“La unción del Espiritu Santo” (1 Jn.2:20,27-29) – 8/29

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Andemos en Luz (Las cartas de Juan)

8/29 – “La unción del Espíritu Santo” (1 Jn.2:20,27-29)

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

La viga en nuestro ojo

Gracia Verdad y Vida

Ruben Sarrion

La viga en nuestro ojo

Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una
 visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.

¿Qué quiso decir Jesús cuando prometió una vida abundante?

Got Questions

¿Qué quiso decir Jesús cuando prometió una vida abundante?

En Juan 10:10, Jesús dijo, “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. A diferencia de un ladrón, el Señor Jesús no viene por razones egoístas. Viene a dar, no a recibir. Viene para que las personas puedan tener vida en Él que sea significativa, con propósito, alegre y eterna. Recibimos esta vida abundante el momento que lo aceptamos como nuestro Salvador.

Esta palabra “abundante” en griego es perisson, que significa “excesivamente, altamente, más allá de la medida, más, superfluo, una cantidad tan abundante como para ser considerablemente más de lo que uno esperaría o anticiparía”. En definitiva, Jesús nos promete una vida mucho mejor de la que nos podríamos imaginar, un concepto que nos recuerda de 1 Corintios 2:9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman”. El apóstol Pablo nos dice que Dios es capaz de “hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”, y lo hace por Su poder, un poder que está obrando dentro de nosotros si le pertenecemos a Él (Efesios 3:20).

Antes de comenzar a tener visiones de casas lujosas, coches caros, cruceros en todo el mundo, y más dinero de lo que podemos gastar, tenemos que hacer una pausa y pensar en lo que Jesús enseña sobre la vida abundante. La Biblia nos dice que la riqueza, el prestigio, la posición y el poder en este mundo no son las prioridades de Dios para nosotros (1 Corintios 1:26-29). En cuanto al estado económico, académico y social, la mayoría de los cristianos no procede de las clases privilegiadas. Claramente, entonces, una vida abundante no consiste de una abundancia de cosas materiales. Si ese fuera el caso, Jesús habría sido el más rico de los hombres. Pero es todo lo contrario (Mateo 8:20).

La vida abundante es la vida eterna, una vida que comienza en el momento que venimos a Cristo y lo recibimos como Salvador, y continúa a lo largo de toda la eternidad. La definición bíblica de la vida — específicamente la vida eterna — es proporcionada por Jesús mismo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado ” (Juan 17:3). Esta definición no hace mención de la longitud de los días, la salud, la prosperidad, la familia o la carrera. De hecho, lo único que menciona es el conocimiento de Dios, que es la clave para una vida verdaderamente abundante.

¿Qué es la vida abundante? En primer lugar, la abundancia es abundancia espiritual, no material. De hecho, Dios no se preocupa demasiado por las circunstancias físicas de nuestras vidas. Él nos asegura que no necesitamos preocuparnos por la comida ni la vestimenta (Mateo 6:25-32; Filipenses 4:19). Las bendiciones físicas pueden o no ser parte de una vida centrada en Dios; ni la riqueza ni la pobreza es un indicio seguro de nuestra posición con Dios. Salomón tuvo todas las bendiciones materiales disponibles para un hombre, pero encontró todo sin sentido – vanidad de vanidades (Eclesiastés 5:10-15). Pablo, por otro lado, estaba contento en cualquier circunstancia física en la que se encontraba (Filipenses 4:11-12).

En segundo lugar, la vida eterna, la vida por la cual un cristiano realmente se preocupa, no es determinada por la duración, sino por una relación con Dios. Esto es por qué, una vez que nos convertimos y recibimos el regalo del Espíritu Santo, se dice que tenemos la vida eterna ya (1 Juan 5:11-13), aunque no, por supuesto, en su plenitud. La duración de la vida en la tierra no es sinónimo de vida abundante.

