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La bendición patriarcal

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La bendición patriarcal

R.C.Sproul

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La historia que está registrada en el libro del Génesis, a veces es llamada la historia de los patriarcas o la historia del período patriarcal debido a que los personajes que aparecen en esta narrativa incluyen a personas como Noé, Abraham, Isaac, Jacob y los demás. Estos son los personajes principales a lo largo de la historia de Génesis.

Ahora, un patriarca en los días del Antiguo Testamento, como lo sugiere su nombre, tiene que ver con un padre que es gobernante, es decir que la autoridad en este ambiente y sistema descansa en el padre.

También conocemos culturas a las que llamamos matriarcales, donde la autoridad dominante recae en la madre. Cuando una reina está en el trono de una monarquía, Durante ese tiempo la monarquía es matriarcal, por así decirlo, en lugar de patriarcal.

Pero el término ‘patriarca’ indica más que solo que la cabeza de un hogar particular. En escritos antiguos, el patriarca, por ejemplo Abraham, no solo estaba en una posición de liderazgo y autoridad sobre su propia casa inmediata, sino también sobre su familia extendida

Y mientras él estuviese vivo, incluso después de que sus hijos naciesen, él seguía siendo el patriarca de la familia extendida. De hecho, esto va más allá, hasta incluir la jefatura sobre los clanes y las tribus. Recuerda que los antiguos hebreos, antes de organizarse en ciudades, eran semi-nómadas.

Eran pueblos tribales, que se movían por el Medio Oriente, y al jefe de su tribu se le llamaba el patriarca. Ahora, cuando nos fijamos en el carácter de Dios en el Antiguo Testamento, antes que Dios revelara su nombre a Moisés; que su nombre es “Yo soy Yaweh”, la manera normal con la que Dios se identificaba era con la frase: “El Dios de Abraham, Isaac y Jacob”, porque esos tres hombres: Abraham, Isaac y Jacob son los tres personajes principales a través de quienes la bendición patriarcal se transmite.

Vimos en la sesión anterior que Dios hizo esta promesa inicialmente a Abraham, la promesa de una tierra, una nación, de muchos descendientes y de bendición; y esa promesa del pacto era una promesa que luego sería llevada posteriormente de generación en generación.

Según la costumbre de ese tiempo, la herencia de una familia la recibía normalmente el hijo primogénito o el hijo mayor y esa persona obtendría la mayor parte de la herencia. Ahora, cuando Abraham estaba repartiendo su herencia a sus descendientes, tenía que preocuparse por la cantidad de tiendas que tendrían y la cantidad de ganado que recibirían, y todo lo demás; (tos) pero lo más importante de la herencia de Abraham en el libro de Génesis es la pregunta: “¿Quién heredará la bendición?”

Es decir, quién hereda la promesa del pacto que Dios le juró originalmente a Abraham. Una vez más, recuerda que en el Nuevo Testamento Abraham es visto como el patriarca supremo porque se lo describe como el padre de los fieles.

En un sentido muy real, cualquier persona que es incorporada a la familia de Dios es, en un sentido específico, descendiente de Abraham, y heredero de esta bendición patriarcal. Ahora, el libro de Génesis está lleno de intriga, suspenso y conflicto con relación a quienes buscaban poseer la riqueza de esta herencia.

Y ya hemos visto cómo cuando Abraham engendró un hijo, su hijo primogénito fue Ismael, pero no era el plan de Dios que Ismael heredara la bendición patriarcal, y Dios insistió en que esa bendición fuera dada a Isaac en lugar de a Ismael. Tal como el apóstol Pablo lo expresa en el Nuevo Testamento, es a través de la simiente de Isaac que el pueblo de Dios sería llamado, de modo que no todos los que eran descendientes directos de Abraham fueron incluidos en la bendición.

Encuentro interesante cuando, es interesante para mí que cuando Herman Melville escribió su famosa novela, que mucho consideran “la gran novela estadounidense”, Moby Dick, él empieza con estas inquietantes palabras del personaje principal. La primera línea de Moby Dick dice lo siguiente: “Llámame Ismael”. ¿Por qué el personaje principal se llama Ismael? Porque Ismael es el forastero, el marginado, el hijo olvidado, y eso es parte del simbolismo del drama de ese libro que Melville toma prestado del destino de Ismael.

