«Después…»

18 de mayo

«Después…»

Hebreos 12:11

¡Cuán felices son los cristianos «después»! No hay calma más profunda que aquella que sigue a una tormenta. ¿Quién no se ha regocijado por el claro resplandor que sigue a la lluvia? Los banquetes de la victoria son para los soldados que han luchado bien. Después de matar al león, nos comemos la miel; después de escalar el Collado de la Dificultad nos sentamos en el cenador a descansar. Después de atravesar el Valle de la Humillación, después de luchar contra Apolión, aparece la claridad con la rama sanadora del árbol de la vida. Nuestras aflicciones, a semejanza de las quillas de las naves, dejan «después» una plateada estela de luz santa detrás de sí. Esta es la paz: la dulce y profunda paz que siguió a esa horrible inquietud que reinaba en otro tiempo en nuestras atormentadas y culpables almas. ¡Mira, pues, la dichosa posición del cristiano! Él obtiene sus mejores cosas al final; por eso recibe primero en este mundo lo peor de sus cosas. Pero aun sus cosas peores son, «después», cosas buenas: la dura labranza trae alegres cosechas. Aun ahora el cristiano se enriquece con sus pérdidas, se levanta con sus caídas, vive por la muerte y se llena vaciándose. Si sus penosas aflicciones le rinden tan plácidos frutos en esta vida, ¿cómo será la completa vendimia de gozo que obtendrá «después» en el Cielo? Si sus noches oscuras son tan claras como los días del mundo, ¿cómo serán sus propios días? Si la luz de sus estrellas es más brillante que la del sol, ¿cómo será la luz de su sol? Si es capaz de cantar en un calabozo, ¿cuán melodiosamente cantará en el Cielo? Si puede alabar al Señor en el fuego, ¿cómo le ensalzará delante del trono del Eterno? Si la aflicción le es ahora buena, ¿qué será para él «después» la sobreabundante bondad de Dios? ¡Oh bendito «después»! ¿Quién no querría ser cristiano? ¿Quién no estaría dispuesto a llevar la presente cruz por la corona que viene después? Sin embargo, he aquí la obra de la paciencia: pues el reposo no es para hoy, ni el triunfo para el presente, sino para «después». Aguarda, querida alma, y deja que la paciencia tenga su obra perfecta.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 147). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“La perla de gran precio”

18 MAYO

“La perla de gran precio”

Números 27 | Salmos 70–71 | Isaías 17–18 | 1 Pedro 5

Muchos cristianos han escuchado testimonios que narran la manera como un hombre o una mujer vivían una vida de futilidad y de degradación flagrante, o cuanto menos una vida de desesperación silenciosa, antes de convertirse. La fe genuina en el Señor luego dio lugar a una revolución interior: vicios empedernidos que desaparecieron, nuevas amistades y nuevos compromisos se establecieron, un nuevo propósito y una nueva orientación; allí donde había desesperación, ahora hay gozo; allí donde reinaban los conflictos, hay paz; allí donde prevalecía la ansiedad, hay al menos cierta medida de serenidad. Y algunos de los que hemos crecido en el seno de un hogar cristiano nos hemos preguntado a veces si no hubiese sido mejor habernos convertido desde algún trasfondo desastroso.

No es así como razona el salmista. “Tú, Soberano Señor, has sido mi esperanza; en ti he confiado desde mi juventud. De ti he dependido desde que nací; del vientre materno me hiciste nacer”. (Salmo 71:5–6) “Tú, oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y aún hoy anuncio todos tus prodigios.” (71:17). De hecho, a causa de este trasfondo, el salmista repasa apaciblemente los años transcurridos desde su juventud, y suplica a Dios la continuación de su gracia hasta su vejez: “No me rechaces cuando llegue a viejo; no me abandones cuando me falten las fuerzas.” (71:9). “Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más te alabaré” (71:14). “Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera, y dé a conocer tus proezas a los que aún no han nacido” (71:18).

Sin lugar a dudas había circunstancias concretas que Dios utilizó para hacer fluir estas palabras de la pluma del salmista. No obstante, la postura que adopta es en sí de mucho provecho. Los más sabios entre los que se han convertido más tarde durante su trayectoria desearían no haber perdido tantos años de su vida. Habiendo encontrado “la perla de gran precio”, lo único que lamentan es no haberla encontrado antes. Y lo que es más importante, los que crecieron en hogares cristianos piadosos están inmersos en las escrituras desde su juventud. Hay numerosos textos en las Escrituras y en su experiencia personal que les recuerda hasta que punto su corazón está inclinado hacia la perversidad; no hace falta que sean sociópatas para descubrir lo que significa la depravación. Estarán suficientemente avergonzados por los pecados que sí han cometido, a pesar de las ventajas de su educación, que, en lugar de desear haber tenido un trasfondo peor, se les cae la cabeza de vergüenza al pensar en lo poco que han aprovechado estas ventajas, y reconocerán que aparte de la gracia de Dios, no hay ni delito ni pecado el cual no pudiesen haber cometido.