Finalmente, la vida de un cristiano gira alrededor del principio de crecer “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y el Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Esto nos enseña que la vida abundante es un proceso continuo de aprendizaje, práctica, y maduración, así como fracaso, recuperación, adaptación, perseverancia, y superación, porque, en nuestro estado actual, “vemos por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12). Un día veremos a Dios cara a cara, y le conoceremos completamente tal como seremos conocidos completamente (1 Corintios 13:12). Ya no lucharemos con el pecado y la duda. Esto será la vida abundante finalmente realizada.

Aunque somos naturalmente deseosos de cosas materiales, como cristianos, nuestra perspectiva de la vida debe ser revolucionada (Romanos 12:2). Así como nos convertimos en nuevas creaciones cuando venimos a Cristo (2 Corintios 5:17), así debe ser transformada nuestra comprensión de la “abundancia”. La verdadera vida abundante consiste en una abundancia de amor, gozo, paz y el resto del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), no una abundancia de “cosas”. Consiste en una vida que es eterna, y, por lo tanto, nuestro interés está en el eterno, no el temporal. Pablo nos amonesta, “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:2-3).

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Gratitud y queja

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Gratitud y queja

Marissa Henley

Nota del editor: Este es el décimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Durante unos pocos meses gloriosos al final del 2011, casi nunca me quejé. Había tenido que pasar por varios meses de tratamiento por un cáncer poco común y me acababan de declarar libre de cáncer. No sabía cuántos días saludables tendría con mi familia joven antes de que el cáncer regresara, y estaba determinada a sacarle la mayor cantidad de gozo posible a cada día.

Para ponerlo de forma llana, dejé de quejarme al darme cuenta de que, estadísticamente hablando, debí haber estado muerta. Se me había concedido el don de la vida, y mi gratitud se desbordaba.

Pero no me tomó mucho tiempo olvidar lo que se me había concedido. Caí nuevamente en mis viejos hábitos de murmuración, tal como los israelitas que se maravillaron del poder de Dios en el mar Rojo pero no confiaron en que Él les proveería agua potable (Éx 14-15). Aunque yo había experimentado la fidelidad del Señor a través de las aguas profundas del sufrimiento, olvidaba Su bondad en los charcos más pequeños de mi día, tales como un clima sombrío o una fila lenta en la cafetería.

La gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración.

Al enfrentarnos a las frustraciones y los inconvenientes menores de la vida diaria, tenemos que tomar una decisión: agradecer o murmurar. A medida que nos esforzamos por agradecer, necesitamos reconocer la pecaminosidad de nuestra murmuración, examinar las actitudes del corazón que yacen detrás de ella y descubrir su remedio en el Evangelio.

El pecado de la murmuración

Podríamos irritarnos ante la idea de que nuestra queja es pecaminosa. Pero en Filipenses 2:14, Pablo nos amonesta: “Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones”. En contraste, nos exhorta a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). En Números 14, Dios describe a los israelitas quejosos como una “congregación malvada” y les niega la entrada a la tierra prometida (vv. 26-30). La Escritura muestra claramente que Dios ve nuestra murmuración respecto a nuestras circunstancias como quejas pecaminosas contra Él.

La murmuración y la gratitud no pueden coexistir. Cuando decidimos murmurar, pecamos contra Dios. Cuando decidimos ser agradecidos, obedecemos a Dios y le glorificamos a medida que brillamos como luces ante el mundo que nos rodea (Flp 2:15).

La raíz de la murmuración

Algunas veces nuestras quejas surgen de un deseo de justicia o de un compromiso con el bienestar de otros. En Hechos 6, la Iglesia trajo de manera apropiada una queja a favor de las viudas que no estaban siendo atendidas. Cuando experimentamos o somos testigos de actos de injusticia o de abuso, necesitamos llevar esas quejas a las autoridades apropiadas.

Pero la mayoría de nuestras quejas están enraizadas en nuestro propio pecado más que en nuestra propia preocupación por otros. Nuestras murmuraciones centradas en nosotros mismos provienen de la ingratitud, el orgullo y la incredulidad. En nuestra ingratitud, fallamos en darle gracias a Dios por todas Sus buenas dádivas. Nos enfocamos en lo que nos hace falta en vez de regocijarnos en lo que Dios ha provisto. En nuestro orgullo, pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros. En vez de confiar en los planes de Dios, queremos las cosas a nuestra manera. En nuestra incredulidad, no confiamos en que Dios nos dará lo que necesitamos. Le decimos a Dios: “Lo que has hecho no está bien. Lo que nos has dado no es suficiente”. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para arrancar esta maleza de nuestros corazones murmuradores, y en cambio crecer en gratitud, humildad y dependencia del Señor.