Hoy en día, si tomas un periódico y lees acerca de los conflictos que están pasando ahora mismo en Palestina, entre palestinos e israelitas, vas a leer acerca de una hostilidad y conflicto constante entre los descendientes de Ismael y los descendientes de Isaac. Pero Dios declaró: “que por Isaac será llamada tu descendencia”; y es así que la bendición fue dada primero a Abraham y luego de Abraham a Isaac. Ahora, la esposa de Isaac tiene dos hijos.. que son gemelos y esos dos hijos son.. Jacob y Esaú.

Y el primero de esos dos hijos que nacen es Esaú; así que en términos de todo este esquema de transferencia de la bendición patriarcal, la persona que está en línea con el trono, por así decirlo, la persona que está en línea para heredar la bendición es Esaú, no Jacob.

Hace poco tuve la oportunidad de oír un sermón que predicó Raví Zacarías y, solo de paso, hizo un breve comentario en que se refería a un incidente que tuvo lugar en la vida de Jacob. Se trata de la historia que registra el Génesis del momento cuando Jacob, huyendo de la ira de sus enemigos, participa en un combate de lucha con el ángel de Dios en Peniel.

Demos un vistazo rápido por unos segundos para observar la dinámica de lo que ocurrió allí. Leemos en Génesis el capítulo 32, empezando el verso 23: “Los tomó y los hizo pasar el arroyo, e hizo pasar también todo lo que tenía. Jacob se quedó solo, y un hombre (este hombre se refiere una teofanía, una manifestación de Dios) y ese hombre luchó con él hasta rayar el alba.

Cuando vio que no había prevalecido contra Jacob, lo tocó en la coyuntura del muslo, y se dislocó la coyuntura del muslo de Jacob mientras luchaba con él. Entonces el hombre dijo: “Suéltame porque raya el alba”. Ese es el Ángel del Señor que ha estado luchando con Jacob toda la noche y llama a Jacob y le dice: “Suéltame”.

Y ¿qué le responde Jacob? “No te soltaré si no me bendices”. Esta noche de pelea, es lucha agónica y feroz entre el representante de Dios y Jacob, tiene que ver con una lucha por la bendición de Dios, y Jacob está peleando con todo lo que tiene, hasta el punto de quedar lisiado cuando dice: “No te soltaré si no me bendices”.

Y ahora, ¿qué dice el Ángel del Señor? Jacob dijo: “No te soltaré”, le dijo al Ángel, Jacob le dijo: “No te soltaré si no me bendices.” Y el Ángel le dijo a él: “¿Cómo te llamas? Y él respondió: Jacob”. No sé cuántas veces en mi vida me he referido a este texto para ilustrar algo que era significativo en la cultura hebrea con respecto a la revelación del nombre de una persona, y siempre he pensado que el significado completo de este pasaje se da cuando el Ángel le pregunta a Jacob su nombre; le estaba pidiendo a Jacob que se rindiera; porque al exponer su identidad y exponer su nombre, es como cuando hoy en día los niños pelean y uno le dice al otro: ‘Di me rindo y te suelto’.

Fue una declaración en la que cede a la autoridad y la fuerza superior del Ángel. Pero había olvidado por completo otra conexión con este texto hasta que Ravi Zacarías me lo recordó. Él dijo: “Esta no es la primera vez en su vida que Jacob busca una bendición”.

Y esto nos remonta, tiempo atrás, a un episodio de traición, de engaño, deshonestidad y de corrupción que fue tan característico de la vida del patriarca Jacob. En el capítulo 27 del libro de Génesis, Jacob se confabula con su madre Rebeca para engañar al anciano padre Isaac y que le pase la bendición patriarcal, no a Esaú, el hijo mayor, sino para que se la dé a Jacob.

Lo que está sucediendo aquí, es una conspiración, un complot entre madre e hijo para engañar al padre y esposo. En una palabra, lo que Jacob y Rebeca planean es el intento de robar la bendición patriarcal para dársela Jacob en lugar de que sea para Esaú. Lo vemos en el texto, en el capítulo 27, el verso uno: “Y aconteció que siendo ya viejo Isaac, y sus ojos demasiado débiles para ver, llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo: Hijo mío. Y él le respondió: Heme aquí. Y dijo Isaac: Mira, yo soy Viejo y no sé el día de mi muerte.