Es mejor, con diferencia, estar agradecido por una herencia de piedad, y suplicar a Dios la gracia que nos permita atravesar también la vejez.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 138). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El poder de la debilidad

18 Mayo 2017

El poder de la debilidad
por Charles R. Swindoll

Hechos 18: 1-17

2 Corintios 11:22-28

Pablo seguía adelante tras su objetivo, a través de una increíble serie de dificultades ¿Son ellos hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son descendientes de Abraham? Yo también. ¿Son ellos ministros de Cristo? Yo lo soy con más razón. He trabajado más que ellos. ¡He estado más veces en la cárcel! He sido golpeado innumerables veces. He enfrentado la muerte repetidamente He recibido cinco veces, por parte de los judíos, los 39 azotes reglamentarios. He sido golpeado con vara tres veces. Fui apedreado una vez. He naufragado tres veces. Y he estado 24 horas en alta mar.

En mis viajes, he estado en peligrosos ríos y en constantes inundaciones, he sufrido a manos de asaltantes, de mis propios paisanos y de los paganos. He enfrentado el peligro en las calles de la ciudad, peligros en el desierto, peligros en alta mar y peligro entre falsos cristianos. He conocido el agotamiento, el dolor; las largas vigilias, la sed y el hambre, los ayunos, el frío y la falta de ropa para cobijarme.

Aparte de todos estos problemas externos, tengo la carga diaria de la responsabilidad de todas las iglesias. Por si fuera poco, el Señor me dio un aguijón en la carne.

Esta era la situación de Pablo, y ¿saben una cosa?, el Señor respondió sus desesperadas oraciones de quitarle el aguijón (sea cual haya sido), de la manera más inesperada. Le dijo, simplemente “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad”.

¿Le sorprende todo esto? Usted piensa ¿me está usted diciendo que no tengo que ser superfuerte y soportar cada problema confiando en mis propios recursos? Nada de eso, en absoluto. En realidad, la única manera como usted puede estar calificado para recibir la fortaleza que viene de Dios es admitiendo su debilidad, reconociendo que usted no es capaz ni fuerte, y al igual que Pablo, está dispuesto a gloriarse sólo en su debilidad y en el poder de Dios.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La luz más allá de la luz

MAYO, 18

La luz más allá de la luz

Devocional por John Piper

Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (Colosenses 3:1-2)

Jesucristo es refrescante. Apartarse de él y dejarse llevar por los placeres del ocio sin Cristo hace que el alma se reseque.

Quizás al principio uno se sienta más libre y lo pase mejor al escatimar las oraciones y desatender la lectura de la Palabra. Sin embargo, esto luego tiene su precio: superficialidad, impotencia, vulnerabilidad frente al pecado, preocupación excesiva por nimiedades, relaciones frívolas, y una alarmante pérdida de interés por la adoración y las cosas del Espíritu.

No permitamos que el verano haga que nuestra alma se marchite. Dios nos dio ese tiempo de descanso para que fuera un anticipo del cielo, no un sustituto.

Si el cartero le trae una carta de amor de su prometida, no se enamore del cartero. No nos enamoremos del video de preestreno hasta el punto de volvernos incapaces de amar la realidad que se avecina.

Jesucristo es el refrescante centro del verano. Él tiene la preeminencia por sobre todas las cosas (Colosenses 1:18), incluso sobre las vacaciones, los días de campo, las largas caminatas y las comidas y deportes al aire libre. Él nos hace una invitación: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28).

La pregunta es: ¿es eso lo que queremos? Cristo se nos ofrece a sí mismo en la medida en que nosotros anhelamos ser refrescados en él. «Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón» (Jeremías 29:13).

Lo que Pedro dice al respecto es lo siguiente: «Arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor» (Hechos 3:19). Arrepentirse no solo implica dar la espalda al pecado, sino también volverse al Señor con el corazón abierto, expectante y sumiso.

¿Qué tipo de actitud veraniega es esta? Es la actitud que describe Colosenses 3:1-2: «Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra».

