19 de mayo

«Deseando morirse…»
1 Reyes 19:4
Es sorprendente que el hombre que no tenía que morir, a quien Dios había señalado una suerte infinitamente mejor —el hombre que sería llevado al Cielo en un carro de fuego y trasladado para no ver muerte—, orara de esta forma: «Quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres». Tenemos aquí una memorable prueba de que Dios no siempre contesta las oraciones como las hacemos; aunque, en verdad, siempre las contesta. Él dio a Elías algo mejor de lo que pedía; y, así, en realidad, Dios le oyó y le respondió. Es extraño que Elías, que tenía un corazón de león, se sintiese tan deprimido por la amenaza de Jezabel como para pedir la muerte; pero, felizmente, nuestro bondadoso Padre celestial no contestó a su desalentado siervo al pie de la letra. Hay un límite para la doctrina de la oración de fe: no debemos esperar que Dios nos dé todo lo que queremos pedirle. Sabemos que, algunas veces, pedimos y no recibimos porque pedimos mal. Si pedimos lo que no está prometido; si nos oponemos al espíritu que el Señor quiere que cultivemos; si rogamos contrariamente a su voluntad o a los decretos de su providencia; si meramente pedimos para la satisfacción de nuestros deseos, sin pensar en la gloria de Dios, no debemos esperar recibir nada. Con todo, cuando pedimos con fe, no dudando nada, si no recibimos precisamente la cosa que pedimos, recibiremos en lugar de ella su equivalente; y más que su equivalente. Como alguien dijo: «Si el Señor no paga en plata, paga en oro; si no paga en oro, paga en diamantes». Si no te da precisamente aquello que le pides, te dará lo que es su equivalente y lo que te agradaría recibir en lugar de aquello. Permanece, pues, querido lector, mucho en oración y haz de esta noche un tiempo de ardiente intercesión, pero ten cuidado con lo que pides.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 148). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.