«He aquí que tú eres hermoso, amado mío»

22 de mayo

«He aquí que tú eres hermoso, amado mío»

Cantares 1:16

Nuestro bien amado es muy hermoso desde todo punto de vista. Nuestro Padre celestial utiliza las variadas experiencias que tenemos para proporcionarnos nuevos puntos de vista desde los cuales podamos ver la belleza de Jesús. ¡Cuán amables son las pruebas cuando nos elevan al lugar desde donde somos capaces de conseguir una visión más clara de Jesús que la que podemos obtener con la vida corriente! Lo hemos visto desde la cumbre de Amana y desde la cumbre de Senir y de Hermón, y él ha alumbrado sobre nosotros como el sol en su fuerza. No obstante, lo hemos visto también «desde la guarida de los leones, desde los montes de los leopardos» (Cnt. 4:8), y no ha perdido nada de su belleza. Desde la languidez de la cama de un enfermo, desde los confines del sepulcro, hemos dirigido nuestra mirada al Esposo de nuestra alma, y él no ha sido ninguna otra cosa sino «hermoso» Muchos de sus santos lo han contemplado desde la oscuridad del calabozo y desde las rojas llamas de la pira y, sin embargo, nunca han expresado una palabra mala en cuanto a él; sino que murieron ensalzando sus singulares encantos. ¡Oh que noble y placentera ocupación la de estar siempre mirando a nuestro bondadoso Señor Jesús! ¿No es indeciblemente placentero el contemplar al Salvador en todas sus funciones y verlo incomparablemente hermoso en cada una de ellas? ¿Observarlo cambiar, como si fuera un calidoscopio, y descubrir nuevas combinaciones de indecibles virtudes? En el pesebre y en la eternidad; en la cruz y en el Trono; en el huerto y en su Reino; entre los ladrones y en medio de los querubines, él es siempre «codiciable» (Cnt. 5:16). Examina cuidadosamente cada uno de los actos de su vida, y cada rasgo de su carácter, y lo hallarás codiciable tanto en lo pequeño como en lo grande. Júzgalo como quieras, que no lo podrás censurar. Pésalo como desees, y no lo encontrarás falto. La eternidad no descubrirá en nuestro Amado ni la sombra de una mancha; al contrario, a medida que los siglos se sucedan, sus glorias alumbrarán con un resplandor cada vez más impensable, y su indecible hermosura encantará más y más a todas las mentes celestiales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 151). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.


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