El poder de la Gran Comisión

Alimentemos El Alma

Serie: La Evangelización

La meta global de Dios

El poder de la Gran Comisión

Jesse Johnson

La Gran Comisión es ciertamente la orden más importante dada a los cristianos. Alguna variación de ella aparece en cada uno de los cuatro Evangelios y las últimas palabras terrenales de Jesús en el libro de Hechos son otra forma de este encargo. A pesar de estas repeticiones, a menudo se pasa por algo la naturaleza radical de la orden para la evangelización global. Ya en Génesis 3 Dios indicó que enviaría a un salvador al mundo, pero Dios no dejó que los creyentes fueran por todo el mundo con ese mensaje sino hasta después de la crucifixión y resurrección. La comprensión del «por qué» de la Gran Comisión ayuda a desatar su poder.

Uno de los más sobrios y escalofriantes encargos dado a los pastores con respecto a la evangelización se encuentra en las palabras finales de Pablo a Timoteo. En 2 Timoteo, Pablo ha advertido a su discípulo y compañero en el pastorado a que esté listo para los días malos. Se lo dijo así: «Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina» (2 Timoteo 4.3). Pablo que Timoteo se fortaleciera para cuando experimentara el rechazo (v. 4), e incluso quería tener que enfrentar los mismos sufrimientos que tuvo que enfrentar él (v. 5).

Pablo le dijo a Timoteo que la solución se mantendrá en aceptar la suficiencia de las Escrituras. Solo así, puede el hombre de Dios ser «perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3.17). A consecuencia de esto, Pablo tuvo un encargo severo para su recomendado: «Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra» (2 Timoteo 4.1 –2a). Advierta cuán seria es esta orden. Pablo le dice: (1) ante Dios, (2) ante el Señor Jesucristo y (3) a consecuencia del juicio de los vivos y los muertos. Es difícil imaginarse cómo podría haber hecho Pablo este encargo parecer más serio de lo que es.

Pero Pablo no había terminado. Timoteo no debía predicar solo, sino que Pablo también le escribió que debía ser «sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio» (v. 5). Timoteo podría predicar todo lo que quisiera, pero si descuidaba hacer la obra de evangelizador no estaría cumpliendo lo que Dios quería que él hiciera.

Esta verdad, que la obra de la evangelización debería ser central para cualquier ministerio, no se limita al ministerio de un pastor. Todos los cristianos son llamados a ser fieles al mandato de nuestro Señor de llevar el evangelio a cada persona. Pero es asombroso cuan a menudo la orden de evangelizar queda relegada a un segundo plano en la vida cristiana. Algunos hasta han caído en un patrón de descuidar la orden de evangelizar durante prolongados períodos de tiempo, y aun he escuchado a personas decir que la evangelización es algo simplemente a lo que Dios no las ha llamado.

La realidad es que la evangelización es fundamental para la misión de Cristo y de hecho es el punto central de la obra de Dios en la creación. Si una persona no logra comprender la importancia de la evangelización, pierde por completo el enfoque del ministerio de Jesús, pues «el Hijo del Hombre vino a buscar ya salvar lo que se había perdido» (Lucas 19.10). La evangelización no es una cosa que los cristianos son llamados a hacer; es la tarea primaria. Todas las otras tareas son intermedias.

Por ejemplo, los cristianos buscan la santificación en todas las áreas de la vida a fin de que nuestro testimonio sea creíble por el mundo exterior. Cuando proclamamos las riquezas de Cristo, necesitamos poder mostrar al mundo incrédulo que personalmente apreciamos a Cristo por sobre este mundo. Nos negamos a robar, porque el complacer a Dios vale más que cualquier cosa que podríamos tomar. Nos negamos a mentir, porque confiamos en la soberanía de Dios más que en cualquier ficción que podríamos inventar. Oramos, porque sabemos que nada de valor es posible en esta vida sin la bendición de Dios. Toda nuestra santificación tiene como consecuencia hacer creíble nuestro reclamo de que Cristo tiene valor supremo.

