencia en manos de naciones extranjeras y crueles! Pero conmueve más aún que el salmista repita tres veces la misma frase: “Restáuranos, oh Dios; haz resplandecer tu rostro sobre nosotros, y sálvanos.”311

¿Cuántas veces has necesitado ser restaurada? La palabra restaurar viene de la raíz hebrea que implica “volver”. Más que un regreso físico, se refiere a un momento anterior donde la persona vivía mejor. En las computadoras existe un comando que restaura el sistema a un punto anterior. Si descargas un programa que solo afecta tu sistema, puedes dar esa orden y dar marcha atrás, es decir, como si nada hubiera pasado. La salvación de Cristo “borra” los programas de pecado que bajamos a nuestro sistema y lo deja limpio delante de Dios. ¡Qué maravilla!

La frase “haz resplandecer tu rostro sobre nosotros” nos traslada a los reinos del pasado, donde el rey era tan poderoso que decidía la muerte o la vida de una persona. Podemos pensar en el César que con un ademán de la mano enviaba a un esclavo a muerte o le otorgaba el perdón. Hay un verso en Proverbios que nos confirma esta idea: “La ira del rey es presagio de muerte, pero el sabio sabe apaciguarla. El rostro radiante del rey es signo de vida; su favor es como lluvia en primavera”. Por gracia, aunque merecíamos la muerte, Dios hizo resplandecer su rostro sobre nosotros y nos ha dado vida.

Finalmente, la palabra salvación nos habla de rescate. “La vida del cristiano”, decía Martín Lutero, “se caracteriza por el uso de los pronombres posesivos”. Tiene razón. Una cosa es decir: “Jesús salva” o “Jesús es el Salvador”. Una muy diferente es decir: “Jesús me salva” o “Jesús es mi Salvador”. Muchos, pueden decir lo primero. Solo el verdadero cristiano puede decir lo segundo pues ha sido rescatado del pecado. Imagina a una mujer cayendo por un precipicio, pero alguien con una cuerda la rescata. Así estábamos tú y yo, pero la mano horadada de Jesús se extendió para ofrecernos el rescate. ¡Qué salvación tan grande!

Oración: Señor, gracias por una salvación tan grande. Gracias por restaurarme. Gracias por hacer resplandecer tu rostro sobre mí. Gracias por salvarme.

De Vergara, P. A., de Vera, A. D., & Harris, K. O. (2012). Isha-Salmos: Una dosis diaria de fe para ti. (P. A. de Vergara, Ed.) (Primera Edición, p. 133). Lima, Perú: Ediciones Verbo Vivo.

 

Jesús, el Hijo de Dios

Miércoles 8 Enero

(Jesús) les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Mateo 16:15-16

¿Al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?

Juan 10:36

Jesús, el Hijo de Dios

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En la multitud que rodeaba a Jesús algunos preguntaban: ¿Quién es él? Puesto que hacía el bien, sin duda era un profeta.

Si le hago la misma pregunta, tal vez usted me responderá como mi vecino: Es un hombre de bien, excepcional. Lo condenaron injustamente.

Pero, ¿qué respondió su discípulo Pedro? Tú eres el Hijo del Dios viviente. Y Jesús le dijo: “Bienaventurado eres”. Más tarde Jesús aún declaró: Yo soy el Hijo de Dios, mi Padre me envió al mundo; he descendido del cielo.

¿Cree usted esto? ¿Cree también que después de haber sido crucificado, Jesús resucitó y subió al cielo, como lo narra el Evangelio? Usted dirá: No llegaré tan lejos; Jesús era un hombre como nosotros, yo también trato de hacer el bien.

Seamos claros: Jesús es el Hijo de Dios. No creerle es decir que él es mentiroso, es hacer de él un impostor. Es asociarse a los que lo mataron por este motivo: “porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Pedro tuvo el gran honor, que también nos es propuesto, de conocerlo como el Hijo de Dios. Había tenido que admitir: “soy hombre pecador” (Lucas 5:8), para unirse a Aquel que iba a salvarlo.

No pasemos a la ligera: recibamos estas expresiones de Pedro y meditemos en ellas: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. “Soy hombre pecador”. Si no reconocemos que Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador, a menudo es porque nos negamos a reconocer que somos pecadores. Sin embargo, no podemos escondérnoslo.

Génesis 9 – Mateo 6:19-7:6 – Salmo 5:8-12 – Proverbios 2:10-15

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