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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

“Todos los pueblos de la tierra sabrán que el Señor es Dios, y que no hay otro.”

5 OCTUBRE

1 Reyes 8 | Efesios 5 | Ezequiel 38 | Salmo 89

La dedicación del templo en Jerusalén y la oración de Salomón en esa ocasión (1 Reyes 8) sobreabundan en vínculos que se extienden hacia el futuro y el pasado en la historia de la redención.

(1) La estructura del templo es una reproducción proporcional del tabernáculo. De ahí que, continúen los rituales establecidos en el pacto mosaico y el valor simbólico de todo lo que Dios ordenó a través de Moisés: el altar, la mesa para el pan de la consagración, el Lugar Santísimo, los dos querubines sobre el arca del pacto, entre otros.

(2) Lo más espectacular es que, una vez el arca del pacto fue transportada a su nueva morada y los sacerdotes se retiraron, la gloria de Dios—manifestada en el mismo tipo de nube que señalaba la presencia del Señor en el tabernáculo—llenó el templo. Dios no sólo dio su aprobación al templo, sino que un nuevo paso en el propósito progresivo de Dios se había cumplido. Si bien el templo preserva el simbolismo del tabernáculo, este edificio ya no es portátil. Se acabaron los años de deambular errantes, así como la época incierta de los jueces. Ahora, la presencia de Dios, manifestada en este edificio sólido, está vinculada a una localidad: Jerusalén. Una nueva serie de experiencias simbólicas en la historia añade nuevas dimensiones a las riquezas acumuladas que apuntan a la venida de Jesús. Aquí tenemos un reino estable y el reino de Dios; Jerusalén y la nueva Jerusalén; el templo glorioso y la ciudad que no necesita templo porque “el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo” (Apocalipsis 21:22). Aquí se produce la matanza de decenas de miles de animales y al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

(3) Salomón, en su mejor momento, es perfectamente consciente de que ninguna estructura—ni siquiera esta—puede contener o domesticar a Dios. “Si los cielos, por altos que sean, no pueden contenerte, ¡mucho menos este templo que he construido!” (8:27).

(4) Pero esto no le impide pedirle a Dios que se manifieste en este lugar. Sobre todo, Salomón sabe que lo que más necesitará el pueblo es perdón. De manera que, en abarcadoras y proféticas descripciones de las experiencias que el pueblo pasará, Salomón repite variaciones del estribillo: “Oye desde el cielo, donde habitas; ¡escucha y perdona!” (8:30ss.). Esto da en el clavo: escucha desde el cielo, aunque los ojos del pueblo estén fijados en este templo, y perdona.

(5) La mirada hacia el futuro de Salomón incluye la terrible posibilidad del exilio (8:46–51), seguido por el rescate y la liberación. Más aún, a la vez que Salomón anima al pueblo a la fidelidad (8:56–61), también hace eco de un aspecto prominente del pacto abrahámico (Génesis 12:3): Israel debe ser fiel “así todos los pueblos de la tierra sabrán que el Señor es Dios, y que no hay otro.” (8:60).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 278). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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