Además, el ministerio pastoral no es un fin en sí mismo. En una iglesia sana, los pastores predican sermones expositivos; las personas escuchan y los ponen en práctica, mientras que la iglesia madura. Pero todo esto no es de importancia final. La meta es que una iglesia sana comprenda el evangelio más claramente y pueda proclamarlo más poderosamente. Las iglesias generan oportunidades para el compañerismo y el cuidado de las necesidades los unos de los otros a fin de que el mundo conozca el amor de Dios por la forma en que los cristianos se aman entre sí (Juan 13.34–35). Todo esto en busca de la meta de propagar la gloria de Dios a más y más personas la evangelización (2 Corintios 4.15).

Cuando la evangelización es descuidada indica que hay una falta de comprensión del propósito de Dios en el mundo y en el plan de salvación. Desde la creación del hombre, la creencia global siempre ha sido el plan de Dios. Pero no fue sino hasta que Jesús se levantó de la tumba que a los seguidores de Dios se les dijo que fueron por el mundo y difundieron las nuevas acerca de Él. De hecho, una de las formas más eficaces para aumentar su pasión para la evangelización es comprender cómo la evangelización encaja dentro de la obra de Dios en el mundo. Siempre ha sido su meta, pero hasta que la iglesia comenzó, Dios no le había dado a su pueblo órdenes de marchar (junto con su Espíritu) para llevar el evangelio a cada tribu, lengua y nación.

George Peters explica que el llamado a evangelizar está engastado en el mismo centro de las Escrituras:

La Gran Comisión no es una orden aislada arbitrariamente impuesta al cristianismo. Es un resumen lógico y una efusión natural del carácter de Dios como Él se revela en las Escrituras, del propósito y avance misionero de Dios tal como se deja ver en el Antiguo Testamento e históricamente encarnado en el llamado de Israel, de la vida, la teología y la obra salvadora del Cristo tal como se revela en los Evangelios, de la naturaleza y obra del Espíritu Santo tal como lo predijo nuestro Señor y manifestado en Pentecostés y en adelante, y de la naturaleza y diseño de la iglesia de Jesucristo tal como se ha hecho conocer en los Hechos de los apóstoles y las epístolas.

En otras palabras, si nuestras iglesias deben descubrir de nuevo la evangelización bíblica, debemos enfrentar las prioridades de Dios tal como se exponen en las Escrituras. Como Peters tan apropiadamente lo expresa, la Gran Comisión no es simplemente otra orden de las Escrituras para obedecer, es el mandato que le da vida a todos los otros mandatos dados a la iglesia.

LA EVANGELIZACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Desde las primeras páginas de las Escrituras, todo se enfoca hacia el drama de la redención. Dios creó a las personas sin pecado, pero ellas pecaron. El pecado trajo enemistad entre Dios y su creación, pero Génesis 3 muestra que Dios iba a reconciliar a las personas consigo mismo. Aunque Adán y Eva se escondieron de Dios, ya Dios había decretado la manera para sacar a la humanidad de su escondite a una relación correcta con Dios mismo. Esto es el proto evangelio (el evangelio dado con antelación) y revela el corazón evangelístico de Dios.

La promesa misma está envuelta en misterio. Dios dijo que habría una simiente, un descendiente de Adán, quien aplastaría la cabeza de Satanás (Génesis 3.15; Apocalipsis 12.9). Aunque esta simiente sería magullada por Satanás, no obstante, la esperanza se mantendría. Alguien, en algún momento, en algún lugar en el futuro, derrotaría a Satanás y restauraría la paz entre Dios y su creación.

Quién exactamente sería esta persona se mantendría como un misterio. Eva al parecer pensó que era Abel o tal vez Set (Génesis 4.25). El padre de Noé pudo haber pensado que podría ser su hijo (Génesis 5.29). Este misterio se agravó por los acontecimientos de Génesis 11. Antes de Babel, era concebible para Dios enviar a este hijo de Adán al mundo para derrotar a Satanás, y todo el mundo lo conocería. Pero después de los sucesos de la Torre de Babel, Dios separó a las naciones y confundió sus lenguas. Al esparcir a las naciones por todo el mundo y al confundir sus lenguas, Dios dio a conocer dos cosas: Las naciones no podrían comunicarse con facilidad y todas ellas seguirían su propio camino (Hechos 14.16).