Ahora pues, te ruego, toma tu equipo, tu aljaba y tu arco, sal al campo y tráeme caza; y prepárame un buen guisado como a mí me gusta, y tráemelo para que yo coma, y que mi alma te bendiga antes que yo muera”. ¿Ves la situación? Isaac ya no es el joven atado con cuerdas y colocado sobre un altar mirando el cuchillo que levantaba su padre en el Monte Moriah.

Ahora, Isaac mismo es de edad avanzada y sabe que el momento de su muerte está cerca. Por eso le dice a su hijo Esaú, quien es famoso por su habilidad como cazador. Le dice: ‘Hijo, ve al campo, caza algo y prepárame esta comida – mi última comida, por así decirlo—esa comida que saboreo de tus manos en lo que me preparo para darte la bendición’.

Y, en obediencia, Esaú sale de la tienda de su padre y se va al campo a cumplir sus órdenes. Pero escucha lo que sucede: “Rebeca estaba escuchando cuando Isaac hablaba a su hijo Esaú. Y cuando Esaú fue al campo a cazar una pieza para traer a casa, Rebeca habló a su hijo Jacob, diciendo: He aquí, oí a tu padre que hablaba con tu hermano Esaú, diciéndole: ‘Tráeme caza y prepárame un buen guisado para que coma y te bendiga en presencia del Señor antes de mi muerte.

Ahora pues, hijo mío, obedéceme en lo que te mando. Ve ahora al rebaño y tráeme de allí dos de los mejores cabritos de las cabras, y yo prepararé con ellos un buen guisado para tu padre como a él le gusta. Entonces se lo llevarás a tu padre, que comerá, para que te bendiga antes de su muerte’.

Y Jacob dijo a su madre Rebeca: ‘He aquí, Esaú mi hermano es hombre velludo y yo soy lampiño. Quizá mi padre me palpe, y entonces seré para él un engañador y traeré sobre mí una maldición y no una bendición’”. ¿Ves lo que está pasando? Jacob dijo: ‘Esto no va a funcionar y cuando mi padre lo descubra y vea el engaño, no me va a bendecir, sino que me va a maldecir y allí sí que todos vamos a estar en serios problemas.’

“Pero su madre le respondió: Caiga sobre mí tu maldición, hijo mío; solamente obedéceme, y ve y tráemelos. Y él fue, los tomó y los trajo a su madre; y su madre hizo un buen guisado, como a su padre le gustaba. Entonces Rebeca tomó las mejores vestiduras de Esaú, su hijo mayor, que tenía ella en la casa, vistió a Jacob, su hijo menor, le puso las pieles de los cabritos sobre las manos y sobre la parte lampiña del cuello, y puso el guisado y el pan que había hecho en manos de su hijo Jacob.

Entonces él fue a su padre, y dijo: Padre mío. Y éste respondió: Aquí estoy. ¿Quién eres, hijo mío? Y Jacob dijo a su padre: Soy Esaú tu primogénito. He hecho lo que me dijiste. Levántate, te ruego. Siéntate y come de mi caza para que me bendigas. E Isaac dijo a su hijo: ¿Cómo es que la has encontrado tan pronto, hijo mío? Y él respondió: Porque el Señor tu Dios hizo que así me acaeciera”.

¿Puedes notar la corrupción en todo esto? No solo le está mintiendo a su padre y robándole a su hermano, sino que está respondiendo a sus preguntas y trata de confirmar su mentira diciendo que Dios lo ayudó. Él dijo que: ‘la razón por la que había conseguido esta comida tan rápido era porque el Señor Dios le ayudó a hacerlo. “Isaac entonces dijo a Jacob: Te ruego que te acerques para palparte, hijo mío, a ver si en verdad eres o no mi hijo Esaú.”

Se pueden imaginar el terror que corría por las venas de Jacob en ese instante. “Jacob se acercó a Isaac su padre, y él lo palpó y dijo: La voz es la voz de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú. Y no lo reconoció porque sus manos eran velludas como las de su hermano Esaú, y lo bendijo. Y le preguntó: ¿Eres en verdad mi hijo Esaú? Y él respondió: Yo soy. Entonces dijo: Sírveme, y comeré de la caza de mi hijo para que yo te bendiga. Y le sirvió, y comió; le trajo también vino, y bebió. Y su padre Isaac le dijo: Te ruego que te acerques y me beses, hijo mío. Y él se acercó y lo besó; y al notar el olor de sus vestidos, lo bendijo.”