¡La tierra es de Dios! Es un adelanto de la realidad de lo que el verano eterno será donde «la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera» (Apocalipsis 21:23).

El sol de verano es un mero destello de luz en comparación con el que ha de ser el sol: la gloria de Dios. El verano nos permite percibir y demostrar esta realidad. ¿Deseamos tener ojos que ven? Señor, haznos ver la luz más allá de la luz.

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La carta de Cristo

jueves 18 mayo

Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo.

2 Corintios 3:2-3

Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

Juan 11:51-52

La carta de Cristo

Casi todo el mundo ha oído hablar de Jesús, de su bondad, de su humildad, de su abnegación… Los que no creen en él suelen reprochar a los creyentes que no se parecen a él. Es cierto, nosotros los cristianos a menudo somos malos testigos de Cristo. ¡Qué diferencia entre lo que Dios hizo de nosotros, es decir, una carta de Cristo, y lo que mostramos en la vida diaria! Necesitamos volver al Señor, escuchar su palabra y dejarnos formar por su amor.

La vida cristiana diaria es en sí un mensaje. El evangelio se hace visible por la manera en que los creyentes hacen resaltar los caracteres de Dios (amor, luz, santidad…) en su vida, según leemos en Romanos 12: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos… Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (v. 18-20). No seremos carta de Cristo gracias a técnicas de comunicación, sino viviendo cada uno la vida de Cristo. Entonces el perdón, la ayuda mutua y las palabras de ánimo caracterizarán nuestras relaciones con los demás.

El Señor Jesús unió en una misma familia a todos los hijos de Dios. La Iglesia según la Biblia no es una institución, sino el conjunto de todos los que creen en el Señor Jesús. De este conjunto vivo debería brotar un mensaje poderoso de amor, de compasión y de santidad, pues cada creyente tiene a Cristo como Salvador y Señor.

1 Reyes 14 – Marcos 14:26-52 – Salmo 59:8-17 – Proverbios 15:23-24

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Todo lo que necesitamos

Todo lo que necesitamos

5/17/2017

El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. (Mateo 13:44)

El apóstol Pablo tuvo una vida compleja antes de ser cristiano (Fil. 3:4-6). Él trató de cumplir todas las leyes y tradiciones del judaísmo. Trató de hacer varias obras que esperaba se le acreditaran a su cuenta. Pero en todas sus búsquedas, buscaba algo que no podía encontrar. Entonces un día, en el camino hacia Damasco, fue confrontado por el Cristo vivo y comprendió que Él era todo lo que Pablo había estado buscando.

Pablo describe el cambio que hizo: “Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Fil. 3:7-8). Cuando Pablo conoció a Cristo, comprendió que todo lo que estaba en su balance como activo era en realidad pasivo. Halló que Cristo era todo lo que necesitaba.

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«Mi siervo eres tú; te escogí»

17 de mayo

«Mi siervo eres tú; te escogí»

Isaías 41:9

Si hemos recibido la gracia de Dios en nuestros corazones, esta tiene que hacernos siervos de Dios. Quizá seamos siervos infieles —en realidad, somos siervos inútiles—; pero, a pesar de todo —¡bendito sea su nombre!— somos siervos suyos que visten su uniforme, se alimentan de su mesa y obedecen sus mandamientos. Nosotros éramos en otro tiempo siervos del pecado; sin embargo, Aquel que nos hizo libres nos admitió en su familia y nos enseñó a obedecer su voluntad. No servimos a nuestro Maestro perfectamente; pero, si pudiésemos hacerlo, ese sería nuestro deseo. Al oír la voz de Dios que nos dice: «Mi siervo eres tú», respondemos como David: «Siervo tuyo soy […] tú has roto mis prisiones» (Sal. 116:16). No obstante, el Señor no solo nos llama siervos, sino elegidos: «Te escogí». Nosotros no hemos sido los primeros en escogerlo a él, sino que él nos escogió a nosotros. Si ahora somos siervos de Dios, no lo fuimos siempre: el cambio debe atribuirse a su divina gracia. Su mirada soberana nos separó, y la voz de su inmutable gracia declaró: «Con amor eterno te he amado». Antes de que el tiempo empezara o el espacio fuera creado, Dios ya había escrito en su corazón los nombres de sus elegidos, los había predestinado a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, y los había constituido herederos de la plenitud de su amor, de su gracia y de su gloria. ¡Qué aliento encontramos en esto! Si el Señor nos ha amado tanto, ¿acaso nos desechará ahora? Él sabía cuán duros de cerviz íbamos a ser; él comprendía que nuestro corazón sería malo; y, sin embargo, llevó a cabo la elección. ¡Ah, nuestro Salvador no es un amante voluble! Él no se siente embelesado solo por algún tiempo con el brillo de los hermosos ojos de su Iglesia, abandonándola luego por su infidelidad. No: él se casó con ella en la remota eternidad, y está escrito de parte del Señor que «él aborrece el repudio» (Mal. 2:16). La elección eterna es un compromiso ideado para nuestra gratitud y para su fidelidad, que ni uno ni otro podemos repudiar.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 146). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Ayuda!