Después de Génesis 11, la pregunta dejó de ser «¿quién será este redentor prometido?» y se convirtió en «¿cómo se enterarán los otros?» Los teólogos se a referidos esta última pregunta como el problema de la universalidad de Dios. Si Yahvé es el Dios de todas las naciones, pero elige revelarse a sí mismo solo a una nación, ¿cómo llevaría esa nación las noticias de quién era el redentor a todas las demás naciones? Esta cuestión de la forma de difundir la nueva de Yahvé es la base del mandato divino para las misiones. Las personas se preguntaban cómo el Mesías futuro se comunicaría con las personas que no hablaban su idioma, seguían sus leyes o esperaban su venida.

Para complicar el asunto aún más, Dios escogió y luego le prometió a un hombre, Abram, que él sería el principio de otra nación. Cuando el polvo de la Torre de Babel se desvaneció, ya Dios había vuelto su enfoque redentor hacia esta nación nueva que, a diferencia de las otras, no provenía de Babel, sino del pacto de Dios con Abram. Esta futura nación tendría un propósito único en el mundo, como su pueblo, les mostraría a las otras naciones el camino de regreso a Dios (Isaías 42.6; 51.4). A través de ellos mismos «benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12.3).

De modo que la evangelización fue el fundamento de la nación de Israel. El objetivo final y el deseo del corazón de Dios en estas promesas, a Adán, Eva, Abram, era que el mundo entero fuera depositario de su bendición. Este tema global es tan penetrante a todo lo largo de Génesis que la bendición universal se reitera cinco veces en todo el libro (Génesis 12.3; 18.18; 22.18; 26.4; 28.14).

La identificación de Israel como la nación que produciría al Mesías Dijera una fase nueva en la misión de Dios para el mundo.

UNA LUZ PARA EL MUNDO

Israel fue la nación escogida de Dios. Aunque había muchas razones para que Dios escogiera una nación; es decir, para producir al Mesías (Romanos 9.5), para ser administradores de la ley (Romanos 9.4) y para revelar un Nuevo Pacto (Hebreos 8.6), una razón sobresale en el contexto de la evangelización: Dios escogió a una nación para que se convirtiera en un faro de luz para el mundo. Dios le habló a Israel mediante Isaías: «Yo Jehová te llamó en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones »(Isaías 42.6). El diseño de Dios siempre ha sido que las naciones del mundo debería escuchar acerca de su gloria y depositar su confianza en Él. Su plan para la nación de Israel era que llevaran a cabo este designio al llevar el nombre de Dios y mostrar su gloria como un testimonio para el mundo.

El llamado de Abram no identificó quién exactamente sería el redentor prometido. En lugar de eso, esta promesa pasó a los patriarcas en Egipto. Durante su tiempo en Egipto los israelitas se convirtieron en una nación separada, y Dios les condujo a la tierra prometida de una manera dramática que sirvió de testimonio del poder y la superioridad de Yahvé. Pero antes de que entraran en la tierra, ellos recibieron su ley y esta les explicado cómo debían llevar las nuevas de la gloria de Dios al mundo.

En este sentido, los israelitas llegaron a ser una luz para el mundo. Dios les dio sabiduría desde la Torá y debieron manifestarla. Moisés descrito esto para los israelitas antes de que cruzaran el Jordán:

Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en el cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? (Deuteronomio 4.5–7)

La ley era tan gloriosa que, si los israelitas la obedecían, las naciones del mundo sabrían de esto y estarían asombradas. De este modo, las naciones que siguieron su propio camino desde Babel aprenderían de Dios y su infinita sabiduría por medio del testimonio de cómo los israelitas siguieron la Torá.

Christopher Wright explica esto: «Porque la misión última de Dios es traer la bendición a las naciones, como le prometió a Abraham», Dios eligió hacer que «por la existencia en el mundo de una comunidad que sería adiestrada para vivir según la manera del Señor en rectitud y justicia (éticas) ». Los judíos vivirían en forma diferente a las otras naciones y la meta de esta distinción era evangelística.

