La palabra disciplina en el Nuevo Testamento significa la formación dada a un niño, incluyendo la instrucción y corrección. Todo niño necesita por tanto ser disciplinado. Igual es con los hijos de Dios. Todo hijo de Dios necesita ser disciplinado. La disciplina no es algo reservado para los creyentes desobedientes. La disciplina simplemente es la formación que Dios da a sus hijos.
A veces esta disciplina demanda corrección, y Dios es muy sabio en proveer de esa corrección, pero la mayorĆa de las veces esa disciplina simplemente toma forma de diversas circunstancias que Dios diseƱa para enseƱarnos cosas importantes. AsĆ como los hijos no deben despreciar la disciplina de sus padres, los hijos de Dios tampoco deben despreciar la disciplina de su Padre.
Proverbios 15:32 dice: āEl que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimientoā
Estar bajo la disciplina de Dios significa simplemente estar en un proceso de formación, de desarrollo, de crecimiento hacia la madurez.
En primer lugar, los creyentes necesitamos estar en disciplina porque es la manera como se crece hacia la madurez. El pasaje que acabamos de leer dice que Dios nos disciplina para que participemos de su santidad.
La santidad es parte intrĆnseca del carĆ”cter de Dios. La disciplina busca que los creyentes seamos imitadores de Dios. Efesios 5:1 dice: āSed, pues, imitadores de Dos como hijos amadosā
En segundo lugar, los creyentes necesitamos estar bajo la disciplina de Dios porque es una prueba de genuina relación de amor entre el Padre celestial y sus hijos. Eso es lo que dice el pasaje bĆblico que fue leĆdo.
El Padre celestial tampoco quiere echar a perder a sus hijos criƔndolos sin disciplina.
En tercer lugar, los creyentes necesitamos estar bajo la disciplina de Dios para evitar que nos desviemos del camino correcto. El creyente se parece mucho a una oveja. Las ovejas tienen una marcada tendencia a desviarse del camino que deben seguir. El pastor de ovejas se ve en la necesidad de usar su vara para enseƱar a una oveja a no salirse del camino. Igual es en el campo espiritual.
En la iglesia de Corinto habĆa algunos creyentes que no estaban teniendo la actitud correcta en la Cena del SeƱor. Estaban participando en la Cena del SeƱor con su corazón manchado por el pecado. La Cena del SeƱor llegó a ser para ellos, nada mĆ”s que una pantalla para ocultar la suciedad de su corazón de modo que los demĆ”s piensen que eran espirituales. Era un acto de hipocresĆa extrema.
La disciplina de Dios a estos creyentes en la iglesia de Corinto, tomó forma de enfermedad en algunos casos, de debilidad en otros casos y de muerte en otros casos. Dios sabe la manera apropiada para castigar a sus hijos dentro del proceso de disciplina. La vara de corrección de Dios no es para daƱar a sus hijos. Es para enseƱar obediencia. Es para restaurar al que ha caĆdo. Es para evitar que vuelva a caer.
A veces la disciplina de Dios toma forma de una medida disciplinaria aplicada por la iglesia. Este fue el caso de aquel hermano en la fe que cometió una grave falta moral en la iglesia en Corinto. Si Dios no nos corrigiera cuando desobedecemos, nos acostumbrarĆamos a desobedecer, con graves consecuencias para nosotros.
Por al menos estas razones, es indispensable que los creyentes estemos bajo la disciplina de Dios. Si Usted es hijo de Dios, estĆ” bajo la disciplina de Dios. No es algo opcional para Usted. Lo que sĆ es opcional es la actitud que Usted desarrolle ante la disciplina de Dios. No menosprecie la disciplina de Dios. AĆŗn si Dios le estĆ” corrigiendo por algo que hizo mal, agradezca a Dios por ello. Es una muestra del amor que Dios como Padre le tiene a Usted como hijo. No viva quejĆ”ndose de su mala suerte. Para el creyente no existe la suerte. Si su vida estĆ” atravesando por momentos difĆciles, agradezca a Dios por ello, sabiendo que eso es parte de lo que Dios ha escogido como la forma de enseƱarle lecciones importantes. La vida es el laboratorio donde Dios nos instruye dĆa a dĆa hasta que lleguemos a gloriosa presencia.
Nota del editor: Este es el capĆtulo 13 de 25 en la serie de artĆculos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.
La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura ācómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitosā puede sonar absurdo hoy en dĆa. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prĆ”cticas y los valores bĆblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discĆpulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro SeƱor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.
Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Ćl mientras somos santificados por Su Palabra y por Su EspĆritu.
Estar de rodillas es comĆŗn para los que oran. Al igual que un hombre que estĆ” proponiendo matrimonio, el que estĆ” arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al SeƱor. Vemos a nuestro SeƱor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardĆn de GetsemanĆ (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del SeƱor.
Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el SeƱor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un dĆa normal, lo mĆ”s comĆŗn es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estĆ”s sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. QuizĆ”s te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al SeƱor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluĆan el estar sentado y de pie, asĆ como otras posiciones (Ef 6:18; 1 Tes 5:16-18).
De todos modos, lo mĆ”s importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Ćl mientras somos santificados por Su Palabra y por Su EspĆritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro SeƱor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al SeƱor.
Porque estrecha es la puerta⦠que lleva a la vida. Mateo 7āÆ: 14
JesĆŗs dijoāÆ:) Yo soy la puertaā; el que por mĆ entrare, serĆ” salvo.Juan 10āÆ: 9
Una sola puerta
Para poner su enseƱanza al alcance de todos, JesĆŗs la ilustraba con ejemplos sacados de la vida diaria, o mediante objetos de uso cotidianoāÆ: la lĆ”mpara, la sal, el camino, el grano de trigo, el pan, una monedaā¦
El SeƱor se designa a sĆ mismo como la puerta que abre hacia la vida eterna. Para acceder a esa vida eterna necesariamente hay que pasar por ella. Esta puerta es estrecha con respecto al camino ancho que lleva a la perdición. Pocas personas entran por ella, pero conduce a la vida. Mientras esta puerta permanezca abierta, la gracia divina es ofrecida a todos los que quieren pasar por ella humildemente. Sin embargo, el tiempo apremiaā; pronto se cerrarĆ” y nadie podrĆ” abrirla.
JesĆŗs declaraāÆ: āYo soy la puertaā, el Ćŗnico medio para hallar la paz y salir de las situaciones mĆ”s desesperadas. Una solución a las dificultades que nos parecen invencibles, a los peligros que nos acechan, a los pecados que nos estorban.