17 MAYO

Números 26 | Salmo 69 | Isaías 16 | 1 Pedro 4

A un nivel, en el Salmo 69 tenemos a un salmista que derrama su corazón delante de Dios, suplicando ayuda mientras se enfrenta a unas presiones y a unos adversarios extraordinarios. Posiblemente no podamos reconstruir todas las circunstancias que aquí se presentan de manera poética, pero nos consta que David ha sido traicionado por gente próxima a él, y su angustia resulta palpable.

A otro nivel, el salmo es un repertorio riquísimo de textos que encontramos citados o parafraseados en el Nuevo Testamento: “Más que los cabellos de mi cabeza son los que me odian sin motivo” (69:4, ver Juan 15:25); “Soy como un extraño para mis hermanos; soy un extranjero para los hijos de mi madre.” (69:8, ver Juan 7:5); “El celo por tu casa me consume” (69:9, ver Juan 2:17); “sobre mí han recaído los insultos de tus detractores.” (69:9, ver Romanos 15:3); “Pero yo, Señor, te imploro en el tiempo de tu buena voluntad. Por tu gran amor, oh Dios, respóndeme.” (69:13, ver Isaías 49:8, 2 Corintios 6:2); “para calmar mi sed me dieron vinagre.” (69:21, ver Mateo 27:48; Marcos 15:36; Lucas 23:36); “Y en mi sed me dieron a beber vinagre” (69:21; ver Mateo 27:34; Marcos 15:23; Juan 19:28–30); “Quédense desiertos sus campamentos, y deshabitadas sus tiendas de campaña” (69:25; ver Mateo 23:38; Hechos 1:20); “Y no sean escritos entre los justos.” (69:28, ver Lucas 10:20).

Por la concentración de citas y de alusiones procedentes de un solo capítulo, este salmo es remarcable. Por supuesto que no se trata de la misma clase de referencias en todos los casos, y en esta breve reflexión no es posible indagar en todas ellas. Pero varias de ellas encajan dentro de un mismo patrón importante. Es un salmo escrito por David. (No hay buena razón para dudar de esta atribución a partir del título del salmo.) David no es sólo el cabeza de la dinastía que desemboca en “el hijo más grande del gran David” (como dice el himno), pero en muchos aspectos David resulta ser un modelo para el rey venidero, una especie de patrón, o un tipo, si se prefiere.

Es así como razonan los escritores del Nuevo Testamento. Es suficientemente fácil demostrar que este razonamiento está bien fundado. Aquí es suficiente entrever algo del resultado. Si el Rey David podía soportar el desprecio en nombre de Dios (69:7), ¡cuánto más este Rey último, quien sin lugar a dudas sufre el rechazo de sus hermanos en nombre de Dios (69:8). Si David tiene celo por la casa de Dios, ¿Cómo no podrían los discípulos de Jesús ver en la limpieza del templo y las frases que pronuncia en aquella ocasión algo de su propio celo (Juan 2:17)? De hecho, en las mentes de los escritores del Nuevo Testamento, estos pasajes encajan con el tema del “Siervo sufriente” que aparece también en Isaías, y que aquí se asocia con el Rey David, y con su último heredero y Señor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 137). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Una predicación efectiva

17 Mayo 2017

Una predicación efectiva
por Charles R. Swindoll

Hechos 17:10-34

Si usted tiene la responsabilidad de comunicar la verdad bíblica, considérese un predicador (al menos por ahora) porque está comunicando la Palabra de Dios. Si es así, los cuatro principios que siguen a continuación son para usted. Ponga mucha atención y léalos de manera concentrada y cuidadosa, ya que ellos se aplican a cualquiera que sea su ministerio.