Esta función evangelística de Israel explica por qué inmediatamente antes de darles la ley, Yahvé le dijo a Israel que iba a hacerles «un reino de sacerdotes» (Éxodo 19.6). Esta exclusividad no quiere decir que todas las otras naciones de la tierra fueron rechazadas, sino más bien que Israel sería la manera mediante la cual ellas recibirían el camino de regreso a Dios. Así que «este concepto de sacerdocio nacional tiene una dimensión misionera importante, pues pone a Israel en un papel dual en relación con Dios ya las naciones, y les da la función sacerdotal de ser el agente de la bendición». En otras palabras, las naciones bendecidas al revelárseles Dios por medio de la nación de Israel.

Obviamente, mucho de la ley mosaica tuvo la función de diferenciar a los israelitas de las naciones circundantes, lo que resaltó la singularidad de sus mandatos. Las leyes dietéticas, las leyes del sábado judío, las leyes de la tierra, la circuncisión y aun las leyes prohibiendo la idolatría, todas intencionalmente diferenciaron a Israel de sus vecinos con el propósito de evangelización.

Para Israel, la evangelización significaba guardar la Torá. De modo que todo el libro de Deuteronomio puede verso como «un llamado urgente para la lealtad del pacto… encontrado en la obediencia ética práctica… con miras a la influencia que esto traerá en las naciones».

Interesantemente, a los israelitas nunca se les ordenó ir al mundo y predicar el evangelio. No estaban supuestos a ser misioneros en el sentido del Nuevo Testamento. Más bien, debieron permanecer en Israel y dar testimonio al mundo por guardar la Torá. La obediencia del pacto era su forma de evangelizar.

Puede decirse que los israelitas tuvieron su propia Gran Comisión (Deuteronomio 4), solo esta era un llamado a permanecer y obedecer en vez de ir y proclamar. Los teólogos se refieren a esto como «las misiones centrípetas». Este término comunica la idea que, en vez de esparcirse por todo el mundo, como los misioneros modernos harían, debían quedarse y atraer el mundo a ellos. En lugar del desparramamiento global, los israelitas mostrarían reunión global, al ser una luz para las naciones. Las naciones circundantes escucharían acerca de la grandeza de las leyes israelitas y fueron atraídas por Israel. Cuando vinieran a investigar la fuente de la sabiduría que los israelitas poseían, verían que esta sabiduría en última instancia provenía de Yahvé. En resumen, Israel, como un reino de sacerdotes y una luz para las naciones, formó «la esencia del Antiguo Testamento».

Por esto, tal como pienso Wright, «la obediencia a la ley no era para el beneficio solo de Israel. Es una característica señalada del Antiguo Testamento que Israel vivió ante los ojos de todo el mundo… y esta visibilidad de Israel fue parte de su papel e identidad teológica como el sacerdocio de YHWH entre las naciones ».

Sin embargo, con la posible excepción de la reina de Saba (1 Reyes 10), no hay un ejemplo en el Antiguo Testamento de gentiles siendo atraídos por Israel a causa de su obediencia del pacto. En lugar de eso, el Antiguo Testamento termina con Israel desplazado, el templo destruido y el misterio todavía sin resolverse: ¿quién sería ese redentor y cómo atraería el mundo a sí mismo?

EL MESÍAS PROMETIDO

Solo mediante el advenimiento del Mesías podría Israel posiblemente cumplir con su misión a

las naciones. En Isaías 49.6 Dios describe la misión del Mesías en la tierra como siendo «luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra». En otras palabras, Dios prometió que el Mesías vendría y sería esa luz para las naciones que se sostendría en la oscuridad de pecado. Juan llamó a Jesús la profetizada «luz del mundo» (Juan 8.12; 9.5; véase también a Juan 1.9; 3.19; 12.46).

Jesús, por supuesto, vino como el cumplimiento de esa profecía mesiánica. Interesantemente, Él no cumplió toda la profecía. Hay algunas promesas que se relacionan con la identidad nacional actual y política de Israel que aún están por cumplirse (por ejemplo, Salmo 72.8–14; Isaías 9.6–7; Jeremías 23.5; Zacarías 14.4–21). No obstante, Jesús dio fe de que era aquel de quien hablaron las Escrituras (Mateo 11.3-5; Lucas 4.2; Juan 4.26).