El remedio para la murmuración

El remedio para nuestras quejas es recordar el Evangelio. En esos días sin quejas del 2011, era profundamente consciente de que había sido librada de la enfermedad y de la muerte, y de cómo se me había concedido la salud y la vida. Ver la bondad y la fidelidad de Dios era fácil.

Pero algunas veces, nuestras desafiantes circunstancias opacan las buenas dádivas de Dios. Nos cuesta dar gracias cuando abundan las razones para la murmuración. En esos días, necesitamos cultivar la gratitud del Evangelio. Cuando consideramos lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, tenemos razones interminables para intercambiar nuestras protestas por alabanza.

Hermanos y hermanas en Cristo, ustedes han sido rescatados de la muerte y se les ha dado una vida nueva. Cristo “nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef 1:3). Todas las circunstancias de sus vidas son ordenadas por nuestro Padre bueno, fiel y sabio. Cuando enfrenten luchas terrenales, pueden regocijarse en sus riquezas eternas en Cristo.

Ya sea que estemos frustrados a causa de un compañero de trabajo que no coopera o por niños que no obedecen; ya sea que nuestro día sea interrumpido por un pequeño inconveniente o por una gran decepción, esta verdad permanece: la gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración. Cuando hacemos todas las cosas sin quejarnos, le damos gloria a Aquel que nos da un sinfín de razones para alabarle.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Marissa Henley
Marissa Henley

Marissa Henley es autora de Loving Your Friend through Cancer: Moving beyond “I’m Sorry” to Meaningful Support [Amando a tu amigo en medio de su cáncer: Yendo más allá de “Lo Siento” para dar un apoyo significativo].

Cinco beneficios del sufrimiento

Soldados de Jesucristo

Febrero 04/2021

Solid Joys en Español

Cinco beneficios del sufrimiento

John Piper

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Dios escuchó mi clamor

Jueves 4 Febrero

Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan. Escucha, oh Señor, mi oración, y está atento a la voz de mis ruegos. En el día de mi angustia te llamaré, porque tú me respondes. Salmo 86 : 5-7

Dios escuchó mi clamor

Testimonio

A la salida de una fábrica, un joven solía distribuir folletos cristianos a sus compañeros. Uno de ellos estaba muy molesto y hacía todo lo posible para lastimarlo. Cuando la guerra empezó en 1939, todos fueron dispersados.

En 1965, en el andén de una estación, un grupo de niños que iba a un campamento vacacional empezó a cantar un himno cristiano. Al lado, un hombre los escuchaba. Luego, acercándose a ellos, se dirigió al monitor y le preguntó : “¿Me reconoce ? Yo fui el que le causó tantos problemas en la fábrica hace muchos años, debido a los tratados que usted repartía. Sabe, fui prisionero de guerra y tuve que trabajar como leñador bajo condiciones muy duras. Me maltrataban tanto, que una noche recogí mis cosas con la intención de quitarme la vida. Pero en el fondo de mi maleta encontré un trozo de papel sucio y arrugado en el que pude leer :”Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo“(Hechos 16 : 31). Era un trozo de uno de sus tratados. Inmediatamente clamé : ¡Oh, Dios, si existes, dame noticias de mi familia !

Dos días después fui llamado por los vigilantes. Me tendieron un montón de cartas que mis familiares y amigos me habían enviado, y un paquete de la Cruz Roja. Algunos meses después regresé a casa, y todo el mundo se dio cuenta de que yo ya no era la misma persona. Había encontrado la fuente de la felicidad : el Señor Jesucristo era mi Salvador, mi paz y mi esperanza”.

1 Samuel 28 : 15-29 : 11 – Mateo 22 : 1-22 – Salmo 19 : 1-6 – Proverbios 7 : 1-5

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