Primero: Concéntrese todo el tiempo en el tema: Jesucristo, El tema de Pablo fue todo el tiempo Jesucristo. Aunque estaba hablando del altar al Dios no conocido de Atenas, todo lo que Pablo decía apuntaba hacia Cristo. La predicación que no exalta a Cristo, es una predicación hueca. Pablo escribió a los creyentes de Corinto: “Porque me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a Él crucificado” (1 Corintios 2:2). Para Pablo, el vivir era Cristo, y el morir, ganancia.

Segundo: Diga siempre la verdad, sin temor. No se deje impresionar demasiado por los que vienen a su clase o la iglesia en la cual usted sirve. Y no le importe si dan mucho o poco.

Tercero: Comience hablando siempre de la situación actual de sus oyentes. Pablo captó la atención de esos hombres con su primera oración. Usted también puede lograrlo, si dedica tiempo para pensar en lo que le interesa a la gente. Conozca bien a su público para establecer rápidamente un puente. Descubra la manera de cómo penetrar en su mundo, para luego construir un puente que le permita hablarles de Cristo. Recuerde: Debe comenzar con lo que ellos conocen, para familiarizarlos después con lo que no saben.

Cuarto: Deje siempre los resultados a Dios. Después que hayan escuchado el mensaje, termine su parte. Su tarea es comunicar la verdad. La de Dios es traer las personas hacia Él. Usted prepara al paciente, pero Él es quien hace la cirugía. Las personas no necesitan ser manipuladas. Ya hay bastante manipulación alrededor de ellas. Usted no necesita perseguirlas hasta sus autos o arrinconarlas. Dios las alcanzará, como lo hizo en Atenas. Deje los resultados a Dios.

Cuando su corazón es recto, es maravilloso lo que usted puede ver. Y cuando  lo vea claramente, es admirable cómo Dios puede darle las palabras que debe decir. Se sorprenderá de la manera como Dios le utiliza, así como lo hizo con Pablo en esa antigua metrópoli hace tantos años. Cuando llegó el momento, Pablo estaba preparado.

Cuando llegue su momento, póngase de pie y dé el mensaje. Dios le dará el valor para hablar a los demás de su Hijo. No hay un honor más grande que este en la tierra.

Diga siempre la verdad, sin temor.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Por qué amamos a Dios

MAYO, 17

Por qué amamos a Dios

Devocional por John Piper

Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. (1 Juan 4:19)

Ya que el amor a Dios es la evidencia de que él nos amó y nos escogió (Romanos 8:28, etc.), la seguridad de que Dios nos ama y de que nos escogiera no puede ser el fundamento de nuestro amor a él. Nuestro amor a Dios, que es la evidencia de que hemos sido escogidos, consiste en nuestro entendimiento espiritual de la gloria de este Dios que todo lo satisface.

No se trata en primer lugar de la gratitud por un beneficio recibido. Se trata de reconocer que recibir a Dios produce una la gratitud sobrecogedora, y de deleitarnos en esta verdad. Este reconocimiento y deleite es —o debería ser, según las Escrituras— inmediato, con la certeza de que él en verdad se ofrece a sí mismo para nuestro eterno disfrute.

El llamado del Evangelio (Cristo murió por los pecadores; crean en él y serán salvos) no es primeramente un llamado a creer que él murió por nuestros pecados. El llamado del Evangelio consiste primeramente en creer que, debido a que Dios redime a tal costo y con tal sabiduría y santidad, él es digno de confianza y en él hallamos verdadero descanso, suficiente para satisfacer todos nuestros anhelos.

La consecuencia inmediata de creer esto (es decir, sentir, aprehender) es la convicción de que somos salvos y de que él murió por nosotros, ya que la promesa de salvación es dada a aquellos que creen así.

La esencia del hedonismo cristiano se encuentra, por lo tanto, en el mismo centro de lo que es la fe salvadora y de lo que significa realmente «recibir» a Cristo o amar a Dios.

Hagamos una comparación: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Esto quizá signifique que el amor de Dios, a través de la encarnación, la expiación y la obra del Espíritu Santo, nos da la capadidad de amarlo —no que la motivación de nuestro amor sea el hecho de que él ha obrado grandemente en nosotros—.

O quizá signifique que, al contemplar y aprehender a Dios espiritualmente como el Dios que ama a pecadores como nosotros con una gracia increíblemente gratuita y mediante medios de expiación increíblemente sabios y de gran sacrificio, surge en nosotros el deseo de deleitarnos en este Dios por quien es él, en lugar de considerar que lo amamos primeramente porque consideramos que somos personal y particularmente escogidos por él.

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