De manera asombrosa, Jesús no les dijo a sus seguidores que llevaran estas noticias a todo el mundo. En lugar de eso, les dijo lo contrario. Por ejemplo, después de sanar a un leproso, Jesús le dijo al hombre: «Mira, no lo digas a nadie» (Mateo 8.4). Aun después de los discípulos finalmente darse cuenta de que ciertamente Él era el Hijo de Dios y la simiente que aplastaría a Satanás y restauraría a Israel, Jesús «mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo» (Mateo 16.20) .

En algunos casos, este silencio era ordenado en la más imposible de las circunstancias. Considere el milagro en Decápolis. Allí un gran número de personas le trajo a Jesús un hombre que era conocido por todos como un sordomudo. Jesús llevó aparte al hombre y sanó tanto su audición como su capacidad para hablar, entonces le ordenó a la multitud «que no lo dijesen a nadie» (Marcos 7.36). Por supuesto, Marcos señala: «pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban» ( v. 36b).

Otro ejemplo que encontramos en el libro de Lucas es particularmente asombroso. Lucas narra la historia de un líder de la sinagoga bien conocido, ciertamente un judío influyente cuyos asuntos familiares eran públicos. Él cayó a los pies de Jesús y le rogó que sanara a su hija de doce años. Jesús comenzó a caminar hacia la casa del hombre y un gran número de personas se reunió para seguirlo. Mientras iban, un mensaje llegó que la hija había muerto, y para cuando Jesús y el auténtico desfile estar arribado a la casa del líder, había ya plañideras profesionales lamentando.

Jesús echó a todo el mundo de la casa excepto a los padres. Entonces tomó a Pedro, a Jacobo ya Juan, los llevó adentro y resucitó a la niña. Luego «les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido» (Lucas 8.56) y se volvió caminando hacia la multitud. Se fue con sus discípulos, dejando a los padres que resolvieran qué decirles a los que vienen para el funeral.

Cuando a los testigos asombrados de los milagros imposibles se les instruía que no dijeran nada, la orden parecía contra intuitiva. Después de todo, si Jesús era el Mesías, ¿por qué no les decía a sus discípulos que llevaran el mensaje de sus señales y maravillas por todas partes? Sin embargo, Jesús explicado por qué no quería que las personas esparcieran las noticias de sus milagros: Los milagros no eran el mensaje. Aun después de algo tan tremendo como la transfiguración, Jesús les ordenó a los discípulos que guardaran silencio porque primero: «Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día »(Lucas 9.22). En otro sitio,

LA GRAN COMISIÓN

El evangelio no es el hecho que Jesús es el Mesías o Él habría enviado a sus discípulos mucho antes de cuando lo hizo. Más bien, el evangelio es la noticia que Jesús es el Mesías que fue crucificado en el lugar de los pecadores y entonces se levantó de los muertos al tercer día. De modo que después de la crucifixión y la resurrección, las restricciones a los discípulos fueron quitadas. Recibieron instrucciones de esperar al Espíritu Santo para ser capacitados, y entonces iniciar un movimiento global que se esparciría a todas las naciones. Es imposible exagerar la radicalidad de este concepto en la historia de la redención.

Ilustrando la importancia de esta orden para la evangelización, los cuatro Evangelios finalizan con alguna variación de la Gran Comisión (Mateo 28.18-20; Marcos 16.15; Lucas 24.46-47; Juan 20.21). De hecho, las últimas palabras terrenales de Jesús fueron otro encargo a los discípulos a ser «testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta el último de la tierra» (Hechos 1.8).

Nunca Dios le había mandado a alguno de sus seguidores que viviera una vida consumida por llevar las nuevas de redención hasta los confines del mundo. Los discípulos esperaban que Jesús restaurara el reino a Israel (Hechos 1.6) y, en su lugar, recibieron instrucciones de esperar. Sin embargo, mientras tanto, debían llevarle el reino de Dios a cada criatura.

En vez de levantar una nación mediante la obediencia del pacto para atraer las naciones del mundo a Dios por medio de sabiamente seguir la ley de Dios, el Nuevo Testamento llama a los cristianos a «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura »(Marcos 16.15). En contraste con la orden de Dios a la nación de Israel de permanecer y obedecer, Cristo ordenó a la iglesia a salir y proclamar el cuerpo nuevo, hecho de personas de cada nación.

