«Desapareció de su vista»

25 de mayo

«Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén […]. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le había reconocido al partir el pan».

Lucas 24:33, 35

Cuando los dos discípulos llegaron a Emaús y estaban reponiendo fuerzas con la comida de la tarde, aquel misterioso extranjero que los había deleitado durante el camino tomó pan, lo partió y se dio a conocer a ellos; después, «desapareció de su vista». Estos discípulos lo habían constreñido a quedarse con ellos, porque el día había declinado; pero ahora, aunque era mucho más tarde, el amor de ellos suponía una lámpara para sus pies, sí, y hasta alas para los mismos. Se olvidaron de la oscuridad de la noche —no sentían más el cansancio—, e inmediatamente desanduvieron los 11 kilómetros que habían recorrido para dar a conocer las buenas noticias del Señor resucitado, quien se les había aparecido en el camino. Llegaron adonde estaban los cristianos de Jerusalén y fueron recibidos con una explosión de noticias gozosas antes de que ellos pudiesen contar las suyas. Aquellos cristianos primitivos hablaban de la resurrección de Cristo y proclamaban lo que sabían de él con gran fervor. Todos tenían experiencias comunes. Ojalá que en esta noche su ejemplo quede profundamente impreso en nosotros. Nosotros también debemos testificar de Jesús. El relato de Juan en cuanto al sepulcro tuvo que ser complementado por el de Pedro, y María debió de añadir algo más. Todo esto, combinado, hace que contemos hoy con un testimonio completo del cual nada se puede quitar. Cada uno de nosotros posee dones peculiares y manifestaciones especiales; pero el único objeto que Dios tiene en vista es el perfeccionamiento del todo cuerpo de Cristo. Debemos, por tanto, traer nuestras posesiones espirituales y ponerlas a los pies de los apóstoles, y distribuir entre todos lo que Dios nos ha dado a nosotros. No ocultes nada de la preciosa verdad, sino di lo que sabes y da testimonio de lo que has visto. Que ni el cansancio, la oscuridad o la posible incredulidad de tus amigos pese por un momento en la balanza. ¡Arriba! ¡Marcha hacia el lugar de tu deber y cuenta allí cuán grandes cosas ha revelado Dios a tu alma!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 154). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.


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