Lo que sigue en el texto es ver a un Isaac ciego, decaído y viejo que transfiere la promesa que Dios le había dado a Abraham a este hijo traicionero, mentiroso, ladrón e indigno. ¿Cómo pudo pasar esto como parte de la historia redentora?

El apóstol Pablo responde a esto en el capítulo 9 de Romanos: “A Jacob amé”. Antes de que cualquiera de ellos naciera, antes de que hubieran hecho algo bueno o malo, Dios había determinado, desde la fundación del mundo, que la promesa a Abraham no seguiría a través del hijo mayor, Esaú, sino a través de las manos de este hijo traicionero, Jacob, para que la gracia de la promesa redentora de Dios se pueda manifestar.

Ahora, el punto que hizo Raví Zacarías sobre este texto, que tanto emocionó mi alma fue que más adelante en la vida de Jacob, cuando se encuentra con Dios en Peniel y pelea toda la noche y le suplica al Ángel del Señor que lo bendiga; antes de que el Ángel acceda a esa solicitud, antes de que Dios bendiga a Jacob en su lucha, Dios le dice: “¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?”

Ahora, el que está luchando con Jacob en esta ocasión no está ciego. Él sabe perfectamente quién es Jacob. Jacob no puede, de repente, ponerse el olor de su hermano y la ropa de su hermano y engañar a su padre celestial.

Ahora no está pidiendo la bendición a su padre terrenal; le está pidiendo a su Padre celestial la bendición; y Dios le dice: “¿cómo te llamas?” Y esta vez él no dice “Esaú”. Esta vez él dice: ‘mi nombre es Jacob’. Esta puede ser la primera vez en toda su vida que dijo la verdad: toda la verdad y nada más que la verdad.

El nombre Jacob significa suplantador, ladrón.“Mi nombre es Jacob”. Y Dios lo bendijo y le dio la bendición patriarcal que luego entonces transmitiría a sus propios hijos y a sus propios descendientes. Hay un patrón en el Antiguo Testamento.

En esta transferencia y en todo el movimiento de la historia redentora hay un patrón de caída. Y hay un patrón de salvación. Recordamos que la creación comenzó con la creación de un solo individuo, Adán; y luego la creación de una compañera, Eva.

Y esta primera familia se convirtió en la cabeza de la raza humana, y cayeron, y su pecado fue terrible; e inmediatamente después de su pecado, el pecado se ensancha y extiende mientras se expande: primero fratricidio cuando Caín se levanta y mata a su hermano Abel, y luego vemos la maldad expandirse a través de todos los descendientes de Adán y Eva, de manera que todo el mundo se corrompe y hacen lo que es correcto a sus propios ojos. Y sólo un hombre queda obediente. Su nombre es Noé.

Y sabemos que Dios luego destruye todo el género humano con excepción, de nuevo, de un hombre y su familia. Y luego de este pequeño comienzo con Noé viene Abraham. Y luego de Abraham se pasa a Isaac y luego a Jacob. Ahora tenemos doce tribus. Y luego tenemos la nación de Israel; pero la nación se vuelve cada vez más corrupta y ahora la bendición y la promesa de redención empieza, no tanto para ampliarse sino para estrecharse nuevamente, ya que ahora la promesa no está restringida a todo el que es de la simiente de la nación judía, sino al remanente.

Y de nuevo, ésta reducción al remanente queda reducido hasta un solo hombre, el nuevo Adán que encarna a Israel, el descendiente supremo de Abraham, quien es Jesús. Y entonces, ¿cuál es la historia del Nuevo Testamento? Es ese proceso en reversa.

Desde Jesús en adelante, el evangelio va al remanente de los judíos, luego a los samaritanos, luego a los gentiles, y después a todo el mundo. Así que primero se estrecha, luego se amplía. De modo que incluso, hasta el día de hoy, lo que comenzó con Abraham, esa bendición viene a través de la historia y ahora está dispersa por todo el mundo.

Y así, la historia de la transferencia de las bendiciones prefigura y nos prepara para comprender el plan redentor de Dios para todo su pueblo y para su Iglesia.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

http://www.ligonier.es

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