En vez de usar la obediencia de una nación como una manera de atraer el mundo a Dios, la iglesia es llamada a atraer a las personas a Dios mediante el evangelio. Es por eso por lo que Pablo dice que no fue enviado a bautizar, «sino a predicar el evangelio» (1 Corintios 1.17). Pablo no llevó un mensaje de obediencia a un grupo de leyes como una manera de transformación global, como hizo Moisés en Deuteronomio 4. Más bien, él estuvo predicando a Cristo ya este crucificado (1 Corintios 1.23; 2.2).

Israel debió usar la obediencia a la Torá para crear una cultura tal que atrajera a los pueblos para que fueron salvos por la fe en Yahvé y su gloria. La iglesia, por su parte, debiera usar la vida sacrificial como fundamento para una invasión global de los pueblos proclamando el evangelio bello que atrae a las personas para ser salvas por la fe en el Dios glorioso. El fin es el mismo, pero el método misionero es distinto.

Este fue el plan de Dios desde el mismo comienzo (1 Pedro 1.20). Desde la promesa inicial en el huerto a Adán y Eva que tendrían una simiente que aplastaría a Satanás, a través de la dispersión de las naciones en Babel, por el llamado de Abraham y mediante la odisea de Israel, Dios estaba dirigiendo la historia redentora al punto de enviar a su Hijo al mundo como la luz del mundo. Ahora su pueblo debe llevar esa luz y atraer a ella a cada incrédulo en el planeta.

LAS IMPLICACIONES DE LA GRAN COMISIÓN EN LA EVANGELIZACIÓN

La apatía acerca de la evangelización es inexplicable por esta razón: La Gran Comisión no es simplemente una de tantas órdenes, sino que señala un cambio en la historia redentora. Decir que la muerte y la resurrección de Jesús es el punto principal de toda la historia es correcto, pero es solo la mitad de la verdad. El corolario es que el propósito de la vida desde ese momento en adelante debe ser glorificar a Dios a través de decirles a tantas personas como sea posible la verdad acerca de su Hijo.

Esta es exactamente la pasión que se describe en el Nuevo Testamento. Tan pronto como la iglesia comenzó, la narrativa de Hechos rastrea su crecimiento y expansión. Los creyentes por todas partes crecían en su fe y se volvieron ansiosos por propagar el evangelio. Después de que Pablo se convirtió, él y Bernabé se encontraron predicando en Antioquía por casi la ciudad entera, incluyendo tanto a gentiles como a judíos. Lucas escribe que Pablo y Bernabé se levantaron con audacia y le dijeron a la multitud: «Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra »(Hechos 13,47). Pablo se vio a sí mismo como el depositario de la Gran Comisión y también comprendió su lugar en la historia redentora. El resultado de su trabajo evangelístico audaz es notable:

En otro lugar, Pablo describe a un cristiano como alguien que es constreñido por el amor de Cristo para instar a otros a venir a la fe en Cristo (2 Corintios 5.14, 20). Pide prestado el lenguaje de Babel y se compara a sí mismo como un embajador, enviado por Dios, con el objeto de reconciliar a las naciones marginadas (2 Corintios 5.18-20). Vivió su vida soportando sufrimientos y aflicciones, todo con el propósito de llevar el nombre de Jesucristo a los lugares donde nadie había ido (Romanos 15.20).

El empuje evangelístico evidente en Pablo no era exclusivo de él, sino que es, de hecho, una señal de cualquier cristiano que correctamente comprende su lugar en la obra redentora de Dios. Es por eso por lo que Pedro explica que el propósito de la santificación es que un creyente esté listo a evangelizar en cualquier momento. Él escribe: «sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparado para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demanda razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3.15).

Al ver que toda la historia redentora se construyó hacia la Gran Comisión resultante en una comprensión del imperativo de proclamar el evangelio y una legítima pasión por la evangelización. Solo cuando los creyentes obedezcan las órdenes de evangelizar serán verdaderamente imitadores del corazón de Dios para el mundo.

John MacArthur, La Evangelización. Cómo Compartir el Evangelio con Fidelidad ( Nashville, TN: Grupo Nelson, 2011), 21-33.

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